El cielo es Azul. Lampu’uk Beach, Indonesia

Encontré un lugar bonito al que huir. Encontré el lugar bonito en el que refugiarme de todo y quedarme a solas conmigo mismo. Nada que ver, nada que visitar. A solas con el silencio, a solas con una rutina diaria, a solas con lo bueno y con lo malo que cargara a cuestas. A solas con nadie porque nadie viene a la playa de Lampu’uk por estas fechas. Porque nadie quiere pasar sus días en los confines del mundo sobre los que todavía planea el fantasma de un tsunami que mató de un plumazo a más de 150.000 personas. Y el tiempo, el tiempo es tan malo que no se ve el sol, oculto tras las tormentas del Índico que azotan, inclemente y una tras otra, las costas de la punta norte de Sumatra.

Son días de un intenso gris oscuro. Días en los que un viento feroz arroja sin piedad contra estas costas lluvias inmisericordes que hacen templar los cimientos de la casita de madera colgada de un acantilado en la que me he refugiado.

9 días con sus nueve noches pasé aquí. 9 días marcados por amaneceres pálidos sin color. 9 jornadas marcadas por los cinco cantos del almuecín en la cercana mezquita de la muy musulmana Aceh. Días de atardeceres mustios en los que la luz se desvanecía con más que pena que gloria, atardeceres de nubes negras, bandadas de murciélagos que abandonaban sus cuevas en los acantilados para darse a sus cacerías nocturnas.

Qué bien me siento. Qué ricas me saben las comidas que día tras día me sirven los chicos de los bungalows, siempre las mismas siempre a la misma hora, siempre los mismos sabores sin gracia alguna repetidos hasta la saciedad. Vivo una rutina, pero no es una rutina cualquiera, esto es Divina Rutina. Despertarme con el canto de las 5 de la mezquita, levantarme sobre las 7 cuando el cuarto está ya lleno de luz pálida y descolorida. Encender el ordenador para ver una película, encenderlo para trabajar en los cientos de fotografías que aguardan su momento para florecer en toda su plenitud. Desayuno sobre las nueve, siempre una crepe de plátano con chocolate cuyo grosor varía dependiendo de quién me lo cocine, las de Agung son siempre mejores.

Vuelta al cuarto tras contemplar la playa con la mirada perdida y la mente vacía. Otra película, más fotos y más ratos ausentes con la mirada puesta en un horizonte de olas rotas sentado en el banquito de mi casita. Hora de comer, luego siesta, película, y más fotos. Al atardecer me ducho con agua fría sin apenas presión. Cae la noche y ceno lo mismo que comí: arroz con verduras y con mucho picante. Subo a tientas a mi cuarto por el caminito para una sesión doble de cine, pero ahora ya arropado entre mantas y bajo la mosquitera que da solemnidad a la alcoba. El canto del almuecín haciendo las veces de campanario, el viento de las tormentas rompiendo con sus sacudidas la cadencia de mi rutina divina con su arbitrario ir y venir.

Llueve y tiembla mi casita de madera. Llueve y se cuelan a través de las rendijas las dunas de la playa y la lluvia que este viento inclemente pone de vuelta y media haciéndola correr paralela al suelo en vez de dejarla caer como dios manda. Los días se funden unos con otros. Entre mantas descubro a un Fellini que durmió durante meses en mi filmoteca viajera y que hace cine para sí mismo y para nadie más. Que hace un cine triste o melancólico cargado de dudas y de belleza que desborda a pesar del blanco y el negro. Los días se funden y en realidad pienso más bien poco, aunque reflexione sobre el niño mediterráneo de piel demasiado fina que creció dando por sentado que el sol siempre brilla en el cielo y que las lluvias y las tormentas son un estorbo, un capricho de dioses aborrecibles que no entienden que las cosas sólo son ellas mismas bajo la clara luz del sol.

