Rutas. Laos

1. Recorrido:

Entrada Tailandia (Chiang Khong) – Salida Camboya (Voen Kham)30 días
Huay Xai – Oudomxay – Phongsaly (1-2-3-4-5-6-7) > Hatsa – Muang Khua – Muang Ngoi Neua – Nong Khiaw (8-9-10-11-12-13) > Luang Prabang (14-15-16) > Vang Vieng (17-18-19) > Vientiane (20) > Thakhek – The Loop (21-22-23-24-25) > Don Det (26-27-28-29-30)

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2. Presupuesto & Gastos:

Entrada Tailandia (Chiang Khong) – Salida Camboya (Voen Kham)30 días
Visado en la frontera: 35$ / Gastos Totales durante el Viaje: 570€ / Gasto medio diario: 19€

* A tener en cuenta que los gastos de hospedaje habría que multiplicarlos por 1,75 teniendo en cuenta que durante 3 semanas compartí habitación con mi compañero de viaje y se abarataron considerablemente los gastos.

Cambio Enero 2011 / 1€ = 10000 Kips
· Precio Plato de Comida: 10000 Kips
· Precio Botella BeerLao (640cl) : 10000 Kips
· Precio Habitación: De 40000 a 70000 Kips

3.Escritos:

01. A la lumbre de un brasero. Phongsaly, Laos.
02. Navidad en la carretera. Oudomxay, Laos. Sección Irreflexiones.
03El descenso del Nam Ou. Norte de Laos.
04. Más de 100 rincones que valen la pena. Luang Praban, Laos.
05. “To tube or not to tube” esa es la cuestión. Vang Vieng, Laos.
06. ¿Dónde está Roldán?. Vientiane, Laos.
07. The Loop. Thakek, Laos.
08. Viaje al centro de la Tierra. Kong Lo, Tham Phu Kham & Xieng Liab. Laos.
09. Serge, el hombre y su cámara. Laos. Sección Gentes.
10. Las 4000 Islas del Mekong. Don Det, Laos.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Las 4000 Islas del Mekong. Don Det, Laos

Me despido de Laos de la manera más digna que se me ocurre y haciendo honores al espíritu de las gentes de este país: Tumbado en una hamaca con una botella de zumo de cebada local bien fresquito. Y a mi lado el amigo Mekong bajo una nueva entrega de atardeceres de ensueño a los que nunca quiero acabar por acostumbrarme.

Hay un momento en que el río se desparrama por la planicie y le brotan del lomo un sinfín de islas e islitas, Las 4000 Islas del Mekong las llaman. El nombre de mi destino me parecía de lo más sugerente, sonaba épico. Si hubiera sido niño le hubiera imaginado monstruos marinos o un rosario de tribus distintas viviendo en cada uno de sus arenales, adorando al fuego o a ídolos de piedra en sus templos paganos. Y todo ello regido por el flujo del Dragón Mekong que adoptó la forma de río y abriéndose camino hacia el sur, hacía mi próximo destino: Camboya.

Pero siendo niño no sabía que los laosianos, aparte de adorar al Buda, adoran al dios pagano de la pachorra y la buena vida tranquila. Así que llegué a Don Det buscando calma, mucha calma. Llegué buscando una buena casita junto al río con una hamaca en la que reposar mi maltrecha osamenta. Y un lugar donde poder comer alguna cosa mientras me ponía al día de con el Blog y con la colada. Poco más había que hacer salvo de alguna excursión en kayak o relajarse flotando durante horas mecido sobre las aguas, y ni eso hice.

Mañana dejo Laos, donde entré hará 30 días, un mes en entero con sus cuatro semanitas para cruzar el país de norte a sur. Desde las nubladas montañas de Phongsaly hasta las ardientes llanuras del sur. Me quedo de nuevo con sus gentes y con las constantes sonrisas de todos al unísono, grandes y pequeños, bajo el grito de guerra de Sabaidee (hola). Un grito de guerra que da la bienvenida, transmite simpatía y te hincha el corazón.

Me quedo también con la absoluta incapacidad de los laosianos por poner el negocio y el dinero por encima del vivir. Cuántas veces habré tenido que entrar hasta el fondo de la tienda para que alguien me atienda, y encontrarme a la dueña en el patio, de parranda con las amigas, con una botella de Lao Lao (aguardiente) y unos tambores, dando palmas como flamencas jerezanas. Cuántas veces habré tenido que repetir la misma pregunta varias veces, no porque no me entiendan o porque no tengan, sino porque les da pereza levantarse para atender al pesao del farang (extranjero). Y cada vez que ocurría eso, era imposible enfadarse, sólo quedaba sonreír de nuevo al grito de guerra de Khawp Jai Lai Lai (gracias de todo corazón).

He disfrutado de un país de gente humilde que empieza a progresar espoleados por el vecino chino que persigue en ello sus propios intereses. Gente que tiene poco y que parece ser que tampoco quiere más. Si tras la visita a China tuve la impresión que todo el país estaba en movimiento, me marcho de Laos teniendo claro que aquí todo el mundo está sentado a la sombra de una parra, preparando una barbacoa con los amigos y los vecinos, o mirando algún canal que captan gracias a sus bosques de portentosas antenas parabólicas. Nunca vi tantas ni tan grandes. Antenas que he visto usar para secar la colada y que usarían también, si la ocasión se terciara, para freírse un par de huevos .

Sus monumentos son de piedra, pero decididamente no los construyeron ellos. Venían de serie con la tierra en la que se asentaron. Sus paisajes valen la pena, y de todos ellos me quedo con los que no se ven, con sus cuevas y sus cavernas. Y a lo que templos y ciudades se refiere, los laosianos andaban de nuevo demasiado atareados en eso del vivir como para ponerse a construir cosas que solo servían a vanidades de gobernantes y glorias nacionales. Así que nadie espere encontrar Ayuthayas, Baganes o Angkores en Laos.

El sol ya va cayendo, apuntito está por desaparecer en el horizonte, y yo, laosiano de adopción y haciendo un esfuerzo titánico, me levanto de mi hamaca, alzo mi mano y le brindo al Sol este post y el último mes entero mientras clamo a los cuatro vientos mi más sentido Khawp Jai Lai Lai (gracias de todo corazón).

Hasta la próxima Laos.

Serge, el hombre y su cámara. Laos

Una de las preguntas clásicas a las que me enfrento cada vez que conozco a alguien en este viaje es: ¿Viajas “solo”? La duda parece implicar que viajar “solo” es un “problema” o que entraña una dificultad. Y es bien cierto que viajar “solo” (siempre con uno mismo) puede ser un problema y entrañar muchas dificultades. Pero si quieren que les diga la verdad, a mi parece mucho más difícil viajar en compañía que por cuenta propia.

