Postales. X=Yo*(13). Sorake Beach

Está soñando pero no sabe que sueña. Camina por la calle, subiendo por la Riera junto al muro de su Colegio. Iba a entrar al edificio principal pero al final se queda por los patios. Como el Conejo de Alicia en el País de las Maravillas, sabe que llega tarde algo pero no sabe a dónde ni a qué.

Los patios están llenos de niños en hora de gimnasia y visten un uniforme deportivo de corte setentero desfasado al que buena falta le haría un ajuste a los nuevos tiempos -o al menos eso es lo que él piensa-. Junto al arenal del foso de salto –cuántas horas pasó allí excavando túneles y levantado puentes- de repente se cruza con el niño que fue en segundo de primaria ¿Tendría qué? ¿6 años? También están Silver y Pol, Uri y Txus, y Aleix, todos ellos –aun habiendo cumplido ya los 30- siguen siendo niños también. Ni se alegra ni se sorprende, está soñando pero no sabe que sueña. Así que continúa su deambular sin rumbo y se dirige hacia el edificio principal angustiado sabiendo que sigue llegando tarde a algo, que seguro ya no es gimnasia porque ahora ya sabe que es una clase ¿¡Pero cuál!?

En este ir y venir de repente le entran las prisas por ir al baño y da saltos de alegría y lo busca pero no está donde solía porque se lo han cambiado. Al final lo encuentra, desenfunda y mientras mea aliviado se da cuenta que estos baños son nuevos, sorprendentemente lujosos ¿¡De diseño!? Se sube la bragueta y sale para encontrarse de repente en el pasillo central del primer piso, que está como siempre: en penumbra y forrado de vitrinas que hablan del mundo natural y mineral y de mil curiosidades más. Un lugar muy singular que ocupa en un rincón muy especial en sus recuerdos.

Es ahora, estando aquí, cuando caigo en la cuenta que en realidad no llego tarde a ninguna clase. Que yo ya no estoy en el colegio, mi Colegio, en el que pasé 13 años de mi infancia y adolescencia -mi segunda casa-. Ahora sé que acabé hace ya muchos años y que en realidad ya cumplí los 30 y que estoy viajando por Asia. Pero resulta que este colegio no es el mismo al que yo fui, éste es muy especial: Todas y cada una de las clases a las que asistí están teniendo lugar al mismo tiempo, aquí y ahora. 13 años multiplicados por sus 9 meses, multiplicados por sus 6 horas diarias a 1 clase por cada hora. Más de 15.000 posibilidades que, como una gigantesca muñeca rusa, contienen capa tras capa toda mi historia hasta llegar al pequeñín de 4 años que confundió habas con cacahuetes, o que un día de lluvia vio un charco enorme en el patio y saltó dentro con los dos pies. La sola idea de poder reencontrarme conmigo mismo en este colegio mágico me hincha el corazón y ando loco de alegría tratando de recordarme en todas mis edades para decidir por cuál de mis yoes me gustaría empezar.

Mi madre aparece y me dice que me ha oído entrar en casa y salir, sin hacer ruido ni decir hola ni adiós –yo sigo de viaje por Asia, hace meses que me despedí y por algún extraño motivo pasé por allí antes de ir al cole-. No está enfadada, sólo me lo comenta y quiere que lo sepa. Papa hacía la siesta en la habitación y no me oyó. Yo lo sabía y tampoco dije nada.

• FIN •

Rutas. Sumatra, Indonesia

1. Recorrido:

Desde Medan (Sumatra) hasta Merak (Java ) / 41 días (Mayo-Junio 2012)
Medan (1) > Pulau Weh (2-3-4) > Lampu’uk (5-6-7-8-9-10-11-12-13-14-15) > Banda Aceh (15-16) > Takengon (17) > Ketambe · Gunung Leuser (18-19-20-21-22) > Berastagi (23-24-25-26) > Danau Toba (27-28-29) > Pulau Nias (30-31-32-33-34) > Sibolga (35) > Danau Maninjau (36-37-38) > Bukittinggi (39) > Trans Sumatra Hw hasta Bakauheni – Ferri a Java (40-41)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Medan (Sumatra) hasta Merak (Java ) / 41 días (Mayo-Junio 2012)
Billete de avión Kuala Lumpur – Medan: 70€ / Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur: 42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 689€ / Gasto medio diario: 16,80€

Cambio Julio 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 4000 a 12000 Rp
· Precio Cerveza: 25000Rp (botella 660cl) / 25000Rp (lata 330cl) en Aceh
· Precio Habitación: De 62000Rp de media la noche.

3. Escritos:

01. Estoy despierto ¿Dónde estoy? Pulau Weh, Indonesia.
02. Rafis & el Taxista. Pulau Weh, Indonesia. Sección Gentes.
03. El cielo es Azul. Lampu’uk Beach, Indonesia. Sección Irreflexiones.
04. Postales. Messi 10. Carretera a Lampu’uk. Sección Postales.
05. Me siento en Ruta. Banda Aceh & Takengon, Indonesia.
06. Los Pequeños Hombres Rojos. Gunung Leuser, Indonesia.
07. No es lo mismo. Valle del Alas, Indonesia.
08. Mi primer Volcán. Berastagi, Indonesia.
09. Una velada con Baraka. Berastagi, Indonesia. Sección Irreflexiones.
10. Se les mueren las casas. Lingga & Dokam, Indonesia.
11. To mandarin or not to mandarin. Berastagi, Indonesia. Sección Irreflexiones.
12. SuperVolcán. Danau Toba, Indonesia.
13. Dos calles y cuatro esquinas. Pulau Nias, Indonesia.
14. Postales. X=Yo*(13). Sorake Beach. Sección Postales.
15. Puedo llegar cuando quiera. Sibolga, Indonesia.
16. Carreteras Secundarias. Danau Maninjau, Indonesia.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Carreteras Secundarias. Danau Maninjau, Indonesia

… viene del post anterior,  Puedo llegar cuando quiera

Al final uno siempre acaba llegando, no lo duden, es cuestión de tiempo y paciencia. Yo también llegué a la estación de autobús de Bukittinggi y antes de lo que esperaba, todavía era noche cerrada. Adormilado y con los ojos llenos de lagañas arramble con mis bártulos, me bajé del bus y me refugié en la única persiana levantada. Deberían correr las 5 de la madrugada y tenía un par de horas más por delante hasta zarpar dirección Danau Maninjau. Me lo tomé con la calma del que lo tiene todo hecho y con un par de cafés pagué mi derecho a cobijarme en el único local abierto a esas horas y en esos lares, el de un padre y una hija diligentes que ponían a punto su parada mientras el resto de la ciudad apuraba las últimas caladas de sus sueños más dulces.

Son ya las siete y con la extraña euforia que te da el trasnochar tomé finalmente el bus con destino a Tanjung Raya, mi campo base a la orilla del lago. Los paisajes que desfilan por la ventana en este amanecer son simplemente bellos, adoro Sumatra. Campos verdes, arrozales, pueblitos de colorines y algún volcán perdido en el horizonte. El buen humor que me acompaña no hace más que crecer en esta ascensión suave pero continua hasta que llegamos al borde. Sabía que subíamos pero no pensé que en realidad escalábamos un volcán. Al final de la ascensión: la carena y una carretera de curvas que desciende hasta en el fondo de la caldera. Porque eso es lo que es este lago, otro volcán enorme que de tan grande y tras tanto tiempo acabó por llenarse de agua.

Me siento afortunado por haber llegado al final de este largo viaje. Y doblemente afortunado me siento al llegar por sinuosos callejones de villorrio de provincias a una playita rodeada de sencillos bungalows donde pasaré las próximas 3 noches. Acuerdo el precio de la habitación con la dueña, dejo mis cosas y me pongo el bañador para darme un chapuzón. Son las 8 de la mañana, el sol ya se asoma iluminando la cara oeste de este lago de aguas sorprendentemente calientes y me pregunto dónde quedan mis andanzas por Sibolga. Flotando panza arriba sobre la superficie se me escapa una sonrisa de oreja a oreja que no puedo contener. Danau Maninjau, me gustas.

Estoy feliz pero tremendamente agotado tras las últimas 40 horas de viaje y las dos últimas noches de mal dormir, la mañana será para descansar y la tarde para escribir. Ahí está el palacete frente al lago en el que pasaré las horas con mi ebook mientras cae el chaparrón al atardecer. Cae también la noche, se va el sol y el canto del almuecín me recuerda lo lejos que quedan ya las tierras cristinas de Batak y Nias. Se apaga el día por completo y la orilla de este lago luce sencilla y elegante como collar perlado, reflejo de luces en la orilla cuya brisa trae consigo un estridente rumor de tambores alocados que nos desconcierta a todos.

Tras el día de descanso que saboreé con plena conciencia hemos decidido con Carla –una chica portuguesa, también viajera de larga duración- que mejor alquilamos una moto entre dos para abaratar costes. Está curtida, curada de espantos y es interesante, así que creo que valdrá la pena compartir la jornada. Nos levantamos pronto, desayunamos indonesio y enfilamos la carretera que rodea el lago. Buscamos “la cascada” y ésta, dependiendo de a quién le preguntemos, parece encontrarse a 5, 13 o a 20 kilómetros. Su distancia es relativa, se expande y contrae a media que avanzamos hacia ella, pura mecánica cuántica. Voy con la mirada puesta en la carretera pero por el rabillo del ojo me da que allá arriba, al pie de las montañas nos estamos perdiendo cositas buenas. Tras casi una hora de marcha, de haber preguntado un montón de veces por la dichosa cascada y de no estar disfrutando mucho del recorrido le digo a Carla que por mí, a la primera que podamos torcemos a la derecha y que venga lo que sea. Y cómo Carla está viajada y curtida y también tira de su instinto me da el visto bueno. Dicho y hecho, primera a la derecha y cómo no, al cabo de 5 minutos y tras una cuesta de espanto en la que aguanto el tipo empieza la Fiesta.

