Palos de Ciego. Kolkata, India

El sol se alza preciso por oriente en un nuevo amanecer en Kolkata. Camino a tientas por Alimuddin Street en dirección a la ‘Casa Madre‘ cegado por las lagañas y la luz del sol que me da en la cara. La mezquita de turno berrea por sus rimbombantes altavoces plateados la llamada a la plegaria del momento, la segunda del día a juzgar por mi sufrida experiencia en Indonesia. Y al frente, saliendo al paso de una calle medio desierta en una ciudad medio dormida, me cruzo con una silueta envuelta en una nube de polvo que avanza lentamente hacia mí. Un susurro, una sombra a contraluz que deambula arrastrando los pies.

Nuestro encuentro dura un instante, nos cruzamos apenas unos segundos, pero aún hoy, pasados los meses, todavía pienso en él. Primero distingo su ‘kufi’ -gorrito musulmán- para luego entrever que va con un palo por delante, para finalmente descubrir que no es un palo, que es tubo fluorescente. Este señor es ciego y ante la postal del momento se me encoje el corazón…

Que en Kolkata -ciudad de caos abrasadoramente desbordante, paradigma de la ciudad hostil por antonomasia, donde cruzar la calle con dos ojos y dos orejas ya es una aventura- este hombre se abra paso a través de 14 millones de almas con un tubo fluorescente por delante es un prodigio y un sinsentido. ¿Desamparo? ¿Inocencia? ¿Candidez? ¿Desesperación? ¿Fragilidad? Fragilidad… la de su existencia y las existencias de esos otros tantos millones de seres humanos que penden de un hilo y que parecen ganarle la partida a la injusticia de haber nacido en esta ciudad, lugar maldito, pelando por cada bocanada de aire.

El milagro de haber sobrevivido, el coraje de seguir hacia adelante, como sea, con lo que sea, aunque lo único que se tenga a mano sea un triste tubo fluorescente que alguien abandonó en un rincón y que por el momento, por muy frágil que fuere servirá hasta que deje de hacerlo, hasta que estalle en mil pedazos y ni recoger los trozos valga ya la pena. Y entonces, volver a levantarse, volver a caminar a tientas hasta encontrar una nueva vara, otro nuevo bastón, lo que sea, como sea, porque en la nada y ante la nada cualquier ayuda es una bendición, aunque nomás valga para llegar hasta la próxima esquina, aún a sabiendas de que con ella puede que lo único que consigas sea cruzar la próxima calle. Lo que sea, como sea, dando palos de ciego al amanecer de este nuevo día envuelto en una nube de polvo, peleando a cada paso por la siguiente bocanada de aire.

Bellos por Durmientes. Kolkata, India

Aparecen por todas partes: lo mismo duermen haciendo malabares sobre una barandilla abalaustrada, lo mismo andan recostados a las puertas del templo a la diosa Kali, la negra, la de los tres ojos rojos y la gran lengua dorada.

Descansan –lo vieron mis ojos- al atardecer, justo antes de que se abran los cielos y caiga el diluvio, reposando su maltrecha osamenta en el carrito de los helados a las puertas del monumento a la Reina Victoria, siempre encima, nunca debajo, para que no nos roben los helados mientras soñamos que somos los héroes de las películas y que al final nos casamos con la chica guapa de la mirada triste. Duermen todos como ángeles, como si lo de la vida fuera en realidad una broma, Maya, una ilusión. Duermen los bellos benditos y alguno soñara con el rugido del dragón junto al estruendo de una avenida en Kolkata, otro con el siseo de una gran serpiente al son de miles de suelas gastadas arrastrándose por la calle cortada.

Hará apenas unos días que puse mi primer pie en la India, y parece que aquí todos juegan a un juego. Que cuando cae la noche de repente se hacen todos los dormidos y se desploman allá donde los haya pillado la oscuridad. Caen fulminados sobre las aceras y pretenden dormir, y gana el que consigue aguantar hasta el día siguiente, ignorando los bocinazos, la dureza del asfalto contra los huesos, el frío que uno pueda sentir o la lluvia que a uno le pueda caer. Pagan justos por pecadores, por no haber llegado a casa a tiempo, por no tener ni siquiera una casa a la que llegar, ni una chabola, ni una triste lona azul o un techo de uralita corrido a pedradas. Algunos sueltos, otros tantos en familia.

Duermen todos los benditos, que como la bella del cuento, lo son -bellos- tan sólo por el hecho de haber cerrado los ojos. Duermen y pienso que algunos, la mayoría, serán buenos, y pienso -me pregunto- por la cara de los malos… ¿Qué cara ponen los canallas cuando duermen? Los que roban por codicia –que no por hambre-, los que matan, los que violan, los que mienten, todos esos que hacen daño sabiéndolo y queriéndolo…

Duermen plácidamente todos estos rostros bellos y serenos por las calles de Kolkata, pero no es un sueño, es su realidad. No es un juego, es su vida.

A base de malvivir no les quedó más remedio que aprender a tomarse un descanso de su implacable existencia –y seguramente injusta- en cualquier momento y en cualquier rincón. A pesar del barullo, a pesar de las chinas punzantes en los costados. A pesar de todo, de los sinsabores de una vida perra, de la miseria más apabullante, a pesar de todo ello, los rostros de miles de bellos durmientes salpican las calles de la extenuada Kolkata.

Todos con la misma cara, los buenos y los malos. Todos con la misma cara, los ricos y los pobres. Todos con la misma cara de ángeles benditos, todos ellos, como tú y como yo, como tus hijos y como los míos, todos ellos bellos y benditos por el simple hecho de estar dormidos.

Kalighat Road. Kolkata, India

¡Con las pocas mujeres que parece haber por las calles de Kolkata y aquí no hago más que ver cuerpos voluptuosos a cada esquina! ¡Qué caderas más espléndidas! ¡Anchas y tan bien contorneadas cómo para perderse en ellas una y mil noches! ¡Y esos pechos redondos como naranjas desafiando las leyes de la gravedad! ¡Y ya puestos les ponemos ocho brazos que con dos no bastan! …¿Y ellos?… ¡Qué no luzcan tampoco menos de un par de buenos pectorales subrayados por unos perfectamente definidos abdominales sustentados sobre un buen par de firmes nalgas hercúleas!

Que no mal piense nadie, que no ando de paseo a media noche por ningún distrito rojo: es lunes por la mañana y esto es Kalighat Road, un lugar especial de Kolkata donde docenas de artesanos trabajan a destajo y a contra reloj para tener listos todos los ‘murtis’ que desfilarán por las calles durante el festival del Durga Puja.

