Clase Preferente. Mandalay-Myitkyina, Myanmar

Estoy en Mandalay y tengo que llegar a Myitkyina. Pregunto en la estación de tren y después de mil averiguaciones y de cantar la alineación de Barça, una vez más, consigo los horarios y los precios para mi destino. Son 25 horas y una noche en el tren y pienso que por esta vez estaría bien estirarse un poco y pagar los 20$ que vale la clase preferente. Dos días después me dirijo a la estación. He estado haciendo tiempo en el hotel y para ser sinceros no he tenido un buen día. No por nada, sólo porque la cabeza a veces va por libre y piensa a la suya, y no necesariamente acorde con el momento ni con las circunstancias. Lo único que tengo en mente es que tengo tiempo para relajarme en el tren, que disfrutaré del paisaje y que podré dormir estirado. Sólo aspiro a un tablón horizontal que me permita no ir doblado como el 4 durante las 25 horas del trayecto.

Llego a la estación, pregunto por el andén, bajo y me encuentro con el tren… Y miro y busco la clase preferente y la encuentro, y me convenzo de que no es ésta, que debe haber otra que sea claramente preferente. Y claro, la realidad tiene las suyas, y se impone, vaya que sí se impone. Finalmente un alma caritativa me echa un cable, me muestra el vagón y me encuentra mi asiento. El primer pensamiento que cruza mi cabeza es que “esto va a doler”. Estamos a oscuras, no veo nada y lo poco que veo está a medio camino entre triste y miserable. El vagón está hasta los topes de chavales, no problemo, pero son militares y cargan con sus armas. Nunca las había visto tan de cerca, de hecho las tengo en frente y pienso si estará puesto el seguro (cómo si yo supiera algo de seguros de ametralladoras). No es tanto la situación como el hecho de ver que la clase preferente son unos asientos teóricamente acolchados (al igual) y que no puedo comunicarme con nadie. El tren sigue a oscuras y el ambiente de los andenes, que siendo lo más animado, es deprimente. Y tan solo me quedan 25 horas por delante y intento poner cara de “no pasa nada” y “en China la pasamos peor”. Y es que no he tenido un buen día.

Y en éstas veo un sombrero que cruza el anden. Y veo que es otro guiri y pienso que estoy salvado. No tanto porque solucione lo anterior, pero como mínimo habrá alguna alma con la que me pueda comunicar. Y resulta que al cabo de unos minutos tengo al sombrero en frente sonriéndome. Y lo viste un belga de casi 2 metros llamado Fred que desborda entusiasmo, y me digo “diós, qué suerte he tenido”. Fred resulta ser un tipo interesantísimo y divertido, perfecto compañero de viaje, y pienso en esto de la vida, y en lo rápido que todo cambia y en cómo en un chasquido cualquier tren descarrilado puede volver sobre el camino.

Charlamos de todo un poco. Para empezar la típica conversación de viajeros (dónde vas, qué plan tienes, cuánto hace que viajas, dónde has estado) y luego un poco mas allá, haciendo referencia a la vida pasada, a la que dejaste atrás (qué hacías, cómo que haces esto, qué pasó… ). 5 minutos y empiezo a darme cuenta de que hay partido y que hay que estar agradecido.

Lo que viene a continuación es un buen viaje de 31 horas (nótese que ya no son las 25 iniciales) llenas de buen humor, paisajes simpáticos y mucho roce con la vida de estas gentes. De la primera noche me quedo con la imagen, de una pequeña cabaña hecha de palma. Tan humilde y sencilla que resulta extremadamente elegante. Es noche cerrada, el tren pasa por su lado, a unos escasos 3 metros, y dentro hay una mesa, y alguien sentado frente a un vela. Seguro que ni el portal de Belén fue tan sobrio y tan digno al mismo tiempo. Y este es el tipo de vida que desfila por la ventana. Escenas de bueyes y arados sobre campos y lejanas colinas. Un tren que al rato cruza arrozales verdes y dorados o corta, literalmente, cachos de jungla cerrada a su paso.

