Tenía que volver. Bangkok, Tailandia

Tenía que volver… Unos dicen que la vida es circular, otros la piensan lineal. Yo todavía no sé, pero sí sé que cuando marché sin dejar algo bien cerrado no me sentó bien, y tarde o temprano, ‘eso’ terminó por volver.

Volví a Bangkok, pero en esta ocasión para no volver más. Volví a Bangkok como tantas otras veces durante este viaje y ésta fue distinta. Tenía que cerrar el círculo, tenía que volver a donde llegué. Volví a la Apple Guesthouse de la que huí hace un año. Volví también al Blues Bar, a aquel lugar donde encontré cobijo cuando andaba muy perdido. Volví y tenía que volver a la Bangkok de las callejuelas, a la Bangkok de la letra pequeña y de las fachadas mugrientas sin autor. A la de los 1000 puestos callejeros donde comer bien por 3 pesetas. Y no volví también.

No volví también al calor y a la seguridad de Khaosan Road. No volví a la Chang Beer ni a las películas petardas que tanto me reconfortaron en su momento. Hará un año huí del Apple Guesthouse pensando que la compañía me haría sentir menos solo. Y estando más acompañado me sentí igual de solo, pero el ruido y el follón, al igual que el alcohol y la falsa familiaridad de un mundo menos ajeno, sirvieron para aletargar mis sentidos y mis angustias.

Y no me arrepiento de aquello porque eso era lo que necesitaba en aquel entonces. Pero ya no. Han pasado 347 días y no sé cuánto he crecido, pero sí sé que al menos ahora puedo mirarle a la cara a la soledad, que no es más que mirarse a la cara a uno mismo en general y a sus miedos e inseguridades en particular.

Volví al Apple Guesthouse y a un cuarto soleado de paredes forradas de plásticos estampados con un patrón floreado de colores pastel. Un cuarto que sonaba a murmullo de barrio que se cuela por las ventanas, a tintineo de platos en el fregadero al anochecer, de televisores encendidos a todas horas y a voces de abuelas que llaman a niños que corretean por el callejón. Volvía al Blues Bar y a sus luces tenues y a su decoración barroca. El maestro me recibió. Volvía a mí mismo, a mis fantasmas. Volví porque quería mirarme de nuevo en el mismo espejo. Y sin ver nada en concreto, al menos -esta vez- no vi miedo.

Mañana India. Mañana una nueva vida ¿Mañana? ¿Qué será de mí mañana?

– FIN –

Jungle Architecture. Mae Sot, Tailandia

En la Universidad nos educaron para salvar el mundo, para hacer del él un lugar mejor. Un discurso sincero envuelto en un aire de mesianismo humanista. Todo podía, y por lo tanto, todo sería más bello y más hermoso. Y las personas -¡Siempre las personas!- vivirían mejor. Nuestra educación se basó -con las mejores intenciones- en los grandes hitos de la Historia de la Arquitectura, con sus certezas incuestionables, sus ausencias incomprensibles y sus incoherencias. Para que aprendiéramos de obras eternas y para que aspiráramos a ellas, nunca a menos. Y todos pasamos incontables noches en vela redibujando aquella sección, soñando con que éste sí que era el bueno, el proyecto definitivo. Sintiendo que avanzábamos en la dirección correcta y que algún día también formaríamos parte del panteón de dioses paganos de la Arquitectura. 

Y para tal colosal reto, por supuesto, no bastaría con tan sólo ingentes cantidades de voluntad e ilusión, pues de voluntad e ilusión están a rebosar los corazones de los jóvenes arquitectos. Tal colosal reto al final acabaría requiriendo medios, dinero y un ramillete de buenos padrinos. Dinero, medios y padrinos que tarde o temprano aparecerían rendidos a nuestros genio. Pero más allá de estos discursos cojos y sesgados -los sigo pensando muy válidos, imprescindibles, pero estaban incompletos- , más allá y ya fuera de las aulas nos aguardaba una realidad que todos conocían pero de la que nadie nunca nos había hablado en las innumerables charlas de épica proyectual.

En la remota Mae Sot al oeste de Tailandia junto a la frontera con Myanmar se encontraron por internet Albert y Line preguntándose el uno al otro por letrinas. Ambos compartían un oficio, alguna inquietud y a corto plazo un destino. Deberían construir con muy poco y decidieron hacerlo lo mejor que pudieran. Deberían salvar al mundo pero con pocos o escasos medios. Jungle Architecture –arquitectura en la jungla-: Barro, bambú, hojas secas, madera y algo de hormigón y por delante el reto de servir a las personas sin dejar de sentir que construyen algo bello que hace del mundo un lugar un poco mejor.

Volví a Mae Sot mientras esperaba mi visado para India porque éste es el lugar que me es más hogar desde la distancia. Volví a Mae Sot porque quería volver a sentirme rodeado de buena gente que me tratara con el cariño que se trata a un viejo amigo que ha vuelto a la ciudad. Y volví porque había prometido que hicieran lo que hicieran yo lo documentaría con mis fotos lo mejor que sabría para honrarlos a ellos y a su trabajo, pero por encima de todo honrar al espíritu del “hacer lo correcto porque es lo correcto”.

No es que lo haces, es cómo lo haces. No es quien te mira, son los ojos con los decides mirarte y medirte. Nunca es lo que te falta, siempre es lo que eres capaz de hacer con lo que ya tienes. Jungle Architecture, sólo apta para valientes sin miedos ni complejos.

*Si quieres saber más visita A.GOR.A Architects, el Estudio de Arquitectura fundado por Albert Company Olmo, Jan Glasmeier y Line Ramstad.

Día 0: Ligero de equipaje. Bangkok, Tailandia

¿Te has preguntado alguna vez como empieza un viaje alrededor del mundo sin billete de vuelta, sin orden ni destino? ¿Cómo son esos instantes previos en los que cierras la maleta y te diriges al aeropuerto para tomar ese avión? El avión que no sólo te lleva a un lugar, el avión que te cambiará la vida para siempre y del que volverás convertido en otro.

La arrancada ha sido caótica, al más puro estilo “Franc Pallarès López cuándo cojones aprenderemos”. Estuvimos hasta demasiado tarde en La Roofhaciendo la mona y por el Raval de Barcelona bebiendo copas de más. Pero claro, dos de tus mejores amigos te dicen de ir a hacer “la última” horas antes de marcharte tan lejos y durante tanto tiempo, que al igual les dices que no. Y claro, como a más a más a ti tampoco nunca te ha gustado ir de parranda… pues ya la tenemos liada.

En La Roof sesión musical donde lo único que recuerdas son los temas de Tracy Chapman. ¿A lo mejor también un poco de Björk? ¡Ala chicos! Ataque de risa cuando Sam intenta liberarme de no sé qué contracturas y de paso miramos las estrellas un rato y ahora que me viene a la cabeza ¿Estuve todo el rato mirando a Marte?.

Serán las 6 de la madrugada cuando entre las nieblas de un sueño pesado y denso de alcohol en la sangre me despierta el ruido del interfono. ¡Mierda! ¡Me he dormido! Cojo el móbil de la mesita de noche para comprobar qué hora es y veo las 10 llamadas perdidas de mi madre. Resacoso no oí el despertador. No he cerrado la mochila y corro histérico por la habitación. Enciendo el portátil y recurro a la artillería pesada. El “Every Teardrop is a Waterfall” de los Coldplay suena a todo volumen y recupero el norte y la alegría. Empaqueto y cierro la puerta tras de mí. En este preciso instante dejo atrás una vida de 5 años en este edificio de locos. Me siento feliz por lo que dejo y doy mi primer paso al frente hacia este futuro incierto que se me viene encima.

