La Herida de Flecha. Cuentos Chinos de la India 3/3

Presta atención, Malunkyaputra:

Supón que un hombre fuera atravesado por una flecha untada en veneno, y que sus parientes llamaran a un médico. Supón entonces que el hombre dijera: “No me sacaré esta flecha hasta que sepa algo sobre el hombre que la lanzó, su nombre y su clan, si es alto o bajo, o de estatura mediana, si es de pelo negro o rubio, si es de tal o cual aldea, suburbio o ciudad…”

“No me sacaré esta flecha hasta que sepa algo sobre el arco, por quién estuvo hecho, y si era un arco o una ballesta. No me sacaré esta flecha hasta que me digan algo sobre la cuerda del arco, si era de una enredadera, junco, tendón, de cáñamo o árbol de savia… hasta que conozca la flecha con la que he sido atravesado, si era de junco o había sido formada con un arbolillo, hasta que conozca sus plumas…” y así hasta el final.

Pues bien, Malu, ese hombre morirá, pero sin haber conocido las respuestas.

– F I N –

El Valor de la Duda. Cuentos Chinos de la India 2/3

En una ocasión, cuando Buda viajaba con un grupo de monjes por el país de Kosala, al norte de Kausambi, llegó a Kesaputra, un pueblo de los nobles kalama. Los kalama, cuando oyeron el rumor de que el asceta Gautama había llegado a Kesaputra, fueron a su encuentro; y al abordarle le dijeron:

– Señor, hay en nuestro pueblo algunos religiosos y brahmanes que alaban sus propias opiniones, pero que implacablemente desgarran las de los otros. En realidad, señor, los religiosos y brahmanes vienen continuamente a Kesaputra para hacer eso. Y cuando los escuchamos, las dudas y las vacilaciones surgen en nosotros, pues no sabemos quiénes de ellos están diciendo la verdad y quiénes la mentira. ¡No sabemos a quién creer!

– Vuestras dudas, kalamas, están bien fundamentadas -respondió el Iluminado-. Bien fundadas están ciertamente vuestras vacilaciones; pues surgen con respecto a una materia que está abierta a duda.

Grabaos bien mis palabras, kalamas. No creed nada sobre la base de la simple herejía, pensando que debe ser cierto porque lo habéis oído desde hace mucho tiempo. No creáis en las tradiciones simplemente porque son antiguas y han sido transmitidas a través de muchas generaciones. No creed nada por simples rumores que la gente pueda extender sin utilizar su capacidad de razonamiento.

No creed nada sólo porque esté de acuerdo con el testimonio de vuestras escrituras. No creed nada sobre la base de la suposición o la mera deducción. No creed nada porque la presunción vaya a su favor. No creed nada sólo porque concuerde con vuestras ideas preconcebidas. No creed nada por la simple autoridad de vuestros maestros y sacerdotes; sólo porque ellos puedan ser agradables al hablar, tengan una personalidad encantadora o exijan el respeto de la gente.

Siempre que por vosotros mismos sepáis: “Estas enseñanzas no son buenas, están llenas de faltas, son condenadas por los santos, cuando se siguen y se ponen en práctica conducen a la disputa, la ruina y la pena”, siempre que sepáis eso, kalamas, rechazadlas.

Pero siempre que conozcáis por vosotros mismos, tras una completa investigación: “Estas enseñanzas son buenas, están libres de faltas, son alabadas por los santos, cuando se siguen y se ponen en práctica conducen al bienestar y la felicidad nuestra y de los otros seres”, entonces, kalamas, aceptadlas como ciertas, vivid según ellas, actuad de acuerdo con ellas.

“Lo mismo que los prudentes comprueban el oro cortándolo y examinando la veta que deja al frotarlos sobre una piedra de toque, así deberíais aceptar mis palabras sólo tras examinarlas de acuerdo con vuestra propia experiencias y razón, y no simplemente por respeto a mí.”

Así habló el Supremamente Despertado a los kalamas de Kesaputra.

–  F I N  –

La Semilla de Mostaza. Cuentos Chinos de la India 1/3

Un día, cuando la estación lluviosa hubo terminado, Krsa Gautami, la esposa de un hombre rico, estaba muy apenada por la pérdida de su único hijo, un niño que acababa de morir, cuando empezaba a tener edad para andar.

En su pena, Krsa Gautami llevaba al niño muerto a todos sus vecinos de Kapilavastu, pidiéndoles una medicina. Al verla, la gente sacudía la cabeza con tristeza, pues se apiadaban de ella.

– ¡Pobre mujer! La pena le ha hecho perder el sentido. A este niño ya no le pueden ayudar las medicinas.

Incapaz de aceptar el hecho de la muerte de su hijo, Krsa deambuló entonces por las calles de la ciudad, pidiendo ayuda a cualquiera que encontraba.

– ¡Por favor, señor, dadme una medicina que cure a mi niño! –le dijo a un hombre.

El desconocido miró a los ojos del niño y vio que estaba muerto.

– Ay, no tengo medicinas para tu hijo –le contestó-. Pero conozco a un médico que puede darte lo que necesitas.

– Por favor, señor, dígame dónde puedo encontrar a ese médico.

– Buena mujer, ve a ser al Shakyamuni, el Buda, que reside ahora en el Parque Bania.

Krsa acudió a toda prisa al Nigrodharama; y los monjes la llevaron ante Buda.

– ¡Reverendo señor, dame la medicina que curará a mi hijo! – le dijo llorando.

El señor Buda, océano de la compasión infinita, miró con piedad a la mujer sobrecogida por la pena.

– Has hecho bien en venir aquí a buscar esa medicina, Krsa Gautami. Ve a la ciudad y consigue un puñado de semillas de mostaza –le dijo el Perfecto, añadiendo después-: las semillas de mostaza deberán cogerse de una casa en la que nadie haya perdido un niño, esposo, padre o amigo.

– ¡Sí, señor! –exclamí Krsa, muy contenta-. ¡Conseguiré la semilla de mostaza enseguida!

La pobre Krsa Gautami fue de casa en casa con su petición, y la gente, apiadándose de ella, le decía:

– Aquí tienes las semillas de mostaza, coge todas las que quieras.

Entonces, Krsa les preguntaba:

– ¿Ha muerto en vuestra familia algún hijo o hija, padre o madre?

– ¡Ay! Los vivos son pocos, pero los muertos muchos. ¡No nos recuerdes nuestra pena más profunda!

