Rutas. Camboya

1. Recorrido:

Desde Laos (Dong Kralor) hasta Vietnam (Prek Chak) / 31 días (Enero 2012)
Stung Treng (1) > Ban Lung (2-3-4-5) > Kratie (6-7) – Sen Monorom (8-9-10-11) > Siem Reap / Angkor (12-13-14-15-16-17-18) > Battambang (19-20) > Kompong Chnnang (21-22) > Phnom Penh (23-24-25-26-27) > Kampot / Kep (28-29-30-31)

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2. Presupuesto & Gastos:

Desde Laos (Dong Kralor) hasta Vietnam (Prek Chak) / 31 días (Enero 2012)
Visado de 30 días al llegar al cruzar la frontera (2$ salida de Laos + 26$ entrada Camboya) / Gastos Totales durante el Viaje: 560€ / Gasto medio diario: 18€

 Cambio Enero 2012 / 1$ = 4000 Riels
· Precio Plato de Comida: De 4000 a 6000 Riels
· Precio Cerveza: 1$ (lata 330cl)
· Precio Habitación: De 4$ a 7$

3. Escritos:

01. Puertas traseras. Ban Lung, Camboya.
02. Luz de luciérnagas. Trekking Ratanakiri, Camboya.
03. Los Ciegos & los Elefantes. Mondulkiri, Camboya. Sección Irreflexiones.
04. 10 seres maravilosos (1 de 2). Sen Monorom, Camboya.
05. 10 seres maravillosos (2 de 2). Sen Monorom, Camboya.
06. ¿Se atreven?. Mondulkiri, Camboya. Sección Irreflexiones.
07. Cuando las piedras tienen Alma. Angkor, Camboya.
08. Descubriendo el Imperio Khmer. Camboya. Sección Rutas.
09. Tonlé Sap, el corazón khmer. Camboya.
10. “Y me invitaron a subir”. Battambang, Camboya.
11. La parada bisagra. Kampong Chhnang, Camboya.
12. Phnom Penh en 5 tomas. Camboya.
13. S-21 / “La Escuela”. Phnom Penh, Camboya.
14. Memorial Choeung Ek / “El Campo”. Phnom Penh, Camboya.
15. Me despedí de Camboya con Luz. Kampot & Kep, Camboya.
16. Postales. La Mar Salà. Angkaul Beach. Sección Postales.

…y si lo que quieres es ver muchas fotos, date un paseo por:

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Me despedí de Camboya con Luz. Kampot & Kep, Camboya

“La luz es como el agua” se titula uno de mis cuentos favoritos de Gabriel García Márquez. Ese día, aquel rincón del mundo fue pura Luz. El cielo era como una cáscara de huevo que alguien pintó de azul por dentro. Una superficie lisa y homogénea con algún girón de nube y arriba del todo un orificio que derramaba luz y más luz. Fue una pura lluvia de luz que caía implacable y vertical a la hora del ángelus, una lluvia que lo llenaba todo y que rebotaba sobre el manto rugoso de las salinas para volver a caer una y otra vez.

El Sol ha dejado de ser el Sol para convertirse en el pozo por la que mana el preciado líquido. El paisaje es plano y, salvo alguna montaña contra el horizonte, está vacío, es Vacío. Los humanos han huido a sus madrigueras y los cobertizos de palmeras y cañas donde se almacenan los montones de sal son los únicos testimonios del paso de la civilización. Esto bien podrían ser las afueras de la Ciudad de los Inmortales de Borges, pero no es más que un rincón del mundo con el que tropecé por casualidad durante mi último día en Camboya.

Me despedí de este país con tres atardeceres en Kampot y una escapada a Kep que me llevó hasta la Playa de Angkaul. Me despedí de Camboya con esos tres días de descanso y trabajo que sistemáticamente terminaban sentado en una terraza frente al río al atardecer. Durante la mañana, la divina rutina de los quehaceres frente al ordenador intercalada con siestas y lecturas en la hamaca. Al caer la tarde, mientras el calor aflojaba y las tormentas daban paso de nuevo a la calma, me calzaba las sandalias y agarraba mi Kindle para regalarme una cena y unas cañas en el frente rivereño de la soñolienta Kampot, una más de las poblaciones de origen colonial que pueblan Laos y Camboya. Dejadas de la mano de diós, con una arquitectura que nunca quiso impresionar pero que conservó algo de ese buen vivir relajado a medio camino entre oriente y occidente. El río es el Kampot, pero bien podría ser el Mekong de Kratie, Stung Treng o Thakek.

Tiempo para no pensar, para hacer borrón y cuenta nueva cara a las semanas en Vietnam que están por llegar. Pero inevitablemente, tiempo para hacer repaso de este mes cruzando Camboya, un mes que la intensidad y la cantidad de las vivencias han convertido en mucho más que treinta días. Las experiencias, los momentos y las reflexiones se van asentando lentamente al tiempo que mi caña de cerveza angkor se evapora en este sol. Kampot, una más de esas ciudades que tiene trampa y de las que si no esperas nada puedes llegar a disfrutar en exceso. Después de 3 días estancado en un ir y venir del río al hostal y del hostal al río decidí alquilar una moto y acercarme hasta el Mar.

Kep era mi destino. Camboya también tiene mar y costa y mariscos y algún que otro centro turístico decrépito destino de hordas occidentales en busca de esa decadencia y desmesura que da cuerpo a sus vivencias por el sureste asiático. Por suerte Kep es el polo opuesto. Kep no es más que un trozo de costa con algunos restaurantes locales frente al mar y junto al mercado donde a diario descargan las barcas de pescadores. Kep es un trozo de costa con palmerales bajo los que algunos hoteles y casas de huéspedes ofrecen la posibilidad de escapar de todo y no hacer nada. Kep es sólo un pedazo de costa, y ni es el más bonito ni el más impresionante de toda la zona, pero algo había en el ambiente y en esa relajada dejadez que me hizo arrepentirme de no haber pasado, al menos, una noche allí.

Las marisqueras, el mar y las barquitas eran la pared de fondo en la hilera de restaurantes, y en éstas pensé que para recuperar el tiempo perdido debería al menos homenajearme con un buen pescado a su lado. Pero entonces no sabía que la jornada y esta bendita tierra me tenían deparada una buena sorpresa para mi este último día en el país. Un último regalo inesperado como pago de mi devoción por Camboya.

Remonté mi moto de alquiler y repasé mi mapa, una fotocopia desgastada de un dibujo hecho a mano que pretendía representar la región. En un punto, al final allá casi en la esquina marcaba Angkaul Beach. Sin referencia alguna y con un recuerdo muy muy vago de lo que era una playa decidí llegarme hasta allí antes de dar media vuelta y regresar a Kampot. Me pasé de largo el cruce pero finalmente, guiado más por la intuición que por las indicaciones de los policías, entré en los dominios blancos de la Sal y de la Luz.

Luz y más luz en un paisaje que me parecía irreal. Alejado de todo y de todos. A solas y sobre mi scooter crucé ese mundo que ahora en mi recuerdo es seguramente más blanco y más ligero de lo que en realidad fue. Un paisaje de fin del mundo, pero de un fin sereno y luminoso, como en un sueño. Y al final de este sueño y de estas salinas el mar azul con su línea del horizonte rota por el rosario de islitas que emergen frente a las costas de Camboya. Y entre esos dos mundos abstractos, el del mar azul y el de las blancas salinas, una línea de costa que es morada de pescadores que faenan en estas aguas.

Aldeas de hojalata y hojas de palmeras plantadas directamente en la arena de la playa, de un modo tan precario que las dota de un encanto y una genuinidad que las dignifica a pesar de su sencillez. Un horizonte roto por islitas y barquitas, y pescadores que recogen redes hechas con hilo negro y caracolas de mar. Y en estos caminos a unos chavales se les estropea la bicicleta y acaban montándose en una moto, ellos, la bicicleta y el bueno del conductor que les vio apuros y les ha echado un cable. Y en estos caminos un par de señoras se comen un helado sentadas en un banco mientras ven pasar al intrépido viajero explorador. Y en estos caminos me cruzo con otro español, Paco de Alicante, que también se ha medio perdido sin saber sabiendo donde iba a parar. Charlamos un rato y a medio charlar me comenta que ya hemos llegado a Angkaul Beach, y esto es y no hay más, y a mí, la verdad, me basta y me sobra.

Va cayendo el día y en sus últimos coletazos la tarde me regala una charla con los pescadores que reparan las redes, un partido de voleibol junto al palmeral y el bautizo de un nuevo bote que se sumará a flota que surca estas aguas en busca de un porvenir. Va cayendo el día y es hora de volver.

