Rutas. Sulawesi, Indonesia

1. Recorrido:

Desde Makassar hasta Gorontalo / 18 días (Agosto-Septiembre 2012)
Makassar (1) > Tana Toraja (2-3-4-5-6-7) > Tentena (8-9) > Ampana (10) > Islas Togian (11-12-13-14-15-16-17) > Gorontalo – Makassar (18)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Makassar hasta Gorontalo / 18 días (Agosto-Septiembre 2012)
Billete de avión Gorontalo – Makassar – Jakarta: 80€  / Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur: 42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 361€ / Gasto medio diario: 20,00€


Cambio Julio 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 10000 a 14000 Rp
· Precio Cerveza: 35000Rp (botella 660cl)  / 45000Rp (botella 660cl) en Togian
· Precio Habitación: 90000Rp la noche

3. Escritos:

01. Un Árbol para las Almas. Tana Toraja, Indonesia.
02. “Las Togian”, la película. Pulau Togian, Indonesia.
03. Turquesa es el Edén. Pulau Togian, Indonesia
04. Cadáver Exquisito. Pulau Togian, Indonesia.
05. Marcha Atrás. Tentena, Indonesia.
06. Nada de susurros. Tana Toraja, Indonesia.
07. Remiendos. Rantepao, Indonesia. Sección Irreflexiones.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Nada de susurros. Tana Toraja, Indonesia

¿Vivir por y para la muerte? Parece ser que sí, parece ser que en la tierra de los Toraja uno se pasa la vida como el faraón, pensando en el día que se muera y en todo lo que habrá que dejar dispuesto: el ataúd, la tumba, los preparativos, las estatuas, los sacrificios… Toda una vida pensando en la muerte de uno, y toda la vida pensando en la muerte de tus mayores a los que deberás honrar. En ahorrar la fortuna necesaria para que el funeral esté a la altura de la posición social de la familia, por aquello del qué dirán si el festejo resultara aguado o por debajo de las expectativas.

“Polvo eres y en polvo te convertirás”. Si todo hubiera quedado así la cristiana Tana Toraja sería otra, pero no. La muerte, o en todo caso el funeral, es el momento estelar por excelencia de tu paso por la vida si eres un Toraja. Curiosa paradoja. Todo aquí gira en torno a la muerte y no deja de ser fascinante el hecho de que tan sombrías costumbres florezcan precisamente en un entorno tan exuberante como éste. En el corazón de las montañas de centro de Sulawesi –si es que a esta isla loca se le puede encontrar un centro- rodeado de colinas cubiertas de junglas, de bosques de bambú y de claros escalonados de terrazas de arroz salpicados de pedruscos que parecen huevos de dinosaurio. Toraja es un vergel amable cuyo horizonte aparece moteado por el desparpajo de las cubiertas de sus poblados que asoman entre trozos de jungla. Casas -conocidas como Tongkonan– que flotan sobre pilotes de madera, adornadas con motivos geométricos figurativos que evocan al búfalo de agua -su animal totémico por excelencia-. Casas cuyas cubiertas se pliegan al cielo como las cornamentas de estos bovinos –o eso se especula-. Unas casas que lucen orgullosas en sus fachadas la colección familiar de cuernos de reses sacrificadas en el pasado como muestra de su estatus económico y de su prestigio social en la aldea.

Flotan las casas y flotan las tumbas. Sarcófagos de madera colgados de cuevas, nichos esculpidos a golpe de cincel en las paredes rocosas en estos cementerios verticales en Lemo y Suaya, o ataúdes ocultos en las galerías relamidas por el tiempo en las entrañas de la tierra en Londa. Morir para los Toraja no es desvanecerse, digamos que para ellos morir es pasar a existir en otro plano, distinto del nuestro pero en estrecho contacto, y ahí es donde está el meollo de la cuestión: En realidad nadie se fue, todos siguen aquí. Están para quedarse y para influir –para bien o para mal- en la vida y los destinos de los vivos. A los cadáveres junto a sus tumbas les acompañan sus nuevos cuerpos: retratos esculpidos en madera, o más recientemente, en auténticas copias a escala de los antepasados. Con las dos manos extendidas: una recibiendo honores y ofrendas de los vivos y la otra dando bendiciones a cambio. Morir no es dejar de existir, no es ser polvo y desvanecerse con el viento. Los descendientes vendrán al menos una vez al año a cambiar los ropajes que envuelven los esqueletos, y vendrán a charlar con sus antepasados, y les traerán cigarrillos. La relación con los difuntos es continua y si bien por aquí también pasó la prepotente apisonadora cultural de los misioneros cristianos, con esto no pudieron. Los Toraja son cristianos, sí, pero lo son a su manera.