El momento sin duda más emotivo ha sido la despedida con mis padres. Después de subir al coche y ver que el avión salía dos horas más tarde de lo que creía -primera en la frente- y después de equivocarme de terminal -que el ritmo no pare-, al final acabamos llegando a destino, hacemos un poco de tiempo y es ya hora de marchar. Y al decirles adiós, mis padres lo tienen mucho más claro que yo.

Ellos, serenos, dan la talla. Yo, al darme la vuelta, pongo carita de niño chico que está a punto de echarse a llorar. La mujer del control me mira y hace como que no me ha visto. Un giro más en la cola de acceso al control de equipajes, saludo a mis padres sonriendo y saludando con normalidad al estilo Borbón, media vuelta y otra vez pucheros… Paso el control, me pongo de nuevo los bártulos encima y dos saludos más manteniendo la compostura. Hasta que los pierdo de vista y no puedo contener las lágrimas, y una azafata muy guapa pasa junto a mi lado y también hace como que no me ha visto. No contaba con estar tan poco preparado para el momento de la despedida con mis padres.

La espera se hace eterna. Estoy resacoso, con las prisas no me he duchado y además noto los efectos de las últimas dosis de las vacunas del día anterior. Estoy hecho un cromo y por delante quedan unas 20 horas de aviones y transportes hasta que pueda descansar tranquilamente en el hostal. Y a más a más un poco angustiado por la entrada a Tailandia, visados y compañía, cosa que no he previsto en absoluto – pa’ chulo yo-. Al final todo bien, el viaje correcto pero nada relajado. Durante el primer tramo sufro un ataque de clarividencia y empiezo a pensar en que no les he dicho a mis padres que les quiero. Que tanta preparación del viaje de las narices y al final no he previsto algo de lo más importante. Y después paso a los amigos y empiezo a dudar seriamente que haya estado a la altura en este campo tampoco, al tiempo que tengo la certeza que ellos sí lo estuvieron.

La extraña despedida con Cris entre las prisas y la resaca lo deja todo claro. Ella lo ha sentenciado con un contundente “t’estimo molt”. Y eso es precisamente lo que me ha faltado decirle a tanta gente. Tanta preparación con el viaje y al final lo más obvio y elemental queda pendiente. Me quedo dándole vueltas al asunto y cambiando de postura en mi asiento mientras intento conciliar un sueño que no llega. Y no termina de llegar porque hace rato que mi cabeza piensa sola y encima, la muy cabrona lo hace con inusual claridad. Marcho lejos, no sé a qué, sin remordimientos de lo que dejo atrás, pero sin tener ni idea de lo que viene por delante, y lejos de la ilusión de las cosas nuevas que están por llegar me queda el regusto amargo de las cosas que creo no haber cerrado bien.

Consigo dormir y me levanto un poco más despejado. Casi estamos llegando a Bangkok y aterrizamos. Sonrío al salir del avión en medio de este ambiente de irrealidad que es llegar a un lugar nuevo y extraño sabiendo que comienza un juego que quieres jugar pero del que desconoces las reglas. Tren súper rápido al centro, bus local que parece no llegar nunca, caminata y llegada clavada al hostal, de las de manual de viajero. Y todo esto a partir de un mapa dibujado por el Gran León entre cervezas y gintonics en un post-it durante mi fiesta de despedida, la Mucho-Rojo-Bye-Bye-Party.

Las llegadas son siempre confusas. No tanto por la novedad de lugar, más por la novedad de la situación. El próximo destino será más light, espero, pero hoy ha sido un día largo, borroso, confuso, con mucho calor por la mañana y lluvia torrencial por la tarde. Me hierven los pies y el hostal, a pesar de estar bien, no me acaba de convencer: comparto habitación para abaratar costes pero necesito poder dejar el portátil en lugar cerrado y seguro para no tener que cargar con él. Todo me pesa.

Quiero viajar ligero y hoy no he sido capaz. Por un lado el ordenador -lo de menos-, por otro el aluvión de densos pensamientos que me han perseguido durante todo el viaje. ¿Y por delante? Por delante doce meses viajando solo por Asia… ¡Qué dios nos pille confesados!

* Este post fue escrito el 18 de octubre de 2011 tras mi llegada a Bangkok, un año antes de su publicación en este Blog.

Rutas. Tailandia

1. Recorrido:

Desde Bangkok hasta la frontera con Laos en Chiang Khong / 32 días
Bangkok (1-2-3-4-5-6-7) > Koh Samet (8-9-10-11-12) > Mae Sot (13-14-15-16) – ROAD TRIP  Chiang Mai / Pun Pun Farm / Mae Sariang (17-18-19-20) > Umphang (21-22-23) > Chiang Mai (24-25-26-27) > Mae Salong (28-29-30-31) > Chiang Khong (32)

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Desde Bangkok hasta la frontera con Malasia en Bukit Kayu Hitam / 16 días
Bangkok (1) > Koh Tao (2-3-4-5) > Koh Phangan (6-7-8) > Khao Sok (9-10-11) > Ton Sai (12-13-14-15) > Frontera – Bukit Kayu Hitam (16)

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2. Presupuesto & Gastos:

Primera Visita (Norte de Tailandia) / 32 días (Otoño 2011)
Visado gratuito de 30 días al llegar al aeropuerto / Gastos Totales durante el Viaje: 470€ / Gasto medio diario: 14,7€


Cambio Diciembre 2011 / 1€ = 40 Baths
· Precio Plato de Comida: De 40 a 60 Baths
· Precio Cerveza: 60 Baths (640cl)
· Precio Habitación: De 100 a 300 Baths

Segunda Visita (Sur de Tailandia) / 16 días (Abril 2011) / Visado gratuito de 30 días al llegar al aeropuerto / Gastos Totales durante el Viaje: 370€ / Gasto medio diario: 23,1€

* A tener en cuenta que los gastos de hospedaje habría que multiplicarlos por 2 teniendo en cuenta que compartí habitación con mi compañera de viaje y se abarataron considerablemente los costes.