Tras más de 30 años y la compañía de mi librito de cuentos Zen –el único libro físico que me acompaña en este viaje- el niño mediterráneo de piel fina empieza a entender que las cosas sólo son ellas mismas a la luz del sol, pero que también pueden serlo bajo la luz de un día de tormenta. Y que puede que muchas de las cosas sólo sean más ellas mismas a la luz de la luna o al candor de una vela. El niño que germinó y maduró a la luz de sol y frente a un mar de intenso azur cae en la cuenta y recuerda algo que solía pensar cuando vivió en el implacable invierno finlandés: Que el cielo es siempre azul, que tras la espesa capa de nubes el sol siempre sigue brillando. Que las nubes vienen y van y que al final siempre es cuestión de tiempo que el cielo nos vuelva a parecer azul.

Lo descubrí cuando estaba en Finlandia y lo reencontré años más tarde durante mis cameos con la literatura zen. Pero en algún momento de este viaje olvidé que los recuerdos son mentiras y que inundan la razón. Dejé de mirar en el espejo del día a día para fiarme de mis memorias y acabar olvidando que nada ni nadie vive en un eterno verano y que en los inviernos también pude ser feliz.

9 días con sus nueve noches pasé colgado de un acantilado en la playa de Lampu’uk bajo un cielo de tormenta y calma. Al noveno día amaneció claro y el cielo encapotado dio paso a un cielo azul. Al atardecer se filmó un programa de cocina de la televisión estatal indonesia frente a mi casa. Y por la noche, en mi última noche, brillaba la luna creciente casi llena sobre la playa. No supe no darme un paseo solitario, en este rincón de mundo olvidado. El cielo era claro, brillaban las estrellas pero seguía soplando en viento brutal e implacable que levantaba la arena y me la clavaba en la cara y en las piernas como si fueran alfileres. El azote de las dunas me recordó a las ventiscas de mi adolescencia en los pirineos.

No había pensado mucho, había reflexionado más bien poco, pero dejaba Lampu’uk Beach con el alma en calma, reposada… Cuenta otro de mis cuentitos zen que las aguas de un lago alborotadas no consiguen reflejar la luna con claridad, pero que si se las deja reposar, sin más, al final acaban por convertirse en un espejo que lo refleja todo a la perfección… eso necesitaba yo, dejar de remover mis ideas.

9 días sin nada que ver, ni nada que visitar. 9 días a solas conmigo mismo, con lo bueno y con lo malo que cargara a cuestas. 9 días para darme cuenta que no es que salga el sol, que el sol siempre estuvo allí, que son las nubes las que lo ocultaron, y que pase lo que pase, las nubes son pasajeras por definición. Que la clave está en sobrellevar con calma la tormenta, y si es posible, disfrutarla y saborearla cobijado tras una mosquitera, bajo unas mantas y con una película de Fellini en blanco y negro, mientras afuera el cielo es negro, rugen vientos inmisericordes y sigue lloviendo a cántaros. Pero eso ya da igual, porque yo ya sé que, pase lo que pase, el cielo es siempre Azul.

Rafis & el Taxista. Pulau Weh, Indonesia

… viene del post anterior, Estoy despierto ¿Dónde estoy?

Rafis,

Al igual que los 20 delfines que nos acabamos de cruzar, Rafis parece ser un enviado de los cielos. Es un chaval de unos 12 años que ha reunido todo el coraje del mundo para acercase al bulé -extranjero en jerga local- y preguntarle cómo se llama. “Me llamo Franc, ¿Y tú?” – “Mi nombre es Rafis”. Es un sol de niño y mi sola respuesta le llena de orgullo. Nervioso y satisfecho mira al horizonte mientras se piensa su segunda pregunta. “¿De dónde eres?” – “Soy de Barcelona, y tú?” – “Soy de Banda Aceh, pero vamos de vacaciones -3 días- a Pulau Weh”. Me lo miro de arriba abajo, sonrío y pienso “¡Qué tío más majo!”. Ahí va la tercera pregunta “¿Cúal es tu trabajo en Barcelona?”. “Arquitecto, diseño casas y edificios para la gente”. Se le ponen los ojos como platos y flipa un poco. “¿Y te gusta tu trabajo?”. Ufff, ahí el que flipa soy yo.