¡Ai lo que no los estábamos perdiendo! ¡Ai que las carreteras principales están para lo que están! Pero la fiesta, la Fiesta siempre se cuece entre bambalinas. Hay que salirse del supuesto camino marcado, hay que probar, hay que errar, porque sólo probando te puedes perder, y sólo el que se ha perdido acaba por abrir esas puertas de más que te llevan a lugares inesperados. Regalos caídos del cielo que aguardaban en los márgenes a la espera del que torciera la primera a la derecha.

El paisaje a lado y lado del camino es un juego escalonado de campos de arroz, un complejo sistema de charcas que son en realidad piscifactorías y de pueblos de colorines formados por casas de madera siguiendo una extraña fusión colonial local que me tiene enamorado. Todo tiene ese aire alborotado de jardín bien cuidado que creció a su aire pero que se cuida con mimo. El alminar de la mezquita de cubiertas que a los lejos me recordaron a cáscaras de huevo puestas del revés nos indican que ya estamos en otra aldea. Son construcciones sencillas y de escasos medios, pero con la gracia y la dignidad que sólo la gente humilde y sin pretensiones sabe transmitir.

Vamos saludando a todo el personal que no para de sonreírnos mientras comentan entre ellos la jugada de ese par de bulés -extranjeros- que deben haberse perdido. Nos marcamos unas carreras con unos chavalines que van en bici y en una de nuestras paradas desciframos “el enigma de los tambores”. Una comparsa, con uniformes de gala que parecen irles grandes a todo el mundo, está ensayando al borde camino y nos regalan un recital, en primicia y en exclusiva, sólo para nosotros dos. Un hombre nos toca una serenata con una trompeta hecha de hojas de palmera enrolladas que me recuerda a un remolino. Yo me rió, me emociono y maldigo el no tener una cámara a mano para inmortalizar el momento.

Carla y yo nos cruzamos una mirada que lo dice todo: Estos son los momentos que hacen que viajar sea algo especial. Estos son los momentos porque los que uno se la juega y se sale del camino marcado aún a riesgo de llegar a ninguna parte. Son los momentos como éste los que te confirman que la gente es buena, alegre y generosa.

Retomamos la ruta, se nos acaba nuestra carretera secundaria y antes de retomar la búsqueda de “la cascada” nos tomamos una mariscada de almejas en miniatura al ajillo y con perejil. Volvemos al camino marcado, makassar padang -bar de menú local- junto a la carretera principal y por enésima vez la dichosa pregunta: “Disculpe ¿Para ir a la cascada?”.

Llegamos, la encontramos y al final resulta que no era para tanto, salvo un rayo de sol que en el momento preciso cruzó el denso follaje para ir a caer justo en el salto de agua. Un pedazo de dicha divina que tal cual llegó se fue. Yo me tumbo sobre una piedra grande para echarme la siesta y Carla se pierde por el bosque durante un rato ¿El reloj? Lo dejamos en casa.

Hemos cumplido el objetivo, hemos encontrado “la cascada” y ahora toca volver. Pero resulta que le tomamos mal la medida al lago y ha acabado siendo más grande de lo que pensábamos. Avanzamos hacia la orilla sur para descubrir que ésta era la cara buena. Alzando la vista a las paredes que suben casi verticales desde la orilla del lago uno puede mirar de frente al rostro del volcán. Hay poco margen para la jungla y los campos y las casas tienen un aspecto más asilvestrado. Estamos disfrutando pero se va acercando el atardecer y con él vienen las nubes negras y la amenaza del chaparrón diario. Le doy gas, Carla no dice nada, pero con su silencio me pide que no me duerma en los laureles mientras a cada rato tenemos que cruzar un sinfín de puentes de troncos llenos de barro bajo los cuales corren arroyos envalentonados. Sangre fría y mucha convicción, y de paso me abstengo de comentarle a Carla que en realidad no tengo carnet y que aprendí a conducir hace sólo unos meses.

Al final llegamos a Tanjung Raya porque al final uno siempre acaba llegando, no lo duden, es cuestión de tiempo y paciencia. Lo mejor del Danau Maninjau lo tuvimos que ver a toda prisa y nada más dejar la moto descarga el chaparrón. Durante una hora todo se detiene, pero poco importa ya porque nosotros estamos de vuelta sentados en el palacete frente al lago. Cae el sol, se rompen las nubes y sigue lloviendo cuando por unos instantes una mancha de luz providencial desafía la negrura iluminando el centro del lago. Magia, pura magia…

Ha sido un buen día que pone punto y final a 6 buenas semanas viajando por Sumatra. Una isla cuyo nombre siempre me hizo vibrar y soñar despierto aún ignorándolo todo de ella. Un nombre, Sumatra, que tras estos 41 días recorriéndola a fuego lento me la siento muy mía. Aquí llegué con los ánimos por los suelos, dudando de mí, de este viaje y del proyecto “Outteresting.com”. Tras la tormenta, la calma, y tras la calma necesaria, la ruta y la carretera, y siempre siempre siempre, a cada rato y cada momento su buena gente.

Gracias Sumatra. Hasta la próxima Sumatra.

 

Puedo llegar cuando quiera. Sibolga, Indonesia

¿Qué tendrá Sumatra para que, lo que debería ser el puro trámite de ir de un lado a otro, se acabe convirtiendo siempre en una historia que contar?

Tras otra noche en duermevela estoy de vuelta en Sibolga. Plan de ataque: negociar un bici-taxi para llegar del muelle a la estación de autobuses y tomar el primer colectivo a Bukittinggi. Objetivo: llegar y besar el santo. Para variar ignoro a qué hora saldrá el bus ni cuánto durará el viaje y hoy la buena suerte que suele acompañarme me deja en tierra, al menos durante las siguientes siete horas, tiempo exacto a transcurrir desde el momento en que pregunto y compro el billete hasta que den el pistoletazo de salida para otra carrera de autos-locos sumatrenses –nadie, en ningún lugar del mundo, conduce como ellos-.

Me doy una vuelta por el pueblo para comprar un nuevo ratón. Y el señor de la tienda, que es chino y majísimo, me deja sentarme tras el mostrador para usar su wifi y poder charlar un rato con mis padres. Y la mujer, que debe ser una santa, va y me trae un café riquísimo. Ya ven ustedes cómo se las gastan por Sibolga. Con mi nuevo ratón -el tercero de este viaje-, me voy hacia el mercado, no por nada, por curiosear y comer algo.

Acabo en las entrañas de este mundo aparte que palpitada y transpira con sus propios efluvios, en un rincón oscuro abierto a los cuatro vientos al que a penas llegan tres rayos de sol. Es un mundo de mujeres, nadie habla inglés ni por asombro y ellas son las reinas soberanas. Grandes, pequeñas, algunas tímidas y las más, charlatanas y gritonas. Pido lo que me apetece para que me acaben trayendo lo que les da la gana, mientras todas me miran, se ríen de mí a carcajadas y especulan, creo yo, con quien me casarán –esa pregunta siempre sale-. Y mientras devoro mi arroz con tempe y con cosas que no sé que son, me fijo en el puesto de enfrente cuyas paredes están forradas con copias falsas de los grandes éxitos del momento que siempre acaban siendo los grandes hits del techno Indonesio. Pa’ mear y no echar gota.

Vuelvo a la estación, me busco un buen rincón para leer y respondo amablemente por enésima vez al ejército de curiosos que soy de Barcelona y que sí, que viajo solo, y que no, que no estoy casado, y que sí, que se pueden echar un foto conmigo, y que no, que con una basta, y otra vez que sí, que soy de Barcelona, Messi, Xavi, Iniesta,… ¡Por dios! ¿¡No veis que estoy leyendo!? Que majos que son pero que cansinos… Como diría el gran Joaquín Reyes: “¡Ni las madres manchegas!”. Tras muchos terima kasih –gracias- y otros tantos bye bye –adioses– me cambio de sitio y ya sólo quedan un par de horas. Esto ya está hecho.

Al amanecer atracaba frente a las costas de Sumatra y ya está cayendo el sol cuando parecemos listos para partir. Ésta gente son tan majos que me han dado el asiento de honor: junto a la ventana y detrás del conductor. Esto será en otros lugares, pero en Sumatra siempre mejor que te den lugar en la última fila –consejo viajero- porque estar detrás del Mister Driver –Señor Conductor- quiere decir que verás y sentirás en primera persona el subidón de adrenalina ante los 250 amagos de colisión frontal.

Arrancamos, buen rollo, grandes éxitos del techno Indonesio reventando los bafles del bus y los tímpanos de un servidor. La playa con merenderos y cocoteros a mano derecha bajo los últimos rayos de sol. Hora estimada de llegada a Bukitinggi: 4.30 de la madrugada aproximadamente. Destino Final: Danau Maninjau. Cuando llegue tendré que esperar un rato a que amanezca para poder tomar el siguiente bus, pero eso da igual, estamos en ruta y eso es lo importante.

