Rutas. Bali & Nusa Tenggara, Indonesia

1. Recorrido:

1.1 Bali

Des del Aeropuerto hasta Padangbai / 8 días (Julio 2012)
Campo base en Ubud (1-2-3-4-5-6-7-8) / Lugares visitados recorriendo la isla en motocicleta: Ubud > Gunung Kawi > Danau Batur > Batukaru > Pura Bekasih

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1.2 Nusa Tenggara

Desde Padangbai (Bali) hasta Maumere (Flores) / 20 días (Agosto 2012)
LOMBOK / Lembar – Ferry desde Bali > Senggigi (1-2) > Gunung Rinjani (3-4-5-6) > Sembalun (7) > SUMBAWA / Poto Tano – Ferry desde Lombok > Bima (8) > FLORES / Labuanbajo (9-10) > Bajawa (11-12-13) > Moni – Mt Kelimutu (14-15) > Maumere – Wodong (16-17-18-19) > Ferry a Makassar – Sulawesi (20)

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2. Presupuesto & Gastos:

2.1. Bali

Des del Aeropuerto hasta Padangbai / 8 días (Julio 2012)
Billete de avión Kuala Lumpur – Bali90€  / Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur: 42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 150€ / Gasto medio diario: 18,75€


Cambio Julio 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 8000 a 14000 Rp
· Precio Cerveza: 28000Rp (botella 660cl)
· Precio Habitación: 81000Rp la noche + desayuno

2.2. Nusa Tenggara

Desde Padangbai (Bali) hasta Maumere (Flores) / 20 días (Agosto 2012)
Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 372€ / Gasto medio diario: 18,60€


* A tener en cuenta que los gastos de hospedaje habría que multiplicarlos por 1,75 teniendo en cuenta que durante 2 semanas compartí habitación con mis compañeros de viaje y se abarataron considerablemente los gastos, aún siendo temporada alta.

Cambio Agosto 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 8000 a 15000 Rp
· Precio Cerveza: 30000Rp (botella 660cl)
· Precio Habitación: De 75000Rp de media la noche.

3. Escritos:

01. El Ritual. Bali, Indonesia.
02. El dorado siempre luce. Bali, Indonesia.
03. Guapa. Bali, Indonesia.
04. La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia.
05. La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia. Sección Irreflexiones.
06. Temporada Alta. Labuanbajo, Indonesia.
07. El Cambiazo. Bajawa, Indonesia.
08. Postales. Bienvenida Indonesia. Bajawa. Sección Postales.
09. Camarote Bien Ventilado. Kelimutu & Wodong, Indonesia.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Camarote Bien Ventilado. Kelimutu & Wodong, Indonesia

Crucero por el Mar de Banda en hotel de mil estrellas. Camarote bien ventilado con vistas al mar, preferentemente a los bellos atardeceres sin tierra de por medio. Amplia cubierta de paseo. Partimos a la puesta de sol desde Maumere en la Isla de Flores, llegaremos a Makassar en la Isla de Sulawesi al alba. 2 noches en total todo por el módico precio de 13€ –dietas no incluidas- ¿Quién da más?

Se podrá dar más, pero menos… imposible.

Cuando llegué a los camarotes de la tercera clase y vi el panorama fue uno de esos momentos en los que me alegré de no estar viajando solo. Me había reencontrado con Andrea y Nadine, una pareja viajera suiza que conocí en Sumatra dos meses atrás. Llevábamos toda la espera en la terminal con la bromita del cómo sería la tercera clase y yo pensaba que tras mis dos noches en el ferry de Pulau Nias ya lo tenía todo visto y sufrido, pero me equivocaba. El billete nos había salido barato pero no nos íbamos a ir de rositas.

En cuanto el barco atracó en el muelle tomamos rápido posiciones para saltar disparados al abordaje con el pasaje entre los dientes. El plan era que dos iríamos a por tres buenos huecos donde pasar las siguientes 36 horas y el tercero esperaría con las mochilas. Después dar vueltas por el barco como tontainas a la búsqueda del “buen sitio” nos acabamos reencontrando en el menos malo de todos los horribles sitios. Yo me lo miré con mucha filosofía y relatividad. Pensé, “con este calor asfixiante puedo”. Me dije, “con esta peste a rancio creo que también podré” ¿Y la humedad? “Bueno, como aquel que dice llevo casi 11 meses sudando en los trópicos…” ¡Pero ay!… ¡Ay que con esto otro sí que no podré!…

No exagero si digo que todo a nuestro alrededor vibraba. Como un zumbido sordo que se percibe con los ojos. Como un carraspeo mudo que te envuelve y te oprime. Todos los colchones, todas las paredes y los suelos estaban infestados de pequeñas cucarachas que corrían histéricas de un lado a otro. No sólo corrían, también luchaban ferozmente entre ellas –no había visto yo nunca a insectos de una misma especie darse de tortas con esa saña-. Y no sólo luchaban ferozmente entre ellas, también luchaban con las hordas de hormigas –las menos- que campaban a sus anchas por todas las superficies visibles e invisibles.

Me lo miré, nos lo miramos, nos miramos los unos a los otros y tras algunos “Ok, let’s do it  -Está bien, hagámoslo-” que no se creía nadie, Andrea propuso dormir a fuera en cubierta, a pelo y con lo que viniera. Cualquier cosa sería mejor que pasar la noche en vela atormentados por estas cucarachas pandilleras correteándonos por el cuerpo y anidando en nuestras mochilas.

La noche sigue al día, la tormenta a la calma, y el crucero por los mares de Indonesia era la consecuencia inevitable a los dulces días previos. Dejando atrás Bajawa recorrimos la segunda mitad de la Isla de Flores camino de Maumere con una parada técnica en Moni para contemplar el amanecer en la cima del Gunung Kelimutu, una de esas visitas de llegar, ver y partir. Uno de esos lugares que de haber estado en Grecia habría tenido sin lugar a dudas repercusiones en la cosmogonía occidental. Un volcán que en realidad son tres. Tres cráteres, que son tres lagos y cada lago de un color.

Tres calderos que bien podrían ser las cocinas del infierno si no fuera porque esta madrugada aparece nublada y envuelta en espesa niebla. Para ir y ver, para pasar menos frío que la docena de locales que esperan tiritando envueltos en sus ikats para vendernos unas galletas o un té caliente a la treintena de turistas que ha congregado el amanecer de hoy. El alba de un nuevo día que aún siendo gris nos ofrece algún momento de nubes rosadas y rayos fugaces que se cuelan entre jirones rotos. Al fondo los lagos y el paisaje pelado que arropa los cráteres. El vértigo de asomarse al vacío y sentir ese escalofrío recorriéndote el espinazo. Tres lagos que en realidad son tres puertas al mundo del más allá, pues creen los habitantes de Flores que cuando uno muere su alma asciende al Kelimutu para sumergirse en uno de los tres cráteres, dependiendo de su condición en vida: Tiwu Ata Mbupu -el lago de los Mayores-, Tiwu Nuwa Muri Koo Fai -el lago de los Jóvenes y Solteros- y el Tiwu Ata Polo -el lago encantado-.

