Rutas. Vietnam

1. Recorrido:

Desde Camboya (Xa Xia) hasta Hanoi / 24 días (Invierno 2012)
Phu Quoc (1-2-3) > Ho Chi Minh City / Saigon (4-5-6-7) > Delta Mekong – Ben Tre & Can Tho (8-9) > Da Lat (10-11) > Hoi An (12-13) > Hue (14-15) > Ninh Binh (16) > Cat Ba & Halong Bay (17-18-19-20-21) > Hanoi (22-23-24)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Camboya (Xa Xia) hasta Hanoi / 24 días (Invierno 2012)
Visado de 30 días en Phnom Penh 45$ / Gastos Totales durante el Viaje: 426€ / Gasto medio diario: 17,7€

Cambio Febrero 2012 / 1$ = 21000 Dongs
· Precio Plato de Comida: De 25000 a 40000 Dongs
· Precio Cerveza: 10000 Dongs (lata 330cl)
· Precio Habitación: De 6$ a 10$

3. Escritos:

01. La playa de la basura era el paraíso. Phu Quoc, Vietnam.
02. Una gigantesca milonga a ritmo de claxon. Ho Chi Minh City, Vietnam.
03. Saigón, capital de Vietnam del Sur. Ho Chi Minh City, Vietnam.
04. La cola del Dragón. Delta del Mekong, Vietnam.
05. La cabeza del Dragón. Delta del Mekong, Vietnam.
06. Tu equipaje es tu viaje. Da Lat, Vietnam.
07. Los ‘Hoa’, ser y saber. Hoi An, Vietnam.
08. Cuerpo menudos. Hoi An, Vietnam. Sección Irreflexiones.
09. Las gentes humildes de la Imperial Hue. Vietnam.
10. El Exilio. Tamcoc & Cat Ba, Vietnam.
11. El Limbo. Ha Long Bay, Vietnam.
12. Me agarré a la vía. Hanoi, Vietnam.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Me agarré a la vía. Hanoi, Vietnam

Días de calma y de sosiego precedieron a la vuelta a la urbe, a la ciudad, al avispero de motos y coches y a los kilómetros de cables que se enredan en manojos inexplicables por encima de las cabezas de los peatones ajetreados. Los mil y un quehaceres de los humanos que se superponen a todo al mismo tiempo en la lógica de las ciudades asiáticas, la vida que deja el ámbito privado y que toma la calle por la fuerza pero sin violencia para representar el gran teatro del mundo a cada metro de calzada, a cada esquina. Un torrente de estímulos que desborda o que debería desbordarme pero que ya no es así. Y éste “estar de vuelta de todo esto” lejos de agradarme me inquieta.

Llegamos a Hanoi, capital de Vietnam y una de las grandes damas de oriente, procedentes de la isla de Cat Ba. Y después de una de esas delirantes secuencias viajeras de bus-barco-minivan-bus-taxi en apenas 4 horas llegué sin problema alguno al hostel de Hanoi. Y lo que vi por el rabillo del ojo en el camino me gustó y me sorprendió: tiendas elegantes, bares con alma, arquitecturas que tenían algo que contar. Algo había en el ambiente que hacía intuir que efectivamente Hanoi no era Saigón. Pero yo andaba en otra parte.

Había llegado al norte con el alma a rastras tras 5 intensos meses de viaje y el cansancio de Hoi An y las ansias de calma y sosiego de Cat Ba sólo querían decir que me aproximaba peligrosamente a una frontera. Ese “estar de vuelta” me inquietaba porque me acercaba peligrosamente al estado de indiferencia, y la indiferencia es por definición, la peor enemiga del viajero. Quise sobreponerme, dejé los bultos y me eché a la calle, directo a los grandes monumentos. Y llegué hasta el Templo de la Literatura, cansado, aburrido e indiferente. Y para colmo estaba hasta los topes de turistas y tampoco era nada del otro mundo. Y agotado me refugié en un rincón callado y me senté a leer un rato. El destino quiso que el David del Delta del Mekong y de Da Lat me reencontrara. Definitivamente un buen tipo y una lástima que nuestros planes de viaje no hubieran coincidido más para total, acabar coincidiendo aquí.

Volví al hostal y sólo tenía ganas de monotonía, de no hacer nada y de vaciarme de estímulos, de trepidantes callejones y de olores confusos. De voces, de gritos y del estrés de cruzar la calle. Plegué velas y opté por abandonarme a un mundo de tutoriales de fotografía, de lentes y de composición, de post-producción y gestión de catálogos, y me fui a dormir. A la mañana siguiente aposté por el sentido común y seguí donde lo había dejado el día anterior. Pero en algún momento de la mañana me dije aquello de “venga va, que sólo se vive una vez”. Replegué los bártulos, agarré la cámara y me eche a la calle. Andé, busqué, alcé la cámara en varias ocasiones, pero nada: al mirar a través del visor la magia que me parecía haber captado desaparecía. Y deambulando por la ciudad me crucé con una calle que se cruzaba con una vía de tren. Y el instinto me dijo que había partido, y como yo a mi instinto le tengo gran cariño y respeto, decidí hacerle caso una vez más.

Me agarré a la vía con todas mis ganas y fue con si aquellos dos raíles de acero me catapultaran de nuevo hacia ese estado en el que hasta los detalles más insignificantes de la realidad cotidiana adquieren una dimensión cósmica. Había partido y agarrado a la vía que cruzaba la ciudad sentí como mi hambre de vida y de realidad y de ansias por conocer se avivaban por momentos.

Dejé la vía que me había guiado a través de mi indiferencia y salté de nuevo a la ciudad al norte del Barrio Viejo y allá estaban todos: la mujer que vendía pies de cerdo -algunos crudos, otros chamuscados-, los señores de la banda blanca del funeral en el templo y la calle de las pajarerías justo antes del viejo puente de hierro reblonado que enmarcaba la bella cara de un anuncio de postal. Consciente de estar en la cuerda floja, en ese frágil límite que separa los sueños de la duermevela, decidí no abrir el mapa para no despertar antes de tiempo. Y anduve durante dos horas más improvisando mi ruta a cada esquina, según soplara el viento o según los semáforos me dieran paso o no.

El hombre que degolla el pescado con barbas en plena calle junto al gato repelente de blanco nuclear que contempla con desdén al mundo entero desde su púlpito granate. Fuego, chispas y risas de anciana que no entiende porqué quiero tomarle un retrato. Por un callejón escuálido me meto en un templete que está sobre un taller mecánico. Me invitan a pasar, pero como es lugar sagrado para la media docena de señores que lo guardan, me hacen descalzarme y bajar la cámara. Y tengo que  presentar mis respetos frente a todos y cada uno de los altares antes de poder sentarme para comprobar que más allá de las sonrisas yo sólo hablo inglés y él sólo habla ruso. Nos reímos y nos damos la mano, y vuelvo a pensar en aquello que “nunca sabré lo suficiente” y que “siempre serán pocas las lenguas que alcance a hablar”. Calle, mercados y puestos callejeros de pescado seco y hombres que toman té con guitarra en mano mientras yo me pregunto a qué se dedicarán realmente para poder estar de parranda a las 12 del medio día.