Y no hubo ninguna casa en la que no hubiera muerto algún pariente, algún ser querido.

Fatigada y con la esperanza perdida, Krsa Gautami se sentó al lado del camino, observando apenada las luces de la ciudad que parpadeaban encendiéndose y volviéndose a apagar. Y finalmente, las sombras profundas de la noche sumergieron el mundo en la oscuridad.

Considerando el destino de los seres humanos, el hecho de que sus vidas se encienden para volverse a extinguir, la desconsolada madre comprendió de pronto que Buda, en su compasión por ella, la había enviado para que aprendiera la verdad.

– ¡Qué egoísta soy en mi pena! –pensó-. La muerte es universal.

Dejando aparte el egoísmo de su afecto por su hijo, Krsa Gautami fue al borde de un bosque y tiernamente puso el cuerpo muerto sobre un montón de flores silvestres.

– Hijito – le dijo tomando la mano del niño-. Pensaba que la muerte sólo te había sobrevenido a ti; pero no es a ti sólo, pues es común a todas las gentes.

Y lo dejó allí, y cuando el amanecer iluminó el cielo oriental, regresó junto al Perfecto.

– Krsa Gautami –le preguntó el Tathagata-. ¿Conseguiste un puñado de semillas de mostaza en una casa en la que nadie haya perdido nunca a un pariente o amigo?

– Eso, señor, ya ha pasado –dijo ella-. Concédeme apoyo.

– Buena mujer, la vida de los mortales en este mundo se ve turbada y es breve, e inseparable del sufrimiento – declaró Buda-. Pues no hay ningún medio, ni lo habrá nunca, por el que los que han nacido puedan evitar la muerte. Todos los seres vivos son de tal naturaleza que deben morir, alcancen o no la vejez.

“Lo mismo que las frutas que maduran temprano están en peligro de caer, los mortales, cuando nacen, están siempre en peligro de morir. Lo mismo que los recipientes de arcilla que hace el alfarero terminan rotos, así sucede con la vida de los mortales. Jóvenes y viejos, los estúpidos y los prudentes, todos caen en el polvo de la muerte, todos están sometidos a ella.”

“De los que se separan de esta vida, vencidos por la muerte, un padre no puede salvar a su hijo, ni los parientes a sus familiares. Mientras los parientes miran y se lamentan, uno a uno los mortales desaparecen, como bueyes llevados al matadero. La gente muere, y su destino tras la muerte estará de acuerdo con sus actos. Esos son los términos del mundo.”

“No por llorar ni lamentarse obtendrá nadie la paz de la mente. Por el contrario, su dolor será mucho mayor y arruinará su salud. Enfermará y palidecerá; pero con sus lamentos no se restaurará el cuerpo muerto.”

“Ahora que has oído al Tathagata, Krsa, rechaza la pena, no dejes que entre en tu mente. Cuando veas a alguien muerto, debes saber con seguridad: “Nunca volveré a verlo en esta existencia.”

“Y lo mismo que el fuego de una casa incendiada se apaga, también una persona sabia y contemplativa esparce el poder de la pena, con experiencia y rápidamente, tal como el viento esparce las semillas del algodón.”

“El que busca la paz debe sacarse la flecha de las lamentaciones, los anhelos inútiles y las punzadas de dolor que él mismo se provoca. El que se ha quitado esa flecha malsana y se ha tranquilizado, conseguirá la paz de la mente. Verdaderamente, quien haya vencido a la pena estará siempre libre de ella, sano e inmune, confiado, feliz y cerca del nirvana, eso es lo que digo.”

– F I N –

Nanit Zooropa. Bandipur, Nepal

“Uncertainty can be a guiding light”

Esta frase me viene a la cabeza con el último post todavía fresco. Es una frase que me acompaña desde los 15 años pero que comprendo mejor ahora que entonces. De una canción de U2 que da título a un álbum que casi nadie recuerda y que la mayoría aborrece.

“And I have no compass, and I have no map, and I have no reasons, no reasons to get back. And I have no religion, and I don’t know what’s what, and I don’t know the limit, the limit that we’ve got”…“No particular place names, no particular songs, I’ve been hiding, what am I hiding from”…”Don’t worry baby, it’s gonna be alright, uncertainty can be a guiding light, I hear voices, ridiculous voices”… “He’s gonna dream the world he wants to live to in, he’s gonna dream out loud”…

Esta idea me persigue en la vigilia: por paradójica que suene, la incertidumbre también puede ser una guía en sí misma. Nada nuevo en esto que cuento, lo sé. Siendo plenamente adultos el único mar navegable es el de la incertidumbre, no hay otra opción: vivir y pensar por uno mismo es vivir en la duda eterna. Cada cual con sus referencias sin que éstas sean certezas. Las certezas las tenía cuando era niño y pensaban por mí y por mí decidían lo que más me convenía. Dejo de dudar cuando me vuelvo niño otra vez, inmaduro y asustadizo -¿Cobarde?-, cuando cargo esta responsabilidad en los demás –padres, pareja, jefe, amigos, dioses varios…- que me digan lo que debo hacer, hacia dónde debo ir, cómo debo ser.

“Uncertainty can be a guiding light”. No puede ser de otro modo ¿Qué certezas puedo tener cuando sé que la vida es camino que se hace al andar? ¿Cómo puedo estar seguro de tomar el ramal correcto sin haberlo recorrido antes? En cada cruce una apuesta y cada apuesta una posibilidad de acertar o errar. Las certezas las tengo a toro pasado, pero de poco me sirven los caminos que anduve cuando ya no son los que vendrán. Lo que está por delante nunca será lo que dejé atrás, a menos que me haya perdido, atrapado en el pasado dando vueltas en círculo -y cometiendo los mismos errores-.