Llovió toda la noche de ayer y ya de buena mañana  retoma la llovizna. No tenemos prisa ni nada que hacer durante el resto de la jornada así que nos sentamos y pedimos unos tés con galletitas en uno de los puestos frente al aparcamiento. Y nos enzarzamos en una charla sin más que seguirá todo el camino de bajada andando hasta Moni. Uno de esos paseos de mañana que sin saber porque recuerdo con el cariño de las muchas cosas importantes que hablamos -de las cuales ya no recuerdo ninguna- , una charla vital cualquiera como las que solíamos tener en Barcelona y que anticipan lo que está por venir. Es en Maumere –nuestra próxima parada- donde nuestros caminos se separan de nuevo. Eva y Guillem siguen hacia el este a la búsqueda de rincones remotos y avistamientos de ballenas. Yo me quedaré en esta ciudad de provincias con poco que contar a la espera de que zarpe mi barco para Sulawesi donde están a punto de aterrizar David y Jesús. Y llega el momento de la despedida, siempre extraño, siempre a paso cambiado. Casi tan extraño como encontrarse con buenos amigos en la otra punta del mundo resulta ahora extraño despedirse. ¿Hasta cuándo?¿Hasta dónde? Ellos se van temprano en la mañana justo después del almuerzo y aquí me quedo yo en mi melancolía, de nuevo a solas conmigo mismo en este hotel sencillo de agradable aire setentero. Quedan tres días hasta que zarpe el barco ¿Qué hago?

Se llama Wodong, y si el Kelimutu es uno de esos lugares fotogénicos para llegar, ver y partir, Wodong es justamente todo lo contrario. Un bungalow bien sencillo y elegante a escasos cinco metros de una playa de arenas negras que casi desaparece con la marea alta. Un rinconcito con una buena cocina local, una mejor gente y un ambiente ideal para relajarse, ver pelis y trabajar en el blog. Otro rinconcito de mundo en el que estando sólo dos noches me sentí como en casa. Por lo bonito de sus atardeceres y por la gente bonita que conocí allí. Todos andábamos de paso pero sin prisa, con cosas buenas que contar y con muchos buenos ratos que compartir. Era la calma que precedía a la tormenta, al barco, al crucero en el hotel de mil estrellas.

Y si soy honesto, a pesar de la primera impresión y de las dos noches de frío que pasamos en cubierta, la verdad es que acabé disfrutando del viaje. A pesar de las cinco llamadas diarias a la oración –todos los ferrys de Indonesia van equipados con la mezquita portátil correspondiente-, la peste a pintura del señor que le dio por repasar precisamente nuestra sección de cubierta, y las decenas de indonesios curiosos que se nos acercaban para acabar haciéndonos siempre las mismas preguntas. De los baños ni hablaré y fotos tampoco habrán. Las condiciones son penosas porque el pasaje es barato, y el pasaje es barato porque la mayoría no puede permitirse uno más caro. Yo por mi parte estuve la mar de a gusto, Andrea y Nadine fueron –y son- encantadores. Me marqué unas pelis pegado a un enchufe en el suelo de uno de los pasillos, y hasta el arroz cocido que había comprado dos días antes en Maumere me supo rico. Ni que hablar del atardecer en cubierta, y que os voy a contar de mi amanecer frente a las costas de Sulawesi. Si de noche todos los gatos son pardos, al amanecer todas las ciudades parecen bellas y Makassar no fue una excepción.

Adiós Flores, adéu Eva, adéu Guillem. Hola Sulawesi, hola David, hola Jesús.

El Cambiazo. Bajawa, Indonesia

Hoy la fiesta en Bema empezó bien temprano. Se inaugura una nueva casa en esta aldea de los ngada y, aún siendo todos muy católicos, el culto a los espíritus y a los antepasados sigue muy vivo. Es en ocasiones como la de hoy en las que honrarlos debidamente se convierte en algo indispensable para mantener el buen orden de las cosas. Ya temprano en la mañana se sacrificaban búfalos y cerdos a golpe de machete, y a machetazos se descuartizan en el centro de la aldea hasta hacerlos picadillo. Rituales, baile de machetes, ofrendas y oraciones, sangre escarlata salpicando la tierra seca y fuego en los tres calderos humeantes. ¿Y nosotros? ¿Dónde andan Eva, Guillem y Franc que se lo están perdiendo?

¿Qué dónde andamos? Pues al principio pensábamos que estábamos de camino pero pasada la primera hora nos dimos cuenta que andábamos atrapados en una espera infinita dentro de un bus-camión al ritmo del Waka-Waka de Shakira dando vueltas por los alrededores de Bajawa para acabar volviendo irremediablemente al mismo callejón junto al mercado. Nuestra alegría tempranera por haber encontrado fácilmente bus hacia Bema se va apagando minuto a minuto al vernos atrapados en este bucle de locos sin pies ni cabeza. El Día de Marmota de Bill Murray queda en nada en comparación con las 3 horas que me tiré en este viaje a ninguna parte. Una prueba de titanes en la que puse a prueba toda mi paciencia para mantener la calma cada vez que irremediablemente acabábamos llegando de nuevo al callejón.

No sé si fueron 10 o 15, pero si dijera que fueron hasta 20 vueltas las que dimos puede que no estuviera exagerando. Guillem perdió la paciencia al cabo de hora y media, y yo, por hacerme el machote curtido en esperas absurdas aguanté el suplicio hora y media más. ¿Qué porqué? Pues porque cada vez que arrancábamos de nuevo el conductor de me aseguraba que sí, que ahora sí que nos íbamos de verdad. ¿Qué porque aguanté? Por puro morbo. Ya fascinado por la capacidad de absurdo de este Mr. Driver me preguntaba hasta dónde sería capaz de llegar. Y llegó, vaya que si llegó, pero no lejos en espacio que siempre acabábamos en el mismo sitio. Lejos en el tiempo y en el consumo más tonto de gasolina que jamás se haya visto. Ni todos los Waka-Waka, ni todas las sonrisas ante mi mirada desencajada hicieron mella en el ánimo de estos chavales que tenían claro que vaciarían el depósito las veces que hiciera falta, pero que ellos a Bema no iban hasta que el bus-camión no estuviera a reventar.

Y finalmente llegamos, y me descolgué como pude por el lateral poniendo el pie en la rueda del camión ante la mirada de medio pueblo a la espera que el patoso del bulé -extranjero en jerga local- rodara por los suelos –poco faltó-. Bema ¡Hola Bema! ¡Al fin Bema! Y vaya sol de justicia que cae sobre el pueblo a esta hora del ángelus. Dos hileras de casas dispuestas a lado y lado de una calle central rota en varios niveles, salpicada de tumbas, graneros y monumentos megalíticos. Un pueblo que me recordó a las aldeas de Pulau Nias. Parecidas pero distintas.

Salvo los tres calderos de bruja piruja en los que llevan horas cociendo pedazos de cerdo y búfalo, y los pocos hombres que siguen picando carne bajo un toldo, todos los demás han corrido a la sombra de sus porches. Yo no me veo dando vueltas bajo esta solana y me llego hasta el mirador al final del pueblo, para echarme una siesta a la sombra de unos árboles y para ver el mar que asoma a lo lejos enmarcado en colinas verdes de jungla espesa. Todo ello bajo la imponente mirada del volcán Wawo Muda que preside la aldea.

Ronroneo, me desperezo y me doy un paseo, pero nada, ni un alma en la calle. Algunas mujeres tejiendo los tradicionales ikats -telas que visten a modo de faldas-, otros hombres de parlamento en los porches vistiendo sus ropas tradicionales y luciendo sus machetes a la espalda, y los nenes jugando por los patios traseros de las casas mientras los mayores siguen reunidos en familia bajo los porches dándose un atracón.

