Rutas. Sulawesi, Indonesia

1. Recorrido:

Desde Makassar hasta Gorontalo / 18 días (Agosto-Septiembre 2012)
Makassar (1) > Tana Toraja (2-3-4-5-6-7) > Tentena (8-9) > Ampana (10) > Islas Togian (11-12-13-14-15-16-17) > Gorontalo – Makassar (18)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Makassar hasta Gorontalo / 18 días (Agosto-Septiembre 2012)
Billete de avión Gorontalo – Makassar – Jakarta: 80€  / Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur: 42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 361€ / Gasto medio diario: 20,00€


Cambio Julio 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 10000 a 14000 Rp
· Precio Cerveza: 35000Rp (botella 660cl)  / 45000Rp (botella 660cl) en Togian
· Precio Habitación: 90000Rp la noche

3. Escritos:

01. Un Árbol para las Almas. Tana Toraja, Indonesia.
02. “Las Togian”, la película. Pulau Togian, Indonesia.
03. Turquesa es el Edén. Pulau Togian, Indonesia
04. Cadáver Exquisito. Pulau Togian, Indonesia.
05. Marcha Atrás. Tentena, Indonesia.
06. Nada de susurros. Tana Toraja, Indonesia.
07. Remiendos. Rantepao, Indonesia. Sección Irreflexiones.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Nada de susurros. Tana Toraja, Indonesia

¿Vivir por y para la muerte? Parece ser que sí, parece ser que en la tierra de los Toraja uno se pasa la vida como el faraón, pensando en el día que se muera y en todo lo que habrá que dejar dispuesto: el ataúd, la tumba, los preparativos, las estatuas, los sacrificios… Toda una vida pensando en la muerte de uno, y toda la vida pensando en la muerte de tus mayores a los que deberás honrar. En ahorrar la fortuna necesaria para que el funeral esté a la altura de la posición social de la familia, por aquello del qué dirán si el festejo resultara aguado o por debajo de las expectativas.

“Polvo eres y en polvo te convertirás”. Si todo hubiera quedado así la cristiana Tana Toraja sería otra, pero no. La muerte, o en todo caso el funeral, es el momento estelar por excelencia de tu paso por la vida si eres un Toraja. Curiosa paradoja. Todo aquí gira en torno a la muerte y no deja de ser fascinante el hecho de que tan sombrías costumbres florezcan precisamente en un entorno tan exuberante como éste. En el corazón de las montañas de centro de Sulawesi –si es que a esta isla loca se le puede encontrar un centro- rodeado de colinas cubiertas de junglas, de bosques de bambú y de claros escalonados de terrazas de arroz salpicados de pedruscos que parecen huevos de dinosaurio. Toraja es un vergel amable cuyo horizonte aparece moteado por el desparpajo de las cubiertas de sus poblados que asoman entre trozos de jungla. Casas -conocidas como Tongkonan– que flotan sobre pilotes de madera, adornadas con motivos geométricos figurativos que evocan al búfalo de agua -su animal totémico por excelencia-. Casas cuyas cubiertas se pliegan al cielo como las cornamentas de estos bovinos –o eso se especula-. Unas casas que lucen orgullosas en sus fachadas la colección familiar de cuernos de reses sacrificadas en el pasado como muestra de su estatus económico y de su prestigio social en la aldea.

Flotan las casas y flotan las tumbas. Sarcófagos de madera colgados de cuevas, nichos esculpidos a golpe de cincel en las paredes rocosas en estos cementerios verticales en Lemo y Suaya, o ataúdes ocultos en las galerías relamidas por el tiempo en las entrañas de la tierra en Londa. Morir para los Toraja no es desvanecerse, digamos que para ellos morir es pasar a existir en otro plano, distinto del nuestro pero en estrecho contacto, y ahí es donde está el meollo de la cuestión: En realidad nadie se fue, todos siguen aquí. Están para quedarse y para influir –para bien o para mal- en la vida y los destinos de los vivos. A los cadáveres junto a sus tumbas les acompañan sus nuevos cuerpos: retratos esculpidos en madera, o más recientemente, en auténticas copias a escala de los antepasados. Con las dos manos extendidas: una recibiendo honores y ofrendas de los vivos y la otra dando bendiciones a cambio. Morir no es dejar de existir, no es ser polvo y desvanecerse con el viento. Los descendientes vendrán al menos una vez al año a cambiar los ropajes que envuelven los esqueletos, y vendrán a charlar con sus antepasados, y les traerán cigarrillos. La relación con los difuntos es continua y si bien por aquí también pasó la prepotente apisonadora cultural de los misioneros cristianos, con esto no pudieron. Los Toraja son cristianos, sí, pero lo son a su manera.

Lo macabro de las cuevas llenas de calaveras peladas enmohecidas en contraste con la belleza de su entorno. Escenas idílicas de la vida cotidiana en el campo de Sulawesi montado en una moto; artesanos a pie de carretera trabajando la madera para unos ataúdes en forma de lágrima o los bustos de búfalo que adornarán las casas. Y aldeas y más aldeas –suelen ser muy pequeñas- que repiten machaconamente los mismos motivos arquitectónicos. Una buena fórmula constructiva y formal que de tan depurada y estilizada se puede repetir hasta el infinito sin cansar al personal. Y campos y bueyes pastando o embarrados hasta las cejas en los barrizales. Y tumbas cinceladas en gigantescas rocas al margen del camino como por casualidad.

Tana Toraja, sus paisajes, sus cementerios, sus aldeas y sus sagradas hecatombes. Tana Toraja, la sangre de decenas de búfalos brotando a borbotones y empapando la tierra de color escarlata, en un ambiente que huele a muerte en un aire enrarecido por las nubes de moscas negras plañideras.

Llegamos tarde al funeral de hoy y el espectáculo que nos recibe es más macabro si aún cabe, una hecatombe al más puro estilo homérico. Los cuerpos sin vida de una quincena de búfalos despellejados yacen sobre la hierba verde encharcada en sangre. Una treintena de ojos sin párpado mirando al vacío, estupefactos. De una quincena de gargantas abiertas a golpe de machete cuelgan las cornamentas de estos animales sagrados para los Toraja. En una esquina se disponen a tratar las pieles para curtirlas. En las tribunas dispuestas alrededor de la explanada central esperan los vecinos de la aldea y los familiares –llegados para la ocasión de toda Indonesia, y algunos hasta desde Francia-.

Llegamos tarde y andamos algo desubicados -nuestro guía nos ha dejado tirados- y al pasear sin la bendición de ningún local ya nos hemos comido alguna bronca y algunas malas miradas. Esto, a pesar de parecer una fiesta, no deja de ser un funeral. Al final es la carita de santo de Jerome –mi compañero de viaje de hoy, un chico australiano de 15 años que ha dejado a la familia en Batutumonga y que se parece Justin Bieber– la que nos abre las puertas. Conocemos por casualidad a una de las hijas de la difunta homenajeada y conectamos con la fiesta. Como siempre comida, carne y alcohol que sabe a rayos y centellas. Nos invitan a sentarnos con ellos y nos bombardean con la artillería de siempre –nombre, estado civil, país de origen, ocupación, etc…- Hemos comprado unos paquetes de tabaco que no sabemos a quién regalar. Jerome hace las delicias de la indonesias mientras yo aprovecho la bendición de mis nuevos padrinos para darme una vuelta más para contemplar aún estupefacto la orgía de sangre y carne fresca.