En un fracción de segundo me respondo a mí mismo que sí, que me encantaba mi trabajo, que me encantaba mi vida, que era una buena vida con muy buena gente a mi alrededor. En esa fracción de segundo me pregunto qué cojones hago aquí y porqué demonios dejé atrás todo aquello. Con su cuarta pregunta, este chaval de 12 años ha lanzado un torpedo que ha dado de lleno a mi línea de flotación emocional que ha resistido 7 meses a flote a casi todo. Se me llenan de lágrimas los ojos y no tengo valor de mirarle a la cara mientras le respondo que sí, que mi trabajo me gustaba muchísimo. Me muerdo el labio inferior y me froto los ojos como si estuviera cansado de no haber dormido bien la  noche anterior y ya las lágrimas se secan. Me lo miro de nuevo y mientras le sonríe al horizonte va y me suelta “Creo que te va a gustar mucho mi país. Indonesia es un lugar muy bonito”. ¡La madre que lo parió! En otra fracción de segundo se me suben las lágrimas de nuevo mientras pienso que “Yo también lo creo, que si los indonesios son tan buena gente como tú es imposible que no acabe rendido a esta tierra”. Rafis está más que satisfecho y mientras yo me sigo frotando la cara y mirando al horizonte, él me da las gracias y se despide para volver adentro con su familia. ¿Las gracias? Joder, las gracias te las tengo que dar yo a ti por haberme puesto contra las recuerdas y haberme hecho dar cuenta de tantas cosas con sólo 4 preguntas.

El Taxista,

Tras dos horas en el ferry llegamos a tierra firme. En el barco he conocido a Aji, un indonesio de Medan, y a Ambar, su medio novia americana. También han venido a la isla a pasar el puente. Arramblamos con otro extranjero para llenar el taxi que nos llevará a Iboih, a la otra punta de la isla. Voy sentado en el asiento del copiloto mientras los tres van detrás charla que te charla. El otro bulé es un sueco adicto al submarinismo que invierte su dinero y sus vacaciones en viajar por el mundo para submergirse en las mejores aguas del planeta, a eso vino a Pulau Weh.

Yo miro por la ventana, miro al paisaje, miro a esta nueva isla, a este nuevo rincón de mundo que me está gustando. Pero también estoy mirando hacia adentro. El asunto de la cámara me tiene obcecado. La conversación con Rafis me tiene obcecado. Mi “mala suerte” me tiene obcecado. Sigo la conversación de los de atrás en este taxi maltrecho que bien podría caerse a trozos en cualquier momento.

A medio trayecto siento que alguien me toca la pierna. Me giro sorprendido y me encuentro con la mirada preocupada del taxista que apenas habla inglés pero que ha encontrado las palabras necesarias: “¿Te ocurre algo?”. ¡Dios! Este hombre, que se gana la vida llevando a turistas con su coche y que apenas habla inglés, me ha mirado a los ojos y ha visto que había algo dentro de mí que no iba bien. Este hombre que apenas me conoce y que en 20 minutos nunca más me volverá a ver lleva observándome media hora y ha sentido que yo no estaba bien mientras los demás que bien me podrían haber entendido hablaban de todo y nada en la parte de atrás. Este hombre sin apenas cruzar palabra me ha mirado y me ha comprendido. Me ha lanzando el tercer torpedo del día, directo a mi línea de flotación emocional. Siento que de verdad se ha preocupado por mí y que lo ha hecho de todo corazón. Miro al frente, me suben de nuevo las lágrimas y me muerdo el labio inferior mientras le respondo que “no pasa nada, que sólo se me ha roto la cámara”. Me vuelve a mirar directamente a los ojos, y no puedo más que decirle que “Gracias, que no se preocupe, que está todo bien”.

