De Carpintero en Mae Salong. Tailandia

Si van justos de tiempo no vengan a Mae Salong. No es que no valga la pena, a mí, en concreto me fue de perlas. El caso que estos 3 días me han venido genial y por motivos muy diferentes.

Durante el primer día, realmente necesitaba y me apetecía usar el cuerpo. Andar, andar y andar. Subir y bajar cuestas y sobre todo sudar y jadear. La excursión, o el hiking -que queda más sofisticado- no tenía mucho de especial. Pero lo dicho, el cuerpo me pedía una subida de revoluciones y el intenso paseo de seis horas sirvió para eso.

El segundo día lo había dispuesto con la intención de ampliar mis habilidades ciclomotoras. Por un lado para no olvidar las artes aprendidas durante la ascensión a Namhsan, y por otro como calentamiento del Loop de Laos, para el que cada día queda menos. Pero amaneció nublado y no estaba dispuesto, por el momento, a pasarme cinco horas sobre una moto cruzando bellos paisajes pero sin tener la luz favorable y con riesgo de lluvias. Mae Salong, del cual todavía no he contado nada, está en la montaña y créanme si les digo que las cuestas y sus curvas merecen mucho respeto y prudencia. Así pues me homenajeé con un día libre, y pude así disfrutar de mi primer día de nubes y frío en mucho tiempo. Sí, oyeron bien, y es que de tantos soles y cielos azules, ayer gocé saboreando a cada momento del cielo encapotado y la fría brisa que se colaba por entre mis ropas. Ni que decir que jugaba con ventaja y mi alegría de ánimos venía espoleada por una cita especial al final de la jornada. Había quedado para charlar con David y Andreu, dos buenos amigos de la lejana Barcelona. El día pasó lento pero ágil. Trabajé en el Blog, en las fotos y estuve productivamente perezoso.

Y al tercer día, el de la reencarnación, amaneció de nuevo, nublado. Pero esta vez no podía posponerlo, y si bien es de recibo disfrutar de un día de calma, uno no se vino a la otra punta del mundo para quedarse sin verlo. Hechas las presentaciones con mi potro motorizado y trazado el plan de ruta, emprendo el camino hacía mi destino. Una vuelta por las montañas, unos 70km por buenas carreteras y paisajes que han prometido prometer. Crucemos los dedos y que el viento azote de nuevo mis rosadas mejillas.

El titular del día lo podría despachar con un “lo logramos y nos sentimos cómodos”. Los paisajes estuvieron bien, algunas veces más intensos que otras, pero como los dioses estaban generosos, a medio camino me hicieron los honores de presenciar la inauguración de una nueva Stupa y un nuevo Buda -resulta que en el país todavía había sitio para uno má-.. Curioso evento en medio de la nada, pero bien surtido de público: gentes de los montes y habitantes de las ciudades, y como no, una ración de monjes para añadir color y sonoridad al evento. Las almas piadosas de Chiang Rai habían venido a las montañas para acumular méritos. Un grupito de encantadoras señoras de bien que habían financiado la construcción de la nueva Stupa, vistieron sus ropas informales más inmaculadas para recibir las bendiciones de los monjes, acumular buen karma y repartir comida a los rústicos aldeanos de la montañas.

Mae Salong es un pueblo algo especial. Paradigmático sería una palabra más ajustada. Y es que toda la zona, a medio camino entre China, Myanmar, Tailandia, Laos y Vietnam, es pasto de minorías étnicas asentadas en los montes, que siglo tras siglo fueron migrando de aquí para allá bajo el empuje de civilizaciones “más potentes” (Chinos Han, Birmanos, Thais, Vietnamitas, …). El resultado es un constante mosaico de aldeas vecinas donde no siempre tienden a entenderse en el mismo idioma o vestir las mismas ropas. Son Pueblos sin patria, en muchos casos desplazados del país vecino, por uno u otro conflicto. Mae Salong es fruto de la Guerra Civil China que durante dos décadas enfrentó a “Comunistas” Vs “Nacionalistas”. Los vencidos tuvieron que huir y después de su paso y expulsión de Myanmar, fuerzas del ejército derrotado del Kuomintang y sus familias encontraron asilo en el norte Tailandia. Mae Salong, es tan chino -o yunanés- como tailandés. Existe desde apenas 50 años y ha pasado de ser un centro de cultivo y tráfico de opio, a convertirse en destino turístico centrado en la explotación del té y el café.

A las colinas colindantes conseguí arrancarles alguna postal idílica de campos de té y aldeas de bambú y paja. Pero debo admitir que lo que más me divirtió fue descubrir un curioso lugar en extraño equilibrio entre el brillante Akira Toriyama y Alicia en el País de las Maravillas. Un lugar consagrado al té, al turismo de masas y a la más delirante interpretación de ambos. Un lugar abandonado, vacío y triste que a mi me alegró el día.

Y a pesar de todo lo dicho, Mae Salong me ha servido para darme cuenta de un par de cosas, para seguir irreflexionando un poco sobre lo que no me gusta y puede mejorarse. Que de eso también se trata este viaje, de tener tiempo sentarme tranquilamente ante el espejo. No tanto deleitarme ante mi espléndido porte, como para ver reflejados ese puntos donde la mesa todavía cojea. Y hacerme las veces de Carpintero, desmontando la pata si es necesario y para fijar una nueva.

La Ciudad Hueca. Chiang Mai, Tailandia

Con Chiang Mai a mis espaldas y ya dentro de mi cabeza encapsulada en forma de recuerdo, la ciudad toma la forma de Cascarón Elíptico. Y como toda buena Elipse, mi ciudad mental se genera a partir de dos centros. Sus centros son dos mercados que, como dos almas distintas, opuestas y complementarias, la definen.