Ya va siendo hora que abra el mapa de nuevo para comprobar a dónde demonios he ido a parar y empezar a deshacer camino para volver a casa. He andado un buen trecho, pero a fin de cuentas el recorrido ha sido una vuelta grande y tampoco ando tan lejos. Y cruzo el barrio que anda a medio camino entre el turisteo y la movida artística local. Las máscaras de una tienda parecen querer decirme algo, y mirándolas me acuerdo que todavía me queda por visitar el Mausoleo de Ho Chi Minh, el padre del moderno Vietnam. El visionario que unió y organizó el país con el fin de devolver el poder y del destino del país a sus legítimos soberanos, los Vietnamitas.

Ho Chi Minh fue sin dudas uno de los grandes del siglo XX aunque no se le pueda dar el premio Nobel de la Paz -que se llevó Kissinguer- porque ante la invasión extranjera recetó lo único que entienden las democracias occidentales, la Fuerza y la Lucha a Muerte. El pueblo de Vietnam pagó muy cara su libertad, primero contra los japoneses, luego contra los franceses y finalmente contra los americanos: un país arrasado y millones de muertes inocentes. El tío Ho -como le llaman afectivamente los vietnamitas- murió antes del fin de la guerra y en su testamento vital dejó escrito que quería ser incinerado y sus cenizas esparcidas al viento. El tió Ho murió pero el aparato del Partido lo momificó y le construyó un Mausoleo. Y fue ése mismo Partido el que condujo los destinos del país durante las siguientes décadas: otra nueva casta gobernante aferrada a sus privilegios fruto de una lucha de todos que sólo disfrutarían unos pocos. La misma historia que en occidente, pero aquí con banderas rojas, hoces y martillos.

Se acerca la hora, mañana tomaré un vuelo a Bangkok para encontrarme con mis padres y viajar con ellos unas semanas por Tailandia. Y descansar y desconectar de la cámara, del viaje y del blog. Pero antes, esta noche, he quedado con Joaquín y unos amigos suyos. Joaquín, arquitecto y de Madrid, es una de esas amistades de viaje que gracias al denostado facebook se prolongan en el tiempo y 3 años más tarde nos vuelven a reunir en Hanoi, en Social Club Café, uno de esos lugares bonitos que vi de reojo mientras paseaba por la ciudad. Joaquín y su novia Ana forman parte de esos nuevos nómadas españoles bien formados -y mejores personas- que tienen hambre de crecer y que no dudan en cambiar de maceta si la tierra que les nutre parece no dar para más. Ayer Madrid, hoy Hanoi, mañana el Mundo.

Me despido ya de Vietnam. Dudé en venir porque todos lo que me crucé en el camino me hablaron mal o peor de sus gentes. En mis 25 días des del sur hasta el norte sólo puedo decir que me han hecho sentir bien, que me he reído con ellos y que sólo tengo buenas palabras para este pueblo luchador que evoluciona a trompicones hacia un desarrollo que todavía está por ver si será bueno o malo. Al Vietnam del norte y al Vietnam del sur, al pequeño país Dragón sólo me queda decirles Cảm ơn -gracias-, suerte y hasta la próxima.

El Limbo. Ha Long Bay, Vietnam

Me gusta como cuentan las cosas las leyendas, y cuenta esta leyenda que la bahía de Ha Long –en vietnamita, el dragón desciende- se formó cuando los dioses antiguos decidieron intervenir y ayudar a los vietnamitas en su lucha contra los invasores del norte. La familia de dragones enviada por los cielos escupió perlas y jade que ser convirtieron en islotes formando una barrera impenetrable que rehuyó a los barcos invasores. Terminada la contienda los dragones ansiosos de paz y en busca de un lugar bello que habitar decidieron permanecer para siempre en la bahía. Me gusta como cuentan las cosas las leyendas porque sin ser necesariamente la verdad casi siempre saben mejor.

Me apunté a la excursión de dos días por la aguas y entre los islotes de Ha Long Bay por el capricho de pasar una noche en un bote anclado en algún lugar de la bahía. El capricho era pasar una noche en el bote pero acabaron siendo como dos días suspendido en el Limbo. Y no fue tanto por las impresionantes constelaciones de roca y vegetación sumidas en la bruma y en la lluvia. Anduve suspendido en el limbo de la brisa fresca que atonta los sentidos, anduve suspendido en la deliciosa certeza que siempre podría dejar la cubierta para refugiarme en el interior del barco que capitaneaban un entrañable trío de isleños con los que no me entendía pero ente los que me sentí como en casa y que no sabían más que cocinar un solo plato.

El primer día aislado en un grupo de 7 en el que yo, para variar, era el número impar, el resto franceses. Me agradan muchos franceses pero tampoco me sorprendió que el grupo hiciera caso omiso de mí al comprobar que no, que efectivamente no hablaba francés. Y siempre pasa que hay alguien con corazón que se apiada de las almas solitarias y que sin hablar el mejor inglés del grupo intenta hacerte sentir a gusto. Y yo se lo agradezco infinitamente, pero agradezco todavía más el haber aprendido en este viaje a no necesitar de mendigar la compañía de quien no me desea.

Y subí y bajé y tome doscientas veces la misma foto del mar gris y el peñasco del que inexplicablemente brotan los árboles. Y llegamos a un atasco de barcos que precedía la visita a una cueva y de mala gana –estaba tan agusto pasando frío en la cubierta de aquel barco- bajé a tierra para comprobar sorprendido que la cueva de Sung Sot era espléndida, a pesar de haber sido reconvertida en un circo de lo más torpe.

Y volvimos al barco y quedaron atrás los francos y vinieron gentes nuevas a pasar noche en la bahía. Y amarrados en aquella casucha de tablones azul turquesa flotando sobre bidones pasamos la noche. Una velada excepcional de cháchara, de música, de cervezas y de complejos y prejuicios que se derretían por momentos. Deliciosa la noche, deliciosa la luna medio llena que a ratos se dejó entrever a través del cielo encapotado. Delicioso el despertar en la bahía inundada de bruma y deliciosa la primera bocanada de aire fresco al subir a cubierta.

Y al día siguiente más de lo mismo. Más de nada y de todo, y algo de kayak y vuelta al atasco que precede a una cueva. Pero sobretodo más de ese gris y de ese frío, y de esa sensación que es de paso pero que sabe a eternidad. La bahía de Ha Long es un lugar espectacular, se supone, pero a mí lejos de impresionarme me enamoró. Fue como si de algún modo la ligereza de sus brumas, la rotundidad de sus islotes en contraste con el ligero trajín de los pescadores y la sensación de saberse en un laberinto finito pero ilimitado me transportara a un lugar que ya no era físico. Sabiendo bien donde estaba me sentía como en ninguna parte y ese no saberse encontrar me sentó como un gran alivio.