Seguimos nuestro viaje y en un momento un grupo de niños revolotean junto a la calzada. La primera impresión es que están molestando a una chica. Gritan algo y el taxista para y se baja. La chiquilla tiene la mirada perdida y los niños la rodean entre curiosos y asustados. Aji traduce y nos comenta que la chica está poseída por un espíritu mientras el taxista la agarra por los hombros y empieza el exorcismo susurrándole a la oreja conjuros que invocan a Alá para que el espíritu maligno abandone el cuerpo de la niña. Al cabo de unos minutos la niña se desmaya y cae al suelo.

Aji nos comenta aquí estas cosas pasan a menudo, más allá del islam, el mundo de los espíritus sigue estando presente. El sueco me comenta que sí, que en su país esto también ocurre, pero que lo llaman de otra manera, más “científica”. Yo ya no sé qué pensar ni me molesto en ello. Yo solo sé que este hombre hace un rato me ha mirado a los ojos y que más allá de toda barrera lingüística, cultural o religiosa, ha sido capaz de ver que dentro de mí había algo no iba bien mientras que a los de atrás les ha sudado tres narices –y no es que se lo reproche, la verdad, aquí cada uno carga con su cruz-.

Estoy en el paraíso, tiburones de varios metros cruzan ante mí y soy incapaz de verlos. Se me rompe la cámara y un niño con sus preguntas inocentes me pone contra las cuerdas y casi me hace llorar. El que está poseído soy yo, pero no es por ningún espíritu maligno. Soy yo mismo que ando enmarañado en mí mismo y después de una charla con un buen amigo por Skype creo que ha llegado el momento de parar. Encontraré un lugar bonito y tranquilo y tras 7 meses dando tumbos, me detendré.

… continúa en el siguiente post, El cielo es Azul

Estoy despierto ¿Dónde estoy? Pulau Weh, Indonesia

“Estoy despierto ¿Dónde estoy? Estoy en la isla, estoy en Pulau Weh”.

Miro por la ventana del bungalow, una caseta de madera con agujeros por todas partes, el más barato. Son la 5 de la mañana y una luz violeta tamizada por la mosquitera despunta en el horizonte. He dormido bien pero al volver a tomar consciencia mi corazón se encoje. Todo es bello pero yo me siento triste. La cama parece flotar en un oscuro e incierto mar de melancolía y tengo que hacer un esfuerzo para levantar la mosquitera y empezar este nuevo día.

Me visto y voy hacia la playa de Iboih. Haremos una inmersión al alba, en ese momento en el que los peces de la noche vuelven a las profundidades mientras que los que dormían despiertan y emergen al calor del nuevo sol. Es mi primera inmersión desde Koh Tao y no quiero cometer errores con el equipo, estoy inquieto y no quiero olvidar ningún detalle. Montamos en la lancha y la escena no puede ser más preciosa. El pueblo duerme en calma, la superficie del mar resplandece con los colores del amanecer y el lomo de la islita de Pulau Rubiah se recorta contra el horizonte. El viento y el susurro del suave oleaje y el motor de nuestra lancha son la banda sonora de este momento idílico. Las chicas bromean – llevan cientos de inmersiones – y llegamos a destino.

Habrá que descender rápido, la corriente es muy fuerte y podría llevarnos demasiado lejos del grupo. Bajaremos directamente hasta los 30 metros, justo al lado del acantilado en las tinieblas de estas aguas al extremo norte de Sumatra. Bajo el agua me siento como en un sueño. No he dado ese paso fuera de la cama y en realidad me he vuelto a dormir. El paisaje del fondo marino es un peñasco pronunciado que se dobla y se pierde en las profundidades. La fuerte corriente nos empuja y nos agarramos a las rocas cortantes con las manos. Mis gafas se están empañando y respiro demasiado rápido, miro hacia arriba, hacia el mundo que despierta, pero al mirar abajo me parece que estoy nadando en la nada. No es miedo, es otra vez ese sentimiento de melancolía que no me deja. Ahora ya sólo somos dos, el instructor y yo. Navegamos por ese mundo irreal y buscamos tiburones y mantas raya. Hace rato que he perdido la orientación y simplemente me dejo llevar y le sigo. En un momento me señala algo pero tengo las gafas empañadas y no veo nada. Era un tiburón enorme a escasos 5 metros, me comenta al volver a la superficie. Apenas he durado 30 minutos. He respirado demasiado rápido: la corriente y los nervios.