Avanzamos a trompicones por una carretera que está llena de espontáneos con sus bártulos que mandan parar el bus para preguntar a dónde va. Y digo yo que con un breve intercambio de palabras gentiles bastaría. Pero no, charla que te charla. Tras más de veinte paradas y ningún pasajero nuevo me pregunto que si cuando paran hablan de rutas o destinos, o por el contrario comentan el tiempo, el fútbol o le preguntan al Mr. Driver por el nombre de la canción con la que atormenta al personal.

Cae la noche y con ella el tropel de espontáneos afincados con sus bártulos en los márgenes de la carretera decae –habrán ido a cenar o estar con sus familias, digo yo-. Dejamos atrás la costa y enfilamos de nuevo el interior de la isla. Y en una de éstas… atasco. ¡Ai! ¿Un atasco a estas horas de la noche? Si sólo fuera eso…

En una curva se ha salido un camión que yace volcado en el arcén con su carga desparramada por el suelo. En éstas un grúa excavadora ha llegado al lugar del incidente para dar solución al asunto y poner del derecho al camión –digo yo- pero resulta que por algún motivo extraño el camión sigue tirado en la cuneta y la excavadora medio plantada a un margen de la carretera, con su brazo extendido sobre la calzada la distancia justa –échale menos de medio metro- para impedir el paso de nuestros autobús. Pero esto no es un problema, en absoluto. Esto es una fiesta, un evento, qué digo un evento, esto es un acontecimiento. Todo el pueblo, o mejor dicho, todo el pueblucho de cuatro casas –porque tampoco son mucha más- se ha movilizado al lugar de los hechos, pero no para ayudar. Aquí están todos, grandes y pequeños para comentar la jugada, charlar, vociferar, proferir órdenes sin ton ni son, y para pasar el rato. Qué esto se solucione o no, no es asunto suyo, o sí. Si esto se soluciona rápidamente habrá acabado la fiesta, así que, por un día que pasa algo, hagámoslo durar.

Yo me lo miro, humilde y discretamente tras el cogote del Mr. Driver, pero tras un rato me doy cuenta que allí mandan todos y no manda nadie. Que los policías que se han personado están desbordados y algo hastiados. Vamos, que se la pela. Y en un punto, entre atónito e irritado por su incapacidad de hacer nada -ni bueno ni malo-, empiezo a comentar la jugada en voz alta conmigo mismo. Me lo digo en catalán y por supuesto nadie me entiende menos Mr. Driver que me comprende. En éstas, y ante la inacción total del personal y la inutilidad patente de los agentes del orden, Mr. Driver me dice que baje yo a solucionar el percal. ¿¡Qué baje yo a solucionar el percal!? Ni hablo el idioma, ni sé manejar máquinas excavadoras y por el amor de dios, ¡Qué aquí está la poli! ¿Tendrán ellos algo que decir sobre el asunto –digo yo-? Pues no.

Cansado de esperar me bajo del bus. Voy directo a hablar con la autoridad competente que me mira con carita de “yo qué quieres que te diga”, así que me dirijo hacia el personal que rodea la máquina excavadora para preguntar por qué demonios no mueven el brazo que nos impide el paso. Entre bahasa indonesian, inglés y mucho de lenguaje corporal acabo por entender que la grúa se ha estropeado y que tienen que traer una pieza de recambio… ¡Por dios! Agotado por la noche durmiendo en el suelo del ferry, las 7 horas de espera en Sibolga y la certeza de que mientras tenga un techo bajo el que dormir ya me basta por hoy, me doy media vuelta y les deseo buena suerte en su hazaña mientras todos se descojonan del bulé que se dignó a bajar del bus para poner hilo a la aguja.

Y es que realmente me da igual. Mientras más tarde lleguemos mejor para mí. Habrá amanecido y no tendré que esperar en un rincón de la desolada estación al primer autobús. Tengo las baterías de mi Ipod al 100% y para colmo me ha tocado ventana con lo que podré dormir algo. A fin de cuentas, chicos, es vuestro problema y a mí ya me está todo bien. Tengo la panza llena y una botella de agua y puedo llegar cuando quiera, porque a mí, nadie me espera.

Dos calles y cuatro esquinas. Pulau Nias, Indonesia

Llegar a Pulau Nias no es fácil. Sólo lo conseguirás si realmente quieres. Y una vez allá volverás a estar atrapado de nuevo en otra isla, de modo que no basta con atracar frente a sus costas y conseguir llegar a Teluk Dalam. Tendrás que batallar contra unos lugareños inconscientes totalmente dispuestos a estrangular a la gallina de los huevos de oro, demasiado corrompidos por el maná que llegó un buen día con las olas del mar. Armarte de paciencia y de buen humor para poder recorrer las fascinantes aldeas del sur sin dejarte por el camino la bolsa y la vida.

Llegar a la bella Nias no es imposible pero exige tiempo y aguante. Para sobrellevar las casi ocho de autobús que separan los paisajes alpinos del Danau Toba, de la destartalada Sibolga a la orilla del mar, rodeada por montañas y selva. Para tomar el ferry nocturno y pasar la noche con doscientos parroquianos más durmiendo sobre duras tarimas forradas con hule estampado parqué. Todos demasiado juntos, demasiado humo -¿¡los indonesios también fuman cuando duermen!?-, demasiada música estridente hasta la madrugada y demasiados llantos de bebé a cada momento, cuando no es uno es otro, y cuando no, todos a coro.

Me desperté con el alba. Agotado por la noche que acababa de pasar, con todo el cuerpo dolorido a falta de colchón y con esa sensación de irrealidad que acompaña a las noches en duermevela. Al fondo ya se adivinaba el contorno de la isla, pero por el momento tan solo era una mancha negra y plana en el horizonte púrpura de alta mar. Una mancha negra que para mi sorpresa acabó por ser verde y exuberante, nada que ver con lo que esperaba encontrarme. Una costa de bahías arropadas por palmerales sobre arenas blancas. Yo, que venía a ver aldeas y arquitectura local, de repente me encuentro suspendido en un pequeño paraíso en Sorake Beach: Es una terraza en un primer piso, le cuelgan un par de hamacas perezosas y en el centro hay una mesa con una silla que mira al mar. Mis idolatrados cocoteros me enmarcan la vista, con el otro lado de la bahía al fondo y en frente, olas y más olas perfectas, que parecen desfilar con la precisión de metrónomo.

No es un lugar de playa, no la hay. Entre el mar y la tierra hay un arrecife de coral cubierto de arena que queda a la vista al bajar la marea, y que al subir se vuelve un lago que pone los cielos de Nias al alcance de tu mano. No son las playas de arenas blancas, son sus Olas. Ellas son la clave del acertijo pues Pulau Nias es meca para peregrinos del surf, y son ellas las que trajeron el maná y las rupias sin ton ni son. Las que me convierten a mí y los que vengan como yo, en un billetero que camina al que hay que exprimir sin contemplaciones, con la arrogancia del que confunde la buena suerte con el derecho divino.

Pero yo había venido a ver aldeas y Botohili y Orihili me gustaron, pero Bawomataluo me dejó total y absolutamente impresionado.

Es una atalaya, somos una atalaya apostada sobre un cerro. Una fortaleza rodeada de jungla por tres lados y que mira al horizonte por el cuarto. Bawomataluo son dos avenidas empedradas en cruz que dan para cuatro esquinas: la de la fuente, la de la sala de reuniones de la aldea, y dos esquinas más, abiertas en mirador y llenas de lugareños de cháchara. La escena que uno contempla al llegar al final de la escalera es sobrecogedora, pues desde abajo nada se intuye y con la mirada fija en los más de 100 peldaños no alzas la vista hasta el último instante. Es entonces que cuando se despliega una visión de otro mundo. Una imagen con la que no cargaba ni en mi memoria ni en mi imaginario.

Una espléndida avenida empedrada de no menos de veinticinco metros de ancho se proyecta cientos de metros flanqueada por un baile de cubiertas de paja y chapa requemada. Unas cubiertas enormes que son el elemento más notorio de estas viviendas construidas con madera y cuerdas y que no cuentan con un solo clavo. Unas casas que descansan sobre una maraña de pilares verticales y cruzados -evitando el colapso en caso de los terremotos aquí frecuentes- y que dan la extraña sensación ser las patitas de un insecto gigantesco que en cualquier momento podría echarse a andar. Las cubiertas picudas, el bosque de patitas de pilotes y la única ventana corrida de cada casa le dan al conjunto un aspecto de enormes insectos en letargo o de primitivas máquinas de guerra de alguna película de ciencia ficción.

De entre el baile de cubiertas y fachadas y de ropa tendida destaca la impresionante joroba de la Casa del Rey que, siguiendo el mismo esquema de las otras, multiplica por cinco su tamaño. Frente a ella un belén abstracto de gigantescos megalitos cuyo significado me es un misterio. En el interior de la casa o mejor dicho, del palacio, la atmósfera es mágica, transmite mucha calma. Uno tiene la sensación de estar en la bodega de un barco. La luz es suave y tamizada y los diferentes niveles de repisas, tarimas y estantes bajo la enorme ventana corrida que da a la avenida lo hacen muy acogedor. Más que un palacio parece un enorme y confortable salón de estar. Y si levantas la vista se abre ante ti una impenetrable maraña de oscuridad y vigas y viguetas que sustentan el desmesurado tejado. Un mundo aparte e inaccesible.

