Postales. Lobos. Estambul

No tengo claro lo que ha ocurrido. Ha habido un altercado porque ella nos ha traicionado: aquella noche la pasó en casa de los otros. La resolución es definitiva: ella está fuera y nosotros 3 continuaremos el viaje montados en nuestra Vespino –¿¡Íbamos 4 en una Vespino, con las maletas y sin casco!?-. Nos pide disculpas, suplica perdón pero la decisión es definitiva. Ignoro de dónde venimos y cuál es nuestro destino, pero poco importa pues este altercado confuso no es más que la antesala de lo que está por venir. La moto se va, nos vamos los tres y al mismo tiempo yo me quedo aquí.

Me doy la vuelta para encontrarme cara a cara con un gigantesco lobo negro, grande como un toro bravo, de color negro azabache, muy gastado. No es viejo, más bien antiguo ¿Un dios o un demonio? Jadea. Le cuelga una larga lengua rosada entre los colmillos; clava sus dos grandes ojos -de un extraño amarillo verdoso- en mí. Merodea sigilosamente y cuando se detiene queda con las patas hacia atrás listo para el ataque. Y no está sólo. Otros dos más le acompañan -son más jóvenes y más pequeños pero siguen siendo enormes-. Revolotean junto al mayor, inquietos y excitados, más ágiles pero con la mirada dispersa de la juventud. La de Gran Lobo Negro sigue fija en nosotros.

Somos yo y el otro lobo. Es igual de grande y de antiguo, pero éste es blanco. Está detrás de mí paseándose a mi alrededor a la espera de que ocurra ese algo que no llega nunca, hasta que finalmente la tensión salta por los aires y Gran Lobo Negro se abalanza sobre nosotros dando comienzo a La Persecución. Montando a lomos de Gran Lobo Blanco huyo veloz por una mustia loma pelada al atardecer mientras el Gran Negro nos pisa los talones.

Habiendo dejado atrás estas llanuras nos adentramos en El Bosque. ¿El Bosque? No. En realidad esto no es un bosque. Es un corredor, un pasillo flanqueado a lado y lado por imponentes columnas de madera pintadas de rojo -y azul en los extremos…-. No hay suelo, tampoco se ve el techo, sólo los dos planos infinitos formados por la sucesión de troncos rojos que se pierden en la oscuridad más absoluta. Cortamos el aire a toda velocidad en esta espectacular persecución corriendo en horizontal sobre los troncos y es tan brutal la carrera que a cada zarpazo del Gran Lobo Blanco las columnas estallan en mil astillas con un estruendo atronador mientras, poco a poco, vamos dejando atrás al Gran Lobo Negro.

Gran Blanco me alerta sin palabras –“El Bosque termina y nos disponemos a entrar en La Caja…”-. Una Caja que tampoco es tal. Otro corredor, de madera, en el que hay un orden a seguir, una fila. Tendremos que cruzarlo para llegar al final pero aquí no se puede correr ni adelantar. Es como el interior de un enorme juguete, retumba el eco seco de los mecanismos. No podemos avanzar porque el ritmo lo marcan unas bolas gigantescas -de madera también- que nos cortan el paso por delante y por detrás. Sin poder acelerar no nos queda más remedio que seguir el ritmo marcado en este lento avance entre las bolas mortíferas que en cualquier momento nos podrían aplastar si nos detuviéramos. Por algún motivo el Gran Lobo Blanco sabe que el final se está acercando y me hace saber -seguimos sin cruzar palabra- que una vez lleguemos al otro lado saldremos disparados y habrá que retomar la huida.

Pero algo ha ocurrido: Gran Lobo Blanco está herido de muerte -lo estaba desde el principio aunque yo no lo sabía- y durante la huida ha perdido mucha sangre. Llegados al final de La Caja salimos disparados de nuevo al vacío. Estamos en las montañas, a mucha altura, no hay ningún árbol y todo el paisaje aparece cubierto de nieve. Y aunque haya luz en realidad es noche cerrada. Justo en frente hay un arrastre al que si consiguiéramos subir nos alejaría del peligro. Gran Lobo Blanco no puede seguir, así que ahora cargo con él a mis espaldas mientras salto y me agarro con fuerza a la barra de hierro colgada del cable para huir del suelo y de los lobos que acechan. Aquí estaremos seguros, y ganaremos algo de tiempo hasta que Gran Lobo Negro consiga llegar al final del túnel.