Habrán pasado un par de horas desde que llegué cuando el sistema de audio -siempre desmesurados y espectaculares en estas latitudes- anuncia algo. Tras un ritual de escalada suicida en el tejado de la casa a inaugurar en cuestión, se da el pistoletazo de salida y todas las gentes salen de sus casas para tomar asiento sobre unos troncos de bambú que resultaron ser banquitos. Al final de la intensa jornada matando carne, cortando carne, cocinando carne e hirviendo gigantescas cantidades de arroz, toda la aldea se reúne para celebrar la generosidad de los anfitriones. Grandes, pequeños, hermanos, primos y turistas de paso. Todos carretean una cesta tejida con hojas de palma para recibir la carne y yo, algo desbordado por la súbita procesión y por el implacable azote de este sol que no afloja me enzarzo en una conversación con Eric, que me endiña una cestita y me invita a sentarme en cuclillas junto a él y sus hermanos. Una cestita que me llenarán de arroz y de suculentos pedazos de carne de búfalo. Mientras Eric me invita a cenar a su casa tras el reparto intento recordar cuándo fue la última vez que comí un buen trozo de carne fresca y me relamo los labios pensando en lo que viene. Uno, el otro y el de más allá y al fin me toca a mí. Dos paladas de arroz blanco y un buen manojo de suculenta carne grasienta. Dicho y hecho.

Ya tenemos el botín y Eric moviliza a la tropa dirección al porche de la casa familiar. En un momento veo a Eva y Guillem, con sus respectivos cestitos caminando sonrientes hacía sus respectivos porches –que no quede ni un bulé sin su parte-. Eric me cuenta que lleva una moto en Bajawa, que sus hijos tendrán que estudiar sí o sí. Que él es católico y que claro, yo como me llamó Franc, pues soy Franciscus, como el santo amigo de los animalitos. Se ríe a carcajadas mientras charla con la familia pero cuando se dirige a mi adopta un perfil de lo más formal. Las mujeres de la familia han pasado recogiendo nuestros cestos –para acabar de cocer bien la carne, me comenta Eric- y mientras andan trajinando dentro de la casa los hombres esperamos en el porche tomando Arak –un espeso menjunje alcohólico casero de jugo de palma, ajo, cebolla y jengibre… ligerito…- y charlando de “cosas de hombres”.

Se acerca la traca final, nos rugen las tripas y las mujeres empiezan a desfilar hacia el porche con los cuencos llenos a rebosar de comida. Yo estoy encantado de haberme conocido, más que entusiasmo por cómo ha ido la jornada, por la compañía de Eric y de su familia, y claro está por el exultante efecto del Arak. Borracho de una gratitud infinita alzo mi plato con las dos manos, mientras sonrío a los cuatro vientos y repito religiosamente y sin parar el Terima Kasih -muchas gracias- mirando a los ojos de todos y cada uno de mis anfitriones, para acabar mirando a mi plato de vuelta y darme cuenta de el cambiazo.

En estos lares lo de la carne es cosa seria y siempre escasa, y supongo que será por eso que los suculentos pedazos de carne fresca cocida en su grasa se me han convertido en unos tristes trozos de intestinos –pura goma imposible de mascar que me produce alguna arcada- que salpican el abundante arroz blanco simple así sin más. Levanto de nuevo la vista y sonrío ante las miradas expectantes: Terima kasih, terima kasih, terima kasih y el plato acaba quedando limpio y reluciente, pues no podía ser de otro modo.

Temporada Alta. Labuanbajo, Indonesia

El Arte de Viajar se me antoja muy similar al Arte de Parrandear.

La compañía es uno de los dos grandes factores. La primera y la más básica la de uno mismo, ya que con mal cuerpo no llegaremos muy lejos y con una depresión a cuestas espantaremos a todo el personal. La paz de espíritu de cada uno es indispensable, pero los compañeros de viaje en las noches de crápula son definitorios. Salir de fiesta es como bailar y somos lo que nuestra pareja de baile nos permita llegar a ser así que habrá que escoger bien. La conexión entre ambas partes hará que cuaje la magia en los antros más sórdidos y en las situaciones más mediocres. Da igual donde estemos si estamos con quien debemos.

El segundo gran factor en el Arte de la Parranda es el tempo. El que controla el tempo y sabe moverse al compás siempre sabe cuándo es el momento de llegar, cuándo ha llegado la hora de partir, y sobre todo cuándo es el momento de dar esa última estocada para que la juerga termine de forma limpia y no se echen a perder los logros previos. Controlar el tempo es saber dejarse llevar por el ritmo del momento, anticipándose a los nuevos vientos que siempre están por venir, intuyéndolos en el estado de ánimo propio y ajeno.

Finalmente llegamos a Flores y andaba más que bien servido de buena compañía con la visita de Eva y Guillem, pero me falló el tempo. Habiendo viajado durante más de 9 meses a mi ritmo, capeando lo imprevisible, se me pasó por alto lo evidente: Llegó el agosto y con él, la Temporada Alta.

Tras cruzar la cara este de Lombok por el Valle de Sembalun, montados en la parte trasera de una camioneta disfrutando del verde de la jungla y los campos de arroz, desembarcamos en la vecina Isla de Sumbawa. Otro mundo, un salto hacia otras latitudes, unos paisajes sorprendentemente secos en comparación con el resto de Indonesia. Una nueva costa que nos supo a Mediterráneo: por las rocas contra el mar, por el color de la tierra y por la vegetación rala y espinosa. Cruzamos Sumbawa al trote, amontonados los tres al fondo de un autobús lleno hasta los topes, viendo desfilar la isla por la ventana y con el martilleante pío-pío de varias docenas de pollitos que agonizaban en una caja de cartón tras nuestras cabezas, al fondo del fondo del autobús. Infinita jornada de viaje, noche al paso en Bima y al día siguiente 8 horas más de ferry desde Sape hasta Labuanbajo: Por fin Flores.

Mi última isla en la provincia de Nusa Tenggara antes de embarcarme hacia Sulawesi. Flores, un plato fuerte por definición espoleado por el exotismo de su aislamiento. Un plato suculento a compartir entre demasiados durante la dichosa Temporada Alta –uno se ha malacostumbrado a tenerlo siempre todo para él-.

Quería hacer submarinismo en las aguas de Komodo y bailar con gigantescas mantas raya y tiburones. Quise ver con mis propios ojos dragones vivos, y quería querer muchas cosas pero me faltó planificar. Acostumbrado a ir sobre la marcha y a mis anchas no anticipé que en temporada alta la gente viene con el tiempo justo y con todo reservado desde hace semanas e incluso meses. Son los felices como yo los que se quedan sin poder subir al barco, a la merced de averías de última hora sin margen de maniobra y de profesionales muy poco profesionales que le dejan en tierra sin poder ver ni dragones, ni mantas raya, no más que el rostro frustrado de uno mismo reflejado en el espejo.

Salvó lo amargo de mi paso por Labuanbajo un paseo al atardecer. Viendo como cargaban los búfalos en el ferry, paseándome por el mercado de pescado local y haciendo la mona con los nenes de turno que jugaban al fútbol con camisetas de Real Madrid o hacían el tonto por los callejones multicolores entre el nuevo paseo marítimo en construcción y la carretera. Me salvaron la tarde la dos Bintang que me tomé al atardecer en aquella terracita mientras pensaba cómo contaría las noches de Bangkok.

Amaneció al tercer día, se torció todo sin remedio. Trastoqué todos mis planes y en nada ya había empaquetado y estaba montado en bus que tardaría horas en arrancar, que recogería casualmente a Eva y Guillem por el camino tras su noche de novios en una islita, y que al cabo de otra jornada maratoniana por la infinitas curvas del interior de Flores para acabar llegando a Bajawa en el corazón de la isla.

