El cuento de los tres cerditos. Bangkok, Tailandia

Lleva pasándome desde que llegué. Pensaba que sabía lo que sabía, y lo que no sabía no. El caso es que lo segundo ha resultado cierto y lo primero tampoco. Sé que es tontería repetirse sobre estos temas una y otra vez, pero la verdad es que, no a cada momento, pero sí demasiado a menudo, me encuentro preguntándome dónde carajo están mis fundamentos. Como en el cuento de los tres cerditos, yo pensaba que a estas alturas ya tenía una casita de ladrillo montada en mi cabeza, y resulta que a la primera de cambio, la casita es de paja y se desmonta al primer vendaval -ligera brisa en este caso-. Eso sí, los cimientos/fundamentos persisten, y como la casita es de paja -y yo arquitecto- la monto rápida y barata en un visto y no visto.

Y ahora es cuando me pregunto qué es lo que cuenta: la casita en si o los cimientos que persisten pase lo que pase. Me pregunto si el tema es saber como recomponerse a cada momento, o sencillamente no tenerlo que hacer porque ya se hizo bien. Y claro, si esto lo traducimos a la vida que llevaba/llevábamos/llevabais/llevaremos, entonces en qué quedamos. A fin de cuentas ¿No es nuestra vida-montada/casita el lugar en el que nos refugiamos cuando viene el mal tiempo? ¿No son nuestros amigos/familia/entorno, nuestro trabajo, nuestras rutinas, nuestros recuerdos, todos ellos un punto de referencia, un anclaje fijo cuando la barquita/casita va a la deriva a riesgo de perderse en el inmenso mar que puede ser este mal/buen vivir? Es allí donde buscamos el calor y el cariño cuando hace frío o cuando nos han herido. Así pues, si la casita es ahora lo importante, los fundamentos que parecen resistir a todo ¿Dónde quedan? ¿Dónde quedamos? ¿Dónde quedo?

Y todo esto como colofón a una noche tranquila y amable, en un bar pequeño con una blues band más thai que occidental en un local entrañable al que seguro volveré. Como si se tratara de un primer/pequeño nuevo cuartito de mi nueva casita ambulante y dispersa. Un lugar tranquilo y amable al que volver, no cuando haga frío -en Bangkok siempre hace calor- ni cuando me hayan herido -hace falta que te conozcan bien para que te puedan herir- pero sí volver porque sí, porque te sentiste a gusto la primera vez, y porque ya entonces sabías que esta cueva podrías sentirla también como una de tus cuevas.

Rutas. China

1. Recorrido:

Primera Visita / Desde Pekín hasta Hong Kong / 26 días (Verano 2009)
Pekín (1,2,3,4,5,6) > Hangzhou (7,8) > Shanghai (9,10) > Suzhou (11) > Huangshan (12,13,14) > Guilin (15) > Yangshuo (16,17,18,19,20) > Longsheng (21,22) > Hong Kong (23,24,25,26)

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Segunda Visita /  Yunnan & Sichuan > Pekín vía Shanghai / 29 días (Verano 2010)
Kunming / Shilin (1,2) > Lijiang / Garganta del Salto del Tigre (3,4,5,6,7) > Lago Lugu (8,9,10) > Zhongdian (Shangri-la) (11) > Khawakarpo / Dequin (12,13,14,15) > Zhongdian (Shangri-la) (16,17) > Daocheng (18) > Litang (19,20,21,22) > Chengdu (23,24) > Shanghai (25,26,27) > Pekín (28,29)

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2. Escritos:

01. Pekín que se llama Beijing. Pekín & Gran Muralla, China.
02. Ciudades Amables & Ciudades Hostiles. Hangzhou, Shanghai & Suzhou, China.
03. ¿Cuánto vale un recuerdo?Sección Irreflexiones
04. La Escalera a Huangshan. Tunxi, China.
05. Soñé con banderines & seppukus. Sección Irreflexiones
06. Yangshuo & La Liga Secreta de los Beer Pongers. Yangshuo & Longsheng, China
07. Bosques de piedra y profundas Gargantas. Kunming & Lijiang. Yunnan, China.
08. Khawakarpo, la montaña sagrada de Kham. Zhongdian & Dequin. Yunnan, China.
09. Descubriendo el Territorio de  Kham. Litang, China.

3. Fotos:

Todos los álbumes de este viaje en mi cuenta Flickr.

Descubriendo del Territorio de Kham. Litang, China

La vida no deja de ser una cosa extraña. Acabo de llegar de una reunión en la planta 25 de un rascacielos de Shanghai con unas vistas espectaculares de esta metrópolis en expansión. Antes de ayer fue un día genial en el hostal de Chengdu: mega-sesión de pelis (Avatar, Lost in Translation y rematamos con un Into The Wild), cervezas y noddles. Y el viernes pasado dormíamos en un prado a 4500 metros de altura en una tienda de lana de yak con una familia nómada tibetana encantadora. Todo en menos de una semana, todo a la vez natural e irreal. Como si las 3 películas que habíamos visto en Chengdu se mezclaran y se superpusieran las unas sobre sin ninguna línea argumental. Extraño y divertido, las 1000 figuras del “lobo estepario” de Herman Hesse. Supongo que ésta es una de las cosas que tanto me gustan del viajar: se llegan a interpretar muchas vidas diferentes en muy poco tiempo, sin dejar de ser uno mismo, pero siendo un “yo mismo” nuevo y diferente en cada ocasión.