El tiempo va pasando y la gente se va acostumbrando a nosotros, y sin entendernos nos entendemos perfectamente, y se forman esas familias pasajeras de viaje, donde la gente comparte y te sonríe simplemente porque eres el de al lado. El traqueteo del tren es monumental. Hay un momento en la noche, durante el cual juego a hacerme creer que duermo, cuando en realidad me hago el dormido. En ese momento el tren se ve sacudido por un sinfín de espasmos sincopados que lo menean todo. Por un momento pienso “esto no puede ser real, alguien debe hacerlo a propósito” y mantengo los ojos cerrados. Pero no hay manera, los abro y la escena no puede ser mas cómica: Un tren decrépito cruza a media luz la noche a ritmo de cha cha cha. Sus pasajeros mal acomodados y mal dormidos en sus asientos permanecen con los ojos cerrados. Todo el vagón sube y baja al ritmo de las traviesas, los culos se levantan al tiempo que todas las caritas en paz permanecen serenas, ajenas, como sino fuera con ellas. Me giro y Fred se está descojonando a mi lado. Estallamos en carcajadas y empezamos a pensar cual sería la banda sonora más adecuada. “I´ve got a feeling that tonite is gonna be a good night” se alza como clara vencedora. No lo he contado, pero hace mucho frío, y en el fondo lo único que deseamos es que se haga de día y que el sol nos caliente de nuevo.

El día siguiente transcurre como más de lo mismo. Divina rutina pasajera. No avanzamos casi nada y nos pasamos el día parados, dejando pasar a los que bajan. Somos el tren barato y los caros tiene preferencia. Los paisajes, las paradas eternas, las sonrisas, las infinitas delicias culinarias que desfilan ante nuestras ventanas cada vez que se detiene el tren hacen del día de viaje algo sabroso, agradecido, enriquecedor. La gente se relaja todavía mas, y quieren saber de ti. De dónde eres, a dónde vas, y acaban por invitarte a que te sientes con ellos. Y no tanto para charlar porque rápido se nos terminan las palabras. Pero es que ahora resulta que para estar a gusto con alguien que acabas de conocer tampoco es necesario hablar. Resulta que compartir también puede significar estar sentados mirando un tren parado en el andén.

“Esto va a doler” pensé en un primer momento. Pues doler no dolió, pero durar duró. Todo se alarga y ya vemos que no vamos a llegar a las 8 de la noche y que va para largo, y acabamos llegando a las 3 de la madrugada. La peor hora para llegar a una ciudad que no conoces, la peor hora para buscar alojamiento. El tren ya va vacío, quedamos pocos y los últimos traqueteos hacen que hasta los respaldos se vengan abajo. Y vuelve a hacer mucho frío, y estamos tan cansados que me recuerda a aquellas noches de entrega en la universidad, en las que cruzado el límite físico y mental, todo te parece divertido y ya te ríes por cualquier cosa. Y gracias que tengo con quien reírme y que Fred está tan destruido como yo.

Llegamos, cogemos un carricoche, y lo único que me pierde es un cielo estrellado impresionante que cubre la noche. No nos quieren en ninguna parte o se hacen los remolones y nos quieren hacer pagar un pastón por pasar 3 horas en el hotel. Al final el entusiasmo de Fred convence a unas buenas gentes para que nos dejen estar en el hall del hotel, tomando red bulls, mirando fútbol de champions y esperando a que amanezca.

El final de esta historia de clase preferente se sella con un amanecer espléndido, a las orillas de Ayeryawady, frente a un bote que nos espera en la orilla y con muchas risas y alguna que otra angustia a nuestras espaldas. Son las 7 de la mañana y justo aquí empieza un descenso de 5 días por el Río Grande de Myanmar.

“Los Karen”, otro nombre a no olvidar

Día 2 en Mae Sot, a muy pocos kilómetros de la frontera con Myanmar donde justo ayer empecé a conocer la historia que los Karen quieren compartir.