Cuando llegue tendré que empaquetar mi mochila, una vez más. Y tendré que ir pensando en empaquetar también mi paso por Camboya, este montón de recuerdos que me llevo de este país tan grande a pesar de su reducido tamaño. De esta gente que son todo amables sonrisas a pesar de la dureza del pasado que no se fue y del presente que les toca vivir día a día. Me despido de Camboya pensado en aquella primera tarde frente al lago con mis nuevos amigos y sus generosas bromas y sus sentidas sonrisas, en la emoción que sentí al ser invitado a formar parte de algo, de ese algo que es la generosidad y la bondad camboyana. Me emociono ahora al comprobar que no fue casualidad, que Camboya es un país mágico porque mágica es su gente.

Memorial Choeung Ek / “El Campo”. Phnom Penh, Camboya

… viene del post anterior

 A apenas 17km de Phnom Penh se encuentra el Memorial Choeung Ek. Una vez más sabía a lo que venía y una vez más me quedé mudo. Hay poco que ver en este lugar y es precisamente ese poco lo que vuelve a fascinarme y a horrizarme.

En estos prados se encontraba el principal campo de exterminio y enterramiento de Camboya durante la dictadura de los Jemeres Rojos, uno de los miles que hay por todo el país. En una superficie relativamente pequeña se asesinaron durante 3 años, 8 meses y 20 días a más de 8.000 personas a sangre fría. Siempre de noche, siempre a traición. Siempre a garrotazos o con armas blancas para ahorrar munición. A veces incluso degollados con hojas de palmeras que cortan como cuchillas. Siempre envueltos por el estridente son de las marchas militares y los cantos revolucionarios a todo volumen para ahogar los chillidos de las víctimas. Aquí crecen árboles cuya única función fue recibir el impacto de los cráneos de los bebés.

El terreno aparece salpicado por decenas de cráteres, fosas comunes que con las lluvias, año tras año, no dejan de regurgitar huesos humanos y trozos de ropa. Hay poco para ver en este lugar porque lo importante es escuchar los testimonios que desfilan por la audioguía. Nunca fui muy amante de estos artilugios pero en este lugar es excepción. Deambular por el recinto atento a las palabras y a los testimonios mientras intento imaginarme este infierno en su máximo esplendor. Tan horroroso y tan rudimentario. ¿Qué fácil resulta atormentar y masacrar a otros? ¿Tan sencillo?

En el centro del recinto se levanta el monumento con los restos de más de 5000 cadáveres. La mayoría cráneos, cada cráneo una cabeza y cada cabeza un par de cuencas vacías cuyos ojos debieron llorar y suplicar por su vida. Cada cráneo una boca que gimió y gritó de dolor, de rabia, de impotencia, de miedo. Cada cráneo, una cabeza llena de sueños y de recuerdos, cada una capaz de amar y de querer y de vivir y de sentir. Todas ellas cortadas antes de tiempo, devoradas por el paso del tiempo, y aún así las cuencas vacías de los ojos mantienen la mirada fija sobre las hileras de turistas que desfilamos con nuestras cámaras. Sin mirarnos nos miran, y sin decir palabra no dejan de contarnos su historia.

En un estante hay una Virgen con el Niño. Sí, ésta es de las nuestras. Hay una estampita de la Virgen y el Niño a la que el tiempo le comió el color. Alguien la puso allí, alguien que desfiló ante las miradas vacías de estos cráneos y sintió la necesidad de darles lo que tenía. Camboya será budista, pero por suerte la compasión y el afecto entre humanos no entienden de religiones ni de fronteras. Más allá, frente a una fosa, la visión de unas pulseritas que alguien dejó colgadas de una valla humedecen mis ojos por un momento. Ese homenaje discreto al dolor ajeno sentido como propio. Ese abrazo sentido hacia unos seres que nunca conocimos ni conoceremos pero cuya tragedia sentimos como propia.

Se puede entender la Camboya de hoy sin las glorias de Angkor y el Imperio Khmer, pero resultaría imposible hacerlo sin tener mínimamente presentes las miserias y las desgracias que llevan asolando esta tierra durante los últimos 40 años. Unas miserias interpretadas por actores principales, los Jemeres Rojos, y por otros actores secundarios pero no menos importantes y responsables del descomunal desbarajuste, Estados Unidos, China, Tailandia, Vietnam y la Comunidad Internacional. Lo que ocurrió en Camboya durante esos 3 años, 8 meses y 20 días fue perpetrado por camboyanos a camboyanos. Camboyanos que guiados por el odio, la ignorancia pero sobretodo el miedo al dolor y a su muerte, llevaron a cabo de forma sistemática el exterminio de un cuarto de la población. El 25%. 1 de cada 4 habitantes de país, 1 de cada 4 miembros de una familia. Piensen en la suya y echen números y pónganles nombre para hacerse una idea.

Barra de hierro, machetes, cuchillo, el hambre extrema y las enfermedades derivadas fueron las herramientas de la matanza. Entre 2 y 3 millones de personas muertas a manos de sus compatriotas en busca del enemigo interno. Muertas a manos de compatriotas que temían morir sino mataban. Un Imperio del Miedo que se alimenta de la ignorancia, pero que nace del odio de unos pocos elegidos hacía el resto de la humanidad. Unos elegidos que en sus ansias de grandeza osaron hostigar al vecino Vietnam, reclamándole unas tierras que tiempos ha fueron Camboyanas. Es aquí cuando empieza el fin del horror. Vietnam contra ataca y en poco tiempo se hace con el control del país que ocupará militarmente durante los próximos 10 años. Corre el año 1979 y tras 4 años de terror y sinrazón Camboya está asolada y su población totalmente traumatizada.

Ha caído el Jemer Rojo pero la pesadilla y locura está lejos de acabar. Parte del nuevo gobierno tutelado por Vietnam está formado por renegados de los Jemeres Rojos, antiguos compañeros de Pol Pot convertidos en nuevas gentes de bien. El resto del régimen ha huido al oeste, a Tailandia, donde son reconocidos como Gobierno legítimo de Camboya por la Comunidad Internacional (léase EE.UU.). Durante años contarán con un asiento en las Naciones Unidas y recibirán el respaldo de Estados Unidos, China y Tailandia. Estados Unidos porque están contra el gobierno comunista de Vietnam contra el que ellos perdieron la guerra. China porque Vietnam es aliado de la URSS y por lo tanto su enemigo. Tailandia porque teme la influencia comunista de Vietnam y de paso le interesa tener una Camboya pobre y débil. La explotación de materias primas y la expoliación de los recursos del vecino siempre es más llevadera si éste es fácilmente corrompible.

Durante todos estos años Occidente respalda a los autores del genocidio Camboyano. Los respalda políticamente, económicamente y militarmente y es así como la guerra de baja intensidad sigue, como toda la zona oeste de Camboya acaba quedando sembrada de minas, hipotecando más si cabe el futuro de este país pobre que ahora depende para su sustento de unas tierras mortíferas. Durante este período de guerra de guerrillas más y más elementos del Jemer Rojo van cambiando de bando y se van integrando en las estructuras de poder de Camboya. Los asesinos de ayer son los legítimos gobernantes de hoy en esta democracia de partido único.

Y de hoy significa de HOY. Los libros de textos en las escuelas –la educación en Camboya es elemental o inexistente- no comentan nada del genocidio. Las nuevas generaciones saben lo que saben por el boca a boca de sus allegados. Es más, el país está plagado de monumentos que conmemoran la relación con el vecino Vietnam y la versión oficial conmemora cada año el día en el que los actuales líderes -y excolaboradores de Pol Pot- consiguieron convencer a los vietnamitas para derrocar al Jemer Rojo y devolver la libertad y el poder al pueblo Camboyano.

Los gobernantes de hoy son los asesinos de ayer. El sistema de partido único garantiza la pervivencia de una democracia de paripé corrupta hasta la médula que beneficia a unos pocos. La educación y la sanidad están abandonadas y corren por cuenta de las miles de ONGs que trabajan en el país. Los Jemeres Rojos fueron perdiendo apoyo a medida que pasaron los años y no fue hasta la muerte de Pol Pot en 1998 que se disolvieron definitivamente. Durante mi estancia están teniendo lugar los juicios. Casi 30 años después algunos cabecillas serán juzgados, pero la mayoría murieron o han sido absorbidos por las estructuras de poder actuales, algunos incluso amnistiados por el Rey. La gran mayoría, los ejecutores que por miedo o convicción torturaron y mataron a sus compatriotas, seguirán con sus vidas, pared con pared con las víctimas, como si el Genocidio Camboyano nunca hubiera ocurrido.

S-21 / “La Escuela”. Phnom Penh, Camboya

¿Cómo contar algo ya contado mil veces aún siendo incapaz de entender su significado real? Un significado que sólo puede comprenderse desde dentro, desde el dolor. Un dolor que, pudiendo ser buenamente compartido, escapa a toda concepción mental. El dolor extremo y gratuito que sólo los humanos son capaces de hacer a otros humanos. Un sufrimiento que es la proyección de un odio visceral hacia otros, hacia “el otro”. Un odio que es hijo del miedo, ¿pero miedo a qué?