Resulta impactante presenciar un espectáculo tan crudo rodeado de un ambiente de fiesta, con nenes jugando y corriendo y la gente mayor charlando y bebiendo, mientras los ojos de los búfalos siguen sin pestañear, clavando su mirada en la nada, como pillados por sorpresa. Aquí no se andan con monsergas, la carne tiene rostro y no se esconde tras el anonimato de una chuleta envuelta en celofán. Lo que en occidente ocultamos aquí se muestra tal cual y no sorprende a nadie. Al grito del maestro de ceremonias cuadrillas de hombres salen de sus tribunas y de disponen a trocear las piezas. Vísceras desparramadas sobre el césped, vientres abiertos en canal, intestinos reventados rebosantes de excrementos. Estas bestias son tan enormes que son necesarios hasta 4 adultos para darles la vuelta. Muchos golpes sordos de machete para trocearlas. Y poco a poco la hecatombe a los espíritus se consuma. Las cornamentas vestirán la casa del clan, las carnes y las pieles se distribuirán entre los invitados o se venderán en el mercado, y para el difunto quedará esta orgía de carne, sangre y fasto. El espectáculo de la muerte, que como la vida misma, es crudo e implacable.

Todo lo opuesto que en occidente. Nada de susurros, nada de ceremonias rápidas ni funerales discretos. Todo a la luz del día con premeditación y alevosía. Toda una vida por y para la muerte, tan planeada que me pregunto si a los Toraja les puede llegar a pillar su fin por sorpresa. ¿De tanto mirar a la muerte a la cara quedan vacunados realmente contra el vértigo frente al vacío que significa dejar de existir? ¿Teniendo tan presente el fin de su existencia lloran menos que nosotros cuando les llega el momento? ¿Es la aceptación de la muerte el bálsamo contra ella? ¿O es una vida vivida plenamente lo que realmente nos permite mirarle a la cara en ese último suspiro? Me lo pregunto porque no sé. Porque todavía no me morí para contarlo y porque todavía ni tan siquiera me crucé con ella cara a cara. Porque nunca viví ese instante que precede al último suspiro y porque la muerte siempre la vi lejos y muy de pasada.

Me quedé sin saber lo que piensan los Toraja cuando mueren, y me quedé sin saber muchas otras cosas más de los Toraja, de los Batak, de Balineses, de los Ngada y de los otros muchos pueblos con los que me crucé durante mis casi 4 meses por Indonesia. Me faltó tiempo, siempre me falta tiempo, siempre me faltará tiempo en esta vida. Aposté fuerte por este país sin saber muy bien lo que me encontraría. Aposté por intuición y por olfato. Y gané, y mucho.

Indonesia, el gigante del sureste asiático de las más de 17.000 islas, el gigante musulmán que es musulmán y muchos credos más. Indonesia, tierra de jungla, fuego y volcanes, de playas del paraíso. Tierra de gente amable y risueña, de pueblos dispersos que vivieron aislados durante milenios y que ahora tienen que aprender a convivir. Tierra de makassar padang, de nasi goreng, de gado gado, de tempe y del picante más salvaje que nunca antes probé. Hará cuatro meses me di la Bienvenida y hoy desde Rantepao ya me despido de ti hasta la próxima, hasta Borneo, hasta las Molucas y hasta Papúa. Indonesia no tiene fin.

Me faltó tiempo, y puede que en el futuro también me falte, pero frente a los pesares de las cosas que no pudieron ser, de todo aquello que se nos quedó en el tintero, conjuro mis angustias con la certeza de saberme que lo que viví lo viví plenamente y con intensidad. Llámese Indonesia, llámese esta Vida de paso.

Marcha Atrás. Tentena, Indonesia

Hay que deshacer el enredo y Sulawesi de por sí ya es un buen embrollo. Una isla que vista desde el aire luce una silueta surrealista que me recuerda a algún habitante de las constelaciones que pintó Miró o a los monstruos bidimensionales que plasmará Picasso en sus lienzos a principios de los años 30. Extensa, informe y muy montañosa. La combinación de estos ingredientes hace que cruzarla sea todo un ejercicio de determinación, y en mi caso, por partida doble, pues lo mismo que fui, al final tuve que volver. David y Jesús ya habían aterrizado en Makassar mientras yo seguía esperando mi barco en Wotong, y mis 4 días de retraso los pagué con una visita fugaz a Tana Toraja antes de que nos embarcáramos en una jornada maratoniana para cubrir el trayecto de Rantepao a Ampana en una sola –y larguísima- jornada de viaje.

Ahora, tras el Edén, tras haber saboreado Cadáveres Exquistivos y tras haber buceado frente a murallas coralinas a más de 35 metros de profundidad en las costas de Una Una, ahora me toca dar marcha atrás. Volver a Wakai para tomar el barco que nos lleve de nuevo a Ampana. Volver a disfrutar una vez más del trayecto por mar mientras me despido de estas aguas turquesas avistando poblados de pescadores escondidos en los recodos más insospechados de este archipiélago.

Vas en el barco y como lo ves todo a lo lejos piensas “¡Ya estamos!”, pero que va. El trayecto se hace infinito y al final acabamos llegando a Ampana con el sol batiéndose ya en retirada. Quisiéramos seguir avanzado, al menos hasta Poso, para no tener que pasar otra aquí. Pero es desembarcar e ir a buscar un coche que nos dicen que nos podría llevar a Poso por un precio razonable y volvemos a la pesadilla de la Temporada Alta, vuelven las mentiras y los preciosos abusivos, vuelven las prácticas mafiosas.

Primero resulta que por hoy ya no hay más buses. Luego resulta que la carretera está cortada –pero más allá del cruce que nos llevaría a Tentena– y aún así eso quiere decir que no hay coches disponibles. Pero mira por donde tenéis suerte -sí claro- porque yo tengo un primo que os podría llevar -cobrando una millonada-. A mí todo me huele muy mal y mientras los otros esperan decido acercarme a la estación de bus para efectivamente comprobar que hay una minivan disponible que sale ya y que nos cobra el precio local. Con éstas llega Matt -el suizo de las Togian– que también andaba preguntando por el pueblo, y ya lo tenemos todo apalabrado cuando aparece el “primo salvador” del coche insultantemente caro y empieza a achuchar al conductor del bus para que no nos coja y pueda él sacarnos los ojos al precio que le dé la gana. Nos metemos por en medio diciéndole al busero que nos vamos ya y que le den morcillas para el macarra mafioso del pueblo.

¡Y allá vamos! Atrás queda Ampana y los sinvergüenzas de turno –con lo majos que son los Indonesios qué rabia da tener que tratar con esta chusma- y esta noche dormiremos en Poso. Somos 6 y el bus es todo para nosotros, para disfrutar del paisaje mientras contamos batallitas. Unas vistas espectaculares las de este tramo de costa mientras se pone el sol tras bosques de cocoteros y acantilados agrestes a la orilla del Golfo de Tomini. Cena rápida en uno de los muchos restaurantes de pescado locales que jalonan la costa y sobre las 10 ya estamos cada uno en su cama. Noche de paso y desbandada general de buena mañana. De 6 ya sólo quedamos 3 -yo y la pareja francófona de la Togian-  y montados cada uno en la parte trasera de una moto llegamos a la estación de buses para tomar el próximo dirección Tentena: 8 horas más de minivan por estas carreteras de montaña estrechas y de curvas sin fin.