Ya a salvo, colgando sobre el vacío, caigo en la cuenta: “¿A quién queremos engañar?”Gran Lobo Blanco está moribundo, tras el túnel hemos entrado de lleno en territorio enemigo y no hay salida. No podemos huir y nuestra única alternativa es un choque frontal. Habrá que plantar cara, pero no sé cómo. Me dejó caer al suelo y tendido en la nieve el Gran Blanco respira con dificultad, su inmaculado pelo blanco manchado de sangre muy roja. Miro al frente y veo a lo lejos manadas de lobos negros corriendo por las laderas. Está muy oscuro pero aún así distingo sus siluetas negras moviéndose en la noche. Nos están rodeando, saben dónde estamos y vienen hacia nosotros. Abrazado al cuerpo moribundo del Gran Lobo Blanco siento como su vida se me escurre entre las manos, su cuerpo es flácido, como si su carne y sus huesos se hubieran deshecho dejando tan sólo un fardo de piel hueca. Ella ya era mayor y ahora sé que era una Loba. A pesar de nuestra situación desesperada y de la tensión del momento no siento miedo. Ella está a punto de morir y me dice que no me preocupe, que yo también soy Lobo, que puedo aullar, que aúlle, que aúlle con todas mis fuerzas.

Dejo delicadamente sobre la nieve el cuerpo sin vida de la Gran Loba Blanca y al darme media vuelta veo a lo lejos como los dos cachorros que ya salieron del túnel avanzan veloces hacia mí. ¿¡Qué aúlle!?… ¿¡Qué yo también soy Lobo!?… La situación es desesperada, todo está perdido así que tomo aire y aúllo con todas mis fuerzas desde lo más profundo. Y entonces, ocurre el milagro.

La sensación es total y no doy crédito a lo que experimento. Mi pecho se hincha y siento como crujen todas mis costillas mientas mis pulmones se tensan y entonces, exhalo un grito aterrador. Un aullido profundo y continuo que sale de mí, que soy Yo, que parece no tener fin, que resuena por las montañas y los valles, un aullido poderoso y estremecedor. Aúllo mientras los dos lobeznos siguen avanzando hacia a mí y levantado dos dedos de la mano derecha en su dirección aparecen de la nada dos troncos blancos que se estrellan contra los cachorros.

Ahora lo Sé, Yo también soy Lobo. La situación ha dado un vuelco y por primera vez en toda la huida tomo consciencia de que existe la posibilidad de que pueda con ellos. Me doy media vuelta de nuevo y miro hacia la oscuridad más absoluta. No le veo pero sé que Gran Lobo Negro viene hacia mí. No le oigo pero sé que Gran Lobo Negro avanza hacia mí. Lo Sé. Corre al galope en la noche sobre la nieve blanca, con la lengua fuera, con sus colmillos largos como cuchillos cortando el viento, con su mirada clavada en mí. Tomo aire de nuevo y fascinado por la fuerza que sentí en mí hace unos instantes respiro hondo y aúllo de nuevo, sintiendo de nuevo el crujir mis costillas, el espinazo resquebrajándose y todos mis músculos en tensión, expandiéndose con una fuerza sobrenatural durante un instante que se hace eterno. Aúllo, aúllo con un alarido atronador que retumba en las montañas perdiéndose en la nada de esta noche.

Se está acercando, viene hacia a mí, el choque frontal con el Gran Lobo Negro ya es inevitable y yo no lo pienso evitar. Planto cara y a medida que se vacían de aire mis pulmones se va apagando el grito en esta negra noche rodeado de cumbres nevadas mientras todo se va volviendo luz y se funde todo con el blanco hasta que despierto de mi sueño y abro los ojos: Buenos días Estambul.

Postales. Sabiduría bruta quinceañera. Bandipur

De repente un impulso, una idea recurrente, obsesiva, un sueño en vigilia me sorprende.

Quiero, tengo, me imagino que ahora somos dos. Yo y esta réplica que no dejo de ser yo mismo, aquí y ahora en este cuarto pelado bañado en la luz azulada tras el ocaso en mi último día en Bandipur. Dos yos para compartir la carga, otro yo con el que combatir, con el que entablar un combate a puño pelado, a tortazo limpio. Me veo cargando contra mí mismo con un rugido feroz y estampándome contra la pared y rodando por los sueltos, con una sonrisa divertida y desafiante en la cara, la mirada extática del violento antes de la lucha con un oponente de su talla. Una lucha entre iguales cuya finalidad no es la victoria de ninguna de la partes, sino debilitar a ambas, dejarlas exhaustas, vacías. Es una lucha pueril, como las que teníamos con Silver a los 15 años entre clase y clase. De repente uno saltaba sobre el otro a mamporrazo limpio sin voluntad de herir ni ganar. Sin voluntad de lucirse o de probar nada. Era tan solo una manera de liberar la tensión acumulada, y era también una manera de fraternizar. Empujones en medio de la clase, caídas sobre las mesas y las sillas. Hasta que entraba el nuevo profesor para la siguiente clase y entre risas, sudores, pelos despeinados y camisetas mal puestas cada uno volvía tranquilamente jadeando a su pupitre. Tal como había empezado se desvanecía, sin rencores ni cuenta alguna de ganadores y perdedores ¿Sabiduría bruta quinceañera?

Postales. X=Yo*(13). Sorake Beach

Está soñando pero no sabe que sueña. Camina por la calle, subiendo por la Riera junto al muro de su Colegio. Iba a entrar al edificio principal pero al final se queda por los patios. Como el Conejo de Alicia en el País de las Maravillas, sabe que llega tarde algo pero no sabe a dónde ni a qué.