El 17 de Abril de 1975 se declaró el Año 0 en Camboya. Ese día el ejército del Jemer Rojo, liderado por Pol Pot, tomó la ciudad de Phnom Penh y derrocó al dictador Lon Nol que durante los últimos 5 años había gobernado el país con la ayuda del amigo americano. El mismo amigo que le ayudó en su golpe de estado, el mismo que bombardeó impunemente amplias zonas fronterizas de Camboya, el mismo que llevaba años intentando machacar al país de vecino en la tan cinematográfica Guerra de Vietnam.

Durante años Pol Pot y su camarilla habían controlado zonas periféricas en el este del país en el que instauraron su visión particular del comunismo. Un comunismo maoísta volcado en la concepción de una sociedad totalmente agraria, una sociedad “ideal” previa a todo progreso, a toda burguesía e incluso previa al feudalismo. Una sociedad totalmente horizontal y libre de los venenos de la familia, la religión o la educación.

Ese mismo día, el 17 de Abril de 1975, se procedió al vaciado de las ciudades. En cuestión de horas todos los habitantes recibieron la orden, a punta de pistola, de abandonar sus hogares y sus pertinencias para desplazarse a las zonas rurales. Las familias fueron separadas, el dinero abolido y todos los militares, policías y funcionarios del antiguo régimen, junto sus familias, fueron aniquilados. El resto marchó durante días por los caminos de todo el país dirección a los campos de trabajo. Los niños, los ancianos, los enfermos y las embarazadas. Marcharon hasta donde pudieron y los que no dieron para más encontraron la muerte en el camino. Los arcenes aparecían salpicados de cadáveres y en las carreteras los camiones reventaban los cuerpos a su paso.

Al final del camino, a los supervivientes les aguardaba un infierno en la tierra en una de las mil versiones que es capaz de adoptar bajo el ingenio de los humanos. Un infierno en las llanuras de arrozales de Camboya, bajo el sol implacable del trópico, en jornadas de trabajos de doce, catorce o más horas. Sin apenas comida, sin apenas descanso, bajo la amenaza de muerte constante. Enfermedades y miedo como pan de cada día. Con las familias desmigajadas, borrando cualquier rastro de humanidad.

La “Gente del 17 de Abril”, los antiguos habitantes de las ciudades, habían sido los últimos camaradas en unirse a la revolución y por la tanto eran sospechosos por principio. Las milicias, campesinos reclutados y adoctrinados en las zonas más pobres y rurales del este de Camboya eran la base sobre la que se levantaba la estructura de poder. Una estructura de poder y mando que se sustentaba sobre el miedo y el odio. Un odio que manaba desde la cima y que se iba extendiendo y amplificando a medida que descendía hasta los niveles inferiores. ¿Y en la cima quién? En la cima el núcleo duro de la revolución. Los que se hacían llamar camaradas pero que bien se cuidaban de vivir en un mundo aparte donde no les faltó de nada ni a ellos ni a sus familias. Una camarilla de camboyanos formados y educados en París. Una camarilla de pseudo-intelectuales que lo primero que hicieron fue arrasar cualquier atisbo de insteligenstia. Los que hablaban idiomas, los que tenían estudios o los miopes con gafas fueron acusados, torturados y sentenciados a muerte bajo la etiqueta del “Enemigo Interno”, imaginarios espías de la CIA o el KGB. Mantener al pueblo ciego, mudo e ignorante. He aquí una de las principales prerrogativas de todo sistema totalitario. Pensar está mal visto. Pensar, razonar y preguntar el peligroso.

Yo ya sabía a lo que venía, lo había leído ya en muchas ocasiones y había visto reportajes en la televisión. Era el S-21, el mayor centro de tortura durante el Jemer Rojo. Un lugar en el que entraron cerca de 20.000 presos y de los que sólo sobrevivieron 7. Una antigua escuela de bien que fue reconvertida en centro de detención y terror durante los 3 años, 8 meses y 20 días que duró la pesadilla. Recorrer sus patios, sus pasillos y sus aulas deja sin palabras. Sin palabras. Yo sabía lo que venía a ver porque ya lo había visto, y me quedé mudo. Fascina y horroriza lo primario y lo básico de todo el complejo, de las herramientas de tortura, de las celas levantadas a toda prisa en hileras mal puestas de ladrillos. Fascina y horroriza descubrir, una vez más, cuan fácil es hacer sufrir a otro ser humano. Qué poco basta para atormentar a niños, mujeres, ancianos, bebés, todos ellos inocentes, y todos ellos culpables de haber nacido en el momento y el lugar equivocados. El S-21 es un infierno que choca y sorprende por su sobriedad. Nada de cavernas ardientes ni calderos envueltos en llamas eternas. Tan solo unas aulas vacías de paredes peladas y suelos a cuadros amarillos y blancos. Y en el centro somieres y más somieres, uno en cada aula. Todos iguales, todos distintos.

Somieres. Algo me ha atrapado y no puedo no fotografiarlos a todos. Sin saber porqué llega un punto en el que me parece un sacrilegio olvidarme alguno de ellos. Como si dejar de hacerlo fuera obviar lo que en ellos ocurrió. Retratos. Metros y más metros de los retratos de la víctimas. Sus caras y sus miradas me han atrapado también. Murieron hace años pero sus miradas siguen vivas, muy vivas.

Mudo y con el alma abatida dejé las aulas, cogí una moto y me fui a “El Campo”.

Continúa en el siguiente post…

Phnom Penh en 5 tomas. Camboya

Las ciudades no son, las ciudades se viven. Phnom Penh puede que no sea muchas cosas, pero por casualidades de la vida yo la viví tan intensamente y de tantas formas que ahora me parece que su tamaño en mis recuerdos es mayor que su tamaño en la realidad. Si tradujéramos mi paso por la ciudad al mundo del cine, el resultado sería una película donde 5 historias yuxtapuestas sin orden ni sentido contarían el mismo evento: 5 jornadas de paso por Phnom Penh.

Toma 5. Humo, luces y música. La noche de Phnom Penh ofrece fiesta, mucha fiesta. El pulso de las ciudades no sólo se mide por sus avenidas, sus monumentos o sus mercados. Diós sabrá cómo se llamaba el club donde bailamos, reímos y saltamos. Yo por supuesto no tengo ni idea ni del nombre ni de cómo hemos llegado. Me dejo llevar por Sebastian y sus amigos, y ya hace rato que todo me parece fantástico. Sebs es mi segundo anfitrión de CouchSurfing en Phnom Penh y tuve la suerte de ir a parar a buen lugar con buena gente. Mientras 3 espectaculares travestis bailan una coreografía perfecta al ritmo de J.Lo & Beyoncé me preguntó dónde quedan todos los callejones que recorrí. Dónde están las sonrisas y todas las miradas chispeantes que me crucé mientras deambulaba medio perdido. Dónde quedan todas las miserias y el dolor de esta ciudad y de este país. El Ritmo de la Noche manda y, como siempre pasa, perdemos a Sebs, pero su compañera de piso reconduce la noche y le encontramos en un bar de mala muerte con baños alicatados de pura poesía. Tuk Tuk hyper-repleto hasta la bandera y bocadillo callejero en la madrugada de una noche que sabe a esa alegría de vivir que sólo las veladas memorables de fiesta urbana pueden y saben dar.

Toma 4. Esta mañana ha amanecido lluviosa y en lo que se tarda en llegar en moto desde casa de Sebastian hasta un super-hotel de lujo, yo, Franc Pallarès López, he pasado de ser Arquitecto a convertirme en Merchandising Assitant. Hoy ando de gala con la única ropa formal que cargo en mi mochila: unos tejanos baratos que compré en Mae Sot y una camiseta azul celeste que arramblé en Chiang Mai. Sentadito en el hall de este lujoso hotel espero a que Lucía y sus compañeras me recojan. Los dioses quisieron que esta amiga del instituto estuviera trabajando en Phnom Penh los mismos días que yo andaba de paso. Era, de hecho, la primera persona de la vida pasada que se cruzaba en mi viaje, y cuando la noche anterior, entre broma y copichuela me propuso que las acompañara al día siguiente no me lo pensé dos veces. Han venido en representación de una importante marca de moda española y el plan del día es visitar dos fábricas en la periferia de la ciudad. Sé que les parecerá aburrido, pero a mí me resultó super interesante ver y saber dónde y cómo se hacen las ropas que a buen precio vestimos ustedes y un servidor. Espacios extraños, protegidos por sorprendentes medidas de seguridad, que albergan las naves donde se hacen los jerséis y las camisetas que nos harán lucir tipito en el día a día de nuestra vida, a miles de quilómetros de estas mujeres que trabajan bajo un cielo blanco de luces de neón. Ver como se hacen esas prendas que a nosotros nos parecen tan baratas. Y lo son, claro que lo son. Son baratas porque el precio no lo pagamos nosotros, lo pagan estas personas con unos sueldos de escándalo y con unos inexistentes derechos laborales. Los trabajadores son todos camboyanos, pero los interlocutores son todos chinos. Una muestra más de la realidad que de este país, a la merced de sus vecinos para prosperar o para sucumbir a los intereses foráneos en nombre de su desarrollo. Y todo tutelado por un gobierno corrupto a más no poder que nos lleva a la siguiente Toma.