Cambio Abril 2012 / 1€ = 40 Baths
· Precio Plato de Comida: De 60 a 80 Baths
· Precio Cerveza: De 80 a 120 Baths (640cl)
· Precio Habitación Doble: De 300 a 400 Baths

3. Escritos:

01. Día 0: Ligero de equipaje. Bangkok, Tailandia. Sección Irreflexiones.
02. El cuento de los tres cerditos. Bangkok, Tailandia. Sección Irreflexiones.
03. Bangkok: Ciudad de ríos, calles y callejuelas. Tailandia.
04. ENJOY! Koh Samet, Tailandia.
05. Lo irreal de un día real. Tailandia. Sección Irreflexiones.
06. Sr. Albert Seny i Rauxa. Mae Sot, Tailandia. Sección Gentes.
07. Los Nombres Propios. Mae Sot, Tailandia.
08. “El Doctor” Pi Jo. Chiang Mai, Tailandia. Sección Gentes.
09. El Río Line. Mae Sot, Tailandia. Sección Gentes.
10. “Be water my friend”. Umphang, Tailandia.
11. 30 Primaveras en Mae Sot. Tailandia. Sección Irreflexiones.
12. La Ciudad Hueca. Chiang Mai, Tailandia.
13. De Carpintero en Mae Salong. Tailandia.
14. BKK Siesta & Fiesta. Bangkok, Tailandia.
15. Luna verde. Koh Tao, Tailandia.
16. Anthony, no dejes de bailar. Koh Tao, Tailandia. Sección Gentes.
17. Al atardecer. Koh Phangan, Tailandia.
18. Tiina mueve el Esqueleto. Koh Tao, Tailandia. Sección Gentes.
19. Entre dos mares. Khao Sok, Tailandia.
20. Somos el atasco. Ton Sai, Tailandia.
21. Jungle Architecture. Mae Sot, Tailandia.
22. Tenía que volver. Bangkok, Tailandia.
23. Epílogo: ¡Qué Tío! Bangkok. Tailandia. Sección Postales.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Somos el atasco. Ton Sai, Tailandia

Es una viñeta cómica que vi alguna vez ahora no recuerdo dónde. En la primera escena aparece hombre dentro de un coche llamando a su mujer para decirle aquello de “cariño llegaré tarde a cenar, estoy en un atasco”. La segunda y última viñeta es una vista general de la calle atestada de coches parados con una frase que reza: “No estás en un atasco, ERES EL ATASCO”.

Khao Sok quedó atrás cuando hacíamos camino de nuevo hacia la playa. No hacia la famosa playa de Leo di Caprio, pero sí hacia las aguas del Mar de Andamán. De entre todos los destinos posibles evitamos Phukets & Koh Pih Pihs. Y si bien no puedo hablar de ellos porque nunca he estado me conformaré con la versión unánime de otros viajeros que he ido recibiendo durante los últimos 5 meses. Viajar como vivir es escoger, y en el viajar como en el vivir siempre es bueno hacerle caso a tus instintos. Un instinto que por esta vez apuntaba hacia Ton Sai.

Llegamos a Ao Nang empaquetados en la parte trasera de la pickup de línea que tomamos en medio de la carretera a Krabi. La primera y la única ocasión en que pudimos escapar de la red de transportes para turistas del sur de Tailandia. Y llegamos precisamente durante el Songkran, el festival del agua que pone fin a la extenuante temporada seca y que se celebra con agua, mucha agua. La gente esperaba pacientemente nuestro paso para bombardearnos con cubos de agua durante todo nuestro camino hasta el embarcadero. Miramos a nuestro alrededor y no entendimos en qué momento alguien dijo que la playa de Ao Nang no estaba de buen ver. Pero fue girar el primer cabo al sur en el longboat para ver aparecer Ton Sai & Railay y entender que no es que Ao Nang no valiera la pena, es que Ton Sai era algo excepcional, un puro decorado en el mejor sentido de la palabra.

Y ahí estábamos, aterrizando en las arenas blancas rodeados por colosos de roca que nacían directamente a pie de playa, y cocoteros, qué dios bendiga a los cocoteros y a la alegría que me provocan cada vez que veo sus desmelenadas copas al viento. La zona de Krabi en general y Ton Sai en particular es meca de escaladores. Esos tipejos menudos y fibrados hasta lo imposible que se agarran con uñas y dientes a una pared totalmente vertical y suben como el que no quiere la cosa. Envidia sana la verdad.

Pero para nosotros fue el punto medio perfecto. Entorno impresionante, puestas de sol épicas y algo de fiesta de baja intensidad. Sexo, drogas y Rock ‘n’ Roll sí, pero sin caer en el desmadre de “no sé qué día es hoy porque llevo 5 días seguidos pillando una turca monumental”. Y para colmo, y seguramente que por eso nos encantó Ton Sai, nos reencontramos con los vecinos del bungalow de Koh Panghan. Gran Omar, Gran Iñaki y Gran Mauricio. Y no venían solos porque allí ya había gente muy maja en este rincón de mundo que tiene como epicentro de la vida social el Mama Chicken. Un destartalado conjunto de cobertizos que albergan un restaurante cogido por los pelos, pero que sirve comida rica, variada y a buen precio. Qué más se puede pedir.

Y cae la noche y siempre hay un par de bares frente a la playa o bajo los cocoteros que ponen musiquilla y cervezas frescas a disposición de la clientela. Y ya la tenemos montada. Pero Ton Sai no es sólo ella misma, también puedes ir a Railay andando por el monte y a través de las rocas bordeando el mar o nadando, porqué no. Y Railay es algo más sofisticado y más caro, y se pierden un poco los aires más desenfadados de Ton Sai. Pero ¡Ai!, qué playas al amparo de mastodontes de rocas esculpidos por el tiempo y el buen gusto y la armonía. Y qué ascensión penosa entre raíces y barro para llegar a la laguna y disfrutar de vistas impresionantes de la zona. El lugar es bello hasta el insulto y uno no puede dejar de maravillarse por el color de las aguas y por la sensación general de que todo parece un decorado donde todo está armónicamente puesto en su sitio. Todo está tan en su sitio que te puedes comer un pad thai que te cocinan in situ desde una de las barcas atracadas en la orilla, pero ¡Ai! Todo está tan en su sitio pero sobra tanta gente. Pienso y le comento a Cristina lo genial que sería todo esto si no hubieran tantos turistas alborotando la playa. Y justo acabo de decirlo que inmediatamente pienso en aquella viñeta, en aquel chiste, y resulta no estamos en un atasco, resulta que somos el atasco.

Mi cámara ha muerto, mañana dejaremos Tailandia y a la madrugada del día siguiente llegaremos a Kuala Lumpur, en la vecina Malasia, para arreglar ésta o comprar una nueva. Mi cámara ha muerto, se ha apagado y no se enciende, y no soy capaz de concebir éste viaje si no puedo retratarlo. Así que apresuradamente hay un cambio de planes y ya, de sopetón, dejó Tailandia tras más de 2 meses habiendo recorrido el norte y el sur.

Me marcho con una sensación agridulce. Un país de una naturaleza impresionante en el sur y de algunos muy buenos momentos en el norte, pero por otro lado un país saturado por un turismo que lleva asentado muchos años y que ha creado unos circuitos de viaje de los que resulta complicado escapar. Tras 6 meses viajando por el sureste asiático me ha resultado demasiado complicado o imposible tomar un bus local en el sur de Tailandia. Y pagando más por el turístico he recibido peor trato y peor servicio que en lo buses locales de tantos otros países más humildes. Para los farangs –extranjeros- siempre lo peor. Los lugares son impresionantemente bellos, sí, pero están muy atestados de niñatos en busca de sólo borrachera y resaca en la playa, y de eso en España ya tengo suficiente como para recorrer medio mundo en busca de lo mismo. Y sí, lo reconozco, no estoy en un atasco, soy parte del atasco.

El cómo llegamos aquí y el cómo se sale de aquí no lo sé, no tengo respuesta. Es por una parte evidente responsabilidad de los occidentales que exportan lo peor de nuestra cultura y de nuestro modo de vida. Y es por otra parte responsabilidad de los locales, no por rendirse ante ello, que el dinero es dinero para todos y todos tenemos que comer. Pero en todo caso sí es responsabilidad suya no mantener los circuitos alternativos reales que de todos modos ya existen en países muchos menos desarrollados turísticamente, y que seguro que ya existían antes aquí. Pero no, nos han metido a todos en el mismo saco y han dejado muy pocas alternativas para salirse del camino marcado. Y todo para sacar más dinero a costa de perder algo de ¿dignidad?