El Primero, el que visité el domingo por la noche nada más llegar, me pareció enorme, silencioso, ordenado, bonito. No recuerdo haber estado nunca en uno igual. Siendo honesto y sin ser un comprador compulsivo ni sufrir el Síndrome de Diógenes, creo que me habría llevado la mitad de lo visto si hubiera dispuesto del dinero y del lugar donde meter esa montaña de bellos trastos de escasa utilidad. Estando a reventar, la gente circulaba ordenadamente, nadie alzaba la voz y un sinfín de artistas callejeros perfectamente dispuestos amenizaban la velada. Los habitantes de este centro, de este primer polo, eran mayoritariamente thais, de lo más “in” y la mayoría gente joven. El resto, la minoría invitada, éramos los occidentales. Me gustó lo que vi, y aun percibiendo que todo había sido dispuesto y que había poco margen para la improvisación, me pareció un lugar/evento muy recomendable.

Al día siguiente andé y andé por la ciudad, como me es costumbre, conectando los puntos de interés a través de las rutas más aleatorias e innecesarias, con la clara intención de encontrarme con la verdadera ciudad y descubrir los pequeños tesoros cotidianos que siempre se esconden a la vuelta de la esquina más insospechada. En éstas llegué al Otro Mercado, al suyo. Uno más de los ya muchos que llevo grabados en la retina. Lleno hasta los topes, caótico, ruidoso, envuelto en un permanente olor a no se sabe qué. Esa mezcla que es la infinidad de frutas, carnes, pescados y verduras, a medio camino entre la frescura y la putrefacción. Subí unas escaleras, caminé por corredores y me dejé perder de nuevo en un mundo sin referencias esperando a que la siguiente esquina me sorprendiera.

Ese mercado era como los demás, y ya me gustaba así, pero me pareció feo. Las ropas no tenían gracia alguna, las canastas de pescado seco me producían ese doble efecto de curiosidad y repulsión. Todo estaba amontonado y a pesar de algún pasillo lateral escondido surtido de la más amplia variedad de redes, nada me sedujo. Aún así éste era el “suyo”, ésta era “la realidad”, aunque puede que sólo fuera la suya, pero no la de la Ciudad.

Chiang Mai es una ciudad hueca, que no vacía, y aunque sus murallas la dibujen cuadrada, yo la pienso elíptica. Sus dos centros reflejan una realidad complementaria, a mi entender no bien resuelta. Por un lado un mundo salpicado de templos, que se mezclan con una densa trama de hoteles, casas de huéspedes, cafés, centros de masajes, spas y tiendas chick. Sobre estas dos tramas, y rellenando los huecos, florece o languidece la ciudad thai propiamente dicha, siendo ésta la mayoritaria. Y aún así, sumando las tres, Chiang Mai me ha parecido una ciudad con alma, pero con un alma hueca y siamesa, claramente definida en su perímetro pero vacía en su interior. Ninguna de las tres (la ciudad histórica, la ciudad turística y la ciudad thai)* ha sido capaz de imponerse claramente, ni tampoco de fundirse “armónicamente” con las otras. La sentí como una buena declaración de intenciones a falta de concretar.

Y aún así, con Chiang Mia a mis espaldas, debo admitir que en un primer instante me sedujo, y que pasados unos días reafirmo lo primero que pensé: Es una ciudad joven, no tanto por su edad (es antigua) más por cierta cándida inmadurez que bien llevada puede convertirla en un buen rincón en el que vivir. ¿Cuál será su destino? ¿Cómo evolucionara el joven mozo? ¿Tendrá el coraje de tomar las riendas de su propia identidad o esperará a que otros decidan por él/ella?

*Existe otra Ciudad que no menciono. Es la enorme Universidad rellena de buenos rincones en los que dejarse caer. Pero ésta, en relación con las demás, me parece más un satélite orbitando en la periferia, a la espera, espero, de colisionar con el planeta Chiang Mai.

30 Primaveras en Mae Sot. Tailandia

Ella tiene 13 años. Padece asma aunque durante mucho tiempo no supo ponerle nombre a su enfermedad. Sencillamente se ahogaba y ahogaba y sentía que a cada instante moría. Vivía en la jungla con su madre y ésta, cansada de ver sufrir a su hija sin razón, sin saber el porqué y no viendo ningún futuro, llegó a envenenarla. Luego se arrepintió, y la niña se salvó.

Ahora yace otra vez en “La Clínica” y Line la vela. Lleva 3 días llorando, pero no es la niña la que llora, es Line. Y la niña, entubada por todas partes, sin apenas poder hablar le sonríe y la consuela. Nos describe su sonrisa, la que desde el primer momento le robó el corazón. Pasados tres años y mil penurias la sonrisa no afloja, aunque su situación deje noqueada a alguien tan fuerte como Line.

Durante estos 3 días en la Clínica llega de la jungla una madre con su bebé recién nacido. No tiene nada, no lleva nada. Tan sólo su bebé enfermo y dos piezas de ropa que cubren su cuerpo. Llega sola y más sola se va. Durante 3 días el pequeño yace en la sala de recién nacidos, acompañado por otros 7 cuerpecitos que luchan por sobrevivir entubados al más puro estilo Matrix, según palabras textuales de Line. Llegó sola y más sola se va. Si el niño sobreviviera la madre tendría que pagar 200 baths (o lo que buenamente pueda), pero si el bebé muere serán 1000. Un dinero que sencillamente ni tiene ni tendrá, pero que acabará pagando no sé cómo para poder llevarse el cuerpecito de su hijo.

Esto nos lo ha contado Line esta noche tomando unas cervezas y justo después yo arranco los 30 con un buen leñazo volviendo a casa con la bici. Un montón de perros callejeros se me han echado encima cuando volvía de tomar algo con mis nuevos amigos y celebrar a pequeña escala la entrada en mi década de los 30. El saldo final es una bici bien estropeada y algún rasguño, pero por dentro me hierve la sangre y siento que me cargaría alguno de esos chuchos que noche tras noche se dedican a dar por el saco al personal. Ahora me toca cargar a cuestas con la bici durante media hora hasta llegar a casa y ya son pasadas las dos y media de la noche.

