Topicazo. Agra, India

No hay nada más cargante que un topicazo. Ese refrito de un refrito de esos alguienes cansinos que nunca están por la labor de pensar por sí mismos. Ese refrito tan refrito que viene respaldado por esos otros muchos alguieneses que vehemente comulgan por comulgar con esas ruedas de molino que son los tópicos. Dicho lo dicho, ahí va un tópico que oí hasta la saciedad antes, durante y después de pisar Bhārat Mātā:

“La India, o la amas o la odias, y es muy probable que –teniendo suerte- llegues a sentir ambas cosas a la vez.”

¡Topicazo! Topicazo que uno puede que intuya desde el minuto cero. Pero topicazo que no se comprehende intrínsecamente hasta que la apabullante realidad india no te empuja hasta tus límites haciendo saltar por los aires todo atisbo de autocontrol, moderación y la siempre inconsistente corrección política. Hubo un día en que la realidad de este país -que siempre me impuso mucho respeto, por no decir miedo- hizo saltar por los aires todo lo ‘políticamente correcto’ que había en mí, haciéndome perder los papeles como nunca antes los había perdido en mi vida. La historia sigue tal que así…

Era un día cualquiera –viajando por India ningún día es un día cualquiera-. La noche anterior había dormido poco y mal. Sobre las once y media, misteriosamente, surgieron de la nada dos autobuses cargados con un centenar de adolescentes que se presentaron en el hotel de Fatehpur Sikri donde pasaba la noche. A falta de camas y a esas horas, ese centenar de adolescentes acamparon en el porche frente a las habitaciones. ¿Adolescentes de excursión, noche y silencio? Tres factores que sencillamente no conjugan, y menos en India. Y a pesar de eso uno quiere creer –qué mala cosa es esto de tener fe- que se irán a dormir pronto y en silencio. Iluso… De poco sirvió mi paciencia durante la primera hora, y de mucho menos mi numerito de huésped occidental indignado clamando en el desierto por mi derecho al descanso.

Durga-Puja-Agra_07_Franc-Pallarès-LópezA la mañana siguiente me subí al primer bus dirección Agra, infame destino turístico de oscura reputación y ciudad del inigualable Taj Mahal. La calma aparente a primeras horas de la mañana es tramposa, el cielo es de un azul impecable, pero hoy habrá tormenta aunque yo todavía no lo sepa. Según el calendario hindú, hoy como cada año, se celebra el Vijayadashami, la victoria de Durga sobre la tiranía que el búfalo endemoniado Mahishasura había instaurado en la tierra tras haber derrotado a los devas -dioses- con su ejército de demonios. La eterna batalla del bien contra el mal. Un mes de preparativos que vengo siguiendo desde Kolkata y que finalmente eclosionarán hoy. ¿Y que es lo primero que hago tras encontrar habitación? Darme una ducha, echarme un rato y encerrarme en el hostal para ensimismarme en este blog. Se cuela por el agradable patio el rumor de la tormenta, pero hago como que no lo oigo. Desfilan los demás huéspedes hablando del huracán que recorre las calles, pero no les escucho. ¿Salir a la calle? Sí, pero sólo para comer algo. Hoy paso de todo.

La tormenta ya se ha desatado. El guardián de las puertas del infierno ha corrido finalmente los portones que guardaban centenares de pequeñas carrozas con figuras de la diosa y altavoces a todo volumen. Arrecian los primeros vendavales y desfilan las multitudes cantando y bailando. Todo el mundo ríe pujando las carretas engalanadas con murtis de paja y barro, mientras yo hago como que no ocurre nada. Sólo quiero comer algo tranquilo mientras leo un rato con la cabeza a miles de kilómetros de aquí. Estoy huyendo, me hago el loco, miro para otro lado. Hoy sigo pasando de la vida porque India me tiene agotado.

Pero es imposible, no se puede negar lo evidente: el desfile es constante y no parece que vaya a aflojar. Este barullo ya no hay quien lo pare: una riada de gente manando de todos los callejones para desvanecerse de nuevo en la maraña de callejas de esta parte de la ciudad. Hoy la alegría inunda las calles de Agra y yo mientras pretendo mantenerme al margen. Porque estoy cansado, porque hay algo de polvo holi en el aire y no quiero mancharme yo ni que se manche la cámara. Porque la indiferencia es posiblemente uno de los pecados más tristes que se puedan cometer, y por eso mismo vuelvo a mi habitación, cojo la cámara y a regañadientes me obligo a salir a la calle, pero lejos del follón. Hoy mejor voy dando un paseo tranquilo hasta el Fuerte Rojo.

Durga-Puja-Agra_04_Franc-Pallarès-LópezPor el camino la tormenta amansa a medida que me alejo del epicentro. Paso junto a las taquillas del Taj Mahal y cruzo el parque Shahjahan cuando finalmente veo a lo lejos las imponentes murallas del fuerte. Por las avenidas van camiones cargados de gente. Tomo algunas fotos. El ambiente festivo es bueno pero mucho más relajado que en Taj Ganj. Todo va bien hasta que ocurre lo inesperado: un camión repleto de chavales pasa junto a mí saludando y uno de ellos me echa un montón de polvo holi directamente a la cámara. Sin más, con toda la mala hostia del mundo, como si por estos lares la juventud no supiera que a los trastos electrónicos estas cosas no les sientan nada bien.

Todos se descojonan y yo me quedo tan perplejo que durante los primeros segundos no reacciono. Respiro hondo mientras siento como el odio y la rabia me cuecen las entrañas. Respiro hondo, el camión ya ha pasado, estoy a punto de explotar pero me obligo a calmarme. “Siéntate en el aquel bordillo –me digo- e intenta calmarte”. El objetivo está lleno de este polvo tintado que es demasiado fino. Tan fino como para haberse colado dentro del juego de lentes a través del tambor del zoom. Respiro hondo mientras empiezo a maldecir al niñato y a su gracia de mierda que ya intuyo me va a costar un buen montón de euros -esta lente es la pieza más cara de mi equipo-. Vuelven los fantasmas de Malasia y Sumatra. Mientras mi cabeza va a mil por hora, mientras limpio torpemente el objetivo y maldigo a ese puto niñato, ocurre lo que suele ocurrir en India cuando algo inesperado sucede: Una multitud se congrega a mi alrededor.

“Por favor ¿Me podríais dejar solo?” –les pido amablemente-. Pero ni caso, es más, el círculo se estrecha. “Por favor ¿Haríais el favor de dejarme en paz? Gracias” –insisto una segunda vez, más firme pero igual de amable-. Y por supuesto ni puto caso pues yo, aquí y ahora, soy el espectáculo y a quién le importa lo que me haya pasado o lo cabreado que pueda estar. “¡Me cago’n la puta! ¡Haced el puto favor de dejarme en paz! ¡Cojones!”. Y ya está… Perdí los papeles por completo y éstos parroquianos siguen mirándome con sus estúpidas sonrisitas estampadas en la cara. Me levanto, camino veinte metros más abajo para sentarme de nuevo al margen de todo y calmarme un poco. Pero al cabo de un minuto vuelvo a estar rodeado por la misma multitud. “Por favor ¿Me podríais dejar solo?” –vuelvo a insistir amablemente-. Pero ni puto caso y el círculo se estrecha aún más, y exploto de nuevo y doy voces y chillo por los descosidos mientras me abro paso dando aspavientos e insultándolos a todos. Y a ellos les da absolutamente igual porque sigo siendo un espectáculo. Ahí los tienes plantados, mirándome con esa risita estúpida tan irritante estampada en la cara, y mientras más me cabreo más divertida les resulta la escenita. Lo han conseguido, me han doblegado, de rodillas me pone India tras más de un año de viaje. Estoy agotado y agobiado de tanto todo.

Durga-Puja-Agra_05_Franc-Pallarès-López¡A tomar por culo todo! ¡Hasta las narices estoy de India y de los indios! Este país no me compensa. Por cada maravilla hay cien inconvenientes, cien incomodidades. Viajar barato por India tiene un coste físico y un gasto en la moral que me ha desbordado. Desde que dejé Kolkata hace ya tres semanas me ha resultado imposible sentirme cómodo y a gusto con la gente. ¿Dónde quedan las sonrisas laosianas o camboyanas sin más? Aquí todo es follón, polvo y basura, agobios y el achuche constante de gente sólo preocupada por sacarme unas cuantas rupias de más. Todo es regateo y pelearse para que no me tomen el pelo cinco veces antes del desayuno. Me rindo, abandono la India, me voy. Me vuelvo al hostal, me meto en la web de Liligo y me compro el primer billete en oferta que encuentre. Un mes en India ha sido suficiente y a estas alturas prefiero estar en cualquier otra parte donde me traten como algo más que un fajo grasiento de rupias a desplumar.

Me vuelvo, me voy, y mientras voy volviendo para irme y no volver nunca más, caigo en la cuenta de que no me puedo marchar todavía, que primero tengo que solucionar el problema del pasaporte en Delhi y que por lo menos me queda un mes más en el país. Mientras me vuelvo y me sigo yendo para no volver nunca más, se me va bajando el calentón y caigo en la cuenta que juzgar a 1200 millones de personas por la mala experiencia de tres semanas en puntos calientes de turisteo puede que no sea algo muy justo, así que queda decidido: Tengo que hacer Couchsurfing ya mismo y tengo que conocer ‘buenos indios’ lo antes posible. Mientras me sigo volviendo para irme, me voy calmando lo suficiente como para abrir los ojos de nuevo al momento presente. Mientras me acerco de nuevo al ojo del huracán, entre nubes de colores y bandadas de dakinis revoloteando a mi alrededor, me rindo a los hechos y tengo que admitir que hoy no es un día cualquiera. Que esta alegría y esta magia son algo muy especial. Y me jode en el alma porque sigo profundamente cabreado y por el momento mi prioridad es encontrar refugio donde limpiar la cámara y pensar con calma.

Finalmente llego a la seguridad de mi habitación, donde reina el silencio y sé a ciencia cierta que ninguna turba danzarina me asaltará con polvitos del demonio. Limpio con todo el cuidado posible la cámara y compruebo que efectivamente éste se ha colado dentro del objetivo pero que de momento sigue funcionando. ¿Qué hacer? ¿Retirarme? ¿Huir? ¿Abandonar? ¡Qué cojones! ¡Volvamos a la calle! ¿Estamos en India, no? ¿Hay un festival increíble ahí afuera, no? ¡Pues déjate de pucheros niñato llorica! Al toro, siempre de frente y por los cuernos.

“La India, o la amas o la odias, y es muy probable que –teniendo suerte- llegues a sentir ambas cosas a la vez.”

Durga-Puja-Agra_18_Franc-Pallarès-LópezLo que vino después no se puede describir con palabras -las imágenes que acompañan este relato cuentan más por sí solas- pero si no tuviera más remedio yo lo definiría como una gran borrachera de alegría. Me sorprendió lo primero que la mayoría fueran mujeres. Mujeres bailando, mujeres riendo, mujeres dando palmas. Todas esas mujeres que en el día a día ocupan un segundo plano, hoy, en la fiesta a su diosa Durga, toman las calles y son más ellas que nunca. Mujeres, muchas mujeres, todas guapas y todas diosas por un día.

Color, más color que nunca en la India. Color de las ropas, de la música, de las sonrisas, de las miradas que brillaban e irradiaban aún más color. Color de nubes de polvo holi. Color en las carretas y hasta en las vacas vestidas de gala. El color rojo de los muros del recinto del Taj Mahal que queda a nuestra izquierda mientras nos dirigimos –eso parece, yo sigo a la marabunta- a la vera del río Yamuna. Color dorado de sol al atardecer y mucho color de alegría en forma líquida. Toda la rabia que hace apenas un rato sentía por todos se ha metamorfoseado en una alegría por todo y para todos. Hay algo eléctrico en el ambiente y ya nadie quiere desplumarme o marearme, ahora todos quieren jugar y reír conmigo.

Un patriarca en toda regla, ebrio, en su salsa, era Él. Menea la cadera, márcate un bailoteo con el vecino y posa en exclusiva para mí. Nos hemos encontrado, obviamente no nos entendemos pero ha quedado todo claro entre nosotros. Él será mi musa durante la próxima hora y mi llave a las puertas del cielo. Durante una hora este encantador barrigudo cincuentón me secuestra –y yo me dejo encantado- para que le tome fotos a toda su familia, para que baile para él y sus amigos. ¡Hasta dinero me dan! Y nos reímos a carcajada limpia y yo les tomo fotos y ellos se descojonan y yo me siento a las puertas del cielo. Me enseñan su carroza con su Durga, su león y algún otro figurante que no reconozco -está claro que son gente pudiente- y me exigen que como parte ya de la familia cargue también con ella. ¡Faltaria más! ¡Dadme Durgas a mí! Y casi me deslomo haciendo de costalero hindú, así que me vuelvo a lo mío que es bailar y tomarle fotos a la familia. Con la cámara envuelta en plásticos, la situación me está desbordando por momentos y en el momento máximo de gloria me fundo la tarjeta de memoria. Me quedo ‘a ciegas’ y sin espacio en la cámara.

Durga-Puja-Agra_26_Franc-Pallarès-LópezSon los dioses, es Durga que me hace saber que a partir de ahora cruzo terreno sagrado. Bajando las escaleras que llevan al río somos una marabunta informe alborotada, y dentro de esta marabunta informe, con mi cámara inoperativa, me entrego a la fiesta como el que más. Por allá va nuestro paso de Durga camino del río para hundirse en sus aguas a modo de ofrenda. Por allá va poniendo el sol y, solemne, por acá se alza el Taj Mahal. El imponente Taj Mahal mostrándose en toda su gloria en este punto junto al río prohibido a los turistas. Y yo aquí, en medio de un corro de gente, bailando, jaleado como una hindi-super-star. Moviendo las caderas como una Shakira barbuda, sudada y mal vestida. Dando palmas, riéndome, por dios que se me sale la mandíbula de tanta risa, y esta gente que no para de jalear y aplaudir, riéndose de mi pero esta vez con cariño y respeto.

Es tal el follón que estamos armando que al final aparece un oficial de policía con un garrote y al verme allá se le salen los ojos de las órbitas. ¿Un guiri aquí? ¡Blasfemia! Mil sorries Mr. Officer mientras reculo agotado no sin antes despedirme de mi familia adoptiva. Uno a uno, palmadas en el hombro, abrazos efusivos porque el momento bien se lo vale. Y Mr. Officer insiste, y toda la tropa reniega, lloran por mi perdida en una absurda comedia de tres al cuarto mientras junto al río los brahmanes siguen con sus pujas y las Durgas de barro y paja se hunden para siempre en las aguas del Yamuna.