Hay caminos que sólo puede recorrer uno mismo así que se me antoja que los que claman tener certezas es porque andan enzarzados en lo que fueron sin tener en cuenta lo que son o porque sencillamente siguen el trazado de otras vidas ¿Pero seguir el camino del vecino? ¿Vivir la vida de los otros? ¿De prestado? De prestado es vivir encorsetado en una camisa de fuerza, con la clara certeza de los límites dentro de los que puedo crecer. Condenado a la deformidad y la asfixia de estos límites impuestos por otros. Atado de pies y manos durante toda la vida a unos muelles, sometido a una lenta pero constante tortura que consiga estirar mis miembros y poder cumplir así con unos “requisitos mínimos”. Otra vez deforme, criado desde niño en un sutil tormento para poder encajar. Un niño que siendo adulto no dudará en someter a sus hijos -o amigos, pareja, subordinados,…- al mismo tormento, para que encajen también y para vengarse -secreta e inconscientemente- pues si él sufrió sin motivo los demás tendrán que sufrir también tormentos pues es “ley de vida”. Reglas que sufrieron y a las que se sometieron, pero que nunca cuestionaron. ¿¡Por qué siempre nos creemos la falsa ilusión de que resulta más fácil sufrir y someterse que cuestionar!?…

¿Cuál es entonces la opción correcta? Pues no hay opción correcta, pero hay muchas incorrectas y todas ellas confluyen en el mismo punto: hice lo que pensé que se esperaba de mí –la profesora, mis padres, mis compañeros, mi pareja, mi jefe, mis dioses varios…-, en vez de hacer lo que sentía hice lo que creí que debía hacer. Y sin querer pasarme la vida preguntándome a cada instante qué es lo que realmente quiero y cómo lo quiero, digo yo que cómo mínimo, en las cosas que te marcarán la vida, en esos momento en los que nos jugamos tanto, qué mínimo que tomar las riendas, mirar alrededor y explorar otras opciones, las mil y una posibilidades que siempre se abren ante ti. Tener el valor de decir que NO, o tener el valor de decir SÍ. Dejar de pensar en lo que se espera de nosotros, lo que toca, lo que se supone, para preguntarnos qué es lo que realmente me mueve en esta vida, que todos lo sabemos pero que lo tenemos por ahí encorsetado en el cajón del “esto son bobadas” o del “esto no se puede”, en del “¿¡Ai qué dirán!?” o el de “ahora no es el momento” –nunca será el momento, por cierto-.

A los 21 aterricé en Helsinki para estudiar Arquitectura pero aprendí algo más. Aterricé con un montón de certezas sobre cómo había sido mi vida hasta el momento y sobre cómo sería la que estaba por venir: terminar la carrera a los 23, encontrar trabajo, pensar en lo de la novia y por supuesto a los 26 o 27 empezar a buscar piso para hipotecarme 30 años –en aquella época era la media-. Durante ese año plagado de momentos memorables y de parrandas épicas lo que más me impactó y marcó fue descubrir a gente con la cabeza muy bien amueblada y con los pies en la tierra, que habían vivido vidas radicalmente distintas a la que yo tenía prevista para mí mismo. Vidas intensas, originales con sus más y menos, y en última instancia, vidas propias, con referencias, sí, pero no prestadas. Me impactó tan profundamente el hecho de comprobar que hasta el momento me había limitado a seguir un camino trazado por no sé quién -¿La sociedad? ¿Quién demonios es la sociedad? Qué fácil es culpar a los demás… ¡Me los marqué yo mismo!- que tuve que repensarlo todo de arriba abajo, quedándome con lo esencial: Que está todo por reinventar, que uno realmente puede ser lo que quiera y que lo único que nos separa del yo “que me dijeron” del yo “que realmente quiero ser” es el miedo a la incertidumbre, al qué pasará si me salgo de la línea.

El miedo a moverse a tientas en ese camino por descubrir, sin mapa ni brújulas. Descubriendo que no hay motivos para seguir siendo lo que fuimos porque a cada nuevo día –si se está vivo- uno es distinto del ayer. Descubriendo que los límites son los que nosotros fijamos y por lo tanto potencialmente infinitos. “And I have no compass, and I have no map, and I have no reasons, no reasons to get back. And I have no religion, and I don’t know what’s what, and I don’t know the limit, the limit that we’ve got.” En ese punto en el que nada es definitorio ni definitivo más allá de nuestros anhelos verdaderos. Nuestros sueños de los que –para desgracia propia- tendemos a escondernos sistemáticamente. “No particular place names, no particular songs, I’ve been hiding, what am I hiding from”. Para al final acabar descubriendo -a pesar de la monserga de turno- lo que ya estaba descubierto: que no pasa nada, que inevitablemente la incertidumbre puede ser y es la guía de los aprendieron que no hay camino, que se hace camino al andar. ”I hear voices, ridiculous voices. Don’t worry baby, it’s gonna be alright, uncertainty can be a guiding light.”

Y termino ya con estas palabras que durante tanto tiempo anduvieron conmigo,

  “He’s gonna dream the world he wants to live to in, he’s gonna dream out loud.”

Nanit Zooropa,

La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia

“…el sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás…”

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

“…el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo…”

Es la Metáfora del Porteador: la mitad del mundo carga a cuestas con la otra mitad. Pudimos llegar a la cima porque otros cargaban mucho por muy poco. Con ese mucho con el que nosotros no pudimos y con el que ellos no tuvieron más remedio que lidiar para ganarse un jornal. En mi épica batallita por la Cumbre del Rinjani olvidé comentar una cosa: llegué a la cima por mi propio pie, sudando mi propio sudor y conjurando a mis propios demonios. Pero si lo conseguí fue porque los Porteadores llevaron mi carga –y la suya- a sus espaldas, no yo.

No es que me repita una y otra vez sobre los mismos temas. Lo que pasa es que los temas vuelven una y otra vez a mí. Cruzando el mundo uno se cruza con ellos. En Hoi An eran los Cuerpos Menudos, en el Kawah Ijen fue La Carga y hoy en el Gunung Rinjani son los Porteadores. No es una opinión, es un hecho: la mitad del mundo carga a cuestas a la otra mitad ¿Una tragedia? Sin lugar a dudas, pero es que no es exactamente así.

En realidad son hasta 3 las personas del tercer mundo que llevan a cuestas a cada uno de los que habitamos en el primer mundo. Y si fuéramos más precisos, es muy probable que llegáramos a la conclusión que la buena vida de cada uno de nosotros le cuesta una vida precaria a 4, 5 o hasta 6 personas de este planeta. Y va en aumento ya que en primeros mundos como España cada día más gente se acerca a la pobreza mientras unos pocos avariciosos insaciables sin escrúpulos concentran más y más dinero para futuras vidas que nunca vivirán.

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

Lo fue para mí que iba bien vestido y bien calzado. No me imagino cómo debió ser para los porteadores que hacían el mismo camino calzando sandalias de plástico baratas y calcetines. No me imagino cómo le sentó el frío de la cima del Rinjani -3726m sobre el nivel de mar- vistiendo sus escasas ropas de abrigo. Y hacer todo esto después de estar dos días carreteando nuestras tiendas, nuestra comida y nuestra agua.