¿Cómo debería ser el compañero de viaje perfecto? ¿Un mejor amigo, una novia, el primo lejano con el que siempre te llevaste bien? ¿O un desconocido con el que coincidiste a bordo de un bote en la víspera de año nuevo? En mi caso, el compañero de viaje perfecto tiene nombre propio, se llama Serge y se presenta como quebecuá. Y sí, nos conocimos en una mañana a las orillas del Nam Ou mientras esperábamos que un bote nos llevara hasta Muang Ngoi Neua. Nos caímos bien desde el primer momento, pero fue ver como agarraba la cámara durante el descenso cuando entendí que teníamos algo más en común que un destino al final de la jornada. Serge era un enfermo de la fotografía, no como profesión (de momento) pero sí como pasión.

Desembarcamos en el mismo puerto y por aquello de preguntar acabamos compartiendo habitación para abaratar costes. Y durante las siguientes tres semanas fuimos compañeros de armas a través de Laos. Cada uno a su aire, cada uno a su ritmo. Sin ningún pacto de antemano, sin ninguna amistad inquebrantable que mantener ni ninguna memoria común que construir. El no ser nada el uno para el otro fue la clave. Pero la clave de las claves fue que Serge, ante la duda o la adversidad, siempre ponía las cosas fáciles.

Una boina, unas gafas y una barba son el marco de una sonrisa bonachona y unos ojos sinceros. Serge es amable ante todo, educado por definición y un tipo duro que no se achica ante casi nada. Va de frente y también tiene hambre de momentos especiales y rincones con encanto más allá del camino marcado. También para él la búsqueda de la foto perfecta es más un modo de aproximarse y conocer otras realidades que la necesidad de un trofeo que enmarcar a la vuelta a casa.

Y así fue como día tras día se fue renovando el pacto de viaje, con la puerta siempre abierta para ambos, libres de bajarnos del tren a cada momento sin rencores ni explicaciones. Y fue así como a más a más de compartir gastos, compartimos la visión del otro al final de la jornada. No la de la vida de allá, la que dejamos atrás. Sino la visión y el entusiasmo de las cosas que el camino nos fue brindando y que con nuestras cámaras y escritos intentamos desmenuzar laboriosamente para sacarle el máximo jugo al bendito Ejercicio del Viajar.

Hay mil maneras de ver mundo, no lo dudo. Y habrá mil compañeros de viaje y mil maneras de interactuar por el camino. Yo me quedo con la sonrisa, la falta de prejuicios y la curiosidad por lo desconocido como aquellas 3 cosas imprescindibles que uno debería llevarse siempre de viaje en la mochila. Serge carga a cuestas con estas tres y con 10 quilos de material fotográfico a las espaldas. El bueno de Serge, el que siempre puso las cosas fáciles, el que siempre estuvo dispuesto a llegar un poco más allá para encontrar esa foto y vivir ese momento. Serge, El hombre y su cámara.

Viaje al centro de la Tierra. Kong Lo, Tham Phu Kham & Xieng Liab. Laos

Siente el frío, siente la roca, siente la oscuridad y siente el murmullo del agua que fluye bajo la montaña. Siente el vacío que se eleva decenas de metros sobre tu cabeza. Siente como este mundo lejano te es próximo. Siente de nuevo como las entrañas de la tierra te atraen. Siente como dan significado a algo que siempre fue tuyo pero que con los tiempos modernos y bajo el eterno brillo de las luces de tungsteno y de neón creíste haber perdido. En Laos descubrí las cuevas y me hechizaron por completo.

Seguimos avanzando contra corriente, río arriba. Pero a pesar de la hora y del solemne amanecer del que venimos, aquí, es noche cerrada. Las entrañas de la tierra son negras y húmedas. Negras. ¿Te has planteado alguna vez que es la oscuridad absoluta? ¿Has fantaseado en alguna ocasión con bucear en la nada? Kong Lo es la nada. Es una nada en la que retumba el eco del paso de nuestro bote, una barquita a motor con sus 5 pasajeros. Es la nada rota por 3 haces de luz alborotados incapaces de abarcar la inmensidad de este templo pagano excavado en el corazón de la montaña. Es una nada muy llena que se define por un vacío que no se puede explicar, que sólo se puede experimentar en silencio, a la ida, y con la adecuada banda sonora, a la vuelta.

Como las muñecas rusas, las gigantescas cavernas de Laos son paisajes contenidos dentro de otros paisajes. El río se define por unos márgenes, pero sus orillas son dura roca relamida por el paso del tiempo que se pliega sobre nuestras cabezas. Y alzar la vista a este cielo es estremecerse al atisbar un techo que el desgate del tiempo convirtió en un mar de agujas del revés. Enormes, monstruosas y sensuales guillotinas que penden sobre nuestras cabezas en el espesor de esta noche sin principio ni final.

Y este paisaje no es sólo un río que atraviesa la montaña, ni sólo el reflejo de los miedos de los que lo cruzan. Hay playas de arenas finas en sus márgenes y hay bosques de árboles de roca. Árboles de piedra que al rato crecen hacía arriba y al rato crecen hacia abajo, lentamente, gota a gota. Desembarcamos en una de esas playas subterráneas y en el corazón de la tierra hay un interruptor hijo de los tiempos modernos que los humanos colocaron para enaltecer a los tiempos antiguos. Paseamos por este jardín bulboso de formas caprichosas en un laberinto de perspectivas cambiantes que nos desbordan por completo. Cada rincón, cada giro y cada pliego son un universo en sí mismos.

Cada rincón, cada giro y cada pliego fue un universo en sí mismo. La mayor parte del trayecto, tanto el de ida como el de vuelta, fue a oscuras, nuestras linternas no daban para más. Imaginamos más de lo que vimos y creo estuvo bien que fuera así. Los lugares mágicos, como las personas especiales, no son tanto aquellas que te dan respuestas como aquellas que te generan dudas o te empujan soñar. Durante el recorrido a través de Kong Lo nadie habló, no se hizo comentario alguno porque las palabras habrían estado de más. Durante el recorrido a través de Kong Lo mis labios no dejaron sonreír a la oscuridad mientras mi cabeza hervía en un mar de sueños, reflexiones, dudas, preguntas y respuestas, y sueños, muchos sueños. La nada al comienzo, la nada al final, y entre medio un río de bravo de sensaciones que no consigo describir.

The Loop. Thakek, Laos

Cuando daba clases de Photoshop en Barcelona solía comentar a los alumnos que no había atajos y que, comparándolo con el mundo de la escalada, en la mayoría de las ocasiones era mejor dar 3 pasitos en corto en vez de intentar dar uno demasiado largo para acabar teniendo un traspié.

Con los miedos creo que pasa un poco lo mismo y este viaje también trata de esto. No tanto de serpientes, tarántulas o saltos al vacío desde un avión. Cuando me refiero a miedos pienso en esas doscientas cosas que dejamos de hacer cada día bajo la etiqueta de “me da corte”, “qué palo” o “yo no estoy para esos trotes”.