Vine a parar aquí por una pequeña reseña en la guía de viajes y al leerla supe al instante que esto era para mí; así que, ya que estaba en la zona y tras mostrar mis respetos a la diosa Kali-, me lié a dar vueltas por los callejones de los alrededores. Tras algunos pasos en falso no tardé mucho en darme de bruces con la puerta entreabierta de un taller. El artesano que trabaja en su última obra me mira sorprendido y me invita a pasar con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué bien me saben estas pequeñas delicias! Son estos los momentos por los que vale la pena arriesgarse a perderse un poco.

Un patio y un tendal y unas cuantas esculturas a medio hacer: Un Ganesha –dios con cabeza de elefante- casi terminado, algún héroe épico con cuerpazo de estrella de Bollywood y muchas Durgas con curvas de vértigo moldeadas con paja. Todo ello tan sagrado como efímero, hecho con materiales humildes: bambú para la base y el esqueleto; paja para moldear las carnes y definir volúmenes; y barro para concretar los contornos y las facciones. Son murtis –ídolos sagrados- que reencarnarán a la deidad y servirán para las pūjās y las procesiones del próximo festival y cuyo último destino común es el lecho del río Hooghly. Tras unas cuantas fotos me sonríe de nuevo el artesano y -como me debe leer en los ojos que estoy encantado por lo que veo- me invita a entrar por la puerta que tiene tras de sí. ¡Dhanyavaad Mister! ¡Dhanyavaad! (-¡Gracias Señor! ¡Gracias!-).

Otro par de artesanos trabajan en silencio en la penumbra del taller. Uno talla un tronco y el otro se encarga de moldear en barro el rostro de Durga. Me miran tranquilos, sonríen y me indican con la mano que pase, como si estuviera en mi casa, que al fondo hay más y más y más. Y encuentro más y más y más, todo un panteón divino a la espera del gran día. Gesticulando en exceso ellos. Todas ellas dignas y serenas. Con dos brazos, con ocho, con cuatro. Con cabeza de hombre, de mujer, de elefante. Con un león rugiendo, con un tigre pegándole un bocado a otro héroe de tipo Bollywoodiense. Qué rincón de mundo tan extraño, la inquietante tensión petrificada de dioses y héroes suspendida en un silencio tan amable como absoluto.

Me despido de mis encantadores anfitriones con un buen puñado de sonrisas agradecidas y muchos más Dhanyavaads. Salgo al callejón y tras unas vueltas doy finalmente con Kalighat Road. La calle principal salpicada a lado y lado de talleres y esculturas, y de callejones que llevan a más talleres que llevan a almacenes copados hasta los topes de murtis. Todo un ejército de terracota que monta guardia en las entrañas de Kolkata, conteniendo el aliento y en posición, a la espera del gran día en el que se rompa el conjuro que los tiene presos y suene el chasquido de la claqueta al grito de ¡Acción! Y entonces, tal coreografía delirante de Bollywood, todas esas miles de Durgas de barro y paja inundarán las calles de Kolkata y romperán a bailar envueltas en nubes de polvos de colores y música atronadora. Pero esa, ya es otra historia…

continúa  en el post “Topicazo”

¡Hello India! Kolkata, India

Los muros alicatados, blancos y brillantes. Las luces frías, feas y fluorescentes. Los ventiladores rugiendo a todo trapo y cubiertos de una incomprensible mugre trémula. El tronar de los altavoces mezclado con los gritos, los murmullos y las ‘pūjās’ -rituales-. Camino descalzo –este pedazo de tierra es sagrado- por un suelo cubierto de restos de flores de hibisco muertas, rojas. De restos de comida y ofrendas mezcladas con efluvios negros y aguas infectas de incierta procedencia. Bordeando a trompicones una gran jaula plateada, atrapado en una fila india, desconcertado, repitiendo las fórmulas sagradas incomprensibles que el brahmán de turno que me cazó a la entrada nos canta a mí y a mi compañero de enfrente. Por cuarenta ruppias tienes una flor marchita de segunda mano, un poco de arroz y una marca de color bermellón en la frente. Y de ahí a un peldaño más arriba, camino de una vida mejor en este ciclo eterno de reencarnaciones.

Dentro de la jaula plateada está Kali, la diosa, el avatar destructor de la Madre, la patrona de Kolkata. Kali, una efigie de piedra tan naif como terrorífica, una imagen perturbadora, más cercana a un garabato infantil que a la divinidad, y puede que por eso aún más divina. Negra, con tres ojos rojos y con una grotesca lengua dorada, enorme. Una visión que no te deja indiferente. Tosca y extraña, conmovedoramente primitiva, envuelta en mantos de colores y guirnaldas mil, y la luz blanca de los fluorescentes y el chapoteo de las aguas infectas y el bramido y las prisas de los brahmanes que ofician pūjās con la misma diligencia que exprimen la cola haciendo fluir miles de ruppias que caen como una lluvia pétalos a los pies de Kali.

Del sanctum sanctorum al patio de este Templo del Kalighat, un lugar a medio camino entre lo sagrado y una feria de pueblo alocada. Una espiritualidad vivida como fervor, jaleo -mucho jaleo- y ritual. Y de ahí, tras recoger mis zapatos y pasar los arcos de seguridad y los guardas con ametralladoras y palos, de nuevo a las calles de Kolkata. Ciudad también con nombre de mujer; exhausta, vibrante, que sigue palpitando con la insistencia –puede que tozudez- de una gran dama que se vino abajo pero que se supo guapa en algún momento de su atormentado pasado de hambrunas, odio y violencia.

Hoy era lunes por la mañana y algunas nenas con largas trenzas negras e impolutos vestidos blancos de colegio privado me acompañaron en el vagón medio vacío hasta el sur de Kolkata, pero yo llegué el sábado, desde Bangkok, pensándome curtido por más de once meses por el sureste asiático, preparado para todo, dispuesto a todo. El calor nada más bajar del avión: abrasador. El aeropuerto de una ciudad de 14 millones de habitantes: pequeño, vetusto y con un penetrante olor a lejía. Y a partir de ahí, yo valiente como el que más, me propuse la tarea titánica de llegar al centro en transporte público con el sol prendido en las doce. Cruzar el aparcamiento semidesierto, con más hierbajos que coches, y un par de solares abandonados hasta llegar a una carretera cualquiera. “Hello India” me digo sonriendo para mis adentros. Esto va a doler -lo sé- pero será divertido -también lo sé-. Tengo uno de esos momentos de lucidez en los que comprendes que estás viviendo algo distinto a todo lo vivido hasta el momento, que paseas por un plano vital gobernado por otro orden.