Vamos al trote, a contra-reloj. Una carrera hacia adelante, a sabiendas de que siendo temporada alta no sólo está todo lleno, sino que a más a más la amabilidad de los locales se ve enturbiada en demasiadas ocasiones por el afán de inflar los precios por eso del “a ver si cuela”, con malas maneras en ocasiones. Resulta odioso y frustrante, y en éstas, si quiero seguir perfeccionando mis formas en Arte del Viajar, tendré también que aprender a moverme en estos tiempos y a estos ritmos: tragándome mis orgullos, renunciando a la improvisación continua y poniéndole mejor cara al mal tiempo.

La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia

“…el sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás…”

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

“…el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo…”

Es la Metáfora del Porteador: la mitad del mundo carga a cuestas con la otra mitad. Pudimos llegar a la cima porque otros cargaban mucho por muy poco. Con ese mucho con el que nosotros no pudimos y con el que ellos no tuvieron más remedio que lidiar para ganarse un jornal. En mi épica batallita por la Cumbre del Rinjani olvidé comentar una cosa: llegué a la cima por mi propio pie, sudando mi propio sudor y conjurando a mis propios demonios. Pero si lo conseguí fue porque los Porteadores llevaron mi carga –y la suya- a sus espaldas, no yo.

No es que me repita una y otra vez sobre los mismos temas. Lo que pasa es que los temas vuelven una y otra vez a mí. Cruzando el mundo uno se cruza con ellos. En Hoi An eran los Cuerpos Menudos, en el Kawah Ijen fue La Carga y hoy en el Gunung Rinjani son los Porteadores. No es una opinión, es un hecho: la mitad del mundo carga a cuestas a la otra mitad ¿Una tragedia? Sin lugar a dudas, pero es que no es exactamente así.

En realidad son hasta 3 las personas del tercer mundo que llevan a cuestas a cada uno de los que habitamos en el primer mundo. Y si fuéramos más precisos, es muy probable que llegáramos a la conclusión que la buena vida de cada uno de nosotros le cuesta una vida precaria a 4, 5 o hasta 6 personas de este planeta. Y va en aumento ya que en primeros mundos como España cada día más gente se acerca a la pobreza mientras unos pocos avariciosos insaciables sin escrúpulos concentran más y más dinero para futuras vidas que nunca vivirán.

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

Lo fue para mí que iba bien vestido y bien calzado. No me imagino cómo debió ser para los porteadores que hacían el mismo camino calzando sandalias de plástico baratas y calcetines. No me imagino cómo le sentó el frío de la cima del Rinjani -3726m sobre el nivel de mar- vistiendo sus escasas ropas de abrigo. Y hacer todo esto después de estar dos días carreteando nuestras tiendas, nuestra comida y nuestra agua.

Son todos chavales jóvenes y alegres que al final te acaban confesando que están hasta las narices de subir al Rinjani por undécima vez. Tres jornadas trabajando como una mula por unos ocho euros al día, puede que nueve. Porque toda la batallita épica de mi ascensión al volcán no hubiera sido posible sin ellos. Porque nuestra comodidad tiene un precio, que es barato porque la diferencia la pagan ellos con una vida precaria, no nosotros a pesar de haber abonado el importe en efectivo.

Lo mismo que pasa a pequeña escala ocurre a gran escala. Vivimos con mucho de más porque otros se ven obligados a vivir con mucho de menos. Curiosamente en España estamos empezando a comprender que no es que no haya para todos –que lo hay-, es que unos pocos se lo han metido en el bolsillo y mierda para los demás. Así de crudo y pelado aunque muchos quieran pintarlo más complejo.

Subiendo a la cima del Rinjani también había castas más allá de la de turistas y porteadores. Entre los privilegiados turistas que recorremos medio mundo para ver un amanecer sobre las nubes hay turistas y Turistas –nótese la mayúscula-. Los hay con sus trekking VIP que cargan – si todavía cabe- con más de lo estrictamente innecesario: sillas plegables para sentarse -una piedra en el monte no basta-, refrescos variados según la ocasión, ¿¡Fuegos artificiales!? -¿¡Quién cojones necesita que le carguen fuegos artificiales cuando va subir volcanes en Indonesia!?- y mil bobadas más… Pero sobretodo, sobretodo, sobretodo que no falte el baño privado portátil. Porque, créanlo o no, hay gente que aún estando en el monte no pueden ir a mear junto a un árbol sin más. Son tan especiales que les tienen que cavar un hoyo en el suelo y montar un chiringuito exclusivo…

Suena a chiste pero en realidad es una broma de mal gusto. Si el mundo fuera un lugar más equilibrado estos jóvenes estarían trabajando en sus pueblos junto a sus familias por unos sueldos más decentes que lo que cobran haciendo lo que hacen. Y en ese mundo más equilibrado, cada turista tendría que cargar con sus caprichos y sus privilegios, para tomar consciencia real de lo que vale un peine, o para llegar a la conclusión al final de la primera cuesta de que realmente tanta fanfarria era sencillamente innecesaria. Que con mucho menos también se vive y se disfruta.

Es la Metáfora del Porteador, la metáfora de nuestro de mundo y un revulsivo que te ayuda a comprender y a separar lo superfluo de lo necesario cuando sales al monte y, espero y deseo, cuando vuelva a mi vida de ropas bonitas, copas a 10 euros y sueldos seguros a final de mes.

La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia

Un paso, tomo aire, levanto un pie y otro paso…

Éste es ahora mi mundo. Mi universo ha quedado reducido a esto, a este paso que sigue a otro que puede que siga al siguiente; todo lo demás ha dejado de existir. El sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás, tres al frente y otro atrás. Hago mis cuentas y me digo que “todo está bien Franc, te salen dos hacia adelante”. A cada resbalón estoy un poco más cerca de la cumbre.

La ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa. Marchamos torpemente por el filo de la navaja en una extraña procesión pagana, somos muchos pero estoy a solas. Hay caminos que sólo puede recorrer uno mismo. La luna como testigo, el gigantesco cráter solitario sobre el mar de nubes, el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo, brillan mis ojos en la noche y sonrío para mis adentros a cada vistazo rápido al espectáculo que me rodea. Por algún extraño motivo mis paraísos son siempre así, momentos como éste: lugares de nada, de vacío, hechos de noche o de alba, de luna, de nubes, lugares donde no se puede estar, lugares de paso. Lugares de una belleza solemne. Lugares sagrados que las palabras nunca podrán describir porque dejaron de ser lugares en el mundo para convertirse en estados del alma.

Cargo a cuestas, tonto de mí, la cámara, dos lentes y el trípode. Justo antes de encarar la última cresta me detengo para tomar un par de fotos, no puedo resistirme. Sé que este lugar y este momento son y serán eternos hasta el día que me muera. Se me hielan las manos, estoy tiritando, Eva y Guillem reaparecen mientras el resto sigue montaña arriba.¿Qué puedo decir de este cielo, de este lago de escamas plateadas, del mar de nubes que se extiende hacia los confines del mundo?¿Qué puedo contar de la luna que alumbra las tinieblas por las que desfilamos, de estos cielos infinitos?

Entre foto y foto ya no me siento los dedos, hace demasiado frío y hay que continuar. Me despido de Guillem y Eva y enfilo el último tramo de 3 días de travesía desde Senaru. Mi mirada fija en el suelo, mi atención fija en mi respiración. Mis ojos puestos en las sombras que la luna arroja sobre la gravilla. Es ahí donde hay que pisar, donde otros antes pusieron sus pies, donde sé que si piso no resbalaré. Ya no veo nada, sólo pienso en el siguiente paso, sólo pienso en la cima y en el frío, y en el sol. En el sol que está por venir, el sol que siempre termina por salir. Perdí la noción del tiempo, perdí la noción de la distancia. La cumbre me parece tan lejana, estoy agotado, pero tengo fuerzas, las justas, servirán, sé que llegaré, sí, pero tengo que relajarme.