El video está en inglés, pero aunque no lo dominen, si hacen un esfuerzo, seguro que captan el mensaje. Yo mientras me quedo aquí unos días más con los ojos y orejas bien abiertos y ya más adelante les cuento.

Los tesoros que rodean Mandalay. Myanmar

Mandalay en sí, esto era lo que tenía para ver. La vida de la gente y algunos monumentos singulares. Pero la parada en la ciudad se justifica también por un par o tres de escapadas a las afueras. Yo de momento, como tengo que volver en un futuro, opté por dos.

La primera consiste en viajar 11km al sur para ver el Puente U’bein. Un puente larguísimo construído con cientos de postes de teca, como un gran pantalán alargado que cruza el lago Taungthaman. El puente como tal, la verdad, es más fotogénico que bello, pero nuevamente la experiencia es lo que enriquece al “monumento”. Al atardecer los habitantes de ambos orillas lo cruzan para volver a sus casas, los adolescentes se ponen un mejores galas y flirtean entre ellos, algunos monjes curiosos hablan con los turistas para practicar su inglés o para ligar un rato con las rubias. Escribiendo estas líneas, me imagino que éste debía ser precisamente el encanto que tenían Las Ramblas de Barcelona antes de que se convirtieran en el parque temático que son hoy en día: Contemplar tranquilamente la vida de la gente local, para entenderlos un poquito más y poderlos sentir más próximos.

De nuevo, como reza el dicho, el viaje es el camino, y el destino sólo un punto más de éste. Para bajar a Amarapura opté por el transporte local, barato sí, cómodo no, divertido a ratos, totalmente recomendable en definitiva. Los pick-ups, que son camionetas tuneadas con bancos y toldos en la parte trasera son la manera de viajar más barata, muchísimo más barata. El inconveniente, si que lo es, está en que estas pick-ups salen cuando se llenan, o mejor dicho, cuando el dueño cree que están suficientemente a reventar, y eso, créanme, nunca coincide con el criterio de los pasajeros que hace rato que se quejan que ya no cabe ni un alfiler. El otro inconveniente, si es que lo es, viene a ser la hora de llegada, y en este caso el pick-up llega cuando ha llegado. Toneladas de dosis de filosofía y paciencia orientales. Llegamos a destino (después de repetir a todo diós donde me bajaba para que me avisaran) y me indican la dirección del puente. Son dos kilómetros andando durante los cuales cruzo otro mercado, unos barrios de casitas de madera donde tejen, tiñen y decoran telas a mano, y remato con otro monasterio donde imparto improvisadas clases de dicción inglesa a unos jóvenes monjes.

Lo dicho, el puente estuvo bien, la fotos lo pintan mejor, pero la experiencia de bucear en el día a día de sus vidas es con lo que me quedo de la jornada. Vuelta a casa, claro, en moto. Igual que al día anterior, cuando acabamos viajando 3 en una vespino. Thita, una chica que conocí en Mandalay Hill y que subía a diario para practicar su inglés, su hermano que la venía a buscar y un servidor. Durante el viaje de vuelta no puedo dejar de sonreír, entre feliz y nervioso. Este lugar funciona así, de modo que a relajarse y disfrutar.

Ayer hice una escapada en barco al norte, unos 15km por el río en una hora de viaje. Un bote en el que todos somos guiris y es, de lejos, el más cutre de todo el “muelle”, y por el que nos han cobrado “una pasta”. Hay un par de pagodas bastante interesantes y fotogénicas, pero lo mejor fue compartir compañía con Ana. Nos conocimos en Yangon y está viajando con su madre. Durante los últimos días nos hemos estado cruzando en todos los puntos turísticos, pero ayer pudimos charlar durante el viaje y la visita. Ana de Barcelona está al final de sus 6 meses viajando por Asia y Australia, lo más sorprendente es que ha decidido dar este paso a los 42 años (aunque yo le ponía 33, máximo 35) y ha tenido las narices de hacerlo. Toda una campeona, curtida, con las cosas claras y un buen humor y una sonrisa constantes y envidiables. Hablamos de todo un poco. Siempre es reconfortante comentar y contrastar experiencias sobre esto de viajar solo, sobre los buenos momentos y también sobre los no tan buenos. Y por supuesto, que te cuenten todos los trucos, los lugares guays donde dormir y los sitios de los que hubieras pasado de largo sino te hubieran contado.