Aquí y ahora, en estos peldaños al atardecer en Agra junto al Taj Mahal y frente al río, diciendo adiós con la mano a la comparsa de no menos treinta encantadores personajes y maleantes de buen corazón que se despiden de mí con efusivos gestos, gritos varios y amplias sonrisas sinceras. ¡Ay India! ¡Qué perra y traidora es esta tierra que lo mismo te arroya y te aplasta sacando lo peor de ti, lo mismo te atrapa y te eleva por la nubes dándote lo mejor de sí! India, realidad de extremos, tan fecunda para tópicos resabidos que pudiendo resultar obvios no serán verdaderos hasta que los sufras, mames y disfrutes  en primera persona y sin misericordia.

¿Le soñé? Orchha, India

Lo de Orchha es cosa curiosa. Junto a tal cantidad de monumentos uno espera encontrarse una ciudad que los sustente, pero aquí ésta no aparece por ningún lado. Ya te puedes subir a la colina más alta o encaramarte hasta el último torreón del palacio del Rajá que la urbe sigue oculta. Está el espeso bosque de Tumgaranya. Se pierde serpenteando el río Betwa en el horizonte. Y mientras tanto, de la gran ciudad de Orchha, ni rastro.

Suele ocurrir así, suele existir una relación de equivalencia entre una buena porción de construcciones residenciales -pongamos casas para 10.000 personas- a las que corresponde un edificio singular. De modo que un pueblito como Orchha se bastaría con un templo, o con un palacete pongámosle. No es asunto de precisión matemática pero si cosa razonablemente coherente ya que a fin de cuentas -sea en la India, España o el Perú, por muchos reyes y emperadores que haya- al final siempre son gentes comunes las que levantan con su trabajo y sudor estos grandes hitos. Pero aquí ese contrapeso a tanta vanidad en piedra no existe, así que una de dos: a Orccha, o le falta ciudad o le sobran monumentos.

¿Qué ocurrió entonces en este lugar? ¿La ciudad del vulgo era de paja y se la llevó el viento? -la jungla desde luego no se la tragó, esto no es Angkor ni Bagan. ¿O puede que fueran tan implacables sus gobernantes que aún teniendo poco consiguieron exprimir a su gente y a su tierra hasta el punto de levantar tales maravillas sin apenas contexto urbano?

Orchha_04_Franc-Pallarès-LópezLa Orchha a la finalmente consigo llegar tras mi accidentado desembarco es un pueblo pequeño con poco que contar, encajado entre palacios, templos y grandes tumbas. Tres grandes grupos dispersos y dispuestos con tal gracia en el idílico entorno que harían las delicias de cualquier paisajista romántico inglés. Por un lado los bosques que se pierden a la otra orilla de un majestuoso río, el Betwa, cuyo cauce aparece salpicado de enormes rocas relamidas por el paso del tiempo. Al frente las montañas parduzcas peladas coronadas por templetes renegridos de tanto sol y monzones, sobresaliendo de entre todos el imponente Chaturbhuj, un templo dedicado a Rama que siempre estuvo vacío. Y entre ambos, bosque y colinas, se levanta sobre una isla la gargantilla de macizos torreones que delimitan el fuerte. Se guardan tras los espesos muros árboles venerables y palacios coronados por innumerables chattris de estilo mogol. Todo ello sazonado por la pátina del tiempo y el olvido, fraguada la ruina hasta ese punto justo de decadencia en el que deja de ser lo suficientemente ‘bonita’ como para atraer a las masas que viajan a la India con prisas.

No son los inmaculados mármoles pulidos del Taj Mahal, ni las areniscas exquisitamente talladas de Khajuraho, y tampoco desfilan las hordas de exóticos sadhus de Varanasi. Así que a falta de grandes titulares Orchha queda desierta y ocurre lo inimaginable: si uno madruga un poco y se planta el primero en la taquilla, es muy probable que pueda darse el lujo de pasearse a solas por los patios y los salones desiertos de los palacios, de aventurarse en las profundidades de las mazmorras o de escalar hasta la cima más alta del castillo sintiendo que es él -y nadie más hasta el día de hoy- el que descubrió por primera vez aquel pasadizo secreto. Es en esta soledad a remojo en los primeros rayos de sol, asomando la cabeza entre las rendijas del último mirador, cuando uno sueña despierto y se regocija en estos momentos tan dulces. Saborear de nuevo la emoción que se siente cuando eres crío y descubres con tus amigotes la casa abandonada. Sólo que ahora es un palacio entero y es todo para ti. La eterna fascinación humana por la ruina, la pátina y la telaraña, por la sombra de lo que las cosas fueron y por soñarlas vivas una vez más.

Los sueños duran lo que duran –que suele ser poco- así que acelero mi paso ante la llegada de grupos de turistas y me voy despidiendo del Raj Mahal con un último vistazo a este sorprendente edificio a comentar: por fuera una caja compacta de volumetría sencilla que apenas da pista alguna de lo que se cuece en su interior. Su interior: un espacio vacío cuya quinta fachada es el cielo y rodeado a modo de anfiteatro por cuatro laterales dispuestos en niveles, salones y terrazas que curiosamente aventuran a suponer una vida cortesana encerrada en sí misma –como todas- pero sorprendentemente expuesta sobre sí misma a modo de gran teatro, de circo y a buen seguro arena de intrigas palaciegas que se cocieran en Orchha desde que Rudra Pratap la fundara en 1531 como capital de la dinastía Bundela  hasta que en 1783 perdiera tal condición en favor de la vecina Tehri.

Orchha_31_Franc-Pallarès-LópezSin salir del fuerte -no hay más que subir unas escalinatas y cruzar un patio- se llega al umbral del Jahangir Mahal, un palacio de corte mogol –aunque en Orchha se venere a Rama y no a Alá- construido -cuentan- para una única visita del Gran Emperador Jahangir. Suele pasar que con el paso de los años los trazos de la historia se desdibujan y terminan por fundirse con la leyenda, de modo que si bien es cierto que Jahangir -hijo del gran emperador Akbar- visitó Orchha durante una época de gracia para sus gobernantes rajputs, resulta poco creíble tal despliegue de medios con este solo propósito. Pero caballeros esto es Orchha, ciudad que se deja soñar, así que soñemos. Soñemos con las procesiones de elefantes, soñemos con las enormes comitivas de pajes y ejércitos vistiendo las mejores sedas de colores llameantes. Con la música y las danzas de las bailarinas y el tintineo de los cascabeles en los tobillos de las cortesanas. Las antorchas en los balcones alumbrando la noche. Las antorchas junto a la alberca del patio. La alberca del patio reflejando los rayos de luna al final de la velada cuando todos duermen. La luna en los cielos asomando entre cúpulas de azul turquesa soñadas mil y una noches.

Ahora sólo quedan las albercas secas y las paredes desconchadas, alguna que otra celosía de piedra caída y los rebaños de turistas que finalmente lo copan todo con su cacareo poco discreto. Ha llegado la hora de despertar y retirarme a mi cuarto para intentar dormir un poco, porque mi madrugón de hoy –y el de mañana- no fue fruto de mi disciplina, sino de la devoción de postín india . A las 4 de la madrugada unos espléndidos altavoces berreaban a todo trapo a escasos metros de mi hostal. Siguen las preparaciones del Durga Puja –que parece no llegar nunca, en Kolkata ya las vi- y en Orchha han encontrado una solución genial para acumular buen karma sin tener que deslomarse. Bajo el tendal montado camino del fuerte cada mañana resuenan los vedas pertinentes. ¿Hay alguien recitando? ¿Una cohorte de brahmanes y pujaris? ¿Está el devoto pueblo entero postrado piadosamente saludando al lucero del alba mientras rezan? ¡Al igual! Una cinta mal grabada hace las funciones mientras las calles de Orchha siguen desiertas y yo desespero atormentado entre los almohadones de mi cuchitril.

Orchha_36_Franc-Pallarès-LópezEstaría mejor en el resort de 5 estrellas a las afueras: césped verde y piscina junto al río, pero la India que decidí viajar se aloja en estos sitios, viaja con estos medios y come en estos chiringuitos. En uno de ellos conozco a Ranjeet tras mi almuerzo por 50 rupias –menos de un euro-. Ranjeet se gana la vida haciendo de guía para los turistas, debe tener mi edad -o puede que sea más joven porque yo a todo el mundo le pongo mi edad-, pero el caso es que me entra bien y me acaba preguntando de dónde soy. ¿Español? Me suelta las cuatro frases típicas –que en India implican que su objetivo es mi cartera- y entonces me pide un favor: ¿Sería tan amable de ayudarle con unas traducciones? Dudo por un momento. Le miro directamente a los ojos, para darme cuenta que Ranjeet es buena gente y que no busca nada más.

¿A qué tantas suspicacias? ¿Porqué no me fié de él en un primer momento? Todas estas precauciones y desconfianzas vienen a cuento de que en Orchha, al igual que en Khajuraho, todo el mundo que se me ha acercado con un sonrisa era para acabar pidiéndome dinero por la cara, por costumbre, porque algún turista de camisa blanca impoluta le ha dado por lo bajinis a unos niños, sin mirarles ni a la cara, un billete de 50 rupias -el equivalente a un almuerzo-. Y claro, si a mí me contaran que con molestar a los turistas por Las Ramblas de Barcelona me sueltan billetes de 10 euros, pues yo, como el que más, supongo que allí estaría en las Las Ramblas dando la vara a todo dios. A saber: la limosna lastimera condescendiente no soluciona el problema, lo agrava.

Se me calienta la lengua con este asunto, lo sé y no me gusta porque me avinagro en el momento y me avinagro al recordarlo. Sólo pasó que ayer por la tarde mientras rondaba los alrededores del Chaturbhuj a cada sonrisa, a cada momento, a cada todo, niños, mayores, familias enteras, todos, me venían pidiendo las 50 rupias que el tontaina de turno les dio para quitárselos de encima. ¿Dinero a cambio de amabilidad? Lo siento, no juego. Algo se ha roto llegados a este punto y el principal responsable somos los visitantes foráneos. Lo mismo que sintiera en Khajuraho y tan lejos de las muy humildes Kolkata, Yangon o Phnom Penh.

Orchha_40_Franc-Pallarès-López¡Ok Ranjeet, no se hable más! Esta noche aquí mismo a las 7 en punto. Tú me lo contarás en inglés y yo te lo traduciré al castellano mientras tú tomarás tus notas en hindi y yo me quitaré el sombrero ante tu arte y tus ganas de salir adelante con dignidad, esfuerzo y honestidad, así sí juego. Tomo buena nota de ello, de veras, pero ahora te dejo Ranjeet porque desde los balcones del Raj Mahal vi esta mañana a lo lejos cinco cúpulas junto al río y me quedé con las ganas de ver las tumbas que los Rajás Bundelas mandaron levantar para que nadie se olvidara de ellos una vez muertos.

Qué sorpresa leer entre líneas los nombres de Tamerlán o Samarcanda en los perfíles de las cúpulas estriadas ayer tumbas de grandes reyes, hoy nidos de buitres. Qué delicia una vez más volver a escalar hasta las terrazas inaccesibles a través de pasajes ocultos venidos abajo. Soñar de nuevo, soñar despiertos y soñar mucho porque Orchha es generosa e invita a soñar también al atardecer, allá a la vera del río donde el tiempo y el agua desmigajan inmisericordes restos de templos, y allá más a lo lejos donde hoy en día siguen quemando a sus muertos. Serán una veintena, todos hombres y vistiendo de blanco junto a la pira en llamas, pero hoy no me atrevo a molestar. Para mí no son más que unas posibles buenas fotos y puede que un momento inolvidable, pero para ellos éste será su último adiós a un ser querido.

Yo también me despido, de Orchha, y lo hago también junto al río. Cruzo a la otra orilla hasta las puertas del bosque de Tumgaranya. A mano derecha siguen las imponentes murallas y los palacios sobre la isla-fortaleza. A la izquierda las siluetas recortadas de los mausoleos vacíos. Y aquí en el centro, sobre una roca junto a la orilla, un hombre semidesnudo vistiendo tan sólo un longhi empapado le ofrece una puja al atardecer. Él y yo a solas compartiendo este momento de ensueño. El fuerte estaba y los palacios estaban también. ¿Las tumbas vacías de los reyes? Seguro. Pero ¿Y él? ¿Estuvo allí o le soñé?

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La Herida de Flecha. Cuentos Chinos de la India 3/3

Presta atención, Malunkyaputra:

Supón que un hombre fuera atravesado por una flecha untada en veneno, y que sus parientes llamaran a un médico. Supón entonces que el hombre dijera: “No me sacaré esta flecha hasta que sepa algo sobre el hombre que la lanzó, su nombre y su clan, si es alto o bajo, o de estatura mediana, si es de pelo negro o rubio, si es de tal o cual aldea, suburbio o ciudad…”

“No me sacaré esta flecha hasta que sepa algo sobre el arco, por quién estuvo hecho, y si era un arco o una ballesta. No me sacaré esta flecha hasta que me digan algo sobre la cuerda del arco, si era de una enredadera, junco, tendón, de cáñamo o árbol de savia… hasta que conozca la flecha con la que he sido atravesado, si era de junco o había sido formada con un arbolillo, hasta que conozca sus plumas…” y así hasta el final.

Pues bien, Malu, ese hombre morirá, pero sin haber conocido las respuestas.

– F I N –

El Espíritu de Jason. Orchha, India

Yo también miro películas de Jason Bourne.

Jason puede con todo y con todos. Sabe todos los idiomas, va por el mundo con una docena de pasaportes sin problemas, nunca le falta dinero y es capaz de viajar siempre ligerísimo de equipaje –nunca lo verán cargando maletas-. Jason, por supuesto, conduce todo tipo de vehículos y sino los conduce no pasa nada porque puede escalar con los dientes o saltar de trenes en marcha sin partirse la crisma.

Cuando la India me sobrepasa –muy a menudo- yo también miro películas de Jason Bourne para evadirme en su elemental línea argumental. Y no me avergüenzo, no hay nada de malo en ello siempre y cuando, claro está, no te creas que tú también eres Jason Bourne y, sobretodo, no olvides que tu vida no es una película aunque muchas veces te lo parezca.