El filo de la navaja por el que subimos es un no-lugar, un sendero resbaladizo de no más de un metro y medio de ancho expuesto a los elementos, a lado y lado una caída sin final. Hace demasiado frío, tengo que descansar pero el viento es demasiado intenso como para quedarme parado aquí sin más. Hay un corte, unas rocas y ahí me escondo, agazapado en cuclillas, viendo a los demás pasar, tomando aire y un traguito de agua. Un par de minutos, con sólo 2 minutos bastará, respiro hondo y sonrío para mis adentros una vez más, empapado y en calma, alegre, atrapado en este ahora sin ayer ni mañana. Cálculo que quedarán tres cuartos de hora más cuando al girar la cuesta y tras cinco minutos de marcha me sorprendo a mí mismo en la cima. ¿¡Qué demonios hago ya aquí!? Se me escapa una carcajada, me río de mí mismo y de mi torpeza. Esperándome lo peor me sorprendo diciéndome que tampoco fue para tanto. Las cimas de ayer empequeñecen ante las conquistas de hoy. Pero todavía está todo por llegar. Sin el sol ni un atisbo del alba, todavía sigo en la noche, en el frío, envuelto en un viento más crudo que nunca, cada soplo un latigazo.

El mundo es un lugar extraño y las cimas de las montañas lo son aún más. Los vastos horizontes, los espacios infinitos y los mil y un caminos a seguir desaparecen en las cimas de las montañas. Son pequeñas, cabemos todos sí, pero siguen siendo pequeñas, puntos en el mundo que representan una paradoja, la del callejón sin salida abierto a los cuatro vientos, otro no-lugar. Estamos rodeados de precipicios, de trampas mortales, de estrellas, de un mar de nubes, de lagos volcánicos en los que nacen otros volcanes. ¿Pero para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo?

Sigue soplando el viento, tirito sin parar. Me encontré con Conrad y con nuestros porteadores. Me dan galletas que me saben a gloria pero ahora sólo rezo –¿Rezo?- para que salga el sol. Cargué hasta la cima del Rinjani con mi trípode, las lentes y la cámara pero tendría que haber traído una muda seca… tonto. No quiero caer enfermo pero como siempre, al final, se trata de aguantar hasta que el horizonte claree sobre Sumbawa, hasta que las estrellas empiecen a desvanecerse y se rompa el hechizo de la noche.

Amanece finalmente sobre los mares de Indonesia alumbrando un espectacular diálogo de colosos pues lo único que destaca en este paisaje onírico son las mastodónticas cimas del Gunung Agung en Bali y el Gunung Tambora en Sumbawa, el sol que viene y la luna que se va, y una misteriosa sombra triangular gigantesca que se pliega sobre el horizonte… ¿Qué demonios es eso? ¿Estoy alucinando por el cansancio? Tardo unos segundos en adivinar que somos nosotros, es la cima de Rinjani proyectándose sobre el mar de nubes y ¡Plegándose en vertical sobre el horizonte! ¿Sobre el horizonte? ¡El horizonte no es un lugar, el horizonte es la línea imaginaria en la que se encuentran cielo y tierra, pero en esencia no existe! ¡Y aún así, al alba en la cima del Rinjani el horizonte se convierte en un plano concreto -como en los confines del Show de Truman– donde las sombras del mundo terrenal remontan los cielos!

Ya ha salido el sol y los temblores y el frío de hace un rato ya son sólo recuerdos. Los otros grupos emprenden la vuelta a casa y Eva y Guillem siguen sin aparecer. Tampoco el último porteador que los acompañaba. La pareja alemana tampoco ha llegado y Conrad y los otros dos porteadores están también de vuelta. Quedan unas cuantas horas de descenso hasta llegar a Sembalun Lawang así que no puedo entretenerme más en la cima. Hecho el último vistazo a mi alrededor y pese a no haber estado más de una hora me despido como si éste fuera ya uno de mis lugares. Por delante la bajada, por delante el descenso al trote loco saltando por la gravilla, recreándome en el paisaje espléndido que la noche y el cansancio ocultaron. Haciendo balance de los pasos que me llevaron hasta aquí a través de una sinfonía de paisajes cambiantes, de amaneceres y atardeceres. De dos noches muy frías en las que apenas ninguno de nosotros pudo pegar ojo. Del baño en aguas sulfurosas en el río, junto a la cascada. Balance y vuelta una vez más a ese momento en la noche en el que todo mi universo se resumía a ese siguiente paso.

Pensaba entonces en lo elemental de toda existencia, en la futilidad de elucubrar sobre posibles mañanas cuando a duras penas uno se tiene en el ahora. Pensé por un momento que debía ser así como los ya miles de personas que me he cruzado en el camino hacían para sobrevivir en su implacable día a día, azotados por la pobreza, por la enfermedad, por la incertidumbre del próximo bocado. Pensaba con el juicio nublado por la noche y el cansancio que puede que sea éste el motivo por el que la gente de mundo de bien, con todas las necesidades básicas cubiertas emprende aventuras como éstas. No es la cima, es el camino, y tampoco es el camino, es la vuelta a ese estado primordial de incertidumbre en el que vive la inmensa de la humanidad. Es la incertidumbre en la que vivieron muchos de nuestros padres cuando eran niños en los años grises de la posguerra española. Es la consciencia de que el ahora es preciado y que de sueños puede que se viva –o se malviva- pero que de ellos ni come ni viste uno.

¿Para qué vinimos aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo innecesario? A toro pasado, con la panza llena y tras la cumbre habría dicho que vine por los impresionantes paisajes y momentos que este trekking de 3 días me ha regalado, para superarme a mí mismo o para tener batallitas que contar a los nietos. Pero con la panza vacía, mientras sufría y padecía sin necesidad a las 3 de la madrugada, helado de frío y resbalando en esta maldita cuesta de arenilla –purito castigo divino urdido por sádicas deidades griegas- te diría que vine aquí para sufrir y para sentirme vivo, para volver ese estado primordial de incertidumbre que es infinitamente más natural al ser humano que la nómina a final de mes y el contrato indefinido.

Al final resultó que la cima de la montaña -ese callejón sin salida abierto a los cuatro vientos- no fue la única paradoja. La otra y la que más, es que una vez logrado lo que siempre añoramos –la seguridad y la certeza de una agradable vida previsible y sin demasiados sobresaltos- miles de occidentales recorremos medio mundo para someternos a situaciones innecesarias que nos vuelvan a hacer sentir vivos. Y los que no, se quedan en casa y flirtean con la vecina o el vecino para no sentir que ya está todo dicho y hecho. Y los que no, tienen hijos sin saber cómo ni porqué o porque les dicen que ya toca. Una huída constante hacia adelante, un búsqueda sistemática de la novedad, una versión encubierta de ese estado primordial de incertidumbre que nos define como seres humanos, nos guste o no, seamos conscientes de ello o no.

Guapa. Bali, Indonesia

Aterricé en Kuta con un pie en Bali y otro en la vecina Lombok, por si acaso. Por si todo lo que había oído cierto. Por si era terreno trillado de turismo de borrachera o pantomima de alto standing, tan edulcorada, tan maquillada y tan diluida que de la Bali de siempre quedaran tan sólo las migajas. Más de 30 años de intensa actividad turística procedente de todo el mundo entero habría tenido que hacer mella en el alma de esta isla y ya mucho había leído y mucho me habían contado en el camino como para hacerme ilusiones.