Salgo de nuevo a la calle a través del bosque de pilotes de madera de palacio -que aquí son gigantes- para darme una vuelta más por esta aldea que es ante todo una apuesta por un espacio común. Todo se desarrolla en esta plaza pública en forma de cruz desgarbada. Toda la ropa tendida, los cables y los postes de la luz que colgando cual guirnaldas de verbena,  toda la gente sentada y charlando en los porches, y los que no, asomados a las ventanas-mirador de cada casa. Es realmente un lugar especial, supuestamente ya asediado por multitudes de turistas aunque yo no me cruzara con ningún otro bulé ni me asediaran implacables vendedores de souvenirs.

Seguí la jornada improvisando. Pasé por Orihili donde andaba todo el pueblo muy atareado montando un tablado en la calle mayor –una buena juerga se estaba cociendo pero no conseguí descubrir a santo de qué- y por entre senderos monté a través y tras muchas indagaciones conseguí llegar hasta Hilisimaetano. Agotado y satisfecho me monté  en la primera camioneta que pasó, colgado en la parte trasera aturdido por el tufo de bolas de caucho fresco, contento por la jornada pero con muchas ganas de volver a sentarme en aquella mesa que se levanta frente al mar custodiada por las dos hamacas perezosas.

Me quedo con las ganas de haber pasado al menos una noche y haber visto un amanecer en Bawomataluo. Y me quedo también con muchas ganas de haber podido fotografiar todo esto que os he contado. Pero no podré pasar una noche más porque llegar hasta aquí fue todo un ejercicio de manual de viajero, y porque uno no sale de Pulau Nias cuando quiere sino cuando puede –sólo hay dos ferrys semanales de vuelta a Sibolga-. Y tampoco podré mostraros ninguna foto de Bawomataluo, Botohili, Orihili ni de Hilisimaetano porque créanlo o no, la nueva cámara que compré en Banda Aceh hace dos semanas murió ayer –y ya van cuatro en menos de 2 meses…-. Pero esa ya es otra historia que tendrá que esperar su desenlace hasta mi llegada a Yakarta. Hasta nuevo aviso -y espero que por poco tiempo- prosigo el viaje “a ciegas”.

SuperVolcán. Danau Toba, Indonesia

Las enciclopedias definen al Lago Toba como un supervolcán, un cataclismo de magnitudes planetarias que hace unos 70.000 años puso patas arriba el clima del planeta entero. De aquel desbarajuste nació este lago gigantesco de 100 kilómetros de largo por 30 de ancho en el corazón de Sumatra. Pasados los siglos y los milenios, aquella tierra muerta y yerma se convirtió en un lugar tan singular que lo mismo estás paseando entre arrozales junto a la orilla del lago, que ves bosques y paisajes alpinos en las laderas de la montaña, o te tomas un coco bajo las palmeras entre ambos. Y por si el encanto y la calma de este lago no fueran suficientes, la Isla de Samosir y sus alrededores son el hogar de los Toba Batak, un pueblo que levantan casas que parecen barcos a la deriva en medio del monte.

Mi último día en Berastagi amaneció nublado pero poco importaba porque sabía que en cuestión de horas estaría con los pies en remojo a la orilla del Lago Toba. Sin haber previsto nada del viaje pagué la cuenta y dije eso de “Disculpe, ¿Para ir al Lago Toba?”. Era fácil y tomando el bus que salía de la esquina de enfrente sólo necesitaría de dos transbordos para llegar a la pequeña península de Tuk Tuk que le cuelga a la Isla de Samosir, en centro del lago. Una jornada de viaje fácil y limpia a través de la campiña Batak.

Atrás quedan las frondosas junglas de Aceh y la sensación de avanzar por lugares remotos. El territorio Batak es una extensión de tierra fértil y clima templado. Campos de verduras, hortalizas y árboles frutales. Pocos bosques sobre un horizonte interrumpido por la silueta de algún volcán. Cielos azules y aldeas sosas a lado y lado de la carretera. Choca y sorprende este cambio de paisaje tan gradual como radical que va a la par de la desaparición de las omnipresentes mezquitas para dar paso a las más variopintas congregaciones cristinas: los Pentecosteses, los Adventistas del Séptimo Día, alguna que otra iglesia Católica desperdigada y muchos otros credos más que no conseguí retener. Toda esta disparidad de versiones del cristianismo da lugar a pueblos de mala muerte en los que habrán hasta tres iglesias para no más de treinta casitas. Me sorprende constatar que a la febril construcción de mezquitas en Aceh le sigue en Batak la febril proliferación de templos cristianos. Musulmanes o cristianos, los habitantes de Sumatra parecen tener, sea cual sea su credo, un ferviente sentimiento religioso y una pasión por levantar casas para dioses.

El paisaje, más bien indiferente durante todo el trayecto, empieza a ponerse interesante a medida que nos vamos acercando al lago. De repente me doy cuenta que lo que me parecía una llanura era en realidad una meseta que se precipita de forma abrupta sobre el lago. Bosques de pinos y abetos motean las laderas de hierba verde y el azul intenso de las aguas al fondo completan esta escena alpina. Bajamos serpenteando por una carretera de curvas sin fin que a cada giro regala un postal. Al fondo, en las tierras llanas, los campos de arroz maduro amarillean junto a los nuevos brotes de ese verde tan intenso que parece irreal. Es tiempo de siega y de siembra en esta tierra fértil capaz de alternar ambas al mismo tiempo.

A medida que perdemos altura, entre tanta curva, campo y pedazo de lago azul, empiezan a aparecer las cubiertas de las casas de los Toba Batak. Elegantes, estilizadas, caprichosas. Con cubiertas a dos aguas formando una elegante curva en la cumbrera y rematadas en aguja en los extremos. Tradicionalmente de paja, las nuevas cubiertas son ahora de chapa ondulada que envejece mal con el tiempo pero cuyos tonos rojizos casan bien con los fachadas de maderas talladas. Los Toba Batak, al contario de que Karo Batak –sus parientes lejanos de Berastagi– viven en poblados de casas unifamiliares levantadas en una o dos hileras frente una calle o plaza central que es el lugar de encuentro donde se desarrolla la vida diaria. Son espacios cuya esencia es el vacío definido por la espectacular arquitectura que los enmarca  y por el intenso azul del cielo.

Mi paso por el lago me dejó un muy buen sabor de boca, del de esos buenos días recorriendo el mundo montado en una moto. Echarse a la carretera, poco a poco, con toda la calma del mundo disfrutar del paisaje, de la gente y de la arquitectura. A mi ritmo y parando cuando quiero para explorar, para descansar o para charlar con el ejército de curiosos de turno. Fue un buen día en la carretera acompañado de Joline, una chica holandesa que andaba viajando sola por Sumatra.

Más o menos teniendo una ruta clara –la Isla de Samosir tampoco da para muchas variantes- nos dejamos llevar. Y dejándonos llevar encontramos poblados escondidos tras lomas y bosques. Casas tradicionales abandonadas al tiempo que habían envejecido con la sobria elegancia de una buena ruina. Bajamos al lago para ver como se bañaban los búfalos y apostamos por subir a la cima de la montaña para comer. La misma carretera por la que había llegado el día anterior parecía más sinuosa y más empinada en moto, y en medio de una cuesta y a más de cuarenta kilómetros del hostal, mi cadena se salió y en menos que canta un gallo un buen sumatrense se enguarró las manos para enseñarme mecánica al uso y fijar mi moto para el resto del día. Como pago una sonrisa y un buen estrechón de manos, y yo ya aprendí una cosa más.

Llegamos al mirador de Tele al medio día del sol ecuatorial. Nos tomamos una descanso, cominos lo que pudimos y charlé con tres españoles que también se habían perdido por el mundo y llevaban ya como 10 meses. Tras una siesta haciendo tiempo hasta que la luz volviera a estar en su punto emprendimos la vuelta a casa parando a cada rato que el paisaje nos parecía demasiado pintoresco como para pasar de largo. Echándonos a andar por los campos de arroz donde una cuadrilla de jornaleros nos invitaron a té y a falta de palabras nos reímos todos juntos por reírnos durante un buen rato. Un partido de fútbol al atardecer junto a la orilla y unos chavales en cueros dándose el último chapuzón del la jornada a la sombra del volcán.

Se nos está haciendo tarde, y a cada minuto que pasa la luz de torna más cálida bañándolo todo en oro. Siento el impulso de detenerme a cada momento y Joline ya no sé qué pensará, pero no puedo evitarlo. Los dos niños que corren colina abajo hinchando una lona enorme al viento. El horno donde cuecen los ladrillos. Los críos que se bañan con la ropa puesta en la alberca. Dos casitas solitarias que parecen festejar junto al lago al atardecer tras un campo de maíz.

Han sido dos muy buenos días dando tumbos por el lago. Un lugar que por su excesivo tamaño no resulta impresionante –la proporción importa y no siempre más grande significa mejor- pero que te ofrece tal variedad de postales pintorescas que resulta irresistible. Han sido sólo dos días pero me marcho rumbo a la costa oeste convencido de que el Lago Toba es uno de esos lugares exquisitos en su sencillez en los que dejarse perder una semana, dos o media vida. Y me marcho convencido de que siendo un SuperVolcán no lo es tanto por su tamaño desde el aire como por lo intenso y exquisito que sabe a pie de tierra montado en una moto o paseando por sus orillas al atardecer.