Lo macabro de las cuevas llenas de calaveras peladas enmohecidas en contraste con la belleza de su entorno. Escenas idílicas de la vida cotidiana en el campo de Sulawesi montado en una moto; artesanos a pie de carretera trabajando la madera para unos ataúdes en forma de lágrima o los bustos de búfalo que adornarán las casas. Y aldeas y más aldeas –suelen ser muy pequeñas- que repiten machaconamente los mismos motivos arquitectónicos. Una buena fórmula constructiva y formal que de tan depurada y estilizada se puede repetir hasta el infinito sin cansar al personal. Y campos y bueyes pastando o embarrados hasta las cejas en los barrizales. Y tumbas cinceladas en gigantescas rocas al margen del camino como por casualidad.

Tana Toraja, sus paisajes, sus cementerios, sus aldeas y sus sagradas hecatombes. Tana Toraja, la sangre de decenas de búfalos brotando a borbotones y empapando la tierra de color escarlata, en un ambiente que huele a muerte en un aire enrarecido por las nubes de moscas negras plañideras.

Llegamos tarde al funeral de hoy y el espectáculo que nos recibe es más macabro si aún cabe, una hecatombe al más puro estilo homérico. Los cuerpos sin vida de una quincena de búfalos despellejados yacen sobre la hierba verde encharcada en sangre. Una treintena de ojos sin párpado mirando al vacío, estupefactos. De una quincena de gargantas abiertas a golpe de machete cuelgan las cornamentas de estos animales sagrados para los Toraja. En una esquina se disponen a tratar las pieles para curtirlas. En las tribunas dispuestas alrededor de la explanada central esperan los vecinos de la aldea y los familiares –llegados para la ocasión de toda Indonesia, y algunos hasta desde Francia-.

Llegamos tarde y andamos algo desubicados -nuestro guía nos ha dejado tirados- y al pasear sin la bendición de ningún local ya nos hemos comido alguna bronca y algunas malas miradas. Esto, a pesar de parecer una fiesta, no deja de ser un funeral. Al final es la carita de santo de Jerome –mi compañero de viaje de hoy, un chico australiano de 15 años que ha dejado a la familia en Batutumonga y que se parece Justin Bieber– la que nos abre las puertas. Conocemos por casualidad a una de las hijas de la difunta homenajeada y conectamos con la fiesta. Como siempre comida, carne y alcohol que sabe a rayos y centellas. Nos invitan a sentarnos con ellos y nos bombardean con la artillería de siempre –nombre, estado civil, país de origen, ocupación, etc…- Hemos comprado unos paquetes de tabaco que no sabemos a quién regalar. Jerome hace las delicias de la indonesias mientras yo aprovecho la bendición de mis nuevos padrinos para darme una vuelta más para contemplar aún estupefacto la orgía de sangre y carne fresca.

Resulta impactante presenciar un espectáculo tan crudo rodeado de un ambiente de fiesta, con nenes jugando y corriendo y la gente mayor charlando y bebiendo, mientras los ojos de los búfalos siguen sin pestañear, clavando su mirada en la nada, como pillados por sorpresa. Aquí no se andan con monsergas, la carne tiene rostro y no se esconde tras el anonimato de una chuleta envuelta en celofán. Lo que en occidente ocultamos aquí se muestra tal cual y no sorprende a nadie. Al grito del maestro de ceremonias cuadrillas de hombres salen de sus tribunas y de disponen a trocear las piezas. Vísceras desparramadas sobre el césped, vientres abiertos en canal, intestinos reventados rebosantes de excrementos. Estas bestias son tan enormes que son necesarios hasta 4 adultos para darles la vuelta. Muchos golpes sordos de machete para trocearlas. Y poco a poco la hecatombe a los espíritus se consuma. Las cornamentas vestirán la casa del clan, las carnes y las pieles se distribuirán entre los invitados o se venderán en el mercado, y para el difunto quedará esta orgía de carne, sangre y fasto. El espectáculo de la muerte, que como la vida misma, es crudo e implacable.