Hoy el tren que cubre el trayecto entre Khajuraho y Jhansi va medio vacío, así que compro un billete en general class pero me escurro sin problemas en sleeper. Paisaje ocre monocromo sin mucho que ver hasta que al cabo de unas horas leo la palabra Orchha por la ventana. ¿Orchha? ¡Iba a Jhansi pero en realidad mi destino final es éste! Doy un brinco, recojo todas mis cosas y voy directo hacia la puerta. El tren va frenando lentamente, parece que hoy he tenido suerte y me ahorraré hora y media de viaje extra. ¿Pero estamos frenando realmente? Parece que sí, aunque mejor lo confirmo preguntado a este par de locales tan majetes en una conversación que versó así:

Jason (yo): ¡Namasté! ¿Stop Orchha? ¿This train stop Orchha? -así con mímica y todo-.
Milli Vanilli (ellos): No,no,no,no,no –muy efusivos meneando la cabeza-.
Jason (yo): Orchha no stop ¿Jhansi yes? -redoblando mis esfuerzos mímicos-.
Milli Vanilli (ellos): Yes, yes, yes, yes,yes –más efusivos si cabe, meneando la cabeza con una gran sonrisa-.

A pesar de la contundencia de su respuesta sigo sin tenerlo claro. El tren continúa frenando pero a veces he visto hacer esto mismo sin que llegara a parar del todo y estos encantadores tipos, por otro lado, parecen estar muy convencidos. Prefiero asegurarme y repito el bucle de la conversación anterior hasta en tres ocasiones –en India nunca se sabe-. Al final me queda clarísimo: falsa alarma, este tren no para así que tendré que dar un rodeo desde Jhansi. Pero por otro lado va tan tan lento que casi podría saltar… ¿Sí? ¿No? No parece tan descabellado… ¿Saltar de un tren en marcha en India? Claro que sí ¡Por supuesto! ¿Aún yendo cargado como una mula? ¡Sí claro, hombre! ¡Obvio! Por un momento me siento poseído por el ‘Espíritu de Jason Bourne’, que viene a ser algo así como sentirse de Bilbao pero con acento americano.

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.” Albert Einstein.

Supongo que en un acto de clarividencia y anticipación propio de un genio como él, Einstein se refería este aventurero de poca monta en el preciso momento en el que salté al vacío –o contra el asfalto- en la dirección contraria a la trayectoria del tren -ignorando todas las leyes de Newton, que total pa’ qué-  aumentado con ello la carga cinética de la hostia que estaba por venir. No bastándome con mi mal arranque, improviso un aterrizaje patizambo que haría las delicias de Takeshi Kitano en su célebre show a la bobería humana, y ruedo por los suelos en una lamentable toma falsa ante la mirada atónita de los pasajeros que aguardan en el andén al tren que sigue frenando y que acabará por detenerse exacta y definitivamente 30 segundos después de mi absurdo alunizaje.

¡Dios! ¡No me lo puedo creer! ¡Se acaba de parar el tren y yo, imbécil de mí, casi me parto la crisma para nada! Por cierto… ¿Me he roto algo? ¿Estoy de una pieza? ¿Me puedo levantar? Poder levantarme puedo, pero lo que viene a ser el amor propio hoy se queda por los suelos de la estación de Orchha.

¿Cómo describir este sentimiento de ridículo absoluto mezclado con la ira más furibunda que me corroe las entrañas sazonado con el asombro de haber salido indemne? ¡Pedazo de cabrones que me habrán jurado hasta diez veces por la gloria de su madre que el tren no paraba y que ahora no tienen narices de asomar la cabeza cuando TODO el tren me está mirando por las ventanas con los ojos abiertos como platos! Todo el tren y todo el andén, así unos cientos de personas contemplando como ese despojo humano que soy yo se incorpora cargado como una mula. ¿Y el silencio? ¡Qué silencio! ¡Por dios que alguien diga algo! Pero todos callan, rufianes… ¿¡Es que no hay piedad para los tontos!? Rotundamente No. Todos esperan a que haga algo, a que diga algo. ¿Dignidad dónde estás? ¿Dónde fuiste glamour del viajero que hasta hace unos minutos se sabía dueño de sí mismo y del mundo entero? Al toro campeón, al toro -me repito en fuero interno- y siempre de cara y siempre por los dos cuernos.

Como el que no quiere la cosa me levanto lentamente, con naturalidad -ya ves tú que naturalidad, pero vaya… se intenta-, con el estilo de esa gente que, como Jason, hacen estas cosas un día sí y al otro también. Me tomo mi tiempo, ni demasiado lento ni demasiado rápido, sereno, controlando la situación. ¡Y me sacudo el polvo! Así, como sorprendido de estar cubierto de tierra y arañazos. Y desfilo, elegante, con la cabeza bien alta y la mirada perdida en el infinito a través de ¡Varios cientos de metros de andén! ¡Por el amor de dios! ¿Es que no termina nunca esta estación? Tengo que hacer malabarismos para esquivar los cientos que miradas se clavan en mí, que buscan mis ojos, que buscan por encima de todo una explicación al despropósito que acaban de presenciar y que no comprenden.

“No la hay hijos míos, no la hay”– me digo para mis adentros mientras me empieza a subir la risa y ya no puedo parar de reírme, de cagarme en Milli Vanilli y en todos sus ancestros tanto por la rama paterna como por la materna, de pensar en Jason y en cómo se puede ser tan capullo, y en que al final, sin lugar a dudas, el peor enemigo de uno es siempre uno mismo.

¿Y Orchha y sus palacios y cenotafios? ¡Señor ten piedad! ¡Un respiro! Orchha por hoy tendrá que esperar como me espero yo sentadito a que aparezca un rickshaw junto al paso a nivel, al lado de un chiringuito hecho con tres tablas y un banquito en el que me tomo como premio de consolación una burbujeante Mirinda de color naranja radiactivo que está como el caldo. ¿Qué otras grandes aventuras me esperan a la vuelta de la esquina? ¿Sobreviviré un día más a mí mismo? ¡Viajar, qué grande es viajar!

El Valor de la Duda. Cuentos Chinos de la India 2/3

En una ocasión, cuando Buda viajaba con un grupo de monjes por el país de Kosala, al norte de Kausambi, llegó a Kesaputra, un pueblo de los nobles kalama. Los kalama, cuando oyeron el rumor de que el asceta Gautama había llegado a Kesaputra, fueron a su encuentro; y al abordarle le dijeron:

– Señor, hay en nuestro pueblo algunos religiosos y brahmanes que alaban sus propias opiniones, pero que implacablemente desgarran las de los otros. En realidad, señor, los religiosos y brahmanes vienen continuamente a Kesaputra para hacer eso. Y cuando los escuchamos, las dudas y las vacilaciones surgen en nosotros, pues no sabemos quiénes de ellos están diciendo la verdad y quiénes la mentira. ¡No sabemos a quién creer!

– Vuestras dudas, kalamas, están bien fundamentadas -respondió el Iluminado-. Bien fundadas están ciertamente vuestras vacilaciones; pues surgen con respecto a una materia que está abierta a duda.

Grabaos bien mis palabras, kalamas. No creed nada sobre la base de la simple herejía, pensando que debe ser cierto porque lo habéis oído desde hace mucho tiempo. No creáis en las tradiciones simplemente porque son antiguas y han sido transmitidas a través de muchas generaciones. No creed nada por simples rumores que la gente pueda extender sin utilizar su capacidad de razonamiento.

No creed nada sólo porque esté de acuerdo con el testimonio de vuestras escrituras. No creed nada sobre la base de la suposición o la mera deducción. No creed nada porque la presunción vaya a su favor. No creed nada sólo porque concuerde con vuestras ideas preconcebidas. No creed nada por la simple autoridad de vuestros maestros y sacerdotes; sólo porque ellos puedan ser agradables al hablar, tengan una personalidad encantadora o exijan el respeto de la gente.

Siempre que por vosotros mismos sepáis: “Estas enseñanzas no son buenas, están llenas de faltas, son condenadas por los santos, cuando se siguen y se ponen en práctica conducen a la disputa, la ruina y la pena”, siempre que sepáis eso, kalamas, rechazadlas.

Pero siempre que conozcáis por vosotros mismos, tras una completa investigación: “Estas enseñanzas son buenas, están libres de faltas, son alabadas por los santos, cuando se siguen y se ponen en práctica conducen al bienestar y la felicidad nuestra y de los otros seres”, entonces, kalamas, aceptadlas como ciertas, vivid según ellas, actuad de acuerdo con ellas.

“Lo mismo que los prudentes comprueban el oro cortándolo y examinando la veta que deja al frotarlos sobre una piedra de toque, así deberíais aceptar mis palabras sólo tras examinarlas de acuerdo con vuestra propia experiencias y razón, y no simplemente por respeto a mí.”

Así habló el Supremamente Despertado a los kalamas de Kesaputra.

–  F I N  –

Y Muy Salvaje. Khajuraho, India

Bañábase desnuda la bella Hemavati en el estanque de Rati Talab, entre flores de loto y reflejos de luna en una noche tibia de verano. Era hija de Hemraj, brahman Purohit del Raja Indrajit, de la casa de los Gaharwar, en la ciudad sagrada de Kashi –Varanasi-. Tal era su belleza, tal el porte de su busto, el talle de su cintura y el brillo en la redondez de sus caderas empapadas, que Chandra –el diós lunar- no pudo resistirse, y haciéndose hombre bajó a la tierra y poseyó a la bella Hemavati.

Desesperada, Hemavati maldeció a Chandra por haber mancillado su honor, y Chandra, queriendo enmendar sus errores prometió a Hemavati que sería madre de un gran hombre: ‘Parte ahora hacia el oeste, marcha lejos de Kashi hasta llegar al bosque de los khajurs’.

Siguiendo la estela de Hemavati, yo también dejo atrás Varanasi y marcho hacia el oeste en busca del desparecido bosque de los khajurs –palmeras datileras- donde todavía siguen en pie los Templos de Khajuraho, el legado del mitológico Chandravarman, el hijo de la Luna que parió la bella Hemavati. Estos templos son el legado en piedra que la dinastía Chandela dejó al mundo y uno de los ejemplos más sublimes de arquitectura y escultura –aquí ambas se funden- de la India.

Fue otra noche muy fría en la sleeper class, aunque esta vez estuve menos solo. Me acompañaban en el vagón la Rusa Galina que venía haciendo auto-stop desde Moscú con su tienda de campaña –una mujer fuerte y bien torneada, de armas tomar si se gira mal tiempo-, y Matt el Australiano, que hacía poco había descendido de los Himalayas después de pasar varios meses de voluntario en un orfanato en Nepal. Otra noche de traqueteo y frío punzante deseando que llegue ya el nuevo día cuando al fin, las tierras de Madhya Pradesh nos regalan una delicia de amanecer. Lentamente un sol rosado se va alzando sobre un horizonte incierto que se pierde entre suaves colinas y brumas matutinas. Una hierba alta y dorada lo cubre todo, y la campiña aparece moteada por grandes árboles de un verde oscuro casi negro y parches de tierra fresca de campos recién arados. Si no fuera por algún colorido sari trabajando ya a estas horas, juraría a pies juntillas que este tren desfila por la meseta, allá lejos en Iberia. Pero la visión alucinógena de un enorme nilgai comiendo de un árbol –antílope local también conocido como ‘toro azul’- me despierta definitivamente de mis sueños y mis elucubraciones. Amanece en India y estamos llegando ya a Khajuraho.

Khajuraho_13_Franc-Pallarès-LópezCon la estación de tren a 7km al sur, el trayecto hasta el pueblo acaba rozando lo absurdo. Un escuadrón de autorickshaws nos esperaba desde hace rato y entre la quincena de turistas y los Mr. Driver estalla la batalla por un precio razonable –uno que al menos no sea abusivo-. Una batalla donde el temple, la velocidad y la convicción son claves. Bien jugada: rápida y certera, tenemos ya nuestro rickshaw con un par de italianas, pero la guerra no ha terminado. Si la batalla de hace apenas unos minutos era entre foráneos y locales por ese precio razonable, la siguiente batalla es a muerte sólo entre occidentales: todos luchamos por ‘la habitación barata’. Así que bajo las promesas de una propina –que hace apenas unos minutos regateábamos con firmeza- y apelando a la virilidad de nuestros jinetes, se entabla una endiablada carrera de autos locos hasta el pueblo. Avanzan por el flanco derecho la joven americana fornida que carretea un sitar a cuestas -me contará más tarde que aprende por el camino- y el chico majo que teniendo medio culo fuera del asiento no deja de sonreír. El bólido de la Rusa Galina y Matt el Australiano nos pisa los talones cuando dejamos atrás el aeropuerto entre nubes de polvo y bocinazos -¿Hay aeropuerto en Khajuraho?-. Todos midiendo los tiempos hasta el próximo cruce, elucubrando los radios de curvatura óptimos de la siguiente rotonda, y en última instancia jaleando a nuestros Mr. Driver con la mente puesta en esa habitación barata que por la mera presencia de tanta clientela quedará en quimera y no más.

¿Una ducha? ¿Una cabezadita para descansar del viaje? Eso es para los débiles y los infieles. A cada minuto que pasa, el sol sigue su ascenso imparable, y los devotos de la caja oscura nos debemos a la mejor luz, y a vernos obligados a deambular cámara en mano a ciertas horas y no a otras. La siesta tendrá que esperar.

Khajuraho_25_Franc-Pallarès-LópezPero hoy ya voy tarde: cada día tiene un sólo amanecer y hoy ya tuve el mío. Y voy con prisas y cansado, y peor todavía, vengo de Varanasi. Los templos de Khajuraho son sencillamente impresionantes y no tanto por su tamaño -aunque algunos son enormes moles de roca-. Su estado de conservación es excelente a pesar de sus mil años -la dinastía Chandela floreció entre el 950 d.C. y el 1050 d.C.-, y en una arquitectura como ésta, donde la escultura y la atención al detalle no son adicionales a la volumetría sino que conforman la volumetría en sí misma, eso significa que venir a Khajuraho es poder contemplar las excelencias artísticas de la India en toda su plenitud. Abrumado por tal desbordante acumulación de matices, el ojo inexperto corre el riesgo de dar, sin querer, la batalla por perdida con un paso en falso atrás, marchándose con la sensación de que habiendo visto uno estaban vistos todos. Y es que en la arquitectura, como con un buen vino, una buena película o un partido de fútbol, es necesario entrenar el paladar para poderlos disfrutar. No basta con mirar embobado y asentir mecánicamente. Hay que hacer el esfuerzo de ver para poder llegar a comprender.