Pasé un par de dos noches aquí, con el intento frustrado de sacarle todo el jugo a algo que parecía prometer. Y alquilé una moto y me acerqué a la cascada de Terjun Salopa, y me paré por el camino, y estuvo bien volver junto al lago y hacer un poco la mona junto a la orilla con los nenes. Pero Tentena queda a medio camino entre dos grandes destinos: por un lado las Togian, por otro la tierra de los Toraja. Así que teniendo en cuenta lo que dejaba atrás y lo que tenía por delante, Tentena fue una de esas paradas totalmente prescindibles.

Amanece de nuevo así que venga va, un último tramo de bus y esta noche finalmente duermo en Rantepao. Sólo que Sulawesi, sus carreteras y sus redes de transporte público tienen sus lógicas propias, y a escasos 50km de Rantepao me comunican que hoy el viaje termina en Palopo. Otra noche más de paso en tierra de nadie y mañana ya sí que sí. Mañana, finalmente regreso a Tana Toraja para enfilar mi paso por el que será mi último destino en Indonesia tras 3 meses y medio saltando de isla en isla.

Cadáver Exquisito. Pulau Togian, Indonesia

Yace en el fondo del mar, es enorme, es antiguo, es el exquisito cadáver de un avión americano de la Segunda Guerra Mundial, un Bombardero C-24. Es una ruina de los tiempos modernos, un animal de guerra convertido en una obra de arte. Los corales que brotan de sus alas y su cola parecen llamas petrificadas por el tiempo, congeladas por las aguas. Corales de color púrpura se alzan desafiantes, esculturas abstractas de delicados pliegues afilados. Otros son de color naranja. Los amarillos, en vez de brotar hacia la superficie desafían la lógica del sol y se desparraman hacía las profundidades cual intrincados racimos sin uvas. Exuberantes, de un amarillo extraño que resulta artificial bajo la luz azulada de sol filtrada tras veinte metros de aguas de un color turquesa que duele de sólo mirar.

El capricho del mar y del tiempo quieren que los últimos corales que descubra me recuerden a varias docenas de cornamentas de ciervo enmarañadas. Aquí abajo nada tiene sentido, aquí abajo se viene a soñar despierto.

Damos vueltas a su alrededor, giramos entorno al avión, en sentido contrario a las agujas del reloj. El coloso yace muerto en el fondo pero todavía queda vida en él. En el armazón de sus alas de aluminio, en sus motores desguazados de acero, en sus corales hay vida. Bancos de pececillos de colores moran en esta ciudad subterránea abarrotada en comparación con el estéril entorno inmediato. La circunvalación termina en la cabina del piloto cuyo asiento está ocupado por un espléndido pez escorpión. Recio, elegante, desafiante.

Es esa silla vacía la que me recuerda que esto no es una escultura, no es una obra de arte ni un animal abatido. Esto fue un avión de guerra que murió y que dio muerte. Y en ese asiento había un chico, un piloto, un joven que fue a encontrar su fin en las remotas Islas Togian, tan lejos de su casa y de su gente. No es sólo el asiento vacío, son las ametralladoras oxidadas de la cola y la cabina. También ellas llevaron muerte y desgarraron otros fuselajes e hicieron pedazos la carne humana de otros muchos inocentes. Ahora yacen en silencio, en el fondo del mar, cubiertas de algas apuntando a la siempre incierta inmensidad del océano.

Doy vueltas y más vueltas alrededor del este cadáver exquisito. Lo circunvalo, como si cumpliera un ritual cuya finalidad ignoro. Sé que si tuviera más aire estaría horas aquí abajo. Pero el aire del tanque se va acabando y es hora de volver a la superficie, al mundo real. Subimos lentamente, hacía la luz. Subimos lentamente dejando atrás el contorno desdibujado de la bestia. Subo lentamente emborrachado una vez más por el mundo onírico del que acabo de beber y emborrachado de irrealidad, de belleza y de pensar al mismo tiempo que todo esto viene del dolor y de la muerte. Y borracho sigo ascendiendo envuelto en bancos de burbujas que parecen medusas.

Un último vistazo y ya, como en un sueño, lo que fuera bello no es más que un recuerdo borroso en el fondo del mar y unas frases cojas que transcribo en este cuaderno de bitácora.

Turquesa es el Edén. Pulau Togian, Indonesia

Ana se sienta frente a mí junto a su madre. Ana lleva más de cinco meses viajando por el sureste asiático, y la madre –una encantadora señora lleidetana con los setenta cumplidos- la acompaña en su último tramo por Myanmar. Es mi primera noche en Yangon, hace una semana que marché de Barcelona y la escucho atentamente mientras me habla con devoción de unas islas remotas en Sulawesi que flotan en las aguas tranquilas del Golfo de Tomini, las Islas Togian.

Han pasado 10 meses desde aquella primera noche en Yangon y David insiste en que no pasa nada, que podemos venir sin ningún problema, lo ha preguntado y está invitado todo el que se quiera sumar. Al auspicio de un ocaso de fuegos púrpuras y morados –incluso más conmovedor de lo habitual en Kadidiri– embarcamos en una lancha que nos lleva a una fiesta. No sabemos exactamente qué se celebra pero tiene que ver algo con el fin del Ramadán –hace ya 5 días que me vienen contando que se celebra el fin del Ramadán, pero parece ser que este fin no tiene final-. Ya ha oscurecido cuando llegamos a Wakai; hay una gran mesa con comida, niños vestidos de gala –ignoro porqué las niñas no- y muchos invitados. La fiesta ya ha comenzado pero no acaba de ocurrir nada; la gente ocupa sus asientos, charla alegremente con el de al lado y sólo se levantan para volver a llenar sus platos. Cuando todos los manjares han sido devorados y se ha dado por finiquitado el baile con organillo Casio que sólo han secundado los pequeños, la gente se retira a sus casas no sin antes pasar a saludar y agradecer a la familia anfitriona: Terima Kasih. Una velada sencilla y agradable; comimos bien y lo más importante, nos hicieron sentir bienvenidos.

Es a la vuelta, bajo una luna creciente al amparo de las noches estrelladas de las Islas Togian, cuando al asomar la cabeza por la proa veo las olas en llamas. La quilla de la lancha rasga cual cuchillo afilado la materia negra del océano excitando al plancton y haciéndolo brillar a nuestro paso. Un mar negro, un horizonte negro quebrado por siluetas de islas todavía más negras, y un cielo negro perforado por un corte de Luna y un estampado de estrellas y galaxias que impresionan pero que no alumbran ¿Y que la luz más intensa mane precisamente de las aguas que dan cuerpo al abismo? ¿Qué lugar es éste?

“y puso al este del Jardín del Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía a todos lados, para guardar el camino del Árbol de la Vida” Génesis 3-24

No, no es el negro. Los mañanas y las tardes en las Togian son la vida, son la luz. Son los verdes de la jungla que brota a nuestras espaldas, los amarillos de los rayos de sol que lo inundan todo; los azules intensos de los cielos, los azules apagados de las estrellas de mar que pululan cerca de la orilla; los púrpuras, morados y naranjas de los atardeceres, los blancos nucleares de la nubes que cual catedrales desfilan livianas sobre el horizonte; los tonos mustios de los amaneceres que nunca vemos porque siempre estamos durmiendo, los grises que imaginamos en los lomos de los delfines que nadan lejos frente a la costa. Una miríada de colores moldean el alma del viajero al paso por las Togian, pero si los sabios del mundo se reunieran y de entre todos ellos tuvieran que elegir uno, el turquesa sería el color del Edén.