Todo lo opuesto que en occidente. Nada de susurros, nada de ceremonias rápidas ni funerales discretos. Todo a la luz del día con premeditación y alevosía. Toda una vida por y para la muerte, tan planeada que me pregunto si a los Toraja les puede llegar a pillar su fin por sorpresa. ¿De tanto mirar a la muerte a la cara quedan vacunados realmente contra el vértigo frente al vacío que significa dejar de existir? ¿Teniendo tan presente el fin de su existencia lloran menos que nosotros cuando les llega el momento? ¿Es la aceptación de la muerte el bálsamo contra ella? ¿O es una vida vivida plenamente lo que realmente nos permite mirarle a la cara en ese último suspiro? Me lo pregunto porque no sé. Porque todavía no me morí para contarlo y porque todavía ni tan siquiera me crucé con ella cara a cara. Porque nunca viví ese instante que precede al último suspiro y porque la muerte siempre la vi lejos y muy de pasada.

Me quedé sin saber lo que piensan los Toraja cuando mueren, y me quedé sin saber muchas otras cosas más de los Toraja, de los Batak, de Balineses, de los Ngada y de los otros muchos pueblos con los que me crucé durante mis casi 4 meses por Indonesia. Me faltó tiempo, siempre me falta tiempo, siempre me faltará tiempo en esta vida. Aposté fuerte por este país sin saber muy bien lo que me encontraría. Aposté por intuición y por olfato. Y gané, y mucho.

Indonesia, el gigante del sureste asiático de las más de 17.000 islas, el gigante musulmán que es musulmán y muchos credos más. Indonesia, tierra de jungla, fuego y volcanes, de playas del paraíso. Tierra de gente amable y risueña, de pueblos dispersos que vivieron aislados durante milenios y que ahora tienen que aprender a convivir. Tierra de makassar padang, de nasi goreng, de gado gado, de tempe y del picante más salvaje que nunca antes probé. Hará cuatro meses me di la Bienvenida y hoy desde Rantepao ya me despido de ti hasta la próxima, hasta Borneo, hasta las Molucas y hasta Papúa. Indonesia no tiene fin.

Me faltó tiempo, y puede que en el futuro también me falte, pero frente a los pesares de las cosas que no pudieron ser, de todo aquello que se nos quedó en el tintero, conjuro mis angustias con la certeza de saberme que lo que viví lo viví plenamente y con intensidad. Llámese Indonesia, llámese esta Vida de paso.

Marcha Atrás. Tentena, Indonesia

Hay que deshacer el enredo y Sulawesi de por sí ya es un buen embrollo. Una isla que vista desde el aire luce una silueta surrealista que me recuerda a algún habitante de las constelaciones que pintó Miró o a los monstruos bidimensionales que plasmará Picasso en sus lienzos a principios de los años 30. Extensa, informe y muy montañosa. La combinación de estos ingredientes hace que cruzarla sea todo un ejercicio de determinación, y en mi caso, por partida doble, pues lo mismo que fui, al final tuve que volver. David y Jesús ya habían aterrizado en Makassar mientras yo seguía esperando mi barco en Wotong, y mis 4 días de retraso los pagué con una visita fugaz a Tana Toraja antes de que nos embarcáramos en una jornada maratoniana para cubrir el trayecto de Rantepao a Ampana en una sola –y larguísima- jornada de viaje.

Ahora, tras el Edén, tras haber saboreado Cadáveres Exquistivos y tras haber buceado frente a murallas coralinas a más de 35 metros de profundidad en las costas de Una Una, ahora me toca dar marcha atrás. Volver a Wakai para tomar el barco que nos lleve de nuevo a Ampana. Volver a disfrutar una vez más del trayecto por mar mientras me despido de estas aguas turquesas avistando poblados de pescadores escondidos en los recodos más insospechados de este archipiélago.

Vas en el barco y como lo ves todo a lo lejos piensas “¡Ya estamos!”, pero que va. El trayecto se hace infinito y al final acabamos llegando a Ampana con el sol batiéndose ya en retirada. Quisiéramos seguir avanzado, al menos hasta Poso, para no tener que pasar otra aquí. Pero es desembarcar e ir a buscar un coche que nos dicen que nos podría llevar a Poso por un precio razonable y volvemos a la pesadilla de la Temporada Alta, vuelven las mentiras y los preciosos abusivos, vuelven las prácticas mafiosas.