No pueden no gustarte estas montañas de piedra labrada, pero resulta demasiado tentador zanjar la visita con un “todo más de lo mismo”. A mí me pasó…

Todavía resacoso de la avasalladora Varanasi, me despistaron los rebaños arquetípicos de turistas occidentales y los jardines afrancesados con los que desafortunadamente decidieron ambientar estas perlas. Ante la exquisitez de una joya barroca, siempre vestirla con sobriedad, siempre con sobriedad. La magia de una ruina consiste, precisamente, en que siga siendo una ruina. Y resulta que el sol ya está demasiado alto, y que realmente necesitaba aquella siesta, y que para colmo ya me han intentado avasallar con malas maneras antes de entrar al reciento. Al insistente chico no le bastó con que declinara amablemente su oferta hasta en diez ocasiones, sino que me siguió interpelándome bruscamente, y hasta que no me crucé y subí el tono no se dio por aludido. Algo hastiado, encuentro un banco apartado a la sombra de un árbol y me tumbo a dormir y a esperar que caiga el sol. ¿Dos horas? ¿Tres? No lo sé, voy abriendo un ojo a cada rato para pasar revista hasta que harto de esperar me pongo de nuevo en marcha.

¿Y los templos? Exquisitos, deliciosos, recargados, barrocos por fuera y por dentro. Rabiosamente elegantes de perfil, imponentes al frente; misteriosos en sus entrañas. Siempre siguiendo el mismo patrón, el del templo dentro del templo, la muñeca rusa que guarda en su interior el sancta sanctórum donde habita el ídolo, a veces en forma de Vishnú, en otras ocasiones en forma de sobrios lingams representando a Shiva.

Khajuraho_35_Franc-Pallarès-López¿Y el porno? ¿Dónde está el porno? Sí, porno, mucho porno y muy salvaje. Toda descripción o relato previo a una visita a Khajuraho parte de este detalle como el hecho singular a destacar. E indiscutiblemente lo es porque pocos ejemplos de erótica sagrada pública habrá en el mundo entero. Y sí, hay porno y muy salvaje en los muros de Khajuraho –un pobre burro petrificado, del susto supongo, da fe de ello-. Y yo también vine –secretamente, claro, no se lo digan a nadie- para echar una miradita, rápida. Pero tampoco hay tanto y seguro que cosas más subidas de tono hemos visto todos, así que no vengan aquí sólo para ‘eso’. A ‘eso’ me refiero al Kama Sutra que allá por donde va levanta polvareda y supongo que dice mucho de nosotros que así lo haga, y dice mucho también de ellos –los constructores de Khajuraho- que hablaran tan abiertamente de un asunto que cuando no es tabú se trata con una frivolidad apabullante. Otra cara mal disimulada del mismo conflicto interno -léanse niñas cantoras que tienen que lamer martillos y desnudarse sobre bolas de demolición-.

El Kama Sutra es precisamente ni lo uno ni lo otro, y claro, acá en occidente como ya no somos mojigatos nos quedamos con el eso de lamer un martillo, o lo que es igual: con que el Kama Sutra no es más que un manual de posturas exóticas –y yóguicas, porque hay que estar muy en forma para dar la talla-, cuando en realidad era -y sigue siendo- un tratado sobre la sexualidad, como los hay también en la tradición literaria India sobre la alimentación, la salud, la astronomía o cualquier otro aspecto importante que afecte al ser humano. Una sexualidad que no se entiende ni como pecado, ni como libertinaje frívolo sin ton ni son. Una sexualidad divina -en el sentido más mundano de la palabra- donde el único pecado es precisamente ése: la frivolidad,  y donde el énfasis se pone en la percepción del sexo como un arte del juego y el placer hacia, para y por el otro.

Khajuraho_43_Franc-Pallarès-LópezAl final sólo fueron dos noches y me marcho de Khajuraho con mal cuerpo. Me sentí echado con cajas destempladas y algo tuvo que ver aquel aeropuerto en un pueblo tan pequeño como éste y los vuelos diarios a Delhi. Un ruta aérea ciertamente ruinosa pero que sigue siendo rentable porque alguien sigue estando dispuesto a pagar el precio. Ese alguien son muchos de aquellos rebaños arquetípicos de turistas occidentales que, estando en todo su derecho a venir aquí en avión y partir cuanto antes tras un chapuzón en la piscina del hotel, han trastocado sin remedio eso que yo llamo el “equilibrio del ecosistema turístico” basado en el respeto mutuo y el precio justo de las cosas.

Me resultó imposible moverme por el pueblo sin ser constantemente abordado, interpelado y achuchado por gente que directa y grotescamente sólo quería sacarme las perras. No sólo eso, es más, exigían dinero casi por todo a cambio de casi nada. Porque sí, porque se lo atribuían como un derecho y a mí como una obligación. Y no es que fueran miserables -ciertamente gente muy humilde-, pero con gente más humilde me crucé en Camboya, Myanmar o en Kolkata aquí mismo en la India, y nunca me encontré esto. Sólo una vez, sólo en Pulau Nias, y en aquella ocasión como en ésta, la responsabilidad era gran medida del turista extranjero que llegó repartiendo dinero sin ton ni son, por lástima que no por querer ayudar, por ser magnánimo sin tener en cuenta que de este modo no mejora nada, sólo empeora.

El viaje continúa y ancha es India, pero resultó triste y agotador sonreír y que a cambio te pidieran dinero.

La Semilla de Mostaza. Cuentos Chinos de la India 1/3

Un día, cuando la estación lluviosa hubo terminado, Krsa Gautami, la esposa de un hombre rico, estaba muy apenada por la pérdida de su único hijo, un niño que acababa de morir, cuando empezaba a tener edad para andar.

En su pena, Krsa Gautami llevaba al niño muerto a todos sus vecinos de Kapilavastu, pidiéndoles una medicina. Al verla, la gente sacudía la cabeza con tristeza, pues se apiadaban de ella.

– ¡Pobre mujer! La pena le ha hecho perder el sentido. A este niño ya no le pueden ayudar las medicinas.

Incapaz de aceptar el hecho de la muerte de su hijo, Krsa deambuló entonces por las calles de la ciudad, pidiendo ayuda a cualquiera que encontraba.

– ¡Por favor, señor, dadme una medicina que cure a mi niño! –le dijo a un hombre.

El desconocido miró a los ojos del niño y vio que estaba muerto.

– Ay, no tengo medicinas para tu hijo –le contestó-. Pero conozco a un médico que puede darte lo que necesitas.

– Por favor, señor, dígame dónde puedo encontrar a ese médico.

– Buena mujer, ve a ser al Shakyamuni, el Buda, que reside ahora en el Parque Bania.

Krsa acudió a toda prisa al Nigrodharama; y los monjes la llevaron ante Buda.

– ¡Reverendo señor, dame la medicina que curará a mi hijo! – le dijo llorando.

El señor Buda, océano de la compasión infinita, miró con piedad a la mujer sobrecogida por la pena.

– Has hecho bien en venir aquí a buscar esa medicina, Krsa Gautami. Ve a la ciudad y consigue un puñado de semillas de mostaza –le dijo el Perfecto, añadiendo después-: las semillas de mostaza deberán cogerse de una casa en la que nadie haya perdido un niño, esposo, padre o amigo.

– ¡Sí, señor! –exclamí Krsa, muy contenta-. ¡Conseguiré la semilla de mostaza enseguida!

La pobre Krsa Gautami fue de casa en casa con su petición, y la gente, apiadándose de ella, le decía:

– Aquí tienes las semillas de mostaza, coge todas las que quieras.

Entonces, Krsa les preguntaba:

– ¿Ha muerto en vuestra familia algún hijo o hija, padre o madre?

– ¡Ay! Los vivos son pocos, pero los muertos muchos. ¡No nos recuerdes nuestra pena más profunda!

Y no hubo ninguna casa en la que no hubiera muerto algún pariente, algún ser querido.

Fatigada y con la esperanza perdida, Krsa Gautami se sentó al lado del camino, observando apenada las luces de la ciudad que parpadeaban encendiéndose y volviéndose a apagar. Y finalmente, las sombras profundas de la noche sumergieron el mundo en la oscuridad.

Considerando el destino de los seres humanos, el hecho de que sus vidas se encienden para volverse a extinguir, la desconsolada madre comprendió de pronto que Buda, en su compasión por ella, la había enviado para que aprendiera la verdad.

– ¡Qué egoísta soy en mi pena! –pensó-. La muerte es universal.

Dejando aparte el egoísmo de su afecto por su hijo, Krsa Gautami fue al borde de un bosque y tiernamente puso el cuerpo muerto sobre un montón de flores silvestres.

– Hijito – le dijo tomando la mano del niño-. Pensaba que la muerte sólo te había sobrevenido a ti; pero no es a ti sólo, pues es común a todas las gentes.

Y lo dejó allí, y cuando el amanecer iluminó el cielo oriental, regresó junto al Perfecto.

– Krsa Gautami –le preguntó el Tathagata-. ¿Conseguiste un puñado de semillas de mostaza en una casa en la que nadie haya perdido nunca a un pariente o amigo?

– Eso, señor, ya ha pasado –dijo ella-. Concédeme apoyo.

– Buena mujer, la vida de los mortales en este mundo se ve turbada y es breve, e inseparable del sufrimiento – declaró Buda-. Pues no hay ningún medio, ni lo habrá nunca, por el que los que han nacido puedan evitar la muerte. Todos los seres vivos son de tal naturaleza que deben morir, alcancen o no la vejez.

“Lo mismo que las frutas que maduran temprano están en peligro de caer, los mortales, cuando nacen, están siempre en peligro de morir. Lo mismo que los recipientes de arcilla que hace el alfarero terminan rotos, así sucede con la vida de los mortales. Jóvenes y viejos, los estúpidos y los prudentes, todos caen en el polvo de la muerte, todos están sometidos a ella.”

“De los que se separan de esta vida, vencidos por la muerte, un padre no puede salvar a su hijo, ni los parientes a sus familiares. Mientras los parientes miran y se lamentan, uno a uno los mortales desaparecen, como bueyes llevados al matadero. La gente muere, y su destino tras la muerte estará de acuerdo con sus actos. Esos son los términos del mundo.”

“No por llorar ni lamentarse obtendrá nadie la paz de la mente. Por el contrario, su dolor será mucho mayor y arruinará su salud. Enfermará y palidecerá; pero con sus lamentos no se restaurará el cuerpo muerto.”

“Ahora que has oído al Tathagata, Krsa, rechaza la pena, no dejes que entre en tu mente. Cuando veas a alguien muerto, debes saber con seguridad: “Nunca volveré a verlo en esta existencia.”

“Y lo mismo que el fuego de una casa incendiada se apaga, también una persona sabia y contemplativa esparce el poder de la pena, con experiencia y rápidamente, tal como el viento esparce las semillas del algodón.”

“El que busca la paz debe sacarse la flecha de las lamentaciones, los anhelos inútiles y las punzadas de dolor que él mismo se provoca. El que se ha quitado esa flecha malsana y se ha tranquilizado, conseguirá la paz de la mente. Verdaderamente, quien haya vencido a la pena estará siempre libre de ella, sano e inmune, confiado, feliz y cerca del nirvana, eso es lo que digo.”

– F I N –

El Encantador de Serpientes. Varanasi, India

Los encantadores de serpientes en realidad no encantan serpientes. Es todo más sencillo. La cobra –un animal defensivo que no atacará sino es atacada- reacciona ante el movimiento del encantador que sopla su ‘pungi’ sin parar, meciéndolo constantemente desde una distancia prudencial. Son los vaivenes de la flauta lo que sigue la cobra y no la música –perciben las vibraciones, pero no la música como nosotros la entendemos-.

La cobra parece estar bajo un hechizo y el público nos quedamos fascinados por la esbelta figura desplegada del animal, por la textura y las marcas de su piel, por el atuendo del faquir y por el exotismo del entorno en general. Pero no hay magia ni hay hechizo, tan sólo una dinámica bien aprendida y unas respuestas ya conocidas de antemano, lo demás, el embrujo, lo ponemos nosotros, o mejor dicho: nuestra ignorancia del asunto sumada a nuestras ganas de creer para tener qué contar.

Varanasi está lleno de encantadores de serpientes. Las calles y los ghats están atiborrados de ellos. Lucen sus mejores galas e interpretan a la perfección su papel. La pose, la mirada entornada al infinito, los gestos lentos y delicados. Estos encantadores seducen y hechizan a millares de personas.

Tras una semana en Varanasi no he podido sacudirme de encima esa sensación de que todo lo que ha ocurrido a mi alrededor, al final se podría resumir en un ‘sálvese quien pueda’. Todo es rito, pero un rito que me suena hueco. ¿Cargado de simbolismo? Sí, puede, y seguro que muy antiguo y muy complejo, no lo dudo. ¿Que mis percepciones y valoraciones se apoyan en la ignorancia y la novedad? También lo asumo. Pero en general, el ambiente en los ghats y en las calles no exhala valores, no se perciben valores. No hay hermandad, no hay reflexión, no hay compasión. Es un torbellino de gentes venidas de todos los rincones de la India y del mundo entero para ver, cumplir y partir. ¿Cumplir con qué? Con lo que mande el brahmán de turno si hay suerte y recursos –aquí al menos tendremos unos conocimientos sólidos-. O cumplir con lo que bhaddars y yatrawals –cazadores de peregrinos- manden a cada momento en un tour guiado por el ‘TOP 10’ de la santidad en Varanasi. Puede que tampoco ayudara el que mi hostal estuviera junto a la calle que une el Templo de Kashi Vishwanath y con el Lalita Ghat. Y puede que al pasar no menos de cinco veces al día por esa calleja y verme atropellado sistemáticamente por estampidas de peregrinos abriéndose paso a codazos y empujones, yendo ahora al río ahora al templo, pensará más en unos San Fermines que una experiencia íntima y espiritual.

Pero no me resigno. Sigo deambulando por la ciudad y sí que en algunos casos, un hombre mayor, aquella anciana sentada rezando frente al río, algo sí se ve. Y es entonces cuando entramos los turistas y extranjeros variopintos. Unos con un hambre voraz por devorar todo momento fotogénico, por raspar algún instante mágico más allá del atropello y la marabunta –que también cotizan en los álbumes de recuerdos, pero en otra categoría-. Y luego están los otros también, esos que vinieron aquí de ‘turismo catártico’, con esas ansias de ser más místicos que los más místicos, más papistas que el Papa, hasta rozar absurdos que sorprenden hasta a los indios.