El barco ya está de vuelta y de repente aparecen de nuevo las fachadas de Cat Ba Town. Y han pasado 2 días y siento que como si volviera a casa y eso que allá tan solo estuve 2 días más. 4 días en total que me parecen una eternidad, pero de esas eternidades que uno gustaría de repetir una vez más. Me sorprendo sorprendido de cómo me ha gustado el frío, la niebla, el negro, la lluvia, la nada. Todas ellas balanceadas por una excelente compañía, la de Adam y su novia, la del francés simpático, la de la tripulación dicharachera de abordo y en esta ocasión, la mía también.

El Exilio. Tamcoc & Cat Ba, Vietnam

Hace frío y a fuera está nublado. Salgo al balcón vistiendo todas mis ropas de abrigo y respiro hondo y me siento en la silla junto a la mesita mientras me tomo una cerveza y miro al horizonte. La bahía gris acurruca la flota pesquera entera mientras llovizna sin parar bajo este cielo encapotado desde hace días. Cat Ba, esta ciudad veraniega agoniza a principios de marzo y no hay un alma viva deambulando por sus calles.

El frente marítimo desdibujado por la niebla que va y viene sugiere decadencia, tristeza y vacío. Y a pesar de todo esto me siento muy a gusto. A gusto acurrucado bajo las mantas mientras miro películas y escribo. A gusto respirando este aire frío y ligero tras meses de calor denso y asfixiante en el sur de Vietnam, Camboya y Laos. A gusto de estar a solas en una ciudad vacía y aletargada en los últimos coletazos del invierno del norte de Vietnam. Me quedan ya pocos días en el país y antes de tomar un vuelo de vuelta a Bangkok he hecho escala en el triángulo kárstico de Vietnam: Tamcoc, Cat Ba y la mítica bahía de Ha Long.

Sentado en este balcón de hotel vacío y deambulando por las calles desiertas camino del mercado local me siento como en el Exilio. Pero éste no es un exilio forzado, ni tan sólo buscado. Es un exilio que me ha encontrado y por el que me he dejado seducir. Ya al zarpar el bote desde Haiphong, en medio de la niebla y entre los grandes cargueros amarrados en los muelles de este importante puerto comercial, sentí que avanzábamos a tientas hacía otra nada. Venía de Tamcoc, el hermano pequeño de los paisajes kársticos del surestes asiático, un destino que a toro pasado me pareció muy prescindible. Arribados a puerto, y el desembarco y el trayecto en bus hasta la otra punta de la isla de Cat Ba –la más grande de la bahía de Ha Long- no hicieron más que acentuar la sensación. Paisajes vacíos de playas al descubierto por la marea baja y singulares montañas calizas despuntando a cada curva de la carretera.

La Cat Ba Town que me recibió parecía salida de un film del fin del mundo y tras encontrar buena habitación a buen precio me eché a la calle para confirmar lo que ya intuía: fuera del mercado local y algunas tiendas la ciudad veraniega había echado el cierre. Y casi que me sentí a gusto inmediatamente a sabiendas de que disfrutaría de este lugar singular sin el burullo de las hordas de grupos de turistas que vienen acá cuando brilla el sol y los cielos son azules y las hojas de los árboles son verdes en vez de negras. Yo me quedo con el negro y el gris plata de los macizos que emergen verticales de estas aguas que a pesar de todo mantienen su color verde esmeralda.

La Isla de Cat Ba que me recibió, y que recorrí en moto, era una costa pelada y agreste que arropaba extensas playas de piedras y arena, pero cuyo interior era un corazón verde, puro parque jurásico, cruzado por carreteras que como cabos sueltos llevaban cada una de ellas a un fin del mundo en particular. Y en el centro de la isla un parque nacional, y en centro del parque un montaña y en centro de ésta una torre de acero rojizo oxidado que se alza temblorosa en medio de un mar de gigantescas olas verdes que son colinas recubiertas de espesa vegetación que se mece con el viento. Subí la escalera de metal oxidado y maderas carcomidas sin tenerlas todas y bien agarrado a la barandilla.

Arriba otro momento para mí a solas y abajo Ilonà, una belga viajera solitaria con la que continué el viaje durante aquella jornada. Yo en mi scooter con cambio automático –la primera de este viaje- y ella con su motocicleta Minsk de fabricación ucraniana que compró de segunda mano hará tan solo una semanas en Laos por 200 euros. Ilonà viaja sola, en moto y sin carnet porque aprendió también durante el camino. Ha estudiado filosofía y en realidad no viaja sola, la acompañan un montón de dudas que buscan respuestas en un mochila llena de libros al tiempo que recorre el sureste asiático.

Parece ser que los que recalamos en Cat Ba en estas épocas sombrías y decidimos quedarnos y explorarla andamos en busca de algo más que bellos paisajes, que ya los hay. Aquí hay silencio y calma y muchas nubes grises que en su monotonía parecen ayudar a enfocar la vista más hacia a dentro que hacia fuera. Y aun así Cat Ba es solo una isla más en el universo kárstico de la Bahía de Ha Long y la Bahía de Ha Long es un lugar único en el mundo entero.

continuará  en el siguiente post, El Limbo…

Las gentes humildes de la Imperial Hue. Vietnam

Hue és una ciudad “nueva” que yace en ruinas. Hue es una ciudad histórica con más cicatrices que memorias. Hue és una ciudad nueva y es asiática, y por lo tanto es cuadrada. Un cuadrado que crece y que se replica hacia adentro y hacia afuera a partir de un foso con cocodrilos, tigres y ballenas.

Dispuesta acorde a los 5 puntos cardinales –no olvidemos al centro-, dispuesta acorde a los 5 elementos y a los 5 colores básicos, se alzó frente al sugerente Río del Perfume, en la mitad del país y fue el epicentro político y cultural de la última dinastía que gobernó el país dragón antes de la llegada del poder comunista y las guerras que azotaron esta tierra. Desde principios del siglo XIX hasta el fin de la segunda guerra mundial Hue y sus emperadores reinaron sobre las dos mitades de Vietnam.

Una ciudad cuadrada tallada por canales y salpicada de lagos que me dio la impresión de querer ser una réplica de juguete de la Pequín Imperial. La Ciudad Prohibida Púrpura es el corazón partido y desgajado por el tiempo y las bombas de una corte que pretendió emular a su hermana mayor al tiempo que creía poner de manifiesto su independencia política y cultural. Me paseo al atardecer por el recinto amurallado que en su tiempo contuvo palacios y jardines abarrotados por soñolientas concubinas y que hoy es poco más que unos muros en pie y campos. La Guerra Americana y el paso de los ejércitos del norte comunista asolaron no sólo el legado de piedra sino que dieron muerte a  miles de inocentes de la ciudadela en una de las más sangrientas masacres de la Guerra.