Al tiempo que me enciendo por momentos me intento calmar. Y es que no me quito de la cabeza lo que nos ha contado Line. Lo sé, lo sé, uno más de miles de dramas que se suceden a diario por todo el mundo. Y a pesar de todo yo me siento mal porque me he caído y me he cargado la bici y no puedo dejar de sentirme un poco cabrón y algo desgraciado por tener coraje de sentirme mal cuando me han contado lo que acaban de contar.

Espero que entre todas la cosas que me quedan por ver y aprender, espero que ésta sea una de las que me lleve conmigo al final de este viaje: Aprender a no quejarme, aprender a no lamentarme y aprender a no perder ni un segundo hurgando y lamiéndome heridas que no son tales.

“Be water my friend”. Thi Lo Su, Tailandia.

Abro los ojos y miro hacia arriba, hacia la cascada que se desliza por el precipicio. Floto sobre la caldera superior y el agua está fría y todo mi cuerpo en tensión. Los rayos de sol cortan el cielo al tiempo que se mezclan con las nubes de agua que desprende la cascada. Algunos árboles asoman allá arriba. Barbas de musgo descuelgan de la rocas relamidas por el paso del tiempo y el agua. Sonrío y me digo que éste es uno de esos momentos que no debo olvidar. Thi Lo Su es su nombre y nado en sus aguas, y como siempre no ha sido difícil llegar hasta aquí pero tampoco fue fácil.

Fueron seis horas en la parte trasera de una pick-up, tan bien cubierta que apenas pude ver nada de los paisajes que cruzamos. Y aún así sufrí los mil y un vaivenes de un sinfín de curvas en una carretera que parecía no tener fin.

El viaje no vino de vacío y me ofreció una postal impagable de la Tailandia de fronteras: Un monje duerme sobre una moto que cargamos. Una mujer sólo bella en su mirada porque viste un nikab. Otra, mi compañera de asiento, ilegal y sin papeles, agradece estar al lado del extranjero y disfrutar de un plus de privilegio que no sé bien a qué se debe. Una niña, envuelta en su pañuelo, que no protesta pero a la que le toca sentarse en el suelo entre bulto y bulto al tiempo que guarda celosamente contra su pecho 2 botellas de agua. Y cierran la escena 4 hombres, birmanos, legales por tener papeles, de piel oscura y rasgos delicados rematados por una barba, musulmana también. Me cuidó bien de no hacer nada incorrecto y me quedo sin foto. Albert ya me puso al día de la pequeña comunidad musulmana de Mae Sot a la cual conoce bien y no seré yo quien dé un paso en falso.

Umphang tenía poco para ver, pero antes de llegar ya intuyo que los paisajes que no vi valieron la pena, así que me cuidaré de tener más suerte a la vuelta. Umphang: campo base, buena habitación, wifi y primer contacto con los que serán mis compañeros de excursión. Primera impresión: mala.

Por suerte los dioses quisieron que la primera impresión fuera incorrecta. No sé si los pillé de malas o el que no andaba fino era yo. El caso que cuando al día siguiente empezó el descenso por el río, Paul y Jazzy resultaron ser la mar de majos. Ella era más discreta, pero no menos interesante. Por su lado Paul desbordaba conversación y fue un digno compañero de comparsa. Pero lo mejor y lo más inesperado fue el primer tramo del río. Los paisajes que cruzamos a bordo de nuestra balsita nos dejaron la mandíbula desencajada. Por lo bellos que eran y por lo poco que esperábamos encontrarlos. El río atraviesa un mar de selva espesa por la que a ratos asomaban, a lo alto, acantilados de los que cuelgaban cuevas y palmeras de aspecto jurásico. Y río abajo nos sorprenden un rosario suaves cascadas que se deslizan por peñascos de rocas empapadas y reverdecidas a la sombra y al paso del tiempo. No son chorros de agua a borbotones, son más como cortinas de lluvia que peinan los márgenes de río. Bello, bello. Y estresante, pues sin prisa pero sin pausa cruzamos por estos jardines del edén sin apenas tiempo para ver, disfrutar y fotografiar. Ya se sabe, la belleza, como la vida, es efímera, y hay que aprender a vivir con ello.

Avanza el día, gratas son las sorpresas y todavía nos queda lo mejor. Dejamos atrás el bote y en todoterreno cruzamos el parque nacional para llegar al campo base. Cruzamos un pequeño tramo de selva, ya a pié, y se empiezan a oír el murmullo martilleante de las aguas cayendo por el precipicio. La jungla, por supuesto, lo esconde todo y no desvela sus secretos hasta el último instante. La sucesión de saltos de agua que se solapan entre rocas y árboles desde lo alto del acantilado es el premio final. O no. Tomadas las fotos de rigor es hora de llegar “hasta el infinito y más allá”. ¿Porqué bastaría con darse un chapuzón en el primer nivel cuando se puede llegar hasta el último?. El ruido es ensordecedor. La cortina de agua que se desprende de la cascada lo baña todo. Es una suave lluvia plateada que nos llama y nos empapa con la alegría de estar allí disfrutando de ese lugar mágico. Unos instantes y ya nos zambullimos en las aguas cristalinas de la caldera y gritamos de frío, de alegría, de felicidad?

Abro los ojos y miro hacia arriba, hacia la cascada que se desliza por el precipicio, y sonrío y me digo que éste es uno de esos momentos que no debo olvidar.

El Río Line. Mae Sot, Tailandia

Si Line hubiera nacido Río estaría permanentemente a rebosar de agua. Y aún así, su naturaleza escandinava la empujaría a ser un río a la inversa. Calmado y paciente en los tramos estrechos donde hay que estar alerta para sobreponerse a las dificultades. Bravo y alborotado en los tramos holgados por donde fluir a sus anchas salpicándolo todo de vida y alegría. De esos rios grandes y lentos, de márgenes anchos que se saborean navegándolos tranquilamente sobre una barquita. Line rebosa vida y mucha mucha energía. Desde el amanecer hasta que se pone el sol, esta noruega desafía los estereotipos y deja a su paso un reguero de vitalidad allá donde va.