To mandarin or not to mandarin. Berastagi, Indonesia

Voy montado en la opelet que me lleva de vuelta a Berastagi después de pasar una espléndida mañana recorriendo el Gunung Sibayak, mi primer volcán. Somos varios y en una parada se sube un chavalín ¿Qué tendrá? ¿Diez, doce años? Me quedo con su cara de sorpresa al verme dentro -una más de la muchas con las que me vengo cruzando por el norte de Sumatra- y le devuelvo una sonrisa cortés acompañada de un selamat pagi –buenos días- mientras le hago un guiño cómplice. El chavalín lo flipa y se lo piensa un rato antes de preguntarme de dónde soy. De España, de Barcelona. Al oír la palabra mágica –Barcelona- se le ponen los ojos como platos. Le sonrío consciente de lo que esto pueda significa para él y me agarro fuerte donde puedo para no salir rodando por la puerta entre tanto bache y trompicón.

Se acerca su parada y el pequeño abre su mochila, saca una mandarina, su mandarina, su almuerzo y me lo ofrece con un sonrisa llena de orgullo. Me deja tan descolocado que no sé qué decir. Es un regalo, así que acéptalo -pienso por un lado- , pero es su almuerzo y este chavalín seguro que es de un hogar humilde donde cada cosa vale su precio en oro. No puedo tomar su almuerzo que será lo único que tiene cuando yo “puedo pagarme todo lo que quiera”. Abrumado por su generosidad declino amablemente su regalo dándole las gracias tres, cuatro y hasta diez veces: Terima kasih, terima kasih, terima kasih,…

El pequeño sonríe, me mira y se despide de mí frente la parada que está al lado del campo de fútbol. Hoy es sábado, hay partido y de ahí viene su fascinación ante la palabra Barcelona. Arranca la opelet y me siento un imbécil y un ingrato, pero todavía no sé el porqué.

Tengo que pensarlo mucho antes de caer en la cuenta que por definición tengo un problema: no sé aceptar regalos que no tengan una clara justificación –cumpleaños, trabajo bien hecho, bla bla bla…-. Tengo que pensarlo un rato más para comprender que no saber aceptar un regalo sin motivo es casi tan odioso como no saber darlo. Pero en el fondo yo sé que tiendo a olvidar más fácilmente las deudas que tengan conmigo, que las deudas que yo tenga pendientes con los demás. Entonces ¿Por qué no cogí la mandarina?

Puede que toda esta reflexión les parezca desproporcionada al incidente en sí mismo. Una muestra pura y verdadera de bondad y generosidad, a la que un servidor responde con una muestra de magnánimo sentido común y conveniencia. Pero cuando lo pienso ahora me doy cuenta de que mi magnánima respuesta no fue más que un acto de magnánima soberbia, involuntaria, sí, pero soberbia a fin de cuentas. Con mi negativa le negué la posibilidad de ser bueno y generoso sin motivo alguno con un desconocido. Se la negué por considerarlo insuficientemente rico, demasiado pobre. Mi rechazo no fue un acto honorable, fue un desprecio disfrazado. Curiosamente su generosidad activó mi oculta prepotencia, mi arrogancia y mi mal digerida condición de ser superior por el simple hecho de “poder pagarme todo lo que quiera” en el mercado del pueblo.

No se trata de pobres o ricos, se trata de respeto, y el respeto es algo más que una sonrisa amable y un selamat pagi. Respeto es a fin de cuentas no sólo tratar -eso sería simple cortesía- sino sentir al otro como un igual, y sólo desde esa comprensión y asunción profunda puede ir uno por el mundo con la cabeza en alto, en ese delicado punto en el que la barbilla ni mira hacia abajo ni mira hacia arriba. Es delicado, es sutil, lo sé, y no basta con estar cerca. A mí desde luego no me bastó con estar cerca, y es por eso que ofendí a un chavalín generoso con un corazón enorme, que me respondió como una enorme sonrisa, para acabar sintiéndome torpe, algo imbécil y muy desagradecido… Desde luego un viaje no son sólo destinos visitados. Son las situaciones vividas y lo que cuentan de nosotros.

Se les mueren las casas. Lingga & Dokam, Indonesia

Las Casas se mueren. Tan sólo quedan sus cadáveres languideciendo, esparcidos por la aldea entre las nuevas casitas de colorines que le brotaron en los tiempos modernos. Poco a poco, a la merced del sol, del viento y de la lluvia, las rumahs -antiguas casas comunales- de los Karo Batak claudican al paso de los años y la dejadez. Se les pudren sus patitas y sus costillas, se les levanta la piel y les crecen musgos y telas de arañas en los rincones de lluvia y sombra. Todo se viene abajo y lo que sobrevive es a base de maquillaje y previo cobro de entrada.

“Dime cómo vives y te diré quién eres”. No son más que casas. Sí, grandes, enormes, de diez metros por diez metros en planta y cubiertas por unos techos que se elevan hacía los cielos pudiendo llegar hasta los quince metros de altura. Casas decoradas con motivos que sólo los Karo Batak comprenderán, cuyos colores y geometrías son un conjunto de símbolos que contienen un mensaje oculto para ti y para mí. Sí, no son más que casas grandes que pertenecen a otros tiempos que ya pasaron y que no volverán. Y aún siendo tan solo más que casas, son mucho más que eso.

Al final del primer semestre de mis estudios de Arquitectura, en la asignatura de Proyectos, nos pusieron un ejercicio. Cada uno de nosotros tendría que tomar su hogar de entonces para vaciarlo completamente –exceptuando los elementos estructurales- y rellenarlo con una nueva propuesta: un hogar para sí mismo. Cada uno hizo su propuesta, y yo la mía, y con los años revisando la mía me di cuenta que aquello no era sólo un dibujo, ni una distribución, ni siquiera un hogar. Aquello era, ni más ni menos, que una proyección bastante certera de mí mismo y de la manera de entender mi relación con los demás. Más allá de calificaciones académicas, tan inconscientemente certera y sincera fue mi propuesta que pasados trece años sigue siendo perfectamente válida -con tan solo algunos ajustes de orden menor-.

Os cuento esto porque, no es que lo crea, es que yo sé que una casa no es sólo una casa. Que la tradición centenaria de construir hogares de un pueblo es mucho más que un bonito ejercicio arquitectónico, antropológico o –en los tiempos modernos- una experiencia turística. Es un modo de vida, y es precisamente la forma en la decidimos vivir nuestras vidas, y como compartirlas, lo que nos define como personas. “Dime cómo vives y te diré quién eres”.

Amanecía una nueva mañana encapotada en Berastagi, y tras mi paso por mi primer volcán me había dado un día de descanso que me había sentado tan bien que quería más. Pero había en la región ejemplos de arquitectura vernácula del pueblo Karo Batak que me arrastraban fuera de la cama. Batallé contra mi pereza y me eché a la calle a por un buen desayuno. Era mi cuarto día en el pueblo, no me había dado ni un paseo por el mercado y sus callejuelas y buscaba, porqué no decirlo, excusas para eludir la visita a Lingga y Dokam. Me hice el remolón perdiéndome por los callejones para descubrir que Berastagi es una calle principal que corre montada en la loma de una colina, y que más allá del mercado y de los arrabales hay un paisaje verde de huertas y campos. Y que en los arrabales de gente humilde corretean niños alegres, la mayoría descalzos, frente a los portales en los que las mujeres lavan la colada, tímidas, sonrientes y sorprendidas de la visita de un bulé –extranjero- descarriado que debe andar perdido para haber llegado hasta aquí. No me perdí, me dejé perder.

El paseo y todas estas sonrisas son un bálsamo contra mi pereza congénita y finalmente me lanzo a una odisea de opelets –mini-buses-, de terminales caóticas sometidas a incomprensibles leyes universales de orden local, a indicaciones contradictorias que tras un buen rato conseguirán llevarme a mis dos destinos a través de la fértil campiña batak: los poblados de Lingga y Dokam.

Porqué ocultarlo: no me siento bienvenido. Me siento, o me hacen sentir, un intruso y me incomoda pasearme por las calles con la cámara al cuello. En Lingga hay casas muy maltrechas y otras en espléndido estado de momificación –restauración forzada por expertos en el asunto-. Los adultos me esquivan y me miran con recelo, tan sólo los niños se prestan al juego de risas y buenas intenciones, de fotos simpáticas sin más. En Dokam, por el contrario, ni los niños sonríen. Me piden dinero y hasta se muestran agresivos. Soy el único extranjero, me muevo discreto y sin armar follón, he pagado las tasas que me han pedido los “guardas” del lugar y pido permiso antes de tomar un retrato, pero todo esto no parece ser suficiente. Al final del día me vuelvo a casa con algunas buenas fotos, pero me queda en el paladar un regusto amargo.

A los Karo Batak se les mueren sus casas aplastadas bajo el peso de los nuevos mundos y los nuevos tiempos. ¿Pero qué es lo que se muere realmente? ¿Qué estilo de vida se desvanece? ¿Cuál fue su propuesta de un hogar para sí mismos?

Sus casas son grandes porque viven muchos y todos juntos. Ocho familias bajo un mismo techo, a la lumbre de 4 fuegos que comparten cada dos familias. Echando un ojo el interior de estas grandes casas sorprende ver que el suelo es un plano continuo, sin paredes ni muebles. Todo cuelga de las vigas del techo y por un momento pienso en la arquitectura de Aires Mateus en Azeitao. Orientadas de norte a sur, con sendas terrazas de bambú a cada lado, estas casas tienen en realidad tres niveles que representan la visión del mundo Karo Batak. El plano inferior, los bajos de las casas, son para los animales. Su segundo plano, el intermedio, es el nivel para los humanos sobre el que se eleva ese gran vacío que conforma el volumen de las cubiertas que son, sin lugar a dudas, el elemento característico de su arquitectura. Es el mundo de los dioses y los espíritus. Esos tres niveles conviven superpuestos, separados pero todos bien juntitos.