Y hoy en día quedan en pie estos muros en los que es fácil perderse para ir a parar a coloridos palacetes rodeados de canales y árboles que proyectan sus sombras sobre los lienzos de piedra pintados de vivos colores: amarillos cálidos, azules desaturados y granates. Y algún que otro naranja y el verde de las hojas y los musgos que crecen en los zócalos de donde nacen árboles que se proyectan al cielo azul. La Ciudad Prohibida Púrpura no es púrpura, pero es un pequeño laberinto que parece estar habitado por algún que otro espíritu y en el que aventuro momentos sublimes en las solitarias noches de luna llena.

La otra ciudad, la crece fuera del foso pero también en forma cuadrada, es la que visité a la mañana siguiente. Fui directo a los callejones donde los pájaros cantan enjaulados y donde cualquier tramo puede ser un improvisado mercado de frutas donde las mujeres con sus mercancías se sientan a la espera de compradores. Los perros me ladran al pasar y una secuencia de paredes y puertas con pinturas desconchadas me atrapan por momentos: son colores, son texturas, son la belleza en lo feo. Salgo de nuevo a las amplias avenidas y a la vera del río donde un grupo de lavanderas golpean con fuerza las ropas contra las piedras relamidas por el paso del tiempo y del agua. Es una danza, es una coreografía y el ritmo y el compás lo marca el plas plas de las sábanas húmedas bajo este sol mañanero que parece inundarlo todo de alegría.

La ciudad es nueva y está en ruinas y voy en busca de templos que fotografiar pero parece que sólo encuentro colores y texturas y novicios que me sonríen tras las verjas mientras preparan el desayuno. Y un puente de hierro reblonado en el que una carreta espera a su dueño que espera pacientemente pescar algo para el almuerzo. Y vuelvo a un mercado, uno de aquellos que tanto me gustan, de aquellos en los que las aguas mutantes de origen incierto fluyen por el suelo formando charquitos que aguardan al turista intrépido pero incauto que meterá de lleno sus pezuñas en un chas al que le seguirá un grito sordo y una mirada a los cielos antes de comprobar que, una vez más, metió la pata donde no debía.

Las mujeres de los puestos se ríen de mí. ¿Se preguntarán qué hago yo aquí? Me lo pregunto yo también y al cabo de un momento ellas mismas me responden. Una mujer joven per fornida le comenta algo a su compañera y entre carcajadas y risas la otra se sonroja. Y yo me río con ganas y en catalán le suelto que no nos entendemos, pero vaya si nos hemos entendido. Y nos cruzamos miradas picaronas y me despido de ellas como un caballero deseándoles los buenos días y haciéndoles una reverencia. Y al darme la vuelta ya me espera la señora mayor de enfrente que vende trozos de gorrino descuartizado y que ya me ha casado con la del puesto de verduras de tres mesas más allá. Y le digo que no, que yo me caso con ella, que estará mayor, pero que a mí siempre me gustaron maduras. Y se parte la caja de la risa y me rió con ellas antes de salir por piernas no fuera que a alguna le diera por secuestrarme y casarme de verdad.

Voy saliendo, y me espera un coco fresco bajo un árbol frente a uno de esos lagos trazados en la antigua ciudad de Hue antes que sucumbiera a sus antiguas glorias y se convierta en aguas estancadas. Voy saliendo del mercado y me cruzo con una entrañable anciana que trenza un sombrero de paja. Con un rostro que irradia paz y serenidad me despido de la ciudad imperial que cayó en ruinas para acabar siendo tomada, una vez más, por las gentes humildes y sus divinas rutinas. Por las paredes desconchadas de vivos colores y por las jaulas de pájaros cantores que alegran las mañanas y la tardes en los humildes callejones que circunvalan el foso de la Imperial Hue.

Cuerpo menudos. Hoi An, Vietnam

Cuerpos menudos, temblorosos y curtidos por el tiempo. Y aún así en pie, en movimiento. Trabajando de Sol a Sol. En mi vida pasada a menudo cometí el error de pensar que tenía lo que tenía, y que disfrutaba de lo que disfrutaba porque había trabajado duro. Ahora veo que andaba bien errado. Estos cuerpos menudos y curvados por el peso de los años han trabajado más duro de lo que probablemente yo nunca jamás llegaré a hacerlo, y a pesar de todo ahí siguen, sobreviviendo en la más precaria de las existencias.

Mi error no se debió a una falta de honestidad: nunca fui un vago. Mi error fue pensar que sólo por la voluntad propia y el trabajo duro uno puede llegar hasta donde quiera. Mi error fue no ver que eso sólo puede ser cierto en el mundo del que yo vengo. Que mi esfuerzo sólo germinó porque la fortuna y el azar quisieron que yo naciera allá y no acá. Y pienso que si hay pobres y hay ricos, puede que no sea sólo porque los segundos trabajaron más duro o fueron mejores: sencillamente lo tuvieron más fácil. Empezaron la ascensión a la cima de la montaña cerca de la cumbre mientras que a la gran mayoría les toco arrancar, ya no al pié de ésta, sino tan lejos como a la orilla del mar.

Y si es así es porque los que andamos cerca de la cima sabemos que es pequeña y que allá arriba no cabemos todos, y lejos de bajar un poco y compartir los tramos intermedios donde ya sí empieza a haber sitio para todos, preferimos seguir mandando y disponiendo que la gran mayoría de esos cuerpos menudos tengan que seguir partiendo de la nada más absoluta. Deseando secretamente que nunca llegue a darse el caso en que, disfrutando de más de lo que realmente necesitamos, tuviéramos que vivir sencillamente con lo necesario.

 

Los ‘Hoa’, ser y saber. Hoi An, Vietnam

¿Se acuerdan de Lucky Luke? No sé en qué película había una secuencia en la que montaban un pueblo del oeste en 3 minutos, y en un hueco libre entre el banco y el salón aparecía un chino que montaba una lavandería. Siempre me pregunté qué hacía un chino en el salvaje oeste. Pasaron los años y entre viaje y viaje y libro y libro descubrí que Lucky Luke no iba errado y que los chinos llevan muchos años -siglos- moviéndose. Y que si bien llegaron hasta el salvaje oeste para construir ferrocarriles porque no iban a hacer parada en el vecino Vietnam.

La pequeña joya de Hoi An es hija, en parte, de este proceso: un puerto comercial frente al río Thu Bon y junto al mar al que arribaron a mediados del s. XVII centenares de refugiados chinos a raíz de la caída de la dinastía Ming a manos de los manchúes. Los chinos “han” llegaron y se asentaron, y se mezclaron con los locales vietnamitas en este importante enclave comercial que también estaba habitado por japoneses y otras naciones comerciantes a lo largo del mar de la china en contacto con el océano Índico -India, Arabia y África-, pivotando sobre las islas de las especies y el archipiélago Indonesio en general.