En el último Post hablaba de la entrada a la provincia de Sichuan, de una travesía en bus de 11 horas por paisajes que supuestamente serían espectaculares y que ciertamente lo fueron. Tierra de nadie, entre bosques y montañas, prados y rocas de tamaños colosales, yaks y cabras. Es una sensación curiosa ésta de ir ganando altura. Una sensación parecida a la que experimenté cuando nos acercábamos por la carretera a los confines del mundo en el Cabo Norte de Noruega. Saber que se está llegando a un lugar remoto donde no hay nada, una nada que es precisamente lo que se anda buscando. En el caso de la zona de Daocheng y Litang la nada se define por valles verdes cruzados por ríos perezosos que se pliegan sobre sí mismos en meandros imposibles. Una nada de montañas cubiertas por un manto de hierba fresca moteada de puntitos negros que son yaks que deambulan arriba y abajo en busca de hierba. Y un poco más arriba de la escena, esas mismas montañas convertidas en pura roca sobre la que el frío y la temperatura matan toda vida que se arriesgue a aventurarse.

Fuimos ascendiendo por puertos de montaña, cruzando valles y pueblecitos, siempre pueblecitos tibetanos, con su arquitectura típica común y variada. Me sorprendió ver como un mismo pueblo con unas supuestas condiciones de vida similares es capaz de desplegar tanta variedad formal en su arquitectura, manteniendo la esencia pero variando en los materiales y los modos de construir. En los valles del oeste de Sichuan las casas son cubículos de piedra que se funden con el paisajes. Un paisaje sembrado de invocaciones al Buda histórico, literalmente trazadas sobre las montañas, sobre la hierba, con letras gigantes hechas de piedras recogidas en los márgenes de los ríos. Una forma religiosa de Land Art.

En Litang estuvimos 4 días y desde el minuto cero las sorpresas fueron generosas. Tan solo llegar al hotel la recepcionista nos comenta que se está celebrando el Festival de Caballos en la zona, que se termina mañana y que viene a ser algo como “El Evento del Año” para las gentes de toda la región. Al cabo de media hora ya estamos en un taxi camino del campamento situado en medio de un prado rodeado por colinas que en realidad son montañas de más de 6000 metros de altitud.

Tiendas de campaña, motos (los nómadas tibetanos tiran de la moto como si fuera su moderno caballo) y todo a rebosar de khampas vistiendo sus mejores galas. Y caballos y más caballos compitiendo en carreras, exhibiciones de tiro de arco y pruebas de destrezas varias. Ningún chino Han y algunos occidentales. Y toda una hilera de monjes budistas que presencian y bendicen el evento. Me paseo con la mandíbula desencajada y con los ojos como platos, totalmente hipnotizado per todo lo que me rodea y en especial por los increíbles tocados y peinados de las nómadas tibetanas. Una bienvenida insuperable que no fue más que la antesala de las buenas cosas que estaban por llegar.

El siguiente día despertó nublado pero el sol acabó por asomarse justo al llegar a los muros de la gompa (monasterio tibetano). Mucho mejor y más virgen que la que visitamos en Zhongdian. Pudimos ser espectadores de la vida de los monjes, de los peregrinos que la circunvalaban y de los pequeños novicios que con sus ropas tradicionales juegan y corretean entre los templos. Que compran dulces y chucherías en la tienda del monasterio y que más tarde forman filas y se reúnen en el patio con el maestro para recitar y aprender los mantras (plegarias budistas). Pero este paraíso tampoco parece poder escapar a la china Han que se expande como una gota de aceite, lenta pero constante. Visitamos un par de templos en construcción y de nuevo el cutrerío y el mal gusto son la pauta. La falta de criterio y la ignorancia, voluntaria o no, hacen que estos nuevos templos ya no tengan nada de aquello que hace especiales a los antiguos. Tampoco es necesario ser un experto para apreciarlo, bastaría con estarse 5 minutos sentado, disfrutando de aquellos lugares especiales que están por todas partes, para poder entender qué los hace mágicos y poderlos reproducir en las nuevas construcciones. Pero no es así. La mediocridad, la torpeza y las aspiraciones de nuevo rico son los sentimientos que me despiertan estos templos del siglo XXI.

Los últimos dos días en Litang consistieron en largos paseos a caballo por paisajes deliciosos, a veces majestuosos, otras suaves y delicados. Poco árbol y mucho prado lleno de rebaños de yaks y algún que otro caballo pastando a su aire. Baba fue nuestro guía y el cabeza de la familia con la que convivimos esas dos jornadas. Colina arriba colina abajo fuimos haciendo camino por aquellos paisajes, con toda la calma de mundo, ahora descansando aquí, al rato echando una siesta allá, o esperando pacientemente bajo un árbol un par de horas hasta que la tormenta pasase de largo.

En la tienda que era su hogar nos habían recibido por la mañana un rebaño de niños geniales (Ganze el más majo de todos), el Lama Oku que pasó la noche anterior con ellos y, cómo no, Baba y Mama, los cabezas de familia. Al atardecer, alrededor del hornillo que hacía de cocina y de estufa, nos secamos las ropas empapadas y cenamos unas verduras con arroz y tocino que me supieron a gloria. Y seguimos bebiendo más y más leche de yak.

La puesta de sol, con los gritos de fondo de niños correteando por las colinas para reunir los rebaños y pasar la noche, y una luna creciente que se dejó ver un instante entre las majestuosas nubes y que me hizo pensar en Barcelona. Toda una postal idílica de una manera de vivir dura, precaria, pero claro está, con sus ventajas y sus muchas alegrías. Tan sólo había que mirarles a la cara, esas caras llenas de sonrisas generosas y sinceras.

Y ahora en Shanghai, la nueva metrópolis de Asia, la que renació de su pasado, la que se está reinventando desde principios de los 90 y que tan lejana y hostil sentí la primera vez que pasé por aquí. Supongo que a las ciudades les pasa como a las personas: falta que alguien te entre mal, en un mal día, para que la juzgues como “no válida”. Pero supongo que como a las personas, a las ciudades también se les puede dar una segunda oportunidad. La Shanghai que me recibió ayer es muy guay: solete a raudales y humedad infernal, y un lugar increíble en el que dormir al que llegué gracias a CouchSurfing. Un apartamento de los años 20, todo renovado, techos altos y maderas oscuras, y mucha luz y mobiliario moderno. ¡Gracias Dena!