Un Edén etéreo color turquesa y alegría en el que dejarse perder a la deriva aferrados a tablones de madera, despojos del naufragio de recuerdos de vidas pasadas. Y no es decir por decir ni hablar por hablar, que los dos lugares sobres los que pivotó mi estancia atemporal en Kadidiri son y están hechos de estos tablones.

Una taula parada –una mesa puesta- alrededor de la cual desfilan, desfilo y desfilamos los protagonistas de esta función de verano. La pareja suiza, él y ella largos y estilizados y con dineros; ella con aires vikingos algo masculinos, él de corte persa, sofisticado, desenfadado y amanerado –podría ser modelo pero es de oficio carpintero-. La pareja francófona, ella –belga- estirada, distante y en muletas, él –francés- dicharachero, curioso y próximo, barbarroja de ojos azules, alguien de quien tomar notas y aprender porque sabe cómo tratar a la gente –lee American Gods, yo leo Gone with the wind-. El solitario viajero sesentero con coleta, muy ligero de equipaje: tan sólo una bolsa con sus cuatro pertenencias, afable, distante, de paso; carga con una historia que nunca llegará a desvelar. El gentil francés interesante que fuma y cruza las piernas como un francés, que justo empezó su año sabático, que muere y paga por bajar al abismo a diario, y que por nada del mundo –dice- se perderá el Primavera Sound. La francesa, Elody, de pasado por el Índico a lo hija de Jacques Cousteau, que habla también mandarín y español, que vive en Pekín y que bajo una aparente candidez esconde a una superviviente implacable que consciente de sus cartas sabe cómo sacarles el máximo partido. Los holandeses, él encantado con su corte de pelo moderno, su vida y su cara bonita –que lo es- pero que sin camiseta tiene un mal tipo fofo que luce con el orgullo de una divinidad griega; ella, una divinidad griega de curvas delirantes con la barbilla demasiado en alto para lo poco que tiene que contar. La pareja catalana, ella una mandona que de tanto refunfuñar por refunfuñar se le quedó grabado en la cara el hecho de que se soporta pero que no se gusta; me cae bien, tiene buen fondo. Él, un santo bendito con una cara de ángel, todo amabilidad y buenas intenciones y no por eso menos iluso; el contrapeso inevitable a tanta ceniza. ¿Y yo? Si supieran lo que yo dije de ellos no sé si quisiera saber lo que ellos tuvieran que decir de mí.

Todo esto ocurre alrededor de unos tablones de náufrago en la playa, de una mesa a la sombra mal claveteada en torno a la cual nos reunimos al desayuno, a la hora del ángelus para comer –aquí se come cuando mandan, no cuando uno quiere- y a la hora de la cena: la última, la más y la mejor. El momento en el que degustamos el pescado fresco que un par de horas antes vimos desfilar con el ceremonial de un paso de Semana Santa desde la barca en la orilla hasta la cocina. Somos los pobres de la isla, los que duermen en bungalows desvencijados de madera cuyo único lujo es tener una mosquitera, una bombilla y un enchufe –el candado lo pones tú-. Somos los pobres de la isla pero por lo que nos cuentan los demás somos, sin lugar a dudas, los que mejor comemos y, al parecer, los únicos que no se quedan con hambre.

Tablones a los que agarrarse cuando se flota a la deriva del Edén, habiendo perdido ya la cuenta de los días, pareciéndole todo lo pasado tan distante e incierto que teme haber probado sin saberlo el fruto prohibido de los Lotófagos para no querer volver nunca más a su patria. Los tablones del muelle proyectado contra el horizonte al que sin remedio volvíamos atardecer tras atardecer, noche tras noche. Allí, tumbados boca arriba contemplando la vía láctea y las estrellas fugaces del verano, solucionando los problemas del mundo de un plumazo incluso sin estar de acuerdo, riéndonos a carcajadas, callando mucho también, callando mucho también. Diseñando planes de ataque para una vida mejor, conspirando en secreto contra el destino inmediato y soñando con lo que todavía nos queda por hacer al son de la buena música de Jesús. Al amparo de la luna que sigue creciendo, envueltos en la cálida noche de los trópicos al susurro de un mar que si no fuera por las mareas pensaríamos que se trató de un lago. Con el dulce poso en los huesos de las espléndidas jornadas de siestas en la playa, de chapuzones desde el muelle y de buceo a pulmón entre corales.

Fue en el pantalán de Kadidiri donde se selló nuestro paso por las Togian. Recordando nuestras noches de crápula por Barcelona. Las Voll Damm’s de aquel lunes que nunca vino a cuento, o las otras 14 que cayeron una tarde tonta en el Schilling. Y la Roof, siempre La Roof. A pesar de las playas de arenas blancas, del dulzor de las aguas templadas y de las muchas Bintangs, y por encima incluso de los verdes, los púrpuras y los naranjas en los atardeceres, de color turquesa es el Edén. Y echados sobre los tablones del pantalán de Kadidiri saboreamos esos momentos de pequeñas verdades y de charlas ligeras que todavía hoy evocamos con la melancolía del que un día se supo en el Edén. Soñando en una noche de verano con lo que esperábamos llegar a ser. Y lo que soñamos lo dijimos en voz alta, y lo que soñamos también, lo callamos en voz baja, a la espera, puede, de la nuevas noches que estén por venir.

Se va David, se va Jesús, y les doy las gracias y les digo ¡Hasta pronto!

Un Árbol para las Almas. Tana Toraja, Indonesia

Muerte… Todo Tana Toraja parece girar en torno de la muerte. La muerte y los rituales que los Toraja crearon para conjurar la angustia de tener existir para luego desaparecer. Y no son sólo los Toraja, es la humanidad entera la que a lo largo de milenios ha intentado conjurar la incertidumbre que sigue a la vida, y es en gran parte sobre esa incertidumbre sobre lo que pivotan las más diversas religiones que alimentan o emponzoñan las almas del planeta entero, ahora y siempre.

De todas las muertes, las de un bebé o un recién nacido puede que sean las más devastadoras. La duda de lo que podría haber sido el peor de los tormentos. Ante el desgarro y el dolor de una presencia irreemplazable que no consigo imaginar, he descubierto en el corazón de las montañas del centro de Sulawesi la respuesta de los Toraja. Un conjuro poético que planta cara a la muerte para convertirla en nueva vida. Es en los Árboles de las Almas donde reposan los cuerpos y los espíritus de los murieran demasiado pronto, y es desde allí que vuelven a la vida.

Permanecerán sus espíritus dentro de los árboles y crecerán con ellos. Dentro de los grandes troncos morarán para siempre estas almas pequeñitas que de otro modo hubieran vagado eternamente por el limbo. Sus madres y sus padres siempre podrán volver al bosque a sentarse junto al árbol que ya es su bebé. Y ese bebé que pasó a formar parte del bosque dará fuerzas a la madre y al nuevo hermano que venga en su vientre. Y por este sortilegio su muerte no habrá sido en vano, ya que desde las entrañas del coloso verde velará por el futuro del hermanito que nunca conocerá.