Primero resulta que por hoy ya no hay más buses. Luego resulta que la carretera está cortada –pero más allá del cruce que nos llevaría a Tentena– y aún así eso quiere decir que no hay coches disponibles. Pero mira por donde tenéis suerte -sí claro- porque yo tengo un primo que os podría llevar -cobrando una millonada-. A mí todo me huele muy mal y mientras los otros esperan decido acercarme a la estación de bus para efectivamente comprobar que hay una minivan disponible que sale ya y que nos cobra el precio local. Con éstas llega Matt -el suizo de las Togian– que también andaba preguntando por el pueblo, y ya lo tenemos todo apalabrado cuando aparece el “primo salvador” del coche insultantemente caro y empieza a achuchar al conductor del bus para que no nos coja y pueda él sacarnos los ojos al precio que le dé la gana. Nos metemos por en medio diciéndole al busero que nos vamos ya y que le den morcillas para el macarra mafioso del pueblo.

¡Y allá vamos! Atrás queda Ampana y los sinvergüenzas de turno –con lo majos que son los Indonesios qué rabia da tener que tratar con esta chusma- y esta noche dormiremos en Poso. Somos 6 y el bus es todo para nosotros, para disfrutar del paisaje mientras contamos batallitas. Unas vistas espectaculares las de este tramo de costa mientras se pone el sol tras bosques de cocoteros y acantilados agrestes a la orilla del Golfo de Tomini. Cena rápida en uno de los muchos restaurantes de pescado locales que jalonan la costa y sobre las 10 ya estamos cada uno en su cama. Noche de paso y desbandada general de buena mañana. De 6 ya sólo quedamos 3 -yo y la pareja francófona de la Togian-  y montados cada uno en la parte trasera de una moto llegamos a la estación de buses para tomar el próximo dirección Tentena: 8 horas más de minivan por estas carreteras de montaña estrechas y de curvas sin fin.

Pasé un par de dos noches aquí, con el intento frustrado de sacarle todo el jugo a algo que parecía prometer. Y alquilé una moto y me acerqué a la cascada de Terjun Salopa, y me paré por el camino, y estuvo bien volver junto al lago y hacer un poco la mona junto a la orilla con los nenes. Pero Tentena queda a medio camino entre dos grandes destinos: por un lado las Togian, por otro la tierra de los Toraja. Así que teniendo en cuenta lo que dejaba atrás y lo que tenía por delante, Tentena fue una de esas paradas totalmente prescindibles.

Amanece de nuevo así que venga va, un último tramo de bus y esta noche finalmente duermo en Rantepao. Sólo que Sulawesi, sus carreteras y sus redes de transporte público tienen sus lógicas propias, y a escasos 50km de Rantepao me comunican que hoy el viaje termina en Palopo. Otra noche más de paso en tierra de nadie y mañana ya sí que sí. Mañana, finalmente regreso a Tana Toraja para enfilar mi paso por el que será mi último destino en Indonesia tras 3 meses y medio saltando de isla en isla.

Cadáver Exquisito. Pulau Togian, Indonesia

Yace en el fondo del mar, es enorme, es antiguo, es el exquisito cadáver de un avión americano de la Segunda Guerra Mundial, un Bombardero C-24. Es una ruina de los tiempos modernos, un animal de guerra convertido en una obra de arte. Los corales que brotan de sus alas y su cola parecen llamas petrificadas por el tiempo, congeladas por las aguas. Corales de color púrpura se alzan desafiantes, esculturas abstractas de delicados pliegues afilados. Otros son de color naranja. Los amarillos, en vez de brotar hacia la superficie desafían la lógica del sol y se desparraman hacía las profundidades cual intrincados racimos sin uvas. Exuberantes, de un amarillo extraño que resulta artificial bajo la luz azulada de sol filtrada tras veinte metros de aguas de un color turquesa que duele de sólo mirar.

El capricho del mar y del tiempo quieren que los últimos corales que descubra me recuerden a varias docenas de cornamentas de ciervo enmarañadas. Aquí abajo nada tiene sentido, aquí abajo se viene a soñar despierto.