Me costará volver a estos lugares tan increíbles, y no porque no lo valgan, sino porque me siento mal siendo partícipe de esto. Habré estado ya en cincuenta sitios que no tenían nada para ver y por un u otro azar del destino acabé encontrando gente encantadora que hizo de mi experiencia algo especial. Y habiendo comprobado que al final lo que cuenta, y lo que te hace esbozar una sonrisa al recordar, son esos momentos entrañables y no los paisajes espectaculares saturados de turisteo irreverente, decido que me bajo del coche. Sí, he sido parte del atasco, de este atasco, pero hoy me bajo y sigo mi camino andando.

Entre dos mares. Khao Sok, Tailandia

Echando la vista atrás, el paso por el Parque Nacional de Khao Sok queda enmarcado en 2 momentos. 2 momentos a solas con mi música y conmigo mismo tras ya 4 semanas viajando en compañía. En el lugar del que venimos –léase la península ibérica- la soledad es una peste, pero estando en ruta uno se vuelve adicto a ella, y sólo cuando la reencuentra de nuevo se da cuenta de cuánto la echó de menos.

Khao Sok es mundo aparte que pivota entre las Islas del Golfo de Tailandia y el Mar de Andamán. Parece una tierra de nadie eclipsada por destinos de playas paradisíacas, cocoteros y mares turquesas. Pero Khao Sok se vale por sí mismo. Son sus picos de roca caliza salpicados de un verde que desafía las leyes de la gravedad y el sentido común. Son unos cielos azules que sustentan exquisitas composiciones de nubes de algodón blancas como la nieve. Y todo ello se levanta sobre un plano continuo que es agua y que define el perímetro de un lago artificial. Un invento de los humanos y del progreso que ofrece la posibilidad de adentrarse en un paisaje de jungla de los tiempos jurásicos cómodamente sentado en una lancha bajo un sol implacable.

Llegamos a destino y frente a un cementerio de árboles ahogados flotaban las casitas que serían nuestro hogar por esa noche. A Cristina le pareció tétrico, con razón, a mi me pareció poético, sin razón también. Por la tarde paseíllo en kayak, ahora remas tú que yo estoy cansado, ahora remo yo, que sigo cansado pero que ya me toca. El kayak, ese gran invento de los dioses para poner en evidencia los problemas de comunicación de las parejas. Suerte que Cristina y yo sólo somos amigos y que nos dimos por perdidos hace ya mucho tiempo. El cielo azul que dio el pistoletazo de salida a nuestra expedición se fue volviendo oscuro y más oscuro a cada golpe de remo, y como no, al final nos pilló el chaparrón. Pero poco importaba, nos habíamos reído un buen rato con nuestra triste demostración de potencia física luchando contra la inexistente corriente que nos llevaba en la dirección contraria. Y a más a más, caliente estaba el aire, calientes las aguas del lago y calentita la lluvia aunque nos cayera a cubos.

Se hizo de noche y siguió lloviendo. Cristina ya dormía cuando tomé posiciones en el pantalán, repantingado sobre un flotador enorme, con algo de zumo de cebada y con Concha Buika cantándome al oído.

La tormenta de aquella noche fue monumental, absolutamente apocalíptica. El aparato eléctrico iluminaba las montañas al fondo, las islas al frente y las siluetas tristes de los troncos muertos entre ambas. Rayos que por un momento hicieron de la noche día y que iluminaron de tal forma la jungla que pude ver el verde intenso de los árboles y azul oscuro de las aguas en uno de aquellos brutales fogonazos. Y mientras Concha me susurraba al oído algo sobre “la niebla”, yo me perdía en mí mismo pensando en cosas de gran importancia que ahora ya ni recuerdo y recordando a cada ratito lo a gusto que se está aquí.

Rompía el alba en el lago y a falta de safari nocturno por la tormenta de la noche anterior, fuimos a la búsqueda de fauna al amanecer. Me quedo con aquellos rayos de sol colándose entre las nubes y rebotando sobre la superficie del agua tornándolo todo plata, oro y azabache. Plata las aguas, oro las nubes. Las montañas, las islas y los árboles muertos, todos ellos negro azabache al contraluz. Todo esto al este, al amanecer. Y mientras la niebla levantaba aparecieron los colores al otro lado, al oeste. Y vimos los árboles mecerse por el peso de los gibones que merodeaban en sus ramas aullando entre ellos. Y vimos el cielo roto por el vuelo de un par de calaos que en su suave planear parecían ir demasiado lentos como para seguir flotando.

Y volvimos y desayunamos y volvimos a partir. El desayuno sería el que fuere, pero el plato fuerte del día era un pequeño trekking por la espesa jungla de Khao Sok para llegar a un cueva. Oigo hablar de cuevas y ya se me va la cabeza. El pequeño trekking fue bien llevadero, no había cuestas, el camino estaba bien marcado y seco, pero, y digo pero, había alguna que otra sanguijuela. Y bastó con tener alguna subiendo por la pantorrilla y constatar cuan asqueroso es este pequeño animal para que el cruce de la espesa jungla se convirtiera en algo más que un paseíllo por el campo. Tras una hora andando y algún que otro avistamiento de pequeño reptil, llegamos a la boca de la cueva, y empezaba la fiesta en este volver a las entrañas de la tierra. Primero secos, viendo como a cada paso la caverna se estrechaba. Como los techos estaban plagados de murciélagos y como poco a poco el caudal del río que se abría paso ente las rocas se volvía más profundo y más caudaloso.

Yo disfruté como un enano a cada paso en falso que me hundía en la incertidumbre. A cada recoveco oscuro que impedía ver más allá de lo que uno pudiera imaginar. Con el agua literalmente hasta el cuello pero entre risas y nervios y la tranquilidad de estar con un par de guías que sabían lo que se hacían y que se divertían con nosotros sin complejos. Cruzamos la cueva, mi cámara sobrevivió en su bolsa anti-naufragios, y volvimos a la luz y la jungla. Nos sin antes presenciar una demostración de cómo se hipnotizan ranas y se las pone a dormir boca a arriba. Nuestras amigas las rusas salieron de la cueva algo atacadas, y Cristina salió serena pero algo preocupada por las sanguijuelas que mediaban entre nosotros y la lancha.

La vuelta fue frenética, a trote por no decir corriendo. Dora la Exploradora, mostrando su cara más “decidida” mandó correr a toda la expedición con tal de salir de aquella jungla lo antes posible y con el mínimo de mordeduras de sanguijuelas posibles. Le seguimos la corriente porque no teníamos más remedio, y porque sinceramente, las sanguijuelas, aunque indoloras tampoco eran plato de gusto para nadie. Y aún así todo sea dicho, las sanguijuelas son asquerosas y conceptualmente odiosas, pero mucho menos molestas que los mosquitos de toda la vida.

Sobrevivimos a la cueva, a las sanguijuelas y a nuestros miedos. Y antes de volver a casa, nuestras amigas rusas sugirieron un último paseo por el lago. Sabían dónde iban y nuestro guía fue lo suficientemente generoso para no regatearnos un último momento de gloria al atardecer. Montañas que se alzan hacia el cielo con gracia y descaro. Árboles que levitan sobre la nada y que mantienen en esta ingravidez las poses más gráciles. Cielos azules y otra vuelta más entre estas paredes que son acantilados y que son fuente de inspiración cuando llega el momento de imaginar mundos futuros e inalcanzables –léase las famosas montañas aleluya de la lejana Pandora de Avatar-.