Puede que con estas palabras me delate, pasando a engrosar las filas de esos peregrinos sedientos y desorientados que buscan ver y cumplir para poder partir con la conciencia tranquila a riesgo de no haber comprendido nada. Lo sé y lo asumo. Porque pasados los meses tras mi primera visita me enteré de que más allá de la Varanasi de romería, la de postalita y estampita, la del circo de sadhus de pastiche y encantadores de serpientes que en realidad no encantan serpientes, más allá de toda esta parafernalia, Varanasi es -y siempre ha sido- meca del conocimiento; y que esa mitad suya tan desconocida es en realidad tan intrínsecamente esencial como la otra de las postales.

Ciudad de conocimiento, ciudad de poesía, de medicina, de danza, de música, de literatura. Ciudad de artistas y eruditos que han conservado e innovado saber humano durante milenios. Por aquí pasó Buda, Sankara, Ramananda, Trailinga Swami, Kabir, Guru Nanak, Tulsidas, Ananda Mayi Ma y muchos muchos más. Todos ellos grandes nombres de los que apenas sabemos nada en occidente, y todos ellos grandes nombres que hablaron precisamente de lo que cojeamos en occidente. El saber en Varanasi sigue vivo aunque se enfrente al dilema de los tiempos modernos. Por un lado la muerte lenta de las tradiciones frente a la imparable invasión cultural de occidente -remasterizada por el potente tamiz indio-: los jóvenes se miran en espejos muy distintos a los de sus padres. Por el otro lado, una nueva avalancha de occidentales huyendo precisamente de lo que los jóvenes indios abrazan y buscando aquello que estos jóvenes repudian: saber y tradiciones milenarias que puedan dar respuesta a la desazón que se cuece en sus siglos XXI particulares. Otra paradoja más a añadir a la infinita lista que ya acumula la ciudad.

Me fui de Varanasi sin saber lo que sé ahora. Me entero por K. Chandramouli que “el Ganga Aarti -ritual frente al río que reúne multitudes a diario- ha sido reintroducido recientemente, más con fines comerciales a modo de representación teatral, que a fines sagrados”, y caigo en la cuenta de que pasé por Varanasi con lo ojos muy abiertos, pero poco más. Me quedé embobado con la simpleza de la serpiente, con la mirada fija en el ir y venir de cachivaches varios que trajinaban siete mozos bienintencionados en siete escenarios muy bien dispuestos en Dasaswamedh Ghat. Embobado por la música y el incienso, por el atrezo en general. Pero durante mi estancia en esta ciudad sin parangón en el mundo entero -y probablemente en la historia de la humanidad y eso es mucho decir- pasé de largo de las escuelas música y danza, no conocí a ningún pandit -erudito del sánscrito- y ni tan siquiera me dejé caer por la venerable Universidad para echar una ojeada. Le di la espalda sin saberlo a una de las principales fuentes que alimentan esta ciudad sin parangón, para quedarme sólo con la postal de los que se limitan a beber de ella.

A Varanasi hay que venir con tiempo y sin prisas, y en última instancia y sobretodo, con algo más que un par de ojos bien abiertos y demasiadas tarjetas de memoria. ¿El qué? No lo sé… Tendré que volver.

La Otra Orilla. Varanasi, India

Había oído muchas cosas sobre Varanasi pero nadie me había contado que al atardecer las azoteas de la ciudad vieja se cubrían de niños que hacían volar sus cometas de papel. Centenares de cometas enzarzadas en cabriolas imposibles, superponiéndose a los trazos invisibles que dejaban a su paso bandadas de gorriones al caer el sol.

Hay que encaramarse a las alturas de la ciudad -y no dejarse distraer por las cometas y los gorriones- para darse cuenta de otro hecho sorprendente del cual tampoco nadie me había hablado. La ciudad de Varanasi se amontona, acumula y apilona toda ella, hasta el punto de reventarle las costuras, en el margen izquierdo del río Ganges. Crece en vertical apiñada sobre sí misma y sobre su pasado. Más de un millón de almas apretujadas a un lado del río mientras la otra orilla, permanece desierta.

¡Námaste Varanasi! La venerable Kashi, Ciudad de la Luz. Ciudad de Shiva y Párvati, la única que siendo divina mora en la tierra a sabiendas de seguir suspendida sobre el tridente de ‘El Destructor’. Bañada en su orilla occidental por Ma Ganga, la diosa Ganga, la Madre cuyas aguas todo lo purifican. La ciudad más sagrada de toda la India a la que llegué desde Bodh Gaya cubierto de polvo y sudor, tras un trayecto de 11 horas en bus –que supuestamente sólo eran 6- cuando la noche ya había caído sobre el avispero de la ciudad nueva, a los alrededores de la estación de ferrocarriles. Con el suficiente ánimo para negociar un rickshaw a un precio razonable que me lleve al centro abriéndose paso entre el enjambre de motos, coches, rickshaws, autorickshaws, carromatos varios, peatones impredecibles y alguna que otra vaca, sagrada. Otra vez la marea negra estridente -el indio hace de uso del claxon para proclamar, insistentemente, su mera existencia en el mundo-. Otra vez el magma burbujeante que colapsa todas las arterias de la ciudades indias. Ésta fue la parte fácil porque tras apearme frente al arco de Dasasawamedh Ghat Road, me adentro por primera vez en la maraña de callejones de la ciudad vieja, la verdadera Varanasi.

Varanasi_104_Franc-Pallarès-LópezEn apenas cinco minutos ya me doy por perdido en este mundo paralelo que ningunea toda experiencia previa; una versión barroca, colorista y desgastada de las escaleras imposibles de Escher. En apenas un minuto un chaval ya me ha recogido y me guía por el laberinto en penumbra hacia mi supuesto destino, abriéndose paso en la noche con una espléndida sonrisa en la cara. Con las más de trece horas de viaje a cuestas, rezo para que no me líe y me lleve a la tienda de su tío a venderme vete tú a saber qué historias. Pero hoy tengo suerte y esta noche mi lazarillo es un chico honesto que por entre callejones que tuercen a otras callejas que llevan a otros pequeños patios, finalmente me deja en la puerta de la Puja Guesthouse. ¡Dhanyavād Little Mister! ¡Dhanyavād! -¡Gracias Pequeño Señor! ¡Gracias!-. Como cada vez que alquilo una nueva habitación, cumplo con el ritual burocrático del registro -a los indios, el papeleo parece producirles un placer extremo-; me doy mi merecida ducha de agua fría y me dispongo a asaltar la Varanasi nocturna a por algo de comida cuando justo se da un apagón –uno de los muchos que están por venir-. ¿Qué hacer? ¿Ceder y pasar la noche en ayunas? No será para tanto –me digo-, en peores plazas hemos toreado. Me armo de coraje. Me pueden el hambre y las ganas de echar otro vistazo al embrujo por el que vine andando, pero Varanasi se impone. Me detengo en la plazoleta al llegar a la esquina, junto al templete rojo del que sale un gran baniano, hay un par de velas iluminando unos puestos de chucherías.

Es tan negra la noche en pleno corazón de la ciudad, son tan retorcidos los callejones y siguen un patrón tan aleatorio que debo asumir mi situación. De aventurarme ahora a oscuras me perdería seguro y no encontraría mi camino de vuelta. Me rindo ante la lógica de la ciudad y dejo que el día termine junto a este encantador señor que alumbra su puesto con una vela. Le compro –y compraré los próximo días- galletas y agua, y me quiere vender –día sí y día también- tabaco y estampitas multicolor de deidades varias.

Varanasi_006_Franc-Pallarès-López¡Pero al día siguiente amanece! En Varanasi siempre amanece. No importa cuán oscura o larga haya sido la noche. Puede que sea por eso que en esta ciudad de más de 3000 años los edificios más antiguos no tengan más de tres siglos. Porque a pesar de las conquistas y las catástrofes que hubieran abatido a cualquiera, la Ciudad de la Luz siempre renace sobre sí misma desafiando al mundo entero con un nuevo amanecer. Y es precisamente por eso, también, que esta ciudad se levanta en la orilla izquierda y no en la derecha: para saludar de cara al nuevo día mientras se sumerge uno en las contaminadas aguas purificadoras de Ma Ganga –la madre Ganga-. A Varanasi se viene a eso, a bañarse en el río mientras sale el sol. A eso y a morir.

Ésta es una ciudad al borde, al límite entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos, el profano y el sagrado. Una ciudad que cuelga de la temblorosa línea que definen las aguas del Ganges al encontrarse con los peldaños de los ghats -escalinatas que bajan al río-. Es en ese preciso límite desplegado a lo largo de cinco kilómetros donde tiene lugar el mayor espectáculo del mundo: la contradicción insalvable, la paradoja irresoluble, la dualidad más insufrible, el maridaje imposible de los extremos irreconciliables.

La lista podría –y de hecho es- infinita: la muerte en las piras de sándalo en Manikarnika frente a la vida que brota a borbotones de los callejones que llevan a los ghats; la miseria del leproso que se arrastra frente al palacio del Maharajá de Jaipur; la santidad del sadhu que renunció al mundo en busca de la verdad frente al pordiosero mal disfrazado de santón con mirada de cordero degollado que se ofrece para la foto por unas ruppias. La frivolidad del turista occidental cincuentón adinerado –o veinteañero ‘hippie wanna be’- que contempla con desconcierto, fascinación y mal disimulada repugnancia a las hordas de humildes campesinos que –habiéndose gastado los ahorros de una vida para llegar hasta aquí- se abalanzan sobre el río para beber sus aguas sagradas y purgar sus pecados. La función que aquí se representa es infinita, siempre la misma, siempre distinta. Atracción y repulsión, dos caras de la misma moneda, dos estados de ánimo con los que indistintamente alterno mientras deambulo boquiabierto por los ghats y las callejas de Varanasi.

Varanasi_019_Franc-Pallarès-LópezPorque la ciudad sigue existiendo más allá del río. Detrás de las escaleras, de los palacios de los maharajás y de los cafés con vistas y wifi para los turistas occidentales, hay una ciudad de un millón de almas. ¿La parte nueva? Como cualquier ciudad india de nuevo cuño: aplastada por la dejadez y las prisas, y por esa pátina de polvo que acaba impregnándolo todo. Algún que otro gigantesco pandal –estructura temporal de bambú- a medio hacer para el Durga Puja que se avecina, pero poco más. No es la ciudad nueva lo que hace especial a Benarés, hay que perderse en la parte vieja, y aún perdiéndose por ella hay mohalás y mohalás -barrios-. En el sur -no sabría decir exactamente por donde anduve- las calles aparecen desiertas, sorprendentemente desiertas y silenciosas. Pocos hombres, ninguna mujer, y sólo el ruido de los telares del barrio musulmán donde se tejen las mejores sedas de la toda India. Lejos quedan los torsos desnudos de los brahmanes cruzados por el cordón sagrado. ¿Lejos? ¡Todo está amontonado en Varanasi! A escasos minutos a pie reaparecen de nuevo los templetes hindués al giro de una esquina, brotan, se redoblan los tambores de guerra y el desbarajuste monumental de peregrinos vuelve a inundar las calles. Venidos de todos los rincones de la India –por primera vez me cruzo con los coloridos turbantes de los rajastanis- una muchedumbre se arremolina a los alrededores del Kashi Vishwanath, el Templo Dorado, probablemente el templo más sagrado de Varanasi al cual nunca llegaré a entrar.

Demasiada gente, demasiada histeria colectiva –lo intenté de veras-, la cola siempre demasiado larga. Centenares de policías perezosos apostados en las calles de los alrededores. Matando el tiempo con sus metralletas, palos y algún que otro fusil de los tiempos del abuelo palancas. Sorprende que esta ciudad santa no tenga una Basílica de San Pedro, ni una Kaaba. Varanasi es ciudad de templos –muchos, sí- pero no de ‘un gran templo’. Toda ella es sagrada, salpicada de templetes, cada uno a cargo de una orden, o de un pujari -sacerdorte-. Y no sólo templos: pequeños altares empotrados, rincones cubiertos de guirnaldas de flores frescas, imágenes desfiguradas embadurnadas de kumkum rojo. Un nicho en el bajo de una escalera custodiado durante las noches por un niño acurrucado que recoge ofrendas a cambio de bendiciones. ¿Habré pasado 10 veces durante el día frente a esta escalera y hasta esta noche nunca imaginé que en ese hueco hubiera un altar? La realidad de Varanasi está tan sobredimensionada que la percepción de todos sus matices resulta inasumible.

Varanasi_041_Franc-Pallarès-LópezQue nadie venga aquí esperando el gran templo, que nadie venga aquí esperando la ciudad monumental. En las fotos lo parece, en los recuerdos -que siempre son traicioneros- también, pero ésta no es una ciudad que dé grandes aspavientos. Es la densidad y el apilamiento en vertical lo que le confiere monumentalidad. Son los vivos colores de las fachadas desconchadas y los saris estampados de las mujeres. La estrechez de los callejones bloqueados por vacas sagradas -encontré alguna paciendo sola dentro de un templo-. La grandiosidad de las mansiones venidas a menos. La basura pudriéndose en la misma esquina durante tres días, con sus tres noches. Los patios que llevan a patios que llevan a otros patios que llevan a otros patios…

Es estar sentado tomándote un lassi –yogurt frío- tranquilamente y ver pasar el alboroto de una comitiva fúnebre -sólo hombres- cargando a cuestas a un muerto boquiabierto, envuelto en sábanas blancas y cubierto de guirnaldas al grito de ¡Ram Nam Satya Hai! ¡Ram Nam Satya Hai! -¡Rama es el nombre de la verdad! ¡Rama es el nombre de la verdad!-. Saltar del asiento, pagar la cuenta, y seguir la comitiva por los callejones hasta el Manikarnika Ghat, el lugar donde durante milenios, día y noche, las piras han permanecido encendidas para ver arder a millones de fieles. Porque a Varanasi se viene a esto: a morir y arder en llamas hasta que sólo queden las cenizas que se arrojarán al río para mezclarse con el cieno, y que prestos, una cuadrilla de mozos removerá con sus propias manos a la búsqueda de alguna alhaja que hubiera sobrevivido al pasto de las llamas, y todo esto frente a los familiares de los difuntos allí presentes, y todo esto con la mayor naturalidad del mundo.