Son todos chavales jóvenes y alegres que al final te acaban confesando que están hasta las narices de subir al Rinjani por undécima vez. Tres jornadas trabajando como una mula por unos ocho euros al día, puede que nueve. Porque toda la batallita épica de mi ascensión al volcán no hubiera sido posible sin ellos. Porque nuestra comodidad tiene un precio, que es barato porque la diferencia la pagan ellos con una vida precaria, no nosotros a pesar de haber abonado el importe en efectivo.

Lo mismo que pasa a pequeña escala ocurre a gran escala. Vivimos con mucho de más porque otros se ven obligados a vivir con mucho de menos. Curiosamente en España estamos empezando a comprender que no es que no haya para todos –que lo hay-, es que unos pocos se lo han metido en el bolsillo y mierda para los demás. Así de crudo y pelado aunque muchos quieran pintarlo más complejo.

Subiendo a la cima del Rinjani también había castas más allá de la de turistas y porteadores. Entre los privilegiados turistas que recorremos medio mundo para ver un amanecer sobre las nubes hay turistas y Turistas –nótese la mayúscula-. Los hay con sus trekking VIP que cargan – si todavía cabe- con más de lo estrictamente innecesario: sillas plegables para sentarse -una piedra en el monte no basta-, refrescos variados según la ocasión, ¿¡Fuegos artificiales!? -¿¡Quién cojones necesita que le carguen fuegos artificiales cuando va subir volcanes en Indonesia!?- y mil bobadas más… Pero sobretodo, sobretodo, sobretodo que no falte el baño privado portátil. Porque, créanlo o no, hay gente que aún estando en el monte no pueden ir a mear junto a un árbol sin más. Son tan especiales que les tienen que cavar un hoyo en el suelo y montar un chiringuito exclusivo…

Suena a chiste pero en realidad es una broma de mal gusto. Si el mundo fuera un lugar más equilibrado estos jóvenes estarían trabajando en sus pueblos junto a sus familias por unos sueldos más decentes que lo que cobran haciendo lo que hacen. Y en ese mundo más equilibrado, cada turista tendría que cargar con sus caprichos y sus privilegios, para tomar consciencia real de lo que vale un peine, o para llegar a la conclusión al final de la primera cuesta de que realmente tanta fanfarria era sencillamente innecesaria. Que con mucho menos también se vive y se disfruta.

Es la Metáfora del Porteador, la metáfora de nuestro de mundo y un revulsivo que te ayuda a comprender y a separar lo superfluo de lo necesario cuando sales al monte y, espero y deseo, cuando vuelva a mi vida de ropas bonitas, copas a 10 euros y sueldos seguros a final de mes.

To mandarin or not to mandarin. Berastagi, Indonesia

Voy montado en la opelet que me lleva de vuelta a Berastagi después de pasar una espléndida mañana recorriendo el Gunung Sibayak, mi primer volcán. Somos varios y en una parada se sube un chavalín ¿Qué tendrá? ¿Diez, doce años? Me quedo con su cara de sorpresa al verme dentro -una más de la muchas con las que me vengo cruzando por el norte de Sumatra- y le devuelvo una sonrisa cortés acompañada de un selamat pagi –buenos días- mientras le hago un guiño cómplice. El chavalín lo flipa y se lo piensa un rato antes de preguntarme de dónde soy. De España, de Barcelona. Al oír la palabra mágica –Barcelona- se le ponen los ojos como platos. Le sonrío consciente de lo que esto pueda significa para él y me agarro fuerte donde puedo para no salir rodando por la puerta entre tanto bache y trompicón.

Se acerca su parada y el pequeño abre su mochila, saca una mandarina, su mandarina, su almuerzo y me lo ofrece con un sonrisa llena de orgullo. Me deja tan descolocado que no sé qué decir. Es un regalo, así que acéptalo -pienso por un lado- , pero es su almuerzo y este chavalín seguro que es de un hogar humilde donde cada cosa vale su precio en oro. No puedo tomar su almuerzo que será lo único que tiene cuando yo “puedo pagarme todo lo que quiera”. Abrumado por su generosidad declino amablemente su regalo dándole las gracias tres, cuatro y hasta diez veces: Terima kasih, terima kasih, terima kasih,…

El pequeño sonríe, me mira y se despide de mí frente la parada que está al lado del campo de fútbol. Hoy es sábado, hay partido y de ahí viene su fascinación ante la palabra Barcelona. Arranca la opelet y me siento un imbécil y un ingrato, pero todavía no sé el porqué.

Tengo que pensarlo mucho antes de caer en la cuenta que por definición tengo un problema: no sé aceptar regalos que no tengan una clara justificación –cumpleaños, trabajo bien hecho, bla bla bla…-. Tengo que pensarlo un rato más para comprender que no saber aceptar un regalo sin motivo es casi tan odioso como no saber darlo. Pero en el fondo yo sé que tiendo a olvidar más fácilmente las deudas que tengan conmigo, que las deudas que yo tenga pendientes con los demás. Entonces ¿Por qué no cogí la mandarina?

Puede que toda esta reflexión les parezca desproporcionada al incidente en sí mismo. Una muestra pura y verdadera de bondad y generosidad, a la que un servidor responde con una muestra de magnánimo sentido común y conveniencia. Pero cuando lo pienso ahora me doy cuenta de que mi magnánima respuesta no fue más que un acto de magnánima soberbia, involuntaria, sí, pero soberbia a fin de cuentas. Con mi negativa le negué la posibilidad de ser bueno y generoso sin motivo alguno con un desconocido. Se la negué por considerarlo insuficientemente rico, demasiado pobre. Mi rechazo no fue un acto honorable, fue un desprecio disfrazado. Curiosamente su generosidad activó mi oculta prepotencia, mi arrogancia y mi mal digerida condición de ser superior por el simple hecho de “poder pagarme todo lo que quiera” en el mercado del pueblo.