A través del Sr. Albert la conocí y ella se presentó como mejor sabe: brindándome una de esas amplias sonrisas pícaras de niña traviesa pero cumplidora que ha hecho los deberes. Luego vinieron un par de preciosos ojos azules, de esos a los que los ibéricos andamos tan poco acostumbrados. Y por montera llevaba los restos de una dorada cabellera vikinga, que fue larga en otros tiempos, pero que las exigencias del guión y la vida en la jungla mandaron cortar.

Line estaba viviendo con parte del Clan Ga Yaw Ga Yaw en Mae Sot, pero su campo base era y es Noh Bo, la aldea de refugiados karen en la frontera, desde la que todavía hoy se oyen estallar la minas antipersonas. Allá es donde Line aterrizó hará 3 años con un par de arquitectos noruegos para construir un orfanato de diseño que el tiempo se encargaría de poner en su sitio, y que la quisquillosa Line cuestionó desde el principio. A ella le preocupaba que el edificio acabara sirviendo y durara, a ellos que quedara bien en la foto. A ella le importaba el trato con las personas que les estaban ayudando a construirlo, a ellos que quedara bien en la foto. Ellos se fueron con sus bonitas fotos pero Line se quedó. Había encontrado una nueva familia que sumar a la noruega, y encontró unos nuevos amigos junto a los que alumbrar El Clan Ga Yaw Ga Yaw.

Primero me los definieron como una ONG, aunque tras algunas explicaciones me pareció entender que en realidad eran una empresa constructora. Al conocerlos un poco más me di cuenta de que eran un grupo de amigos, una familia. El Clan Ga Yaw Ga Yaw son todas esas cosas y a más a más, por si fuera poco, andan constituidos como club de fútbol. Son un equipo, una piña, que ha crecido y que ha evolucionado con el tiempo, pero que permanece fiel a su espíritu: ganarse la vida echando una mano a los refugiados Karen, construyendo equipamientos para las aldeas, para la gente que los necesita. Con los materiales que tiene a mano, sea barro, madera o bambú. Y con los recursos de los que disponen y que suelen ser siempre escasos. Y aun así hacen arquitectura que facilita la vida a las personas. Y aun así sus edificios quedarán bien en las fotos.

Line es lo que en Cataluña llamamos el “Pal de paller”, el palo que aglutina la paja en el almiar y mantiene el conjunto unido contra lluvias y vientos. Los Ga Yaw Ga Yaw serán muchos y todos suman para que el barco tire adelante, pero me marcho de Mae Sot teniendo claro que es la educada y martilleante insistencia de Line lo que hace que no se desmigaje. Sólo el entusiasmo, la humildad y la perseverancia pueden hacer que el invento funcione. Y vienen las tormentas, y arrecian los vendavales, y cuando se trata de tratar personas toda delicadeza, honestidad y cariño son pocos. Hace falta mantenerse firme pero flexible. Adaptarse a la situación y al momento, dejarse llevar sin perder el rumbo. Y en eso andaba Line cuando la dejé, en un complicado ejercicio de malabarismos entre el ayer y el mañana, buscando ese punto medio donde uno se diluye en su entorno sin dejar de ser si mismo. Mostrando sus debilidades sin pudor para poder seguir creciendo.

Ahí va Line, con una sonrisa en la cara, el entusiasmo en sus ojos y la calidez en sus palabras. Con la determinación de los Ríos que siguen su camino dejándose llevar al tiempo que llevan. Adaptándose a cada momento y a cada geografía: a veces bravo, a veces manso, pero sin detenerse nunca.

“El Doctor” Pi Jo. Tailandia

Pi Jo pulveriza la conversación con la implacable sencillez de su lógica. Y es que su lógica no bebe en fuentes abstractas sólo aptas sabios o eruditos. Su lógica nace de la experiencia, y no de la del vecino o de la lectura de aquel u otro libro. El sólo se limita a contar lo que ha vivido y a partir de ahí, quien pueda y quiera, que abra el debate. Estamos en la Pun Pun Farm, a las afueras de Chiang Mai, epicentro de arquitecturas transversales y sentido común.

La parábola es tan sencilla como lo que sigue: “Dos chicos se conocieron en la Universidad donde estudiaron y se formaron juntos. Acabados los estudios sus destinos se separaron, y por esos azares, Pi Jo pasó por Nuevo Méjico, concretamente por el poblado de Taos. Y vio lo que había y se maravilló, tanto como a mi me puedan maravillar las casas de bambú en la selva o a otros los rascacielos de Nueva York. En Taos, las casas eran de barro. Y Pi Jo se hizo la siempre osada pregunta: “¿Y porqué no?”.

“Volvió a su hogar, un pequeño pueblo en el noreste de Tailandia, y decidió que de ese modo construiría su primera casa. Durante tres meses, al acabar su jornada laboral, levantó, ladrillo a ladrillo su primer hogar. Día tras día las gentes del pueblo venían a visitarle, a reírse de él y darle “ánimos”. Le llamaban “El Doctor”. Y es que para las gentes del pueblo “El Doctor” era un perdedor, un fracasado. Alguien que fue a la gran ciudad para estudiar y triunfar, que incluso visitó los EEUU, para al final acabar volviendo a la aldea derrotado para construirse una casa de barro”.

“El Doctor” terminó la casa. No era perfecta, ni la mejor que se podía hacer, pero era un hogar y no se detuvo ahí. Algunos de los aldeanos, aquellos que tantos “ánimos” le habían dado, empezaron a construir sus casas con adobe también. Y Pi Jo decidió ayudarles, y de tanto construir y construir lleva ya 14 años levantando edificios (van 300) y enseñando a otros cómo hacerlo. La parábola llega ya a su fin, y nada sabemos de aquel compañero de universidad que siguió su propio camino, éste sí, como Doctor “de verdad”. Pi Jo le da la puntilla a ésta parábola con una pícara sonrisa: Su amigo el Doctor necesitará 30 años para pagar su casa, a él tan sólo le hicieron falta 3 meses de sus ratos libres”.