Los patios están llenos de niños en hora de gimnasia y visten un uniforme deportivo de corte setentero desfasado al que buena falta le haría un ajuste a los nuevos tiempos -o al menos eso es lo que él piensa-. Junto al arenal del foso de salto –cuántas horas pasó allí excavando túneles y levantado puentes- de repente se cruza con el niño que fue en segundo de primaria ¿Tendría qué? ¿6 años? También están Silver y Pol, Uri y Txus, y Aleix, todos ellos –aun habiendo cumplido ya los 30- siguen siendo niños también. Ni se alegra ni se sorprende, está soñando pero no sabe que sueña. Así que continúa su deambular sin rumbo y se dirige hacia el edificio principal angustiado sabiendo que sigue llegando tarde a algo, que seguro ya no es gimnasia porque ahora ya sabe que es una clase ¿¡Pero cuál!?

En este ir y venir de repente le entran las prisas por ir al baño y da saltos de alegría y lo busca pero no está donde solía porque se lo han cambiado. Al final lo encuentra, desenfunda y mientras mea aliviado se da cuenta que estos baños son nuevos, sorprendentemente lujosos ¿¡De diseño!? Se sube la bragueta y sale para encontrarse de repente en el pasillo central del primer piso, que está como siempre: en penumbra y forrado de vitrinas que hablan del mundo natural y mineral y de mil curiosidades más. Un lugar muy singular que ocupa en un rincón muy especial en sus recuerdos.

Es ahora, estando aquí, cuando caigo en la cuenta que en realidad no llego tarde a ninguna clase. Que yo ya no estoy en el colegio, mi Colegio, en el que pasé 13 años de mi infancia y adolescencia -mi segunda casa-. Ahora sé que acabé hace ya muchos años y que en realidad ya cumplí los 30 y que estoy viajando por Asia. Pero resulta que este colegio no es el mismo al que yo fui, éste es muy especial: Todas y cada una de las clases a las que asistí están teniendo lugar al mismo tiempo, aquí y ahora. 13 años multiplicados por sus 9 meses, multiplicados por sus 6 horas diarias a 1 clase por cada hora. Más de 15.000 posibilidades que, como una gigantesca muñeca rusa, contienen capa tras capa toda mi historia hasta llegar al pequeñín de 4 años que confundió habas con cacahuetes, o que un día de lluvia vio un charco enorme en el patio y saltó dentro con los dos pies. La sola idea de poder reencontrarme conmigo mismo en este colegio mágico me hincha el corazón y ando loco de alegría tratando de recordarme en todas mis edades para decidir por cuál de mis yoes me gustaría empezar.

Mi madre aparece y me dice que me ha oído entrar en casa y salir, sin hacer ruido ni decir hola ni adiós –yo sigo de viaje por Asia, hace meses que me despedí y por algún extraño motivo pasé por allí antes de ir al cole-. No está enfadada, sólo me lo comenta y quiere que lo sepa. Papa hacía la siesta en la habitación y no me oyó. Yo lo sabía y tampoco dije nada.

• FIN •

Postales. Noche de Reyes. Puducherry

 A veces para estar realmente dentro tienes que salir a fuera y volver a entrar, porque lo peor y lo mejor del ser humano es que a todo se acostumbra uno, a lo bueno y a lo malo. Porque precisamente por el simple hecho de tener algo justo en frente de tus narices no eres capaz de enfocarlo. Tienes que dar un paso atrás y alejarte un poquito para poder verlo bien… ¿Sabes a lo que me refiero?

En este viaje tan largo y tan lejano me es imposible no acostumbrarme a todo. Sin querer la novedad se diluye a cada paso, a cada minuto, y siento como me fundo yo con ella y como ella se funde conmigo, y pierdo sin querer algo de lo más preciado que cargo en mi mochila: la capacidad de sorprenderme y de maravillarme ante lo cotidiano, ante el hecho de estar viviendo mi sueño más loco: vagar por el mundo siendo dueño de mi camino y de mi destino.

Para los que no lo sepan cargo en mi mochila con una excelente filmoteca que ha ido creciendo durante este viaje. Un pequeña petaca negra de cantos rodados que atesora cerca de 500 películas, la inmensa mayoría muy buenas historias muy bien contadas que me hacen compañía cuando me siento solo, que me cuentan cuentos que desafían mi modo de pensar y sentir o que me inspiran para que mis fotos y mis relatos os lleguen o os puedan arrancar una sonrisa cómplice.

Es una sensación mágica que me viene sucediendo desde el principio y que siempre –por suerte- me pilla de improvisto. Estoy enfrascado frente al ordenador viendo una película, tan metido en la historia que por un momento no sabría decirte dónde estoy –como cuando te levantas en cama ajena- y termina el film y salgo a la calle a por agua, algo para picar o un par de cervezas. De repente doy un salto en el tiempo y el espacio y ese contacto súbito con la realidad que me envuelve me sienta como un bofetón en la cara – de los buenos, de los que te espabilan-.