Una tarde de sábado en Bangkok, mientras pasábamos el rato holgazaneando en casa de Ana, nos pusimos a ver videos en YouTube. Cuando llegó su turno y le dio al play, me quedé con una frase de los siete minutos de discurso: “Haz cada día una cosa que te dé miedo”. A estas alturas ya no me creo que los valientes lo sean porque despertaran una mañana y decidieran saltar por la ventana sin red. Me huelo que los valientes lo son porque cada día decidieron dar un pasito adelante en vez de darlo hacia atrás.

El Loop de Laos era para mí una esas doscientas cosas que un año atrás hubiera dejado de hacer bajo la etiqueta de “yo no sé” o “yo no estoy para esos trotes”. Así es. Cuando cogí ese vuelo de ida y sin regreso destino a Bangkok el 18 de Octubre del 2011 yo no sabía ir en moto, no tenía carnet de conducir y aunque lo intuía, ignoraba los misterios de las marchas de un motor. En Hsipaw decidí dar ese primer paso hacia adelante y a pesar de mi “miedo” llegué a Namhsan. En Mae Salong di mi segundo pasito y durante ese día en la carretera me cayeron algunos regalos del cielo.

Así que cuando llegó el momento de arrancar la moto para completar el Loop de Laos ya no tenía frente a mí un abismo insalvable. Había dado ya antes dos pasitos cortos y sólo tuve que alargar la mano para completar mi objetivo y dejar atrás mis miedos y mis reparos.

Frente a mí, 450km de ruta circunvalando el centro del país durante cuatro días, cruzando paisajes intensos a ratos, aburridos en otros. A mi lado, un buen par de compañeros de armas: El Gran Serge y Leo, un romano pretoriano adquisición de última hora.

Y el Loop ¿Qué és Loop?. Loop significa vuelta y de eso se trata: de darse una vuelta, nada más, sólo que dando la vuelta uno se cruza con algunos momentos impagables que sólo la independencia de una moto puede proporcionar. Porque hay paisajes que se pueden ir a ver, pero hay otros que tienes que cruzarlos para poderlos comprender y disfrutar.

Los primeros 180km fueron de lo más aburridos, pero eran la antesala de un mar de agujas de piedra caliza ennegrecidas por el paso del tiempo sobre el que se le superponía otro mar de voluptuosa vegetación. Era el contraste de verde, blando y vegetal, con lo negro, duro y mineral.

Cruzado el mar de olas de roca bajamos un puerto que de curvas tan cerradas había conseguido volcar algún que otro camión en medio de la calzada. Descendimos al valle para tomar el desvío dirección Tham Kong Lo, La Cueva. Durante media hora enfilamos un tramo de carretera recta al más puro estilo de la ruta 66 que cruza los desiertos del oeste americano. En todo momento escoltados a lado y lado por enormes torres eléctricas cual molinos quijotescos contemporáneos bajo un dramático cielo encapotado que amenazaba tormenta.

Un tramo de muro continuo, de unos 30 quilómetros de largo y cientos de metros de altura acotaba el valle a mano izquierda. Ni la luz de sol poniente fue capaz de arrancarle un brillo o un contorno a aquel paredón de piel áspera y parda. Era una enconada que se iba cerrando sobre nosotros a medida que avanzábamos. Llegamos a las puertas de La Cueva pero el paso ya estaba cerrado y tuvimos que esperar a la mañana siguiente. Retrocedimos, preguntamos y encontramos donde pasar la noche. Y mientras ésta acaba por llegar nos dimos un paseo de esos de dar por dar y nos topamos con una aldea oculta tras los árboles, más allá de los campos de cultivo y a la vera de un río. Paseando, saludando, sonriendo. Qué regalo terminar la jornada junto al río donde los niños y las mujeres habían ido a bañarse en ese tramo de un extraño azul verdusco.

Cuando amaneció Serge ya estaba dispuesto y listo para la caza. Vio que la luz prometía y se echó al campo. Con los ojos llenos de lagañas y en acto reflejo saqué la cabeza por la ventana y entendí porqué había dejado atrás las sábanas calientes para echarse sin desayunar a una fresca mañana. Le seguí, pero andando mi propio camino, y durante esa hora con el estómago vacío y la boca pegajosa, estuve allí. Estuve disfrutando de esos instantes, de los colores, de las texturas, de la luz y de las sonrisas de los campesinos que hacía ya rato que trabajaban los campos. Estuve allí, en una de esas mañanas que siendo como todas las demás son únicas en sí mismas y que con el paso de los años no se le olvidan a uno.

Y luego La Cueva. Un lugar que come aparte. Un lugar del que si queréis os hablo en un próximo Post. Tham Kong Lo, uno de los lugares más mágicos que nunca he visitado y en el que puedes soñar despierto. Un viaje a los infiernos entendidos como misterio, no como sufrimiento. Un lugar inundado de luz negra capaz de aclarar rincones de una memoria ancestral que curiosamente sentí tan cercana.

Dejamos atrás el descenso al Hades y el resto del trayecto del día no deparó más misterios ni sorpresas. Algún mercado de aldea de nombre innombrable en el que mujeres de rostros anónimos me regalaron sonrisas enormes por comprarles dulces de los que ahora ya no recuerdo ni el gusto ni el aspecto. Las sonrisas, sólo el calor de sus sonrisas. Y alguna instantánea de nubes y montañas memorables que conseguimos arrancarle a docenas de paradas durante en el trayecto. Carretera y manta que dicen en mi tierra para acabar llegando a Lak Sao, otro de esos lugares dejados de la mano de dios que decidieron crecer alrededor de un cruce de carreteras camino de Vietnam. Una habitación llena de mosquitos, una cena callejera de batalla, de las que hacen currículum viajero y un crep local que le puso el broche de oro a la jornada y a esa fría velada de sábado noche.

Y al tercer día los cielos se abrieron y diluvió. Y lo hizo en el tramo menos propicio, cuando el asfalto había quedado atrás y cruzábamos caminos de polvo en medio de la jungla. Polvo que con las primeras gotas se convirtió en barro. Barro que resbalaba como el hielo y lluvia que nos caló hasta los huesos. Durante hora y media intentamos avanzar, nos detuvimos ante el embate del aguacero y sonreímos porque éramos 3, conscientes de lo distinta que habría sido nuestra suerte si sólo hubiéramos sido 1. Era una de esas situaciones en las que la suma de las partes fue mayor que las partes por separado y en las que viajar en grupo valió la pena.