Y ahora a disfrutar de la ciudad un par de días, que mañana por la noche viajo en tren nocturno dirección a Pekín donde cenaré con mi amiga Nazuki y su clan para celebrar su cumpleaños. El domingo vuelo de vuelta hacia Barcelona con parada técnica de 14 horas en Bruselas, perfecta para hacer repaso de este mes, visitar algo de la obra del Sr. Víctor Horta y tomarme, finalmente, una buena cerveza fresca, bien densa y con mucha graduación.

Khawakarpo, la montaña sagrada de Kham. China

Hoy cierro la segunda etapa del viaje. Dejo atrás Yunnan para saltar mañana hacia la provincia vecina de Sichuan. El trayecto todavía no está claro cuánto durará pero para llegar a Daocheng tendremos que cruza puertos de montaña de hasta 5000 metros de altitud a través de paisajes impresionantes en pleno territorio tibetano de Kham.

¿Y ahora? Pues escribo estas líneas desde Shangrila, o Zhongdian que es como realmente se llamaba esta ciudad antes de que los chinos Han la rebautizaran y la convirtiesen, una vez más, en un Circo para turistas. Y es que esta tarde estuvimos visitando la gompa (monasterio tibetano) de Ganden Sumtseling  y ando todavía un poco bastante decepcionado con lo que me encontré. Convirtieron un lugar mágico en un parque temático de lo más mediocre. Una ciudad monástica asentada en un lugar privilegiado y que durante siglos fue un lugar clave en la religión y la cultura en la región tibetana de Kham. Pone los pelos de punta la insensibilidad de las autoridades, de los monjes y de los turistas chinos, todos ellos encantados con el resultado. Y le entran a uno las ganas y las prisas de recorrerse este país antes de que arrasen con todo. Por suerte, los días pasados los pasamos disfrutando de uno de esos lugares mágicos que esconde este país-mundo y donde por suerte el turismo de masas chino y el desgaste que implica todavía no han llegado. Eso sí, trabajan a marchas forzadas para llegar hasta allí y sufrimos las consecuencias.

La historia comienza con un viaje infernal de 18 horas en autobús que incluye 6 horas parados en medio de la nada, una avería a las 10 de la noche a unos 4500 metros de altitud y casi todo un recorrido por una carretera en construcción que no era más que una pista de tierra sobre un precipicio. Todo esto para acabar llegando a las 3 de la madrugada a Dequin, un pueblo de mala muerte fronterizo con el Tíbet. Todo oscuro, todo cerrado y en inquietante silencio solo roto por sombras ebrias que se tambaleaban en la oscuridad. Estoy en tensión y no tengo ni idea de cómo va acabar esta historia cuando la gracia de los dioses recae de nuevo sobre mí y acabo llegando a destino y encontrando habitación en Feilai Temple. Toda una odisea que acabó con final feliz.

¿Una imagen que sintetice estos 5 días? Un servidor sobre una Roof (terrado) con una cerveza fresca en la mano. Pero en vez de tener a La Gran Vía de Barcelona a los pies fluye frente a nosotros el tramo superior del Mekong, ese río mítico que arranca en China para desembocar en las costras del sur de Vietnam. Al frente, en vez de edificios del Ensanche barcelonés, se levantan montañas peladas agrietadas que me recuerdan a los paisajes de Afganistán. Y a nuestro lado del valle se asienta este pueblito tibetano, Xidang, que es verde y fértil como un oasis en medio de este paisaje tan árido y que está lleno de gente encantadora que no para de saludarnos. Campos de maíz, cebada y árboles muy antiguos que hacen de trasfondo a las casas-fortines tibetanas tradicionales construidas con barro prensado y pintadas de blanco.

Y todo este espectáculo lo contemplamos desde la Roof de una casa de huéspedes regentada por una finlandesa que ha sido adoptada por una familia tibetana que nos trata como a reyes y que visten una sonrisa franca como pocas se ven estos días. Y el cielo, ¡ah el cielo!, un firmamento que no entiende de contaminación lumínica y que a 3500 metros de altitud se muestra sencillamente espectacular. El descenso desde el otro lado del valle donde pasamos la noche anterior ha sido precioso, y poco nos esperábamos que sería tan mágico cuando a primera hora de la mañana se planteaba como un puro trámite. Y la guinda ha sido acabar cruzando el bravo y terroso Mekong por un puente colgante como los de las películas donde el atasco lo provocaban las cabras y las vacas.

Al día siguiente nos esperaba una dura jornada de seis horas de marcha con un buen desnivel a salvar. Sufrimos un poco y los pies no paraban de quejarse hasta que llegamos al collado y al ver el valle que nos esperaba al otro lado se nos quitaron todos los males. La visión del Khawakarpo, con sus 6740 metros de altura, rodeado por sus hermanos pequeños de más de 6000 es solemne. Y de este manojo de cumbres nevadas descienden un ramillete de glaciares que se abren paso a través de bosques frondosos. ¡Qué paisaje tan radicalmente distinto al del día anterior! Al fondo del valle ya veíamos Yubeng, el destino donde haríamos noche. A dormir temprano porque el día ha sido duro y porque mañana queda la última ascensión y la vuelta a Xidang.