En las calles que apenas dos horas antes me parecían mediocres y vacías de contenido se despliega ante mí el espectáculo de la vida, de la inabarcable India. Una manada de ricksaws enloquecidos avanzan a toda velocidad hacia mí berreando con sus bocinas y los huecos en los que consigo escurrirme para hacerme camino se llenan de motos Honda modelo Hero. El ruido que horas antes me irritaba profundamente se convierte en una cacofonía absurda sin sentido que conecta con lo más profundo de mí y que me hace sonreír. En el cruce de Mahatma Gandhi Road con Ananda Ranga Pillai Street se levantan nubes de humo de las parrillas a pleno trapo capaces de cocinar los montaditos más suculentos, aceitosos y baratos que uno pueda imaginar en el mínimo tiempo posible. El Kentucky Fried Chicken está a reventar y la cola se le sale por la puerta. El polvo del suelo, las boñigas de vaca sagrada y las tiendas de ropa barata que luce incluso menos bajo las frígidas luces de neón. He andado apenas treinta metros hasta la tienda donde compraré un par de cervezas medio frescas. Donde dos borrachines tristes pagan junto a mí unas pocas rupias por un trago de whisky barato en vaso de plástico de usar y tirar que les aliviará el alma por unos instantes, cada vez más cortos.

Salir a la calle para volver a cruzarte miradas con esa marea de rostros de tez oscura, casi negra, marcados en la frente como cicatriz de pandillero con una tosca línea de ceniza blanca. De la simpática mujer madura en sus buenas carnes que monta de costado, con mucho glamour, en la parte trasera de otra Hero. Con su larga cabellera negra recogida en un larga trenza que le cuelga por la espalda, con sus gafitas que son gafotas y que le dan un simpático aire infantil. Con su mirada perdida, tranquila y confiada, cabalgando tras su marido a través del bullicioso sábado noche de Puducherry.

Estoy ya llegando casi de vuelta a mi antiguo almacén decadente que seguro vio tiempos mejores antes de convertirse en casa de huéspedes de diligente devoción católica, y me paro en la tienda de enfrente para comprar agua y poder pasar la noche. El tendero me devuelve el cambio y me regala un caramelito de café.

Hoy es 5 de Enero, Noche de Reyes, de sueños, de ilusiones, de inocencia –quién la pudiera recuperar…-, y como todos sabréis es noche de cabalgata y de batalla campal por agarrar el insensato máximo número de caramelitos posible, aún a riesgo de morir aplastado bajo la ruedas de la carroza del Rey Melchor.

¿Qué que me han traído los Reyes Magos de Oriente este año? Una habitación barata mugrienta con un aire decante a colonialismo francés del sur de la India que me encanta. Dos Kingfisher que eran frescas al empezar este relato pero que a estas alturas ya están tibias. Y una mesa y una silla oxidada sin respaldo donde poder escribir lo que acabo de sentir cuando salté a la calle.

¿Qué que les traigo yo, sin ser Rey ni ser Mago, pero habiendo estado viajando 15 meses por Oriente? Que cuando su día a día y sus vidas les parezcan mediocres y vacías de contenido, den un paso atrás para tomar distancia, salgan de ellas un momentito para volver a entrar. Y verán como las mil grandes cosas a las que ya se habían acostumbrado toman un nuevo brillo y les parecen regalos caídos del cielo sólo aptos para privilegiados que saben saborear las cosas buenas de la vida tal como vienen.

Postales. Se agradece. Bhim Lat

Canta el Gran Eddie Vedder en una de sus canciones: “Such is the way of the world – You can never know – Just where to put all your faith – And how will it grow (Así es este mundo – en el que nunca podrás saber – en dónde poner toda tu fe – y cómo crecerá)

Cuando empecé Outteresting.com tenía muy claro lo que quería que fuera. Sabía que por encima de todo sería un proyecto en primera persona. Que le pondría toda el alma y que si no era así, mejor no empezar. Aún no siendo fotógrafo de profesión, daría las vueltas que hicieran falta en busca de la mejor foto posible. Sin ser escritor reescribiría mil veces el mismo texto de 20 líneas hasta encontrar las mejores palabras. Sin ser informático ni diseñador web, perdería horas hasta hacer del blog un lugar bonito en el que perderse a ratos y al que siempre apeteciera volver. Todo esto es lo que quería y en ello puse todas mis ganas y toda mi fe. Pero como canta Eddie, uno no puede dejar de preguntarse “And how will it grow“.

Se agradece mucho, la verdad, saber que las palabras no siempre se las lleva el viento. Se agradece saber que al otro lado, a miles de kilómetros, alguien lee y comparte contigo esta experiencia. Que comparten los nuevos post en sus muros de Facebook. Que le hablan a sus amigos y conocidos del blog, y que remueven cielo y tierra para que te voten y puedas así aspirar a ganar los Bitácoras.