Cruzada la jungla volvió el asfalto o al menos dejamos atrás el polvo que yacía bajo el barro. Y al parar a comer frente al Embalse y en medio de la nada, ya bajo el amparo del cobertizo, diluvió una vez más, con más rabia y más furia que antes. Los dioses nos hacían notar que a pesar de estar calados hasta los huesos, teníamos que estar agradecidos, que habíamos sido afortunados y que su ira podía ser infinita.

Un embalse, El Embalse. La jornada anterior, frente a la laguna de Kong Lo, un alemán que hacía la ruta en sentido inverso, nos habló de praderas de agua cubiertas de esqueletos de árboles muertos que parecían nacer y morir en el reflejo del cielo. Un paisaje imposible ante el que cuestionar su pertenencia al mundo de los cielos o al mundo de los infiernos. Un lugar puramente poético que parecía cobrar sentido bajo el gris plomizo de los cielos de tormenta que dejábamos atrás. Un paisaje de ensueño, un desbarajuste medioambiental y social, efecto colateral del progreso que azota Laos y que tiene su origen en el País del Centro, comúnmente conocido como China.

Nos acercábamos al fin, cerrábamos el círculo y durante la última jornada exploramos nuestra última cueva durante la última mañana. Xieng Liab. Una caverna enorme pero corta donde presenciamos una silenciosa batalla de luces que se libraba roca a roca, pliegue a pliegue. Luces cálidas penetraban por una de las bocas y se fundían con las luces frías que asomaban por el otro extremo. Una lucha a cámara lenta pero de inusitada violencia, sólo apta para ojos atentos y almas despiertas.

Exhaustos, con los culos planos de tanta moto y las ropas sucias de 4 días de marcha aceleramos el paso de vuelta a Thakek, a la vera del río, el amigo Mekong. Orgullosos de nuestra pátina de polvo, sudor y roña brindamos con unas Beerlao bien fresquitas y aguadas por el hielo. Orgullos y cansados dimos media vuelta por esta calle que es Thakek y que siempre te lleva hasta el río. Era medio día y podríamos haber devuelto las motos, pero Serge estuvo ágil y supo adivinar que no era el momento. Mejor sería volver al hostal, ducharse y empaquetar los bultos, y hacer tiempo hasta el atardecer. Y ese fue el momento. Allí me encontraba yo, conduciendo bajo exuberantes árboles centenarios por la calle mayor del pueblo al final de la cual se ponía el sol sobre el Mekong. Envuelto en una nube de scotters y cargado con mis mochilas. Una vez más se me salía la risa por las costuras sintiéndome parte de todo esto.

En ese momento conmigo mismo me sentí a gusto y me sentí orgulloso, no por haber hecho nada que nadie hubiera hecho antes. Orgulloso por haber vencido mis miedos y mis reparos, y alegre por haber disfrutado los siempre suculentos frutos que la vida depara a los valientes, aquellos que en vez de dar un paso atrás decidieron dar un pasito adelante.

¿Dónde está Roldán?. Vientiane, Laos

El cómo se genera la memoria, el cómo se almacenan los recuerdos, me parece algo casi tan arbitrario como la manera en la que los sueños se nos muestran cada noche. Yo soñar sueño mucho, muchísimo, y me encanta. ¿Y mi memoria? Mi memoria falla cuando no debe y es profusa cuando nadie la necesita. Supongo que es por eso por lo que se me da bien el Trivial pero me cuesta recordar con precisión cumpleaños importantes.

Llevo 16 días en Laos. Había oído hablar maravillas del país a un montón de viajeros con los que me he ido cruzando durante los últimos 3 años, pero debo confesar que la primera entrada en el disco duro de mi memoria sobre este país que me sigue enamorando por momentos se remonta a mediados de los 90.

Andaba yo en plena adolescencia cuando empecé a mirar telediarios pensado que así me informaba y toda España se preguntaba en plan de cachondeo aquello de ¿dónde está Roldán?. Había más guasa que indignación a pesar de que este personaje, que había sido director de la Benemérita por enchufe y mintiendo en el currículum, había estado robando miles de millones a base comisiones a constructoras y fondos reservados. Se fugó y tras 300 días de broma y cachondeo por fin sabíamos dónde se escondía Roldán. ¿Adivinan? Acertaron, en Laos.

Vinimos a Vientiane por aquello del ver que hay. Pensando que las advertencias de todos los viajeros que venían al norte desde el sur exageraban o no habían estado suficientemente receptivos a la capital de esta tierra. Llegamos a media mañana, destruídos, unos más que otros, por una tarde-noche en Vang Vieng y un bus de línea que salió puntualmente a las 6 de la madrugada. Después de encontrar habitación y ducharnos decidimos salir a la calle para rebatir los malos augurios que pronosticaban para el día de hoy un contundente “nada para ver”. Y andamos y andamos, y buscamos y buscamos, y después de pedirle peras al olmo entendimos que el problema no era Vientiane, el problema eran nuestras expectativas infundadas.

Vientiane es lo que es, un pueblo grande a las orillas del Mekong que acabó siendo capital de un país. Un lugar perfecto para ocultar directores generales de policía fugados que nunca acabaron de pagar por sus pecados. Un lugar donde los ministerios son humildes chalets al fondo de un callejón y donde el highlight del día fue una sesión de sauna laosiana. Veo a Vientiane como la proyección de los laosianos y me gusta: Pocas ansias de grandeza, muchas dosis de calma y buen humor y un arte insuperable en esto del dejarse llevar, pase lo que pase y piensen lo que piensen.

“To tube or not to tube” esa es la cuestión. Vang Vieng, Laos

En las afueras del pueblecito de Vang Vieng hay una cueva y su nombre es Tham Phu Kham. Puedes llegar a ella atravesando la llanura de arrozales que rellenan los espacios vacíos entre los macizos kársticos que salpican el paisaje. Al final del camino está la masa negra de la montaña que esconde un laberinto de galerías nacaradas en sus entrañas. El único modo de llegar a la boca de la cueva es ascendiendo por un sendero vertical, una escalera caprichosa e irregular tallada en la roca que enfilándose por la vertiente nos deja sin aliento y nos exprime hasta la última gota de sudor.

En Vang Vieng hay una cueva y es bueno llegar pronto. Aprovechar esos momentos en los que el resto de las almas perdidas en la fiesta de la noche anterior todavía duermen. La cueva es una catedral tallada en la roca, horadada en la montaña. Es algo mágico adentrarse en las entrañas de la tierra y jugar a ser niños que descubren por primera vez galerías subterráneas que esconden tesoros olvidados: Pilares de roca bulbosos que brillan como cubiertos por piedras preciosas, pedruscos afilados cortantes como navajas que ahora yacen en el suelo y que hace tan solo unos miles de años colgaban del techo, raíces de descuelgan de estalactitas y que vinieron de tierra arriba perforando la roca en busca de agua. El tiempo geológico, la negra noche y el silencio reinan en estos mundos subterráneos a las afueras de Vang Vieng. Y a pesar de Tham Phu Kham este pueblecito del centro de Laos es famoso por su Tubing.