Al día siguiente me desperté con los pies hechos polvo y llenos de ampollas, las piernas con agujetas tremendas y con todas las ganas y la ilusión del mundo. El amanecer en el valle es precioso, es idílico, y tras algunos mechones de nubes se entrevé nuestro próximo destino: El Lago del Glaciar, a unos 3900 metros sobre el nivel del mar. Son dos horas de camino a través de bosques tupidos, con el camino marcado pero lleno de barro, piedras y raíces que hacen la ascensión penosa. Nos vamos acercando, cruzando estos bosques antiguos de árboles fuertes y gruesos, cubiertos de musgo. Y cuando parece que no acabamos de llegar, que esa última peña es demasiado empinada y que nos falta el aire, entonces, detrás de un recodo aparece finalmente El Lago. La visión que tenemos ante nosotros nos arranca una sonrisa y nos ilumina la cara: Un glaciar que se desmigaja a media montaña porque la pendiente es demasiado inclinada para retener al río de hielo, mientras una docena de cascadas le surgen por debajo la falda, resbalando por la roca y alimentando las gélidas aguas del Lago.

Con esta imagen me quedo. El resto es una vuelta a Xidang en un tiempo récord toral de más de 10 horas de subidas y bajadas. Los pies no pueden más y suplican clemencia, pero el corazón anda alegre, entre satisfecho y orgulloso. Ya estamos de vuelta a en la Roof de Xidang y pienso en lo inesperados e increíbles que han sido estos días y en la nueva jornada maratoniana de furgonetas que nos espera al día siguiente. Un viaje de locos para volver a Zhongdian que comenzará a las 7 mañana y que acabará a las 3 de la madrugada del día siguiente. Pero esa, ya es otra historia.

Bosques de piedra y profundas Gargantas. Kunming, Shilin & Lijiang. Yunnan, China

Ahora mismo escribo estas líneas desde Lijiang, al norte de la provincia de Yunnan, que hace frontera con Myanmar al sur y con el Tíbet al oeste, y Tíbet quiere decir altura. Desde los 2400 metros sobre el nivel del mar, desde el corazón del territorio Naxi, faltan unos días para que me encarame más hacia el norte, hacia Zhongdian, la ciudad considerada como la puerta de las tierras tibetanas de Kham. Desde allí me acercaré hasta Dequin, a los pies del Khawa Karpo, una montaña de 6740 metros, sagrada para los tibetanos y lugar de peregrinación salteado de templos, stupas y banderas de oración. El objetivo, si es que lo hay, es perderme todavía un poco más.

Y aquí, en Lijiang, a pesar que suene a remoto, la verdad es que el turismo de masas china hace ya tiempo que llegó y créanme cuando les digo que fue implacable. Lijiang fue durante 1400 años el centro del mundo Naxi, un pueblo que a pesar de estar en la periferia del mundo chino siempre fue algo distinto a los chinos Han. Los Naxi, aparte de tener una sociedad marcadamente matriarcal que no feminista, desenvoluparon su propia religión animista y su propia escritura jeroglífica, la única que ha sobrevivido hasta nuestros días. Pero no se hagan ilusiones, porque Lijiang y su centro histórico ya ha sido desbordado por las riadas de turista chinos y occidentales. Realmente es una ciudad encantadora, llena de rincones increíbles, patios, canales, puentes y cubiertas espigadas que vuelan y se superponen las unas sobre las otras. Pura magia en la tibieza de los amaneceres veraniegos, justo antes que desembarquen las nuevas hordas de turistas y justo después que cerraran los bares y las discotecas. Es una ciudad muerta que ha sido momificada y maquillada para nuestro disfrute. Los Naxi hace ya tiempo que alquilaron a buen precio sus propiedades en el centro y lo abandonaron para vivir en la “comodidad” de la periferia.

¿Y antes de Lijiang qué? Después de las 24 horas de vuelos seguidos lo más increíble de mi regreso a China fue la facilidad con la que me reconecté con todo y la familiaridad, no necesariamente buena, que me sugería Kunming, la capital de la provincia y mi punto de partida en este viaje. Kunming es una ciudad fea desde la distancia y no puedo negar que mientras aterrizaba el avión me pregunté aquello de “¿qué narices hago yo aquí?”. Pero vista de cerca tenía su encanto en algunos puntos: Un buen hostal en el que hasta 3 veces me preguntaron si era israelí, un bar en el que tocaba un curioso bluesman chino que había vivida un montón de años en Nevada y una calle comercial bastante impresionante que da buena medida de la China que viene: el alumno comunista ha aprendido bien la lección de lo que significa consumismo a la occidental.

Kunming sólo era un punto de escala para la primera parte del viaje. Por un lado estaba la visita al mágico y laberíntico Bosque de Piedra de Shilin donde fue una delicia perderme durante varias horas corriendo por todos lados, huyendo de las manadas de turistas chinos e imaginando lo increíble que sería construirme una cabaña aquí o allá.

En este punto el viaje dio un giro importante y los planes que tenía previstos se modificaron considerablemente. La visita a las terrazas de arroz en Yuanyang quedó cancelada por recomendación de viajeros que venían de allí. Y más tarde un servidor se pasó de estación en un tren de esos de 8 horas en el que era el único demonio blanco. Fue bastante cómico cuando mi compañero de cabina me comenta que acabamos de pasar Dali y yo alucino. Le pregunto como cuatro veces más porque pienso que debe estar equivocado, y evidentemente tiene razón. Momentos de nervios hasta que aplico la máxima de carretera y manta. El caso es que Dali quedó atrás también y gracias a dios el no dar la vuelta fue la decisión correcta porque gracias a este cambio de planes y descuidos pude coincidir aquí, en Lijiang, con Andreu, Mónica i Ferran. Se han marchado hace unas horas y hemos pasado tres días geniales en el Mama Naxi, un hostal de aquellos donde apetecería quedarse una semana. Y es que de hecho esto es lo ha acabado pasando: el Mama Naxi está siendo mi campo base durante todos estos días para poder visitar las maravillas que la zona ofrece.

El primer día lo pasamos de excursión en bici a Baisha, un pueblecito como los de León cuando era pequeño pero versión China. Lástima, eso sí, que la mitad del pueblo ya estuviera lleno de tiendas de souvenirs, siempre los mismos. Siempre quedará, al menos, la otra mitad del pueblo donde los ancianos y las ancianas siguen vistiendo sus trajes tradicionales y los niños que jugando al fútbol en las calles sin asfaltar.