No se trata de pobres o ricos, se trata de respeto, y el respeto es algo más que una sonrisa amable y un selamat pagi. Respeto es a fin de cuentas no sólo tratar -eso sería simple cortesía- sino sentir al otro como un igual, y sólo desde esa comprensión y asunción profunda puede ir uno por el mundo con la cabeza en alto, en ese delicado punto en el que la barbilla ni mira hacia abajo ni mira hacia arriba. Es delicado, es sutil, lo sé, y no basta con estar cerca. A mí desde luego no me bastó con estar cerca, y es por eso que ofendí a un chavalín generoso con un corazón enorme, que me respondió como una enorme sonrisa, para acabar sintiéndome torpe, algo imbécil y muy desagradecido… Desde luego un viaje no son sólo destinos visitados. Son las situaciones vividas y lo que cuentan de nosotros.

Día 0: Ligero de equipaje. Bangkok, Tailandia

¿Te has preguntado alguna vez como empieza un viaje alrededor del mundo sin billete de vuelta, sin orden ni destino? ¿Cómo son esos instantes previos en los que cierras la maleta y te diriges al aeropuerto para tomar ese avión? El avión que no sólo te lleva a un lugar, el avión que te cambiará la vida para siempre y del que volverás convertido en otro.

La arrancada ha sido caótica, al más puro estilo “Franc Pallarès López cuándo cojones aprenderemos”. Estuvimos hasta demasiado tarde en La Roofhaciendo la mona y por el Raval de Barcelona bebiendo copas de más. Pero claro, dos de tus mejores amigos te dicen de ir a hacer “la última” horas antes de marcharte tan lejos y durante tanto tiempo, que al igual les dices que no. Y claro, como a más a más a ti tampoco nunca te ha gustado ir de parranda… pues ya la tenemos liada.

En La Roof sesión musical donde lo único que recuerdas son los temas de Tracy Chapman. ¿A lo mejor también un poco de Björk? ¡Ala chicos! Ataque de risa cuando Sam intenta liberarme de no sé qué contracturas y de paso miramos las estrellas un rato y ahora que me viene a la cabeza ¿Estuve todo el rato mirando a Marte?.

Serán las 6 de la madrugada cuando entre las nieblas de un sueño pesado y denso de alcohol en la sangre me despierta el ruido del interfono. ¡Mierda! ¡Me he dormido! Cojo el móbil de la mesita de noche para comprobar qué hora es y veo las 10 llamadas perdidas de mi madre. Resacoso no oí el despertador. No he cerrado la mochila y corro histérico por la habitación. Enciendo el portátil y recurro a la artillería pesada. El “Every Teardrop is a Waterfall” de los Coldplay suena a todo volumen y recupero el norte y la alegría. Empaqueto y cierro la puerta tras de mí. En este preciso instante dejo atrás una vida de 5 años en este edificio de locos. Me siento feliz por lo que dejo y doy mi primer paso al frente hacia este futuro incierto que se me viene encima.

El momento sin duda más emotivo ha sido la despedida con mis padres. Después de subir al coche y ver que el avión salía dos horas más tarde de lo que creía -primera en la frente- y después de equivocarme de terminal -que el ritmo no pare-, al final acabamos llegando a destino, hacemos un poco de tiempo y es ya hora de marchar. Y al decirles adiós, mis padres lo tienen mucho más claro que yo.

Ellos, serenos, dan la talla. Yo, al darme la vuelta, pongo carita de niño chico que está a punto de echarse a llorar. La mujer del control me mira y hace como que no me ha visto. Un giro más en la cola de acceso al control de equipajes, saludo a mis padres sonriendo y saludando con normalidad al estilo Borbón, media vuelta y otra vez pucheros… Paso el control, me pongo de nuevo los bártulos encima y dos saludos más manteniendo la compostura. Hasta que los pierdo de vista y no puedo contener las lágrimas, y una azafata muy guapa pasa junto a mi lado y también hace como que no me ha visto. No contaba con estar tan poco preparado para el momento de la despedida con mis padres.

La espera se hace eterna. Estoy resacoso, con las prisas no me he duchado y además noto los efectos de las últimas dosis de las vacunas del día anterior. Estoy hecho un cromo y por delante quedan unas 20 horas de aviones y transportes hasta que pueda descansar tranquilamente en el hostal. Y a más a más un poco angustiado por la entrada a Tailandia, visados y compañía, cosa que no he previsto en absoluto – pa’ chulo yo-. Al final todo bien, el viaje correcto pero nada relajado. Durante el primer tramo sufro un ataque de clarividencia y empiezo a pensar en que no les he dicho a mis padres que les quiero. Que tanta preparación del viaje de las narices y al final no he previsto algo de lo más importante. Y después paso a los amigos y empiezo a dudar seriamente que haya estado a la altura en este campo tampoco, al tiempo que tengo la certeza que ellos sí lo estuvieron.

La extraña despedida con Cris entre las prisas y la resaca lo deja todo claro. Ella lo ha sentenciado con un contundente “t’estimo molt”. Y eso es precisamente lo que me ha faltado decirle a tanta gente. Tanta preparación con el viaje y al final lo más obvio y elemental queda pendiente. Me quedo dándole vueltas al asunto y cambiando de postura en mi asiento mientras intento conciliar un sueño que no llega. Y no termina de llegar porque hace rato que mi cabeza piensa sola y encima, la muy cabrona lo hace con inusual claridad. Marcho lejos, no sé a qué, sin remordimientos de lo que dejo atrás, pero sin tener ni idea de lo que viene por delante, y lejos de la ilusión de las cosas nuevas que están por llegar me queda el regusto amargo de las cosas que creo no haber cerrado bien.

Consigo dormir y me levanto un poco más despejado. Casi estamos llegando a Bangkok y aterrizamos. Sonrío al salir del avión en medio de este ambiente de irrealidad que es llegar a un lugar nuevo y extraño sabiendo que comienza un juego que quieres jugar pero del que desconoces las reglas. Tren súper rápido al centro, bus local que parece no llegar nunca, caminata y llegada clavada al hostal, de las de manual de viajero. Y todo esto a partir de un mapa dibujado por el Gran León entre cervezas y gintonics en un post-it durante mi fiesta de despedida, la Mucho-Rojo-Bye-Bye-Party.

Las llegadas son siempre confusas. No tanto por la novedad de lugar, más por la novedad de la situación. El próximo destino será más light, espero, pero hoy ha sido un día largo, borroso, confuso, con mucho calor por la mañana y lluvia torrencial por la tarde. Me hierven los pies y el hostal, a pesar de estar bien, no me acaba de convencer: comparto habitación para abaratar costes pero necesito poder dejar el portátil en lugar cerrado y seguro para no tener que cargar con él. Todo me pesa.