Son las fotos y son los relatos. Y son todas las cosas que quedaron en el tintero y qué sólo contaré tras 3 cervezas y en voz bajita, si es que todavía me acuerdo. Son muchos días los que me encerré y me aparté de todo porque tenía que escribir. Muchos ratos en los que dejé a un lado la realidad desbordante en la que estaba viviendo, para encerrarme en mí mismo y recomponer mis recuerdos, mis impresiones y mis sensaciones. Para intentar poner en palabras todo lo vivido y que así, alguien, conocido o no, pudiera sentir y vivir lo mismo yo.

Y ese poner en palabras, ese escribir este blog es por definición un acto de exhibicionismo y ya desde el desde el primer día estuvo presente la gran duda: ¿Hasta dónde contaré?¿Cúan sincero llegaré a ser?¿Desnudarme?¿Y porqué no? Cito ahora a mi Gran Lauryn Hill cuando en uno de sus monólogos de su Unplugged manda a paseo a las convenciones e invita a dejar atrás “el qué dirán” para pasar al “¿Qué quiero yo contar realmente?”. Día tras día, mientras escribo este blog no dejo de moldear un personaje: el Franc Viajero que lo dejó todo atrás para ver mundo. Pero ese personaje es un esbozo, una caricatura en la que inevitablemente me es imposible ser objetivo e imparcial. Y me pregunto cuánto de real tiene este viaje y este personaje. ¿Hasta qué punto son los escritos son un reflejo del viaje, o hasta qué punto el viaje acabará convertido en un reflejo de los escritos?¿Quién moldea a quién?

Decía el monumental Kapuściński -si les gusta viajar y no lo han leído, ya están tardando- que “viajar te hace ganar seguridad”. Supongo que es por eso que este blog salió como está saliendo, y supongo que será por eso que me da menos pudor desnudarme y quedarme en cueros frente al público. Viajar no te da muchas certezas -al menos a mí- pero sí te da seguridad, la seguridad de que estamos todos batallando contra los mismos demonios, y que en muchas ocasiones verte reflejado en un libro, en una canción o en un relato de Outteresting.com puede marcar la diferencia. Saber que no estás solo, que otros también dudan y que luchan para seguir adelante.

“Beauty is meaningless until is shared (la belleza carece de sentido hasta que se comparte)

Éste es el lema de cabecera para este proyecto, una búsqueda de la belleza que sólo cobra sentido cuando es compartida. Entendiendo por belleza los días soleados, las noches de tormenta, los templos dorados y los muros desconchados de callejones miserables sin nombre. Entendiendo que compartir es dejar atrás los pudores para contar lo que realmente llevamos dentro de la forma más honestamente posible.

Cierro ya por hoy este post especial que viene a cuento de haber ganado el 1er Premio como Mejor Fotolog de los Bitacoras 2012, pero no sin antes deciros que se agradece, y mucho, que una vez más me hayáis dedicado vuestra atención y hayáis llegado hasta el final del escrito.

Un saludo, un abrazo y gracias por seguir al otro lado,

Franc

Postales. Bienvenida Indonesia. Bajawa

¿Cómo te cuento cómo es Indonesia? Es grande, muy grande, mucho más grande de lo que imaginarías en un primer momento. ¿Cómo te cuento cómo es Indonesia? No está hecha de una sola pieza, está así como rota en mil pedazos desparramados a lo largo y ancho de miles de kilómetros. Hablan los libros de más de 17.000 islas, pero lo más probable es que nadie las haya contado realmente y que nadie nunca lo haga.

Indonesia es uno de esos gigantes de este mundo de países inventados. Y como todos los países -que todos se los inventó alguien en un primer momento- éste es de todo menos homogéneo. Miles de historias separadas que se encuentran bajo el dominio colonial holandés y que cuajan al final de una II Guerra Mundial que abrió la puerta a la emancipación de la metrópolis.

Indonesia es muy grande y muy variada y harían falta muchos viajes para poder decir que la conozco. Quedan por delante 4 meses para recorrer parte de este mosaico de diversidad humana y pensé que para hacer las presentaciones nada mejor que una colección de postales. Me asisten los chavales de la escuela primaria de Bajawa en el centro de la isla de Flores, que decoraron en algún momento las paredes de su escuela para aclararse ellos y de paso ayudarnos a ir poniéndole rostro y cara a las grandes islas de nombre míticos que flotan en el mar de sueños que evocan sus nombres: Sumatra, Java, Bali, Sulawesi, Borneo, Flores, Lombok, … ¡Bienvenida Indonesia!

Postales. ARTE urbano. Bandung

Eran una pareja de australianos encantadores. Me vieron sentado solo en un escalón mientras esperábamos el autobús que nos tenía que llevar a las cascadas de Kouangxi a las afueras de Luang Prabang. Se presentaron y me preguntaron por mi nombre y mi pedigree, perdón, mi procedencia. Barcelona, yo. Ellos, Sidney.