Al día siguiente nos tocaba un plato fuerte y la que ha sido hasta el momento la visión geológica más espectacular de mi vida. La Garganta del Salto del Tigre es un trekking de dos días por el monte, a través de una garganta que separa dos montañas de más de 5000 metros. El Yangtze, el río más grande de China, lleva cortando y excavando la roca durante miles de años y el resultado ha sido un muro de roca que cae 3900 metros casi en vertical desde la cima de la Montaña del Dragón de Jade hasta los salvajes rápidos del río. Un muro de piedra solemne y majestuoso.

La excursión no fue difícil pero decir que fue fácil tampoco haría justicia. Sudamos la gota gorda y a pesar de las nubes y la lluvia de la primera jornada que nos impedían disfrutar de la maravilla, mantuvimos la fe y se nos recompensó con un solecito bastante generoso al día siguiente. Qué placer llegar por fin al albergue y ver el panorama que nos aguardaba. Los que vino después fue delicioso a pesar de algunos nervios al tener que cruzar alguna que otra cascada que nos cortaba el paso y que no hubo más remedio que atravesar, eso sí, con muchísimo cuidado de no despeñarse. Con las rodillas trituradas y después de dejar a Mónica y Andreu descansando, Ferran y yo decidimos acabar la ruta bajando hasta el río para la ver la piedra desde donde el mitológico Tigre saltó.

Y menuda la Piedra y la bajadita hasta la Piedra. Bajada que a la vuelta ser tornó en Subida. Cada uno de nosotros tuvo el placer de ser protagonistas de nuestro momento de pánico, y cuando digo pánico no digo miedo, digo pánico del que te echa para atrás si es que no te deja clavado. Lo de Ferran tuvo lugar en una encrucijada a través del “camino seguro” que resultó ser un paso con un precipicio que caía al vacío y del que no se veía el fondo. Un Ferran abrazado a la barandilla propuso dar marcha atrás, pero a pesar de todo, seguimos para adelante. Lo mío vino a la subida y el mismo paso que al bajar parecía una locura se torno a la subida en una escalada imposible para nuestras piernas exhaustas y temblorosas, una auténtica escalera a Mordor. Así que imposibilitada esta vía sólo nos quedaba la alternativa de la otra escalera de la que ya habíamos oído rumores. Era un tramo de unos 15 o 20 metros de escalera de bombero clavada en la montaña, y a medio subir, con el vacío tras la espalda y la conciencia clara que en un descuido me jugaba algo más que un rasguño, me empezó a entrar el pánico. Mente en blanco, fijé de nuevo la vista hacia el final de la escalera y cuando llegué arriba todavía me temblaban las piernas.

Culminado el trekking de La Garganta del Salto del Tigre vino la carretera suicida en construcción y sin protecciones que tuvimos que recorrer para volver al inicio del trekking y de allí vuelta a casa, al Mama Naxi’s Guesthouse. Atrás quedaban tres días geniales en la mejor compañía. Nuestros caminos se separaron de nuevo y volvía a quedarme solo en el camino: el mundo chino a mis espaldas y el universo tibetano por delante.

Yangshuo & La Liga Secreta de los Beer Pongers. China

Había una vez, en las profundidades de la lejana China, una montaña de la que colgaba un Bar. De este Bar colgaba a su vez todo un mundo de paisajes increíbles, poblados por manadas de turistas aborregados y al mismo tiempo por una Casta de Viajeros fascinantes. Aquel lugar era el Monkey Jane’s Roof Top Bar, y es donde he vivido la última semana.

La verdad es que Yangshuo es un lugar sencillamente genial, a pesar de estar lleno hasta la bandera de turistas chinos. Sus paisajes, las montañas, las cuevas, los arrozales y los senderos que los cruzan, los ríos y de nuevo las siluetas de las famosas montañas de Goku que hacen de este lugar un santuario para los viajeros, al menos por el momento. Y cuando hablo de viajeros no me refiero a gente como yo -me he sentido como si estuviera de fin de semana RyanAir- sinó a la gente que he conocido en este hostal de locos, donde la más loca es la jefa, la Monkey Jane. ¿Saben de esa gente que dicen que lo han dejado todo para ir a echarle una ojeada al Mundo durante un año, 15 meses, que llevan un bagaje a sus espaldas que flipas y que literalmente sólo queda escucharlos porque poca cosa se puede añadir?. Han sido unos días fantásticos, de actividades por el monte -bici, cuevas, amaneceres en globo, excursiones a pie- y de noches de eterno happy hour en un terrado, con vibrantes campeonatos de Beer Pong incluidos y escapadas al Karaoke.

Acabó Yangshuo y me escapé de nuevo, esta vez en dirección a Longji, lugar de pueblecitos tradicionales de madera enclavados en paisajes de terrazas de arroz, de aquellos que tantas veces vi en la televisión y en fotos, y que vistos en vivo ganan una barbaridad. Un jardín gigante trenzado por caminitos que lo recorren por todas partes y que hacen que cada giro ofrezca una panorámica mejor que la anterior. Y el hotelito, una casona de madera que cruje a cada paso y que anda colgada del monte y con unas vistas de solo aptas para privilegiados. Me parece que todavía ahora siento el fresco de la noche escurrirse entre las sábanas acompañado del murmullo de un riachuelo y del canto de los gallos.

Cerrada la etapa china de Monte & Campo vuelvo a la ciudad y mañana despertaré en la palpitante Hong Kong, la ciudad híbrida donde Oriente y Occidente se han fundido.

Soñé con banderines & seppukus. Tunxi, China

Un sueño, unos más de los muchos que me asaltan cada noche, y aún así vaya Uno.