Arriba todo sigue siendo bello y el sol ya ha levantado cabeza sobre el horizonte. Esperamos media hora más hasta que las chicas salen, y siguen riendo y bromeando. Vuelvo al pueblo y por la tarde habrá otra inmersión más. Con Karsten y los franceses. Será al otro lado de la isla, en el jardín de corales y esta vez lo haré mejor. Otra vez en pleno control de mis facultades, otra vez suave y tranquilo.

Pulau Weh es realmente un pequeño paraíso. Me gusta esta isla y me gusta Iboih. Me gustan sus paisajes y la actitud de la gente en su día a día. Me hecho al mar frente a los bungalows y con tan solo unas gafas y un tubo me paseo durante 3 horas y me cruzo con cientos de peces de colores, con un pulpo que me mira y que se cambia de traje a cada movimiento que hago. Una morena gigantesca me da un susto de muerte, y serpientes marinas bailan ingrávidas sobre el fondo de corales. Y arriba en sus cielos vuelan murciélagos enormes al anochecer y durante el día un águila reina en las nubes. Iboih es un sendero del que cuelgan las casas de huéspedes, cerca de las dos playitas, de alguna tienda y algún café. Paseando en un atardecer dirección al colmado miro a lo lejos, al muelle donde pescan algunos lugareños y juegan otros niños. En un instante una enorme raya águila salta del agua para volver a caer y desaparecer unos segundos después. Pulau Weh es un edén.

“Estoy despierto ¿Dónde estoy? Estoy llegando a destino, estoy llegando a Banda Aceh”.

Finalmente dejé atrás Malasia. Los problemas con los pasaportes y las cámaras y finalmente empieza la gran aventura por Indonesia, borrón y cuenta nueva. Aterrizaje en Medan procedente de Kuala Lumpur y primer round con los taxistas para determinar cuánto valen las cosas en este nuevo país. Doy mil vueltas y finalmente consigo un buen precio y un destino acertado. Compro el billete y cruzo de nuevo la ciudad –esta vez en labi-labi– para llegar a la central donde me espera un bus de 12 horas que me llevara al norte, a Banda Aceh.

Hemos llegado y de la estación al muelle vamos 3 turistas en una moto con sidecar pintada con curiosos colorines, colores de Indonesia. Llegamos temprano y tendremos que esperar cinco horas hasta que salga el primer barco. Me gusta Indonesia y me gusta su gente y voy hacia la Isla. Al subir al ferry empieza el festival. Vamos hasta los topes porque es puente y resulta que los muy musulmanes de todo Indonesia están celebrando que Jesucristo subió a los cielos en la segunda pascua. Todo el mundo es tan majo, el mar, la luz del sol, el sentimiento de estar avanzando hacia un lugar remoto en el extremo de la mítica Sumatra. Hablo con la gente, me preguntan y me hacen fotos y se las hago yo, y de repente ERROR 20. No me lo puedo creer, la cámara ha vuelto a fallar. No me lo puedo creer. Respiro hondo, compruebo mil veces. La cámara ha vuelto a fallar y parece ser que aquella nube gris que se formó en Tailandia me ha seguido hasta Indonesia.

Estoy cabreado, harto, triste y frustrado. Me despido cortésmente de la señora y de su familia y voy a perderme a un rincón del ferry. Quiero gritar, quiero mandarlo todo a paseo. En éstas, recostado contra la pared, con las manos en las rodillas y cabizbajo la gente empieza a aplaudir y a gritar. Algo pasa. Levanto la cabeza y una manada de más de 20 delfines nadan hacia nosotros. Saltan, juegan, ¿Danzan? El barco, la isla al fondo, el volcán detrás. ¡Joder con la puta cámara! El azar se ríe de mí en mi puta cara. Estoy cabreado y navego hacia el paraíso y sólo se ha jodido una cámara -la tercera en menos de 6 semanas-. Y es ahí donde aparece Rafis.