“To tube or not to tube, just tube?”

“Un tipo ha saltado al río y no ha vuelto a salir a la superficie”. Pasaron varios minutos hasta que la gente comprendió lo que realmente estaba pasando y empezó a tirarse al agua para buscar a no sé quien no sé dónde. Los locales estaban asustados pero la música a todo volumen no dejó de sonar y la gran mayoría no paró de bailar. Al cabo un par de minutos más alguien lo encontró y durante un buen rato, mientras esperaban a la ambulancia, le intentaron reanimar. El enorme cuerpo inerte resbalaba y a punto estuvo varias veces de volver a caer al río. En todo momento la música no dejó de sonar y más de la mitad del bar ni se enteró.

El Tubing es una fiesta diaria donde el desfase reina y en la que el límite lo pones tú. De hecho, el único límite que hay es la muerte de los veinte y tantos occidentales que cada año se ahogan en sus tranquilas aguas. La corriente es suave, pero caer al agua inconsciente, puesto hasta las cejas de drogas y alcohol nunca estuvo en los manuales autoconservación.

El día anterior lo pasamos en kayak, en un descenso por este mismo río que ahora se llevaba la vida de este chico. La primera visión de la zona tubing no defraudó, para mal. Uauh! Pensé. Uauh! Volví a pensar. Menuda locura y desenfreno: una veintena de bares jalonan ambas orillas a lo largo de pocos quilómetros en los que navegar repantingados en un lujoso y confortable neumático de camión. “To tube or not to tube” pensamos. Pero Serge, Flavie, Vanessa y los daneses no lo dudamos. Habíamos encontrado nuestro grupito y disfrutamos de la fiesta como veníamos disfrutando de todo el viaje. Y así fue: llegamos, vimos y disfrutamos. Y lo pasamos en grande bailando, navegando, riendo y volviendo a bailar.

 A estas alturas sigo sin tener claro porqué me preguntaba sin cesar eso del ir o no ir. ¿Cargaba con mala conciencia por traicionar mi código deontológico de viajero dicharachero? ¿O me preocupaba más traicionar la imagen de alternatividad, integridad y autenticidad que buscaba proyectar en este Blog? Creo que lo peor para mi alma pura y mi recto sentido de lo políticamente correcto fue cuando tuve que ser honesto conmigo mismo y aceptar que me encantó, y que no me  habría importado pasar otro día más haciendo la mona de forma despreocupada.

Entonces ¿Dónde han quedado aquellas ansias de ir siempre más lejos, de salirme de la ruta marcada, de cruzar junglas para conocer aldeas remotas donde reside la esencia del país en el que viajo? ¿Dónde quedan mis reproches a eso progreso que torpemente contamina la pureza de estilos que vida que han sobrevivido inalterados durante cientos de años? ¿Porqué me parece bien que aquí y ahora, este pueblecito que tan solo hace 10 años era un paraíso se haya convertido en el patio de recreo de turbas occidentales?

Creo que la clave del meollo está en la última pregunta, en plantear este asunto como una lucha entre el bien y el mal. De hecho no hay tal confrontación. El Tubing y los 50 bares clónicos que proyectan sin parar temporada tras temporada de Friends en el centro de pueblo son un hecho. Una realidad que podrá ser desafortunada y en muchas ocasiones poco agraciada, pero que por otro lado da de comer a mucha gente cuya alternativa eran los trabajos duros en el campo de sol a sol. Es más, cuando el día anterior, tras un par de cervezas, le pregunté a nuestro guía en plan confianza qué pensaba de todo esto me esbozó una sonrisa pícara y me confesó que a él lo único que le molestaba de todo el tinglado eran las gentes paseándose sin camiseta por las calles del pueblo. A los laosianos les va la fiesta, pero siguen siendo pudorosos.

No se trata de trabajos forzados, no se venden a los hijos para la prostitución, no se trata de humillar a los locales ni de expoliar sus recursos naturales. De hecho Vang Vieng sigue bastante bien la bondades del esquema Benidorm, acotando el mal irremediable en un espacio muy concreto y delimitado más allá del cual la vida sigue como antes, solo que las gentes tienen una fuente de ingresos más. Habrán perdido el alma, la habrán vendido al diablo, pero quién no lo hizo, quién se mantuvo puro y libre de mancha. Nadie.

La vida es un trueque, un viaje en el que cada vez que tomamos, tenemos que dejar algo a cambio, porque sino la mochila se vuelve tan pesada que es imposible avanzar. Y pretender vivir en una burbuja, ajenos a lo que pasa en el mundo es no querer entender que del mismo modo que envejecemos, o el paisaje se erosiona, los modos de vida se degradan para morir o evolucionar. Sería fantástico que no fuera así y habrá alternativas de eco-turismo al turismo de borrachera, pero eso demanda atención y inversión, y sino que nos lo digan en España. ¿Quién aportará ambas a un país pequeño y pobre como Laos?

Llegados a este punto lo que menos me preocupa es que centenares de jóvenes beban, bailen y se lo pasen a lo grande en medio de un paisaje idílico. Llegados a este punto creo que lo más importante de este meollo es que los locales, gracias a las nuevas fuentes de ingreso, puedan acceder a los niveles de educación suficientes que les permitan a la larga gestionar este patrimonio, extrayendo los máximos beneficios de sus recursos al tiempo que son capaces de seguirlos manteniendo bien cercados en una zona concreta que no salpique al resto de la región como bien han hecho hasta el momento.

Por lo demás Vang Vieng es un buen lugar para conocer gente mientras se desciende el río en kayak. Un buen lugar para descubrir en bici o en moto sus alrededores y para hacer viajes al centro de la tierra. Y claro, como no, Vang Vieng es el lugar donde disfrutar de una cerveza flotando sobre un neumático río abajo mientras el sol ya se pone por detrás de las montañas.

“To tube or not to tube. You’ll never know until you tube”

Más de 100 rincones que valen la pena. Luang Prabang, Laos

Luang Prabang llegó sin avisar. Estaba atardeciendo mientras nos caía encima un buen aguacero, justo en ese momento en el que la luz se torna mágica convirtiendo mechones de lluvia en cortinas doradas sobre el paisaje gris plomizo. En la popa del bote andábamos Serge y un servidor, para no perder detalle de los paisajes que son la antesala de la “Ciudad” y que durante más de seis horas nos acompañaron en el último tramo del descenso del Nam Ou antes de llegar a la capital del norte de Laos.