A un servidor, degenerado Arquitecto de oficio y profesión, hijo de la Escuela de Barcelona, estas arquitecturas transversales siempre le causaron cierta cándida simpatía. Cuando Albert me propuso acompañarles en este fin de semana de Arquitecturas de Adobes y Bambúes dije que sí sin pensarlo. Me pareció que podría resultar interesante aprender algunas “palabras nuevas” de vocabulario formal y constructivo. Como si esto del barro y del bambú sólo fueran nuevas poses que poder adoptar. La llegada a Mae Sot y la primera tarde con Albert me dejaron bien claro que había algo más detrás.

Detrás y más allá de lo bonito que pueda quedar en la foto y del qué dirán las visitas cuando vengan a cenar, queda el sentido común. La necesidad de tener un hogar para poder vivir, sin que el hecho de tenerlo implique una vida de esclavitud para poder pagar un préstamo, o la comúnmente dicha, hipoteca. Detrás y más allá de lo bonito que quede en la foto, está el hecho que pocas cosas hay que eleven más la autoestima de cualquier ser humano que el hecho de poder construir su propia casa, y la casa que será de sus hijos y de sus nietos. Detrás de todo esto está descubrir que las casas, al igual que las vidas de las personas, se pueden construir de muchas formas distintas y que mientras sirvan a su propósito dignamente, realmente qué importa cuales sean los medios.

Siento como si el fin de semana hubiera transcurrido alrededor de aquella mesa donde desayunamos el primer día, al tiempo que Pi Jo respondía a nuestra lluvia de preguntas. Con aquellos angelicales críos endemoniados revoloteando alrededor. Aprendí un montón de todas aquellas cosas que ya sabía de la universidad sobre el arte de levantar un muro. Que las sabía como el que sabe de un cuadro que vio en un libro, pero nunca contempló en la realidad, con calma, y con el maestro autor a su lado.

El perdido de “El Doctor” ahora ha sido elevado a erudito del arte de hacer las cosas fáciles, sencillas y baratas. Le invitan a dar conferencias por el mundo y tiene la oportunidad de interactuar con colegas suyos, doctos maestros en el milenario arte del barro. Y nos cuenta como le fascina y le maravilla la sutil y sofisticada capacidad que tienen algunos bienintencionados maestros occidentales, a los que no les basta con comprobar como se hacen las cosas de forma sencilla, que necesitan complicar el proceso, para poder escribir libros que casi nadie entienda.

No es un reproche, ni un grito al cielo, ni perderá un minuto rasgándose las vestiduras cuando se pregunta y nos pregunta “¿Porqué insisten en hacer difícil lo que es tan sencillo?”. Y ahí da en el meollo de la cuestión: “El rey anda desnudo”, y es que en occidente nos cuesta horrores no complicarnos la vida con tal de sentirnos “vivos, necesarios o especiales”. Nos complicamos queriendo tener más y mejor de lo que seguramente necesitaríamos. Nos complicamos buscando y esperando que nuestra pareja, amigos o familiares sean más y mejores de lo que seguramente merezcamos. ¿Saben a lo que me refiero?…

Los Nombres Propios. Mae Sot, Tailandia

En Occidente pecamos o sufrimos del “síndrome de las buenas intenciones”, o así me lo parece a mí desde aquí. Y me lo parece porque así reaccioné en un primer momento cuando me contaron sobre el drama Karen que lleva en marcha décadas y aún así es totalmente ignorado, al menos, en España.

Por un momento pensé que debía contarlo, que debía fotografiarlo, que debía salvar al universo. Exagero un poco, lo sé, pero a pequeña escala fue algo parecido. Luego me sentí un poco frívolo y bastante desconsiderado al tratar de fotografiar el campo de Mae La como si campara por un zoo, ignorando el sufrimiento y la angustia que yacían bajo el mar de chozas: la vida del refugiado, la impotencia de saber que no puedes volver atrás (Myanmar) ni tampoco avanzar hacía delante (Tailandia), que cada día será igual al anterior en esta cárcel que sin serlo, lo es. Entonces vi que me venía grande salvar el mundo yo solito y me di cuenta que no “debía”, pero que si “podría” empezar por otro lado, por el lado humano, por el de Los Nombres Propios.

Tuve la suerte de conocer a Albert en Myanmar. Así que me vine a Mae Sot. Albert me presentó a Line y Line a Koe Taw. Y después de Koe Taw vinieron Phillipa, Pah Me, Peter y toda la troupe de los Ga Yaw Ga Yaw. Y como todavía andaba algo sobrado de suerte, mi estancia coincidió con la celebración del Sweet December y con un road trip de 4 días por Chiang Mai, la frontera con Myanmar y la visita en plena jungla a la aldeas de refugiados de Noh Bo y Maw Kwee.

Me sentí afortunado porque durante unas horas volví a tener 14 años, y estábamos de campamentos maristas. Celebrábamos el comienzo de adviento, y con guitarras, velas y algún cancionero pasábamos un rato juntos, chicos y chicas. Todo era inocente pero con segundas intenciones que no sabíamos como concretar. Era emocionante y las risas nerviosas, tanto de ellos y como de ellas, valían por 10 borracheras y 15 bailoteos desenfrenados en una discoteca. No había alcohol ni era necesario porque la tensión subía por las nubes con tan sólo proponer un juego. Con algo de mirinda, coca-cola y muchas galletas en enormes latas de hojalata tuvimos, en Mae Sot, más que de sobras para pasar una noche memorable, en la que Albert y un servidor acabamos cantando aquello de “pero mira como beben los peces en el río”. Y todo lo estaba reviviendo con 30 años, muy lejos de mi hogar y con un par de nuevos amigos que al cabo de unos días ya serían cinco.

Me sentí afortunado porque aterricé en la Pun Pun Farm y conocí a algunas personas y algunos modos de hacer y vivir que nada tenían que ver conmigo hasta el momento. ¿Qué sentido tiene jugar a un juego del que ya sabes todas las respuestas? ¿No es mejor que te cuenten chistes nuevos o que te sorprendan con algún argumento que te descoloque? La Pun Pun Farm es uno de esos sitios que allá en Barcelona seguramente nunca visitaría, y que una vez visitado sólo puedo decir que lo disfruté. Que aprendí y que me sorprendieron con otros planes de vida. Planes que seguramente nunca lleve a cabo ni falta que hace, pero que expandieron mis horizontes y me hicieron replantearme cosas. A partir de ahí, cuantos más matices y colores tenga mi paleta, más amplias serán mis opciones. Los modos de vida distintos al mío, mientras sean coherentes, siempre tendrán mi respeto y atención.