Me sorprendió no sorprenderme. Lo que aquí acontece es de suma trascendencia -Manikarnika es legendario en la mitología hindú y a fin de cuentas hablamos de la muerte de seres queridos-, pero no hay llantos ni lamentos. Nadie se rasga las vestiduras ni se tira de los pelos. Hay una diligencia metódica que ordena los ritos escrupulosamente marcados a cada momento. Los cuerpos en sus camillas esperando sobre los ghats, los porteadores de leños que vienen y van desde los almacenes justo detrás del ghat, los brahmanes azuzando las llamas para que ardan por completo los cadáveres. ¡Ni tan siquiera huele mal! Resulta, en cierto modo, un descanso saber que la muerte es esto y nada más. Rodeada de tanta parafernalia la muerte se queda en poco. La vida en Varanasi se empecina y sigue su curso.

Varanasi_083_Franc-Pallarès-LópezUnos metros más arriba, junto al templo hundido de Dattatreya Ghat, llevo ya varios días buscando a Telu. Mi amiga Claudia -que pasó por aquí hará 5 años y que conocí en Mae Sot me manda saludos para su amigo que regenta un puesto de chai -te indio- en este ghat. Pregunto por todas partes sin encontrarlo hasta que doy con un chico de desconcertantes ojos verdes que afirma ser su hermano. Podría ser cierto… ¿Porqué no? Aunque por otro lado llevo ya muchos días zafándome del ejército de embaucadores y liantes varios que patrullan regularmente por las calles de la ciudad. El chico es encantador, me invita a un chai y me cuenta que Telu consiguió un trabajo nuevo, que hoy no está pero si quiero mañana podemos quedar -él ya se encarga de avisarle-. Me lo creo. Me mira directamente a lo ojos -con sus desconcertantes ojos verdes- y con su sonrisa franca insiste en no cobrarme el chai ¡Por dios! ¡Sólo faltaría! ¿Al amigo de una amiga de Telu? ¡No! ¡Nunca jamás! ¡Invita la casa! El chai apenas cuesta nada, pero por mucho menos algún rufián ha intentado cobrarme barbaridades, así que le pregunto a Jagad si sabe de algún barquero. ¿Un barquero? ¡Por supuesto que sí! ¡Aquí mismo mi sobrino Bisaj! Pues no se hable más. Tan sencillo, tan fácil y tan agradable, por un precio razonable ya tengo barquero para el próximo amanecer y una cita con Telu para mañana. Agradezco la ayuda y mi segundo chai por cuenta de la casa juntando las manos y entonando un sentido dhanyavād.

Vuelvo a casa, a encaramarme a mi atalaya, el terrado de la Puja Guesthouse que ofrece desde un sexto piso una impresionante vista de todo Benarés. La ciudad atiborrada a un lado y la otra orilla que sigue vacía. Medio pueblo en las azoteas tomando el fresco y un respiro del agobio de la ciudad. Manadas de monos -cabrones- campando a sus anchas por los terrados, y los gorriones y las cometas reyes indiscutibles de los cielos. Va oscureciendo poco a poco mientras charlo con Juanjo -otro español vagamundo en pleno proceso de reinvención- de todo y de nada, identificándome sin quererlo con más de una -y de dos y de tres- reflexiones que hace sobre todo y sobre nada. Ya es noche cerrada y una vez más veo allá a lo lejos, junto a la orilla del río, miles de lamparitas que prenden corriente abajo. Otras noches fui a su encuentro pero siempre llegué tarde, ésta ni lo intentaré.

Un nuevo apagón y una vez más se va la luz y la ciudad vieja vuelve a quedarse a oscuras. Sólo hay luz en la ribera, prenden los focos de todos los ghats como siguen prendiendo las piras en Manikarnika, noche tras noche, año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio. El resto sigue envuelto en las tinieblas. Desde esta terraza, las azoteas que nos rodean todavía se distinguen por merced de la tenue luz de una luna creciente, pero, entre cubierta y cubierta, las calles se abren como profundos surcos, como pozos abisales de los que mana una negrura sobrenatural. ¿Salir a la calle ahora? ¿A riesgo de perderse en la espesura de una noche tan densa como densa es la historia de Varanasi? Mejor no, mejor esperar a mañana, esperar a otro nuevo amanecer, porque en Varanasi siempre amanece. Esperar a recorrer el río con Juanjo y Bisaj el barquero. Esperar a encontrarme con Telu, el amigo de Claudia, el hermano de Jagad, el tío de Bisaj, para que me cuente sobre su buena fortuna y me muestre los rincones del hotel de lujo donde ahora trabaja como jefe de los barqueros. El hotel de lujo frente a los ghats donde los humildes campesinos de Bihar siguen lavando sus ropas en las aguas turbias de Ma Ganga, en esta nueva función de la misma eterna representación, siempre la misma y siempre distinta.

Sí, esta noche mejor me quedo aquí, mejor me espero a que amanezca, porque en Varanasi, tarde o temprano, siempre amanece.

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El Árbol de Buda. Bodh Gaya, India

Puede que esta escena no haya cambiado en siglos: Al alba, bajo un cielo sin nubes, pequeños grupos de mujeres y niños caminan sobre los arenales del lecho seco de un gran río, uno más de esos muchos grandes ríos marchitos ‘sin nombre conocido’ que surcan la India.

Entre jirones de bruma y cañaverales se entrevén las siluetas espigadas de ellas, envueltas en sus saris y muselinas, tan irreales como los contornos de niños que corretean con el magro ganado desvaneciéndose en la neblina entre risas. Al alba, los colores mustios y las voces lejanas de las madres que llaman a sus hijos, confunden al viajero y le invitan a soñar que sigue soñando. De no ser por el viento templado que te azota la cara, y por algún que otro bache en el camino desde Gaya, es posible que no supieras decir si dejaste ya de soñar o sigues atrapado en el anhelo de la India que temes no llegar a conocer nunca.

Dos mil quinientos años atrás, otro hombre saludaba al nuevo día junto a este mismo río, el Nairañjana. Fue aquí donde se encontró con la joven Sujata que, tomándolo por un dios, le dio a comer gachas dulces de arroz cocido con leche. Fue en un bosquecillo que había cerca de este río ahora seco, donde al atardecer de ese mismo día se topó con el segador Svastika que le dio los ocho puñados de hierba aromática con los que aquel hombre dispondría el Trono del Diamante bajo un gran árbol Bodhi. El hombre que se sentó a meditar bajo aquel gran árbol se llamaba Siddhartha Gautama, príncipe heredero del reino guerrero de los Shakya a los pies de los Himalayas. Pero el hombre que se alzó al alba del nuevo día era ya otro. Tras su lucha contra Mara y sus demonios –la duda y el miedo, el hambre, la sed y la pereza-, ganó la batalla sobre sí mismo y, poniendo a la Tierra por testigo, reclamó su nueva condición de Buddha.

Bodhgaya_37_Franc-Pallarès-LópezAndo algo cansado tras una larga noche en tren, pasando mucho frío en la sleeper class y apenas habiendo pegado ojo por temor a pasarme mi parada. A las 5 de la mañana llegaba a una alborotada estación de trenes en medio del estado de Bihar. Demasiada gente para una ciudad pequeña como Gaya: los andenes atiborrados, y los vestíbulos y también todo el frente de la estación. Gente durmiendo en el suelo entre bultos y más bultos por todas partes. En Gaya no hay nada remarcable pero a escasos 11 kilómetros al sur se encuentra el Templo Mahabodhi, el lugar en el que el Buddha Shakyamuni alcanzó la iluminación y que pasados más de dos milenios sigue siendo lugar de peregrinación para budistas y no tan budistas. Así es la India, capaz de dar a luz a una religión universal como el Budismo; hacer que prácticamente desaparezca de su territorio; y acabar absorbiendo sus lugares de culto como si le fueran propios a su religión hinduista. Son tan pocos los monjes budistas que se hacen casi tan raros como nosotros, los turistas. Todos los rincones del templo y sus cuidados jardines están copados de peregrinos hindúes, siempre en grupos y siempre dirigidos por un brahmán orquestando las pujas -rituales-. Hoy han venido a Bodh Gaya para celebrar el Shraaddha, el festival de los ancestros, y como para los hindúes Buddha no es más que otra reencarnación de Visnhú, a final todo sigue dentro del guión. ¡Infinita capacidad de la India de absorber y asimilar la heterodoxia!

Los peregrinos de hoy son gente muy humilde. Gentes sencillas de campo que han visto muy poco de este mundo: todo les sorprende, todo les fascina. Hay en todos ellos una mansedumbre, un desconcierto y una candidez tal, que resulta imposible no empatizar con ellos. Se les ve desconcertados e ilusionados a la vez. Siguen con devoción incondicional las palabras y los gestos del pujari –sacerdote del templo- y en sus rostros se lee a ratos incomprensión, a ratos esperanza. Y luego están rus ropas sencillas, y sus cuerpos delgados y fibrosos, con los tendones marcándose bajo una piel oscura apergaminada.Y están también las prisas del que no se siente en casa, que contrastan con la calma de los escasos monjes budistas –todos extranjeros- que se toman su tiempo leyendo y meditando en los alrededores de árbol Bodhi.

Bodhgaya_21_Franc-Pallarès-LópezLa prisa y la calma, ambas opuestas y ambas complementarias. Puede que ésta sea una de las diferencias más remarcables entre los laicos y los religiosos. A unos les basta con pasar por allí, cumplir el ritual y a fin de cuentas, fichar para acumular algo de buen karma que les ayude en la próxima reencarnación. Pedir un favor al Buddha, a la Virgen Negra o besarle los pies al santo de turno. A los otros, los religiosos, no les basta con pasar por allí. Meditar y reflexionar les es tan vital como respirar, comer o dormir. Dos mundos que también en  Bodh Gaya se cruzan sin llegar a tocarse. Éste es un centro espiritual que, como todo centro espiritual –independientemente del credo, en España los tenemos a montones-, al final siempre se ve mancillado por su hermano gemelo bastardo, superpuesto o suplantado por el ambiente de feria y mercadillo de baratijas religiosas que poco o nada tienen que ver con ese fin último más elevado que fue su razón de ser. Y a lo que aquí, a más a más, se le añade el hecho de contar con un pequeño ‘parque temático’ del budismo con varios templos cada uno de un país y una escuela distinta.

Así que paseando por sus calles lo mismo te encuentras con el Templo Butanés, con otro Japonés, con un Tailandés y así suma y sigue. Un ‘parque temático’ –de poco interés y poca calidad arquitectónica comparados con sus originales– que ofrece imágenes impagables como la de la venerable anciana hindú adorando a un Buda en un templo de estilo zen. Suma y sigue, y un buda es un buda, sea éste un templo japonés y yo una devota hindú. Y por si la fusión de credos y estilos no fuera suficiente, al no encontrar alojamiento en la zona de bien, acabé pasando un par de noches en el pequeño barrio musulmán, justo detrás del Templo Chino. Un pueblito de gentes muy humildes que, aún viviendo justo al lado de la espiritual Bodh Gaya, quedaban años luz en tiempo y en el espacio, si bien no en cuerpo, si en el alma.

Bodhgaya_46_Franc-Pallarès-LópezLa contradicción y la paradoja no son sólo cuestiones exclusivas de nuestros tiempos, la cosa viene de lejos y Bodh Gaya tan solo es un ejemplo más. Lo importante, supongo, es no resistirse, dejarse llevar, pero sin perder el norte. Ese norte, en Bodh Gaya, lo marca un árbol bajo el cual se sentó un príncipe que teniendo todo lo que se pueda desear, le pareció prescindible. Conmovido y atormentado tras haber entrevisto tras los barrotes de su jaula dorada la vejez, la enfermedad y la muerte, decidió renunciar al mundo dejando atrás mujer, hijo, amigos y riquezas, para buscar un camino que pusiera fin al sufrimiento propio y al ajeno. Esto es lo que encontró dentro suyo y bajo este árbol hoy sagrado: Las Cuatro Nobles Verdades. Sobre ellas meditó durante 7 semanas antes de levantarse y emprender de nuevo su marcha hacia su próximo destino, mi próximo destino: Kashi, La Ciudad de la Luz, la mundialmente conocida como Varanasi.

Si te gustó, no te pierdas los tres ‘Cuentos Chinos de la India’,
una mini-selección de tres cuentos que contó Buda
y que siempre me acompañan.

Espejismos. Kolkata, India

Naranjas. Miles de naranjas. Centenares de miles de naranjas. ¡Qué despropósito! Ni un melón, ni una papaya y ni un solo mango. Tan sólo todos los millones de naranjas que parecen haber podido reunir en un insensato ejercicio de exhibicionismo.

En mi quinto día en la ciudad creía haberle tomado ya el pulso, haber comprendido que aquí, por cada metro cuadrado, sencillamente ocurren 20 cosas más al mismo tiempo que en una ciudad, pongamos, como Barcelona. Así que para pasar una tarde tranquila ideé un plan sencillo: Tomar el metro hasta MG Road y girar la primera calle a la derecha en dirección al río. Tras andar escaso kilómetro y medio me encontraría con el gran Puente Howrah y con el Mercado de Flores del Mullik Ghat al atardecer. Sobre el insulso mapa de la guía no se podía anticipar ningún inconveniente a tan asumible hoja de ruta. Pero ay de los imprudentes que caminen por la India sin esperar lo más inesperado a cada vuelta de la esquina.

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No ando más de cien metros antes de advertir que la supuesta avenida gris del mapa que debería llevarme directo al río está cortada. Cortada por camiones tuneados al más puro estilo hindi de los que penden tendales de lona azul. Y el suelo todo cubierto de paja. Y entre el suelo de paja y el techo azul de los tendales millones de naranjas amontonadas. Centeneras de hombres vendiendo naranjas. Y otros centenares carreteando sobre la cabeza cestas enormes que cargan, evidentemente, más naranjas. La sensación de irrealidad se impone y mientras avanzo con la boca abierta todo el mundo me saluda y me pide la foto para el compañero –nunca para ellos mismos, son tímidos estos indios-. Y yo pregunto ¿Porqué naranjas? ¿Porqué no otras frutas? ¿Y porqué compran éstas y no las otras? Porque a mí, al fin y al cabo, ¡Todas me parecen iguales! Y ellos se ríen y me piden otra foto meneando la cabeza como sólo ellos saben hacerlo. Y yo no me detengo, sigo adelante, porque a fin de cuentas esto era sólo una triste línea gris en el mapa y a mí me está esperando el río Hooghly al atardecer.