Hoi An es fruto del legado de esa época y de los años y siglos que la siguieron. Los chinos trasplantaron su cultura y mantuvieron sus cultos levantando templos a sus ancestros. Estos comerciantes construyeron sus mansiones fruto de las riquezas del comercio y apostaron por el refinamiento más que por la ostentación. La ciudad floreció y en el frente ribereño y en las callejuelas brotaron casas y villas y así creció la pequeña urbe. El destino quiso, y la llegada de los colonos franceses ayudó, que los flujos comerciales se desviaran al norte, hasta Da Nang, y fue así como Hoi An cayó en el olvido y desapareció del escenario de la historia permitiéndole sobrevivir en el estado “intacto” hasta nuestros días.

Pasaron 200 años y hoy Hoi An es Patrimonio de la Humanidad y un casco antiguo momificado que ha pasado por un lavado de cara y alguna que otra operación de cirugía estética para a hacerla más visitable a nuevas olas de inmigrantes de paso, los comúnmente denominados turistas. Los puritas que me había cruzado por el camino me avisaron de lo evidente: Hoi An ya no es lo que era: poca es la gente que parece vivir en un casco antiguo lleno de hoteles y tiendas de recuerdos. Y tenían razón, pero en este caso, fuera quien fuese quien cortó el bacalao, decidió hacerlo con algo de cariño y sensibilidad. Y si bien Hoi An no deja de ser un museu plagado de tiendas de souvernirs con cierta calidad, en esta ciudad se aplica aquello de quien tuvo retuvo. Como siempre, lo único que hace falta es algo de tiempo y ganas para correr las cortinas para ver que se cuece entre bambalinas.

Busqué y rebusqué como gusto de hacerlo y encontré y mucho. Encontré un sinfín de templos en buena forma en los que me fascinaron las combinaciones de colores y gusté de perderme en sus detalles, en sus manchas, en sus secuencias de espacios que misteriosamente estaban casi todos vacíos. Busqué y rebusqué y pagué entrada a algunas de las antiguas mansiones y me deleité en sus juegos de luces y el diseño exquisito de sus mobiliarios y sus patios con sus macetas y el musgo de sus pavimentos. Busqué y rebusqué y tuve la suerte de que –por esta vez- me encontraran.

Algunos descendientes de aquellas familias que arribaron a estas costas huyendo de una muerte segura hace más de 350 años guardaban el recuerdo de su origen. Origen y memoria que celebran cada año y que coincidió con mi paso por uno de los muchos templos a los ancestros que salpican la ciudad. El rito, la ceremonia, los trajes de gala, el clasismo y el buen sentido común de dejarme caer al olerme que algo se cocía puertas adentro y presentarme con mi mejor sonrisa respetuosa para que acabaran invitándome a participar de su historia. De su historia y de su banquete y de sus risas y de la dignidad de saberse descendientes de inmigrantes que llegaron a tierra extraña y prosperaron.

Hoy en día, aquellos chinos “han” son los vietnamitas “hoa”, una minoría bien formada que ocupa un lugar privilegiado en la clase media-alta de la sociedad de Vietnam. Estos descendientes de aquellas primeras familias se preocupan por venerar a sus ancestros, pero aún más se preocupan por perpetuar sus costumbres, una de las cuales tiene que ver con la obsesión por la formación y la educación. Fue esta “obsesión” por la educación la que me permitió entrar por la puerta grande a este momento tan especial. Fueron las ganas de una madre y profesora de inglés porque su hijo practicara la lingua franca de nuestros tiempos las que me llevaron a sentarme a su mesa para compartir sus bocados con un quinteto de abuelitas risueñas y muy hambrientas, implacables con los palillos. Pero fue la tranquilidad y la naturalidad con la que aquel chaval de 11 años aceptó los deberes de su madre en domingo y se puso a preguntarme por mi vida. No lo hacía por curiosidad –que se le veía en la cara que no– pero percibí que lo hacía con gusto porque entendía que era por su bien.

Los japoneses llegaron, los chinos llegaron, los vietnamitas ya estaban. Los japoneses se fueron, los chinos prosperaron, los franceses llegaron y todo se lo llevaron. La ciudad cayó en el olvido y los tiempos modernos la convirtieron en vedette, pero algo de aquel orgullo y del sentido común les sigue dictando que, a pesar de todo y frente la adversidad, el clan y el conocimiento son las claves de la prosperidad, ahora y antes.

Frente al río y al atardecer, apostado en una terraza-atalaya, escribo y brindo con una Saigon –zumo de cebada local- por lo mejor de la cultura china, de ahora y de antes, y por algo más que empieza a cocerse a en mi interior y que huele a cansancio después de ya casi 5 meses en éste no parar por las lejanas tierras de oriente.

Tu equipaje es tu viaje. Da Lat, Vietnam

La cabeza recostada contra el cristal de la ventanilla del autobús. La mirada perdida en el paisaje y en mis pensamientos mientras escucho música. Llegamos a un nuevo destino y otra vez la terminal de autobuses se encuentra a las afueras del pueblo y en medio de la nada.

El centro de Da Lat está como a dos quilómetros o más de aquí y ya me están acosando los motoristas para llevarme por un precio nada económico, me salen my friends -amigos- de debajo las piedras, es agotador. Respiro hondo y mientras dejo que se les pase la excitación voy a preguntar al mostrador donde me informan que mi billete incluye el transporte al centro. Salgo por patas y cargado con mis dos mochilas corro por la pista de asfalto haciendo señas a una furgoneta que va para allá. Se para, me subo y sonrío al universo.

A mi lado una chica occidental, con sus rastas rubias y sus ojos azules me sonríe amable y sigue a lo suyo. Yo abro la guía para mirar dónde estamos, dónde me alojaré, cómo es la ciudad, a dónde vamos y cómo llegaré a destino. A los 3 minutos estamos hablando sobre el mapa. A los 5 minutos me comenta que ella va para allá, a un sitio que le recomendó una amiga que pasó por aquí hace unos días. Le pregunto si le importa que me sume y le parece bien. A los 15 minutos hemos llegado al hostal y a los 20 estamos en la habitación que compartiremos para abaratar costes. A los 25 estamos charlando sobre todo un poco y caigo en la cuenta que no sé su nombre y que yo tampoco me he presentado. Viajar tiene algo tan loco que al cabo de un tiempo te encuentras en situaciones como ésta. Todos somos inconscientemente conscientes de lo efímero de cada encuentro y nadie se demora en previos ni presentaciones. Las formalidades de la vida real quedan para los lazos que lleguen a cuajar, lo demás es un ir y venir constante donde el único requisito es ser amable.