Pero este mundo es real y sí está al alcance de la mano. Está entre las Islas del Golfo de Tailandia y el Mar de Andamán. Está tierra a dentro en esa porción de Tailandia que se descuelga por la península camino de Malasia. Estuvo para mí al alcance de la mano, a medio camino entre los susurros de Concha Buika en lago, y entre las melodías hipnóticas de Yann Tiersen al atardecer de vuelta en una furgoneta a través de la Tailandia menos turística y geológicamente más espectacular. Un mundo entre dos mares que yo siempre recordaré entre dos momentos rociados con la mejor música.

Tiina mueve el Esqueleto. Koh Phangan, Tailandia

“When I turned 30 I decided I would be a rockstar (Cuando cumplí los 30 decidí que sería una estrella de rock)”.

Ah! Adoro la determinación de los finlandeses. Para los que no la hayan experimentado en sus propias carnes, este tipo de determinación es una extraña mezcla de contundencia, sentido común y candidez. “Cuando cumplí los 30 decidí que sería una estrella de rock”, dijo.

Ante este tipo de afirmaciones una mente sureña recelosa sonreiría maliciosamente por debajo de la nariz. Una mente sureña como la mía, por ejemplo, pensaría aquello del “ya, sí, claro, y yo Judas Tadeo”. Pero ustedes no saben cómo las gastan estos norteños. Sus mentes han sido perfiladas por el frío, el silencio de las largas noches de invierno y por sus infinitas tardes de verano que enlazan día tras día con los amaneceres. Ah! Su tozudez y su perseverancia se cuecen a fuego lento bajo auroras boreales y días enclaustrados en sus hogares. Están a años luz de los calentones y la bravura del toro ibérico que deambula por la plaza orgulloso y decidido pero sin destino.

Tiina gozó de mi favor desde el minuto cero por el mero hecho de haber nacido en Suomilandia. Llámenme imparcial, digan que estoy cargado de prejuicios o que toda discriminación, aunque sea positiva, es discriminatoria. Lo acepto, he pecado, pero Tiina vino a confirmar una vez más mi fascinación por este pequeño país poblado por seis escasos millones de almas.

Se despertó un buen día y esta dama de pelo negro azabache, ojos azul eléctrico y piel blanca como la escarcha decidió que su vida tomaría un rumbo nuevo. Ni se tiñó de rubia, ni dejó el trabajo, ni quemo los sujetadores. Por el contrario siguió con su vida pero decidió añadirle un matiz más. Se apuntó a clases de canto, convenció a sus amigas para formar una banda de punk rock, The Shrieks,  y empezó a escribir canciones. La catarsis no habría estado completa sin un sacrifico de sangre y por eso estampó sobre su cuerpo uno de los tatuajes más hipnóticos que recuerdo haber visto en mi vida: un Esqueleto que danza envuelto en un mar de flores y nubes verdes y alguna rueda tántrica descarriada. Arrancándole en la nalga izquierda para llegarle hasta el hombro y acabar descolgándose por el brazo. El Esqueleto no es otro que el espíritu rebelde que vivía dentro de esta editora de libros freelance, que cursó Estudios Orientales en la Universidad y que de pequeña era la gafotas de la clase, se sentaba al fondo y no hablada con nadie mientras devoraba libros y más libros.

El resultado también se llama Tiina y no creo que sea muy distinto de la primera. Tiina no se reencarnó, no vio la luz, ni se hizo conversa. Tiina, lo único que hizo fue evolucionar a fuego lento en la dirección que sus sueños y sus anhelos le indicaban. Sin aspavientos, sin resoplos y sin complejos. Con la cabeza fría y el corazón maduro sin importarle lo que dijeran los demás. Y con esta actitud que porta, escucharla es un deleite, porque la humildad del que hace lo que hace porque siente que es lo que debe hacer puede hacer temblar los cimientos de las convicciones más sólidas.

La oigo hablar y la oigo reír. La escucho y me la miro y me recuerda a otra finlandesa, pero aquella era bajita, rubita y también batallaba contra dragones y no le importaba salir a la calle con barretina, ni que se le vieran los michelines por encima del pantalón. Pero Tiina es otra, es ella y el Esqueleto que le baila por el lomo. Cierro los ojos y le veo danzando entre nubes verdes al son del punk rock mientras desde la muerte le sonríe a la vida y a todas las cosas que damos por sentado.

Al atardecer. Koh Phangan, Tailandia

¿El paraíso existe? Sí, claro que existe, yo estuve en él, y puede que tú también y seguro que no era el mismo. El paraíso existe ¿Sí? Pero esta respuesta tiene trampa. El paraíso es ante todo una idea, un mito, y su existencia empieza y termina en nuestra mente. Y el mito es antiguo y ha sobrevivido a tanto que ahora es inabarcable y su reflejo se proyecta hasta el infinito en cada una de nuestras cabecitas bajo la forma de un millón de rostros incontables.

Dije que el mito empieza y acaba en nuestra mente. Empieza cuando vamos en su búsqueda, cuando recorremos medio mundo y nos fundimos los ahorros en busca de un rincón que case con una fotografía mental que hemos acarreado en la maleta y que hemos cuajado en la rutina diaria. El mito, el paraíso, el jardín del Edén del que todos procedemos y del que supuestamente fuimos expulsados. Pero es después, en nuestra memoria, donde el mito se afianza y se expande y se replica como un virus que nos contamina de por vida. Volveremos a casa, y seremos felices de nuevo en nuestros quehaceres cotidianos, pero a ratos se nos perderá la mirada frente al ordenador y recordaremos aquellos días o aquel instante al atardecer en el que todo era perfecto y en el que nos gustaría vivir eternamente.

Fue precisamente al atardecer, cuando en una de las playas del norte de Koh Phagan, la isla más golfa del Golfo de Tailandia, se ponía el sol y holgazaneábamos sobre la línea de arena que conduce a un islote anclado frente a la costa. Las palmeras coronan a lo lejos la cresta de una loma que se adentra en el mar. El agua templada allega a la orilla y su suave susurro nos invita a darnos un último baño en este momento de ensueño antes que el sol se oculte en el horizonte, tras el mar, tras la nubes y tras la cadena de islas de Ang Thong.

Por la mañana dejamos atrás el Koh Tao del que primero disfruté con mis padres y del que repetí al cabo de unos días con mi amiga Cristina. Ella lo disfrutó durante el día y en la superficie. Yo también durante el día -y alguna noche- pero bajo las aguas mientras cursaba el Advanced. Al atardecer, siempre al atardecer, en el momento más espléndido de Sairee Beach, tomábamos posiciones en el restaurante de turno sobre la playa y dábamos solución a todos problemas del mundo. Y después del festival de luz y colores sobre las nubes y el mar, caída la noche, era el momento de la playa y del fuego y de las conversaciones sin principio ni final con el Clan Koh Tao –Marcus, Christina, Rahel y Tiina– y todos los espontáneos y bienvenidos a nuestra mesa plantada directamente en la dura arena que la marea dejó tras de si. Koh Tao, un pequeño paraíso dedicado al aprendizaje del arte del bailar bajo las aguas.