Pero sobretodo me sentí especial porque me hicieron sentir normal, como uno más del equipo. Fue un road trip en todo regla, a bordo de nuestro lujoso 4×4 de alquiler. Escuchamos el mismo disco 20 veces seguidas, hablamos de todo para luego estar callados durante horas. Nos reímos, me reí y se rieron de mí. Discretos pero precisos, Koe Taw y Phillipa no desperdiciaron ocasión de hacerme la burla y bautizarme con un mote en karen (a ver si alguien lo adivina). Y como uno más del equipo compartieron conmigo su vida. Y me llevaron a su hogar Noh Bo, al campo base del Clan Ga Yaw Ga Yaw, y me fui enterando de su presente, pero sobretodo de su pasado. Del drama de su vidas y sus familias. Amanecí en la jungla envuelto en espesa niebla para ser invitado al primer aniversario de la hija de Pah Me. Y luego más dosis de realidad de la vida de esta gente. El Orfanato de diseño nórdico que quedó como manifiesto a la soberbia de los jóvenes arquitectos occidentales. O La Academia que ofrece la única posibilidad a los jóvenes karen para salir adelante: la Educación -nótese la mayúscula-. Y rematamos la jornada con la visita a Maw Kwee, una aldea perdida en el corazón de la jungla, donde toda visión idílica y edulcorada de la vida de otros tiempos queda vapuleada por la cruda realidad de un día a día lleno de alegrías, pero también de carencias y limitaciones. Cuando ya creía que mis 4 días habían sido una lluvia de experiencias impagables, me quedaba todavía un último capítulo por descubrir.

Me despierto mientras conducíamos por la carretera que bordea el rió Salween, paralelos a la frontera con Myanmar. Un mar de chozas de bambú y techos de hojas secas inunda el valle y se enfila por las colinas, montaña arriba. Todo ello enmarcado en un paisaje idílico que con los últimos rayos del sol roza lo sublime. No comprendo lo que veo, porque no es un pueblo, es demasiado grande. Tampoco es una ciudad, demasiado primitivo. Y pregunto a Line y me responde que estamos en Mae Lha el campo de refugiados más grande Tailandia. Y caigo en la cuenta que una valla de alambre lo cierra y que militares tailandeses vigilan sus accesos. Line le cede la palabra a Koe Taw que pasó en él su adolescencia. Una cárcel sin oportunidades, sin futuro ni porvenir. Hará dos años que mis compañeros de viaje y nuevos amigos tuvieron que dejar a medias una escuela que construían para coger las armas e ir al frente a luchar. Koe Taw esquivó las balas en un ataque y por suerte aquí le tenemos conduciendo el coche mientras Line me lo cuenta.

Dentro del campo tampoco hay dinero y Phillipa se detiene un momento para echarle un cable a un familiar y pasarle un billete de los grandes a través de la alambrada. Mientras, yo, que ya me veía con mi reportaje fotográfico de intrépido viajero, me quedé atónito, avergonzado y lleno de dudas ante la visión de ese lugar bello a primera vista que ocultaba un mar de dramas personales, de gente que paga las consecuencias de las decisiones de otros. Son los débiles, los pobres, los analfabetos que pagan las deudas de un conflicto que padecen y cuyo fin escapa a su voluntad.

Al final del viaje no fueron los grandes titulares los me impactaron y me hicieron comprender. Fueron los Nombres Propios con sus historias personales, fueron Koe Taw, Phillipa, Pah Me y todos los demás. Va por ustedes.

Sr. Albert Seny i Rauxa. Mae Sot, Tailandia

Hará como un par de navidades nos engatusaron, perdón, me engatusaron con un anuncio que cantaba algo así como “la feina ben feta no té rivals ni fronteres” (el trabajo bien hecho no tiene rivales ni fronteras). Era una extraña mezcla de orgullo nacional, con algo de fúrborl y cerveza Damm, “Estrella” que no “Voll” (lástima). Y me engatusaron porque era cierto, a pesar del cóctel transversal de referencias locales mencionadas.

Albert podría ser el más claro exponente de lo antes dicho, y es que el trabajo bien hecho no tiene rivales ni fronteras. Y también le sentaría como anillo al dedo aquello de “poc a poc i bona lletra” (poco a poco y buena letra) o sencillamente lo podría presentar como el más claro exponente del “seny català” (el juicio/sentido común). Albert es todo esto, pero a más a más también pasea con brío por las calles de Mae Sot la “rauxa catalana” (juerga catalana) cuando llega el momento.

Nos conocimos una noche de luna llena de noviembre en Hsipaw (Myanmar), y a partir de ahí y por obra divina de su generosidad se me abrieron puertas nuevas. Puertas que me invitaron a conocer de cerca su vida en Mae Sot, desde donde ejercía de Arquitecto, practicando una arquitectura de las personas y de las circunstancias (no debería ser siempre así, me pregunto). Desde el minuto cero todo fueron facilidades. Me presentó a su vida, a sus amigos y a su pareja. Ya durante la primera tarde, después de oírle hablar sobre su trabajo, sobre lo que implica comprender la situación, el contexto, y sobretodo, a las personas con las que se trabaja. Después de todo esto no pude dejar de comentarle/reprocharle que me parecía un lástima que sólo yo fuera el beneficiario de todo ese torrente de sentido común, de arquitectura realista, de humanidad*. No había lástima, ni pena, ni altiva compasión en su trabajo como cooperante. Había un sereno intento de comprensión de los hechos, un distanciamiento próximo, o una proximidad distante que le permitían mantener el temple y moverse entre los matices grises de la complicada situación que viven los Karen.