Quiero viajar ligero y hoy no he sido capaz. Por un lado el ordenador -lo de menos-, por otro el aluvión de densos pensamientos que me han perseguido durante todo el viaje. ¿Y por delante? Por delante doce meses viajando solo por Asia… ¡Qué dios nos pille confesados!

* Este post fue escrito el 18 de octubre de 2011 tras mi llegada a Bangkok, un año antes de su publicación en este Blog.

Remiendos. Rantepao, Indonesia

Al final he tenido que ceder ante la evidencia: estos pantalones se caen a trozos. Voy paseando mi virginal muslo derecho a través de un tajo de más de un palmo, el último de una interminable secuencia. Los descosidos y los remiendos se cuentan ya por más de una docena, y por cada recosida se abren dos brechas más.

Algunos de estos remiendos podrían ser calificados de épicos. Auténticas obras de ingeniería, remachados cual buques de guerra de la primera contienda mundial. Otros son auténticos cantos al optimismo sin límites. Pongo por ejemplo el remiendo de Sengiggi que cerró discreta y elegantemente una fuga de casi palmo y medio en la entrepierna, la derecha también, la que siempre avanza primero. Pura fe ciega en la destreza de una costurera sin rostro que insufló nueva vida a los pantalones que tendrían que llevarme a la cima del Rinjani. Y se preguntarán a cuento de qué viene esta “Oda al traperío”.

Cuando viajas con tan poco a cuestas cada objeto adquiere una singularidad especial. Con los ojos cerrados podría cantar de carrerilla todo lo que cargo en la mochila, y con los ojos cerrados también podría recordar los momentos en los que me han acompañado. Estos pantalones en concreto ya estaban en las llanuras de Litang y durante los últimos once meses han caminado conmigo, han sudado conmigo y han dormido conmigo. Al final de cada etapa parecían listos para el desahucio, pero siempre aparecía una lavandera diligente e implacable, y por arte de magia recuperaban el color y la compostura. Aparecieron los primeros rotos y empezó el rosario de remiendos. Cada remiendo una cicatriz, y cada cicatriz una historia, un recuerdo y un pedazo de memoria plasmada en un tapiz maltrecho que vestía y lucía con orgullo.

Siempre he sentido un especial cariño por la ropa que me ha vestido y calzado. Mis padres serán testigos que esto que cuento no es nuevo, y que siempre me costó deshacerme de las cosas muy usadas. Y pienso que mi batalla contra los rotos y la defensa a ultranza de mis remiendos tienen que ver con mi visión del mundo en general, y con la visión de Mi Gente en particular.

Siempre he sentido un gran orgullo callado por el hecho de tener muchos amigos que lo son desde hace muchos años. Y cuando digo amigos, quiero decir AMIGOS. Y con los años, a los de la primaria se sumaron los de la secundaria, y a estos los de los veranos, y a estos los de la universidad, y luego vinieron los de Barcelona. Estas relaciones de larga duración no son ni puras ni inmaculadas, están vividas y gastadas, y en algunos casos también tienen algún que otro sonado remiendo. Y a pesar de eso, a pesar de que algunas hayan pasado algunas temporadas en el fondo del armario, para mí siguen siendo tan válidas como el primer día. Y si tienen remiendos mejor que mejor.

Al igual que mis pantalones los luzco con el orgullo de saber que dándose por perdidos se les puso cariño y remedio. Y ahora esos remiendos que son cicatrices pueden contar una historia que, siendo siempre distinta, siempre es la misma. Que un revés no es el final. Que mientras haya partido siempre vale la pena seguir jugando. Que nada ni nadie es perfecto e inmaculado. Y también se cuenta aquí aquella otra historia, la de que es importante aprender a saber ver y entender que hay momentos en los que hay que aceptar lo evidente. Que hay ocasiones en las que ni todas las buenas intenciones del mundo podrán remontar el resultado. Que hay que aprender a saber dejar partir. Que estos pantalones se caen a trozos y que por cada remiendo que les hago, les salen dos rotos más.

Cuerpo menudos. Hoi An, Vietnam

Cuerpos menudos, temblorosos y curtidos por el tiempo. Y aún así en pie, en movimiento. Trabajando de Sol a Sol. En mi vida pasada a menudo cometí el error de pensar que tenía lo que tenía, y que disfrutaba de lo que disfrutaba porque había trabajado duro. Ahora veo que andaba bien errado. Estos cuerpos menudos y curvados por el peso de los años han trabajado más duro de lo que probablemente yo nunca jamás llegaré a hacerlo, y a pesar de todo ahí siguen, sobreviviendo en la más precaria de las existencias.

Mi error no se debió a una falta de honestidad: nunca fui un vago. Mi error fue pensar que sólo por la voluntad propia y el trabajo duro uno puede llegar hasta donde quiera. Mi error fue no ver que eso sólo puede ser cierto en el mundo del que yo vengo. Que mi esfuerzo sólo germinó porque la fortuna y el azar quisieron que yo naciera allá y no acá. Y pienso que si hay pobres y hay ricos, puede que no sea sólo porque los segundos trabajaron más duro o fueron mejores: sencillamente lo tuvieron más fácil. Empezaron la ascensión a la cima de la montaña cerca de la cumbre mientras que a la gran mayoría les toco arrancar, ya no al pié de ésta, sino tan lejos como a la orilla del mar.

Y si es así es porque los que andamos cerca de la cima sabemos que es pequeña y que allá arriba no cabemos todos, y lejos de bajar un poco y compartir los tramos intermedios donde ya sí empieza a haber sitio para todos, preferimos seguir mandando y disponiendo que la gran mayoría de esos cuerpos menudos tengan que seguir partiendo de la nada más absoluta. Deseando secretamente que nunca llegue a darse el caso en que, disfrutando de más de lo que realmente necesitamos, tuviéramos que vivir sencillamente con lo necesario.

 

Una velada con Baraka. Berastagi, Indonesia

La palabra árabe Baraka significa “bendición” divina. Esto lo sé ahora pero la primera vez que la vi y que decidí grabarla con fuego en mi memoria, Baraka significaba algo que no comprendía del todo pero que me marcó de tal modo que casi 20 años más tarde sigo “pagando” las consecuencias de aquel encuentro fortuito a la tierna edad de 12 años.