Charlamos y subimos a la minivan y camino de las archifamosas cascadas comentábamos la bondades de Luang Prabang, y ella, que de joven había recorrido las costas de Tailandia cuando Phuket no era más que un pueblo de pescadores, comentó lo sorprendida que estaba por la falta de grafitis. Yo inmediatamente secundé la opinión. Su mirada se iluminó para desvanecerse acto seguido cuando comenté, sinceramente y sin malicia alguna, lo mucho que echaba de menos los grafitis y el arte urbano en general. Estábamos de acuerdo en el hecho: la falta de grafitis, pero no el fondo. Para mí el ARTE urbano es sinónimo de que algo vivo y con contenido palpita en el alma de una ciudad, para ella, el ARTE urbano es urbano, pero no es arte, es vandalismo y es indeseable.

La palabra Arte, como la palabra Artista, siempre me ha parecido de lo más escurridiza y no me gusta usarla. Pero la uso aquí, no por enaltecer gratuitamente, pero por pura falta de vocabulario. Sí, hecho de menos el ARTE urbano de Barcelona. Ese regalo que personas anónimas hacen día a día a la ciudad, a la gente, a nosotros. Embellecen el espacio urbano y lo dotan de contenido poético y de mensaje para los que sepan escuchar con las orejas, pero sobre todo, con el corazón abierto. Y lo hacen porque no les queda más remedio, porque la belleza – bonita o fea- y la poesía bullen dentro de ellos de un modo que no pueden contener y  deciden compartirlo a costa de su tiempo, su dinero y sus problemas con la “ley”.

Habrá gente que los llame incívicos, vándalos o maleantes. Y yo diré que el papelillo del corazón que expone las miserias de personas sin oficio ni beneficio no puede ser comparado con los Periodistas que se desviven por denunciar y exponer a los verdaderos criminales y corruptos. Gentes decentes que visten traje y corbata, frente a los maleantes que cargan mochilas llenas de botes de spray. No es lo mismo el niñato que mancha una pared que el chaval, joven o adulto, que a falta de altavoz te regala un pedazo de paisaje urbano con contenido.

Durante un montón de años, cada tarde sobre las 3, me dejaba caer por el Schilling para tomar uno sólo. Durante ese montón de años solía llegar por la calle de Rauric  pasando frente a un Grafiti que personificaba y personifica una de las esencias de esa Barcelona que me gusta y que echo de menos. Esa parte de la Ciudad que resiste a seguir siendo lo que fue y que quiere seguir repensándose una vez más. Era el Corazón de Barcelona y un día le tome un foto con la que me identifiqué durante mucho tiempo.

Ando en Bandung y algo en el aire huele distinto. Veo, finalmente después de 8 meses, paredes cubiertas de regalos, de bellezas, de esbozos de sueños truncados en almas jóvenes que lejos de sucumbir o patear contenedores deciden empuñar los pinceles o los sprays para expresarse de forma sincera, bella y honesta, conscientes de lo efímero de su esfuerzo, pero conscientes también que el mero hecho de hacerlo ya valió la pena.

Postales. Messi 10. Carretera a Lampu’uk

¿Qué edad tendrá? ¿Nueve, diez o 11 años? ¿Qué hará durante el día? ¿Irá todavía a la escuela o estará ya trabajando en los campos o aprendiendo algún oficio en los talleres? No sé nada de Él pero le estoy viendo tumbado sobre una estera en el suelo de la habitación, pensado en el partido de mañana…

Debe ser delantero, claro, no podría ser ni portero, ni defensa, ni centrocampista. Hoy debe haber habido partido o a lo mejor ha estado mirando la tele, algún programa especial. El chico vive en los alrededores Banda Aceh, a casi 10.000km de Barcelona, en la punta norte de Sumatra donde aquel épico tsunami del 2004 se llevó por delante más de 150.000 vidas humanas de un plumazo. Él sobrevivió pero, al igual que todos aquí, seguro que perdió a algún ser querido.

El chico está tumbado y sueña despierto. Sueña que mañana habrá partido y que mañana él será Leo Messi. Tiene que ser de familia humilde, vive a la afueras y la sandalia es de las baratas. Debe ser de familia humilde porque aquí son muchos los que llevan camisetas del F.C. Barcelona y casi nunca tienen pinta de ser ricos. A más a más, siempre hay imitaciones baratas que hacen las veces y que a efectos prácticos sirven igual. Tumbado en la oscuridad del cuarto mira al techo y a las luces que se cuelan por la ventana. Ha tenido una idea, mañana él será Leo Messi.