Supongo que ése fue el punto donde acabamos por encontrarnos. En este relativismo relativo que acaba tomando partido y mojándose cuando llega el momento. En esa honestidad, generosidad y buen humor que siempre he admirado y buscado por doquier a donde voy. Todo esto rematado y tamizado por la más contundente sencillez.

Señoras y señores, con ustedes, el Sr. Albert Seny i Rauxa.

*Estamos a la espera que anuncie la presentación de su Blog.

Lo irreal de un día real. Tailandia

Me encanta cuando de repente oigo una canción que me recuerda a otros tiempos y a otras circunstancias completamente diferentes al momento presente: Estoy trabajando en las fotos, sentado en una cafetería frente a un Kentucky Fried Chicken justo al ladito del único enchufe disponible de la Estación de Autobuses del Norte de Bangkok. Esta tarde, mientras espero ocho horas a mi autobús para Mae Sot, he decidido poner U2 en el menú, y cuando ha sonado “with or without” la cabeza se me ha ido a aquellas tardes de lloreras quinceañeras en la discoteca del sábado, el “Privat” de Mataró.

Quién me hubiera dicho entonces que mi vida habría tomado estos caminos. Y no me refiero sólo al mi Viaje por Asia. Pienso también en los estudios de Arquitectura, en mi año en Helsinki, en la vuelta a casa, los viajes por medio mundo y los 5 años en Barcelona, con estudio propio de Arquitectura incluido. Como me gustaría reencontrarme con aquel chaval que fui, mirármelo a la cara y decirle que no se preocupara, que todo iría bien, que iba a ser genial, y que si no metía la pata la vida iba a ser con él extramadamente generosa.

Y ahora aquí estoy. Está mañana desperté al susurro de las olas del mar, en una Isla, frente a una playa de arenas blancas. Me vestí, preparé mi equipaje y fui hacia el embarcadero. Llegamos a tierra firme y en 3 horas volvía a estar en el corazón de la Super-Bangkok mientras cruzaba la ciudad en el Skytrain atiborrado de los thais más “in” del momento. De nuevo en la gran ciudad, tan sólo unas horas. Ahora estoy de nuevo en las afueras, en la estación de Mo Chit, esperando un bus nocturno que me llevará a Mae Sot, en la frontera con Myanmar, donde se concentran alrededor de 100.000 refugiados birmanos y donde Albert, Arquitecto y de Barcelona, me ha invitado a pasar unos días.

Y mientras espero para volver de nuevo a las montañas pienso en lo irreal que puede ser un día real: Isla Paraíso – Bote – Bus – Megalópolis Asiática – Kentucky Fried Chicken – Bus nocturno – Amanecer en las Montañas.

ENJOY! Koh Samet. Tailandia

Playa de Koh Samet

Renuevo mi fe y mi desesperanza en la gente, en las personas. A cada día que pasa en este viaje me queda más claro que nada tiene sentido por si solo. Con a “nada” me refiero a los paisajes, a las ciudades, a los monumentos o a las playas más paradisíacas. No tendrán ante ustedes nunca a un apóstol de la soledad, aunque precisamente haya decidido viajar solo durante un año por Asia. Tampoco tendrán a un junkie de la compañía a cualquier precio: la gente que no te “enriquece” siempre sobra, por muy solo que uno pueda llegar a sentirse.

Pero la verdad es que necesitaba unos días de calma, para descansar, pero sobre todo para digerir y procesar todo el torrente de trabajo y contenido que supone tirar adelante Outteresting.com al ritmo y al nivel que quiero.

Siguiendo el consejo de unos encantadores cincuentones americanos que conocí en la cola del visado birmano y que casualmente reencontré a la vuelta, mi destino se llamó Koh Samet. Encontré la playa, encontré la habitación y al cabo de unas pocas horas en la pequeña isla, mis compañeras de viaje me encontraron a mí. Un par de ángeles cántabros llamados Paula y Ana fueron mis compañeras de isla durante 5 días. Por el camino perdimos a Víctor, pero sumamos a Adai, un canario que a pesar de habitar en un mundo que creía lejano al final me resultó sorprendentemente próximo (niños!: ni fumen, ni beban, ni tengan prejuicios que son mucho más malos que todo lo anterior).

Durante los días en la isla, más allá de disfrutar de la vida, renovar y perder mi fe en la gente, y procesar fotos y más fotos, lo más remarcable fue mi primera y única farra desde que empecé este viaje. No sé si la necesitaba, pero valió la pena y la disfruté como una de ésas “a recordar”. Nuevamente el factor clave fue la buena gente, que en esta ocasión se llamó “Matías y los noruegos”. Un grupillo muy majo de amigotes que andaban de relax en la isla. Yo ya me iba a la cama (como siempre me pasa) cuando Ana Relaciones Públicas S.A. me condujo hasta ellos. A partir de aquí, quitarse la camiseta y pintarse el cuerpo entero con pintura fosforescente fue la única opción razonable.

En medio de la vorágine de la noche, del buen rollo y de la Fiesta (nótese que se añade la mayúscula), cuando Adai me preguntó “¿qué te pinto en el pecho?” mi respuesta fue rápida y obvia: ENJOY! (disfruta!)

 

Bangkok: Ciudad de ríos, calles y callejuelas. Tailandia

Hace días que debería haber escrito sobre Bangkok. La ciudad a la que llegué, pero que no tengo muy claro si me recibió. Empecé pensando que hablaría de Bangkok haciendo referencia a dos de los ríos que la cruzan y que en cierto modo la articulan: el antiguo Chao Phraya apunto de desbordarse mientras escribo estas líneas, y el moderno “Tren del Cielo” (Skytrain) que surca la ciudad serpenteando entre rascacileo y rascacielo.

Limitar Bangkok a dos arterias sería no haber querido enterarse. Bangkok, ahora con Yangon en la cabeza, se me antoja como un complejísimo sistema de vasos comunicantes. Un ciudad gigante formada por una intrincada red de canales por los que no necesariamente fluye el agua, aunque a veces sí. Una red de canales donde la gente y sus vidas son protagonistas.