Fue por la tarde, después de comer, y sería fin de semana o vacaciones cuando al encender el televisor y poner el Plus me topé por primera vez con Baraka. Me quedé pegado al televisor, entre fascinado e incrédulo. No había voz, no había argumento, sólo imágenes y música. No entendía nada pero lo comprendí todo. Esperé a que terminará y grabé con fuego y para siempre su nombre en mis recuerdos: Baraka. Arragué la revista con la programación del mes y busqué el próximo pase. Esta vez estaría allí desde el minuto cero con los ojos de un niño que ha descubierto un mundo, El Mundo.

Después de ese segundo pase tuvieron que transcurrir 11 años hasta que Baraka y yo nos volviéramos a encontrar. Esta vez estaba en Helsinki, y entre charla y charla con el Gran Félix Pousa le hablé de Baraka. Era mediados de mayo y la aventura en Finlandia estaba llegando a su fin, pero quiso la divinidad que durante ese año encontrara una postal de la escena de la Danza Balinesa del Mono -quien la haya visto no la olvidará fácilmente-  y quiso la divinidad que durante ese año esa foto y el recuerdo de Baraka me dieran los buenos días cada mañana junto a la mesita de noche. Un día Félix me comentó que, movido por la curiosidad, la había buscado y encontrado y que tenía la película. Organizamos un pase en mi habitación con la gente del departamento de Arquitectura, con palomitas y tortilla de patata y de todo. Más tarde en esa misma “noche”, durante uno de los eternos amaneceres primaverales de Helsinki, la volví a ver, pero esta vez a solas. Habían pasado 11 años y durante ese tiempo yo había cambiado pero ella no. Ella seguía siendo fresca y poderosa. Baraka me atormentaba de nuevo removiendo mis sueños más alocados.

Hasta mediados del pasado 2011 la volví a ver varias veces, pero recuerdo una especialmente. Fue a mediados de febrero de ese año y fue ésta y no otra la que terminó por evaporar mis miedos y mis reparos: Quería ver mundo, quería ver El Mundo. Quería experimentar Baraka en mi propia piel. Ese último pase tuvo lugar, cómo no, en Gran Via, en el tercero, en buena compañía y con una copa de vino. Ese último pase es el germen de este post: Una velada con Baraka.

Les propongo un plan, un juego, una experiencia. Les invito a pasar una velada con Baraka. Háganse con una copia*. Créanme, compren una original. Baraka es por encima de todo una poesía visual y sonora y la calidad y el tamaño, aquí, sí que importan. Una vez tengan Baraka en sus manos, les aconsejo que le busquen una cajita, pequeñita pero que sea bonita, porque Baraka no es sólo una película ni un documental. Baraka es una puerta al mundo y a los sueños, Baraka es un desafío a nuestra cotidianeidad y a lo que damos por sentado. Baraka es un ejercicio humano de belleza, de poesía, de sensibilidad y es por eso por lo que no sería justo dejarla en un estante sin más.

Esta vez vamos a hacerlo bien y no sólo le vamos a dar al play. Puesto que Baraka no es una película sino una experiencia tendremos que tratarla como a tal. ¿Lugar? El lugar que sea el que cada uno escoja, pero yo apuesto por algo muy nuestro, nada como el sofá de uno mismo para tales momentos/eventos. ¿Atrezzo? La acción se desarrolla en el televisor o en el proyector, pero la sala también debe participar. Apaguen las luces de interruptor y enciendan velas por todo el salón, el antes y el después son casi tan importantes como el durante. ¿Refrescos? Todos, pero siendo un hombre de cervezas, creo que tomarse un buen vino con unas buenas copas es lo más apropiado para esta ocasión. Tinto, porque el contenido es denso y casa mejor que con el blanco –el que yo prefiero-.

¿Compañía? Que cada uno elija que yo propongo. Inviten a sus amigos y hagan de esta velada algo especial para compartir con los suyos. Seamos unos cuantos pero no hagamos cena, mejor un pica-pica para el antes, el durante y el después. Y sí, debe haber un buen caldo con el que consumar esta comunión visual que a la que se descuiden puede acabar siendo existencial. ¡Qué bueno poder comentar al final de la película aquella escena, o aquel paisaje! ¡Qué alguien nos cuente en primera persona cómo son aquellos templos o aquella ciudad que visitó! ¿O porqué no ya puestos nos ponemos todos a soñar despiertos y planeamos un viaje imposible a todos y cada uno de los lugares que acabamos de ver? ¿Porqué no? Soñar es gratis.

¿Compañía? ¿Y si en vez de ser muchos o varios organizamos un velada con la pareja? Ojo, que éstas las carga el diablo y lo mismo acabamos por comprar un billete a cualquier parte que lo zanjamos con una discusión existencial que pone en evidencia destinos y ambiciones existenciales opuestas. Pero, y digo pero, y si resulta que puestos a soñar despiertos encontramos al compañero de aventuras que siempre quisimos tener. Y si resulta que realmente a partir de hoy empieza la cuenta atrás de esa aventura que contaremos a nuestros nietos, de cuando el abuelo y la abuela arramblaron con los bártulos y “bendecidos” por la divinidad se echaron al mundo.

¿Compañía? Con uno mismo. Ojo, éstas sí que las carga el diablo y una botella de vino puede ser demasiado o insuficiente y puede que haya que poner el pause para bajar a comprar más. Nunca, y digo nunca, habrá que verla a solas pero acompañado por un ordenador con conexión a internet y una tarjeta de crédito con saldo. Lo mismo se levanta uno al día siguiente con una resaca memorable y el con el vago recuerdo de la compra de un billete de ida, pero no de vuelta, con destino a Bangkok.

Supongo que a estas alturas los fieles y no tan fieles seguidores de Outteresting.com se habrán percatado que este blog y el camino que decidió tomar un servidor le deben mucho a ese encuentro fortuito con esta película y a esta relación de casi 20 años. A estas alturas habrán comprendido que sin ser mi guía, Baraka es un referente potentísimo de lo que veo y del cómo lo veo. Ya que estamos puestos, les confesaré que las bandas sonoras que menciono en mis amaneceres de Angkor y en los viajes al centro de la tierra en Kong Lo, ambos son en realidad la banda sonora de Baraka, autoría de Dead Can Dance -el vídeo que les he adjuntado al principio de este post-. Esta música no sólo me ha acompañado en esos momentos concretos, y es que muchos, y digo muchos de los posts que he escrito y que espero hayan leído con deleite fueron escritos mientras me intoxicaba con su música.