Damos vueltas a su alrededor, giramos entorno al avión, en sentido contrario a las agujas del reloj. El coloso yace muerto en el fondo pero todavía queda vida en él. En el armazón de sus alas de aluminio, en sus motores desguazados de acero, en sus corales hay vida. Bancos de pececillos de colores moran en esta ciudad subterránea abarrotada en comparación con el estéril entorno inmediato. La circunvalación termina en la cabina del piloto cuyo asiento está ocupado por un espléndido pez escorpión. Recio, elegante, desafiante.

Es esa silla vacía la que me recuerda que esto no es una escultura, no es una obra de arte ni un animal abatido. Esto fue un avión de guerra que murió y que dio muerte. Y en ese asiento había un chico, un piloto, un joven que fue a encontrar su fin en las remotas Islas Togian, tan lejos de su casa y de su gente. No es sólo el asiento vacío, son las ametralladoras oxidadas de la cola y la cabina. También ellas llevaron muerte y desgarraron otros fuselajes e hicieron pedazos la carne humana de otros muchos inocentes. Ahora yacen en silencio, en el fondo del mar, cubiertas de algas apuntando a la siempre incierta inmensidad del océano.

Doy vueltas y más vueltas alrededor del este cadáver exquisito. Lo circunvalo, como si cumpliera un ritual cuya finalidad ignoro. Sé que si tuviera más aire estaría horas aquí abajo. Pero el aire del tanque se va acabando y es hora de volver a la superficie, al mundo real. Subimos lentamente, hacía la luz. Subimos lentamente dejando atrás el contorno desdibujado de la bestia. Subo lentamente emborrachado una vez más por el mundo onírico del que acabo de beber y emborrachado de irrealidad, de belleza y de pensar al mismo tiempo que todo esto viene del dolor y de la muerte. Y borracho sigo ascendiendo envuelto en bancos de burbujas que parecen medusas.

Un último vistazo y ya, como en un sueño, lo que fuera bello no es más que un recuerdo borroso en el fondo del mar y unas frases cojas que transcribo en este cuaderno de bitácora.

Turquesa es el Edén. Pulau Togian, Indonesia

Ana se sienta frente a mí junto a su madre. Ana lleva más de cinco meses viajando por el sureste asiático, y la madre –una encantadora señora lleidetana con los setenta cumplidos- la acompaña en su último tramo por Myanmar. Es mi primera noche en Yangon, hace una semana que marché de Barcelona y la escucho atentamente mientras me habla con devoción de unas islas remotas en Sulawesi que flotan en las aguas tranquilas del Golfo de Tomini, las Islas Togian.

Han pasado 10 meses desde aquella primera noche en Yangon y David insiste en que no pasa nada, que podemos venir sin ningún problema, lo ha preguntado y está invitado todo el que se quiera sumar. Al auspicio de un ocaso de fuegos púrpuras y morados –incluso más conmovedor de lo habitual en Kadidiri– embarcamos en una lancha que nos lleva a una fiesta. No sabemos exactamente qué se celebra pero tiene que ver algo con el fin del Ramadán –hace ya 5 días que me vienen contando que se celebra el fin del Ramadán, pero parece ser que este fin no tiene final-. Ya ha oscurecido cuando llegamos a Wakai; hay una gran mesa con comida, niños vestidos de gala –ignoro porqué las niñas no- y muchos invitados. La fiesta ya ha comenzado pero no acaba de ocurrir nada; la gente ocupa sus asientos, charla alegremente con el de al lado y sólo se levantan para volver a llenar sus platos. Cuando todos los manjares han sido devorados y se ha dado por finiquitado el baile con organillo Casio que sólo han secundado los pequeños, la gente se retira a sus casas no sin antes pasar a saludar y agradecer a la familia anfitriona: Terima Kasih. Una velada sencilla y agradable; comimos bien y lo más importante, nos hicieron sentir bienvenidos.

Es a la vuelta, bajo una luna creciente al amparo de las noches estrelladas de las Islas Togian, cuando al asomar la cabeza por la proa veo las olas en llamas. La quilla de la lancha rasga cual cuchillo afilado la materia negra del océano excitando al plancton y haciéndolo brillar a nuestro paso. Un mar negro, un horizonte negro quebrado por siluetas de islas todavía más negras, y un cielo negro perforado por un corte de Luna y un estampado de estrellas y galaxias que impresionan pero que no alumbran ¿Y que la luz más intensa mane precisamente de las aguas que dan cuerpo al abismo? ¿Qué lugar es éste?