Koh Phangan, conocida mundialmente como la cuna de la Full Moon Party, parada obligatoria en la ruta del petardeo por el sureste asiático –me remito a mi experiencia en Vang Vieng-. Sabíamos a lo que veníamos y como disponíamos de lo estrictamente necesario para pasarlo bien –la buena compañía del Clan Koh Tao– dudamos hasta el último momento. Finalmente decidimos hacerle caso a nuestro olfato de perros viejos –al menos en estos asuntos- y optamos por huir, literalmente, a la otra punta de la isla. La recompensa fue inmediata y ya montados en la minivan de turno, cruzando la isla por el centro, avistamos un montón de cocoteros y un elefante encadenado aparcado en el arcén como el que no quiere la cosa. La llegada a Chaloklum confirmó nuestras sospechas y por esta vez habíamos acertado: lugar tranquilo, aguas turquesas inmaculadamente transparentes, más arenas blancas y cocoteros que levitan inexplicablemente sobre la playa.

Cerramos la tarde con ese paseo hasta el atardecer de ensueño en Mae Haad y por delante nos quedaban todavía dos días más recorriendo la isla en moto. La primera jornada fue hacia el este y una demasiada larga vuelta nos confirmó que Bottle Beach valía la pena, pero que mejor habría sido ir en barco y dejar la moto en casa. El camino de gravilla no era plato de mi gusto y la caída en plena bajada de arena resbaladiza fue una muy mala noticia. En un momento dado, sencillamente pensé que de allí no sacábamos la moto. Los dioses nos mandaron auxilio y un jeep con dos parejas maltesas nos echaron el cable que necesitamos –tanto físico como moral, sobre todo moral- . Necesitamos de 3 adultos fornidos para trabar la moto con piedras y se necesitó de la sangre fría y la destreza de un servidor que, honestamente, no sé de dónde demonios salió, para finalmente remontar la moto hasta el llano. En Bottle Beach nos esperaba la tropa con la que pasamos el día haciendo la mona y disfrutando de un aguacero tropical a buen cubierto a la hora de comer.

Al día siguiente, más playas de ensueño sorteando aguaceros. Yo echando alguna que otra foto y durmiendo la siesta bajo el cocotero de turno hasta que Cristina me despertaba para agarrar la moto de nuevo y saltar a la siguiente. Y así hasta llegar, una vez más a nuestra favorita, a la del primer atardecer donde vagueamos, cenamos y nos regalamos otro nuevo festival de luces y colores y miradas perdidas cada uno en nuestros pensamientos.

La cara oscura de la moneda fue devolver la moto y comprobar que -si bien la habíamos rascado en la caída del día anterior- el rescate que nos pidieron fue sencillamente abusivo. Estamos en territorio comanche para los turistas y por estos lares hace tiempo que los farangs –extranjeros en el idioma local- dejaron de ser personas para convertirse en trozos de carne de los que extraer dinero, cuanto más mejor. Que tuvieran mi pasaporte como garante –error mío, NUNCA más lo dejaré- fue su coartada para extraernos de las entrañas hasta 250€ en concepto de rascadas –que a buen seguro NUNCA serán reparadas- y aún gracias que los sinvergüenzas nos hicieron un descuento. Me gustaría decir que fue una gota, pero en realidad fue un charco sucio y grasiento de mezquindad que nos amargó nuestro paso por el paraíso.

Lo bueno que nos llevamos, eso sí, fueron dos espléndidos atardeceres, un montón de siestas fuera de horario y de contexto bajo cocoteros en un sinfín de playas de las que ni siquiera recordamos el nombre, y un trío de vecinos de bungalow –un catalán, un navarro y un mejicano- con los que los dioses nos deleitarían de nuevo más adelante.

Habiendo pasado por el paraíso -y esperando cruzarme otros muchos tanto o más espectaculares que el anteriormente descrito- debo confesarles en voz bajita una cosa: antes de viajar a Tailandia yo ya había estado en el paraíso. Ahora me viene a la memoria un atardecer en la Isla de Suommenlinna frente a las costas de Helsinki: 2 tipejos, el eterno verano finlandés y algunas karhus. Recuerdo otros muchos atardeceres en la Playa del Canadell, en la exquisita Calella de Palafrugell en la costa brava al norte de Barcelona. Y me viene ahora a la memoria otro atardecer en una playa metropolitana a finales de agosto de hará 10 años: Floto sobre unas aguas del mar sorprendentemente limpias meciéndome al ritmo del oleaje. El agua algo fría mantiene mi cuerpo en tensión, la luz vibrante y multicolor, las nubes expandiéndose sobre el horizonte por momentos. Y sí, en aquel atardecer también estuve en el paraíso.

El paraíso no es un lugar, o sí lo es. Pero es un lugar que empieza y termina en nuestra mente, y si bien las playas de Mataró nunca serán comparables a las arenas blancas y las aguas turquesas de Koh Phangan y a sus cocoteros –quién pudiera volver-, el paraíso nos espera casi a cada esquina. Y vale la pena cruzar medio mundo para saborearlo, pero vale aún más la pena estar dispuesto a descubrirlo y encontrarlo en cada rincón.

En lo que a paraísos se refiere, no se trata tanto de comparar cual es mejor como de saber disfrutar con toda el alma del que tienes a mano.

Anthony, no dejes de bailar. Koh Tao, Tailandia

La primera vez que le vi no me gustó. Le creí otro de esos occidentales barrigudos con cuarenta años muy mal llevados que deambulan por Tailandia “seduciendo” a jóvenes bellezas y embelesándolas con sus palabras de “amor” y sus “dineros”. Darling (cariño), Honey (miel) o Sweetheart (dulce corazón), ahora no recuerdo con cuál de ellas se despidió de la chica que le acompañaba antes de darle un repasón de los pies a la cabeza. ¿¡Y encima y para colmo llevaba gafas con cristales amarillos!? ¡Por dios, pensé, ni Bono -el cantante de los U2- las lleva ya!

Esperé cinco minutos más antes de subir a la clase para mi primera lección teórica de submarinismo y cuál fue mi sorpresa cuando le vi entrar y presentarse como el profesor. ¡Dios! ¿Este es el personaje al que le tengo que confiar mi vida cuando esté allá abajo? Intenté mantener el pie sobre el freno de mi cadena de prejuicios para no prejuzgarle demasiado, pero me estaba resultando tremendamente complicado. Estaba hecho todo un payasete. Se movía de una punta a otra, gesticulaba con las manos, con la cara, con el cuerpo. Subía el tono, lo bajaba. Todo parecía una función y lo era. Lo era porque llevaba 20 años haciendo lo mismo y la única forma de no morir en el intento era disfrutándolo. Y la única manera de disfrutarlo era interpretándolo, no de forma sesuda. Interpretándolo de forma delirante, cómica y teatral, sin dejar de transmitir el Mensaje.

Debo confesar que al cabo de un rato me empezó a caer bien, y tiene gracia que el punto de inflexión fuera su verde y delirante sentido del humor. Sencillamente no podía parar de trastear y flirtear con las alumnas del curso al tiempo que alzaba la vista a los cielos clamando amor eterno a la que durante los últimos 10 años había sido su queridísima esposa y madre de su único hijo. Me encontré siendo en el único de la clase que le reía las gracias. Y es que Anthony era muy gracioso y sepan que para estas cosas me considero todo un sommelier. Estaba ante un auténtico enfermo mental incapaz de no encontrarle el doble significado a todo llevándolo siempre hacia el lado oscuro de la fuerza. ¡Grande! En menos de una hora yo me había rendido, él me había reclutado y ya formaba parte de su equipo.