Julie es francesa y vive de la cría de caballos en el lado galo de los pirineos. Lo de los caballos sale a la palestra cuando me habla su experiencia en Lao Cai, en el norte de Vietnam. Estuvo allí de paso primero con esta amiga que vive en Saigón. Siguieron su viaje y algo dentro suyo le decía que debía volver una vez más. Así lo hizo y nada más llegar entabló conversación con un hombre que conducía una carreta tirada por un caballo. Le pidió una foto y el hombre la invitó a subir y a conocer a su familia. Julie pasó los siguientes 4 días compartiendo cama con la abuela y conviviendo en el día a día con ellos. Se me hace la boca agua y le cuento mi experiencia al paso por Phu Quoc. Ella viene precisamente ahora de allá y me cuenta su versión de los hechos.

Llegó a la isla desde Ho Chi Minh City y ya en el puerto alquiló una bicicleta por cuatro pesetas. A partir de ahí, la vida y la isla a bordo de una bici, durmiendo en la playa bajo las estrellas y parando en cada aldea donde la gente la recibía con los brazos abiertos. Puro viaje y pura inmersión en la vida del país y de la gente. Se me hace la boca agua de nuevo pero mi parte tecnificada le pregunta por la logística. ¿Qué logística? Dejó casi todo el equipaje en casa de su amiga en Saigón y para estos días sólo llevaba una mochilita con lo estrictamente indispensable. Mientras la escucho miro de refilón mis 2 mochilas todavía por deshacer y me doy cuenta de una cosa, y es que Mi Equipaje es mi Viaje. Y que si bien lo que cargo me asiste en mi día a día también me limita en muchas más ocasiones de las que pueda imaginar.

En un viaje, como en la vida, en cierto modo somos lo que decidimos cargar porque son precisamente esas cosas las que limitan nuestros movimientos al tiempo que nos dan seguridad. El que tiene poco podrá dormir bajo las estrellas en playas desiertas sin temor a perder nada pues nada posee. El que tiene poco aceptará pasar frío en las montañas o empaparse en las tormentas. No creo que se trate de poco o de mucho, creo que más bien se trata de ser consciente de las decisiones que se toman, y en todo caso, tener claras las prioridades, estar dispuesto a dejar atrás lo superfluo para poder abrirse camino cuando la cuesta venga empinada o cuando optemos por abrirnos a nuevos y lejanos horizontes.

¿Y Da Lat?

¡Ah sí! Perdón, visité Da Lat. Suena un poco cruel para con este destino, pero lo que más me marcó de Da Lat fueron estos 20 minutos de conversación con Julie. ¿Da Lat? Es un centro vacacional bastante local. Con su lago artificial y sus barquitas con forma de cisne. Con su campo de golf y un ambiente relajado pero poco estimulante. Su punto fuerte es estar enclavado en las montañas y ser una vía de escape a los calores de las llanuras.

Varios viajeros que había conocido en el camino me habían hablado maravillas de sus alrededores y de los Easy Riders, un agrupación de guías que te llevan en la parte trasera de sus motos mientras te muestran la zona al más puro estilo local. Con David, un inglés con el que coincidimos en el tour por el Delta del Mekong, contratamos el servicio para medio día y la verdad es que fue correcto pero nada o poco fascinante. Más allá de los Invernaderos de Flores y la Cascada del Elefante, lo más interesante fue visitar un Taller de Seda donde se procesan los hilos y se tejen prendas de este preciado material. Al final resultó que los paisajes interesantes y la aventura inolvidable estaban en las rutas de varios días de las montañas hacia el mar, y así me lo confirmó David cuando nos reencontramos dos semanas después en Hanoi. Yo andaba justo de tiempo y lo que vi no me sedujo en absoluto así que en menos de 24h partía de Da Lat camino de la ciudad histórica de Hoi An.

La cabeza del Dragón. Delta del Mekong, Vietnam

… viene del post anterior, La cola del Dragón

¿Tu cauce se acorta y nuestro tiempo se acaba? Llegas a Vietnam donde finalmente tu nombre y tu mito parecen cobrar sentido. El Gran Dragón Mekong, el Gran Río del Sureste Asiático. Amplio, Fértil e Inmenso.

Amplio porque en este último acto te derramas por la planicie dividiéndote en 9 ramales a cada cual más impresionante. No sé si es el capricho de la Dama Mekong o la vanidad de tu Vertiente Masculina. Intentar moverse por la región es verse inmerso en un bucle. Cruzas un gran río por un gran puente pensando que eso es el Mekong para al cabo de un rato encarar de nuevo otro gran puente que cruza otro gran río. Y así hasta en 9 ocasiones. Siempre amplio y tranquilo. La serenidad de un gigante que se sabe invulnerable.

Fértil. Si no te bastó con tu paso por China, Myanmar, Tailandia, Laos y Camboya, en tu último tramo homenajeas a Vietnam con 3 cosechas de arroz anuales y lo conviertes en granero de Asia. Fértil porque no sólo regalas agua y sedimentos que nutren los campos y las cosechas. Fértil porque tu red de canales se convierte en la red viaria que conecta toda la región, y las casas, las factorías y los transportes se vuelcan hacía ti con la naturalidad con la que en otros lugares del mundo se vuelcan hacia su red de caminos y carreteras.

Inmeso. Eres inmenso en el delta que lleva tu nombre. Inmenso porque tu infinita red de canales lo cubre y lo abraza todo, lo empapa todo. No es que el agua se abra paso entre los campos, aquí es al revés, y son los campos los que se hacen un hueco entre tus mil y un ramales. Inmenso porque tantas son tus ramificaciones que resultaría imposible ponerse a contar los kilómetros de tu extensión en este final de fiesta. Inmeso porque adquieres esa escala en la que ya nadie se plantea si quiera ponerse a medir el alcance tu abrazo.

Lo nuestro viene de largo y aún así en nuestra última cita no estuve muy ágil al escoger ni la compañía ni el lugar. El Delta del Mekong es uno de esos sitios que difícilmente se pueden visitar sin más. Es tan grande y complejo que es fácil perderse, pero más fácil es aún perderse todo lo bueno que oculta. Por falta de tiempo y energías opté por la solución práctica y fácil, y desde el primer momento ya me vi atrapado en un tour turístico de 2 jornadas en el que nos movíamos como borregos siguiendo un plan de ruta insípido y predecible. No me gusta moverme de este modo, a golpe de corneta, teniendo que levar anclas cuando encuentro un lugar que me parece interesante para perder horas clavado en una parada de lo más aburrida. Tener que poner buena cara cuando te muestran algo que no te interesa lo más mínimo, para tener que pedir perdón cuando te retrasaste fotografiando unos fantásticos hornos donde se cuecen ladrillos y que parecen zigurats persas perdidos en medio del edén.