Me pareció tan bello este conjuro que sin ser creyente he querido creer. Me ha parecido tan tierno y tan humano que por un momento he sentido ganas de quedarme a solas junto a este árbol. Me ha parecido que estando ya muerto el árbol seguía vivo y que el brote que nacía del tronco pelado era la confirmación de que las almas de estos pequeños siguen y seguirán al cuidado de las madres y los padres que dejaron atrás y de los hermanitos que estén por venir.

Me ha fascinado ver como “supuestos remotos pueblos primitivos” encontraron una forma tan bella y tan poética de conjurar el dolor más desgarrador. No he podido dejar de compararla con mi catolicismo que condena estas almas inocentes al limbo, fuera de toda redención. Es en lugares como éste en los que se comprende que son -las demasiadas veces ninguneadas- belleza y poesía las herramientas que en última instancia nos hacen humanos y nos ayudan a sobrevivir, por encima incluso de las ciencias y las técnicas.

Rutas. Bali & Nusa Tenggara, Indonesia

1. Recorrido:

1.1 Bali

Des del Aeropuerto hasta Padangbai / 8 días (Julio 2012)
Campo base en Ubud (1-2-3-4-5-6-7-8) / Lugares visitados recorriendo la isla en motocicleta: Ubud > Gunung Kawi > Danau Batur > Batukaru > Pura Bekasih

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1.2 Nusa Tenggara

Desde Padangbai (Bali) hasta Maumere (Flores) / 20 días (Agosto 2012)
LOMBOK / Lembar – Ferry desde Bali > Senggigi (1-2) > Gunung Rinjani (3-4-5-6) > Sembalun (7) > SUMBAWA / Poto Tano – Ferry desde Lombok > Bima (8) > FLORES / Labuanbajo (9-10) > Bajawa (11-12-13) > Moni – Mt Kelimutu (14-15) > Maumere – Wodong (16-17-18-19) > Ferry a Makassar – Sulawesi (20)

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2. Presupuesto & Gastos:

2.1. Bali

Des del Aeropuerto hasta Padangbai / 8 días (Julio 2012)
Billete de avión Kuala Lumpur – Bali90€  / Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur: 42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 150€ / Gasto medio diario: 18,75€


Cambio Julio 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 8000 a 14000 Rp
· Precio Cerveza: 28000Rp (botella 660cl)
· Precio Habitación: 81000Rp la noche + desayuno

2.2. Nusa Tenggara

Desde Padangbai (Bali) hasta Maumere (Flores) / 20 días (Agosto 2012)
Visado Turista para 60 días (1 día de gestión) desde Kuala Lumpur42,50€ / Gastos Totales durante el Viaje: 372€ / Gasto medio diario: 18,60€


* A tener en cuenta que los gastos de hospedaje habría que multiplicarlos por 1,75 teniendo en cuenta que durante 2 semanas compartí habitación con mis compañeros de viaje y se abarataron considerablemente los gastos, aún siendo temporada alta.

Cambio Agosto 2012 / 1 = 11700 Rupiahs
· Precio Plato de Comida: De 8000 a 15000 Rp
· Precio Cerveza: 30000Rp (botella 660cl)
· Precio Habitación: De 75000Rp de media la noche.

3. Escritos:

01. El Ritual. Bali, Indonesia.
02. El dorado siempre luce. Bali, Indonesia.
03. Guapa. Bali, Indonesia.
04. La Cima de la Montaña. Gunung Rinjani, Indonesia.
05. La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia. Sección Irreflexiones.
06. Temporada Alta. Labuanbajo, Indonesia.
07. El Cambiazo. Bajawa, Indonesia.
08. Postales. Bienvenida Indonesia. Bajawa. Sección Postales.
09. Camarote Bien Ventilado. Kelimutu & Wodong, Indonesia.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Camarote Bien Ventilado. Kelimutu & Wodong, Indonesia

Crucero por el Mar de Banda en hotel de mil estrellas. Camarote bien ventilado con vistas al mar, preferentemente a los bellos atardeceres sin tierra de por medio. Amplia cubierta de paseo. Partimos a la puesta de sol desde Maumere en la Isla de Flores, llegaremos a Makassar en la Isla de Sulawesi al alba. 2 noches en total todo por el módico precio de 13€ –dietas no incluidas- ¿Quién da más?

Se podrá dar más, pero menos… imposible.

Cuando llegué a los camarotes de la tercera clase y vi el panorama fue uno de esos momentos en los que me alegré de no estar viajando solo. Me había reencontrado con Andrea y Nadine, una pareja viajera suiza que conocí en Sumatra dos meses atrás. Llevábamos toda la espera en la terminal con la bromita del cómo sería la tercera clase y yo pensaba que tras mis dos noches en el ferry de Pulau Nias ya lo tenía todo visto y sufrido, pero me equivocaba. El billete nos había salido barato pero no nos íbamos a ir de rositas.

En cuanto el barco atracó en el muelle tomamos rápido posiciones para saltar disparados al abordaje con el pasaje entre los dientes. El plan era que dos iríamos a por tres buenos huecos donde pasar las siguientes 36 horas y el tercero esperaría con las mochilas. Después dar vueltas por el barco como tontainas a la búsqueda del “buen sitio” nos acabamos reencontrando en el menos malo de todos los horribles sitios. Yo me lo miré con mucha filosofía y relatividad. Pensé, “con este calor asfixiante puedo”. Me dije, “con esta peste a rancio creo que también podré” ¿Y la humedad? “Bueno, como aquel que dice llevo casi 11 meses sudando en los trópicos…” ¡Pero ay!… ¡Ay que con esto otro sí que no podré!…

No exagero si digo que todo a nuestro alrededor vibraba. Como un zumbido sordo que se percibe con los ojos. Como un carraspeo mudo que te envuelve y te oprime. Todos los colchones, todas las paredes y los suelos estaban infestados de pequeñas cucarachas que corrían histéricas de un lado a otro. No sólo corrían, también luchaban ferozmente entre ellas –no había visto yo nunca a insectos de una misma especie darse de tortas con esa saña-. Y no sólo luchaban ferozmente entre ellas, también luchaban con las hordas de hormigas –las menos- que campaban a sus anchas por todas las superficies visibles e invisibles.

Me lo miré, nos lo miramos, nos miramos los unos a los otros y tras algunos “Ok, let’s do it  -Está bien, hagámoslo-” que no se creía nadie, Andrea propuso dormir a fuera en cubierta, a pelo y con lo que viniera. Cualquier cosa sería mejor que pasar la noche en vela atormentados por estas cucarachas pandilleras correteándonos por el cuerpo y anidando en nuestras mochilas.

La noche sigue al día, la tormenta a la calma, y el crucero por los mares de Indonesia era la consecuencia inevitable a los dulces días previos. Dejando atrás Bajawa recorrimos la segunda mitad de la Isla de Flores camino de Maumere con una parada técnica en Moni para contemplar el amanecer en la cima del Gunung Kelimutu, una de esas visitas de llegar, ver y partir. Uno de esos lugares que de haber estado en Grecia habría tenido sin lugar a dudas repercusiones en la cosmogonía occidental. Un volcán que en realidad son tres. Tres cráteres, que son tres lagos y cada lago de un color.