Toma 3. Camino sobre un Mar de Arena y cuando miro al horizonte veo a lo lejos la borrosa silueta de la ciudad. Si giro la cabeza y miro atrás, tengo la sensación que el Mar de Arena avanza también en ese sentido y parece que algunas casas de la orilla están a punto de ser engullidas. Pero eso no sucederá. Este mar tiene límites que existen desde tiempos inmemoriales. Esto era antes un lago, el Boeung Bak, y en el margen de ese lago miles de familias humildes sobrevivían como sobreviven todos los pobres de este país: con la dignidad que da tener un trabajo para mantener a los suyos. Pero algún lince de los negocios y del desarrollo le echó un vistazo al plano de la ciudad y vio que junto a ministerios y hoteles de lujo, había un gran vacío sin aprovechar, el Lago. Y fue así como por cuatro chavos se concedió una licencia de uso de los terrenos, que fueron drenados y rellanados de arena. Sus humildes habitantes fueron echados a patadas, reubicados en la periferia de la ciudad, sus casas demolidas y el lago sepultado por la ambición y el desprecio de los que teniéndolo todo quieren más. Fue relativamente fácil: los afectados eran pobres, sin estudios y débiles por no tener voz ni voto. Otra victoria para la falta de escrúpulos y la miseria de almas que son incapaces de sentir el sufrimiento del otro como suyo. Esto es Camboya.

Toma 2. Dicta el guión que cuando se trate de atardeceres siempre siempre siempre, debe haber una playa de por medio, con su mar, sus nubes y su brisita. En Phnom Penh, el atardecer perfecto tiene lugar en el Estadio Olímpico. Éste es un templo a la gloria de arquitectos anónimos que supieron cómo infundir solemnidad al hormigón armado. Éste es el lugar donde los atardeceres en la ciudad alcanzan mayor glamour. Diviértanse mirando el partido de fútbol de la liga local, perdiéndose por el genial polideportivo al ritmo de los freestylers camboyanos. Bailen al son del Techno más duro con las abuelitas de la ciudad. Toquen el ukelele con niños de mofletes regordetes. Todo eso y mil historias más tienen lugar en los atardeceres urbanos más palpitantes y menos tópicos de todos los tiempos, en un Estadio Olímpico que nunca albergó olimpiada alguna.

Toma 1. Y mientras tanto ¿Dónde anda la ciudad de Phnom Penh? Esquinas como cantos rodados que no puedo parar de fotografiar. Mercados en los que me pierdo y pensado que ya lo había visto todo, descubro un laberinto de salones de belleza bajo techos de hojalata: peluquería, manicura, mascarillas, mechas, extensiones, masajes, peelings. ¡Qué bueno! ¡Qué mundo! ¿Y luego? Luego el caos y los hedores del mercador ruso. Un laberinto en tres niveles y el mar de parasoles verdes y amarillos que lo rodean y que me hacen pensar en un estanque urbano de gigantescos nenúfares de lona. Y bajo los toldos flores y plátanos. Y en uno un hombre descuartiza un cerdo que se le escurre resbalando por el tablón, húmedo de sangre, de agua o de sudor. Ruido de motos que rugen en todas direcciones bajo la atenta mirada de fachadas mugrientas que recuerdan tiempos mejores. Cafés de corte occidental con aire oriental que con buen gusto seducen a la gente de bien. Mi cena en un bar de carretera, más allá del puente Japonés mientras esperé 4 horas a que mi primer anfitrión volviera a casa. La clase de dicción inglesa que di a un policía muerto del aburrimiento que me detuvo a medio cruzar del puente bajo aquel sol de justicia.

Toma 0. Dolor, tortura, sinrazón, miedo. No se puede venir a Phnom Penh y no pasar por “La Escuela” ni dar un paseo por “Los Campos”. Una parte de la historia reciente del país sin la cual es imposible comprender el porqué de demasiadas cosas que todavía ocurren en Camboya. Una parte de la historia que merece un punto y aparte y que tendrá que esperar al siguente post.

La parada bisagra. Kampong Chhnang, Camboya

Lo interesante de Kampong Chhang empezó al acabarse. Fue la parada bisagra entre Battambang y Phnom Penh, y es hacia ésta segunda donde me dirigía cuando a las 9 de la mañana detuve la primera minivan que cruzó por la carretera. Repetí las palabras mágicas y me confirmaron que iban camino de la capital. El conductor no hablaba inglés, como tampoco lo hablaban mis compañeros de viaje que atestaban el vehículo hasta los topes.

No somos el autobús oficial, tan sólo un transporte privado que cubre la línea y que va haciendo paradas y rodeos que varían día a día dependiendo de los pasajeros. Me gusta esta gente. No nos entendemos pero me sonríen curiosos y alegres de cargar con un guiri que parece perdido aunque diga que sabe a donde va. Yo también ando alegre, porque ha sido más fácil de lo que creía, porque el día es bonito y soleado y porque esta gente no deja de sonreír. Ando trasteando la guía y familiarizándome con el plano de Phnom Penh para intentar coordinar mi llegada a la casa de Eric, mi anfitrión de CoachSurfing.

Mientras cruzamos extensiones de arrozales salpicados de palmeras solitarias hasta el horizonte, mi cabeza va por delante y sólo piensa de la ciudad que está por llegar. Recorro con la mirada las principales avenidas tratando de ubicar dónde está el centro de esta ciudad que estoy a punto de conocer y encajando en este mapa de tonos grises las pocas imágenes a color que cargo en mi imaginario. Siempre hay algo especial en esta primera toma de contacto con una ciudad a través de su mapa. Sé que en pocos días ya la comprenderé y que cuando la dejé atrás y mire de nuevo estas hojas de papel barato y tonos grises contemplaré algo totalmente distinto. Las avenidas tendrán un nuevo significado, los edificios emblemáticos rostro. Pero sobre todo habré entendido su tamaño y sus distancias, sus gentes y sus humores. Con un poco de suerte habré empezado a comprender los infinitos y sutiles matices que la hacen mutar y que le dan sentido y forma.

Me fascinan los mapas. Siento que gracias a ellos no solamente recorro las ciudades a pie, siento que es a través de ellos que puedo recorrer el amasijo de recuerdos hilvanados en los arbitrarios trazados de mi memoria . Sí, los mapas no sólo me guían en el mundo que hay afuera. Los mapas me guían también en el mundo que ha nacido dentro de mí una vez la ciudades y los países van quedando atrás.

Repaso las indicaciones de Eric y miro de nuevo el mapa para caer en la cuenta que entraremos por el norte y que es probable que pasemos por el Puente Japonés y que cerca del puente, al otro lado del río, es a donde me dirijo. Enseño el mapa a todo el personal, repito 10 veces el nombre del puente en las 10 versiones de khmer que se me ocurren para ver si encaja con la real y consigo finalmente hacerme entender. ¿Me habrán entendido realmente o quiero creer que mis balbuceos no han sido en vano?

A cada kilómetro que avanzamos Kampong Chhnang se aleja por el retrovisor. Pasé por allí sin pena ni gloria, y no fue por ella, fue por mí. Digamos que había llegado a la merienda con la barriga llena del almuerzo y pensando en el atracón de la cena. Battambang había saciado con creces mi apetito y Phnom Penh prometía. Anduve por los arrabales al atardecer, donde las tierras son baratas porque el Tonlé Sap crece y las inunda y las casas se levantan sobre patitas esbeltas como bandadas de flamencos. Anduve cuando las mujeres regaban los campos y preparaban las semillas para la siguiente siembra. Le compré un bocadillo a una señora cerca del mercado con el que cerré el día antes de volver al hostal donde me esperaban las últimas páginas del 1984 de George Orwell, un libro que me fascina casi tanto como me horroriza y del que algún día me gustaría escribir algo aquí.