continúa en el siguiente post, Rafis y el Taxista…

Postales. Messi 10. Carretera a Lampu’uk

¿Qué edad tendrá? ¿Nueve, diez o 11 años? ¿Qué hará durante el día? ¿Irá todavía a la escuela o estará ya trabajando en los campos o aprendiendo algún oficio en los talleres? No sé nada de Él pero le estoy viendo tumbado sobre una estera en el suelo de la habitación, pensado en el partido de mañana…

Debe ser delantero, claro, no podría ser ni portero, ni defensa, ni centrocampista. Hoy debe haber habido partido o a lo mejor ha estado mirando la tele, algún programa especial. El chico vive en los alrededores Banda Aceh, a casi 10.000km de Barcelona, en la punta norte de Sumatra donde aquel épico tsunami del 2004 se llevó por delante más de 150.000 vidas humanas de un plumazo. Él sobrevivió pero, al igual que todos aquí, seguro que perdió a algún ser querido.

El chico está tumbado y sueña despierto. Sueña que mañana habrá partido y que mañana él será Leo Messi. Tiene que ser de familia humilde, vive a la afueras y la sandalia es de las baratas. Debe ser de familia humilde porque aquí son muchos los que llevan camisetas del F.C. Barcelona y casi nunca tienen pinta de ser ricos. A más a más, siempre hay imitaciones baratas que hacen las veces y que a efectos prácticos sirven igual. Tumbado en la oscuridad del cuarto mira al techo y a las luces que se cuelan por la ventana. Ha tenido una idea, mañana él será Leo Messi.

En un acto de pura psicomagia, de puro vudú, el chico decide tomar partido. Agarra sus chanclas baratas y con el cuchillo de la cocina talla en plástico el nombre y el número de su ídolo, de su diós pagano ¿Lo talla o lo esculpe? Hoy el chico no vestirá el número 10, eso lo hace cualquiera, ha decido ser más radical. Siente y sueña que por el mero hecho de inscribir su nombre en sus sandalias sus pies serán más rápidos y sus piernas más ágiles. El solo nombre del diós pagano bastará para insuflarle la confianza que necesita, la confianza que le falta. Con sus chanclas marcadas como estigmas, hoy será como Leo: Un niño grande que quiso jugar a jugar y a ser feliz con un balón. Sus amigos le aclamarán, le abrazarán, todos intentarán saltar sobre él después del Gol mientras él correrá por el campo gritando, con una mirada y una sonrisa entregadas al cielo sintiéndose rey de reyes.

Todo esto lo pensaba en una parada de labi-labi –el minibús local-, en un cruce frente a un puesto de pescado al borde la carretera. Miré al suelo y entre el barro, junto al arcén, reconocí la sandalia. Con la mirada perdida vi que había algo escrito: Messi 10. Dudé por unos instantes, pero el encuentro me fascinó tanto que me bajé y le tomé una foto mientras los otros pasajeros se reían del bulé –extranjero- y mientras el conductor me chillaba para que volviera a subir.

Nunca he sido amante del fútbol, tampoco lo odio. Me irrita, eso sí, la histeria colectiva que lo envuelve. Y aún así, mientras dejaba atrás Lampu’uk para volver a Banda Aceh, me preguntaba “¿Porqué?”. Durante los últimos días por la calle me llamaban a grito pelado Pep Guardiola. Durante los últimos meses, al pronunciar la palabra Barcelona, las puertas se me abrían, y no era por Gaudí o por las Ramblas, era por el fútbol, era por el Barça.

Hace 10 años leí en un suplemento cultural un artículo de Alejandro Jodorowsky. Argumentaba que el fútbol debía ser algo sagrado para mover el mundo de ese modo. No sé si iba en serio, se reía o simplemente fue un acto reflejo de los suyos, sin más intención.