Mandalay, ciudad de paso a todas partes, por la cual, al final, perderse es el mayor desafío y la mayor recompensa.

De Mandalay me quedo con sus calles. Myanmar

Me lleva ocurriendo ya varias veces desde que llegué y me ha vuelto a pasar hace tan solo un momento: De repente salgo a la calle a toda prisa y tomo consciencia de lo que está ocurriendo a mi alrededor, y pienso “¿¡Vaya sarao!?”. Es la vida, su vida, su realidad cotidiana. De repente veo a la vez y por unos segundos las 200 cosas fascinantes que están ocurriendo a mi alrededor en ese preciso instante, tomo consciencia de las gentes y sus ropas, de las casas, del bullicio. De repente me siento como si hubiera despertado en los ojos de otro y entonces me digo que no, que ésta es mi vida, que estoy aquí y ahora, en éste otro mundo. Es cercano porque tampoco somos tan distintos. La diferencia está en sus rutinas, sus ritmos, en el escenario que hace las veces de telón de fondo. En la densidad sobre la que se representa su realidad. Barcelona para un birmano -supongo- no sería mucho más clara o inteligible, sorprendente y desconcertante, de lo que fue para mi Yangon y, durante estos últimos 3 días, ha sido Mandalay.

La segunda ciudad del país sorprendentemente parece mucho más ordenada, limpia, lógica, y parece estar muy lejos de la decadente Yangon. Antes de llegar al país, Michael, un americano con 10 años de vida a sus espaldas en Bangkok y con varios viajes a Myanmar, ya me comentó que en el 2008 después del ciclón Nargis que mató a unas 140.000 personas, las gentes de Yangon se habían empobrecido notablemente. Comparadas con las gentes de Mandalay, los habitantes de Yangon son claramente mucho más humildes y la ciudad parece desmigajarse por momentos.

Mandalay me recuerda un poco a las ciudades chinas de provincias en lo que a su arquitectura nueva se refiere. Cierta mediocridad y edificios de poco interés. Por algunas calles todavía se cuela algún que otro edificio del pasado colonial, pero resulta que esta ciudad sufrió, y mucho, durante la Segunda Guerra Mundial, donde ingleses y birmanos lucharon contra los japoneses.

En Mandalay hay cosas para ver, por supuesto. Por un lado la Mandalay Hill, una colina a las afueras, salpicada de templos y escaleras interminables, que ofrece unas vistas deliciosas al atardecer. La llanura donde se asienta la ciudad, el enorme rió Ayeryawady que define su límite por el oeste, y al fondo las montañas. Subir andando, cruzando los templetes, las tiendas de souvenirs y las sonrisas birmanas vale realmente la pena. Arriba se encuentra una última pagoda y hordas de turistas como yo, pero aun así merece la pena, mejor ir con tiempo y subir perdiéndose hasta llegar a la cumbre.

En Mandalay hay cosas para ver, pero a mi me ha encantado perderme buscando una pagoda memorable, para acabar en un barrio de la periferia, que parece más un pueblito con sus casas de madera y paredes de esteras de palmera. Y andando y andando, entrar en otros templos que ya no salen en las guías, y que ciertamente son menos memorables, pero que muestran el día a día de la vida en la ciudad. Y de una callejuela se pasa a un mercado, y uno se siente nuevamente desbordado, por la variedad, por los olores, por las caras de las gentes. La mujeres elegantemente maquilladas con thanaka, los hombres con su piel oscura y sus rasgos tibetanos y esbeltas siluetas.