A lo largo de mi vida los sueños nunca han sido premonitorios pero sí definitorios. Siempre han acabado por mostrarme claramente y sin tapujos lo que sin saber yo ya sabía. Han actuado como una especie de simulador emocional de la realidad, poniéndome al límite para experimentar en mis propias carnes situaciones extremas en el inocuo universo virtual de los sueños y así poder acabar comprendiendo mi realidad en ese momento dado. Empecemos pues:

 “Desconozco el entorno o la situación. El caso es que tengo frente a mí una mesa recostada sobre una pared y en esa pared hay un montón de telas de colores. Estoy a punto de suicidarme, mediante el ritual seppuku japonés -niños no me lean a Mishima!- que consiste en abrirse el estómago en canal con una espada corta. El caso es que al final no lo haré pero en su lugar tomaré un veneno que me matará. Todo está dispuesto, no hay motivo aparente y yo estoy en calma. La razón no está clara pero tampoco es el Tema. El ritual dispone que deje una especie de recuerdos o banderines de despedida a mis seres queridos donde les dirijo mis últimas palabras y me despido para siempre. El número de banderines es limitado y tengo que escoger de quién me despido y es aquí donde viene el problema. Hay demasiada gente a la que le quiero decir cosas que no dije en vida y de repente, con lágrimas en los ojos, me doy cuenta que prefiero vivir y decírselas en persona. Lo que ocurre después es irrelevante y ya no lo recuerdo. Fin del sueño“.

 

La escalera a Huangshan. Anhui, China

Finalmente salgo de la ciudad para ir al campo y la primera parada es Huangshan, las Montañas Amarillas. Fue toda una apuesta logística viajera invertir 4 días y un incremento presupuestario para desviarme de mi ruta y venir a las que posiblemente sean las montañas más bellas de toda la China. Para llegar aquí decidí seguir apostando fuerte y compré billete en clase turista para uno de los trenes de provincias chinos en un trayecto de 13 horas desde Shanghai en un vagón donde el único “demonio blanco” fui yo.

En todo momento estuve flanqueado por 3 abuelitas chinas, que podrían haber sido encantadoras pero que resultaron ser bastante cerditas. “Las 3 abuelitas cerditas y sus 6 nietos encantadores pero también cerditos”. Éste podría ser el título de un cuento, pero fue una cómica pesadilla en la que los 9 miembros del clan se debatían en un tragar y regurgitar comida sin parar. Patas de pollo, pipas, verduras y restos de arroz pasaban de los platos a las bocas y de las bocas al suelo del vagón. Entre tanto y a cada rato una sufrida limpiadora barría y cual artistas contemporáneos enfrentados al desafío del lienzo en blanco, las abuelitas y los nietos recomponían nuevas constelaciones y ensayaban nuevas variaciones de basura en el piso.

Este happening espontáneo tan solo se interrumpía al paso del vendedor de calcetines ambulante con su carrito y sus dramáticas y sentidas demostraciones de uso y resistencia. Y este happening tan solo se interrumpía por el paso del carrito de la comida. Todo era susceptible de ser comprado y devorado por este clan incapaz de saciar sus ansias por comer.

Y todo esto tenía lugar de forma aislada y tangente al resto de la vida del vagón que permanecía en condiciones decentes y que asqueados y fascinados miraban de reojo a nuestra hilera y se cubrían las narices al tener que pasar junto a nosotros. Fue agotador pero fue divertido, y cuando pasada la media noche llegué exhausto a Tunxi mi sentido común me decía que me duchara, pero fueron mis entrañas las que asqueadas se retorcieron cuando tras la ducha reolfateé mi camiseta.

El primer trayecto en minivan hasta llegar a la base de la escalera fue precioso. Me encontraba por primera vez en medio de una zona rural china, con sus montañas tapizadas del verde de bosques de bambú, de plantaciones de té y de pinos. Y aguas en forma de ríos y niebla y lluvia. ¿Lluvia? Y es que resulta que en China hay tifones, los mismos que me recibieron en Shanghai, pero que no satisfechos con aguarme la fiesta allá, pensaron también que podrían añadir colorido las anécdotas de mi paso por estos parajes. Y se cebaron, vaya que si se cebaron…

Vista desde afuera, mi ascensión por “La Escalera” podría definirse como penosa. Vivida desde dentro tuvo momentos de rabia, desesperación y determinación ibérica. Fueron 3 horas casi sin parar subiendo por una escalera eterna. 3 horas en las que no paró de diluviar, haciendo de cada escalón un salto de agua y de cada tramo una cascada. 3 horas en las que mi visibilidad fue cero por la niebla, por las gafas empapadas y por la capucha de un chubasquero de usar y tirar que me protegió de la lluvia pero que me coció en los vapores de propio mi sudor. Con toda la ropa completamente empapada de agua y de sudor llegué finalmente a la cumbre, deshidratado y dispuesto a pagar cualquier precio por una botella de agua. Y bebí y bebí, y pensado que ya había llegado pregunté por el hotel donde había hecho la reserva suponiendo que las cumbres de las montañas son siempre una. Pero en Huangshan son varias, muchas, demasiadas. Durante un hora más deambulé por los caminos, malprotegiendome del viento y de la lluvia con un paraguas barato y maldiciendo los elementos a viva voz. En algún momento, en la nada en la que te deja la niebla, el cansancio y los brotes de desesperación, me crucé con un par de occidentales vestidos de los pies a la cabeza con la última tecnología en ropas de montaña, y maldiciendo mi no-previsión y mi estupidez llegué finalmente al hotel.