Tres calderos que bien podrían ser las cocinas del infierno si no fuera porque esta madrugada aparece nublada y envuelta en espesa niebla. Para ir y ver, para pasar menos frío que la docena de locales que esperan tiritando envueltos en sus ikats para vendernos unas galletas o un té caliente a la treintena de turistas que ha congregado el amanecer de hoy. El alba de un nuevo día que aún siendo gris nos ofrece algún momento de nubes rosadas y rayos fugaces que se cuelan entre jirones rotos. Al fondo los lagos y el paisaje pelado que arropa los cráteres. El vértigo de asomarse al vacío y sentir ese escalofrío recorriéndote el espinazo. Tres lagos que en realidad son tres puertas al mundo del más allá, pues creen los habitantes de Flores que cuando uno muere su alma asciende al Kelimutu para sumergirse en uno de los tres cráteres, dependiendo de su condición en vida: Tiwu Ata Mbupu -el lago de los Mayores-, Tiwu Nuwa Muri Koo Fai -el lago de los Jóvenes y Solteros- y el Tiwu Ata Polo -el lago encantado-.

Llovió toda la noche de ayer y ya de buena mañana  retoma la llovizna. No tenemos prisa ni nada que hacer durante el resto de la jornada así que nos sentamos y pedimos unos tés con galletitas en uno de los puestos frente al aparcamiento. Y nos enzarzamos en una charla sin más que seguirá todo el camino de bajada andando hasta Moni. Uno de esos paseos de mañana que sin saber porque recuerdo con el cariño de las muchas cosas importantes que hablamos -de las cuales ya no recuerdo ninguna- , una charla vital cualquiera como las que solíamos tener en Barcelona y que anticipan lo que está por venir. Es en Maumere –nuestra próxima parada- donde nuestros caminos se separan de nuevo. Eva y Guillem siguen hacia el este a la búsqueda de rincones remotos y avistamientos de ballenas. Yo me quedaré en esta ciudad de provincias con poco que contar a la espera de que zarpe mi barco para Sulawesi donde están a punto de aterrizar David y Jesús. Y llega el momento de la despedida, siempre extraño, siempre a paso cambiado. Casi tan extraño como encontrarse con buenos amigos en la otra punta del mundo resulta ahora extraño despedirse. ¿Hasta cuándo?¿Hasta dónde? Ellos se van temprano en la mañana justo después del almuerzo y aquí me quedo yo en mi melancolía, de nuevo a solas conmigo mismo en este hotel sencillo de agradable aire setentero. Quedan tres días hasta que zarpe el barco ¿Qué hago?

Se llama Wodong, y si el Kelimutu es uno de esos lugares fotogénicos para llegar, ver y partir, Wodong es justamente todo lo contrario. Un bungalow bien sencillo y elegante a escasos cinco metros de una playa de arenas negras que casi desaparece con la marea alta. Un rinconcito con una buena cocina local, una mejor gente y un ambiente ideal para relajarse, ver pelis y trabajar en el blog. Otro rinconcito de mundo en el que estando sólo dos noches me sentí como en casa. Por lo bonito de sus atardeceres y por la gente bonita que conocí allí. Todos andábamos de paso pero sin prisa, con cosas buenas que contar y con muchos buenos ratos que compartir. Era la calma que precedía a la tormenta, al barco, al crucero en el hotel de mil estrellas.

Y si soy honesto, a pesar de la primera impresión y de las dos noches de frío que pasamos en cubierta, la verdad es que acabé disfrutando del viaje. A pesar de las cinco llamadas diarias a la oración –todos los ferrys de Indonesia van equipados con la mezquita portátil correspondiente-, la peste a pintura del señor que le dio por repasar precisamente nuestra sección de cubierta, y las decenas de indonesios curiosos que se nos acercaban para acabar haciéndonos siempre las mismas preguntas. De los baños ni hablaré y fotos tampoco habrán. Las condiciones son penosas porque el pasaje es barato, y el pasaje es barato porque la mayoría no puede permitirse uno más caro. Yo por mi parte estuve la mar de a gusto, Andrea y Nadine fueron –y son- encantadores. Me marqué unas pelis pegado a un enchufe en el suelo de uno de los pasillos, y hasta el arroz cocido que había comprado dos días antes en Maumere me supo rico. Ni que hablar del atardecer en cubierta, y que os voy a contar de mi amanecer frente a las costas de Sulawesi. Si de noche todos los gatos son pardos, al amanecer todas las ciudades parecen bellas y Makassar no fue una excepción.

Adiós Flores, adéu Eva, adéu Guillem. Hola Sulawesi, hola David, hola Jesús.

El Cambiazo. Bajawa, Indonesia

Hoy la fiesta en Bema empezó bien temprano. Se inaugura una nueva casa en esta aldea de los ngada y, aún siendo todos muy católicos, el culto a los espíritus y a los antepasados sigue muy vivo. Es en ocasiones como la de hoy en las que honrarlos debidamente se convierte en algo indispensable para mantener el buen orden de las cosas. Ya temprano en la mañana se sacrificaban búfalos y cerdos a golpe de machete, y a machetazos se descuartizan en el centro de la aldea hasta hacerlos picadillo. Rituales, baile de machetes, ofrendas y oraciones, sangre escarlata salpicando la tierra seca y fuego en los tres calderos humeantes. ¿Y nosotros? ¿Dónde andan Eva, Guillem y Franc que se lo están perdiendo?

¿Qué dónde andamos? Pues al principio pensábamos que estábamos de camino pero pasada la primera hora nos dimos cuenta que andábamos atrapados en una espera infinita dentro de un bus-camión al ritmo del Waka-Waka de Shakira dando vueltas por los alrededores de Bajawa para acabar volviendo irremediablemente al mismo callejón junto al mercado. Nuestra alegría tempranera por haber encontrado fácilmente bus hacia Bema se va apagando minuto a minuto al vernos atrapados en este bucle de locos sin pies ni cabeza. El Día de Marmota de Bill Murray queda en nada en comparación con las 3 horas que me tiré en este viaje a ninguna parte. Una prueba de titanes en la que puse a prueba toda mi paciencia para mantener la calma cada vez que irremediablemente acabábamos llegando de nuevo al callejón.

No sé si fueron 10 o 15, pero si dijera que fueron hasta 20 vueltas las que dimos puede que no estuviera exagerando. Guillem perdió la paciencia al cabo de hora y media, y yo, por hacerme el machote curtido en esperas absurdas aguanté el suplicio hora y media más. ¿Qué porqué? Pues porque cada vez que arrancábamos de nuevo el conductor de me aseguraba que sí, que ahora sí que nos íbamos de verdad. ¿Qué porque aguanté? Por puro morbo. Ya fascinado por la capacidad de absurdo de este Mr. Driver me preguntaba hasta dónde sería capaz de llegar. Y llegó, vaya que si llegó, pero no lejos en espacio que siempre acabábamos en el mismo sitio. Lejos en el tiempo y en el consumo más tonto de gasolina que jamás se haya visto. Ni todos los Waka-Waka, ni todas las sonrisas ante mi mirada desencajada hicieron mella en el ánimo de estos chavales que tenían claro que vaciarían el depósito las veces que hiciera falta, pero que ellos a Bema no iban hasta que el bus-camión no estuviera a reventar.

Y finalmente llegamos, y me descolgué como pude por el lateral poniendo el pie en la rueda del camión ante la mirada de medio pueblo a la espera que el patoso del bulé -extranjero en jerga local- rodara por los suelos –poco faltó-. Bema ¡Hola Bema! ¡Al fin Bema! Y vaya sol de justicia que cae sobre el pueblo a esta hora del ángelus. Dos hileras de casas dispuestas a lado y lado de una calle central rota en varios niveles, salpicada de tumbas, graneros y monumentos megalíticos. Un pueblo que me recordó a las aldeas de Pulau Nias. Parecidas pero distintas.