¿Les suena aquello de salir del fuego para caer en las brasas? Pues aquí fue justo al revés: Salí de las brasas para saltar -con los dos pies- directo a las llamas. Al desbarajuste del Mercado de las Naranjas le siguió el desbarajuste del Mercado de las Alhajas, el del Mercado de las Especies, el de los Herreros, el de las Ropas, y una secuencia interminables de bazares dispuestos en calles de apenas pocos metros de ancho colapsadas hasta los topes –y un poco más-. Un magma espeso y burbujeante de seres humanos que parecen salir de todas partes y al que se le suman los ricksaws, las motos, los carros cargados hasta la bandera, y por si fuera poco algún coche iluminado que se ve con la ¿Valentía? ¿Osadía? ¿Falta total de sentido común? de pretender circular por la calle con semejante algarabía.

Doy vueltas sobre mí mismo –literalmente- con la cámara en mano, arrastrado por remolinos de gente vociferando en plena ebullición. Totalmente desbordado por este bombardeo inmisericorde de estímulos a cada cual más sugerente, más estimulante. Deliro por unos instantes y fantaseo con que esto no es real: tiene que ser un montaje. No puede ser que todo el mundo esté aquí, lo mismo que no puede ser que hubiera tantas naranjas todas juntas tan solo unas calles más atrás. El resto de la ciudad debe estar ahora mismo vacío y en las despensas de media Kolkata tampoco quedan naranjas. Pero no es así, ésta es su realidad en estado puro: intensa, desbordante, caleidoscópica y abrumadoramente apabullante. Un día cualquiera, así, sin más.

Kolkata_109_Franc-Pallarès-LópezSe acaba Cotton Street, llego a un cruce y no hay más calle por donde seguir ¿Me he perdido? Pregunto por el Mullik Ghat y veinte manos me señalan al frente, a la no-calle. Ante mi mirada incrédula -y mi insistencia- a las veinte primeras manos se le suman otras veinte manos más que me insisten meando al unísono la cabeza como sólo los indios saben hacerlo. Se retiran los carros, los camiones y la riada de gente y por un instante se asoma una minúscula puerta al otro lado: el camino. Debo cruzar aquel umbral para adentrarme en las entrañas de ladrillo de la mole de azul pálido. ¡Y en las entrañas de la ciudad encuentro otro bazar! Más estrecho si cabe, más denso, más irreal. Un bazar lleno hasta los topes pero sin el consuelo del cielo abierto. Serpenteo por el hormiguero intentando mantener el rumbo hasta que finalmente llego a la desembocadura. Un delta, tan fértil de vida y frenética actividad que hace las delicias de mi atormentada alma. Las calles, los viaductos, los camiones de carga y descarga que alimentan y se alimentan de los bazares. Tranvías rellenos de gente en plena hora punta. Porteadores paseándose con sus descomunales mercancías sobre la cabeza y al fondo, omnipotente, el gran Puente Howrah: poesía de los ingleses hecha de pura lógica y metal.

Ya está cerca, ya está aquí el río. Cruzar unas cuantas calles más, jugarse la vida un par de veces anticipando las trayectorias de media docena de vehículos dispares que parecen coincidir precisamente donde a uno le da por pararse a tomar aliento, y ya estamos listos: Mercado de Flores, de color y un ambiente inevitablemente descafeinado después del desbarajuste del que vengo.

Terriblemente agotado –es más mental que físico pero me pesa en el cuerpo lo mismo- no me queda otra opción que emprender el camino de vuelta, esta vez por la avenida principal, Mahatma Gandhi Road. No menos caótica, con aceras porticadas tan desbordadas que de hecho, andar por en medio la calle se me presenta como la opción más razonable –en última instancia, así lo hacen ellos-. La ciudad palpitando de forma espasmódica pero acompasada; un par de paradas más para tomar algunas fotos a unos encantadores señores que regentan una sastrería del tiempo de los ingleses, o de otros chicos que venden pantalones tejanos. Fachadas de edificios coloniales sobre las que incomprensiblemente siguen naciendo árboles; todas ellas cubiertas por una capa de tiempo y mugre. Algunas de ladrillo, muchas de hormigón mohoso que resiste mal a los monzones, y de vez en cuando alguna joya de marquetería venida a menos: balcones con aires mogoles que le dan sabor de oriente de las mil y una noches.

Kolkata, una ciudad tan exasperante como emocionante. Una ciudad que al rato te noquea con sus histerias y miserias, y al rato deja con el paso cambiado sorprendiéndote un domingo por la mañana con avenidas desiertas de hombres, que no de pollos…

Kolkata_066_Franc-Pallarès-LópezPollos. Miles de Pollos. Centenares de miles de Pollos. Todos los millones de pollos que parecen haber podido reunir en otro insensato ejercicio de exhibicionismo. Subiendo por Mirza Ghalib Street hasta Market Street los domingos por la mañana sólo encontrarás cestas y más cestas de pollos. Algún que otro humano también -claro-, vendiendo o carreteando manojos de pollos atados a lado y lado de su bicicleta. Y dentro del mercado más pollos si cabe. Y también enormes pescados –el mar no anda tan lejos-. Y también alguna que otra cabeza de ¿!Vaca!? -habría que ser hindú para comprender las connotaciones religiosas y humanas que tiene jugar con la cabeza de una vaca en Kolkata-. Y a pesar de todo este hombre juguetea con la vaca sagrada y exige su foto.

Perderse por los diferentes mercados es un macabro salto a una dimensión paralela tan repulsiva que te atrapa. Aunque pueda que la exquisita amabilidad de la gente ayude algo –estos rincones quedan lejos del trajín turístico y todos aquí son encantadores- y puede que ayude también la atmósfera de inframundo que se experimenta dentro de estos edificios neoclásicos, con sus órdenes y ritmos, impregnados de una densidad que se masca y remojados en una luz cenital etérea que a ratos tiene algo de místico. Lo repulsivo, con lo amable, con lo etéreo. Un cóctel de buenas sensaciones que me catapulta hasta la zona administrativa alrededor de Lal Dighi y a los márgenes del río. Otro mundo, neoclásico también, pero vacío, yermo. Todavía es demasiado pronto y Kolkata, la ciudad impracticable, se hace la remolona bajo las sábanas de domingo para seguirme deleitando con sus avenidas vacías.

Avanza la mañana, sigue subiendo el sol imparable y me acerco para echar un vistazo a ese río que dio sentido a la fundación de la ciudad, allá en la zona de los embarcaderos donde hay poco que ver más allá de la gente bañándose en las aguas color chocolate del Hooghly -a falta de agua, limpiarse en aguas sucias es mejor que no limpiarse-. De aquí al norte, serpenteando entre calles coloniales decadentes salpicadas de chabolas –tristes plásticos contra un muro- y talleres en plena vereda. Busco la Iglesia Armenia, vestigios de una Kolkata multicultural que una vez existió, y me sorprendo al encontrar el pequeño edificio impoluto sepultado por la ciudad nueva que se ve tan y tan vieja. Irrumpo discretamente por el lateral en pleno sermón del domingo, lleno hasta los topes de fieles de tez clarita. Un edificio mágico, tan blanco en una ciudad tan gastada; con el piso alfombrado en una ciudad de asfaltos desmigajados; alumbrado por decenas de lamparitas que caen del cielo. Cantan, ofician misa media docena de sacerdotes siguiendo el ancestral rito armenio y me maravillo al contemplar por este ventanuco otro pedazo de pasado atrapado en el tiempo.

De Armenia a China en sólo tres manzanas, en una China Town que brilla por la ausencia de ojos rasgados y hanzis –caracteres chinos- y en el que abundan las barbas largas y los trazos estilizados del Corán. Alguna mujer sepultada bajo un niqab negro destaca sobre una mayoría aplastante de hombres en plena zona musulmana –curiosamente en la Kolkata hindú también cuesta ver mujeres por la calle-. Retratos de la Meca presidiendo todas las tiendas y restaurantes, y en el momento de la oración, un estallido atronador de almuecines compitiendo fieramente por la clientela no hacen más que alejar los pocos vestigios que pudieran quedar de esta supuesta colonia China. El barrio es de lo más intenso y sugerente, pero se me acabó el tiempo: el implacable sol del trópico ha alcanzado su cenit dejando las calles sin sombra bajo la que refugiarse.

Huyo al sur de la ciudad, de vuelta a mi glamurosamente decadente habitación roja. Huyo a por mi ducha de agua fría y mi siesta en cueros bajo las aspas del ventilador que baten sin parar a la espera de que llegue la tarde, y con ella el cielo se vuelva negro y descargue la nueva tormenta proveniente de las aguas del Golfo de Bengala. Las aguas de las que bebe el Maidan, el gran parque de Kolkata, un jardín asilvestrado, un gran manto verde salpicado por grandes árboles que cumple la precisa función de devolver algo de esperanza a una ciudad que se ahoga sobre si misma. El lugar para pasear a caballo oliendo a hierba fresca tras el chaparrón; prados donde revolcarse y celebrar las victorias de cricket; algunos arbustos tras los que esconderse en compañía de las discretas mujeres que ofrecen sus servicios al mejor postor.

Kolkata_094_Franc-Pallarès-LópezTodos llegan al Maidan en busca de un respiro, huyendo de la obstinada la ciudad arisca, porque soñar sale barato y en el Maidan es más fácil: a lo lejos, sobre un mar alborotado de copas verdes, tintinean contra el cielo azul cúpulas de mármol blanco. Un espejismo que aún siendo físicamente real es, por su concepción y su entorno, reflejo de una pantomima de vanidades vagas. Un monumento a una emperatriz muerta, que siempre estuvo vacío y que llegó tarde a una ciudad pobre faltada de casi todo. El Victoria Memorial es el espejismo que completa Kolkata, la paradoja última que da sentido a ese todo. Al igual que el espejismo del oasis es precisamente la ilusión que manifiesta la realidad última de la crudeza del desierto, así el Monumento a la reina Victoria es, en su absurdidad, la culminación que pone en evidencia la brutalidad y la precariedad de Kolkata. Una ciudad exhausta que es al mismo tiempo esperanza y desazón para los millares que día tras día siguen llegando del campo en busca de ese futuro mejor que sencillamente no existe. Esperanza y desazón también para los que ya nacieron atrapados en esta maraña de la que posiblemente nunca lograrán escapar.

Intentando hacerle comprender a una buena amiga de Barcelona mi paso por Kolkata, le contaba algo tal que así:

“Imagínate que te colocaran en el centro de una habitación cuyas paredes, techo y suelo, estuvieran todas forradas de pantallas. Imagina que todas estas pantallas encendidas al mismo tiempo proyectaran a todo volumen cada una algo distinto, e imagínate por un instante que para colmo todas y cada una de esas pantallas emitieran algo que a ti te pareciera irresistiblemente interesante: dulce, brutal, bello, angustiante, putrefacto, alegre, decadente, elegante, tierno,… ¿¡Te lo imaginas!?”

Pues así es como me sentí en Kolkata cada vez que salí a la calle durante los 10 días que pasé en esta ciudad, que a pesar de sus muchos pesares, fue mi bautizo en la India y uno de mis grandes amores en este viaje.

La Mirada del Otro. Kolkata, India

Agnes Gonxha Bojaxhiu, una niña nacida hace más de 100 años en los Balcanes otomanos que rigen los Sultanes desde el Palacio de Topkapi en Estambul. ¿Te suena…?

Kolkata, antaño una de las perlas de Oriente y cuna de la cultura bengalí en la que se fraguó la élite cultural e intelectual que llevaría a India hasta la independencia del Imperio Británico. ¿Te suena…?

Con el tiempo aquella niña tomaría el nombre de Teresa en esta ciudad que ahora se llama Kolkata, pero siempre se llamó Calcuta. ¿Te suena ya?

La niña creció, la niña partió, la niña cambió, y con los años quedó un cuerpo doblado por el paso del tiempo y el trabajo incansable. Una cara surcada de arrugas, muchas, que bien podrían ser el reflejo de las demasiadas penurias que a buen seguro vieron aquel par de pequeños ojos inquietos. Hoy todo lo queda de ella lo tengo frente a mí: una tumba sencilla, algunas flores y unas velas, y una virgen con el niño. Unos la llaman santa, otros fanática. Como yo no sé, vine a verlo con mis propios ojos.

Deboradores de Almas,

Y aquí estoy yo, paseándome por el pequeño museo de la “Casa Madre”, enterándome de la vida de esta mujer tan famosa y tan desconocida al mismo tiempo. Sencillo, pequeñito, naïf. Un discurso vital de un ser humano indiscutiblemente singular, pero cuyo mensaje subyacente empieza a resultarme inquietante. Un mensaje implícito machacón con referencias constantes a la “Salvación de las Almas”, con cuadros de un Jesús que clama por su “Sed de Almas”. Escritos de la Madre Teresa a la búsqueda de más y más almas hundidas en la miseria que hay que devolver al buen camino antes de que sea demasiado tarde.

Ni que decir que plantarse en la otra punta del mundo para dar lecciones de espiritualidad a otros pueblos ya es arrogante de por sí. Pero plantarse en un lugar como la India -con todo lo que carga a cuestas esta civilización- es la expresión máxima de la ceguera que produce la ignorancia y el menosprecio -la ignorancia es arrogante, se suele decir-. Siempre me pareció muy perverso cambiar credos por comida casi tanto como siempre me costó comprender porqué teniendo un credo católico –yo pasé 13 años en colegio Marista- había que cobrar un peaje por ayudar –a mí, desde luego, no es eso lo que me contaron los hermanos-.

Ya van muchos meses de viaje, pero me sigue ocurriendo que a cada momento que me salgo de mi zona de confort me siento incómodo. Así que mientras espero que me toque mi turno para registrarme como voluntario, hasta en tres ocasiones apuntito estoy de darme la vuelta e irme. Al final puedo conmigo mismo y me llega el turno. La hermana que me atiende es amable y tiene poco de radical. Me toma los datos, me hace las preguntas pertinentes y me presenta a Carmen y Ana, un par de voluntarias mejicanas que tampoco tienen mucha pinta de fanáticas devora almas y que me calman un poco la paranoia atea.

Las jornadas como voluntario pueden empezar pronto, o muy pronto. Con una misa para los creyentes –muy pronto-, y para los no creyentes –sólo pronto- un desayuno sencillo entre charla y charla con los demás voluntarios. Una plegaria todos juntos y un canto de agradecimiento para los que ya se van. Sencillo, sin pretensiones y muy emotivo, honesto. Todo eso, por supuesto, bajo la atenta mirada de los cristos piadosos que siguen sedientos de almas. Se reparten los grupos, se sale y se va a tomar el bus local cada uno hacia la casa que le hayan asignado.