Luang Prabang llegó sin avisar cuando de pronto, a la orilla del río, empezaron a asomar elegantes siluetas estucadas de blanco y rematadas por maderas oscuras. Y dando la bienvenida al viajero, un rosario de terrazas se asomaban a la rivera del río al amparo de grandes árboles recubiertos de musgo y tiempo. Referirse a ella como Ciudad es errar. Hay que pensarla más como una Aldea grande, sencilla y elegante. Como una dama madura que soportó bien el paso del tiempo y las limpiezas de cara que le cayeron tras ser nombrada Patrimonio del Humanidad.

Si tuviera que describirla, diría que el rostro de la dama es en realidad la suma de infinitos rincones, pliegues y arrugas, cada una con su pequeña historia que contar o descubrir. Centenares de esquinitas encantadoras, de jardincillos, de edificaciones humildes y elegantes, con el frescor y la naturalidad de los tiempos coloniales en las provincias donde el buen vivir se impuso a la necesidad de aparentar e impresionar. No creo que se pueda definir Luang Prabang con una sola gran perspectiva. Es más para degustarla a fuego lento y con paso distraído, perdiéndose en sus matices a las diferentes horas del día.

Todo se mezcla en el amable laberinto de la Ciudad-Aldea, que en su tiempo fuera capital del país y que actualmente sigue siendo el centro espiritual de Laos. Todo se diluye de una forma muy natural y es por eso que los puntos turísticos se encuentran rodeados por un mar de cotidianeidad laosiana, y es por eso que la cotidianeidad laosiana se encuentra rodeada de hoteles, restaurantes y pagodas. Y deambulando por sus callejones, lo mismo uno se encuentra de repente en un templo, que sin saberlo ya volvió a la calle, que a la vuelta de la esquina está el hotel afrancesado de precios prohibitivos. Las barreras y los límites están, pero son difusos y se superponen los unos sobre los otros. Todos formamos parte natural del paisaje: los turistas, los laosianos y los monjes. Es una ciudad con una actitud decididamente relajada donde uno ya no le siente la ambición de “querer ser más”. Parece que “ya llegó”, que “tiene todo lo necesita” y que “buscar más” podría romper el encanto.

Y tal como llega se va, y basta con bajar al río y cruzar uno de los puentes de bambú y zas!, la Aldea-Ciudad se esfumó y ya estamos de vuelta al Laos rural que había quedado río arriba: campos, casitas, peleas de gallos y los locales haciendo gala, una vez más, de su arte del buen vivir.

Realmente la ciudad no tiene más. Dos días serían suficientes para ver “todo lo que hay que ver”, pero Luang Prabang tiene trampa y es que este rincón del mundo es un lugar para ser saboreado y disfrutado. Y sin querer uno llega a ese punto en el que los atardeceres a la orilla del río pueden ser dos o pueden ser diez y no cansar. Y así suma y sigue con cada uno de los más de 100 rincones que definen el rostro de esta refinada aldea.

Y cuando se quiere escapar del barullo de esta calma sin fin, siempre puedes darte un paseo por las cascadas de Kouangxi a una escasa hora en autobús. Qué las fotos hablen por sí solas y les inviten a soñar con lugares mágicos y a rebosar del encanto de los cuentos. Lugares en los que parece que la naturaleza y el azar van guiados por una mano caprichosa pero precisa, cuyo único objetivo fuera maravillar a los corazones humanos con sus aguas turquesas y sus luces doradas del atardecer. Todo ello enmarcado en un vibrante mosaico de verdes.

Luang Prabang es un buen lugar de paso para quedarse. Un rincón donde la sencillez y la humildad de un pasado bien llevado evolucionaron en la justa medida hacia un presente que la dotó de un glamour muy fresco y llevadero. Y es por eso que todos los que pasaron por ella y la supieron saborear no pueden sino marcharse con el corazón un poco más alegre que cuando llegaron.

El descenso del Nam Ou. Norte de Laos

Es difícil moverse por un mundo de espesa jungla recubriendo empinadas colinas que se encadenan unas tras otras. Y aún así es bien fácil desplazarse a través de él, tan solo hay que ir montaña abajo, siguiendo el curso de los riachuelos que acaban por convertirse en arroyos que tarde o temprano nos llevarán al Río. Y una vez allí se abren de nuevo los horizontes y las copas enmarañadas de los árboles dan paso al cielo azul, al baile nubes y a las estrellas. Y es por allí por donde me he movido y he podido conocer otro Laos, alejado de las nubes de polvo y de los enjambres de turistas del sur. Desde Hatsa hasta Luang Prabang, casi una semana bajando por el río Nam Ou, de bote en bote y disfruto porque me toca.

Lo pude vivir en Myanmar y lo he vuelto a revivir aquí en Laos: cruzar un país por el río, usando las líneas regulares de botes que vienen y van, río arriba río abajo. Viajar de este modo te permite tomarle el pulso a la vida del país de una manera especial, muy distinto al que siento cuando viajo en autobús, por muy lleno de locales que vaya y por muy secundarias que sean las carreteras. Tengo la sensación de ver como se representa la función de la vida diaria, pero no desde el patio de butacas, sino des del escenario, entre bambalinas. Vibrando con la intensidad de las rutinas del día a día y sin el glamour del plano perfecto estudiado para cumplir con las postales mentales con las que cargamos los turistas y que hay que satisfacer para que el espectáculo siga funcionando.

Viajar en el bote de línea, durante jornadas de 6 o 7 horas, con el trastero dolorido sobre un tablón de madera y las rodillas del de atrás clavadas en tu espalda, como se las clavas tú al de enfrente. Es tremendamente incómodo, pero te regala escenas impagables. Como la de aquel chico que recogimos y que apenas tendría los veinte años. Dejó amarrada su barquita de bambú a una roca, junto al cruce con el arroyo que debía pasar junto a su aldea. Y cargó a bordo sus bultos de pescado seco sonriendo y saludando al personal, dejando allá solita y abandonada su barquita a la merced de los elementos y de los humanos. Sabiendo de antemano que allí le esperaría cuando regresara.

O el trío calavera de los guays del pueblo de Muang Khuan, a los que yo ya daba por perdidos cuando paramos a comer y el bote arrancó sin ellos. Y resulta que los muy frescos andaban de parranda, bebiendo y jugando a voleibol en una fiesta en la playa al otro lado del pueblo. Y esos grupos de niños que navegan por el río sin la supervisión de un adulto, y que se bañan desnudos chapoteando y saludando al personal de paso. Rebaños de búfalos de agua de cháchara con bandadas de cuervos negros. Aquellos señores que han salido a pescar la cena al atardecer y los otros que siguen buscando su dorado filtrando quilos y quilos de gravilla en medio de la corriente.