Sigo sin saberlo pero al ver aquella sandalia de chaval allí tirada en el arcén, con el nombre y el dorsal marcados a conscientes cuchilladas, no pude dejar de pensar que Sí, que ciertamente el fútbol es religión pagana y que al menos, aquel día, hizo sentir a aquel chaval que era más que un simple chico pobre jugando al futbol con los amigos. La pasión por el fútbol y la pasión por el Gol lo elevaron por los cielos, más allá de las miserias y las alegrías de su día a día. Allá arriba, más allá de las nubes, donde aguardan los sueños y las ilusiones.

 

Una velada con Baraka. Berastagi, Indonesia

La palabra árabe Baraka significa “bendición” divina. Esto lo sé ahora pero la primera vez que la vi y que decidí grabarla con fuego en mi memoria, Baraka significaba algo que no comprendía del todo pero que me marcó de tal modo que casi 20 años más tarde sigo “pagando” las consecuencias de aquel encuentro fortuito a la tierna edad de 12 años.

Fue por la tarde, después de comer, y sería fin de semana o vacaciones cuando al encender el televisor y poner el Plus me topé por primera vez con Baraka. Me quedé pegado al televisor, entre fascinado e incrédulo. No había voz, no había argumento, sólo imágenes y música. No entendía nada pero lo comprendí todo. Esperé a que terminará y grabé con fuego y para siempre su nombre en mis recuerdos: Baraka. Arragué la revista con la programación del mes y busqué el próximo pase. Esta vez estaría allí desde el minuto cero con los ojos de un niño que ha descubierto un mundo, El Mundo.

Después de ese segundo pase tuvieron que transcurrir 11 años hasta que Baraka y yo nos volviéramos a encontrar. Esta vez estaba en Helsinki, y entre charla y charla con el Gran Félix Pousa le hablé de Baraka. Era mediados de mayo y la aventura en Finlandia estaba llegando a su fin, pero quiso la divinidad que durante ese año encontrara una postal de la escena de la Danza Balinesa del Mono -quien la haya visto no la olvidará fácilmente-  y quiso la divinidad que durante ese año esa foto y el recuerdo de Baraka me dieran los buenos días cada mañana junto a la mesita de noche. Un día Félix me comentó que, movido por la curiosidad, la había buscado y encontrado y que tenía la película. Organizamos un pase en mi habitación con la gente del departamento de Arquitectura, con palomitas y tortilla de patata y de todo. Más tarde en esa misma “noche”, durante uno de los eternos amaneceres primaverales de Helsinki, la volví a ver, pero esta vez a solas. Habían pasado 11 años y durante ese tiempo yo había cambiado pero ella no. Ella seguía siendo fresca y poderosa. Baraka me atormentaba de nuevo removiendo mis sueños más alocados.

Hasta mediados del pasado 2011 la volví a ver varias veces, pero recuerdo una especialmente. Fue a mediados de febrero de ese año y fue ésta y no otra la que terminó por evaporar mis miedos y mis reparos: Quería ver mundo, quería ver El Mundo. Quería experimentar Baraka en mi propia piel. Ese último pase tuvo lugar, cómo no, en Gran Via, en el tercero, en buena compañía y con una copa de vino. Ese último pase es el germen de este post: Una velada con Baraka.

Les propongo un plan, un juego, una experiencia. Les invito a pasar una velada con Baraka. Háganse con una copia*. Créanme, compren una original. Baraka es por encima de todo una poesía visual y sonora y la calidad y el tamaño, aquí, sí que importan. Una vez tengan Baraka en sus manos, les aconsejo que le busquen una cajita, pequeñita pero que sea bonita, porque Baraka no es sólo una película ni un documental. Baraka es una puerta al mundo y a los sueños, Baraka es un desafío a nuestra cotidianeidad y a lo que damos por sentado. Baraka es un ejercicio humano de belleza, de poesía, de sensibilidad y es por eso por lo que no sería justo dejarla en un estante sin más.