Quedaban los mercados flotantes de Can Tho y cuando pregunté insistentemente a qué hora los visitaríamos ya me olía que iba a ser decepcionante. Parecía ser que nadie sabía la hora a ciencia cierta de un tour hiperprogramado que debe haber funcionado durante los últimos 10 años. Empezamos la jornada más tarde de lo que mandan estos eventos que casi siempre exigen el peaje de madrugar para poder disfrutarlos en su plenitud. Cuando llegamos parecía haber casi tantos botes turistas como barcos de vendedores. La punta de acción se había desvanecido y allá quedaban algunos rezagados. Dimos vueltas sobre nosotros mismos y remirando las fotos parece que fue mucho más intenso. Pero no quisiera engañarles, si vana ir vayan pronto.

A toro pasado y echando la vista atrás creo que la mejor manera de visitar esta zona es montado en una moto o una bicicleta. Con un buen mapa o un GPS. Y una vez allí, dejarse llevar y medio perderse para fundirse con éste lugar único de Asia. Con el margen de unos días, para poder errar y acabar descubriendo y viviendo momentos especiales.

Tuve la sensación durante todo el tour que te escondías de mí a cada recodo sugerente que entreveía al pasar con el bote o con el bus. Tuve la sensación que te burlabas de mí al tiempo que me reprochabas el haber escogido este modo tan simplón para nuestra despedida. Y tu forma de reprochármelo fue haciéndome entrever lo que me había perdido por no haber arriesgado lo suficiente, precisamente, en ese punto en el que te muestras en todo tu apogeo y esplendor, en las llanuras del Delta del Mekong.

Se despide hasta la próxima, tu amigo Franc.

Ps. Querido Mekong, tomo nota y asumo mis faltas. Nos volveremos a ver y esta vez, arriesgaré.

La cola del Dragón. Delta del Mekong, Vietnam

El Mekong es uno de los grandes ríos del mundo, el octavo en longitud. Pero más allá de su longitud y su caudal están las historias que evoca el nombre de este río mítico. El Mekong no es un río, es un Dragón cuya Cola se abre camino por el sureste asiático, desde la meseta del Tíbet hasta los arrozales frente al mar de China donde su furia se vuelve fértil y mansa desembocando en 9 gigantescos ramales, la Cabeza del Dragón. Lo mío con el Mekong viene de lejos así que el género epistolar me ha parecido la mejor opción, íntima y personal.

Querido Mekong,

Cuando nos presentaron por primera vez dudé de ti. Preguntamos por ese río bravo de aguas turbias que corría al fondo del valle y nos dijeron que eras el Mekong. Todos nos miramos sorprendidos pensando en los paisajes y en el talante que evocaba tu nombre: un río lento y perezoso, grande y ancho, calmo y continuo. Mekong sonaba a calor y arrozales, pero ahora te contemplábamos desde esta roof en la aldea de Xitang, al norte de Yunnan, frontera con el Tíbet y camino del Khawakarpo, a unos 3500 metros sobre el nivel del mar. Fuiste una de las sorpresas de aquella memorable jornada.

Pasaron los meses y yo sabía que en esta nueva aventura que emprendía nos encontraríamos de nuevo, pero no pensaba que lo nuestro daría para tanto. En nuestra segunda cita andaba colgado en la parte trasera de una pick-up con mi rala melena al viento. Dejaba atrás mi segunda incursión a Myanmar y hacía camino para pasar las navidades en el norte de Laos. A lo largo de la frontera entre Myanmar, Tailandia y Laos, en el triángulo dorado, corrías por el margen izquierdo de la carretera y ya ofrecías otro aspecto. El mismo río, las mismas aguas y aún así tan distinto de aquella primera vez. Aquel día eras frontera entre dos países y desde el atardecer en el terrado de aquel hostal de Huay Xay me despedí de Tailandia para encarar el ambiguo destino que me aguardaba en Laos.

Subí hasta las junglas de Phongsaly y descendí por un tributario tuyo, el Nam Ou. Frente a sus aguas pasé un memorable año nuevo de baja intensidad y por ellas llegué hasta Luang Prabang, fue nuestra tercera vez pero no fue la vencida. Tras Vientiane corriste paralelo a la carretera, en esta ocasión por la derecha, mientras hacíamos camino hasta Thakek para encarar el “Loop” y frente a tus aguas tomamos aquella última cerveza Serge, Leo y un servidor antes de despedirnos para siempre. Después de una noche infernal en bus nos volveríamos a encontrar al día siguiente a los lomos de una de tus 4000 Islas y durante 4 días acampé en Don Det donde, frente a tus aguas y tus atardeceres, decía adiós a Laos tumbado en mi hamaca.

En Stung Treng nos vimos de nuevo, éramos ya como de la familia, y en Kratie, al cabo de unos días, volví a surcar tus aguas en busca de tus delfines. Los vimos, a lo lejos, pero como éramos demasiados y ruidosos te guardaste tus regalos para otros. Nos ofreciste, eso sí, una espléndida puesta de sol al belga, a la francesa y al español antes de reencontrarnos con los holandeses de Thi Lo Su. En Kratie no vi a tus delfines pero me devoraron tus mosquitos.

No eres el Tonlé Sap, porque que él es un lago y tú un río, pero el Tonlé Sap y tú sois uno. A ratos es él quien te alimenta, a ratos le alimentas tú. El lago no está de lejos de Phnom Penh, la última capital que cruzas antes de dejarte llevar por el mar. Aquí eres plano y cortas la ciudad en dos, y más allá de los restaurantes de carretera pasado el puente japonés parece no haber nada. Pero en la otra orilla, por el contrario, palpita la capital de Camboya en 1,2,3,4 y hasta 5 “tomas”.

¿Y qué nos queda ya? ¿Tu cauce se acorta y nuestro tiempo se acaba? Llegas a Vietnam donde finalmente tu nombre y tu mito parecen cobrar sentido. El Gran Dragón Mekong, el Río Grande del Sureste Asiático: amplio, fértil, inmenso.

continúa  en el siguiente post, La cabeza del Dragón…

 

Saigón, capital de Vietnam del Sur. Ho Chi Minh City, Vietnam

… viene del post anterior, Una gigantesca milonga a ritmo de claxon

Más allá de todo esto, y de la supuesta increíble marcha nocturna que no caté, también me di un paseo por el Museo de la Guerra de Saigón que aparte de tener 3 fotos simpáticas de viejas reliquias -helicópteros, aviones, tanques, …- contiene un montón de información que a mí me pareció imprescindible.

La Guerra Americana -conocida en occidente como la Guerra de Vietnam- fue una descomunal salvajada sobre un país y una población civil inocente por parte de un enemigo extranjero que ocupó ilegalmente esta tierra violando todas las convenciones internacionales. La sangría se prolongó durante casi 20 años, las consecuencias las siguen pagando hoy en día la población civil afectada por agentes químicos vertidos entonces que degeneraron en mutaciones y enfermedades hereditarias. Por no hablar, claro está, de los centenares de miles de víctimas civiles inocentes que murieron de forma atroz y gratuita.