Era un payaso, pero que como buen payaso sabía lo que se hacía y decía. Era un seductor que a falta de tipo usaba el verbo para embelesar, y no sólo a las jóvenes bellezas locales. Poco a poco todos acabamos cayendo en sus redes. Sabía lo que decía y lo que se hacía y todos empezamos a dudar y cuestionarnos esa primera fachada de impresentable que parecía pasear con orgullo.

Había una historia por desvelar y se olía en ambiente y en la cadena de preguntas sin respuesta. El bueno de Anthony ya había confesado que durante los últimos 20 años había sido instructor de buceo. Se había sumergido en las aguas de medio mundo y había tenido encuentros con algunas de las criaturas más maravillosas que pueblan los océanos del planeta. Amaba su vida actual y hacía 10 años que estaba casado con una tailandesa con la que tuvieron un hijo. La amaba a ella, le amaba a él y se amaba a sí mismo y a su vida. ¿Y antes qué?

Anthony, el payaso, el polémico seductor convertido en buceador, ¡Había sido bailarín de danza clásica! Durante su vida pasada, la que empezó en su adolescencia y le duró hasta la vuelta de los 30, Anthony había viajado por todo el mundo bailando en teatros y conviviendo en compañías de jóvenes efebos y damas de porcelana. Cuerpos entregados a la danza, a sí mismos y al placer de su existencia en un extraño paraíso temporal, atrapados en un exclusivo universo endogámico donde todos eran jóvenes, fuertes y bellos. Pasaron los años, las locuras, la magia y la vida en el paraíso empezó a pasarle factura. El paso del tiempo había empezado a hacer mella en su cuerpo cuando el otoño llamó a su puerta.

Huyó como tantos huyeron y huirán. Huyó buscando aire fresco y espacios nuevos en los que aclarar sus sueños y poner en orden sus ideas. Y su osamenta “atormentada” recaló bajo las aguas del Koh Tao virgen de principios de los 90. Y sintió que algo nuevo empezaba, que una nueva vida le reclamaba. Durante dos años compaginó sus dos vidas hasta que acabó por aceptar su realidad, cerrando una puerta que le permitió abrir otra, consciente que, no pudiendo estar en dos sitios a la vez, hay momentos en la vida en los que hay que escoger.

Y pasaron 20 años y Anthony calza ya 47. Clama a los 4 vientos su amor y su devoción por la vida que vive que es la que escogió. La ama a ella, le ama él y se ama sí mismo. Le escucho y dios me libre de dudar de su sinceridad. Pero algo hay que me hace sentir que llegó un momento en su vida que tuvo que elegir y que no fue por gusto. El paso del tiempo se mostró implacable con él y tuvo que aceptar su realidad para dejar atrás una vida que nunca dejó de amar. Aceptó que debía evolucionar sí quería seguir aspirando a ser feliz y escogió.

Le escucho y dios me libre de dudar de su sinceridad, pero hay algo en la insistencia del amor por su dama que me hace dudar. Hay algo en la persistencia de sus flirteos que me hace pensar que cambió porque supo que no tenía más opción. Hay algo en las tristes miradas perdidas entre broma y broma y en sus sesudos silencios que me hace pensar que éste fue para él el mal menor. Y aún así le veo feliz y le veo como un valiente, que consciente que podía equivocarse, comprendió aquello de “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. Que la vida cambia para todos y que quedarse estancado por miedo a tener que escoger es morir en vida. Porque estar vivo es más que respirar, estar vivo también es saber entender tus tiempos y saber adaptarse a los cambios.

Anthony dejó los escenarios pero no dejó nunca de bailar. Siguió bailando bajo las aguas de medio mundo. Siguió bailando cuando haciendo el payasete nos transmitió su amor por el mar y por la vida. Y me gusta pensar que cuando los tiempos vuelvan a cambiar para él, volverá a ser valiente una vez más y seguirá bailándole a la vida aún a riesgo de equivocarse.

Luna verde. Koh Tao, Tailandia

“Pues polvo eres y en polvo te convertirás” Gn 3:19

Éstas son palabras del Génesis y puede que anden en lo cierto una vez muertos. Pero mientras estemos vivos nunca seremos polvo. Mientras sigamos vivos siempre seremos Agua.

Cómo describir el mundo perceptivo que se abre ante un humano cuando se sumerge por primera vez bajo el mar y por las artes mágicas de la técnica le es dada la oportunidad de respirar bajo las aguas. Lo primero que uno descubre es que el mundo en el que siempre vivió nunca fue realmente tridimensional. En teoría sí, pero en la práctica la fuerza de la gravedad siempre nos mantuvo pegados a la tierra y el ir hacia arriba siempre fue un ir hacia delante más trabajoso. Bajo el agua, desaparecida la tiranía de la gravedad, sólo queda flotar y desplazarse a voluntad.

Cómo describir ése instante en el que se comprende que la superficie del mar es realmente una frontera tan radical y definitiva como lo pueda ser la última capa de la atmósfera terrestre. Más allá de la superficie, espejo de feria que todo lo distorsiona, está nuestro mundo donde las cosas caen y sólo existen la izquierda y la derecha y el delante y el atrás. Tras esa frontera no son sólo las leyes físicas las que se alteran. Los océanos constituyen un mundo habitado por criaturas que ya siguen otra lógica. Es realmente otro planeta que si bien hoy en día nos parece cercano gracias a la televisión, en realidad está lejos, muy lejos.

Bajo las aguas, alimentados por la técnica y nuestro tanque de oxígeno, el ruido de nuestra respiración se vuelve atronador. Las burbujas, prueba de que seguimos vivos, se convierten en el latido, en el compás que marca nuestra existencia. Los sonidos aparecen amortiguados. Todo es más azul, oscuro y conceptos como la línea del horizonte ya carecen de sentido. El infinito mundo de los océanos se manifiesta poco a poco, la visibilidad es reducida y más allá de los diez, veinte o treinta metros que nos permita ver el estado de la mar, lo que percibiremos a todo nuestro alrededor es la nada oscura, profunda e insondable.

Son estas tinieblas y las criaturas que las habitan lo que ha atemorizado y fascinado a los humanos durante siglos. Son esas tinieblas y ese misterio y las ansias por descubrir y comprender la belleza de los océanos lo que atrae a miles de personas hacia las aguas, ése medio hostil para los humanos, para bucear, comprender y empezar a amar un mundo que siéndonos extraño es a fin de cuentas el nuestro. A fin de cuentas y mientras estemos vivos, somos y seremos agua.

Vine a la isla de Koh Tao guiado por una fe ciega en las Crónicas de una Cámara: descubrir el sureste asiático era una misión que requeriría adquirir habilidades especiales entre las que el submarinismo era una de las esenciales. Koh Tao: una pequeña isla a un tiro de piedra de Bangkok en la que en 4 días puedes aprender a bucear, conocer a gente espléndida y saborear exquisitos atardeceres a la orilla del mar y noches fiesta de baja intensidad. Una maquinaria perfectamente engrasada para disfrutar y aprender.