Salvo los tres calderos de bruja piruja en los que llevan horas cociendo pedazos de cerdo y búfalo, y los pocos hombres que siguen picando carne bajo un toldo, todos los demás han corrido a la sombra de sus porches. Yo no me veo dando vueltas bajo esta solana y me llego hasta el mirador al final del pueblo, para echarme una siesta a la sombra de unos árboles y para ver el mar que asoma a lo lejos enmarcado en colinas verdes de jungla espesa. Todo ello bajo la imponente mirada del volcán Wawo Muda que preside la aldea.

Ronroneo, me desperezo y me doy un paseo, pero nada, ni un alma en la calle. Algunas mujeres tejiendo los tradicionales ikats -telas que visten a modo de faldas-, otros hombres de parlamento en los porches vistiendo sus ropas tradicionales y luciendo sus machetes a la espalda, y los nenes jugando por los patios traseros de las casas mientras los mayores siguen reunidos en familia bajo los porches dándose un atracón.

Habrán pasado un par de horas desde que llegué cuando el sistema de audio -siempre desmesurados y espectaculares en estas latitudes- anuncia algo. Tras un ritual de escalada suicida en el tejado de la casa a inaugurar en cuestión, se da el pistoletazo de salida y todas las gentes salen de sus casas para tomar asiento sobre unos troncos de bambú que resultaron ser banquitos. Al final de la intensa jornada matando carne, cortando carne, cocinando carne e hirviendo gigantescas cantidades de arroz, toda la aldea se reúne para celebrar la generosidad de los anfitriones. Grandes, pequeños, hermanos, primos y turistas de paso. Todos carretean una cesta tejida con hojas de palma para recibir la carne y yo, algo desbordado por la súbita procesión y por el implacable azote de este sol que no afloja me enzarzo en una conversación con Eric, que me endiña una cestita y me invita a sentarme en cuclillas junto a él y sus hermanos. Una cestita que me llenarán de arroz y de suculentos pedazos de carne de búfalo. Mientras Eric me invita a cenar a su casa tras el reparto intento recordar cuándo fue la última vez que comí un buen trozo de carne fresca y me relamo los labios pensando en lo que viene. Uno, el otro y el de más allá y al fin me toca a mí. Dos paladas de arroz blanco y un buen manojo de suculenta carne grasienta. Dicho y hecho.

Ya tenemos el botín y Eric moviliza a la tropa dirección al porche de la casa familiar. En un momento veo a Eva y Guillem, con sus respectivos cestitos caminando sonrientes hacía sus respectivos porches –que no quede ni un bulé sin su parte-. Eric me cuenta que lleva una moto en Bajawa, que sus hijos tendrán que estudiar sí o sí. Que él es católico y que claro, yo como me llamó Franc, pues soy Franciscus, como el santo amigo de los animalitos. Se ríe a carcajadas mientras charla con la familia pero cuando se dirige a mi adopta un perfil de lo más formal. Las mujeres de la familia han pasado recogiendo nuestros cestos –para acabar de cocer bien la carne, me comenta Eric- y mientras andan trajinando dentro de la casa los hombres esperamos en el porche tomando Arak –un espeso menjunje alcohólico casero de jugo de palma, ajo, cebolla y jengibre… ligerito…- y charlando de “cosas de hombres”.

Se acerca la traca final, nos rugen las tripas y las mujeres empiezan a desfilar hacia el porche con los cuencos llenos a rebosar de comida. Yo estoy encantado de haberme conocido, más que entusiasmo por cómo ha ido la jornada, por la compañía de Eric y de su familia, y claro está por el exultante efecto del Arak. Borracho de una gratitud infinita alzo mi plato con las dos manos, mientras sonrío a los cuatro vientos y repito religiosamente y sin parar el Terima Kasih -muchas gracias- mirando a los ojos de todos y cada uno de mis anfitriones, para acabar mirando a mi plato de vuelta y darme cuenta de el cambiazo.

En estos lares lo de la carne es cosa seria y siempre escasa, y supongo que será por eso que los suculentos pedazos de carne fresca cocida en su grasa se me han convertido en unos tristes trozos de intestinos –pura goma imposible de mascar que me produce alguna arcada- que salpican el abundante arroz blanco simple así sin más. Levanto de nuevo la vista y sonrío ante las miradas expectantes: Terima kasih, terima kasih, terima kasih y el plato acaba quedando limpio y reluciente, pues no podía ser de otro modo.

Temporada Alta. Labuanbajo, Indonesia

El Arte de Viajar se me antoja muy similar al Arte de Parrandear.

La compañía es uno de los dos grandes factores. La primera y la más básica la de uno mismo, ya que con mal cuerpo no llegaremos muy lejos y con una depresión a cuestas espantaremos a todo el personal. La paz de espíritu de cada uno es indispensable, pero los compañeros de viaje en las noches de crápula son definitorios. Salir de fiesta es como bailar y somos lo que nuestra pareja de baile nos permita llegar a ser así que habrá que escoger bien. La conexión entre ambas partes hará que cuaje la magia en los antros más sórdidos y en las situaciones más mediocres. Da igual donde estemos si estamos con quien debemos.

El segundo gran factor en el Arte de la Parranda es el tempo. El que controla el tempo y sabe moverse al compás siempre sabe cuándo es el momento de llegar, cuándo ha llegado la hora de partir, y sobre todo cuándo es el momento de dar esa última estocada para que la juerga termine de forma limpia y no se echen a perder los logros previos. Controlar el tempo es saber dejarse llevar por el ritmo del momento, anticipándose a los nuevos vientos que siempre están por venir, intuyéndolos en el estado de ánimo propio y ajeno.

Finalmente llegamos a Flores y andaba más que bien servido de buena compañía con la visita de Eva y Guillem, pero me falló el tempo. Habiendo viajado durante más de 9 meses a mi ritmo, capeando lo imprevisible, se me pasó por alto lo evidente: Llegó el agosto y con él, la Temporada Alta.

Tras cruzar la cara este de Lombok por el Valle de Sembalun, montados en la parte trasera de una camioneta disfrutando del verde de la jungla y los campos de arroz, desembarcamos en la vecina Isla de Sumbawa. Otro mundo, un salto hacia otras latitudes, unos paisajes sorprendentemente secos en comparación con el resto de Indonesia. Una nueva costa que nos supo a Mediterráneo: por las rocas contra el mar, por el color de la tierra y por la vegetación rala y espinosa. Cruzamos Sumbawa al trote, amontonados los tres al fondo de un autobús lleno hasta los topes, viendo desfilar la isla por la ventana y con el martilleante pío-pío de varias docenas de pollitos que agonizaban en una caja de cartón tras nuestras cabezas, al fondo del fondo del autobús. Infinita jornada de viaje, noche al paso en Bima y al día siguiente 8 horas más de ferry desde Sape hasta Labuanbajo: Por fin Flores.

Mi última isla en la provincia de Nusa Tenggara antes de embarcarme hacia Sulawesi. Flores, un plato fuerte por definición espoleado por el exotismo de su aislamiento. Un plato suculento a compartir entre demasiados durante la dichosa Temporada Alta –uno se ha malacostumbrado a tenerlo siempre todo para él-.