La habitación con su ducha de agua caliente, sus toallas limpias y sus sábanas calientes había sido el único rayo de esperanza al que me había aferrado durante las 4 miserables horas, pero resultó ser un cuarto de literas en un edificio anexo. En el pasillo se apilaban montones de zapatos empapados que pretendían secarse. Todos me miraban sorprendidos con una mezcla de lástima e incredulidad. Allí estaba yo, a las 5 de la tarde, goteando y jadeando y sin ropa de recambio. En un acto de soberbia ignorancia había decido cargar con lo justo, y lo justo no planteaba tifones en la cumbre ni mudas secas, ni toallas. Me quité las ropas, las escurrí como pude en el baño y en calzoncillos de estrellitas me quedé en aquella habitación con siete hombres más y un televisor que no dejaba de tronar. Me envolví en las mantas para intentar entrar en calor y me aislé en mi burbuja musical mientras esperaba a que pasaran las 14 horas hasta el nuevo amanecer.

Iluso de mí no perdí al esperanza de un día soleado. Iluso de mí creí que los tifones se iban como se va una tormenta de verano. Amaneció más gris que el día anterior y no me quedó otra que ponerme de nuevo las prendas empapadas y salir al paso para conseguir llegar al teleférico y salir de ese infierno en las nubes. Me hice con un mapa nuevo, pues el viejo se había deshecho en mis manos el día anterior, y aún así tardé una hora en encontrar el maldito teleférico. Escaleras arriba, escaleras abajo. La desesperación de la tarde anterior había hecho que este último tramo en la montaña me pareciera más corto de lo que realmente era.

Destruído y encantado de la vida por haber escapado del infierno, me vuelvo a reconciliar con el mundo y con China. Primero con mi compañera de cabina. Una señora que emigró y que después de pasar por Lyon ahora vive en Minesota pero que ha vuelto para ver a su padre de 80 años, arquitecto también, y que por el aspecto que tiene podría pasar por 65. Su consejo cuando le pregunto por el secreto: ”No estresarse”. Lo tomo como una broma de los dioses y pienso en lo bien me habría ido este consejo unas 16 horas antes cuando andaba maldiciendo absolutamente todo en medio de esa Escalera me llevaba directa hacia el infierno en las nubes.

Ya luego en el bus de regreso a Tunxi, mi compañero de asiento es un chaval que viaja con su novia por el país y que empezará la Universidad en septiembre. Después de charlar un rato abre su bolsa y me obsequia con una barrita de chocolate. Como un niño chico me relamo los labios manchados de cacao mientras miro por la ventana y ya me río de lo que me pasó en la montaña, y me relajo y me re-enamoro de este país y de esta gente.

¿Cuánto vale un recuerdo? Hangzhou, China

¿Haber vivido algo hace mucho tiempo nos da autoridad para hablar de ello? Hará unos días, mientras callejeaba por Pekín me preguntaba qué quedará en mi recuerdo de todo esto, cuál será la versión que rememoraré en mis días que están por venir.

Tengo la no triste, pero sí melancólica sensación de que todo lo vivido sólo servirá para moldear mi carácter de un modo más sutil, pero que los recuerdos en sí mismos tendrán poca validez a la hora de actuar porque serán vanos, inciertos y edulcorados por el paso de los años. Mi carácter torneado por estas vivencias dará respuesta a cada momento como consecuencia de la realidad vivida pero sin poderla tener como referencia concreta o como punto de apoyo.

Tengo la sensación que usamos un pasado novelado para justificar actitudes y necesidades presentes. Y tengo la sensación que este escrito no es más que un estadio más en ese proceso de asimilamiento y digestión existencial viajera.

Ahora no recuerdo cómo, cuándo ni dónde, pero un día vi a un niño reír, reír con todas las ganas con las que un niño chico puede reírse, y se me pasó por la cabeza la pregunta “¿Cuánto de esta risa quedará en este niño cuando crezca?”. Fue un chispazo y tal como vino se fue. Me pareció simple, pero ahora que lo pienso el tema está cargado de trasfondo. ¿Hasta qué punto lo que somos viene determinado por lo que hemos vivido o viene determinado por lo que creemos y recordamos haber vivido? ¿Cuánto vale realmente un recuerdo?

Y todo esto viene a mi cabeza a las orillas del Lago de Oeste en Hangzhou, mientras espero a que pase el chaparrón e intento disfrutar cada momento de este viaje, consciente que de los 1000 instantes vividos cada día, la mayoría se desvanecerán para siempre el preciso instante en que suba al próximo autobús.

Ciudades amables & ciudades hostiles. Hangzhou, Shanghai & Suzhou. China

¡Y es que parece mentira! Cuando las cosas se ponen del revés volver a reconducirlas no es fácil, pero tampoco imposible. Éste viene siendo un poco el ejercicio en general: reconciliación con Shanghai, con los chinos y con los tifones. Mil historias que no caben en un post pero que intentaré resumir.

La primera parada fue en Hangzhou. Primera experiencia totalmente solo en un vuelo lleno de locales y ejercicio superado de llegar del aeropuerto al hostal sin hablar palabra de chino. La ciudad muy grande -éste es un país lleno de mega-ciudades totalmente desconocidas en occidente- y la zona del Lago del Oeste sorprendentemente bonita, extremadamente bien cuidada y con buen un gusto que escasea en estas tierras. Pasé todo el día paseando por los parques, los templos, los jardines y pasando un calor infernal. La humedad debía ser del cien por cien y estuve permanentemente empapado en sudor. La jornada la cerró una velada en un Jazz Club con banda en directo y encantadora y bella compañía fruto del CouchSurfing, no si antes darme un paseo por el mercado nocturno y ver como en una de las principales explanadas una formación de señoras maduras movían el esqueleto a ritmo de techno.