Todo está cubierto de un polvo pardo indefinible, el desbarajuste es monumental, todos me miran y sin perder la compostura pregunto por el bus a los parroquianos apostados junto a un puesto de chucherías varias montado con cuatro palos y una lona. Tras cinco intentonas llega mi bus, me subo, me hago un hueco al fondo por casualidad y clavo la mirada por la ventanilla cubierta de mugre. Los arrabales periféricos de una megalópolis venida a menos que sigue creciendo desfilan por la ventana como un carrusel. El ruido, el caos, el desorden y la superposición de escenas cotidianas me mantienen en suspenso.

Me dicen que me baje, me bajo, me lío, me pierdo y me encuentro de nuevo. Directo al tren en medio de riadas de gente, en hora punta, atiborrado, en un “súbase quien pueda”. Pero a pesar de ello todos son amables; me sonríen extrañados y divertidos y se aseguran de que me baje en la estación correcta. “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos” insistía Huma Rojo. La mayoría hombres bien peinados, con camisas blancas relucientes y sus maletines de piel sintética -el cuero es impuro para los hindúes-. Me asalta el chaval de al lado preguntándome por mi vida y milagros -con sus intimidades- para en escasos minutos contarme la suya: que trabaja y vive a las afueras, que tiene veinte años y que va al centro a cursar su MBA. Ok, perfecto, encantado y nos despedimos con sonrisas y apretones de manos como si nos conociéramos de toda la vida. Y al fin, ahora -mientras subo los últimos peldaños de la boca del metro en Esplanade- pienso: “Hola Kolkata”, “Buenas Kolkata”, “Todavía no te conozco pero ya me gustas”.

Caminar por Park Street bajo una portalada colonial atiborrada de puestos y de gente. Llegarme hasta Sutter Street –el guirigueto occidental- y encontrar alojamiento decadente pero glamuroso en Stuart Lane: una habitación estrecha, de techos altísimos y paredes de un intenso color rojo vino. Tras una ducha en el baño infecto común y una pequeña siesta en cueros bajo un ventilador asesino a máxima potencia para combatir el calor sofocante ya estoy listo para mi primer paseo por esta ciudad que a pesar de sus muchos males –demasiados- me ganó para su causa des del primer momento. No vengan a Kolkata buscando lugares de postal o monumentos gloriosos –alguno hay-. Aquí en esencia no hay nada que ver ya que Todo está por ver.

Todavía hoy no sabría cómo definir ese primer contacto, ése sentirse desbordado por todo porque todo ocurre al mismo tiempo. Como si en cada palmo de esta ciudad tuvieran lugar miles de cosas a la vez y, consciente de ello y muy a tu pesar, no tuvieras tiempo de asimilarlo. ¡Todo, todo, todo! Estas calles son la antítesis a la nada o al vacío. Las fachadas de los edificios, las caras de la gente, sus ropas o harapos, el tráfico absurdo, alocado, copado hasta lo inimaginable: el bus, el taxi, el coche, el auto-ricksaw, la moto, el ricksaw, la bicicleta, el transeúnte, el señor que carga con una cesta gigantesca en la cabeza. Una ciudad saturada que fluye ¿¡Fluye!? Un orden superior lo gobierna todo -siempre ese Todo-, algo que es mayor a la suma de sus partes y que procesa millones de trayectorias, interacciones  y cabriolas para que cada cual acabe llegando a su destino sin tropezarse con los otros miles que se cruzó en el camino y que también querían llegar a casa a la hora de la cena.

Los negocios que se amontonan los unos sobre los ostros. Las gentes en la calle, bañándose, hablándose, vendiendo, comiendo, comprando, meando, cagando. Muchos otros miles sentados en cuclillas con la mirada clavada en el vacío, a la espera de ocurra algo sin que realmente pase nada. Deambulo sin saber a dónde voy, intoxicado, borracho de jaleo -el jaleo me pone, y mucho-. No entiendo cómo pueden crecer los árboles sobre las fachadas, como tampoco alcanzo a comprender a dónde llevan esos portales sumidos en una penumbra demasiado oscura. ¿A Yangon? ¡Claro que sí! Porque en este primer paseo es Yangon quien me viene a la cabeza, porque ambas son ciudades hermanas dispuestas en cuadrículas junto a un río por los mismos amos conquistadores. Agotado y exhausto enfilo una última avenida, apurando los últimos rayos de sol, sin arriesgar demasiado por hoy, cuando en este universo cacofónico cruzo la mirada con una mujer en esta ciudad en la que sorprendentemente escasean. ¡Saltan chispas! En ese instante en el que ella, sorprendida, me esboza una sonrisa picarona al comprender que yo no soy como los otros –un extranjero- y yo, sorprendido, comprendo en ese instante que ella tampoco es como las otras, porque en realidad no es ella sino él, una ‘hijra’, una mujer atrapada en un cuerpo de hombre.

Esta ciudad no se basta con una sola realidad, son múltiples por no usar la palabra infinitas. Amontonadas, superpuestas y solapadas a codazos las unas sobre las otras sin ton ni son. Universos paralelos desfilan ante ti a cada momento, y basta con fijar la mirada en un punto concreto en medio del jaleo más monumental que tu mente pueda concebir para darse cuenta que aquella dama en realidad era un caballero, que aquella ruina fue antes una suntuosa mansión del tiempo de los ingleses y que aquel mendigo tirado en la cuneta que se clava una aguja en el antebrazo -si le miras a la cara- tiene en realidad los delicados rasgos de un príncipe…

¡Hello India! ¡Hola Kolkata!

Tenía que volver. Bangkok, Tailandia

Tenía que volver… Unos dicen que la vida es circular, otros la piensan lineal. Yo todavía no sé, pero sí sé que cuando marché sin dejar algo bien cerrado no me sentó bien, y tarde o temprano, ‘eso’ terminó por volver.

Volví a Bangkok, pero en esta ocasión para no volver más. Volví a Bangkok como tantas otras veces durante este viaje y ésta fue distinta. Tenía que cerrar el círculo, tenía que volver a donde llegué. Volví a la Apple Guesthouse de la que huí hace un año. Volví también al Blues Bar, a aquel lugar donde encontré cobijo cuando andaba muy perdido. Volví y tenía que volver a la Bangkok de las callejuelas, a la Bangkok de la letra pequeña y de las fachadas mugrientas sin autor. A la de los 1000 puestos callejeros donde comer bien por 3 pesetas. Y no volví también.