En mi primer asalto me acompañaron mis padres, Conchi & Txelo, y durante mi curso de Open Water los dioses me regalaron la compañía de Tiina, Marcus, Christina & Rahel, el Clan Koh Tao. Y no sólo eso, porque el bueno de Anthony fue nuestro instructor y lo pasamos en grande bajo las aguas, en el barco y en el playa frente a las hogueras en las cálidas noches del golfo de Tailandia.

Volví a Bangkok a pasar los últimos días con la familia, y el mismo día en que mis padres volvían a España se manifestó entre las brumas mañaneras del infame Khao San Road Dora la Exploradora –mi amiga Cristina de toda la vida-. Al cabo de unas horas, tras despedirme de mis papás ya estábamos montados de nuevo en el bus nocturno que nos llevaría al muelle, y de allí a la isla.

Atrás queda todo, atrás queda el mundo de los sueños que palpita en la impenetrable oscuridad de la noche bajo el manto de las aguas. Estoy en la cubierta del barco y la noche de Koh Tao me parece clara y cristalina, todo es intenso y bien perfilado. Las luces de la orilla, la silueta de las colinas, las estrellas de este cielo y una luna bastante llena. Estoy solo, saboreando estos momentos posteriores a mi primera inmersión nocturna. Y es que acabo de soñar de despierto y deambular en vida en la nada oscura que es éste inmenso desierto negro, el océano tras ponerse el sol.

Salté a las aguas oscuras y los músculos más inverosímiles me empezaron a atormentar. Calambres por todas partes, en las piernas, en ambas, en los gemelos y en los muslos, por delante y por detrás. Por unos instantes el dolor me invade por completo y tengo la certeza que no podré hacerlo, y parecen ser los nervios y las excitación los que me juegan malas pasadas. Tomo aire y en el agua estiro y me trago mi dolor. Las ganas me pueden y esta noche, sí o sí, viajaré despierto al mundo de los sueños.

Para mí no es tanto lo que vi durante aquella inmersión. Para mí fue la sensación y la certeza que el mundo es más denso y más complejo de lo que siempre dimos por supuesto. Que realmente hay diferentes planos y diferentes dimensiones en esta misma realidad. La simple oscuridad y el vacío inmenso e impenetrable que es el mar te transporta a un estado de suspenso que te hace dudar de tus sentidos. Y en este mundo de nada los jardines de coral y las criaturas marinas te hacen sentir como un cosmonauta en el espacio exterior. El haz de luz de nuestras linternas es el machete que corta la materia densa y gelatinosa y con estos nuestros cuchillos nos vamos abriendo paso a través de la espesura de esta nada.

Apago mi luz por unos instantes para mirar hacia abajo. Nada Negro Nada Vacío. Apago mi luz por unos instantes para mirar hacia arriba y una luna verde y temblorosa se alza victoriosa tras la superficie como la única referencia en este mundo. Éste es el gran momento, el que recordaré para siempre en la brumas de mi memoria, el paisaje más elemental que nunca mi imaginación ni mis sueños más locos alcanzaron a alumbrar. Tan abstracto, tan onírico y aún sí tan hijo legítimo de la más pura realidad tamizada por el vaivén de las olas del mar. Una luna verde desdibujada que danza sobre un fondo negro, húmedo y frío.

BKK Siesta & Fiesta. Bangkok, Tailandia

¿Ascensor planta 40? Se abren las puertas mientras ruge el sonido amortiguado de la música a todo volumen. Por encima de nuestras cabezas la Altitude Party en el Imperial Queen’s Park Hotel de Bangkok. Atrás, en la planta baja de este hotel, un hall de 5 estrellas del que cuelgan unas inmensas lámparas de araña que de tan enormes y lujosas resultan cómicamente grotescas.

Altitude Party: Antenas, tuberías, dos escenarios y dos ambientes y proyecciones en las paredes destartaladas. Una nueva Roof que añadir a mi colección de lugares mágicos y especiales por encima de las nubes. Ésta en concreto flota a la deriva en la noche de un viernes de marzo sobre la megalópolis asiática de Bangkok.

Como suele ocurrir en estas ocasiones, en realidad no debíamos estar aquí. A estas horas teníamos planeado haber vuelto a casa y estar dentro del sobre, pero pasó lo que suele pasar. Anuka, mi anfitriona en mi tercera incursión en Bangkok, estaba cansadísima de trabajar toda la semana. Franc, un servidor, se adaptaba al plan fuera el que fuera. Anuka se sentía mal por dejarme en casa un viernes noche y acordamos que por una cervecita con los Chilenísimos en el Majilis no pasaba nada. Y el Majilis, un local a medio camino entre jardín moro y mansión tropical, fue el marco perfecto para que cuajara la química y el buen rollo con esta buena gente divertida e interesante. Y entre caña y pipa y cojín mullido acordamos que lo mejor era continuar la fiesta, y esta noche tocaba fiesta en las alturas.

Los astros se alinearon: la música, el lugar, las luces de la ciudad y la compañía. Lo pasamos tan en grande que los señores de las escobas que barren cuando todo el mundo ya se ha ido nos tuvieron que pedir por favor que nos fuéramos a casa. Lo pasamos tan bien que al día siguiente tuvimos que repetir. Repitieron Anuka – la maestra de ceremonias -, Francisco – grande Francisco – , Fran – otra viajera por el sureste asiático como yo – y repitió Franc Pallarès López.

Quien tuvo retuvo y durante muchos años fui un adorador de la noche y del pódium y de la última canción. Con el tiempo supongo que evolucioné y opté por ser director de orquesta en la siempre compleja sinfonía de escoger correctamente la secuencia de bares en la noche de Barcelona y aprender a decir que no a esa última copa. Y a pesar de todo esto, desde que empecé este viaje, sólo de pensar en fiesta y follón me entraba mucha de pereza.

Quien tuvo retuvo y a la segunda noche, después de petardear en casa de Anuka y de ponernos mil videos en youtube y de pedir otra Chang más al servicio de habitaciones decidimos que finalmente esta noche también saldríamos, y que iríamos al encuentro de los chilenos – de Fran y Francisco – y que nos disfrazaríamos y que ya puestos me pintaba las uñas de negro y que la vida es corta y que por mucho que digan, nadie te puede quitar lo bailado.

Al Nest primero y luego directos al infierno, al infame Insomnia de Bangkok. Y fiesta, y música atronadora y luces y gente y aquí sí que me llevé la cámara. Lo que bailamos no lo sé, de lo que hablamos no me acuerdo, pero que reímos y saltamos, eso sí que sí. Totalmente agotados al día siguiente, al igual que al día anterior, dormimos más y más. Fiesta & Siesta, Siesta & Fiesta reza uno de los mantras ibéricos por excelencia.

Mis 3 días en Bangkok bajo el auspicio de Anuka fueron el revulsivo perfecto a mi saturación viajero-existencial. Fue la manera ideal de conocer otra cara más de esta Ciudad: la nocturna, la más intensa y fiestera, frívola y extravagante. Y aún así tan esencial y complementaria a aquella que forman los callejones y los canales y los kilómetros de fachadas ennegrecidas por el moho y la lluvia. Un reseteado ideal para encarar las dos próximas semanas. Mañana aterrizan mis padres en Bangkok y durante los siguientes 15 días el viaje, el blog y yo mismo quedo en suspensión para volver a ser el niño de papá y de mamá.

Papa y Mama, Bienvenidos a Asia!