El tercer escenario sobre el que ha pivotado mi visita a la ciudad han sido los monasterios. Están por todas partes, pero en el suroeste se concentran la mayoría. Entrar, ver, pasear y responder a la curiosas preguntas de los monjes más jóvenes. Al final no dejan de ser chavales, con una vida bastante rutinaria, y la presencia de un guiri en su “casa” puede convertirse en el evento del día Algunos me mandan a paseo, los menos. Otros me invitan a subir a su clase para presentarme a sus compañeros. La palabra clave en este proceso y en muchos otros aquí en Myanmar es BARCELONA. Todo se relaja, se abren las puertas, todo el mundo te ubica. A mi y a Mesi y a Xavi y a Iniesta. Yo, que no soy muy futbolero y que abomino de la desproporción mediática del fútbol en España, me alegro de ser de Barcelona. Nuevamente el sentido práctico me domina, así que llámenme chaquetero si quieren.

¿Fútbol? Claro, y es que al final, de tanto andar acabo pasando por un campo de fútbol y tengo el honor de convertirme en el fotógrafo oficial de ADG Bank Fútbol Club para la temporada 2011-2012, ya ves tú que cosas.

Mandalay en sí, esto es lo que tiene para ver. La vida de la gente y algunos monumentos singulares. Pero la parada en la ciudad se justifica también por un par o tres de escapadas a las afueras. Yo opté por Amapura y Mingun, pero esto mejor se lo cuento en el siguiente post.

Mandalay se escribe con “M”. Myanmar

Hace una hora y media me enteré que hoy es sábado noche. Salgo un momento a comer algo cerca del hostal. La calle está a oscuras y no hay casi nadie. Giro a la izquierda, luego a la derecha, camino una manzana y encuentro un festival montado. La calle está cortada, han puesto un escenario y sobre él hay un monje que recita mantras. Unas cincuenta personas están sentadas en esterillas sobre el asfalto, rezan con él, se postran y se incorporan en un vaivén que parece no tener fin. Un poco más adelante está el puesto callejero de comida india que me han recomendado, y en frente la tienda donde compraré la cerveza. La comida riquísima, unos 60 céntimos de euro. La cerveza no está mal, un euro con cincuenta. Antes, cuando he girado a la derecha casi tropiezo con un bulto… Había un mujer mayor durmiendo sobre la acera. Se cubría la cabeza tapándose las orejas porque el ruido de las motos no la dejaba dormir. Un poco más adelante un vaca está “aparcada” junto a un árbol. Esto es Mandalay, y a pesar de todo lo anterior y hasta el momento, Mandalay se escribe con M, M de moto.

Llevo aquí dos días y he andado un montón: centro ciudad, ciudad periférica, extra-radio. Pero mi historia en Mandalay no empieza aquí, tiene un prefacio que se titula: Estación de Autobuses a la birmana.

Volvamos pues a Yangon donde voy a tomar un bus nocturno que me llevará al norte, a la segunda ciudad del país que tiene por nombre exótico Mandalay. Comparto taxi con Alex, un americano de Tenesse bastante sosete que ha vivido cuatro años en Macao y que ahora andará, como yo, un mes por Myanmar. Él va hacia Bagan, yo para Mandalay, y nuestros caminos se cruzan en ese trayecto que nos lleva fuera de la ciudad, a la estación de autobuses. Una estación en medio de una nada que cuelga de una carretera.

Cuando llegamos no podemos disimular nuestro nerviosismo. Aquí las estaciones están fuera de la ciudad y son como un pueblecito: calles, edificios, buses, gente, más gente, buses y claro, todo en birmano. El caos es total, yo, desde luego, no entiendo nada, y hecho de menos por momentos el sentido práctico de los chinos y las facilidades de viajar por China. Aquí por suerte el taxista sabe a donde vamos y nos entrega a domicilio. Me subo al bus y después de todo no está nada mal, de hecho me alegro de haber escogido el bus en vez del tren para viajar. Tiene un punto kitch de lujo y asientos reclinables con almohada. ¿Se puede pedir más?