Esta vez vamos a hacerlo bien y no sólo le vamos a dar al play. Puesto que Baraka no es una película sino una experiencia tendremos que tratarla como a tal. ¿Lugar? El lugar que sea el que cada uno escoja, pero yo apuesto por algo muy nuestro, nada como el sofá de uno mismo para tales momentos/eventos. ¿Atrezzo? La acción se desarrolla en el televisor o en el proyector, pero la sala también debe participar. Apaguen las luces de interruptor y enciendan velas por todo el salón, el antes y el después son casi tan importantes como el durante. ¿Refrescos? Todos, pero siendo un hombre de cervezas, creo que tomarse un buen vino con unas buenas copas es lo más apropiado para esta ocasión. Tinto, porque el contenido es denso y casa mejor que con el blanco –el que yo prefiero-.

¿Compañía? Que cada uno elija que yo propongo. Inviten a sus amigos y hagan de esta velada algo especial para compartir con los suyos. Seamos unos cuantos pero no hagamos cena, mejor un pica-pica para el antes, el durante y el después. Y sí, debe haber un buen caldo con el que consumar esta comunión visual que a la que se descuiden puede acabar siendo existencial. ¡Qué bueno poder comentar al final de la película aquella escena, o aquel paisaje! ¡Qué alguien nos cuente en primera persona cómo son aquellos templos o aquella ciudad que visitó! ¿O porqué no ya puestos nos ponemos todos a soñar despiertos y planeamos un viaje imposible a todos y cada uno de los lugares que acabamos de ver? ¿Porqué no? Soñar es gratis.

¿Compañía? ¿Y si en vez de ser muchos o varios organizamos un velada con la pareja? Ojo, que éstas las carga el diablo y lo mismo acabamos por comprar un billete a cualquier parte que lo zanjamos con una discusión existencial que pone en evidencia destinos y ambiciones existenciales opuestas. Pero, y digo pero, y si resulta que puestos a soñar despiertos encontramos al compañero de aventuras que siempre quisimos tener. Y si resulta que realmente a partir de hoy empieza la cuenta atrás de esa aventura que contaremos a nuestros nietos, de cuando el abuelo y la abuela arramblaron con los bártulos y “bendecidos” por la divinidad se echaron al mundo.

¿Compañía? Con uno mismo. Ojo, éstas sí que las carga el diablo y una botella de vino puede ser demasiado o insuficiente y puede que haya que poner el pause para bajar a comprar más. Nunca, y digo nunca, habrá que verla a solas pero acompañado por un ordenador con conexión a internet y una tarjeta de crédito con saldo. Lo mismo se levanta uno al día siguiente con una resaca memorable y el con el vago recuerdo de la compra de un billete de ida, pero no de vuelta, con destino a Bangkok.

Supongo que a estas alturas los fieles y no tan fieles seguidores de Outteresting.com se habrán percatado que este blog y el camino que decidió tomar un servidor le deben mucho a ese encuentro fortuito con esta película y a esta relación de casi 20 años. A estas alturas habrán comprendido que sin ser mi guía, Baraka es un referente potentísimo de lo que veo y del cómo lo veo. Ya que estamos puestos, les confesaré que las bandas sonoras que menciono en mis amaneceres de Angkor y en los viajes al centro de la tierra en Kong Lo, ambos son en realidad la banda sonora de Baraka, autoría de Dead Can Dance -el vídeo que les he adjuntado al principio de este post-. Esta música no sólo me ha acompañado en esos momentos concretos, y es que muchos, y digo muchos de los posts que he escrito y que espero hayan leído con deleite fueron escritos mientras me intoxicaba con su música.

Baraka será una cosa y Outteresting.com otra muy distinta, pero una bebe de la otra. Y no hablo sólo de música, de destinos o de fotografía. Hablo del hambre de soñar, del hambre de ver y de vivir, del hambre echarse al mundo y mirarle a los ojos a los mil millones de rostros que pueblan el planeta para comprobar como siempre terminan por devolverte la sonrisa. Baraka es una provocación, un desafío y está en tu mano aceptarlo o no.

 

* Si se nos escapa al presupuesto o las ganas de verla nos pueden aquí tienen el link para verla en streaming por Internet. Aún así, insistiré: si pueden regálensela a sí mismos.