Y todo lo que me contaron era cierto, lo que pasa que no era todo. Se dejaron la mitad del libro, la película sin terminar. La otra media Bali que sigue viva, que sigue bella, que sigue alegre. Una Bali guapa e intensa, una Bali de ensueño que se esconde justo tras la cara torpe del que querer gustar a los foráneos a cualquier precio. Venía por 4 días, me quedé 7, y si no hubiera quedado con Eva y Guillem para subir a la cima del Rinjani, de buen seguro habrían sido no menos de 10 días en Bali, esta isla tan soñada como denostada. ¿Qué dónde está? ¿Dónde se oculta esa otra Bali que ha sobrevivido a lo previsible y a lo rancio? ¿Cómo encontrarla? Con suerte y con muchas ganas.

Con la suerte que tuve de que el Allan de Bromo me viniese a recoger al aeropuerto de Kuta pasada la media noche para llevarme a su casa en Denpasar. Con la suerte de que Allan, este balinesio de veinte-y-pocos y estudiante de diseño gráfico en Bandung, hiciera gala de la generosidad local. Pasé la noche en una buena cama –mi plan era dormir otra vez en el suelo del aeropuerto- con aire acondicionado y con un rico desayuno, y no contento con esto me llevó en su moto hasta Ubud, mi campo base para la semana que venía por delante.

Con la suerte que no encontré la habitación barata que la guía mandaba, sino que encontré otra más barata aún, más bonita si cabe, y con la pega, sí, de tener un piscina en construcción al umbral de mi puerta. Y que me digo yo que cuando por 7 euros duermes con un príncipe y desayunas como un rey, qué más da tener que saltar montones de arena para llegar a la cama. ¿Desayunos? ¿Alguien habló de desayunos? ¡Ai los desayunos! ¡Ai de mis desayunos en Bali…!

Yo, hombre amante de estructuras y de planes de ataque de quita y pon, organicé mi paso la isla en torno a un desayuno glorioso, sencillo y con unas vistas exquisitas desde una atalaya donde contemplar el despertar de Ubud, esa guardería gigantesca para adultos occidentales de la que sólo puedo hablar bien. La bruma matutina, las tapias, los árboles y los musgos que todo lo cubren; el bosque con sus árboles tropicales y las copas desmelenadas de las palmeras al fondo. Un homenaje a los sentidos y al buen gusto que sistemáticamente se repitió día tras día y que saboreé intensamente con la plena consciencia del que se sabe y siente privilegiado.

¿Y luego? Y luego Bali, luego una moto y un destino y déjate perder. ¿Qué como sé visita Balí? Pues así, escogiendo un destino e improvisando el camino. 4 jornadas en moto que al final fueron 3 porque la otra quedé atrapado entre una buena conversación con Pablo y esa diabólica terraza de la Guesthouse.

Mi primer destino, el volcán Gunung Batur pasando por el templo Gunung Kawi. Mi segundo destino, el templo Pura Luhur Bakaratu al que no conseguí llegar tras cruzar media isla por caminos que no te sabría decir. Y para el final, el Pura Besakih que yace a los pies del imponente volcán Gunung Agung. Mis destinos fueron importantes pero fue sobretodo fue por sus caminos por lo que Bali me enamoró.

¿Que qué vi? ¿Que qué me sedujo? ¡Ai, si yo te contara!… Interminables trozos de monte sesgado, un mar de olas verdes superpuestas, de crestas mullidas cubiertas de hierba. Eran las terrazas de arroz de Bali, envueltas en selva y palmerales, jardines del edén más que graneros para humanos. Bosques y más bosques que separan aldeas, y aldeas sin nombre con casas que parecen templos y de las que más de una vez me echaron a grito pelado. Porque de tan bonitas que eran y de tan decoradas que estaban y de tan sagradas que me parecieron yo pensé que eran templos mientras cruzaba el umbral y me metía dentro, y me salía al paso el señor de turno en pijama para decirme que qué hacía yo en su casa echando fotos.

¿Que qué vi? Vi caminos que no llevaban a ninguna parte, arriba en las montañas, y también vi a media aldea vestida de gala para honrar a sus seres queridos. Vi a los miles de artesanos que pican piedra, tejen y pintan en todos los rincones de esta isla. Me perdí y me volví a perder para ver a los centenares de cometas que inundan los cielos al atardecer, mastodónticas, con silueta de escualo, de 2 por 3 metros, que surcan los cielos de la isla  sin llevarse milagrosamente por los aires a los nenes que las comandan desde tierra. Vi ¿Qué vi? Vi el templo de mi Baraka, el Gunung Kawi, la postal que adornó la pared de mi habitación en Helsinki durante las noches negras de invierno y las noches blancas del verano. Siendo poco dado a la idolatría –un poquito en verdad- pasearme por el Gunung Kawi fue un no va más de mi paso por esta isla.

Y siempre Ubud, la vuelta a Ubud al final de la jornada. Un pueblo que supo crecer manteniendo el encanto en sus márgenes. Un pueblo que creció como un pulpo espatarrado, extendiendo sus tentáculos en todas direcciones sin mancillar el trozo de paraíso que quedó entre tentáculo y tentáculo. Y así es como si te sales de las tres calles principales de Ubud te sientes como si hubieras ido a parar a un pueblo de la montañas. Tranquila y rodeada de campos verdes y pequeñas gargantas por las que corren arroyos. Un encanto puede que saber algo enlatado, sí, pero bien mantenido, fresco, un gusto para los sentidos y paz para el alma trotamunda dada al cutrerio por falta de medios.

Y la gente, siempre su gente, porque mi paso por Bali no hubiera sido lo mismo de no haber tenido suerte también con esto. Primero con Allan, que se fue el mejor anfitrión y el mejor embajador de Bali. Luego con el patriarca que regentaba la Rumah Roda Guesthouse, una buena mezcla entre tendero de pueblo, hombre de negocios y sabio conocedor de los secretos de la isla y de sus rituales. Y luego los mozos del restaurante que se reían de mí ya al tercer día cuando me apostaba en mi rincón para escribir mis notas o mis relatos y adivinaban mis deseos sin tan siquiera mirarme: “One Bintang,please  -Una cerveza, por favor-”. Y mi amiga, la balinesa que regentaba 1 de los 3 únicos lugares de comida local –y no exorbitadamente cara- de todo Ubud. ¿En el menú? Lo de siempre y viva la divina rutina del arroz con tempe, picante y más tempe y más picante hasta reventar por 12000 rupias -1euro- las dos raciones.

Y ¿Y? Y Joaquín, y Ana, y Pablo y otra Ana que con una no basta. Pablo y Ana, una pareja argentina emigrada a Australia tan encantadora e interesante que qué les voy a contar: un lujo de gente con la que uno se pasaría horas de charla, guapos por fuera y por dentro. Y Ana y Joaquín, pareja vagamunda -guapa también- con los que nos reencontramos en Bali tras nuestra última quedada en Hanoi, cuando con Joaquín nos conocimos en la cima de la Montaña de la Luna a la afueras de Yangshuo, China, hará ya 3 años ¿Para cuándo, por fin, un buen vino y un buen jamón en la madre patria?