A la mañana siguiente dudé. Podría haberme acercado a visitar las aldeas flotantes, pero de nuevo tenía el buche de los buenos recuerdos lleno por el viaje desde Siem Reap hasta Battambang, con lo cual opté por un circuito en moto a los alrededores para ver cómo con el barro de la región fabricaban todo tipo de vasijas y utensilios en los bajos de las casas. Cometí el pecado de la pereza y por pecador pagué. En algún momento pensé que sería mejor y más cómodo viajar como paquete de un local que me llevara por los caminos e hiciera las veces de guía. Sería más fácil por el idioma y seguro una experiencia más intensa. Pero olvidé, para recordar más tarde, que a veces hablar el mismo idioma no necesariamente significa entenderse y mucho menos respetarse.

Tras entrar a saco en varias propiedades, dando por supuesto que éramos bien venidos, me cabreé y me harté de mi guía. Sería camboyano pero para nada respetaba a los suyos. Supongo porque estos suyos eran los pobres de su pueblo, que vivían a las afueras en los campos y que se ganaban la vida de rodillas amasando y torneando barro. Estas gentes humildes y trabajadoras seguramente no tendrían mucha escuela pero lo que sí tuvieron fue una educación exquisita para con los visitantes impertinentes. Nos volvimos antes de tiempo y el conductor, a pesar de haber sido grosero, supo ser honesto. Cuando le entregué el dinero que habíamos acordado le hice saber que no me parecía bien lo que habíamos hecho ni el precio que había puesto. Ya le hacía entrega del dinero pactado, pero el conductor grosero supo ser honesto y al devolverme el cambio había rebajado el precio sin que yo se lo pidiera expresamente.

Un bache en la carretera que sacude la furgoneta me devuelve al presente y levantó la vista de la guía y de mi mapa. Tras dos horas de viaje, dejados atrás los arrozales, hace ya un rato que cruzamos suburbios impersonales y allá a lo lejos diviso el Gran Puente Japonés que cruza el Mekong uniendo las dos orillas de esta ciudad. Paramos, pago y le doy mil gracias a mi conductor y a mis compañeros de viaje. Sonrisas divertidas desde la ventanilla y llegada perfecta a destino. Miro a mi alrededor, respiro hondo y las tristes líneas grises del mapa dan paso al universo multicolor de la ciudad real. Por fin en la capital, por fin en Phnom Penh.

“Y me invitaron a subir”. Battambang, Camboya

Llegué a Battambang totalmente empachado de templos y piedras. Llegué a Battambang algo frustrado por haber pasado el día anterior sin poder moverme del barco mientras todo ocurría a mi alrededor. Llegué a Battambang con ganas de agarrar la cámara y echarme a la calle a ver el qué. Nada de impresionantes templos a las afueras de la ciudad ni de billetes demasiado caros para trenes de bambú. Calle, calle y más calle.

Y a la calle me eché con el mapa bien guardado, intentando recordar cómo era aquello de sonreír con la mirada para conectar con la gente a falta de palabras. Me eché a la calle medio perdido sin dejar de saber donde estaba y empecé a dar vueltas con la cámara al cuello, olfateando con la vista y las orejas a la búsqueda de chispazos de esa cotidianidad que no garantiza titulares pero que, si la sabes encontrar y saborear, vale su peso en oro.

De buena mañana fui al mercado y desayuné unos churros con té por tres pesetas. Y con la panza llena saludé a la encantadora señora del telar que trabajaba junto a un par de bellezas peluqueras que charlaban mientras esperaban a las primeras clientas. Un hombre se asomó al balcón para saludar al nuevo día y todavía andaba con el torso desnudo cuando posó para mí por encima de los carteles. Carteles macabros como el del dentista del pueblo o como aquel otro que me alertaba de la bravura de un perruco recién lavado y bien peinado. Y antes de llegarme al templo para charlar sobre la ola de frío siberiano que azotaba Europa, me pasé por la barbería y me mandaron a la clínica para echarle un ojo a un par de coquetas enfermeras que vestían rosa chicle de pies a cabeza.

Había llegado a los límites de la ciudad y la masa de los edificios se empezaba a diluir cuando decidí dar media vuelta. Me había quedado con hambre y quería repetir. Enfilé de nuevo la calle rumbo norte cuando el griterío de los niños y las bicicletas amontonadas en la acera me alertaron que estaba llegando a la escuela, aquella que está delante del antiguo cine donde un par de operarios arreglaban una bombilla subidos a una escalera. Y allí fue, en la esquina de enfrente, cuando oí retumbar los ecos de un sarao. Levanté la cabeza posando la mirada sobre todas y cada una de las ventanas de aquella esquina hasta que les vi. Tres chicos vestidos con inmaculadas camisas blancas me saludaban desde el balcón del que parecía manar el estruendo. Les devolví el saludó, les tomé un retrato y haciéndoles señas les pregunté por la música. Fue entonces cuando se miraron entre ellos y me invitaron a subir.

Ah! Música para los oídos, danzas para la vista, sonrisas para el corazón. En el primer piso de un edificio destartalado anclado en los años 70 ensayaban bailes tradicionales un grupo de chicos y chicas bajo la atenta mirada de las dos profesoras. Durante casi una hora permanecí sentado en un rincón embrujado y extasiado por el espectáculo. Sensualidad a ratos, picardía en otros. Cuánta energía, cuánto dinamismo al ritmo de música tradicional y gritos de alegría, y de palmas y golpes de gong. Danzas de cortejo, danzas religiosas. Ah! La vida, el alma y la tradición de un pueblo condensados en el frescor y la viveza de una docena de cuerpos jóvenes, elásticos y bellos, que danzaron y sonrieron sin parar sobre aquel suelo que de tan lindo y pulido parecía un mantel.

Abandoné el local de ensayo borracho de vida y alegría. Me lancé de nuevo a las calles a la búsqueda de nuevos chispazos de realidad, sabiendo y aceptando de antemano que ya nada superaría por hoy lo vivido en aquel primer piso anclado en otro tiempo.

La encantadora monja octogenaria, la extraña nena de la tienda de los altavoces gigantes y el señor que vendía gafas de sol en día nublado  fueron los puentes que crucé sobre un mar de trivialidades hasta llegarme al mercado donde cortaban pescados, descuartizaban gorrinos y pelaban fruta. El mercado donde niños empuñaban pistolas de juguete, se fundían los metales para forjar nuevas joyas y donde algún que otro vendedor aprovechaba un rincón para echarse la siesta en su hamaca, entre coles y lechuguinos. Y por la tarde más calle, más gente, más niños. Más chispazos de alegría, más reflejos de vida en las fachadas decadentes de arquitecturas de sorprendente interés de las que cuelgan paraguas en los balcones.

El sol ya se ponía cuando llegué al hotel y me reencontré con mis compañeras de viaje del día anterior que habían ido a visitar templos y trenes de bambú. Cuando me preguntaron que había hecho durante el día no supe bien que responderles. “Poca cosa”, pensé en un primer momento. Pero luego recapacité, sonreí y decidí contarles aquella historia de “cuando deambulaba por las calles de Battambang y me invitaron a subir…”.

Tonlé Sap, el corazón Khmer. Camboya

El Tonlé Sap es un gigantesco lago que literalmente palpita en el corazón de Camboya. Y palpita porque se expande y se contrae de una manera formidable al ritmo de las estaciones. En la temporada de lluvias se hincha con el agua que ni el Mekong ni el mar son capaces de absorber, y de tanto hincharse llega a multiplicar por diez la extensión que tiene durante la estación seca. El Tonlé Sap a más a más de ser corazón también es un pulmón que nutre a gran parte del país con sus peces y agua dulce, ahora y durante los tiempos antiguos. Es la cuna de la Cultura Khmer.

Esta formidable y excepcional redefinición cíclica de sus márgenes y del nivel de sus aguas ha hecho que los humanos que viven cerca tengan que adaptarse a esos movimientos. Y como no estaban por la labor de construirse la casa de verano y la casa de invierno, decidieron que sus casas serían flotantes y que ya podría hacer el lago de las suyas, que ellos, para bien o para mal subirían o bajarían al ritmo que el gran lago considerase oportuno. Otros pensaron que si el lago siempre acababa por subir hasta cierto punto lo mejor sería anticiparse a sus intenciones y construir las casas en lo alto, y es por eso que, a lado y lado del río, aparecen pueblos enteros que levitan a varios metros de altura sobre delgados postes de madera u hormigón.

Éramos un barco cargado de turistas haciendo el trayecto que une Siem Reap con Battambang, la segunda ciudad del país. Los más iban abajo, los menos, los insensatos, íbamos en la cubierta, tostándonos lentamente bajo un sol implacable. Y aún así ésta era la opción correcta y la mejor manera de poder disfrutar 360º de un viaje que prometía y que cumplió las expectativas.

Durante las ocho horas que duró el trayecto se desplegó ante nosotros un continuo rosario de aldeas flotantes, que dieron paso a nómadas del lago en sus barcas varadas en la orilla, para acabar cruzando los arrabales de la ciudad. Fue un recorrido turístico que tuvo poco de atracción y algún que otro guantazo de realidad. Al final de la jornada los pocos que quedábamos en cubierta creíamos estar aturdidos por el intenso sol, pero en realidad lo que nos secó la alegría y las palabras fueron las escenas de pobreza cotidiana que vimos desfilar a nuestro paso.