El viaje en sí no resulta nada en especial más allá de la parada en medio de la noche en una mega-área de servicio a la birmana. Un lugar verdaderamente extraño a medio camino entre Benidorm y alguna película de vampiros de Robert Rodríguez. Lo dicho: bajo, me lo miro, me lo ando, compro algo de comida después de pasar por el baño y no puedo dejar de sorprenderme. Me pregunto cómo debe ser vivir aquí, en medio de la nada, a camino de todos lados pero aislado en este extraño oasis. Con gente que viene y va, que siempre está de paso. Vociferando a grito pelado lo mismo cada vez que llega un nuevo autobús, día y noche, las 24 horas del día todos los días del año.

Subimos de nuevo, cabeceo, medio duermo, y de repente se oye una musiquilla… ¡Hemos llegado! ¡Por diós! ¡Y hemos sido puntuales! Exactamente lo que no quería. Son la cinco en punto de la madrugada, todavía es de noche y la estación de Mandalay tiene exactamente la misma pinta que la de Yangon: ese endiablado pueblecillo caótico donde soy el único extranjero a la vista. Me incomoda llegar a una nueva ciudad de noche, y claro, al bajar del bus se abalanzan sobre mí no menos de diez taxistas que me llevan a todas partes. Resoplo agobiado, doy dos pasaos atrás y digo veinte veces “que no, que muchas gracias”. Tras unos instantes tomo un poco de aire y hablo con el primero que pasa. Me propone un precio por taxi, que es razonable siguiendo la lógica del país, pero vale más de la mitad del pasaje del bus que acabo de tomar. Le sigo unos pasos y otro señor se pasea con un cartel del hostal que había escogido de la guía, hablo con él y me apalabra un viaje en moto por un tercio del taxi. ¡En MOTO! Con las veces que por miedo le di largas a mi amigo David en Barcelona para no tener que ir de paquete y ahora me monto en una moto, con las dos mochilas, en medio de la noche y en Myanmar. ¡Suena a planazo!

¡Vamos que nos vamos! Por un momento no puedo dejar de pensar eso de “y ahora es cuando me desvalijan en el siguiente descampado”, porque claro, el mundo es un lugar cruel y lleno de malhechores, aunque en realidad esté más lleno de buena gente que de mala. Atravesamos la noche que se desvanece rápidamente ante el avance implacable del alba, a toda velocidad -o eso es lo a mi me parece aunque no creo que pasemos de los cincuenta kilómetros por hora-, sorprendido ante un curioso espectáculo: decenas de personas envueltas en mantas salpican los arcenes de la carretera principal, custodiando no más de tres botellas iluminadas con lamparitas. Luciérnagas gigantes descansando sobre el asfalto. Están rellenas de gasolina, y tal es la carestía en este país que a estas gentes les sale a cuenta pasar la noche en vela junto a la carretera para vender algún litro de la escasa gasolina rebajada que circula en el mercado negro. La primera impresión ante esta imagen es deliciosa, con algún tinte poético. La segunda impresión, la que filtra la imagen a través de la reflexión, produce una intensa tristeza.

Finalmente llegamos al hostaly me hago con la habitación barata: un armario con ventana en un altillo al que se llega por una escalera muy empinada. Y cuando me siento a esperar dos horas hasta poder entrar en el cuarto me doy cuenta que me he dejado el ipod en el bus. ¡Olé yo!

Por unos minutos dudo. Estoy cansado y, aún habiendo invocado a todos los santos habidos y por haber, me da bastante pereza tener que volver a buscar el no sé qué a no sé dónde, y claro: ¡Otra vez en moto! Pero no me dan margen. El chico de recepción me apalabra una moto de ida y vuelta a buen precio, llama a la compañía de bus y dicen me lo guardan. ¡Ala! Volvamos para la estación. Se está haciendo de día, la ciudad despierta y las calzadas se llenan de gente que marcha en todas direcciones, muchos civiles pero sobre todo largas filas de monjes cargando con sus cuencos de limosna. Llegamos de nuevo a la caótica estación, y tras una multitudinaria reunión de birmanos, con mi conductor haciendo las veces de Sherlock Holmes, resulta que el bus ya no está aquí, que está no sé dónde. Yo asiento sin entender palabra alguna, doy las gracias a todos y cada uno de los parroquianos congregados, pongo cara de situación compleja, para luego sonreír a discreción mientras vuelvo a dar las gracias sentidamente y pienso que me está gustando esto de ir en moto arriba y abajo.