Las casas de las Hermanas, como era de esperar, están en el corazón de los slums –barrios de chabolas-, lugares malditos que un turista nunca pisaría. Chozas amontonadas las unas sobre las otras, construidas con un revuelto de desperdicios, madrigueras oscuras como la boca del lobo de las que salen niños pedigüeños y madres con la mirada perdida cargando bebés sobre las caderas. A través, entre chacos de aguas infectas y montones de basuras nauseabundas, desfilamos nosotros, los impolutos salvadores de almas que lo dejaron todo –por un ratito, pero no demasiado- para venir a echar una mano. Me siento confuso y sigo perdido, sin tener nada claro a qué vine aquí. Y mi confusión aumenta tras cruzar el portón… Un mundo “perfecto”, limpio, ordenado, a miles de kilómetros de distancia del callejón por el que acabamos de andar. Espartano pero muy digno. Y mi confusión no para de crecer mientras cruzamos el patio hasta llegar a donde moran los de la casa…

Sin tiempo para asimilar nada dejamos las cosas en una cuartito y nos mandan para la azotea: se está secando la ropa de la colada y una cadena humana tiende decenas de mudas empapadas. Sin tiempo para asimilar nada bajamos abajo y otra nueva cadena humana, otra vez mezcla de voluntarios y residentes, limpia el patio entero a cubazos. Sin tiempo para asimilar nada ha llegado la hora de repartir agua al grito de ¡Pani!¡Pani! y sin tiempo de asimilar nada ya estamos recogiendo todos los vasos metal y alguien ordena que empecemos a repartir bandejas con comida. Sin haber tenido tiempo de asimilar nada me doy cuenta de que aquí en realidad nadie manda, que en cierto modo, son los propios residentes –los menos impedidos- los que organizan -sin llegar a organizar- las rutinas, y que nosotros –los voluntarios- nos limitamos a seguirles el paso como bien podemos.

Sin tiempo de asimilar nada, entre viaje y viaje la mirada se va posando en las decenas de rostros que esperan sentados a la sombra su vaso de agua y su bandeja de comida. Heridas imposibles, mutilaciones, verrugas, cicatrices y muchas miradas perdidas y mandíbulas desencajadas. Esta casa en concreto es el hogar de hombres y mujeres con problemas de salud mental. A medida que pasan las horas, los rostros, sin tener nombre propio, se van volviendo recurrentes y como se suele decir te vas quedando con la cara de la gente. Y ellos con la tuya. Hay buen humor y un muy buen ambiente, y yo no entendiendo a nadie y me entiendo con todo el mundo. Y a pesar de las miradas perdidas y esas cicatrices imposibles se va fraguando una pequeña red de complicidades pasajeras: Con aquel que tampoco está tan mal y que chapurrea inglés y te cuenta su vida. Con el otro que te toma el pelo y te pide agua tres veces hasta que al final comprendes que lo único que quería era jugar un rato, que le hicieras caso, que estuvieras por él. Con otro señor que tras varias veces tratando con él y mirándole a les ojos, me doy cuenta que le falta un brazo. ¡Qué le falta un brazo y no lo vi!

Otros muchos esperan pacientemente su afeitado. Un voluntario australiano experimentado se ha hecho con la cuchilla y la bacía del barbero, ejerciendo de maestro de ceremonias en un ritual cuanto menos sorprendente que me hace comprender muchas cosas: El anhelo inherente de todo ser humano de sentirse guapo. La necesidad del contacto con otros, la necesidad de cariño y atención que todos ansiamos. El orgullo de sentirte el rey de la fiesta, ni que sea al menos por un día, a más apurar, tan sólo durante ese ratito que dure el afeitado con cuchilla de usar y tirar. Y de ahí salto de nuevo al slum, a los callejones que cruzamos al venir para acá. Y viendo a estos hombres pienso en lo afortunados que son los de afuera -todos esos que viven en las madrigueras hechas de restos de cosas- por tener sus dos piernas con sus dos brazos. Porque no tienen estas cicatrices que sabrá dios de qué heridas vienen y porque pueden hablar sin balbucear ni babear, y porque a pesar de todo tienen a alguien a quien llorarle sus penas.

Los hombres de aquí dentro están muy tocados, pero las mujeres… Ay de las mujeres de esta Casa… Ay de esos rostros totalmente idos, de esas muchas miradas que ya no miran nada… Tan tristes, tan apagadas, tan marchitas… Una señora llora desconsolada sin parar. Llora, gime, atrapada en mundo de dolor y tinieblas. Ay de estas mujeres… ¿Qué tormentos habrán sufrido en esta ciudad inmisericorde azotada por la miseria? ¿Qué calvarios habrán tenido que padecer para llegar a este punto sin retorno? La India -como la mayoría de este mundo- no es lugar para mujeres, y mucho menos si son pobres, y mucho menos si por azares de la vida nacieron con algún impedimento. Presas fáciles, carne de cañón para desvaríos varios.

Suena música por los altavoces, algunos bailan mientras lavamos los platos y cerramos la jornada. Al medio día todos para casa y mañana más. Aunque uno que mandara mucho e hiciera poco –suele ser siempre así- se pregunte para qué volver si mañana si total será igual que hoy. Curiosamente es el único indio –de Chennai- y creo que si la casta nos pesa a nosotros, a él -por ser de aquí- todavía parece pesarle más.

La Lepra,

Hoy iremos de excursión a visitar una leprosería. Hoy iremos de EXCURSIÓN a visitar una leprosería…

La fundaron las Hermanas en 1953 pero la regentan los Hermanos. Está lejos, 25km al norte de Kolkata, que traducido a estas latitudes es el típico trayecto de tormento de polvo, ruido y calor.

La leprosería en si es el ejemplo más claro de lo que significa esta enfermedad: 2 edificios partidos por la vía del tren. A un lado, junto a la ciudad, el dispensario. Al otro lado de la vía, aislado del mundo, los talleres con los telares, las camas de los enfermos, las granjas, los huertos y por último las viviendas de las familias. Al otro lado, separados, aislados, lejos, al otro lado, que quede bien claro. Tan claro que tenemos que esperar casi una hora para poder cruzar, porque hay un tren parado en la vía y sencillamente no se puede pasar hasta que se vaya. Antes de entrar nos recalcan por activa y por pasiva que no hagamos fotos -¿¡Era necesario!?- pero obviamente siempre hay un idiota que se ve de safari. Curiosamente los Hermanos tampoco le dan más importancia, al fin y al cabo, supongo, el que se humilla es él mismo.

Y finalmente termina la eterna espera y cruzamos las puertas y vamos directos a los talleres con el taca-taca de los telares artesanales, de las mujeres hilando, los hombres tejiendo, al son del taca-taca de las agujas yendo de un lado para otro. Un salto en el tiempo, la fascinación de contemplar un proceso tan complejo cuyo resultado es tan sencillo. Fascinación por pura ignorancia; por los rostros tímidos y esquivos de los trabajadores que pacientemente soportan a nuestra miradas, que a la vez son los responsables de tejer los hábitos que por todo el mundo visten las Hermanas de la Caridad: el sari blanco con las tres líneas azules.

De los talleres a la guardería donde los niños aprenden lo básico para no engrosar las filas de analfabetos y tener alguna oportunidad. Y de las risas de los niños a las salas donde descansan los pacientes. De menos a más, de menos a más. Ana –la doctora mejicana que no devoraba almas- me confiesa lo incómoda que se siente. Le parece que estamos de safari, de visita al zoo. Entiendo lo que dice pero no comparto su sensación. Todos se incorporan a nuestra entrada y todos buscan nuestro saludo. Juntan sus dos manos, no siempre completas, y se tocan la frente mientras entonan el “Namasté”. Sonríen, buscan ansiosos nuestras miradas. Sonríen alegres de veras y se les tuerce una mueca cuando alguien se los salta. Y uno intenta hacer lo mismo y devolverles el cariño con la mirada, intentando no saltarse a nadie y asegurándose de mirar bien a los ojos. Yo no me siento de safari porque no vine a eso. ¿Porqué sonríen? ¿Porqué buscan nuestra mirada? ¿Porqué les duele no encontrarla?

La Lepra, más allá de la enfermedad, es esto: Repudio, marginación, desprecio, el destierro. Lo peor de la Lepra -nos cuenta el hermano que nos guía- no son ni tan siquiera los muñones y las cicatrices –que duelen lo mismo-. Lo peor es el repudio de la familia, de la casta. El abandono más absoluto a la suerte de uno mismo en este mundo inmisericorde. La muerte en vida. Y es por eso -creo- que tantos sonríen alegres aún teniendo muchos motivos para no hacerlo. No tanto porque sepan que nosotros les podremos ayudar en algo, o que les devolveremos los rostros desfigurados, las manos o las piernas. Sonríen -quiero pensar- porque por unos instantes vuelven a existir para el mundo que les repudió, el que está más allá de la puerta, el de al otro lado de la vía. El mundo del que cayeron sin ser culpables de nada cuando la lepra –enfermedad de los tiempos bíblicos que aún sobrevive en las bolsas de miseria de este mundo mal repartido- les echara el guante encima.

Hombres, mujeres, algunos mejor y otros mucho peor. De menos a más, pues a medida que avanzamos los casos se complican y el brillo en los ojos se apaga y sólo hay tristeza y vacío y silencio. Ya nadie alza las manos ni se entonan “Namastés”. Personas con cuerpos envueltos en gasas que cubren más que heridas. Cubren vidas de dolor, de humillaciones, y por suerte, ahora, de algún consuelo, de algún cariño, y de lo más importante, de un poco de dignidad: una cama con sábanas limpias, un techo para cuando lleguen los monzones, de un baño y de un plato de comida caliente.

Dignidad es lo que emana de cada rincón de este pequeño mundo aparte. La dignidad de los que con una mano y un muñón levantan la azada para cultivar su huerto u ordeñar sus cabras y sus vacas. Dignidad de los que trabajan en los telares ganándose su pan. Dignidad de los que saben que sus hijos no pasarán hambre, ni nadie los señalará por ser la hija de la leprosa. Dignidad, nada más. Nada de salvar almas para un supuesto sediento cristo rey.

La Mirada del Otro,

Segundo día de voluntario y sube el tono de las tareas. La misma cacofonía, el mismo caos perfectamente organizado, y por esos azares hoy me toca “dentro” del dispensario, nada de patio, hoy toca todo lo que el otro día no vi, o no quise ver.

Los que peor están están dentro. Donde está el Doctor y la mayoría de las Hermanas que el otro día brillaban por su ausencia. No estaban de parranda, estaban donde se las necesitaba: Dentro.

Me veo empujando sillas de ruedas, llevando a enfermos de un lado para otro. Ayudando a otros a incorporarse para tumbarlos en la camilla y que el Doctor los pueda atender. Los casos más duros, si cabe. ¿Qué infiernos hay que pasar para llegar a este estado? No puedo evitar preguntármelo. Aquí dentro hay cierta calma, cierto desasosiego, y de nuevo, austera dignidad. Si estando atendidos están así -me sigo preguntando- ¿Cómo estarían cuando llegaron? ¿Qué ocurrió? ¿Porqué ocurrió…?

Sigo Dentro, arriba y abajo hasta que una Hermana me indica que debo llevar a un señor a la ducha para bañarlo, cambiarle los pañales y ponerle una muda limpia. El cuerpo del señor en cuestión es la viva imagen del dolor hecho carne, una grabado goyesco. No puede andar, no puede hablar, pero sus ojos saben. Espero a que alguien venga a ayudarme, que me dé instrucciones, pero aquí, una vez más, se espera que yo haga lo que toca. Pregunto, pido auxilio y muy amablemente me dicen que me busqué la vida, que ellos andan más ocupados en cosas más urgentes y más importantes –y bien cierto que es-. Así que me toca hacerlo a mí.

Le ayudo a desnudarse, le bajo de la silla, le baño, él hace sus necesidades, lo limpio, le pongo una muda nueva y lo vuelvo a montar en la silla. Al final no ha sido para tanto y ahora se puede decir que después de esto ya somos íntimos. Y cuando lo vuelvo a acompañar al patio y lo siento de nuevo en el banquito a la sombra, el bueno del señor me devuelve una mirada que lo dice TODO… Que me lo dice todo, a mí, y yo le entiendo. Es en esa mirada en la que -por extraño que pueda parecer- me veo reflejado, y comprendo que este señor y yo no somos tan distintos. De hecho, por un instante me veo en él. En ese instante este señor que nunca sabré como se llama me sonríe con la mirada, me da las gracias con la mirada y yo me veo en él.

Cariño, respeto, dignidad. ¿Qué más se puede pedir? Leí hace un tiempo en una entrevista esta frase de una mujer que se lamentaba diciendo “Es la mirada del otro lo que me hace diferente”.  Hoy finalmente la he comprendido: El brazo amputado que no vi; la sonrisa que este señor nunca esbozó pero que sí vi. Y todos tan distintos muchos siguen clamando hoy en día a los cuatro vientos. Y todos tan iguales no puedo yo dejar de pensar. Que tampoco es que lo piense ¡Qué caray! Que es lo que machaconamente este viaje se empeña en mostrarme, día sí y día también.

La niña aquella que creció, la que partió y cambió, dejando atrás el colegio de monjas de señoritas indias de bien para dar consuelo a los moribundos que agonizaban en la cuneta de las calles de Calcuta. La que abrumada por la miseria de la hambruna del 43, la violencia del 46 o la catástrofe de la partición, fundó una orden cuyo objetivo eran los desesperados de los desesperados, los miserables de los miserables, los olvidados de los olvidados. Los hijos repudiados de nadie a los que ofreció una muerte digna en una cama, un último suspiro amable que no fuera en una cuneta para acabar picoteado por los cuervos o mordisqueado por las vacas.

La niña, la fanática, con la que no se podrá estar de acuerdo en muchas cosas, y la que desde luego no ofrece la solución final a los problemas del mundo, la salvadora de almas que al menos comprendió algo tan sencillo: que el miserable no lo es por gusto, y que qué mínimo que darle un último consuelo al moribundo. Que lo inhumano no son las llagas monstruosas que les puedan supurar, que lo más inhumano es verlos sufrir y no sentir que en realidad somos nosotros mismos.