Creía haber visto lo suficiente de Camboya como para haberme hecho a la idea del nivel de pobreza extrema, pero estaba equivocado. Por suerte uno nunca se acostumbra ésta y si eso llegara a ocurrir muchas cosas se habrían perdido para siempre. Me dejó sin palabras ver a esas familias viviendo en chabolas sin paredes y con techos de plástico apuntalados en estructuras de palos a punto de colapsar. “Esto es todo lo que tienen, todo lo que tienen…” me repetía. Una barca en la orilla y un campamento de cachivaches esparcidos por el suelo. Los niños correteando medio desnudos o en harapos, la mujeres cocinando en rudimentarios hornillos y los hombres pescando en este río de aguas turbias y exhausto, sin oxígeno que alimente los peces que flotan muertos a lo largo del recorrido. Pescan pescados que luego ahúman en pequeñas hogueras que apilan en montocitos que luego les vendrán a comprar para venderlos en los mercados de las ciudades.

“Realmente no tienen nada…”. ¿Dónde quedan las escuelas para romper el ciclo de pobreza? ¿Dónde quedan los hospitales para curar a los enfermos o alumbrar a los niños? ¿Bajo qué techos se cobijarán cuando lleguen las fuertes lluvias? Un guantazo de realidad en la cara. De pobreza y de alegría. De niños que se juegan y se bañan en el río al atardecer junto a unas orillas que a medida que nos acercamos a Battambang se van llenando de más y más basura. De adultos que al final de la jornada juegan a voleibol en una pista improvisada y que saludan con amplias sonrisas al barco de turistas que deja a su paso olas que tumban a los pescadores de sus barcas pero que son el momento álgido del día para los chavales que chapotean en esas aguas embarradas y exhaustas.

Exhaustas como muchas de las caras que suspiran indiferentes desde sus chozas de palos y plásticos mientras nos contemplan al pasar. Indiferentes porque sin saberlo deben saber que ni estas líneas que escribo, ni los muchos barcos que vendrán mañana, ni las muchos fotos que les tomarán, van a significar ninguna mejora en la vida que les tocó vivir por haber nacido en un bote a la orilla del Tonlé Sap.

Rutas. Descubriendo el Imperio Khmer. Camboya

¿Qué fue el Imperio Khmer?

Por allá el siglo VIII, en la región actualmente conocida como Camboya, nació un nuevo imperio, una unidad política fruto de la resistencia contra las invasiones de otros reinos provenientes de Indonesia. El Imperio Khmer nacería con Jayavarman II alrededor del Tonlé Sap, el gran lago proveedor de agua y comida. Heredero de la cultura, filosofía y religión hindú, Jayavarman II se proclamó Dios-Rey y inició la construcción de la Ciudad de Angkor -cada dios-rey dejaría para la posteridad su propio templo- paralela a una expansión territorial que llevaría las fronteras del reino hasta los actuales Laos, Tailanda, Sur de Vietnam y partes de Malasia y Myanmar. (ver mapa en cabecera

Bajo el empuje de los pueblos Siameses y por causas todavía desconocidas -posible falta de alimentos por mala gestión del sistemas de riego, o puede que también pestes- el Imperio finalizó su fase de decadencia cuando en 1431 la Ciudad de Angkor fue conquistada y saqueada por esta nueva potencia regional. Los pueblos siameses absorbieron gran parte de la cultura khmer, mientras que su realeza y aristocracia se desplazaron hasta la actual capital de Camboya: Phnom Penh.

¿Qué ruta haría si tuviera que volver?

Si bien la Ciudad de Angkor concentra la mayor -de hecho es impresionante- cantidad de restos arqueológicos, aquí os propongo una ruta a través de Camboya visitando “El Legado del Imperio Khmer” para degustar y saborear piedras recorriendo el país y atravesando otras realidades y paisajes más allá del foco turístico de Angkor.

Esta ruta y este post, en realidad nacieron de una conversación con Débora, una española establecida en Siem Reap y casada con un Camboyano. Cenábamos en casa de Tomás -increíble la tortilla y la sobrasada, de la “que fem a casa” (la que hacemos en casa)- un amigo de Glòria, una chica de Mataró como yo y mi contacto en la ciudad.

Débora tenía visitas de España, y después de haber visitado incontables veces los templos de las afueras de Siem Reap tenía preparado un plan especial para esta ocasión. En el suyo me baso para perfilar el mío. Vamos allá.

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Día 1 / Phnom Penh > Battambang

Empezamos en Phnom Penh, la capital de Camboya, y tomamos un bus (5h-6h) hacía la segunda ciudad del país, Battambang. Llegando a media tarde nos queda margen para darnos una vuelta por el centro y echar una ojeada al mercado central. La ciudad en si misma tiene poco que visitar, pero sus gentes y el ambiente callejero bien merecen un paseo.

Día 2 / Battambang

Al día siguiente visitaremos uno de los templos situado a las afueras de la ciudad: Wat Banan. Podemos llegar en moto o en alguno de los tuk-tuk. Wat Banan tiene el encanto de estar situado en la cima de una colina con lo que ofrece buenas vistas de la zona. Como siempre, es mejor visitarlo temprano al amanecer y a última hora, no sólo por la calidad de la luz, sino que por el calor y por la menor cantidad de turistas. Comparado con la joyas de Angkor es relativamete sencillo, pero perfecto como primer toma de contacto. Durante el resto del día se puede visitar otros templos en la zona o la cuevas que los Jemeres Rojos usaron durante la guerra. También se puede descansar y guardar fuerzas para las siguientes jornadas de visita a Angkor.

Día 3 / Battambang > Siem Reap

Es un día de viaje através de los ríos que llevan al Tonlé Sap, el corazón de Camboya y uno de los principales motivos por lo que Angkor está donde está. El Tonlé Sap fue al Imperio Khmer el equivalente del Nilo a los egipcios, o el Tigris y el Eúfrates a los imperios mesopotámicos. 

Durante la travesía de unas 8h en barco se puede contemplar la vida de los nómadas lacustres así como las aldeas flotantes vietnamitas. Una toma de contacto con la realidad más humilde del país para acabar llegando a Siem Reap, el campo base para explorar Angkor y Roluos.

Día 4-5-6 / Siem Reap

Toca madrugar para asistir a uno de los amaneceres en el templo de los templos de Angkor: el Angkor Wat. Después, a bordo de nuestra bicicleta, tenemos por delante la inabarcable zona arqueológica de Angkor (más info en el siguiente apartado ¿Qúe visité en Angkor?)

Dos días serían suficientes (en realidad ni una semana entera sería suficiente) para visitar Angkor si hemos hecho un poco de pre-selección de lugares. El tercer día lo dedicaremos a Roluos, una zona al este de Siem Reap menos turística en la que podremos explorar a nuestras anchas sin tener “hordas turisteras” merodeando a nuestro alrededor. El paseo hasta llegar ofrece la posiblidad de cruzar aldeas y interactuar un poco con los camboyanos.

Día 7 / Siem Reap > Beng Mealea / Banteay Srei

Ha llegado el momento de dejar la bici. Siempre nos podemos dar un día de descanso y fiesta en Siem Reap, pero si todavía hay fuerzas es hora de alquilar un coche (si somos varios) o una moto (si somos pocos) y echarse a la carretera.

Las ruinas de Beng Mealea, a 40km de Angkor, son lo que teníamos en mente cuando nos hablaron de templos perdidos en el corazón de la jungla. Pocos turistas se acercan hasta aquí por lo que disfrutarlos casi a solas es una delicia. El Banteay Srei es una pequeña joya aislada. Su color y la extraña escala de las edificaciones lo hacen algo singular para visitar.

Día 8 / Preah Vihear

Carretera y manta para llegar hasta las colinas en la frontera norte con Tailandia. El Preah Vihear fue motivo de litigio entre ambos países hasta que la Unesco falló en favor de Camboya. La singularidad del templo está en su ubicación en la cima de una montaña y el contraste de sus paisajes con todo lo visitado hasta la fecha. La opción del viaje por carretera también nos permitirá cruzarnos con la vida diaria de las gentes de Camboya, más allá de tanta piedra y monumento.

Día 9 / Siem Reap > Phnom Penh

Toca finalizar la visita de los conjuntos arqueológicos y volver a Phnom Penh. Se pude hacer en bus, pero también existe la posibilidad, mucho más atractiva, de hacerlo en barco a través del Tonlé Sap para acabar llegando al atardecer a la capital del país, refugio de los reyes jemeres en el ocaso de su imperio.