En un acto de pura psicomagia, de puro vudú, el chico decide tomar partido. Agarra sus chanclas baratas y con el cuchillo de la cocina talla en plástico el nombre y el número de su ídolo, de su diós pagano ¿Lo talla o lo esculpe? Hoy el chico no vestirá el número 10, eso lo hace cualquiera, ha decido ser más radical. Siente y sueña que por el mero hecho de inscribir su nombre en sus sandalias sus pies serán más rápidos y sus piernas más ágiles. El solo nombre del diós pagano bastará para insuflarle la confianza que necesita, la confianza que le falta. Con sus chanclas marcadas como estigmas, hoy será como Leo: Un niño grande que quiso jugar a jugar y a ser feliz con un balón. Sus amigos le aclamarán, le abrazarán, todos intentarán saltar sobre él después del Gol mientras él correrá por el campo gritando, con una mirada y una sonrisa entregadas al cielo sintiéndose rey de reyes.

Todo esto lo pensaba en una parada de labi-labi –el minibús local-, en un cruce frente a un puesto de pescado al borde la carretera. Miré al suelo y entre el barro, junto al arcén, reconocí la sandalia. Con la mirada perdida vi que había algo escrito: Messi 10. Dudé por unos instantes, pero el encuentro me fascinó tanto que me bajé y le tomé una foto mientras los otros pasajeros se reían del bulé –extranjero- y mientras el conductor me chillaba para que volviera a subir.

Nunca he sido amante del fútbol, tampoco lo odio. Me irrita, eso sí, la histeria colectiva que lo envuelve. Y aún así, mientras dejaba atrás Lampu’uk para volver a Banda Aceh, me preguntaba “¿Porqué?”. Durante los últimos días por la calle me llamaban a grito pelado Pep Guardiola. Durante los últimos meses, al pronunciar la palabra Barcelona, las puertas se me abrían, y no era por Gaudí o por las Ramblas, era por el fútbol, era por el Barça.

Hace 10 años leí en un suplemento cultural un artículo de Alejandro Jodorowsky. Argumentaba que el fútbol debía ser algo sagrado para mover el mundo de ese modo. No sé si iba en serio, se reía o simplemente fue un acto reflejo de los suyos, sin más intención.

Sigo sin saberlo pero al ver aquella sandalia de chaval allí tirada en el arcén, con el nombre y el dorsal marcados a conscientes cuchilladas, no pude dejar de pensar que Sí, que ciertamente el fútbol es religión pagana y que al menos, aquel día, hizo sentir a aquel chaval que era más que un simple chico pobre jugando al futbol con los amigos. La pasión por el fútbol y la pasión por el Gol lo elevaron por los cielos, más allá de las miserias y las alegrías de su día a día. Allá arriba, más allá de las nubes, donde aguardan los sueños y las ilusiones.

 

Postales. Una vela. Gua Kepayang

A fuera hay tormenta y aquí dentro hay una vela encendida. A fuera llueve a cántaros y a cada rato el cielo estalla haciendo de la noche día.

A buen resguardo y con la mirada fija en esa vela, mi mente se catapulta al pasado, a las tormentas de mi niñez, cuando era noche cerrada y a veces saltaban los plomos. Corríamos mi hermano y yo por el piso clamando lo evidente, gritando “¡Se ha ido la luz! ¡Se ha ido la luz!”. Aparecían entonces las velas y se hacía de nuevo la Luz, pero ésta era distinta, ésta era especial. Siempre las mismas velas bien guardas en un estante de la despensa, en el bote de la tapa naranja, aguardaban durante meses a la espera de un nuevo apagón para poder salir y volver a prender. Habría muchas más, feotas y medio rotas, pero yo recuerdo sobre todo la del bautizo -el de mi hermano Xavi o el mío, quién sabe-, toda ella recargada de florituras muy pascuales.

Durante unos minutos y por arte de magia, al prender la llama la casa se transformaba en otro lugar. La oscuridad la hacía más grande y más densa, y el silencio y la calma se hacían más y más profundos. Pasear por la casa en la penumbra, siguiendo el rastro del resplandor de las velas que se derramaba por los pasillos y rebotaba en las ventanas y en los mil reflejos de la lámpara de araña del comedor. ¿Y qué decir de los espejos? Es en la oscuridad y a la luz de las velas cuando los espejos se transforman, volviéndose objetos tenebrosos que devuelven imágenes nuevas, imágenes que ya dejaron de ser el simple reflejo de la realidad. Pasear por la casa en la penumbra, siguiendo el rastro de las voces de mis padres o de mi hermano. Voces que la oscuridad tornaba en ecos, murmullos, susurros o los gritos de mi madre: “Franc! ¿Dónde estás?”.

Me encantaban esos momentos pero la alegría me duraba poco. Siendo un niño de ciudad nacido en los tiempos modernos no entendía la diversión de una noche sin electricidad y pronto me aburría. Finalizada la exploración de todo el piso sólo me quedaba esperar hastiado y ansioso a que volviera la luz para ir corriendo a encender la tele y comprobar que efectivamente de los enchufes volvía a manar el precioso fluido eléctrico.