Y nosotros ¿Cómo vivimos nosotros? No vivimos en casas, vivimos apilados en pisos porque la tierra en la que vivir es más cara que la tierra que nos alimenta. En cada piso vive una sola familia –si es que vive-, y no siempre con un padre y una madre. De los abuelos ya ni hablo. Por supuesto cada uno en su habitación, nunca todos mezclados, y si hay mezcla será una mezcla boba y en silencio frente al televisor. Pero muchas veces ya ni eso, porque siempre hay más de una tele, y sino ya está internet que antes había un puerto de entrada fijo al ordenador de la casa pero ahora seguro que hay wifi, portátiles, smartphones o tabletas.

Los animales ¿Qué animales? Los animales que nos nutren con su carne y con su leche o con sus huevos. Nadie sabe ni dónde están, ni cómo viven –condiciones de pura crueldad la mayoría de las veces- ni tan siquiera cómo mueren mientras tildamos de salvajes a los pueblos que matan a cuchillada limpia, con sus propias manos y a cara descubierta. Yo nunca maté ni vi morir la carne que comí ¿Y tú?

Y los dioses ¿Dónde quedan los dioses y los espíritus? No hay lugar para los dioses en nuestros pisos de techos planos y bajos, justamente la antítesis de las grandes casas Batak. En pos de la eficiencia y de los estándares modernos y de los mil veces malditos modulores, vendimos el alma al diablo y aceptamos vivir en alturas de 2,40m, según normativa –maldito modulor a 2,20m-. Nuestros dioses no viven en casa, viven en las iglesias regentadas por otros que curiosamente son ante todo aire, mucho aire contenido en paredes de piedra donde entra poca luz –oscuras como las casas Batak-. Vivimos en casas de techos planos pero a todos nos siguen gustando la buhardillas de cubiertas inclinadas y estancias de techos altos. Vivimos solos, cada uno en su cuarto pero recordamos con cariño las fiestas en pijama todos compartiendo bajo un mismo techo.

Se mueren las casas de los Karo Batak, pero yo me pongo triste porque sé que se muere algo más. Se les muere su propuesta de hogar y por ende se les muere su manera de ver el mundo. No es la mejor, ni será perfecta, pero cuando la comparo con la nuestra me doy cuenta que perdimos algo por el camino, y que ellos, siendo prescindibles, siguen siendo únicos e son irremplazables.

*propuesta de ejercicio: ¡ATENCIÓN! SE PERMITE SOÑAR DESPIERTO. Agarra papel, lápiz y colorines y dibuja cómo sería tu hogar. Tómate tu tiempo y sin pensar demasiado, piénsatelo bien. Me lo escaneas o le haces una foto, y me lo mandas -contact@outteresting.com- con pequeño escrito explicándome cómo es tu hogar y qué lo hace tuyo y especial. Si me gusta –si es sincero y honesto seguro que me gustará- yo lo público en el blog. No sufras, se pueden usar pseudónimos para mantener el anonimato, pero que sean divertidos, ok? ¡Adelante valientes!

Mi primer Volcán. Berastagi, Indonesia

…este post sabe mucho mejor con música, haz click aquí

Yo nunca antes había estado en un volcán y ahora mismo acabo de llegar de uno, mi Primer Volcán. Se llama Gunung Sibayak y puede que no sea ni el más grande ni el más espectacular, pero es mi primer volcán y hoy, merodeando por el borde de su cráter, corriendo arriba y abajo entre las rocas y echándole un ojo a las fumarolas me he sentido como el niño más feliz del mundo. La de hoy no ha sido una experiencia de adulto, lo de hoy ha sido volver a ser crío y pasearme despierto por un decorado de ensueño. Duro y escarpado, sí, pero sublime y sutil en sus muchos matices, como a mí me gusta.

A pesar de lo contento que estoy ahora tengo que confesar que cuando me he despertado esta mañana me lo he pensado dos veces, o puede que hayan sido tres. En Berastagi ya está fresquito de por sí, de hecho, durante las noches duermo con toda la ropa puesta y dos mantas y paso justito. Y hoy se levanta el día nublado y chispeando. Me hago el remolón en la cama, bajo las mantas, como el niño chico que no quiere ir de excursión y que prefiere hacerse el malito para quedarse en casa viendo la tele. Pero esto del viajar solo, sin nadie que te arrastre, obliga ante todo a mucha disciplina, y me repito aquello de que “¿De tan lejos viniste para quedarte en la cama?”. Ok, vale, arriba chicos que hoy toca ir de excursión y en el menú hay un volcán cuya fama es la de ser el más facilón de todo Indonesia. Día nublado, volcán fácil, creo que podré con ello.

No me visto porque ya llevo la ropa puesta de la noche –ventajas del frío-, salgo a la calle y desayuno al más puro estilo makassar padang indonesio, arrocito con vete tú a saber qué, mucho picante y tempe, que no me falte el tempe. Opelet amarilla -autobús local- en la acera de enfrente y en veinte minutos estoy en la entrada, paga simbólica y por delante un par de horas de ascensión. Y con todas las ganas del mundo me aburro como una ostra durante la siguiente hora y media. Nada que ver, día feote, nadie por el camino y para colmo una buena cuesta al final. Llego a un llano intermedio para no encontrar la escalera que me la han puesto detrás de todo ese mogollón de arbustos –cualquiera la encuentra-. Esto no promete nada, pero de repente la vegetación empieza a cambiar, se vuelve arisca, primitiva, y la escalera adquiere tonos épicos –ni Moisés subiendo al Sinai- y todo se va quedando pelado mientras el viento silba y me zarandea si me despisto. Primer salto de alegría al ver las tres fumarolas que echan humo, purito humo venido de las entrañas de la tierra. Esto ya es otra cosa.

Me lo tomo con calma, saboreo mi presa lentamente, rodeándola, buscando el mejor ángulo de aproximación y cuando la tengo a tiro, disparo. Una tras otras las instantáneas y los puntos de vista se suceden dejándome totalmente extasiado. Éxtasis de principiante que como no sabe no espera, y lo que no se espera es que tras la loma se oculta el cráter y cuando termino por subir la cuesta me quedo con la boca abierta y los ojos como platos. Estoy tan contento, estoy tan alucinado. Puede que no sea el volcán más grande, ni el volcán más espectacular pero yo ando tan contento como un niño el día de reyes.

El enorme muro negro que se alza sobre la laguna de arenas blancas y pálidas aguas turquesas. El amasijo de rocas desmenuzadas que hierve en vapores sulfurosos, una lluvia amarilla que mancha la negra roca y haciéndola brillar de amarillo fosforescente. Los senderos de tierra parda que zigzaguean por todos lados moteados en algún punto de una vegetación escuálida que debió perderse por aquí hace mucho tiempo y que no supo encontrar el camino de vuelta. Lo que viene después son más de dos horas dando vueltas sobre mí mismo, sobre el volcán, descubriendo un par de tiendas ocultas –qué buena idea acampar aquí por la noche bajo la luna y junto al volcán- y vueltas y más vueltas.

No sé dónde estoy. No sé si he viajado en el tiempo, cuando la tierra era un lugar inhóspito y muerto. No sé si viajé en el espacio ¿Esto era la Luna o era Marte? Y tampoco sé si he viajado en la imaginación ¿Crucé las llanuras de Gorgoroth hacia el Monte del Destino? Me lo pienso ya de vuelta en Berastagi, sentado en un puesto cerca del mercado, donde una señora me acaba de servir una mazorca de maíz a la brasa untadita en purito picante chingón. Sudo la gota gorda mientras el día se rompe y finalmente se pone a llover. Van que se me saltan las lágrimas por el picante pero me sabe tan rico que ya me he pedido otra mazorca mientras sigo pensando en la excursión de hoy y en lo que genial que es poder seguir disfrutando la vida como un chaval de 10 años que por primera vez estuvo en un volcán, su primer volcán, Mi primer Volcán.

No es lo mismo. Valle del Alas, Indonesia

Puede que ya lo sepas, pero yo te lo cuento.

No es lo mismo cruzar un país montado en un cómodo todo-terreno de lunas tintadas y aire acondicionado, con refrescos a mano y con buena compañía con la que charlar. No es lo mismo que hacerlo montado en un cochambroso autobús de línea en el que cocerse bajo el sol del trópico para acabar abriendo las ventanas y tragar polvo. No es lo mismo que nadie te entienda y que no puedas hablar con el vecino de al lado que no deja el cigarrillo de clavo ni un momento.

No es lo mismo, porque con la ventana abierta y sin nadie con quien poder charlar no te queda más remedio que mirar a fuera o mirar a dentro. Mirar a fuera, a los paisajes que las lunas tintadas te hubieran enturbiado y cuyos colores habrían marchitado. Mirar a dentro, cuyos pasajeros son los habitantes reales de estas lejanas tierras que viniste a visitar y a conocer. Nadie con quien hablar para poder contemplar la vida que discurre frente a tus ojos, nadie excepto ti mismo con quien comentar y reflexionar, en un ir y venir continuo entre el presente que estás viviendo y el pasado del que procedes. Me pasa que estando solo estoy más atento.