No volví también al calor y a la seguridad de Khaosan Road. No volví a la Chang Beer ni a las películas petardas que tanto me reconfortaron en su momento. Hará un año huí del Apple Guesthouse pensando que la compañía me haría sentir menos solo. Y estando más acompañado me sentí igual de solo, pero el ruido y el follón, al igual que el alcohol y la falsa familiaridad de un mundo menos ajeno, sirvieron para aletargar mis sentidos y mis angustias.

Y no me arrepiento de aquello porque eso era lo que necesitaba en aquel entonces. Pero ya no. Han pasado 347 días y no sé cuánto he crecido, pero sí sé que al menos ahora puedo mirarle a la cara a la soledad, que no es más que mirarse a la cara a uno mismo en general y a sus miedos e inseguridades en particular.

Volví al Apple Guesthouse y a un cuarto soleado de paredes forradas de plásticos estampados con un patrón floreado de colores pastel. Un cuarto que sonaba a murmullo de barrio que se cuela por las ventanas, a tintineo de platos en el fregadero al anochecer, de televisores encendidos a todas horas y a voces de abuelas que llaman a niños que corretean por el callejón. Volvía al Blues Bar y a sus luces tenues y a su decoración barroca. El maestro me recibió. Volvía a mí mismo, a mis fantasmas. Volví porque quería mirarme de nuevo en el mismo espejo. Y sin ver nada en concreto, al menos -esta vez- no vi miedo.

Mañana India. Mañana una nueva vida ¿Mañana? ¿Qué será de mí mañana?

– FIN –

Jungle Architecture. Mae Sot, Tailandia

En la Universidad nos educaron para salvar el mundo, para hacer del él un lugar mejor. Un discurso sincero envuelto en un aire de mesianismo humanista. Todo podía, y por lo tanto, todo sería más bello y más hermoso. Y las personas -¡Siempre las personas!- vivirían mejor. Nuestra educación se basó -con las mejores intenciones- en los grandes hitos de la Historia de la Arquitectura, con sus certezas incuestionables, sus ausencias incomprensibles y sus incoherencias. Para que aprendiéramos de obras eternas y para que aspiráramos a ellas, nunca a menos. Y todos pasamos incontables noches en vela redibujando aquella sección, soñando con que éste sí que era el bueno, el proyecto definitivo. Sintiendo que avanzábamos en la dirección correcta y que algún día también formaríamos parte del panteón de dioses paganos de la Arquitectura. 

Y para tal colosal reto, por supuesto, no bastaría con tan sólo ingentes cantidades de voluntad e ilusión, pues de voluntad e ilusión están a rebosar los corazones de los jóvenes arquitectos. Tal colosal reto al final acabaría requiriendo medios, dinero y un ramillete de buenos padrinos. Dinero, medios y padrinos que tarde o temprano aparecerían rendidos a nuestros genio. Pero más allá de estos discursos cojos y sesgados -los sigo pensando muy válidos, imprescindibles, pero estaban incompletos- , más allá y ya fuera de las aulas nos aguardaba una realidad que todos conocían pero de la que nadie nunca nos había hablado en las innumerables charlas de épica proyectual.

En la remota Mae Sot al oeste de Tailandia junto a la frontera con Myanmar se encontraron por internet Albert y Line preguntándose el uno al otro por letrinas. Ambos compartían un oficio, alguna inquietud y a corto plazo un destino. Deberían construir con muy poco y decidieron hacerlo lo mejor que pudieran. Deberían salvar al mundo pero con pocos o escasos medios. Jungle Architecture –arquitectura en la jungla-: Barro, bambú, hojas secas, madera y algo de hormigón y por delante el reto de servir a las personas sin dejar de sentir que construyen algo bello que hace del mundo un lugar un poco mejor.

Volví a Mae Sot mientras esperaba mi visado para India porque éste es el lugar que me es más hogar desde la distancia. Volví a Mae Sot porque quería volver a sentirme rodeado de buena gente que me tratara con el cariño que se trata a un viejo amigo que ha vuelto a la ciudad. Y volví porque había prometido que hicieran lo que hicieran yo lo documentaría con mis fotos lo mejor que sabría para honrarlos a ellos y a su trabajo, pero por encima de todo honrar al espíritu del “hacer lo correcto porque es lo correcto”.

No es que lo haces, es cómo lo haces. No es quien te mira, son los ojos con los decides mirarte y medirte. Nunca es lo que te falta, siempre es lo que eres capaz de hacer con lo que ya tienes. Jungle Architecture, sólo apta para valientes sin miedos ni complejos.

*Si quieres saber más visita A.GOR.A Architects, el Estudio de Arquitectura fundado por Albert Company Olmo, Jan Glasmeier y Line Ramstad.

La Ciudad Frígida. Singapur

Espectacular, recauchutada, tensa, de piel lisa, limpia, sin mácula, impoluta. Con todo en su sitio, con sus medidas perfectas. Mujer de relucientes escamas de cristal y muslos de acero. La ciudades tienen nombre de mujer y Singapur es una joven dama de oriente que nació de padres occidentales –en 1819 por el británico Stamford Raffles y la Compañía Británica de las Indias Orientales- pero que alcanzó su mayoría de edad en 1965 cuando fue expulsada de la Federación Malaya por desavenencias raciales.

Tras este doloroso portazo en las narices -la malaya Malasia exigía a la china Singapur que renunciara a derechos básicos en favor de la minoría malaya- y tras un fulgurante resurgir económico la nueva dama quiso ser tan o más divina que Nueva York, y no contenta con ello le quiso pisar los talones a la híbrida de las híbridas: Hong Kong. Pero hay algo en esta mujer espectacular que lejos de atraer te deja indiferente, hay un algo en ese “todo tan demasiado bien puesto” que cuando te dispones a tomarla entre tus brazos para zambullirte en sus misterios te echa para atrás. A pesar de las curvas de sus edificios futuristas y de los labios carnosos de su infinidad de parques, a pesar de ese rostro perfecto de acero y cristal, a pesar de todo ello la tomas y su cuerpo no responde. Un bloque de hielo, rígido y sin vida, sin deseo. El amor y la fascinación por las ciudades se rigen también por las leyes de la erótica y de la atracción, y Singapur -a pesar de todas sus bondades objetivas- es una ciudad frígida.

Me paseo por su Little India y todo está en un sitio, ligeramente indio pero perfectamente empaquetado y encapsulado. Me paseo por su Chinatown y todo sigue en su sitio, ligeramente chino pero perfectamente empaquetado y encapsulado. Aterrizo en su flamante aeropuerto que brilla en cada rincón y que luce unos suelos impolutos en los que se podría comer –mucho más higiénicos que la mayoría de vajillas en las que vengo comiendo-. El impacto viene acrecentado porque tres noches atrás dormía en la jungla en Batutumonga, pero el impacto se mantendrá fresco incluso a mi llegada al flamante aeropuerto de Bangkok que comparado con éste sabe a vecino humilde de recursos limitados. En Singapur hay mucho dinero y se gasta copiosamente en un afán por hacer que cada rincón de esta ciudad esté libre de mácula.