Quería hacer submarinismo en las aguas de Komodo y bailar con gigantescas mantas raya y tiburones. Quise ver con mis propios ojos dragones vivos, y quería querer muchas cosas pero me faltó planificar. Acostumbrado a ir sobre la marcha y a mis anchas no anticipé que en temporada alta la gente viene con el tiempo justo y con todo reservado desde hace semanas e incluso meses. Son los felices como yo los que se quedan sin poder subir al barco, a la merced de averías de última hora sin margen de maniobra y de profesionales muy poco profesionales que le dejan en tierra sin poder ver ni dragones, ni mantas raya, no más que el rostro frustrado de uno mismo reflejado en el espejo.

Salvó lo amargo de mi paso por Labuanbajo un paseo al atardecer. Viendo como cargaban los búfalos en el ferry, paseándome por el mercado de pescado local y haciendo la mona con los nenes de turno que jugaban al fútbol con camisetas de Real Madrid o hacían el tonto por los callejones multicolores entre el nuevo paseo marítimo en construcción y la carretera. Me salvaron la tarde la dos Bintang que me tomé al atardecer en aquella terracita mientras pensaba cómo contaría las noches de Bangkok.

Amaneció al tercer día, se torció todo sin remedio. Trastoqué todos mis planes y en nada ya había empaquetado y estaba montado en bus que tardaría horas en arrancar, que recogería casualmente a Eva y Guillem por el camino tras su noche de novios en una islita, y que al cabo de otra jornada maratoniana por la infinitas curvas del interior de Flores para acabar llegando a Bajawa en el corazón de la isla.

Vamos al trote, a contra-reloj. Una carrera hacia adelante, a sabiendas de que siendo temporada alta no sólo está todo lleno, sino que a más a más la amabilidad de los locales se ve enturbiada en demasiadas ocasiones por el afán de inflar los precios por eso del “a ver si cuela”, con malas maneras en ocasiones. Resulta odioso y frustrante, y en éstas, si quiero seguir perfeccionando mis formas en Arte del Viajar, tendré también que aprender a moverme en estos tiempos y a estos ritmos: tragándome mis orgullos, renunciando a la improvisación continua y poniéndole mejor cara al mal tiempo.

La Metáfora del Porteador. Gunung Rinjani, Indonesia

“…el sonido de la gravilla que se escurre entre mis pies, mis resoplos a cada resbalón. Tres pasos al frente y uno atrás…”

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

“…el silbido del viento inmisericorde que me hiela el espinazo a cada bandazo. Empapado de sudor a pesar del frío: si me detengo me hielo, si avanzo me empapo más. Me chasquean los dientes, me tirita todo el cuerpo…”

Es la Metáfora del Porteador: la mitad del mundo carga a cuestas con la otra mitad. Pudimos llegar a la cima porque otros cargaban mucho por muy poco. Con ese mucho con el que nosotros no pudimos y con el que ellos no tuvieron más remedio que lidiar para ganarse un jornal. En mi épica batallita por la Cumbre del Rinjani olvidé comentar una cosa: llegué a la cima por mi propio pie, sudando mi propio sudor y conjurando a mis propios demonios. Pero si lo conseguí fue porque los Porteadores llevaron mi carga –y la suya- a sus espaldas, no yo.

No es que me repita una y otra vez sobre los mismos temas. Lo que pasa es que los temas vuelven una y otra vez a mí. Cruzando el mundo uno se cruza con ellos. En Hoi An eran los Cuerpos Menudos, en el Kawah Ijen fue La Carga y hoy en el Gunung Rinjani son los Porteadores. No es una opinión, es un hecho: la mitad del mundo carga a cuestas a la otra mitad ¿Una tragedia? Sin lugar a dudas, pero es que no es exactamente así.

En realidad son hasta 3 las personas del tercer mundo que llevan a cuestas a cada uno de los que habitamos en el primer mundo. Y si fuéramos más precisos, es muy probable que llegáramos a la conclusión que la buena vida de cada uno de nosotros le cuesta una vida precaria a 4, 5 o hasta 6 personas de este planeta. Y va en aumento ya que en primeros mundos como España cada día más gente se acerca a la pobreza mientras unos pocos avariciosos insaciables sin escrúpulos concentran más y más dinero para futuras vidas que nunca vivirán.

“…la ascensión hacia la cima del Gunung Rinjani es lenta, penosa…”

Lo fue para mí que iba bien vestido y bien calzado. No me imagino cómo debió ser para los porteadores que hacían el mismo camino calzando sandalias de plástico baratas y calcetines. No me imagino cómo le sentó el frío de la cima del Rinjani -3726m sobre el nivel de mar- vistiendo sus escasas ropas de abrigo. Y hacer todo esto después de estar dos días carreteando nuestras tiendas, nuestra comida y nuestra agua.

Son todos chavales jóvenes y alegres que al final te acaban confesando que están hasta las narices de subir al Rinjani por undécima vez. Tres jornadas trabajando como una mula por unos ocho euros al día, puede que nueve. Porque toda la batallita épica de mi ascensión al volcán no hubiera sido posible sin ellos. Porque nuestra comodidad tiene un precio, que es barato porque la diferencia la pagan ellos con una vida precaria, no nosotros a pesar de haber abonado el importe en efectivo.

Lo mismo que pasa a pequeña escala ocurre a gran escala. Vivimos con mucho de más porque otros se ven obligados a vivir con mucho de menos. Curiosamente en España estamos empezando a comprender que no es que no haya para todos –que lo hay-, es que unos pocos se lo han metido en el bolsillo y mierda para los demás. Así de crudo y pelado aunque muchos quieran pintarlo más complejo.

Subiendo a la cima del Rinjani también había castas más allá de la de turistas y porteadores. Entre los privilegiados turistas que recorremos medio mundo para ver un amanecer sobre las nubes hay turistas y Turistas –nótese la mayúscula-. Los hay con sus trekking VIP que cargan – si todavía cabe- con más de lo estrictamente innecesario: sillas plegables para sentarse -una piedra en el monte no basta-, refrescos variados según la ocasión, ¿¡Fuegos artificiales!? -¿¡Quién cojones necesita que le carguen fuegos artificiales cuando va subir volcanes en Indonesia!?- y mil bobadas más… Pero sobretodo, sobretodo, sobretodo que no falte el baño privado portátil. Porque, créanlo o no, hay gente que aún estando en el monte no pueden ir a mear junto a un árbol sin más. Son tan especiales que les tienen que cavar un hoyo en el suelo y montar un chiringuito exclusivo…

Suena a chiste pero en realidad es una broma de mal gusto. Si el mundo fuera un lugar más equilibrado estos jóvenes estarían trabajando en sus pueblos junto a sus familias por unos sueldos más decentes que lo que cobran haciendo lo que hacen. Y en ese mundo más equilibrado, cada turista tendría que cargar con sus caprichos y sus privilegios, para tomar consciencia real de lo que vale un peine, o para llegar a la conclusión al final de la primera cuesta de que realmente tanta fanfarria era sencillamente innecesaria. Que con mucho menos también se vive y se disfruta.

Es la Metáfora del Porteador, la metáfora de nuestro de mundo y un revulsivo que te ayuda a comprender y a separar lo superfluo de lo necesario cuando sales al monte y, espero y deseo, cuando vuelva a mi vida de ropas bonitas, copas a 10 euros y sueldos seguros a final de mes.