Y luego…

Un par de días podrían bastar para visitar Phnom Penh para luego dirigirnos a las soñolientas costas del sur, en Kep o Kampot. O podríamos también cerrar la visita a Camboya con una escapada a Sen Monorom para disfrutar de uno de los mejores paisajes de Camboya y pasar un par de días con los elefantes que viven en Heaven (el paraíso).

¿Qué visité en Angkor?

Angkor se disfruta visitándola un poco al tun-tun. Mejor en una bicicleta a nuestro aire y concentrando esfuerzos al principio y al final del día: menos calor, mejor luz y menos gente. Durante las horas centrales el sol y el calor pueden ser implacables.

Comentar también que existen 3 tipos de entrada: 1 día / 3 día (no necesariamente consecutivos) / 7 días. Yo compré la segunda de modo que entre jornada y jornada de visita podía descansar en Siem Reap y recuperar fuerzas para los madrugones.

Con esta pequeña guía sólo pretendo dar un repaso a los sitios que visité, comentar el porqué me gustaron y proporcionar algún consejillo. Pero no olvidéis que lo más importante para disfrutar de la magia de la ciudad perdida es dejarse llevar e improvisar un poco.

Angkor Wat es sin lugar a dudas la reina del baile, pero no por eso la chica más bella de la fiesta. Considerado el complejo religioso más grande del mundo, Angkor Wat atrae las miradas de todos y ese puede ser su principal problema. Es difícil no sentirse parte de una atracción de feria. Los amaneceres valen la pena, pero como comenté en el post anterior, es importante llegar pronto, coger buen sitio y llevar buena música para huir del follón del gentío. A parte de lo obvio y de la vista al templo, lo que sí recomendaría es perderse un poco por los límites del recinto y dejarse caer por las construcciones cerca del foso exterior.

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Bayon, el templo de las mil caras que sonríen al infinito. Magnífico y mi favorito. Llegar al atardecer cuando ya todos empiezan a volver a casa. Llegar al amanecer y explorar el templo a solas mientras el día va clareando poco a poco. Perderse en silencio por las galerías inferiores. Bayon, la perdición de cualquier amante de la fotografía, incapaz de decidir cual es el mejor punto de vista.

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Ta Prohm es el paradigma del templo misterioso abandonado en la jungla y deborado por árboles gigantescos. Esta imagen idílica sería cierta de no ser por la hordas de turistas que lo infestamos. Al igual que Angkor Wat y Bayon es muy importante llegar a primera y a última hora para saborear un poquito la atmósfera misteriosa de este templo de postal.

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El Preah Khan, a pesar de ser uno de los principales complejos, recibe menos visitantes por ser menos paradigmático. Fue el segundo templo que visité después de Angkor y me gustó, tanto el acceso como las mil galerías derruidas y los colores de sus paredes. Darse un paseo por el recinto exterior para volver a abordar el templo de nuevo y ver como va apareciendo entre la jungla.

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Angkor Thom es el nombre que recibe lo que podríamos considerar propiamente la Ciudad. Visitando el conjunto la cruzamos constantemente y personalmente me fascinaron sus puertas flanqueadas por líneas de guerreros y demonios. La terraza de los elefantes no tiene mucho misterio pero vale la encaramarse a ella para imaginar la plaza central llena de vida y bullicio hace 800 años.

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Mebon sería un templo secundario aunque tiene un tamaño considerable. Es bastante distinto del resto y supongo que eso me atrajo. En cierto modo parece más un templo de culturas pre-colombinas que no un templo asiático. Sus torres hechas de ladrillo tienen un tono especial y haberlo visitado alrededor del medio día le confirió el carácter de lugar onírico azotado por el ardiente sol vertical.

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Baphuon, otro templo tipo pirámide pre-colombina. A primera hora de la mañana, cuando ya ha amanecido la luz del sol se refleja sobre los lagos que flanquean la vía procesional de acceso. Durante mi visita el acceso a la cumbre estaba cerrada pero circunvalarlo ya valió la pena.

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Ta Nei podría ser considerado con un templo de tercera, pero me pareció una joya escondida en la jungla. Es pequeño y se llega por un camino de tierra pero si consigues llegar te puedes pasar una hora sin que aparezca un alma. Es bastante céntrico y tiene mucha sombra, por lo que es una buena parada en las horas de calor y bullicio.

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Justo al lado de Baphuon. Otra pequeña joya en la que descansar de las grandes glorias atestadas de gente. Vale la pena perderse un poco por los alrededores o andar por la piscina lateral. Por la mañana hay buena luz, pero puede que por la tarde sea incluso mejor.

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Ta Som es otra parada intermedia para descansar de grandes glorias. Me gusto su acceso, discreto, como caído del cielo en medio de la arena. En su interior hay un curioso árbol caído que sigue floreciendo en horizontal y la puerta del fondo está bien cubierta por un árbol que la arropa.

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Thommanon. Lo dejé para el final porque tiene poco que contar, pero pasé por él decenas de veces camino de todas partes. Me gustó la perspectiva que ofrece desde la carretera aunque de cerca, curiosamente, pierde un poco su magia. Buena parada para descansar gracias a su ubicación.

Cuando las piedras tienen Alma. Angkor, Camboya

Mil son los caminos que pueden llevarte a descubrir el alma de Angkor. Acertar con el correcto no es fácil pues son muchos y dependen de cada cual, pero aventurarse y apostar por uno es casi imposible, y aún así me atrevo con Angkor y digo que la mejor manera de maravillarse ante ella es viviéndola como un niño de 11 años.

Angkor, un gigantesco complejo de ruinas enmohecidas por el tiempo bajo el techo de la jungla, montañas de piedra tallada y ennegrecida por el implacable sol de Camboya. Angkor, un lugar único en la tierra que empecé a visitar con apenas 13 años cuando llegó a mis manos un libro sobre las maravillas del mundo y en sus páginas aparecieron las caras de Bayon, las raíces que desmigajan Ta Prohm o los reflejos en el lago de las cinco solemnes torres que se elevaban hacia cielo en el corazón del más famoso de todos los templos, el Angkor Wat.

Como buen peregrino de la piedra y devoto de la foto perfecta cumplí con el ritual de “los Madrugones de Angkor”. Religiosamente me levanté a las 4 de la madrugada, me vestí y bajo un cielo de estrellas pedaleé hasta Angkor Wat. En la oscuridad de la noche apareció ante mí el impresionante foso que lo rodea e imaginé que veía sus cinco torres tras el muro de selva que arropa el recinto. Pero no era así, Angkor Wat es un complejo extenso pero relativamente plano, y hay que cruzar la vía procesional de entrada sobre las aguas del foso para atravesar el muro de piedra por una pequeña puerta que contrasta con la grandiosidad del conjunto.

Fue entonces cuando la silueta del templo, desdibujada por la noche, apareció al final de la avenida. Serían las cinco de la mañana, quedaba una hora para que saliera el sol y esto se llenara de turistas. Una marea humana con su cacareo gallináceo y una lluvia de flashes ingenuos que pretenden iluminar la inabarcable superficie de la mole. Sólo hay una manera de huir de ello y es estando en primera fila, a la orilla del agua y con mi banda sonora particular consigo escapar de todo ello y relajarme para disfrutar del momento. Por un instante me emociono, emborrachado por la música y el recuerdo de cuando era un crío y miraba y remiraba las hojas de aquel libro. Y leía y releía la historia de aquellos grandes reyes que ni entonces ni ahora recuerdo. Ver como los recuerdos llegan del pasado para mezclarse con el presente siempre me provoca una sonrisa.

Y a pesar de la magia del momento y de dos madrugones, debo decir que la victoria de Angkor no está en la foto perfecta, está en los detalles. En la soledad, en el silencio, en las infinitas figuras que danzan y luchan sobre quilómetros de frisos olvidados por el tiempo. En los rincones que sin aparecer retratados en las postales contienen en sí mismos la magia de la ciudad perdida. En los montones de piedras que surgen por todos lados, derrumbadas y apiladas de tal modo que sólo cabe pensar que sufrieron el ataque de titanes enfurecidos por la vanidad de reyes y hombres. Y al cabo de un poco uno descubre que los titanes no se fueron, siguen ahí, están por todas partes y su morada no es la jungla, su guarida se llama Ta Prohm. En este lugar en la tierra, el templo de Ta Prohm, donde altivos y orgullosos se elevan contra el cielo azul los impresionantes árboles que con sus raíces desmigajan sin piedad las ingenuas ambiciones de eternidad de los hombres. Es esa combinación de orden humano y desorden natural lo que fascina año tras año a millones de almas venidas de todos los rincones del planeta. Fascinante.