Y la prueba de fuego no está en el centro financiero, ni en las turísticas Chinatown o Little India, o en la nueva flamante Marina Bay. La prueba de fuego está en las barriadas, en los barrios periféricos que separan el centro del aeropuerto. En esas tierras donde nunca hay nada que ver y en las que viven las clases obreras. Son estos barrios los que en cualquier gran ciudad del planeta te dan una medida más exacta de la situación social de un país más allá de las imágenes de postal. Así pues ¿Cómo son sus barrios obreros? Bloques enormes de hormigón sin gracia alguna, todos impolutos, como recién pintados y rodeados de parques y vegetación. Decentes e intachables, humildes y sencillos pero espléndidos. Nada dejado al azar, nada de lo que avergonzarse ante las visitas. Una fachada impecable e implacable.

Impecable e implacable… Ésta podría ser una buena definición de cómo se ha llegado hasta aquí. Antes de que yo llegara me lo pensé bien un par de veces: porque es ciudad cara y yo pobre, y porque ya me habían contado… Al final opté por hacer lo de siempre: comprobarlo por mí mismo.

Joaquín y Ana me hablaron de ella en Ubud como la encarnación del mal. Un lugar sin alma, opulento hasta el insulto construido con los dineros más negros del planeta –Singapur es un paraíso fiscal, y como tal es destino de fortunas turbias hechas a expensas del sufrimiento de otros-. Un lugar que como todo lugar esplendoroso –sirva cualquier gran gloria occidental o nuevas urbes asiáticas o pérsicas- funciona gracias a una clase social esclava que trabaja mucho por muy poco. Un lugar que se pasa muchos de los derechos humanos por el arco del triunfo y cuyos índices de libertad de expresión y democracia están muy por dejado de naciones diabólicas como la China comunista. Y aún así, Singapur está muy lejos de cualquier eje del mal o de cualquier condena occidental. Lo dicho, Ana y Joaquín la veían como la encarnación del mal, donde el dinero es el valor supremo y lo demás -las personas, lo importante- es prescindible.

Me hablan de ella Ido y Roten que han estado unos días en casa de unos familiares que viven aquí desde hace unos años. Me comentan que el índice de suicidios de jóvenes en Singapur es de los más altos del mundo –a pesar de los altísimos estándares de vida, nadie aquí se mata por falta de comida en el plato-. La presión en la existencia de todo ciudadano de esta ciudad-estado por triunfar es tan grande, la competitividad a estas tempranas edades tan salvaje, que muchos no pueden con la presión. Me recuerda a las historias que me contaba Randal en Barcelona sobre su natal Hong Kong, donde los jóvenes dejaron de tener amigos –friendships– para centrarse en tener contactos –networking-.

Argumenta Astrid –gala y profesora de francés aquí durante un año- que el modelo penitenciario en Singapur es un éxito. Fruto de un sistema legal de los más restrictivos y brutales que incluye la pena de muerte y hasta la prohibición de los chicles, o si lo prefieres latigazos por vandalismo callejero -con rayar y pintar un coche basta-. Todo un sin fin de leyes que regulan la vida diaria de la ciudad. Argumenta que los índices de criminalidad en esta ciudad son de los más bajos del mundo entero, y no puedo no contestarle que suele pasar también en el mundo entero que en lugares tan ricos y con tantos medios económicos la gente suele tener alternativas más viables a la delincuencia y la cárcel. No tienen tanta suerte los que nacieron pobres en las barriadas de la vecina Jakarta, en ambientes hostiles que les empujan inevitablemente a verse en situaciones donde la delincuencia es la menos mala de la opciones.

Y me lo cuenta mi amigo Hans –una de las razones por las que al final decidí hacer escala en Singapur en mi camino a Bangkok-. Con Hans hacía 8 años que no nos veíamos –desde que partí de Helsinki– y parece mentira qué poco pueden llegar a cambiar las cosas en tanto tiempo. Hans, un tipo finlandés medio sueco y medio koreano que en este intervalo de tiempo ha vivido en Nueva York, Nairobi y en Tokio. Un ciudadano del mundo, culto e interesante, y despierto, sorprendentemente despierto. Descubro tras sus lentes Le Corbusierianas unos ojos rasgados que te observan desde muy adentro. Descubro mientras acompaña sus precisas y meditadas explicaciones con sus manos de pianista que las mueve exactamente igual que Félix, otro apátrida de los tiempos fineses, cuya mirada -también muy precisa- venía desde muy adentro.

Hans ha vivido durante casi dos años en Singapur trabajando como mercenario de la arquitectura -quién no lo es- y ya está listo para marchar. ¿La razón? No es ni el sueldo –es bueno-, ni el piso –es bonito y bien ubicado-, ni el clima –donde antes viviera fuera tan o más extremo que aquí-. Hans se quiere ir porque la vida en Singapur es reguladamente estéril y asfixiante, culturalmente luce un espléndido encefalograma plano a golpe de talonario, y más allá del ambiente afterwork de clubs sofisticados se cuece muy poco en esta ciudad muy cosmopolita pero vital e intelectualmente poco estimulante. Hans -un devoto de su amada Tokio– me confirma con sus otras palabras y con su experiencia directa lo que yo ya venía sintiendo mientras intentaba enrollarme con la despampanante Singapur por sus callejones y por sus caras más punkies hypermaquilladas. Singapur estará todo lo buena que tú quieras, pero es frígida, todo fachada: de tan impecable te resbala.

Y todo esto Hans me lo va contando a ratos. Un rato en el court food del barrio junto a su casa –la comida en toda la ciudad es excelente, variada y barata-. Y me lo cuenta en otro rato mientras nos hacemos los divos en el bar del Marriott Hotel, él con una copa de vino blanco y yo con mi gin&tonic de hendricks y su rodaja de pepino. Y me lo sigue contando mientras pacientemente espera a que tome las fotos de la espectacular Singapur en su momento de máximo esplendor: la Noche, cuando todos los gatos son pardos. Pero la Singapur nocturna es de todo menos parda: divina, brillante, vibrante y multicolor. La mujer perfecta de día lo es más noche cuando viste su traje de luces y lentejuelas tras su máscara de maquillaje ¿Una máscara que enfatiza o que oculta?

“Ocurre con las ciudades como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.” Italo Calvino, en Las Ciudades Invisibles.