“y puso al este del Jardín del Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía a todos lados, para guardar el camino del Árbol de la Vida” Génesis 3-24

No, no es el negro. Los mañanas y las tardes en las Togian son la vida, son la luz. Son los verdes de la jungla que brota a nuestras espaldas, los amarillos de los rayos de sol que lo inundan todo; los azules intensos de los cielos, los azules apagados de las estrellas de mar que pululan cerca de la orilla; los púrpuras, morados y naranjas de los atardeceres, los blancos nucleares de la nubes que cual catedrales desfilan livianas sobre el horizonte; los tonos mustios de los amaneceres que nunca vemos porque siempre estamos durmiendo, los grises que imaginamos en los lomos de los delfines que nadan lejos frente a la costa. Una miríada de colores moldean el alma del viajero al paso por las Togian, pero si los sabios del mundo se reunieran y de entre todos ellos tuvieran que elegir uno, el turquesa sería el color del Edén.

Un Edén etéreo color turquesa y alegría en el que dejarse perder a la deriva aferrados a tablones de madera, despojos del naufragio de recuerdos de vidas pasadas. Y no es decir por decir ni hablar por hablar, que los dos lugares sobres los que pivotó mi estancia atemporal en Kadidiri son y están hechos de estos tablones.

Una taula parada –una mesa puesta- alrededor de la cual desfilan, desfilo y desfilamos los protagonistas de esta función de verano. La pareja suiza, él y ella largos y estilizados y con dineros; ella con aires vikingos algo masculinos, él de corte persa, sofisticado, desenfadado y amanerado –podría ser modelo pero es de oficio carpintero-. La pareja francófona, ella –belga- estirada, distante y en muletas, él –francés- dicharachero, curioso y próximo, barbarroja de ojos azules, alguien de quien tomar notas y aprender porque sabe cómo tratar a la gente –lee American Gods, yo leo Gone with the wind-. El solitario viajero sesentero con coleta, muy ligero de equipaje: tan sólo una bolsa con sus cuatro pertenencias, afable, distante, de paso; carga con una historia que nunca llegará a desvelar. El gentil francés interesante que fuma y cruza las piernas como un francés, que justo empezó su año sabático, que muere y paga por bajar al abismo a diario, y que por nada del mundo –dice- se perderá el Primavera Sound. La francesa, Elody, de pasado por el Índico a lo hija de Jacques Cousteau, que habla también mandarín y español, que vive en Pekín y que bajo una aparente candidez esconde a una superviviente implacable que consciente de sus cartas sabe cómo sacarles el máximo partido. Los holandeses, él encantado con su corte de pelo moderno, su vida y su cara bonita –que lo es- pero que sin camiseta tiene un mal tipo fofo que luce con el orgullo de una divinidad griega; ella, una divinidad griega de curvas delirantes con la barbilla demasiado en alto para lo poco que tiene que contar. La pareja catalana, ella una mandona que de tanto refunfuñar por refunfuñar se le quedó grabado en la cara el hecho de que se soporta pero que no se gusta; me cae bien, tiene buen fondo. Él, un santo bendito con una cara de ángel, todo amabilidad y buenas intenciones y no por eso menos iluso; el contrapeso inevitable a tanta ceniza. ¿Y yo? Si supieran lo que yo dije de ellos no sé si quisiera saber lo que ellos tuvieran que decir de mí.

Todo esto ocurre alrededor de unos tablones de náufrago en la playa, de una mesa a la sombra mal claveteada en torno a la cual nos reunimos al desayuno, a la hora del ángelus para comer –aquí se come cuando mandan, no cuando uno quiere- y a la hora de la cena: la última, la más y la mejor. El momento en el que degustamos el pescado fresco que un par de horas antes vimos desfilar con el ceremonial de un paso de Semana Santa desde la barca en la orilla hasta la cocina. Somos los pobres de la isla, los que duermen en bungalows desvencijados de madera cuyo único lujo es tener una mosquitera, una bombilla y un enchufe –el candado lo pones tú-. Somos los pobres de la isla pero por lo que nos cuentan los demás somos, sin lugar a dudas, los que mejor comemos y, al parecer, los únicos que no se quedan con hambre.