Me voy de Bali, habiendo comprendido que la mitad de esta isla son sus paisajes, y que la otra mitad son sus rituales. Y que lo que une a ambas mitades y les da sentido son sus gentes. No la bulla y los pesados de turno que te puedan atosigar en algún momento –fueron los menos-, sino los otros muchos balineses que te sonríen a cada momento, que son amables, que cuando andas perdido se ríen de ti –a buenas- y te muestran el camino –no siempre el correcto-. Me voy de Bali repitiéndome para mis adentros aquello de “¡Pero qué guapa eres!”. Qué guapa es Bali, cuánto cariño y devoción profieren sus gentes en los detalles más nimios de la vida diaria. Qué guapos son sus muchos templos anónimos en los que te pierdes a la hora del ángelus y por los que no corre ni una alma. Qué guapos fueron mis anfitriones y qué guapos fueron –y son- las dos parejas con las que compartí mis veladas al final de mis jornadas ciclomoteras.

Bali, que digan de ti lo que quieran, que será cierto y tendrán razón pero que sepas que yo, por ti, me parto la camisa cuando haga falta, porque Bali -a pesar de todo lo que le ha caído, y que no es poco- sigue siendo guapa, sí, y pa’ colmo, si la buscas se deja encontrar.

El dorado siempre luce. Bali, Indonesia

…viene del post anterior, El Ritual

Durante una semana, en la esquina de Jalan Raya con Jalan Suweta, junto al Palacio Real de Ubud, habían estado armando un enorme Lembu, un toro negro estilo Osborne versión calé –con mucho oro colgándole del cuello-; todo de mentira, sí, pero no por eso menos sugerente. Y tras el toro se encaramaba hacia los cielos un templete, una hornacina fuera de escala, un no sé qué que quién sabría decir para qué serviría o qué finalidad tendría. Demonios, dragones, jabalíes, elefantes, y dorado, mucho de dorado que eso siempre luce.

Llegado el día señalado las calles amanecieron tomadas por el ejército para -supongo- proteger a los locales de las hordas de turistas que infestamos el paso del sepelio armados con nuestras cámaras, atrincherados tras nuestros visores, dispuestos a documentar el Palabon, lo más sagrado de lo sagrado, cómo si ésta fuera nuestra exclusiva y cómo si nadie lo hubiese hecho antes –cada año, por estas fechas, ocurre exactamente lo mismo-. Pues allí estaba yo, con mi mochila a cuestas, con mi equipo de lentes dispuestas en el bolsillo lateral izquierdo; primero tímido, luego gallardo e intrépido, descarado al final. Atento a los címbalos y a los tambores, a los movimientos dentro del complejo palaciego hasta que se abrieron las puertas y empezaron a salir los notables, y los más más notables se me suben al templete que hace esquina y que será el mirador de intocables. La pamplina real que lo mismo lleva una glamurosa flor de hibisco tras la oreja, lo mismo se prende un gadget bluetooth para el teléfono móvil mientras le ríe las gracias al general de turno. El mundo de los poderosos envuelto en la siempre inaccesible áurea aristocrática, tan cerca y tan lejos de nosotros, la peble.

Los aledaños de los dos pasos se van animando. Salen las damas de la corte vestidas de púrpura, enfundadas en sedas y encajes. Corre por allá, como sorprendida por el desbarajuste general, la familia del difunto cuyo primogénito porta el regio retrato. Andan sueltas en medio del follón las reinas de la belleza que, vistiendo el púrpura también, montan sobre sillas gestatorias a los hombros del populacho. Un populacho que parece orgulloso de cargar a cuestas los muertos de la realeza, y que me digo yo que qué menos que cada uno cargue con los suyos. Pues no, que aquí le dieron también la vuelta al calcetín y los que mandan se las ingeniaron para que hasta en la muerte fueran los de abajo los que carretearan los despojos de los suyos mientras ellos se lo miran desde la tribuna o dirigen la procesión montando el toro calé.

¡Qué locura! ¡Qué desbarajuste! ¡Qué suenen los timbales! ¡Golpead los gongs, los platillos y qué viva Bali! Esto ya no es un entierro ¿Esto es? ¡Esto ya no sé que es! Se han alzado los pasos y un señor con un altavoz grita, y otros silban silbatos y todos chillan y la policía grita que nos apartemos, que vienen, que van, que pasan ¡Que por dios! ¡Que se quiten que los van a aplastar! ¿Dónde está el entierro? ¿Qué fue del funeral? La descomunal estructura, híbrido de paso de semana santa sevillana y falla valenciana, avanza entre vaivenes y trompicones por la calle mayor ¡Corren como locos! ¿Alguien manda? Parece que aquí mandan todos y no manda nadie. Tambores, címbalos, gongs a porrazo de militar de servicio que perdió la hoja de ruta hace rato. El tinglado, el trasto, con sus dragones, sus elefantes y sus jabalíes, y dorado mucho de dorado que eso siempre luce, avanza por la calle mayor, sin impedimentos, que hoy no hay luz en Ubud porque descolgaron los cables, que al medio día pasa el sepelio y con lo grande que es el trasto al igual se lleva por delante todo el cableado y en vez de unas horas no tiramos una semana sin electricidad.

Estoy agotado… Al tiempo que llenaba las tres tarjetas de memoria me ido vaciando yo mismo, así que a medio quehacer me tengo que volver a mi cuarto, a vaciar las tarjetas y recobrar fuerzas. Queda por delante lo mejor, la cremà, pero yo estoy exhausto, cansado y para bien. Cansado de cosas buenas que me han pasado, que llevó ya aquí siete días y muchos rituales. Pero por hoy ya basta, por esta vez ya no más. Y me pierdo la cremà, la pira y las llamas donde arderán el toro calé, el león escarlata con cola de pez y corona verde -un Naga Banda-, y la cosa, el trasto, el tinglado ése enorme que es más alto que todas las casa de Ubud puestas una encima de la otra, y que lleva dorado, mucho de dorado que eso siempre luce.

¡Ay por dios qué follón! ¡Qué desbarajuste! Mejor me quedo en mi cuarto, en la terracita de mi casa de huéspedes, pensando en el ayer, en los otros rituales menos regios, más reposados, más anónimos, puede que menos histéricos pero más sentidos. Ceremonias con las que siempre te puedes encontrar en tus paseos en moto por Bali. Acércate lento, suave, sin armar bulla y vistiendo con decoro. Para ti será sólo una buena foto más, pero para ellos es su vida, su razón de ser. Los balineses son amables y acogedores, sí, pero no siempre fui bienvenido, no siempre me dejaron cruzar la tapia que separa el mundo de los hombres del mundo de los dioses y los espíritus. Y no pasa nada, que da igual, porque para mí es sólo una buena foto más pero para ellos es su vida, su razón de ser, y eso para mí sí que es sagrado.

El Ritual. Bali, Indonesia

Todo el día dando tumbos en la moto, con un destino claro per sin un camino a seguir; torciendo a cada recodo que me pareciera más interesante que lo que tuviera por delante. En la cresta de la caldera del Gunung Batur me eché la siesta sobre un banco de piedra esperando a que bajara el sol y mejorara la luz. Me desperté y conducí cuesta abajo hasta la orilla del lago para darle la vuelta al cono del volcán cuyas caras sur y oeste son pasto de gigantescas lenguas de lava que se convirtieron en roca pelada. Ensimismado en la luz del atardecer se rompe el encanto y caigo en la cuenta que está anocheciendo y que ando todavía en la otra punta de la isla. Agotado, exhausto y tras la puesta de sol tras las montañas emprendo el regreso cuando, por casualidad, paso junto a un ritual en Kintamani… Demasiada gente, demasiada bulla. Mi olfato de niño trastoso y curioso me susurra que tras la tapia están ocurriendo demasiadas cosas, que algo bueno se cuece, y que seguramente valdrá demasiado la pena como para pasar de largo.