No es lo mismo mascar polvo, sudar y oler a rancio, porque siendo otro bulé más -extranjero-, al menos eres el bulé que comparte su vida y su camino. Y sólo por eso, porque no vistes camisa blanca impoluta y pantalones caquis de explorador aventurero que ignoran lo que es el barro, porque soportaste las incomodidades del viaje como uno más, sólo por eso ya te ganaste las complicidades y las sonrisas –que valen su peso en oro- de estas gentes humildes que atiborran este autobús cargado hasta los topes.

No es ni mejor ni peor, sencillamente es distinto.

Y por eso que un simple trayecto de Ketambe a Berastagi puede convertirse en algo especial: Un reencuentro con Urin y su familia frente a su casa en una parada improvisada en un mercado de carretera, en el señor simpático que sin hablar inglés se ofreció a llevarme en moto a la estación cuando andaba despistado por Kutacane y en todas estas postales de las que mis pupilas se empaparon mientras andaba colgado en la parte trasera de una opelet -furgoneta local- y mientras viajaba espachurrado en el autobús de hojalata.

Y como no es lo mismo, y ni es ni mejor ni peor, a mi sabe siempre más rico viajar así, porque nunca sé cuándo llegaré ni qué ocurrirá en el camino, y ese no saber me mantiene despierto y atento, con los ojos bien abiertos a la vida.

Los Pequeños Hombres Rojos. Gunung Leuser, Indonesia

Esta jungla no es llana, brota en el corazón montañoso de Sumatra. Subimos y bajamos y volvemos a subir por senderos resbaladizos agarrándonos a ramas, árboles y raíces. A medio camino siempre hay un punto en el que el paisaje adquiere ese aspecto tan sintético: un espacio definido por elementos lineales verticales -troncos de árboles gigantes- que conectan dos masas verdes de follaje, arriba tiemblan ingrávidas las copas de los árboles, abajo palpita en la eterna penumbra el suelo de la jungla. Resulta un paisaje tan sintético y tan simétrico que uno piensa que bien podría dársele la vuelta y ponerlo del revés y nada en el orden de este mundo se alteraría. Y bien podría ser, si no fuera porque los humanos no podemos dejar de vivir con los pies amarrados a la tierra, mientras que las copas de los árboles son el inaccesible reino de los amos y señores del bosque, Los Pequeños Hombres Rojos.

Tras dos días siguiendo el cauce del Río Alas por las carreteras del corazón de Sumatra  llegué a Ketambe, la puerta trasera del Parque Nacional Gunung Leuser, morada de la más diversa fauna que cuenta entre sus glorias con esquivos elefantes pigmeos, tigres, leopardos, gibones de todos los colores y orangutanes, los Pequeños Hombres Rojos. Nuestros primos lejanos, que junto a los gorilas, los chimpancés y los bonobos, se cuentan en los primates superiores más próximos a los humanos, aún siendo los orangutanes un rara avis, por ser los únicos que viven fuera de África –exclusivamente en las islas de Borneo y Sumatra– y por ser la más antigua de las cuatro especies.

Habrán pasado un par de horas desde que comenzamos la marcha, Simon y Karen –una pareja australiana discreta y agradable- y nuestro guía, Urin. El día es soleado y sin lluvia, pero cubiertos por más de treinta metros de follaje sobre nuestras cabezas el suelo de la jungla es eterna penumbra en un silencio relativo: el zumbido incansable de los insectos, el canto de un pájaro lejano y poco más. Poco aunque suficiente para que Urin dé la señal y agazapado entre las hojas que bordean el sendero escudriñe el techo de la jungla. Ha oído algo y él ya sabe quién es. Son Ellos, están allá arriba y Urin, con su mirada experta, ya ha desenmarañado el enredo de ramas y follajes tras el que levitan.

Hasta 4 individuos pacen en las copas de dos árboles gigantescos. Urin nos los va mostrando uno a uno, aunque parece mentira lo difícil que resulta distinguirlos en un primer momento. Por un rato que se me hace eterno, mis ojos se posan en todas y cada una de las ramas que Urin apunta con el dedo sin ver nada, hasta que de repente allí está. Tan arriba, tan lejos pero tan cerca que veo como se detiene por un instante y me mira. Un ser con cuatro brazos –porque las piernas no son tales- que le salen de un cuerpo redondete. Un cabeza negra con dos ojos negros que te clavan una mirada distraída pero certera. Y todo ello envuelto en una manta de pelo rojizo, largo, que le cuelga por todo el cuerpo como mechones deshilachados. El orangután, un animal tan fascinante como esquivo y aquí sobre nuestras cabezas tenemos a cuatro que lenta e implacablemente se desplazan de rama en rama, en un jugar que es en realidad su comer. Durante un largo rato nos movemos por suelo, fascinados, con las cabezas volcadas hacia atrás, con una boca abierta que esboza una sonrisa. La sonrisa de un niño que por primera vez se encuentra frente a otro ser con el que sólo antes había soñado en los libros, en el colegio o frente al televisor.

Atrás queda nuestro primer encuentro con estos seres de cuento y hacemos vía hacía el que será nuestro campamento base durante las dos noches que pasaremos en la jungla. Un lugar idílico junto al río, un respiro de la densa jungla y un vistazo al cielo azul que tan lejos queda de todo esto. El río en esta jungla tan espesa es como un hachazo en la tierra, un corte en la masa verde impenetrable. Una masa cuya impresionante altura viene acentuada por la topografía agreste del lugar. ¿A qué distancia estarán las copas de esos árboles en los que jugarán la manada de gibones blancos al amanecer? ¿30, 40, 50 metros? Puede que más.

Se pone el sol y tras el baño y un intenso café de Sumatra con mucho poso, me pierdo sobre una roca junto al río mientras se cuece la cena. Comida insípida típica de trekking a la lumbre del fuego y vuelta a la vera río. Cae la noche y bailan de nuevo las luciérnagas en una oscuridad densa, compacta. Bailan y son como suspiros en la noche que al balancearse se desvanecen sin dejar rastro tras de si. Y mientras, yo sigo colgado de una roca escuchando música y diciéndome que siempre me gustó la voz de Richard Ashcroft.

Amanece lluvioso y yo sin haber pegado ojo la noche anterior. La taza de café estaba cargada para mantener a un elefante en pie y el rugido incesante del río a escasos metros del tendal tampoco ayudó. Amanece nublado y lluvioso y eso no sólo significa que habrá que caminar empapados toda la jornada. La lluvia y la humedad implican que tarde o temprano las sanguijuelas harán su aparición. Ya las sufrí y haciendo justicia al dichoso insecto, al final no es para tanto, pero no dejan de ser un engorro desagradable que sinceramente no apetece.

Remontamos río arriba por los márgenes siguiendo un sendero empinado y resbaladizo. La humedad es sofocante y al poco de iniciar la marcha estamos todos empapados. Raíces y ramas son al tiempo amigas y enemigas. Amigas por a ellas nos asimos en el último momento antes de caer, enemigas porque hay que andarse con mil ojos: para no trabar el pie, para que no te azote una vara en la cara. Y el rió, el estruendo del río que me mantuvo en vela la noche anterior nos acompaña. Y el río que hay que cruzar.

No me gusta cruzar ríos y hoy lo cruzaremos como seis veces. No me gusta porque aunque es poco profundo la corriente baja fuerte, las rocas del lecho son resbaladizas y cargo a cuestas con el equipo fotográfico. Hasta seis veces para acabar empapados hasta la cintura. Resoplo de mal humor, molesto con Urin aunque él no tiene nada que ver.  Cómo hay que verse, a estas alturas y yo todavía con pataletas de niño chico. El premio a tanto remojo fuera de lugar ha valido la pena y una cascada espléndida en el corazón de la jungla nos da la bienvenida con su voluptuoso caudal. Un manantial de vitalidad que levanta una nube de agua que parece danzar alrededor de un arco iris en algún escaso momento en el que asoma un rayo de sol.

Y tras la vuelta al campamento y una intentona frustrada por secar nuestras ropas empapadas me echo una siesta para despertarme con un buen manchurrón de sangre enorme en el muslo del pantalón. Sanguijuelas, dichosas sanguijuelas… Esta vez al menos no la vi.

Durante la tarde volvemos a la búsqueda del orangután y esta vez encontramos a una madre con su cría. Y por esta vez no los tenemos lejos, están al alcance de la mano, en las ramas bajas de un árbol, a escasos ocho metros. La cría, más curiosa que la madre, no deja de observarnos mientras juguetea con la jungla entera con sus cuatro brazos y sus melenas alocadas que le dan un aire cómico de sabio loco. Que simpática, tan curiosa y tan desmelenada, tan errática y tan ágil. A cada paso parece que va a caer para agarrarse en el último momento a la siguiente rama, mientras se balancean anticipando ya el siguiente paso.

Al tercer día amaneció nublado, también. Seguíamos empapados aunque al menos esa noche evité el café y dormí como un bendito. Simon, Karen y un servidor, algo cansados y satisfechos de nuestro paso por Gunung Leuser, le medio pedimos a Urin que nos lleve de vuelta a la civilización de Ketambe. Urin se hace el remolón -tiene un programa que cumplir si quiere ganarse el sueldo y que su jefe no le riña- pero le convencemos que daremos la cara por él -nada más faltaría-. Finalmente accede y nos lleva de vuelta a casa no sin antes hacer una última intentona por escarpadas lomas cubiertas de vegetación que no nos traen más que sudor, resoplos y el orgullo de echar la vista atrás y pensar que por ahí hemos subido.