Tablones a los que agarrarse cuando se flota a la deriva del Edén, habiendo perdido ya la cuenta de los días, pareciéndole todo lo pasado tan distante e incierto que teme haber probado sin saberlo el fruto prohibido de los Lotófagos para no querer volver nunca más a su patria. Los tablones del muelle proyectado contra el horizonte al que sin remedio volvíamos atardecer tras atardecer, noche tras noche. Allí, tumbados boca arriba contemplando la vía láctea y las estrellas fugaces del verano, solucionando los problemas del mundo de un plumazo incluso sin estar de acuerdo, riéndonos a carcajadas, callando mucho también, callando mucho también. Diseñando planes de ataque para una vida mejor, conspirando en secreto contra el destino inmediato y soñando con lo que todavía nos queda por hacer al son de la buena música de Jesús. Al amparo de la luna que sigue creciendo, envueltos en la cálida noche de los trópicos al susurro de un mar que si no fuera por las mareas pensaríamos que se trató de un lago. Con el dulce poso en los huesos de las espléndidas jornadas de siestas en la playa, de chapuzones desde el muelle y de buceo a pulmón entre corales.

Fue en el pantalán de Kadidiri donde se selló nuestro paso por las Togian. Recordando nuestras noches de crápula por Barcelona. Las Voll Damm’s de aquel lunes que nunca vino a cuento, o las otras 14 que cayeron una tarde tonta en el Schilling. Y la Roof, siempre La Roof. A pesar de las playas de arenas blancas, del dulzor de las aguas templadas y de las muchas Bintangs, y por encima incluso de los verdes, los púrpuras y los naranjas en los atardeceres, de color turquesa es el Edén. Y echados sobre los tablones del pantalán de Kadidiri saboreamos esos momentos de pequeñas verdades y de charlas ligeras que todavía hoy evocamos con la melancolía del que un día se supo en el Edén. Soñando en una noche de verano con lo que esperábamos llegar a ser. Y lo que soñamos lo dijimos en voz alta, y lo que soñamos también, lo callamos en voz baja, a la espera, puede, de la nuevas noches que estén por venir.

Se va David, se va Jesús, y les doy las gracias y les digo ¡Hasta pronto!

Un Árbol para las Almas. Tana Toraja, Indonesia

Muerte… Todo Tana Toraja parece girar en torno de la muerte. La muerte y los rituales que los Toraja crearon para conjurar la angustia de tener existir para luego desaparecer. Y no son sólo los Toraja, es la humanidad entera la que a lo largo de milenios ha intentado conjurar la incertidumbre que sigue a la vida, y es en gran parte sobre esa incertidumbre sobre lo que pivotan las más diversas religiones que alimentan o emponzoñan las almas del planeta entero, ahora y siempre.

De todas las muertes, las de un bebé o un recién nacido puede que sean las más devastadoras. La duda de lo que podría haber sido el peor de los tormentos. Ante el desgarro y el dolor de una presencia irreemplazable que no consigo imaginar, he descubierto en el corazón de las montañas del centro de Sulawesi la respuesta de los Toraja. Un conjuro poético que planta cara a la muerte para convertirla en nueva vida. Es en los Árboles de las Almas donde reposan los cuerpos y los espíritus de los murieran demasiado pronto, y es desde allí que vuelven a la vida.

Permanecerán sus espíritus dentro de los árboles y crecerán con ellos. Dentro de los grandes troncos morarán para siempre estas almas pequeñitas que de otro modo hubieran vagado eternamente por el limbo. Sus madres y sus padres siempre podrán volver al bosque a sentarse junto al árbol que ya es su bebé. Y ese bebé que pasó a formar parte del bosque dará fuerzas a la madre y al nuevo hermano que venga en su vientre. Y por este sortilegio su muerte no habrá sido en vano, ya que desde las entrañas del coloso verde velará por el futuro del hermanito que nunca conocerá.

Me pareció tan bello este conjuro que sin ser creyente he querido creer. Me ha parecido tan tierno y tan humano que por un momento he sentido ganas de quedarme a solas junto a este árbol. Me ha parecido que estando ya muerto el árbol seguía vivo y que el brote que nacía del tronco pelado era la confirmación de que las almas de estos pequeños siguen y seguirán al cuidado de las madres y los padres que dejaron atrás y de los hermanitos que estén por venir.