No lo oculto: ¡Me fascinan las ciudades! Me fascinan porque las veo como lo que son: el objeto más gigantesco y más complejo fruto de los seres humanos. La expresión última -consciente o inconsciente- de unas aspiraciones, de unos deseos. De unos deseos, o de sus reversos, de unos miedos. Las ciudades pueden ser como las personas -y tiene su lógica porque son hijas las unas de las otras-. Y porque las ciudades son como las personas no puedo dejar de preguntarme porqué Singapur es frígida ¿Porqué cuando eras una cría te rechazaron y aún a pesar de eso -y de muchos sacrificios- ahora brillas como una gran dama? ¿O porque buscando obsesivamente tu pureza y tu perfección, acabaste por olvidar tu impureza y tu imperfección, condiciones sin las cuales resulta casi imposible enamorarse de las ciudades o de las personas?

Rutas. Sulawesi, Indonesia

1. Recorrido:

Desde Makassar hasta Gorontalo / 18 días (Agosto-Septiembre 2012)
Makassar (1) > Tana Toraja (2-3-4-5-6-7) > Tentena (8-9) > Ampana (10) > Islas Togian (11-12-13-14-15-16-17) > Gorontalo – Makassar (18)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Makassar hasta Gorontalo / 18 días (Agosto-Septiembre 2012)
Billete de avión Gorontalo – Makassar – Jakarta: 80€  / Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur: 42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 361€ / Gasto medio diario: 20,00€


Cambio Julio 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 10000 a 14000 Rp
· Precio Cerveza: 35000Rp (botella 660cl)  / 45000Rp (botella 660cl) en Togian
· Precio Habitación: 90000Rp la noche

3. Escritos:

01. Un Árbol para las Almas. Tana Toraja, Indonesia.
02. “Las Togian”, la película. Pulau Togian, Indonesia.
03. Turquesa es el Edén. Pulau Togian, Indonesia
04. Cadáver Exquisito. Pulau Togian, Indonesia.
05. Marcha Atrás. Tentena, Indonesia.
06. Nada de susurros. Tana Toraja, Indonesia.
07. Remiendos. Rantepao, Indonesia. Sección Irreflexiones.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Nada de susurros. Tana Toraja, Indonesia

¿Vivir por y para la muerte? Parece ser que sí, parece ser que en la tierra de los Toraja uno se pasa la vida como el faraón, pensando en el día que se muera y en todo lo que habrá que dejar dispuesto: el ataúd, la tumba, los preparativos, las estatuas, los sacrificios… Toda una vida pensando en la muerte de uno, y toda la vida pensando en la muerte de tus mayores a los que deberás honrar. En ahorrar la fortuna necesaria para que el funeral esté a la altura de la posición social de la familia, por aquello del qué dirán si el festejo resultara aguado o por debajo de las expectativas.

“Polvo eres y en polvo te convertirás”. Si todo hubiera quedado así la cristiana Tana Toraja sería otra, pero no. La muerte, o en todo caso el funeral, es el momento estelar por excelencia de tu paso por la vida si eres un Toraja. Curiosa paradoja. Todo aquí gira en torno a la muerte y no deja de ser fascinante el hecho de que tan sombrías costumbres florezcan precisamente en un entorno tan exuberante como éste. En el corazón de las montañas de centro de Sulawesi –si es que a esta isla loca se le puede encontrar un centro- rodeado de colinas cubiertas de junglas, de bosques de bambú y de claros escalonados de terrazas de arroz salpicados de pedruscos que parecen huevos de dinosaurio. Toraja es un vergel amable cuyo horizonte aparece moteado por el desparpajo de las cubiertas de sus poblados que asoman entre trozos de jungla. Casas -conocidas como Tongkonan– que flotan sobre pilotes de madera, adornadas con motivos geométricos figurativos que evocan al búfalo de agua -su animal totémico por excelencia-. Casas cuyas cubiertas se pliegan al cielo como las cornamentas de estos bovinos –o eso se especula-. Unas casas que lucen orgullosas en sus fachadas la colección familiar de cuernos de reses sacrificadas en el pasado como muestra de su estatus económico y de su prestigio social en la aldea.

Flotan las casas y flotan las tumbas. Sarcófagos de madera colgados de cuevas, nichos esculpidos a golpe de cincel en las paredes rocosas en estos cementerios verticales en Lemo y Suaya, o ataúdes ocultos en las galerías relamidas por el tiempo en las entrañas de la tierra en Londa. Morir para los Toraja no es desvanecerse, digamos que para ellos morir es pasar a existir en otro plano, distinto del nuestro pero en estrecho contacto, y ahí es donde está el meollo de la cuestión: En realidad nadie se fue, todos siguen aquí. Están para quedarse y para influir –para bien o para mal- en la vida y los destinos de los vivos. A los cadáveres junto a sus tumbas les acompañan sus nuevos cuerpos: retratos esculpidos en madera, o más recientemente, en auténticas copias a escala de los antepasados. Con las dos manos extendidas: una recibiendo honores y ofrendas de los vivos y la otra dando bendiciones a cambio. Morir no es dejar de existir, no es ser polvo y desvanecerse con el viento. Los descendientes vendrán al menos una vez al año a cambiar los ropajes que envuelven los esqueletos, y vendrán a charlar con sus antepasados, y les traerán cigarrillos. La relación con los difuntos es continua y si bien por aquí también pasó la prepotente apisonadora cultural de los misioneros cristianos, con esto no pudieron. Los Toraja son cristianos, sí, pero lo son a su manera.

Lo macabro de las cuevas llenas de calaveras peladas enmohecidas en contraste con la belleza de su entorno. Escenas idílicas de la vida cotidiana en el campo de Sulawesi montado en una moto; artesanos a pie de carretera trabajando la madera para unos ataúdes en forma de lágrima o los bustos de búfalo que adornarán las casas. Y aldeas y más aldeas –suelen ser muy pequeñas- que repiten machaconamente los mismos motivos arquitectónicos. Una buena fórmula constructiva y formal que de tan depurada y estilizada se puede repetir hasta el infinito sin cansar al personal. Y campos y bueyes pastando o embarrados hasta las cejas en los barrizales. Y tumbas cinceladas en gigantescas rocas al margen del camino como por casualidad.

Tana Toraja, sus paisajes, sus cementerios, sus aldeas y sus sagradas hecatombes. Tana Toraja, la sangre de decenas de búfalos brotando a borbotones y empapando la tierra de color escarlata, en un ambiente que huele a muerte en un aire enrarecido por las nubes de moscas negras plañideras.