Cada gran avenida conecta con una calle menor, que a su vez conecta con una callejuela, que a su vez conecta con una callejón, que a su vez… El enredo parece no terminar nunca, y es que Bangkok es así. Desembarcar en Chinatown, sumergirse en sus mercados, apostar por el rincón más oscuro y encontrarse con un microcosmos desbordante. Donde los olores, los colores, las miradas, los gritos y los susurros te hacen sentir en mundo contenido dentro de otros muchos mundos. Eres el extraño, exhento, sobrante. Ellos lo saben y te lo hacen saber, sonríen por simpatía y por educación, pero te hacen saber que nunca lo entedarás. No hay grandes verdades, pero sí otra vida muy alejada de tu mundo, mi mundo. Un mundo que tiene campo base en Khaosan Road.

Khaosan Road, o mejor dicho, el “Infame Khaosan Road” es el nido, la burbuja que habitamos los viajeros occidentales que pasamos por Bangkok. Todos acabamos volviendo a él o a alguno sus afluentes. Un centro de gravedad sobre el que extrañamente orbitan gran parte de las rutas (mochileras) por el Sureste asiático. Lo peor de occidente presentado como lo mejor. Una caricatura de nuestro mundo. Un chiste malo que pone de relevancia nuestros defectos de la forma más grotesca. En mi opinión, un paso necesario por Bangkok, no tanto por lo que dice, como por lo que calla.

La última Bangkok -decir última es mucho decir, son muchas más y sus infinitos matices no pueden llegarse a descibrir- de la que hablaré es la Bangkok que se me presenta articulada entorno al Tren del Cielo: el moderno sistema de transporte sobre el que la Bangkok más rabiosamente moderna saca pecho. Sin saber nada de lo que iba encontrarme, habiendo visto ya algunas ciudades potentes del planeta, la Bangkok que me muestra el Sky Train me deja impresionado. Puede que no sea la mejor ciudad del mundo, ni la más más, pero ES. El qué, no lo tengo claro, pero en última instancia esta Ciudad es la manifestación fisica de las aspiraciones de un pueblo, los Thai, que por encima de todo apuestan, y apuestan fuerte. Si el caballo es ganador o perdedor ya se verá, pero visto lo visto, hay que reconocer que apostar así de fuerte es tenerlos puestos.

Esta última Bangkok no es impoluta ni immaculada. En ella habita algún que otro cadáver de la crisis del 1997 en forma de rascacielos agonizante sin terminar. También está surcada por infinidad de pequeñas calles, que albergan callejuelas que conectan a callejones. Detrás de los grandes edificios de oficinas surgen infinidad de puestos de comida callejeros, de carpas, de mesas en las esquinas. Una legión de modernos empleados impolutos atiborran y hacen cola para deleitarse con las excelencias culinarias callejeras: variadas, suculentas y baratas.

Compartí dos horas de cola frente a la embajada de Myanmar con un grupo encantador de cincuentones americanos. Alex (originario de Texas, dos matrimonios y 5 hijos, dueño de un Restaurante Tex-Mex y 10 años en Tailandia) me cuenta muchas anécdotas. Me quedo con una por el momento: Cuando llegó a Bangkok vivió en un pequeño cuarto, con un pequeño baño, una nevera y sin derecho a cocina. Debajo del edificio, en la planta baja, estaba el párking, lleno de mercedes y coches de alta gama. Los habitantes del edificio, al igual que él, no podían permitirse una vivienda mejor, pero siempre había dinero para lucir un Mercedes.

Bangkok? Cúal de ellas? Cúal de sus infinitos afluentes y versiones?.

El cuento de los tres cerditos. Bangkok, Tailandia

Lleva pasándome desde que llegué. Pensaba que sabía lo que sabía, y lo que no sabía no. El caso es que lo segundo ha resultado cierto y lo primero tampoco. Sé que es tontería repetirse sobre estos temas una y otra vez, pero la verdad es que, no a cada momento, pero sí demasiado a menudo, me encuentro preguntándome dónde carajo están mis fundamentos. Como en el cuento de los tres cerditos, yo pensaba que a estas alturas ya tenía una casita de ladrillo montada en mi cabeza, y resulta que a la primera de cambio, la casita es de paja y se desmonta al primer vendaval -ligera brisa en este caso-. Eso sí, los cimientos/fundamentos persisten, y como la casita es de paja -y yo arquitecto- la monto rápida y barata en un visto y no visto.

Y ahora es cuando me pregunto qué es lo que cuenta: la casita en si o los cimientos que persisten pase lo que pase. Me pregunto si el tema es saber como recomponerse a cada momento, o sencillamente no tenerlo que hacer porque ya se hizo bien. Y claro, si esto lo traducimos a la vida que llevaba/llevábamos/llevabais/llevaremos, entonces en qué quedamos. A fin de cuentas ¿No es nuestra vida-montada/casita el lugar en el que nos refugiamos cuando viene el mal tiempo? ¿No son nuestros amigos/familia/entorno, nuestro trabajo, nuestras rutinas, nuestros recuerdos, todos ellos un punto de referencia, un anclaje fijo cuando la barquita/casita va a la deriva a riesgo de perderse en el inmenso mar que puede ser este mal/buen vivir? Es allí donde buscamos el calor y el cariño cuando hace frío o cuando nos han herido. Así pues, si la casita es ahora lo importante, los fundamentos que parecen resistir a todo ¿Dónde quedan? ¿Dónde quedamos? ¿Dónde quedo?

Y todo esto como colofón a una noche tranquila y amable, en un bar pequeño con una blues band más thai que occidental en un local entrañable al que seguro volveré. Como si se tratara de un primer/pequeño nuevo cuartito de mi nueva casita ambulante y dispersa. Un lugar tranquilo y amable al que volver, no cuando haga frío -en Bangkok siempre hace calor- ni cuando me hayan herido -hace falta que te conozcan bien para que te puedan herir- pero sí volver porque sí, porque te sentiste a gusto la primera vez, y porque ya entonces sabías que esta cueva podrías sentirla también como una de tus cuevas.