Baraka será una cosa y Outteresting.com otra muy distinta, pero una bebe de la otra. Y no hablo sólo de música, de destinos o de fotografía. Hablo del hambre de soñar, del hambre de ver y de vivir, del hambre echarse al mundo y mirarle a los ojos a los mil millones de rostros que pueblan el planeta para comprobar como siempre terminan por devolverte la sonrisa. Baraka es una provocación, un desafío y está en tu mano aceptarlo o no.

 

* Si se nos escapa al presupuesto o las ganas de verla nos pueden aquí tienen el link para verla en streaming por Internet. Aún así, insistiré: si pueden regálensela a sí mismos.

¿Se atreven?. Mondulkiri, Camboya

Me lo regalaron por un Sant Jordi ¿Hará unos 6 años? Cristina, “La Ramos”, me había insistido en que valía la pena leerlo y que por una vez no estaría de más dejar a un lado mis arrogantes prejuicios hacia los libros de “auto-ayuda”.

Como reza el dicho “a caballo regalado ya tienes caballo” y como también “es de bien nacido ser agradecido” leí el libro de cabo a rabo, del derecho y del revés. Muchos de los cuentos valieron la pena y los cito a menudo en mis cátedras de taberna y noches taciturnas. Pero éste del elefante se me vino a la cabeza durante mi paso por The Elephant Project Valley y me pareció un buen cierre a esta trilogía de post paquidérmicos:

“Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?”. No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. 

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía… Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»… Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…”. Jorge Bucay.

No sé a ustedes, pero a mí, después de leer este cuento, siempre me entran ganas de hacer una lista con todas las cosas que siempre creí que no podía hacer para descubrir que estaba equivocado. ¿Se atreven?

Los Ciegos & los Elefantes. Mondulkiri, Camboya

Hará ya más de media vida leí un cuento. Tendría catorce años y andaba yo perdido sobre un cascarón de nuez en la no-tormenta de mi adolescencia. El libro era una biografía de Buda que tenía que leer con un diccionario al lado porque no entendía la mitad de las palabras y aún así, pasados los años, el cuento sobrevivió al olvido. Se titulaba Los Ciegos y los Elefantes:

“Una vez, Buda estaba en Jetavana, en el reino de Sravasti. A la hora de la comida los monjes cogieron sus cuencos y fueron a la ciudad a mendigar alimento. Pero como no era aún mediodía y era muy temprano para entrar en la ciudad decidieron de ir a sentarse un rato a una  sala dónde se reunían los brahmanes. Cogieron sitio y se sentaron.

En aquel momento los brahmanes discutían entre ellos acerca de sus libros santos y se había formado una disputa que no conseguían resolver. Llegando a reñir y enemistarse unos con otros, diciéndose mutuamente: ‘Esto que sabemos es ley; lo que sabéis vosotros, ¿cómo puede ser la ley? Lo que nosotros sabemos está de acuerdo con la doctrina; lo que vosotros sabéis ¿cómo puede estar de acuerdo con la doctrina? Lo que debe decirse después, vosotros lo decís antes. Vuestra ciencia es vana y no tenéis el menor conocimiento’. Era así como repartían los golpes con el arma de la lengua y, por un golpe recibido devolvían tres. Los monjes observando a las dos partes insultarse, no autentificaron ninguna de las opiniones, se levantaron de sus sitios y fueron a mendigar alimento a la ciudad.

De vuelta a Jetavana se sentaron cerca de Buda y le contaron lo sucedido. El Buda contó esta historia:

Hace mucho tiempo, había un rey que comprendía la Ley búdica pero las personas, ministros o gente del pueblo, estaban en la ignorancia, referente a las enseñanzas parciales, tenían fe en el resplandor de cualquier estrella brillante y dudaban de la claridad del sol y de la luna. El rey, deseando que sus gentes no se quedaran entre mares y navegaran por grandes océanos, decidió mostrarles un ejemplo de su ceguera. Ordenó a sus emisarios recorrer el reino para buscar ciegos de nacimiento y traerlos al palacio.

Cuándo los ciegos fueron reunidos en la sala del palacio el rey dijo: ‘enseñadles los elefantes’. Los oficiales llevaron a los ciegos junto a los elefantes y se los mostraron guiándoles las manos. Entre los ciegos uno cogía la nalga del elefante, otro agarraba la cola, otro cogía la raíz de la cola, otro tocaba el vientre, otro, el costado, otro, la espalda, otro una oreja, otro, la cabeza, otro, un colmillo, otro, la trompa.

Los emisarios llevaron después los ciegos al rey quien les preguntó: ‘¿A qué se parece un elefante?’. Aquel que había tocado una nalga contestó: ‘Oh sabio rey, un elefante es como un tubo’. Aquel que había tocado la cola decía que el elefante era como un escoba; aquel que había agarrado la raíz de la cola que era como un bastón; aquel que había tocado el vientre, que era como una pared; aquel que había tocado la espalda que era como un mesa elevada; aquel que había tocado la oreja que era como un gran plato; aquel que había tocado la cabeza, que era como una gran extensión; aquel que había tocado un colmillo; que era como una asta; aquel que había tocado la trompa, contestó ‘Oh gran rey, un elefante es como un cuerda’.

Los ciegos empezaron entonces a discutir, cada uno afirmaba que el estaba en lo cierto y los otros no, diciendo: ‘Oh gran rey, el elefante es realmente como yo lo he descrito’.

El rey rió entonces a carcajadas y dijo: ‘todos vosotros sois como estos ciegos. Discutís inútilmente y pretendéis decir la verdad; habiendo percibido una parte, decís que el resto es falso, y por un elefante, os querelláis’.

El Buda dijo a los monjes: ‘así son estos brahmanes. Sin sabiduría, debido a su ceguera, llegan a disputarse. Y debido a su discusión quedan en la oscuridad y no hacen ningún progreso’. 

Y todo esto viene a cuento de que he pasado dos maravillosos días en Sen Monorom, en la provincia oriental de Mondulkiri, habitando una cabaña en la jungla y conviviendo con 10 increíbles seres de miradas hipnóticas y largas trompas.

Mientras contemplaba embobado a estas fascinantes criaturas recordé este cuento. Y desde la distancia de Camboya pensé en España y en Catalunya, en la situación del país, y en como los dirigentes políticos y la mayoría de la población sigue enfrascada en disputas sobre verdades absolutas, en esa atmósfera del Todo o Nada, el Blanco o Negro y el Conmigo o contra mí. Todos ellos tan seguros de saber cómo es realmente el Elefante.