Llegamos tarde al funeral de hoy y el espectáculo que nos recibe es más macabro si aún cabe, una hecatombe al más puro estilo homérico. Los cuerpos sin vida de una quincena de búfalos despellejados yacen sobre la hierba verde encharcada en sangre. Una treintena de ojos sin párpado mirando al vacío, estupefactos. De una quincena de gargantas abiertas a golpe de machete cuelgan las cornamentas de estos animales sagrados para los Toraja. En una esquina se disponen a tratar las pieles para curtirlas. En las tribunas dispuestas alrededor de la explanada central esperan los vecinos de la aldea y los familiares –llegados para la ocasión de toda Indonesia, y algunos hasta desde Francia-.

Llegamos tarde y andamos algo desubicados -nuestro guía nos ha dejado tirados- y al pasear sin la bendición de ningún local ya nos hemos comido alguna bronca y algunas malas miradas. Esto, a pesar de parecer una fiesta, no deja de ser un funeral. Al final es la carita de santo de Jerome –mi compañero de viaje de hoy, un chico australiano de 15 años que ha dejado a la familia en Batutumonga y que se parece Justin Bieber– la que nos abre las puertas. Conocemos por casualidad a una de las hijas de la difunta homenajeada y conectamos con la fiesta. Como siempre comida, carne y alcohol que sabe a rayos y centellas. Nos invitan a sentarnos con ellos y nos bombardean con la artillería de siempre –nombre, estado civil, país de origen, ocupación, etc…- Hemos comprado unos paquetes de tabaco que no sabemos a quién regalar. Jerome hace las delicias de la indonesias mientras yo aprovecho la bendición de mis nuevos padrinos para darme una vuelta más para contemplar aún estupefacto la orgía de sangre y carne fresca.

Resulta impactante presenciar un espectáculo tan crudo rodeado de un ambiente de fiesta, con nenes jugando y corriendo y la gente mayor charlando y bebiendo, mientras los ojos de los búfalos siguen sin pestañear, clavando su mirada en la nada, como pillados por sorpresa. Aquí no se andan con monsergas, la carne tiene rostro y no se esconde tras el anonimato de una chuleta envuelta en celofán. Lo que en occidente ocultamos aquí se muestra tal cual y no sorprende a nadie. Al grito del maestro de ceremonias cuadrillas de hombres salen de sus tribunas y de disponen a trocear las piezas. Vísceras desparramadas sobre el césped, vientres abiertos en canal, intestinos reventados rebosantes de excrementos. Estas bestias son tan enormes que son necesarios hasta 4 adultos para darles la vuelta. Muchos golpes sordos de machete para trocearlas. Y poco a poco la hecatombe a los espíritus se consuma. Las cornamentas vestirán la casa del clan, las carnes y las pieles se distribuirán entre los invitados o se venderán en el mercado, y para el difunto quedará esta orgía de carne, sangre y fasto. El espectáculo de la muerte, que como la vida misma, es crudo e implacable.

Todo lo opuesto que en occidente. Nada de susurros, nada de ceremonias rápidas ni funerales discretos. Todo a la luz del día con premeditación y alevosía. Toda una vida por y para la muerte, tan planeada que me pregunto si a los Toraja les puede llegar a pillar su fin por sorpresa. ¿De tanto mirar a la muerte a la cara quedan vacunados realmente contra el vértigo frente al vacío que significa dejar de existir? ¿Teniendo tan presente el fin de su existencia lloran menos que nosotros cuando les llega el momento? ¿Es la aceptación de la muerte el bálsamo contra ella? ¿O es una vida vivida plenamente lo que realmente nos permite mirarle a la cara en ese último suspiro? Me lo pregunto porque no sé. Porque todavía no me morí para contarlo y porque todavía ni tan siquiera me crucé con ella cara a cara. Porque nunca viví ese instante que precede al último suspiro y porque la muerte siempre la vi lejos y muy de pasada.

Me quedé sin saber lo que piensan los Toraja cuando mueren, y me quedé sin saber muchas otras cosas más de los Toraja, de los Batak, de Balineses, de los Ngada y de los otros muchos pueblos con los que me crucé durante mis casi 4 meses por Indonesia. Me faltó tiempo, siempre me falta tiempo, siempre me faltará tiempo en esta vida. Aposté fuerte por este país sin saber muy bien lo que me encontraría. Aposté por intuición y por olfato. Y gané, y mucho.

Indonesia, el gigante del sureste asiático de las más de 17.000 islas, el gigante musulmán que es musulmán y muchos credos más. Indonesia, tierra de jungla, fuego y volcanes, de playas del paraíso. Tierra de gente amable y risueña, de pueblos dispersos que vivieron aislados durante milenios y que ahora tienen que aprender a convivir. Tierra de makassar padang, de nasi goreng, de gado gado, de tempe y del picante más salvaje que nunca antes probé. Hará cuatro meses me di la Bienvenida y hoy desde Rantepao ya me despido de ti hasta la próxima, hasta Borneo, hasta las Molucas y hasta Papúa. Indonesia no tiene fin.

Me faltó tiempo, y puede que en el futuro también me falte, pero frente a los pesares de las cosas que no pudieron ser, de todo aquello que se nos quedó en el tintero, conjuro mis angustias con la certeza de saberme que lo que viví lo viví plenamente y con intensidad. Llámese Indonesia, llámese esta Vida de paso.

Marcha Atrás. Tentena, Indonesia

Hay que deshacer el enredo y Sulawesi de por sí ya es un buen embrollo. Una isla que vista desde el aire luce una silueta surrealista que me recuerda a algún habitante de las constelaciones que pintó Miró o a los monstruos bidimensionales que plasmará Picasso en sus lienzos a principios de los años 30. Extensa, informe y muy montañosa. La combinación de estos ingredientes hace que cruzarla sea todo un ejercicio de determinación, y en mi caso, por partida doble, pues lo mismo que fui, al final tuve que volver. David y Jesús ya habían aterrizado en Makassar mientras yo seguía esperando mi barco en Wotong, y mis 4 días de retraso los pagué con una visita fugaz a Tana Toraja antes de que nos embarcáramos en una jornada maratoniana para cubrir el trayecto de Rantepao a Ampana en una sola –y larguísima- jornada de viaje.

Ahora, tras el Edén, tras haber saboreado Cadáveres Exquistivos y tras haber buceado frente a murallas coralinas a más de 35 metros de profundidad en las costas de Una Una, ahora me toca dar marcha atrás. Volver a Wakai para tomar el barco que nos lleve de nuevo a Ampana. Volver a disfrutar una vez más del trayecto por mar mientras me despido de estas aguas turquesas avistando poblados de pescadores escondidos en los recodos más insospechados de este archipiélago.