Muang Khuan me encantó porque el hostal donde dormí estaba al lado de un puente colgante como los de las películas. Sí, compartía el baño con la familia de los dueños, pero al mirar por la ventana del cuartucho veía un puente colgante que volaba cincuenta metros sobre el vacío. Y luego por la noche, mientras paladeaba zumo de cebada de las bodegas BeerLao, la luz del pueblo entero se fue. Y se calló la voz estridente del karaoke de al lado, y los camiones a la vera del río encendieron sus motores y con la luz de sus faros iluminaron la negra noche del norte de Laos.

De Muang Ngoi Neua me enamoré porque sencillamente es un lugar bello. Porque en el trayecto conocí a Serge, un quebecuá muy buena gente con el acabaría viajando durante 3 semanas por Laos. Muang Ngoi Neua me gustó porque no había nada que hacer, porque los locales habían encontrado ese punto exacto de equilibrio donde los turistas son fuente de negocio, pero su estilo de vida y su arte para la parranda no han pasado a un segundo plano. Muang Ngoi Neua me gustó porque su estampa no tiene precio, porque no me cansé de contemplarla a todas horas: por la mañana, al atardecer o durante la noche, cuando la luna y la niebla envolvieron las colinas y me hicieron sentir que soñaba despierto en aquella víspera de año nuevo.

Y el Río, y el Río. Siempre río abajo, siempre esos paisajes monumentales de una belleza a rabiar que salpican el norte de Laos. Telón de fondo a las vidas sencillas y honestas de esta gente corriente que los da por sentados por haberlos tenido en frente toda la vida y por no conocer nada más. Y entonces me ocurrió lo que me ocurre cuando algo me fascina: me pongo a reír. Es la risa tonta del que cae en la cuenta que es afortunado, que tuvo suerte, que no lo esperaba y seguramente tampoco lo merecía. El descenso por el Nam Ou fue como un regalo caído del cielo y la antesala perfecta a una pequeña joya llamada Luang Prabang.

Navidad en la Carretera. Oudomxay, Laos

Normalmente los Post van sin instrucciones. Que cada uno los lea como, donde y cuando quiera. Éste las lleva y son claras y precisas, y no seguirlas implica no poderlo comprender y por ende no haberlo leído. Así pues, primero deberás añadirle música clickando aquí. Una vez empiece a sonar volverás al post y mirarás fijamente las fotos pasar mientras cuentas hasta 10. Y ahora, mientras sigue sonando la música, ya puedes leer.

Los dioses, a falta de certezas ya no sé a quién exactamente me encomiendo, quisieron que esto fuera lo último y lo primero que viera del pasado 2011 y del ya presente 2012. Mientras descendíamos en el bote por el Nam Ou atravesando belleza pura hecha roca no podía dejar de sonreír. Llegamos a destino y, al igual que un niño chico, el entusiasmo se me salía por las costuras como si los Reyes Magos hubieran llegado antes de tiempo. Era definitivamente un muy buen lugar para decir adiós al año que fue y saludar al que ha llegado. Y no sólo por lo que veis, pero sobretodo por el radical contraste con los pasados días de Nochebuena y Navidad.

La travesía por la jungla valió la pena, aunque echando la vista atrás, el llegar allá fuera largo, exhausto y penoso. La víspera de Navidad, lo que los castellanos celebran como la Nochebuena, la pasé en un bus que bajo un cielo encapotado cruzaba el norte de Laos. Durante la travesía que apenas duró seis horas intenté convencerme que la Navidad tan sólo era un día más. Debía ser fácil ya que siempre la aborrecí, tanto su vertiente cristiana como su nueva hermana pareja, la consumista. Ese día me deparó dos imágenes que en última instancia acabaron por doblegarme y aclararme el porqué de tanto revuelo.

En una de las infinitas paradas el bus se detiene. El paisaje es algo tosco en contraste con las verdes colinas que hemos venido atravesando durante horas. Cruzamos una mina de carbón al aire libre, de esas que solía haber en León y Asturias, un hachazo a la tierra, bruto y sistemático. El cielo gris que nos acompaña desde que partimos lo dice todo. En un saliente de la carretera un grupo de personas espera y manda parar al autobús. Hay un pequeño revuelo, fardos y paquetes, parece que van a subir todos, pero sólo sube Uno. El resto de la familia aguarda abajo, discuten el precio del billete y ayudan a cargar los bultos.

El nuevo pasajero es un chaval joven, la familia entera lo acompaña y lo despide, pero es la madre la que no puede estarse de acercarse hasta la puerta mientras repite una y otra vez palabras que no comprendo. No hace falta. Su mirada lo dice todo y aunque no me mira a mí se me queda clavaba y todavía ahora la veo con toda claridad. Su cara morena curtida por el sol, el frío y los años. Sus ropas pobres, sus ojos negros. Ojos que le brillan de angustia. Repite y repite palabras que no comprendo mientras el bus arranca y con la mirada sigue al chaval que estoicamente se sienta en su sillón. Le miro y veo en él el sereno orgullo del que se va, la calma y la certeza de los pasos a seguir hasta llegar a su destino. Le miro y veo que en realidad está tenso, inseguro y que precisamente por eso aparenta lo contrario.

El bus avanza a través de interminables curvas y paisajes de ensueño bajo el gris plomizo de este cielo que no nos deja. Tarde o temprano se detendrá de nuevo, y lo hace. Un nuevo corro de gentes esperan en la cuneta. Esta vez suben varios, pero a Ella le cuesta especialmente. Estoy sentado frente a la puerta y el reparto de pasajeros desfila ante mí de modo que me es imposible perder detalle. Realmente le está costando, se diría que es muy mayor pero su rostro se cruza con el mío y me doy cuenta que en realidad es más joven de lo que aparenta. Debe ser su hija la que la ayuda, y la mujer tiembla aún estando bien cubierta por prendas que sin ser harapos tampoco las llamaría ropas.

Finalmente consigue subir los 3 escalones y mientras tirita le miro los pies y veo que sólo lleva calcetines. Se me encoge el corazón más si cabe. Se sientan a mi lado, la madre y la hija, y la hija la asiste y le agarra la mano mientras Ella se recuesta contra la ventana y parece dormir. La hija es una chiquilla y se la ve fuerte y serena. Alguien completa el séquito, pero hace rato que les he perdido la pista, sólo las veo a Ellas dos. Cruzo una mirada con la chica que agarra esa mano de la madre enferma y exhausta. Su mirada es orgullosa, tranquila y certera, es madura y segura. Hay en ella una determinación que borra cualquier duda. Yo ya no dudo, y siento que la mano que aferra tampoco lo hace.