Pasaron los años, y las velas y su luz pasaron a significar cosas nuevas. Velas alrededor de las cuales se ocultaban mejor las vergüenzas y los miedos, haciendo más fáciles las confesiones entre amigos en aquellas tardes de sábado durante los primeros años de universidad. O las 200 velas que alguna noche ardieron a la vez en un ático de Barcelona, bajo La Roof, inundando el salón de una luz tan cálida y tan intensa que bien podría haberse desbordado por el balcón hacia la Gran Vía, derramándose lentamente por la fachada como una cascada de una lava ligera e inmaterial.

Y ahora una vela arde de nuevo en el suelo de esta cueva, Gua Kepayang, en el corazón de una jungla muy antigua llamada Taman Negara. Una vela que adquiere un nuevo significado. No hay nada que explorar, no hay nada que compartir, nada está a punto de desbordar. Hoy esta vela sólo significa silencio, calma, reposo. Esta vela que me ha hecho pensar en el pasado ahora me invita a recostarme sobre mi lecho para contemplar con la mente en blanco las siluetas recortadas de unos árboles y unas palmeras que asoman a la entrada de esta cueva. Unos árboles y unas palmeras que a cada nueva descarga cobran nueva vida al tiempo que danzan al son de los vientos de la tormenta y de la noche.

Postales. La Mar Salà. Angkaul Beach

No había caído en la cuenta, pero resulta que toda mi vida la viví frente al mar. Primero en Mataró donde sólo tenía que salir a la terraza del ático de mis padres para contemplar el Inmeso Vacío. Durante años coleccioné en un pequeño álbum los cielos que desde allí  fotografié.

Luego, durante los años de universidad, yendo y viniendo cada día a Barcelona, el mar siempre estuvo a mi lado. Siempre el Inmeso Vacío sobre el que pensar o descansar. Amaneceres solemnes a la ida. Dramáticos atardeceres sobre la silueta de Barcelona a la vuelta.

Siguió Helsinki, y desde la ventana de mi habitación seguí viendo al mar. Esta vez le acompañaban Cástor y Pólux, un par de árboles que bauticé y que durante aquel año me dieron los buenos días cada mañana. El mar en Helsinki se volvió tan frío que se congeló, y muchos días fui al Departamento dando un rodeo para poder caminar sobre el Inmeso Vacío, esta vez blanco y en silencio.

Y los veranos en Calella de Palafrugell, con ese mar tan rabiosamente mediterráneo de un azul que daña la vista. Un mar recortado a tijeretazos por acantilados y pinos funambulistas.

No me di cuenta que durante toda mi vida había vivido frente al mar hasta que lo reencontré de nuevo en Kep. Tras 3 meses viajando tierra adentro en un mundo de ríos y lagos, se abría de nuevo ante mí la perspectiva del mar. Ese Inmenso Vacío que me sigue llenando y que, al igual que los seres queridos, sólo te das cuenta de lo mucho que lo echaste de menos en el momento que lo reencuentras de nuevo.

 

Postales. Da Roof is on Fire. Ho Chi Minh City

Durante 5 años el destino del Universo se decidió, noche tras noche, en La Roof de Gran Vía. Fue para mí, sin lugar a dudas, uno de los lugares paganos más Sagrados en los que nunca he estado. Para los no iniciados, les diré que La Roof no era más que el terrado del edificio donde vivíamos la casta irreverente de los R.A. y una jauría de gringuitos itinerantes que con su ir y venir enriquecieron nuestras vidas y nos brindaron algunos de los momentos más memorables de nuestro paso por Barcelona.

En La Roof tomé interminables baños de Luna regados con Voll-Damn. Oí confesiones inconfesables. Disfruté a solas de castillos de fuegos artificiales al son de Sigur Ros. Dí o recibí algún primer beso. Amaneceres tiritando en invierno y amaneceres tibios en esas noches de verano que no podían cerrarse sin una última visita a La Roof para comprobar que todo seguía en orden, que la ciudad despertaba correctamente y que el equilibrio del Universo seguía inalterado.

Y luego estuvieron las mil y una noches que La Roof  fue sólo para mí. El lugar donde se fraguaron 1000 sueños: soñar con viajar por el mundo, soñar con fotografiarlo todo, soñar con escribirlo. Bajo el bosque de antenas y los cielos de Barcelona. Con Montjuic y el Tibidabo siempre al fondo. Y mares de ventanas perforando las fachadas para iluminar con la cálida intimidad de los hogares la fría noche de la ciudad. Todo esto y más era La Roof.

Ahora, recién llegado a Saigon, tras escurrirme por callejones truculentos y preguntar en 7 hostales distintos consigo una habitación barata. Me suben hasta el ático, se medio abre una puerta y desde una terracita arranca una escalera que me lleva directo y de nuevo a La Roof. Es distinta pero es la misma.

Vuelvo a estar en casa y cuando cae la noche subo para comprobar que efectivamente el Universo sigue en orden, que todo está en calma y que el sutil vibrar del mar de azoteas, antenas y ventanas de Saigon es el mismo que el de Barcelona. Y aún siendo tan distintos, hasta ésto compartimos.