Vuelta a la civilización del villorio de Ketambe que tiene aires prehistóricos que me hacen pensar en el Macondo de García Márquez, enclavado en las colinas que envuelven al Río Alas allá al fondo del valle, una calle y cuatro casas no más. Vuelta triste a la civilización para cruzar parcelas que no son ni bosque ni campos de cultivo y que nos golpean con la triste sensación de que avanzan hacia la jungla. La triste sensación que casa con la certeza que ya cargamos. Que los humanos se comen el bosque a bocados, y que por cada bocado humano el mundo de Los Pequeños Hombre Rojos se encoje más, y más, y más, y más… ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde?

Ya no quedan muchos, son más bien pocos, y en estado salvaje muchos menos. Ver sus cuerpos enormes, tan extraños y tan humanos a la vez, levitar cual funambulistas entre las copas de árboles gigantescos. Cruzar tu mirada fascinada con su mirada expectante e indiferente al mismo tiempo, distraída, es una sensación impagable. Constatar la maravilla de la diversidad y de la diferencia, de la esencia del fenómeno que llamamos vida. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Me siento en Ruta. Banda Aceh & Takengon, Indonesia

Vuelvo a estar en ruta. He vuelto a la carretera, a los nuevos paisajes desfilando por la ventana del autobús, a las nuevas camas de hotel barato que son a fin de cuentas mi casa, a volver a empaquetar de nuevo al amanecer, siempre al alba. Estoy en ruta, me Siento en Ruta.

Hace ya 4 días ya que dejé atrás Lampu’uk Beach y mi pequeño nuevo hogar de quita y pon, atrás me queda ya la pequeña rutina que había logrado construir. Esta noche mi bungalow ya no será azotado por los inclementes vientos del Índico, esta noche mi bungalow aparece envuelto entre las livianas brumas del valle del Río Alas. Se ha puesto el sol tras las montañas verdes del corazón de Sumatra y, corrido el velo de la jornada, jirones de bruma toman el valle alzándose sobre el gran río, suspendidas en el aire, como por arte de magia, a la luz de la luna.

Estoy en ruta, me siento en Ruta. 4 jornadas hace ya que dejé atrás Lampu’uk Beach. Dos las pase en Banda Aceh, dos más viajando a través del corazón de esta isla que me tenía enamorado antes de venir y que me sigue enamorando a cada recodo de la carretera, a cada alto en el camino, con cada persona con la que me cruzo.

Banda Aceh, una ciudad antigua renovada por completo de los pies a la cabeza. El famoso tsumani de las navidades del 2004 que azotó los márgenes del océano Índico tuvo su origen frente a las costas del norte de Sumatra y fue aquí donde golpeó con más fuerzas. Más de 150.000 víctimas de un plumazo y más de medio millón de personas sin hogar –se dice rápido- todo en apenas unos minutos y sin previo aviso. La ciudad arrasada y una población devastada. Cargueros tierra a dentro a más de dos kilómetros de la costa y barcos de pesca colgados del tejado de las casas.

Han pasado ya casi ocho años de aquel fatídico 26 de diciembre y cuesta creer que aquí hubiera habido ese nivel de devastación de no ser por un Museo del Tsunami muy futurista pero cerrado a cal y canto, y del par de barcos varados tierra a dentro que han sido convertidos en una especie de parque temático turístico. Por lo demás ni rastro de la ola gigante, ni rastro del desgarro en todas y cada una de las familias ¿Ni rastro?

Voy montado en un labi-labi –furgoneta local con asientos en la parte trasera- y el indonesio de turno me somete al interrogatorio habitual: ¿A dónde vas? ¿De dónde eres? ¿Estás casado? ¿Viajas solo? ¿Cuál es tu trabajo?… Es majo como todos los indonesios que me he encontrado hasta el momento y contraataco con mi batería de preguntas. Fajar tiene mi edad y es de un pueblo a las afueras de Banda Aceh. Está casado y tiene 2 hijos, uno tiene 11 años, el otro murió en el tsunami… Pero él sigue teniendo 2 hijos, aunque uno ya no esté, y aunque aquí nadie hable del tsunami. Al tsunami de muerte y destrucción le parece haber seguido otro de olvido y de ganas de querer mirar al futuro.

Un tsunami que fue trágico pero que no sólo trajo muerte, que también trajo la paz a este rincón de la extensa y diversa Indonesia que durante años clamaba por su singularidad y su independencia. La tragedia hizo que las fuerzas rebeldes del GAM (Gerakan Aceh Merdeka – Movimiento Aceh Libre) y el gobierno de Jakarta depusieran las armas y firmaran la paz en pos de trabajar juntos por el futuro de la población ante la catástrofe. La provincia de Aceh es ahora baluarte del Islam de la ya muy musulmana Indonesia, el primer lugar del sureste asiático en el que desembarcó junto a los mercaderes gujaratis de la India y donde hoy en día se aplica la sharia, la ley islámica.

Pero a pesar de su supuesta radicalidad y de la constante llamada a la oración por toda la ciudad, en Banda Aceh se respira un ambiente muy relajado por las calles. Hay poco que ver, la verdad, y más allá de callejear un rato y de asomarse a sus mercados y los puestos callejeros, lo más destacado de la ciudad es una mezquita del tiempo de los holandeses -construida para ganarse el favor de los locales tras años de conflictos- que destaca por su elegancia y su singularidad y que parece condensar todo el sabor de Las Mil y una Noches con el temple del trópico. Una mezquita coronada por cinco cúpulas de color regaliz, cubiertas de teja roja y paredes blancas rematadas por un catálogo de finos trabajos de marquetería. De día y de noche, la Gran Mezquita de Baiturrahman y los mercados que la rodean son el centro y el alma de esta pequeña ciudad costera que teniendo poco que ver a mí me dejo buen sabor de boca.

Dos días en Banda Aceh y dos días en la carretera camino de Ketambe, la puerta trasera del Parque Nacional Gunung Leuser donde residen los “pequeños hombres rojos”. Dos buenos días de carretera en transporte local, en furgonetas abarrotadas hasta la bandera de lugareños risueños y pacientes cargados con montones inimaginables de fardos y paquetes.

Mi primera jornada arranca con una espera de más de una hora en la estación de bus, a la que le siguen casi 2 horas dando vueltas por toda la comarca de Banda Aceh recogiendo a cuatro encantadoras señoras para acabar volviendo a la estación de autobuses a la que había llegado 3 horas antes. Esto es Indonesia y aquí todo el mundo se lo toma con calma. Arrancamos finalmente y nada mejor para amenizar el viaje que un buen disco de música techno a todo volumen que parece hacer las delicias de todos los pasajeros sin importar la edad. Si no puedes contra el enemigo mejor únete a él, así que ya puestos liémosla parda con las 4 señoras que son 4 maestras camino de Takengon para pasar el fin de semana con sus familias, y que aún estando entradas en años, mantienen una marcha y un buen ritmo envidiables. “Niño que me comas esta fruta”. “Niño que si quieres un coco que nosotras vamos a comprar”. “Niño toma de este pastel que allí España de esto no tenéis”. Así me tratan, como un Rey. Ellas sin hablar inglés y yo sin entender nada de Indonesio.

El paisaje es aburrido mientras seguimos paralelos a la costa camino de Medan, pero al llegar al cruce que nos desvía hace el Valle del Alas la cosa empieza a cambiar. Ganamos altura y el paisaje se vuelve jungla exuberante de palmeras que me recuerdan a palmones de pascua, de escenas de río y merenderos al atardecer y de aldeas coloradas a los márgenes de una carretera que está fuera de las rutas del turismo. El alma de Sumatra en estado puro al atardecer mientras se pone el sol tras la sierra y los lugareños se sientan al umbral de sus casas para charlar con los vecinos o mirar a los niños corretear frente al patio de tierra batida. Casitas de madera coloradas, niños aquí y allá con camisetas del Barça, con los nombres de Messi o de Xavi, una abuela que juguetea con sus nieto tras el último rayo de sol. Estoy en ruta, me siento en Ruta.

Parada técnica nocturna en Takengon, en un hotel más cutre que humilde en el que sólo dormiré para despertar y caminar de nuevo hasta la estación a la búsqueda de un transporte que me lleve hasta la otra mitad del camino. Una segunda jornada de junglas que a cada rato se mezclan con paisajes alpinos que me dejan fuera de lugar. Indonesia será extensa y variada, pero ya la misma Sumatra no deja de sorprenderme. Carretera y manta, y más aldeas pintadas de colores con las más inusuales combinaciones que contradicen todos los cánones y de las que me estoy quedando prendado.

Esta tierra rezuma exuberancia y aislamiento aún estando sorprendentemente bien conectada. Esta tierra es la antesala de mi próxima parada: el villorrio de Ketambe que acabó siendo un trozo del camino del que colgaban desperdigadas algunas casas, unas cuantas ovejas y algún bungalow para turistas fuera de temporada en busca de jungla. Un parada en el camino junto al río Alas que perezoso pero implacable serpentea paralelo a la carretera y sobre el cual, noche tras noche, la niebla se levanta espoleada por el murmullo del agua a la luz de una luna que siempre consigue hacerme sentir en casa. De nuevo, y tras mis dudas y mi parón en Lampu’uk, no sólo estoy en ruta. Siento la alegría ante la incertidumbre de un nuevo día, los nervios y la excitación al llegar a un nuevo destino, el volver a ser capaz de saborear y ver al dios de las pequeñas cosas a cada rincón en el camino. He recuperado la ilusión y por fin vuelvo a sentirme en Ruta.