Oudomxay era mi destino, al menos por ese día. Una ciudad de paso: sencilla, fea y torpe. Durante el viaje traté de convencerme que la Navidad, como fiesta cristiana, no tenía significado para mí. Y durante el viaje traté de convencerme que la Navidad, como orgía consumista, tampoco no tenía significado para mí. Y no andaba errado en absoluto, tan sólo que olvidé un pequeño detalle. Y es que no hay pueblo en el mundo entero que nunca no haya buscado una excusa u otra para celebrar el hecho de estar: de estar con los tuyos, con tu gente, con la familia. Debe ser un instinto básico, primitivo, el hecho que al menos, una vez al año, cada uno vuelva a su guarida, a su cueva, con su clan, con los de su tribu, para celebrar que están, y para recordar , aunque no se diga, a los que ya se fueron. Con todo lo bueno y lo malo que eso implique. A pesar que cada familia sea un mundo y a pesar todas escondan un cadáver (o dos) en el armario.

El día de Navidad no fue mejor. Con una jornada de viaje de unas 14 horas a cuestas llegué rendido a un hostal donde unas sábanas frías, una habitación espartana y una baño sin agua caliente me esperaban.

Los dioses, al menos uno de ellos, tomaron nota. Y es por eso que sabían lo que necesitaba, y es por eso que me llevaron hasta Muang Ngoi Neua, y es por eso por lo que les daba la gracias mientras sonreía como un niño chico: por la dicha que mis ojos contemplaban y por la sabia y contundente lección que una vez más había recibido.

Adiós querido 2011, bienvenido seas 2012!

 

A la lumbre de un brasero. Phongsaly, Laos

Sentados a la lumbre de un brasero dentro de esta cabaña, todo lo demás es negra noche. Las ascuas de la cena y una vela solitaria sobre la mesilla del rincón, la única luz. Con el culo dolido por los rústicos taburetes -demasiado duros, demasiado bajos-, sobre un piso de tierra batida. La lluvia cayendo sobre el techo de hojalata y el ondulante vaivén de las brasas son lo único que rompe la calma. ¿La rompen o la acentúan? Hace ya un buen rato que nadie dice nada y ni falta que hace. En esta remota aldea de los Akha, de nombre Peryenxangmai, una vez caída la noche, se pierde el sentido de eso que nosotros entendemos por tiempo.

Tres días en la jungla. Una jungla a veces seca y ligera contrasta con otros tramos de espesa y exuberante vegetación. Siempre cuesta arriba y siempre cuesta abajo. En este mundo, los únicos tramos planos son las cimas de las montañas y los fondos de los valles, en los que nos guste o no, tendremos que descalzarnos para cruzar un río u otro, de aguas cristalinas pero heladas. En ambos extremos es donde descansan las aldeas.

Después de inmolar mi estabilidad emocional invirtiendo la víspera y el día de Navidad en dos largas jornadas de interminable viaje extenuante, cruzando zonas remotas del norte de Laos y sin apenas haber podido tomar aliento y con todas las ropas sucias, me embarqué en este trekking de tres días jungla adentro que nos llevaría en un viaje en el tiempo hacia lugares y costumbres de otras épocas. Un mundo apuntalado en un delicado equilibrio entre la tradición y las ventajas de la vida moderna, colgado de colinas definidas por densa vegetación y envueltas en una permanente neblina que al rato las esconde y al rato las muestra. Una red de caminos superpuesta a este paisaje se esconde bajo la espesa vegetación y conecta un sistema de aldeas de tribus que viven aisladas pero dependientes del mundanal ruido. Bendecidas o manchadas por el progreso siguen su camino al tiempo que, poco a poco, se abren a la visita de los extranjeros.

Las noches las pasamos con las familias, en sus casas de bambú y madera. Donde las hogueras se hacen dentro, donde el humo lo llena todo y los ojos escuecen y te lloran. Duermes con ellos, los hombres a un lado, las mujeres a otro. El piso es duro y frío, de tierra batida. Los muebles son escasos y los cuerpos descansan sobre altillos de esteras de bambú. La cena se mata, se pela, se cocina y se sirve en el mismo espacio. Una gallina que entró de la mano de un chiquillo atada de pies y bocabajo es sacrificada en apenas unos minutos. Desplumada y descuartizada. Cocida y devorada por los comensales y con Lao Lao se riega la comida. Es un licor fuerte, huele a aguardiente y sabe a mil demonios. La luz no se enciende, la luz arde porque no hay bombillas. Sea una vela en la mesilla, sea la hoguera donde se calienta el resto de la familia que espera su turno que sólo llegará cuando nosotros hayamos saciado el apetito. Los niños y las mujeres pueden esperar, los invitados no. Son las costumbres del lugar que nos hacen sentir incómodos pero que hay que aceptar. Se nos permite participar, pero las objeciones o los reproches nos lo llevamos cada uno a su casa, pues aquí están de más.

Cae el sol, y sobre el poblado de casas de bambú y techos de paja se hace la noche. Sólo la vida dentro de las chozas rompe el silencio. La vida en todas sus facetas. Por un lado la tradicional, con sus chácharas y sus risas alrededor del fuego. Por otro lado la moderna, en forma de ruidoso transformador eléctrico que quema combustible para que los ricos de la aldea puedan escuchar música techno a todo volumen en medio de la jungla, en la cima de la colina. Bien alto y bien fuerte para que todos sepan que ellos son los ricos, ellos son los elegidos, aquellos que tienen acceso a la vida moderna y a todas sus bendiciones. Occidente y el progreso traen a las montañas del norte de Laos música techno y decibelios a borbotones. Nos es que lo lleve yo, como embajador del oeste, pero de todo lo que podrían permitirse y escoger, curiosamente escogen esto.

Al día siguiente, después de una noche fría donde el sueño y el descanso han sido escasos, amanece en la aldea. Las mujeres hace rato que andan despiertas, carreteando el agua sobre sus espaldas, cocinando para los hombres, para los animales, y cuando todos hayan comido, supongo que también para ellas. Son esquivas, no se dejan fotografiar. Visten como si el tiempo no hubiera pasado, las ropas occidentales carecen de sentido para ellas. Con sus telas y abalorios de plata sobre sus cabezas parecen reinas de los montes, dignas y orgullosas, y aun cubiertas por una pátina de carestía. Lo visten con la misma naturalidad con la que huyen de las lentes de las cámaras como si del diablo se tratase.

Hemos llegado hasta este rincón del mundo y hemos encontrado lo que andábamos buscando: Una vida “original” en estado puro alejado del turismo convencional. Somos claramente cuerpos extraños que sobramos y en este esfuerzo gratuito e innecesario por acercarnos a ellos me pregunto qué es lo que realmente buscamos al venir hasta aquí. ¿Qué es lo que realmente espero aprender de todo esto? ¿Porqué todo tiene que ser tan auténtico y original? ¿Porqué sólo vale la pena si es así? ¿Y qué implicación real tiene todo esto en mi vida, más allá de foto o la anécdota simpática que contar?

Me hago estas preguntas, les doy cien vueltas y aunque aventure mil respuestas, aún no tengo conclusiones. No se preocupen, cuando lo sepa, seguro se lo cuento. Permanezcan atentos.