Pero reacciono, y en un ejercicio de sentido común y autodisciplina me digo que no. Que estoy muerto, que hay que volver. Que no voy a parar ni tan sólo un minuto, ni para echar un vistacito. ¡Qué no! Grito con voz de perdedor para mis adentros ¡Estoy agotado y llevo ya casi 10 horas de ruta! Pero nada… ¡Cómo si le hablara a la pared! La moto frena suavemente y ya estoy girando hacia el parking cuando me cuento el cuento chino de “sólo un minuto, nomás, un vistazo rápido y nos vamos para casa”.

No se puede comprender Bali sin su religión –una versión del hinduismo que sobrevivió a los embates del budismo, del islam y del cristianismo-; un complejo sistema de rituales y festivales que empapan el día a día. La vida de los balineses se rige por esta espléndida coreografía sagrada cuyas ramificaciones se extienden a la danza y al arte de la escultura. Pero más allá de estas artes clásicas, esta sofisticación y esta espiritualidad las sobrepasan y se desbordan inundando su día a día en una puesta en escena que tiene lugar a cada momento, en cada rincón de la isla y a diferentes escalas. Desde las pequeñas ofrendas diarias en los negocios o en los altares de los familiares en el patio de cada casa, hasta todo un sinfín de ceremonias que marcan y acompañan a todo balinés a lo largo de su paso por esta vida. Rituales practicados de forma individual, rituales practicados en familia o rituales que implican semanas de preparación por parte de todos los miembros de la aldea.

Bali siempre está de gala, de fiesta, de celebración. La mayoría de las veces de forma callada, un susurro en la intimidad. Otras, como cajas de truenos abandonas a su voluntad: ruidosas, caóticas, turbas de fieles devotos que toman las calles por asalto, extasiados, ebrios de jarana. Del nacimiento a la muerte. Pidiendo protección y fortuna a los dioses y a los buenos espíritus que habitan en todos los rincones de esta isla exuberante. Trazando laberintos de símbolos para confundir a los demonios y proteger a los seres queridos o a las cosechas. Cada mañana al alba, en cada rincón de esta isla, se preparan con esmero miles de ofrendas efímeras de una delicadeza exquisita. Miles de ofrendas hechas con hojas de palma trenzadas y flores, frutas, arroz, galletas, no hay límite, o puede que sí lo haya; uno solo, y es preciso: todo debe ser bello y elegante. Una elegancia y un gusto por las cosas bien hechas tan extendido que se aprecia en sus ropas, en las telas que visten ellas, en los pliegues de los tocados que portan ellos. En la sistemática sobriedad barroca de sus templos y templetes. Bali será hindú, sí, pero paseando por sus aldeas y por sus templos no pienso en la India, pienso en otra isla, pienso en Japón y en esa cultura tan suya donde la belleza, como fin último y en sí mismo, se manifiesta en cada acto y en cada gesto.

El Ritual vertebra la vida de esta isla y de estas gentes más allá del implacable avance del turismo durante los últimos 30 años. El ritual se vive con devoción, con orgullo, con una pasión y un frenesí que se contagian. Contagiado y borracho de frenesí corría yo aquella primera noche fría en la cresta del volcán en la que decidí no parar para acabar parando. Desbordado, fascinado, ensoñado en medio de una función que no comprendía, pero cuyo principio atisbé que pasaba por la sistemática ofrenda a cambio de una bendición. Una noche helada en la que corría borracho, embelesado por el efecto narcótico del sonido del chambelan -un instrumento balinés que en realidad son muchos sonando al mismo tiempo- y cuyo misterio hipnótico no fui capaz a descifrar. Un festival por el que andaba suelto el loco del pueblo con una toalla atada a la cabeza; los nenes que me exigían el peaje por estar allí: que les tomara un retrato. Con toda esta gente aldeana que me recibe con sorpresa y con los brazos abiertos, y con sonrisas, muchas sonrisas y algunas carcajadas entre los grupos que se sientan alrededor de un fogoncillo a pasar la noche, a esperar eso que todos vinieron a ver y que yo sigo sin saber qué es. Es noche fría y esto está lejos de acabar, tengo por delante casi dos horas en moto y abandono la partida.

La abandoné, sí, pero ella no me abandonó a mí. Al día siguiente y al otro y al otro, me seguí cruzando con los lugareños atareados en sus preparativos, ellos a lo suyo y ellas con sus asuntos, todos en pleno frenesí, esta vez a la luz del día, ocupados en la preparación de los Ngaben, las cremaciones anuales de sus muertos. Porque es el funeral, que no la muerte en sí misma, el momento clave en la existencia de todo balinés. Un correcto funeral con su correspondiente cremación garantizará la liberación del alma del cuerpo amortajado. De lo contrario el espíritu quedaría errante, nunca más podría volverse a reencarnar, se perdería en una nada que es peor que los infiernos. Es por eso que este dispendio imprescindible y costoso. Y a falta de tiempo para ahorrar el dinero suficiente, las familias entierran temporalmente a sus muertos hasta que reúnan los ahorros para todo el festejo.

Llegada la fecha, toda la aldea se pone en marcha. Desentierran a los suyos, corren a por los preparativos, todos efímeros todos hechos con delicadeza y esmero. Altares de caña y bambú presididos por retratos con guirnaldas de flores del paraíso que honran a los difuntos y guardan sus cuerpos. Se construyen pasos coronados con palios bajo los que se portan animales sagrados: Lembus -toros negros y rojos-, leopardos, engendros mitológicos, leones escarlata con colas de pescado y coronas verdes ¿Serán dragones? Todo preparado con el esmero de lo que se hace para siempre aún a sabiendas que su destino es la hoguera, pasto de las llamas y del fuego purificador.

Si la ceremonia del Ngaben es el ritual por excelencia, por encima de todas las cremaciones está el Palabon, el funeral de un miembro de la familia real. Los planetas se alienaron, y puestos que en mi travesía por Indonesia pasaba por Bali durante esta semana, los dioses dispusieron que el ritual de los rituales, el Palabon, tuviera lugar a escasas tres calles de mi hospedaje durante mi último día en la isla.

…continúa en el siguiente post, El dorado siempre luce

Postales. Bienvenida Indonesia. Bajawa

¿Cómo te cuento cómo es Indonesia? Es grande, muy grande, mucho más grande de lo que imaginarías en un primer momento. ¿Cómo te cuento cómo es Indonesia? No está hecha de una sola pieza, está así como rota en mil pedazos desparramados a lo largo y ancho de miles de kilómetros. Hablan los libros de más de 17.000 islas, pero lo más probable es que nadie las haya contado realmente y que nadie nunca lo haga.

Indonesia es uno de esos gigantes de este mundo de países inventados. Y como todos los países -que todos se los inventó alguien en un primer momento- éste es de todo menos homogéneo. Miles de historias separadas que se encuentran bajo el dominio colonial holandés y que cuajan al final de una II Guerra Mundial que abrió la puerta a la emancipación de la metrópolis.

Indonesia es muy grande y muy variada y harían falta muchos viajes para poder decir que la conozco. Quedan por delante 4 meses para recorrer parte de este mosaico de diversidad humana y pensé que para hacer las presentaciones nada mejor que una colección de postales. Me asisten los chavales de la escuela primaria de Bajawa en el centro de la isla de Flores, que decoraron en algún momento las paredes de su escuela para aclararse ellos y de paso ayudarnos a ir poniéndole rostro y cara a las grandes islas de nombre míticos que flotan en el mar de sueños que evocan sus nombres: Sumatra, Java, Bali, Sulawesi, Borneo, Flores, Lombok, … ¡Bienvenida Indonesia!