¿Y Shanghai? Pues la verdad es que tuve un gran desencanto. No sabría cómo explicarlo pero tuve la sensación que quien estaba pensando la ciudad tenía la cabeza en otra parte. Me pareció un lugar totalmente invivible excepto por los dos motivos que me refería todo el mundo con quien hablé. Por un lado las grandes oportunidades económicas y laborales. Por el otro la increíble fiesta nocturna que deriva de las altas rentas. Y sigo preguntándome dónde quedan la calidad de vida y las otras bondades por las que nos gusta vivir en un lugar y no en otro. La ciudad propiamente dicha tampoco me impresionó. Nada comparado con el skyline de Nueva York, ni de lejos. Todo está fuera de escala y la gran mayoría es de dudoso buen gusto. Tuve la sensación que realmente todo está a medio cocer y que posiblemente dentro de unos años, cuando este consolidada, ofrecerá algún rostro claro. La extraña bienvenida, las lluvias tifónicas que azotaban la ciudad y una muy incómoda experiencia con mi host de CouchSurfing me hicieron venir ganas de salir por patas de ese lugar.

Pero antes de abandonar definitivamente Shanghai me acerqué a Suzhou, la Venecia de Oriente. Suzhou está en proceso, si es que no ha concluido ya, de convertirse en otro parque temático turístico a la china. La gran parte de los canales se secaron hace tiempo y son calles, amplias zonas de la ciudad vieja fueron derruidas y ahora empieza la “recuperación” y la “reconstrucción”. Son esos procesos que no se sabe bien cómo acabarán. La ciudad y sus jardines Patrimonio de la Humanidad están inundados de turistas chinos que corretean y hacen gala de la más absoluta falta de respeto: parecen no ver diferencia alguna entre Disneyland y El Jardín del Administrador.

Pero a pesar de todo y de la marabunta que vocifera en los enclaves principales, Suzhou bien merece una visita. Sus jardines, su arquitectura y sus canales y callejones permiten captar la esencia de lo que aquello pudo llegar a ser. De aquel mundo de comerciantes cultivados que fomentaron las artes y el refinamiento y hicieron de Suzhou un pequeño paraíso urbano en la tierra. Lo mejor de una civilización plasmado en unos ideales que se materializaron en las casas de los grandes señores y comerciantes y en sus jardines.

Gracias a los dioses al final también tuve mi momento de reconciliación con Shanghai, y es que después de salir de fiesta con Indy -debota CouchSurfer– y acabar en un bar de reagge con un grupo variopinto en la otra punta de la ciudad, un servidor, algo entonado, consiguió que el bendito taxista le llevara de vuelta a casa. Todo un reto que tuvo final feliz.. Posiblemente éste fuera el momento más dulce de todos. La vuelta a casa, pasadas las doce, cruzando la noche veloz sobre la maraña de viaductos, cruzando y dejando atrás el mar de torres chispeantes reflejadas en las mil superficies de la megalópolis empapada de lluvia.

Pekín que se llama Beijing. China

Ahora ya puedo decir que Pekín me ha enamorado, pero todo sea dicho, no ha sido nada fácil. Han sido necesarias casi una semana y una caleidoscópica variedad de situaciones para llegar a esta conclusión.

Nada más aterrizar, la ciudad se me presenta inmensa y extraña. Una niebla espesa lo cubre todo y literalmente, más allá del margen de la autopista no se ve nada. Un muro de árboles separa el asfalto del vete tú a saber qué. Y mientras nos vamos acercando al “centro” empiezan a emerger de entre la niebla torres y más torres de edificios que se esfuman en la nada a la misma velocidad que aparecieron. Mi primera impresión es la de un lugar fuera de escala, a la americana, pero más impersonal. Todo está lleno de edificios esparcidos sin ton ni son, mediocres la mayoría, a lado y lado de mega avenidas que parecen más autopistas que calles.

Ésta es la ciudad que conozco durante los primeros días. Combinada con la zona en la que vive mi amiga Nazuki con su pareja y donde estaré acampado las tres primeras noches. Es una zona de grandes complejos de torres impersonales rodeadas de jardines y aisladas en medio de la nada. El novio insoportable resultará ser en realidad un ex, y un maltratador, y acabaremos huyendo literalmente de él a un hostal al cabo de los tres días. Durante este tiempo no he visto el sol y la ciudad me parece un lugar invivible pero es entonces cuando empieza la transformación.

Es después de conocer a los compañeros de trabajo de Naz, de acabar bailando flamenco sobre una mesa durante la inauguración de un bar de tapas y de haber podido visitar trocitos de la otra Pekín. Esa Pekín que va más allá de los grandes monumentos y las glorias nacionales. La Pekín de los parques, de los hutongs -zonas residenciales tradicionales- y sobretodo después de ver por todas partes como los pekineses se toman la vida con una pachorra envidiable. Su falta de complejos y el buen rollo que desprenden me hace venir ganas de aprender chino para poder comunicarme con ellos.

La huída al hostal viene seguida de una cenita guay en casa de otros amigos y allí empiezo a volver a comprender aquello de que las primeras impresiones, si bien pueden ser ciertas, siempre son parciales. Gente guay, comida guay, música guay y después de una sesión de racismo chino-japonés con el portero de un bar, conseguimos rematar y cerrar la noche encima de un tejado, con una copa de vino en la mano y una ciudad en calma que duerme a nuestros pies. Este tejado será precisamente el techo de mi última casa en Pekín donde nos mudaremos al día siguiente para pasar un par de noches más.

Mi estancia culmina con una cena formal en un buen restaurante. Buen ambiente y buena conversación entre Nazuki y un amigo suyo sobre los fascismo en sus respectivos países, Japón y Alemania. Poco tengo que decir, me callo, escucho y aprendo. Y mis últimas horas las pasamos tomando una última cerveza en un bar de esos con personalidad propia, lleno de bohemios locales y que pone el broche de oro a esta conquista.

Sí, Pekín me ha conquistado. Me parece un buen sitio para vivir a pesar de las duras condiciones climáticas. Una ciudad muy de personas y de buenos sitios donde vivir, comer y beber. Volveremos a vernos Pekín, dalo por hecho.