Me ha fascinado ver como “supuestos remotos pueblos primitivos” encontraron una forma tan bella y tan poética de conjurar el dolor más desgarrador. No he podido dejar de compararla con mi catolicismo que condena estas almas inocentes al limbo, fuera de toda redención. Es en lugares como éste en los que se comprende que son -las demasiadas veces ninguneadas- belleza y poesía las herramientas que en última instancia nos hacen humanos y nos ayudan a sobrevivir, por encima incluso de las ciencias y las técnicas.

Remiendos. Rantepao, Indonesia

Al final he tenido que ceder ante la evidencia: estos pantalones se caen a trozos. Voy paseando mi virginal muslo derecho a través de un tajo de más de un palmo, el último de una interminable secuencia. Los descosidos y los remiendos se cuentan ya por más de una docena, y por cada recosida se abren dos brechas más.

Algunos de estos remiendos podrían ser calificados de épicos. Auténticas obras de ingeniería, remachados cual buques de guerra de la primera contienda mundial. Otros son auténticos cantos al optimismo sin límites. Pongo por ejemplo el remiendo de Sengiggi que cerró discreta y elegantemente una fuga de casi palmo y medio en la entrepierna, la derecha también, la que siempre avanza primero. Pura fe ciega en la destreza de una costurera sin rostro que insufló nueva vida a los pantalones que tendrían que llevarme a la cima del Rinjani. Y se preguntarán a cuento de qué viene esta “Oda al traperío”.

Cuando viajas con tan poco a cuestas cada objeto adquiere una singularidad especial. Con los ojos cerrados podría cantar de carrerilla todo lo que cargo en la mochila, y con los ojos cerrados también podría recordar los momentos en los que me han acompañado. Estos pantalones en concreto ya estaban en las llanuras de Litang y durante los últimos once meses han caminado conmigo, han sudado conmigo y han dormido conmigo. Al final de cada etapa parecían listos para el desahucio, pero siempre aparecía una lavandera diligente e implacable, y por arte de magia recuperaban el color y la compostura. Aparecieron los primeros rotos y empezó el rosario de remiendos. Cada remiendo una cicatriz, y cada cicatriz una historia, un recuerdo y un pedazo de memoria plasmada en un tapiz maltrecho que vestía y lucía con orgullo.

Siempre he sentido un especial cariño por la ropa que me ha vestido y calzado. Mis padres serán testigos que esto que cuento no es nuevo, y que siempre me costó deshacerme de las cosas muy usadas. Y pienso que mi batalla contra los rotos y la defensa a ultranza de mis remiendos tienen que ver con mi visión del mundo en general, y con la visión de Mi Gente en particular.

Siempre he sentido un gran orgullo callado por el hecho de tener muchos amigos que lo son desde hace muchos años. Y cuando digo amigos, quiero decir AMIGOS. Y con los años, a los de la primaria se sumaron los de la secundaria, y a estos los de los veranos, y a estos los de la universidad, y luego vinieron los de Barcelona. Estas relaciones de larga duración no son ni puras ni inmaculadas, están vividas y gastadas, y en algunos casos también tienen algún que otro sonado remiendo. Y a pesar de eso, a pesar de que algunas hayan pasado algunas temporadas en el fondo del armario, para mí siguen siendo tan válidas como el primer día. Y si tienen remiendos mejor que mejor.

Al igual que mis pantalones los luzco con el orgullo de saber que dándose por perdidos se les puso cariño y remedio. Y ahora esos remiendos que son cicatrices pueden contar una historia que, siendo siempre distinta, siempre es la misma. Que un revés no es el final. Que mientras haya partido siempre vale la pena seguir jugando. Que nada ni nadie es perfecto e inmaculado. Y también se cuenta aquí aquella otra historia, la de que es importante aprender a saber ver y entender que hay momentos en los que hay que aceptar lo evidente. Que hay ocasiones en las que ni todas las buenas intenciones del mundo podrán remontar el resultado. Que hay que aprender a saber dejar partir. Que estos pantalones se caen a trozos y que por cada remiendo que les hago, les salen dos rotos más.