Me escapé también a las afueras de la ciudad para visitar los Túneles de Cu Chi, una ciudad subterránea que durante la Guerra llegó a albergar hasta 20.000 personas. Aquello, más que un memorial a las víctimas y a los ex-combatientes, parecía un parque temático de dudoso gusto en el que el guía fue el primero en tomárselo casi todo a guasa mientras jugueteaba con los maniquíes motorizados, o nos hablaba de su novia y de su moto. Acabando la visita, el bueno de nuestro guía, concluyó con una muy sabía reflexión su versión de los hechos: “Durante 20 años el pueblo de Vietnam luchó por su independencia mientras que durante ese tiempo el Ejército Americano luchaba contra el comunismo”. A juzgar por sus palabras ambos ejércitos nunca debieron encontrarse puesto que luchaban contra enemigos distintos en guerras distintas. Y aún siendo así, no fue así. Los vietnamitas lo tienen claro, lo que pasó, pasó, y desde la victoria se pueden permitir el lujo de mirar hacia adelante y pensar sólo en el futuro sin dejar por eso, de olvidar el pasado.

De vuelta a Saigón cayó por casualidad una visita a la Pagoda del Emperador de Jade que me pareció sensacional y en la que me hubiera pasado un día entero. Eso sí que es saber jugar con la luz, con el ritmo y la secuencia de los espacios, y con el color, ¡Qué color! Disfruté de nuevo con algo de buena arquitectura religiosa que me hizo recordar la genialidad barroca y las atmósferas mágicas de los templos y monasterios tibetanos, en contraste con la sosería de los templos thais y laosianos.

Y ya cuando estaba todo el pescado vendido y andaba de retirada despidiéndome de la ciudad me di un último paseo olfateando sin rumbo por las calles hasta encontrarme en la Universidad para ver como encantadoras jóvenes eran adiestradas en el manejo de armas automáticas. Una buena postal de despedida para la ciudad que fue la Capital de Sur conquistada durante la Guerra Americana. Una ciudad que vive en paz mirando al futuro próspero que se le viene por delante en forma de torres de marfil y jóvenes a la última, pero que parece querer mantener presente las reliquias de una Guerra que forjó su destino.

Saigón se llama Ho Chi Minh City desde el final del conflicto en honor al padre del Vietnam moderno. Me la habían vendido como una ciudad gris y fea, pero debo decir que la encontré soleada, alegre y palpitante. Su tráfico ordenadamente caótico, sus miles de quilómetros de callejones y sus casitas que prosiguen su división minuto a minuto hacen que esta Ciudad vibre de un modo muy especial.

Una gigantesca milonga a ritmo de claxon. Ho Chi Minh City, Vietnam

Saigón me recibió siempre al atardecer. Siempre con el sol cayendo sobre el horizonte tras de mí mientras el autobús se adentraba en la maraña de esta ciudad de 7 millones de habitantes, capital económica de Vietnam. El sol lo doraba todo y las fachadas de las calles frente a los canales brillaban sobre el juego de sombras alargadas. Fue mi mirada distraída al reflejo de estas aguas, negras y pulidas como un espejo de obsidiana, la que me alertó de las bandadas de escualos que nadaban por los cielos. Miré arriba y las siluetas negras de decenas de tiburones bailaban al son de los vientos mientras los niños correteaban por las calles y reían en esos dulces momentos al final del día y justo antes de la cena.

Cuando quedaron atrás las aguas urbanas y calles de asfalto como ríos se abrían paso entre los edificios, fue entonces que los enjambres de motocicletas impusieron su ley en esta hora punta del atardecer. Un impresionante zumbido de miles de motocicletas fluía por las arterias de la ciudad bombeado al ritmo acompasado de los semáforos. Un tumulto que lejos de ser caótico parecía funcionar con la precisión de un reloj. Cruzar una avenida de Saigón -su nombre oficial es Ho Chi Minh City-pudo parecer un reto suicida en un primer momento, pero bastó comprender las leyes que rigen escrupulosamente este universo y aprender a bailar con ellas. Las calles de Saigón eran como una gigantesca milonga que se movía a ritmo de claxon.

Es difícil saber cuándo se ha entrado en la ciudad, pero a partir de cierto momento las avenidas aparecen flaqueadas por imponentes columnatas de enormes árboles cuyos troncos suben rectos y pelados hacia el cielo. Es difícil saberlo porque la ciudad se presenta bastante homogénea y la altura de los edificios es constante. Pero a lo lejos, allá en el antiguo centro, se alza una Torre de Marfil, de vidrio y acero, que con su elegante silueta domina la ciudad y más que apuntar al cielo lo que hace es apuntar a una nueva Vietnam que también se deja entrever en los comercios y los cafés más “chick”.

Pero el secreto de Saigón no está ni en las torres de marfil ni en las avenidas arboladas. En los espacios hiper-densos y macizos de los corazones de manzana hay un mundo de callejones al más puro estilo asiático. Mi hostal está en uno de ellos y es fascinante jugar a perderse en sus mil giros y recodos. Desde mi atalaya en el corazón de esta urbe me siento espectador privilegiado, durante el rumor del día, pero sobretodo en el murmullo de la noche. Y dejando caer mi mirada distraída por las azoteas me doy cuenta de lo increíblemente minúsculas que son. Apenas dos metros y medio de anchura por cinco de fondo. Parece que no pueda ser pero al bajar a la calle y mirar atentamente veo que la gran mayoría de estas casas son en realidad esbeltas torres que crecen como agujas hacia el cielo apiladas las unas junto las otras. Tan sólo una colección de cuartitos amontonados, unos sobre los otros, como cajas de zapatos conectadas por escaleras que suben casi verticales para poder aprovechar al máximo la superficie.

El espacio está tan fragmentado que ya no queda lugar dentro de las casas y la calle es el pasillo de este hormiguero comunal. Es increíble pasearse por los callejones y ver desfilar la vida de las familias expuestas en este escaparate que regala visiones íntimas e impagables de su cotidianidad: las mujeres que se hacen la pedicura, el nene que termina los deberes para ver los dibujos animados o aquel hombre que medita al lado del altar del comedor y que viste un torso tatuado con enigmáticas efigies y escritos indescifrables. Todo está a la vista en este micro-cosmos que se desvanece en un abrir y cerrar de ojos al girar la esquina y salir, o entrar, de nuevo a la ciudad. Y a cada vez que vuelvo a pasar me parece descubrir otro fraccionamiento, otra división, otra nueva mitad sobre aquella mitad previa.

Saigón, en su corazón, es en realidad una ciudad que crece fractalmente pero hacia dentro y esta continua subdivisión sobre sus límites establecidos no sólo es horizontal sinó que verticalmente aparecen altillos y ventanucos en los lugares más insospechados, y aquella reja de ventilación era en realidad una ventana, que daba a una litera que estaba sobre la barbería.

continúa en el siguiente post,  Saigón, capital de Vietnam del Sur