Encontramos finalmente el segundo párking de autobuses que está todavía más lejos de ciudad y a la primera reconozco mi bus en medio del cansancio y entre otros veinte posibles candidatos. Y allí, bien guardadito en bolsillo frente a mi asiento, me espera mi conexión con mi pasado emocional perfectamente encapsulado en formato mp3.

La vuelta a casa me sabe a triunfo y en mi tercer viaje en moto ya siento mías las calles de Mandalay. Familiares y comprensibles, ya reconozco los edificios principales mientras anticipo los movimientos del conductor. Definitivamente, mi Mandalay se escribe con M, M de moto.

Yangon tiene un color especial. Myanmar

Cuando uno camina por las calles de Yangon tiene una sensación ambigua, mejor, una duda. Juego a imaginarme su pasado o su origen y dudo entre dos posibles versiones. La primera es que Yangon ya existía y fue abandonada en algún momento. Pasados los años, sus actuales habitantes la encontraron así tal cual medio en ruinas y tomaron posesión de sus calles, sus casas y sus templos.

La segunda es que, decididamente, los habitantes actuales fueron los de siempre aunque por algún motivo desconocido la ciudad fue asolada por una guerra incierta. Una guerra del tiempo contra sus gentes. Levantó sus aceras, oxidó las fachadas de sus edificios, reventó el asfalto de sus calles y bañó de una pátina constante y vibrante todas sus superficies -tanto las horizontales como las verticales-.

Al final del primer día todavía no he decidido cual de las dos historias es la que contaré.

Mientras sigo dudando, lo que sí contaré es que me he enamorado de un color. Un color que cubre muchas de las fachadas de esta ciudad: es un azul verdoso o un verde azulado. Está en los edificios más antiguos, de un origen colonial que sin duda sabe a británico, aunque también cubre otros edificios de madera que parecen salir de una versión tropical de las mil y una noches.

Me ha enamorado también el ritmo suave con el que palpitan todos sus rincones, tan distinto del alocado frenesí de la Bangkok en la que ayer dormía. Aquí en Yangon es la pausa la que marca el compás. Una pausa sazonada con mucho de mezcla en esta tierra llamada Myanmar que habita entre dos mundos tan inabarcables como antiguos: por un lado la India, por otro el universo Chino.

Paseando por sus calles, miradas indias me miran. Paseando por sus calles, miradas chinas me miran. Paseando por las calles de Yangon, miradas birmanas me miran. Las mezquitas, las pagodas y los templos hindúes se suceden uno tras otro. No son un constante, pero sí un punto de referencia. Y no sólo es la arquitectura la que articula el pulso de esta ciudad. Ni sólo sus gentes. Es su comida en la variedad de puestos que salpican esttas aceras reventadas por esa guerra imaginaria o por el simple paso del tiempo y el descuido -y la pobreza-. A pesar de todo, a pesar de la mezcla y a pesar de ser un enclave entre dos mundos, Yangon y Myanmar son su mundo. Un mundo en el que la vegetación crece literalmente sobre las fachadas. Un mundo en el que en cada esquina puede crecer un frondoso baniano envuelto en pañuelos de colores, acompañado por una templete, a veces budista, a veces hindú. Una ciudad contenida en una trama urbana rígida, precisa y exacta, estrecha y alargada, heredera de los tiempos en que Yangon era británica. Una ciudad en la que más allá del límite de fachada, la vida se amontona de manera caótica y frondosa, densa y oscura, haciéndote sentir que todo está por descubrir y que está todo por contar.

Yangon, Myanmar, día cero. Queda un mes por delante…