Rafis & el Taxista. Pulau Weh, Indonesia

… viene del post anterior, Estoy despierto ¿Dónde estoy?

Rafis,

Al igual que los 20 delfines que nos acabamos de cruzar, Rafis parece ser un enviado de los cielos. Es un chaval de unos 12 años que ha reunido todo el coraje del mundo para acercase al bulé -extranjero en jerga local- y preguntarle cómo se llama. “Me llamo Franc, ¿Y tú?” – “Mi nombre es Rafis”. Es un sol de niño y mi sola respuesta le llena de orgullo. Nervioso y satisfecho mira al horizonte mientras se piensa su segunda pregunta. “¿De dónde eres?” – “Soy de Barcelona, y tú?” – “Soy de Banda Aceh, pero vamos de vacaciones -3 días- a Pulau Weh”. Me lo miro de arriba abajo, sonrío y pienso “¡Qué tío más majo!”. Ahí va la tercera pregunta “¿Cúal es tu trabajo en Barcelona?”. “Arquitecto, diseño casas y edificios para la gente”. Se le ponen los ojos como platos y flipa un poco. “¿Y te gusta tu trabajo?”. Ufff, ahí el que flipa soy yo.

En un fracción de segundo me respondo a mí mismo que sí, que me encantaba mi trabajo, que me encantaba mi vida, que era una buena vida con muy buena gente a mi alrededor. En esa fracción de segundo me pregunto qué cojones hago aquí y porqué demonios dejé atrás todo aquello. Con su cuarta pregunta, este chaval de 12 años ha lanzado un torpedo que ha dado de lleno a mi línea de flotación emocional que ha resistido 7 meses a flote a casi todo. Se me llenan de lágrimas los ojos y no tengo valor de mirarle a la cara mientras le respondo que sí, que mi trabajo me gustaba muchísimo. Me muerdo el labio inferior y me froto los ojos como si estuviera cansado de no haber dormido bien la  noche anterior y ya las lágrimas se secan. Me lo miro de nuevo y mientras le sonríe al horizonte va y me suelta “Creo que te va a gustar mucho mi país. Indonesia es un lugar muy bonito”. ¡La madre que lo parió! En otra fracción de segundo se me suben las lágrimas de nuevo mientras pienso que “Yo también lo creo, que si los indonesios son tan buena gente como tú es imposible que no acabe rendido a esta tierra”. Rafis está más que satisfecho y mientras yo me sigo frotando la cara y mirando al horizonte, él me da las gracias y se despide para volver adentro con su familia. ¿Las gracias? Joder, las gracias te las tengo que dar yo a ti por haberme puesto contra las recuerdas y haberme hecho dar cuenta de tantas cosas con sólo 4 preguntas.

El Taxista,

Tras dos horas en el ferry llegamos a tierra firme. En el barco he conocido a Aji, un indonesio de Medan, y a Ambar, su medio novia americana. También han venido a la isla a pasar el puente. Arramblamos con otro extranjero para llenar el taxi que nos llevará a Iboih, a la otra punta de la isla. Voy sentado en el asiento del copiloto mientras los tres van detrás charla que te charla. El otro bulé es un sueco adicto al submarinismo que invierte su dinero y sus vacaciones en viajar por el mundo para submergirse en las mejores aguas del planeta, a eso vino a Pulau Weh.

Yo miro por la ventana, miro al paisaje, miro a esta nueva isla, a este nuevo rincón de mundo que me está gustando. Pero también estoy mirando hacia adentro. El asunto de la cámara me tiene obcecado. La conversación con Rafis me tiene obcecado. Mi “mala suerte” me tiene obcecado. Sigo la conversación de los de atrás en este taxi maltrecho que bien podría caerse a trozos en cualquier momento.

A medio trayecto siento que alguien me toca la pierna. Me giro sorprendido y me encuentro con la mirada preocupada del taxista que apenas habla inglés pero que ha encontrado las palabras necesarias: “¿Te ocurre algo?”. ¡Dios! Este hombre, que se gana la vida llevando a turistas con su coche y que apenas habla inglés, me ha mirado a los ojos y ha visto que había algo dentro de mí que no iba bien. Este hombre que apenas me conoce y que en 20 minutos nunca más me volverá a ver lleva observándome media hora y ha sentido que yo no estaba bien mientras los demás que bien me podrían haber entendido hablaban de todo y nada en la parte de atrás. Este hombre sin apenas cruzar palabra me ha mirado y me ha comprendido. Me ha lanzando el tercer torpedo del día, directo a mi línea de flotación emocional. Siento que de verdad se ha preocupado por mí y que lo ha hecho de todo corazón. Miro al frente, me suben de nuevo las lágrimas y me muerdo el labio inferior mientras le respondo que “no pasa nada, que sólo se me ha roto la cámara”. Me vuelve a mirar directamente a los ojos, y no puedo más que decirle que “Gracias, que no se preocupe, que está todo bien”.

Seguimos nuestro viaje y en un momento un grupo de niños revolotean junto a la calzada. La primera impresión es que están molestando a una chica. Gritan algo y el taxista para y se baja. La chiquilla tiene la mirada perdida y los niños la rodean entre curiosos y asustados. Aji traduce y nos comenta que la chica está poseída por un espíritu mientras el taxista la agarra por los hombros y empieza el exorcismo susurrándole a la oreja conjuros que invocan a Alá para que el espíritu maligno abandone el cuerpo de la niña. Al cabo de unos minutos la niña se desmaya y cae al suelo.