Vas en el barco y como lo ves todo a lo lejos piensas “¡Ya estamos!”, pero que va. El trayecto se hace infinito y al final acabamos llegando a Ampana con el sol batiéndose ya en retirada. Quisiéramos seguir avanzado, al menos hasta Poso, para no tener que pasar otra aquí. Pero es desembarcar e ir a buscar un coche que nos dicen que nos podría llevar a Poso por un precio razonable y volvemos a la pesadilla de la Temporada Alta, vuelven las mentiras y los preciosos abusivos, vuelven las prácticas mafiosas.

Primero resulta que por hoy ya no hay más buses. Luego resulta que la carretera está cortada –pero más allá del cruce que nos llevaría a Tentena– y aún así eso quiere decir que no hay coches disponibles. Pero mira por donde tenéis suerte -sí claro- porque yo tengo un primo que os podría llevar -cobrando una millonada-. A mí todo me huele muy mal y mientras los otros esperan decido acercarme a la estación de bus para efectivamente comprobar que hay una minivan disponible que sale ya y que nos cobra el precio local. Con éstas llega Matt -el suizo de las Togian– que también andaba preguntando por el pueblo, y ya lo tenemos todo apalabrado cuando aparece el “primo salvador” del coche insultantemente caro y empieza a achuchar al conductor del bus para que no nos coja y pueda él sacarnos los ojos al precio que le dé la gana. Nos metemos por en medio diciéndole al busero que nos vamos ya y que le den morcillas para el macarra mafioso del pueblo.

¡Y allá vamos! Atrás queda Ampana y los sinvergüenzas de turno –con lo majos que son los Indonesios qué rabia da tener que tratar con esta chusma- y esta noche dormiremos en Poso. Somos 6 y el bus es todo para nosotros, para disfrutar del paisaje mientras contamos batallitas. Unas vistas espectaculares las de este tramo de costa mientras se pone el sol tras bosques de cocoteros y acantilados agrestes a la orilla del Golfo de Tomini. Cena rápida en uno de los muchos restaurantes de pescado locales que jalonan la costa y sobre las 10 ya estamos cada uno en su cama. Noche de paso y desbandada general de buena mañana. De 6 ya sólo quedamos 3 -yo y la pareja francófona de la Togian-  y montados cada uno en la parte trasera de una moto llegamos a la estación de buses para tomar el próximo dirección Tentena: 8 horas más de minivan por estas carreteras de montaña estrechas y de curvas sin fin.

Pasé un par de dos noches aquí, con el intento frustrado de sacarle todo el jugo a algo que parecía prometer. Y alquilé una moto y me acerqué a la cascada de Terjun Salopa, y me paré por el camino, y estuvo bien volver junto al lago y hacer un poco la mona junto a la orilla con los nenes. Pero Tentena queda a medio camino entre dos grandes destinos: por un lado las Togian, por otro la tierra de los Toraja. Así que teniendo en cuenta lo que dejaba atrás y lo que tenía por delante, Tentena fue una de esas paradas totalmente prescindibles.

Amanece de nuevo así que venga va, un último tramo de bus y esta noche finalmente duermo en Rantepao. Sólo que Sulawesi, sus carreteras y sus redes de transporte público tienen sus lógicas propias, y a escasos 50km de Rantepao me comunican que hoy el viaje termina en Palopo. Otra noche más de paso en tierra de nadie y mañana ya sí que sí. Mañana, finalmente regreso a Tana Toraja para enfilar mi paso por el que será mi último destino en Indonesia tras 3 meses y medio saltando de isla en isla.

Cadáver Exquisito. Pulau Togian, Indonesia

Yace en el fondo del mar, es enorme, es antiguo, es el exquisito cadáver de un avión americano de la Segunda Guerra Mundial, un Bombardero C-24. Es una ruina de los tiempos modernos, un animal de guerra convertido en una obra de arte. Los corales que brotan de sus alas y su cola parecen llamas petrificadas por el tiempo, congeladas por las aguas. Corales de color púrpura se alzan desafiantes, esculturas abstractas de delicados pliegues afilados. Otros son de color naranja. Los amarillos, en vez de brotar hacia la superficie desafían la lógica del sol y se desparraman hacía las profundidades cual intrincados racimos sin uvas. Exuberantes, de un amarillo extraño que resulta artificial bajo la luz azulada de sol filtrada tras veinte metros de aguas de un color turquesa que duele de sólo mirar.

El capricho del mar y del tiempo quieren que los últimos corales que descubra me recuerden a varias docenas de cornamentas de ciervo enmarañadas. Aquí abajo nada tiene sentido, aquí abajo se viene a soñar despierto.

Damos vueltas a su alrededor, giramos entorno al avión, en sentido contrario a las agujas del reloj. El coloso yace muerto en el fondo pero todavía queda vida en él. En el armazón de sus alas de aluminio, en sus motores desguazados de acero, en sus corales hay vida. Bancos de pececillos de colores moran en esta ciudad subterránea abarrotada en comparación con el estéril entorno inmediato. La circunvalación termina en la cabina del piloto cuyo asiento está ocupado por un espléndido pez escorpión. Recio, elegante, desafiante.

Es esa silla vacía la que me recuerda que esto no es una escultura, no es una obra de arte ni un animal abatido. Esto fue un avión de guerra que murió y que dio muerte. Y en ese asiento había un chico, un piloto, un joven que fue a encontrar su fin en las remotas Islas Togian, tan lejos de su casa y de su gente. No es sólo el asiento vacío, son las ametralladoras oxidadas de la cola y la cabina. También ellas llevaron muerte y desgarraron otros fuselajes e hicieron pedazos la carne humana de otros muchos inocentes. Ahora yacen en silencio, en el fondo del mar, cubiertas de algas apuntando a la siempre incierta inmensidad del océano.

Doy vueltas y más vueltas alrededor del este cadáver exquisito. Lo circunvalo, como si cumpliera un ritual cuya finalidad ignoro. Sé que si tuviera más aire estaría horas aquí abajo. Pero el aire del tanque se va acabando y es hora de volver a la superficie, al mundo real. Subimos lentamente, hacía la luz. Subimos lentamente dejando atrás el contorno desdibujado de la bestia. Subo lentamente emborrachado una vez más por el mundo onírico del que acabo de beber y emborrachado de irrealidad, de belleza y de pensar al mismo tiempo que todo esto viene del dolor y de la muerte. Y borracho sigo ascendiendo envuelto en bancos de burbujas que parecen medusas.

Un último vistazo y ya, como en un sueño, lo que fuera bello no es más que un recuerdo borroso en el fondo del mar y unas frases cojas que transcribo en este cuaderno de bitácora.