Pero el alma de Angkor también se hallaba escondida en las pequeñas joyas desparramadas en los lugares menos visitados, en las horas más intempestivas, cerca del ocaso y del amanecer. Es entonces, en medio de esos lugares y esos momentos, en los que el alma de un adulto se transforma de nuevo para volver a ser, una vez más, un chiquillo de 11 años. Saltar, explorar, perderse. Sentarse, descubrir, esconderse. Explorar y Descubrir. Angkor es un lugar que hay que saber buscar para poder encontrar. Angkor es un lugar que no sólo existe fuera sino que también depende de lo que haya dentro. No sé cuántas veces me detuve ante las puertas de Angkor Thom. O cuántas vueltas di sobre mí mismo en el Preah Khan. Lo que sí recuerdo a ciencia cierta es que estuve 3 veces en Bayon.

Fue Bayon quien me robó todas las sonrisas y acaparó todas mis miradas y mis suspiros. El universo vertical de torres de piedra de las que brotan infinitos rostros sonriendo a los cuatro vientos. Bayon es como esas personas que por fuera agradan pero no sorprenden. Basta con cruzar el umbral de su presencia para descubrir un universo finito pero inabarcable. Así sentí que era Bayon, desde el primer instante en mi primera visita: un universo finito pero inabarcable. Es un templo pequeño si lo comparamos con sus hermanos mayores pero su sutil constitución hizo que a cada vuelta, a cada recodo se desplegaran infinitos puntos de vista, a cada cual más bello, más misterioso, más sugerente. El corazón que descubre Bayon ya no tiene 11 años, tiene 30, y siente que podría tener 60. De esas piedras mana una sensación de inalterable cambio constante. A cada vuelta el sol ha variado su posición y siento que siendo lo mismo me parece distinto.

Le visité 3 veces y cada una de ellas fue distinta y todas la misma. ¿Porqué sonríen esas caras que todo lo ven y que nada miran? ¿Qué oculta el universo subterráneo de galerías sobre las que se levanta en templo? ¿Qué simboliza la torre en ruinas sobre la que gravita todo el conjunto?

Al tercer día, mi madrugón no fue para Angkor Wat. Dejé atrás los enjambres de turistas y me regalé un momento a solas con Bayon. Después de tres jornadas de exploración había encontrado mi lugar entre todos los templos y las ruinas, y aún ahora me pregunto el porqué. Y sin saberlo sé que el mío es Bayon, porqué en cierto modo Bayon es como yo.

¿Se atreven?. Mondulkiri, Camboya

Me lo regalaron por un Sant Jordi ¿Hará unos 6 años? Cristina, “La Ramos”, me había insistido en que valía la pena leerlo y que por una vez no estaría de más dejar a un lado mis arrogantes prejuicios hacia los libros de “auto-ayuda”.

Como reza el dicho “a caballo regalado ya tienes caballo” y como también “es de bien nacido ser agradecido” leí el libro de cabo a rabo, del derecho y del revés. Muchos de los cuentos valieron la pena y los cito a menudo en mis cátedras de taberna y noches taciturnas. Pero éste del elefante se me vino a la cabeza durante mi paso por The Elephant Project Valley y me pareció un buen cierre a esta trilogía de post paquidérmicos:

“Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?”. No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. 

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía… Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»… Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…”. Jorge Bucay.

No sé a ustedes, pero a mí, después de leer este cuento, siempre me entran ganas de hacer una lista con todas las cosas que siempre creí que no podía hacer para descubrir que estaba equivocado. ¿Se atreven?

10 seres maravillosos (2 de 2). Sen Monorom, Camboya

… viene del post anterior 

Tras seis años de intenso trabajo el resultado se llama Heaven (Paraíso). Un pedacito de tierra virgen que permite la supervivencia de 10 elefantes, algunos en alquiler y otros recatados mediante compra directa en caso de maltrato extremo. Y es que esta es una de las variables que nos implica. Y digo nos, porque es ahí donde el turista tiene la posibilidad de asumir responsabilidad de sus actos o desentenderse.

Teniendo en cuenta la ínfima cantidad de elefantes trabajando para el turismo en Camboya, el resultado en los picos de la temporada alta es que los animales se ven forzados a trabajar jornadas enteras, sin descanso, sobre un mismo recorrido continuo en el que agotan la comida (los elefantes se alimentan ellos mismos durante los trayectos, ninguna familia podría hacerse cargo de la inmensa cantidad de comida que necesitan). Y siendo un elefante un animal salvaje resulta difícil mantenerlo dentro de los standares de comportamiento humano aceptable. Así pues, a golpe de vara, a base cadenas y a base de castigos físicos, los elefantes entran en una espiral de maltrato que sumado a la falta de comida y al agotamiento los llevan a su infierno particular.

Cuán torturada y sometida debe estar un alma, para que un animal que puede llegar a pesar 4 toneladas, se achique como un bebé cuando un pequeño humano de 70 kilos levanta una vara de bambú. Imagínense que debería haber sufrido un humano grandote, pongamos 2m de altura y ciento cincuenta quilos de puro músculo, para que un niño cualquiera de siete años y cuarenta quilos fuera capaz de ponerlo a raya con tan solo levantar un palo. No recuerdo donde leí que lo que define el nivel de civilización de una sociedad es el trato que se da a los más débiles y vulnerables.

En la gran mayoría de los casos, los elefantes no son propiedad de una familia, sino de diez, quince o más. Que el elefante trabaje en el turismo, con una pata rota y la otra hinchada como un melón por la picadura de una serpiente da de comer a toda esa gente. Y les da de comer porque alguien ha sentido la necesidad imperiosa de montar sobre un elefante y hacerse la foto. Jack nos pregunta si montaríamos sobre un panda en extinción, enfermo y exhausto. La imagen resulta absurda, ridícula e innecesaria. Y aún así algunos de nosotros -los españoles encabezan el ranking de los que “necesitan” montar sobre el elefante para sentirse completos- hacemos lo mismo con el elefante en cuestión. Ya habrá otros lugares del sudeste asiático, como por ejemplo Tailandia -donde la población de elefantes en cautividad es 20 veces superior a la de Camboya- donde montar un elefante no tenga las implicaciones que tiene hacerlo aquí.

En última instancia debo decir que no monté el elefante. No por razones morales sino porque debo confesar que ni se me pasó por la cabeza. Yo quería ver un elefante. Yo quería tocar un elefante y aluciné cuando acaricié su piel. Quería mirarle a los ojos de cerca y ver cómo me miraba y cada vez que lo hice aluciné. Quería embobarme mientras sentado en un tronco les contemplaba, cámara en mano, listo para captar alguno de los 1000 momentos mágicos por minuto que nos brindaban mientras se bañaban en el río, mientras comían de los árboles o mientras se embarraban hasta la cejas. Aluciné mientras le hacía cosquillas y el inmenso elefante ronroneaba como si fuera un gatito. Y volví a alucinar como un niño chico cuando poniendo mi mano sobre su frente les oí murmurar los unos con los otros.

En una palabra: Aluciné!. Me encantó poder verlos tan de cerca al tiempo que Jemma y Jack nos contaban la historia de cada uno de ellos. Una historia que estaba escrita en las cicatrices de las cadenas y los golpes. En sus colas mutiladas a tijeretazo limpio para vender sus pelos y ganarle unos días más la partida al hambre. En los huesos de sus lomos doblados por el peso y el dolor de la carga que arrastraron durante años. Todas ellas historias de un viaje a los infiernos con final feliz gracias a la perseverancia de alguien que se dijo que “sí podía” hacer algo al respecto. Me gusta pensar que el mundo es de los pesados y de los valientes, y de los que sienten el dolor ajeno como si fuera propio, y que al sentirlo suyo se les revuelven las entrañas y se ponen en pié. Con el puño en alto para actuar. Con los pies en el suelo para no perder el norte. Y con la cabeza en las nubes para no dejar de soñar.

Hay gente que decide pasarse la vida diciendo “sí puedo”. Siento que Jack es una de esas personas. Por los azares de su agenda de hombre orquesta no pude interactuar todo el tiempo que hubiera querido con este diablillo británico de ojos eléctricos, tripita cervecera y adicto en sus ratos libres a los juegos de marcianitos. Nos contó Jemma que la enorme cicatriz en de la elefanta Onion era el resultado de una trampa en la jungla. Un tronco se le clavó en las carnes del lomo. El animal se ahogaba en el dolor más extremo e iba a morir, pero ese día tuvo suerte porque Jack estaba allí. Sin tener experiencia alguna y sin ninguna alternativa más, Jack se hizo con un libro de medicina, extrajo el asta, limpió la herida y la cosió salvándole la vida con sus nuevas artes adquiridas, pero sobretodo con su coraje.

No tengo ni idea de lo que debió sentir en esos momentos, pero estoy seguro que nadaba en un mar denso, frió y negro, un mar de puro miedo. Y en eso momento hizo lo impensable, aspiró hondo y se zambulló en su miedo mientras se decía a si mismo que sí, que esta vez también podría.