Aji nos comenta aquí estas cosas pasan a menudo, más allá del islam, el mundo de los espíritus sigue estando presente. El sueco me comenta que sí, que en su país esto también ocurre, pero que lo llaman de otra manera, más “científica”. Yo ya no sé qué pensar ni me molesto en ello. Yo solo sé que este hombre hace un rato me ha mirado a los ojos y que más allá de toda barrera lingüística, cultural o religiosa, ha sido capaz de ver que dentro de mí había algo no iba bien mientras que a los de atrás les ha sudado tres narices –y no es que se lo reproche, la verdad, aquí cada uno carga con su cruz-.

Estoy en el paraíso, tiburones de varios metros cruzan ante mí y soy incapaz de verlos. Se me rompe la cámara y un niño con sus preguntas inocentes me pone contra las cuerdas y casi me hace llorar. El que está poseído soy yo, pero no es por ningún espíritu maligno. Soy yo mismo que ando enmarañado en mí mismo y después de una charla con un buen amigo por Skype creo que ha llegado el momento de parar. Encontraré un lugar bonito y tranquilo y tras 7 meses dando tumbos, me detendré.

… continúa en el siguiente post, El cielo es Azul

Rojo Tono Alba. Pulau Perhentian, Malasia

Alba es un bofetón en la cara. Alba y su carcajada contagiosa es la prueba de que “no son las circunstancias, es lo que tú decides hacer con tus circunstancias”. No tengo una foto de Alba, pero tengo un cuadro de Rothko.

La primera vez que presencié un Rothko fue en Londres, en la Tate Gallery, me gustó pero no me impresionó. La segunda vez que presencié un Rothko fue en San Francisco, en el MOMA, y esta vez Sí me impresionó. Estábamos al final de aquel viaje épico de 6 semanas por los EE.UU. con Andreu y durante nuestra parada en Frisco nos dejamos caer por el museo para ver algo de arte moderno y poner algo de orden en nuestras vidas tras 5 días de locura viviendo en una hermandad universitaria al más puro estilo americano. No podría decirles nada de lo que vi porque lo único que recuerdo de aquel templo a la sensibilidad humana fue un gigantesco y magnético cuadro Rojo que me hizo, literalmente, vibrar. Era una Rothko Rojo. Pero era rojo y era púrpura y era granate y era negro y lo era todo y sentí cómo vibraba al fondo de la sala. Era un universo delimitado por cuatro costados y un supuesto único color, pero dentro de sus límites era todo eso y mucho más. Se expandía por momentos y parecía albergar todas las cosas en un mismo punto.

Todo esto viene a cuento porque me parece haber comprendido que unos límites no definen necesariamente unas limitaciones. Los límites suelen ser físicos e indiscutibles, pero las limitaciones suelen ser invenciones humanas, y como las tales, nos la ponemos nosotros, y como tales, lo mismo que nos las ponemos nos las podemos quitar: “no son las circunstancias, es lo que tú decides hacer con tus circunstancias”.

No sé nada de Alba. Sólo sé que cuando ríe lo hace con ganas. Que lo pregunta todo y que lo responde todo. Que acaba de pasarse año y medio viviendo en la India colaborando con la Vicente Ferrer. Que cuando nos conocimos viajaba con dos muy buenas amigas y mejores personas, Patty y Helena, y se les había sumado Marta hacía nada. También sé que aún teniendo claros sus límites nunca se impondrá ninguna limitación. Cuando toque bucear en arrecifes de coral y jugar con peces multicolores lo hará y lo disfrutará. Cuando el plan sea quemar la noche de Kuala Lumpur lo hará y lo disfrutará. Que cuando toque saltar del faro, subirá las escaleras a tientas y dará un paso al frente dispuesta a saltar al vacío y vivir la vida.

Alba sigue viajando al 200% sobre su 100%. Hace mucho que no sé de ella pero estoy seguro que sigue partiéndose la caja a la mínima que puede. Puede que los límites que le fueron impuestos de nacimiento no le permitan ver con los ojos, pero Alba parece ver y vivir cada momento con toda su alma más allá de lo que su sentido de la vista le permita.

No sé nada de Alba, pero pienso en ella cada vez que me sorprendo no viviendo el momento al 100%. Pienso en su curiosidad y en sus carcajadas cada vez que me sorprendo medio mustio sin motivo. Alba es una prueba irrefutable más de que vendrán tormentas, el cielo se tornará negro y estará todo perdido y el mundo será de los que no lo merezcan. Pero la vida, la vida es y siempre será de los que hayan aprendido a captarla y a vivirla, y ese es por encima de todos, el más valioso y preciado de todos los sentidos. Pero con éste no se nace. Éste, se conquista.

Tiina mueve el Esqueleto. Koh Phangan, Tailandia

“When I turned 30 I decided I would be a rockstar (Cuando cumplí los 30 decidí que sería una estrella de rock)”.

Ah! Adoro la determinación de los finlandeses. Para los que no la hayan experimentado en sus propias carnes, este tipo de determinación es una extraña mezcla de contundencia, sentido común y candidez. “Cuando cumplí los 30 decidí que sería una estrella de rock”, dijo.

Ante este tipo de afirmaciones una mente sureña recelosa sonreiría maliciosamente por debajo de la nariz. Una mente sureña como la mía, por ejemplo, pensaría aquello del “ya, sí, claro, y yo Judas Tadeo”. Pero ustedes no saben cómo las gastan estos norteños. Sus mentes han sido perfiladas por el frío, el silencio de las largas noches de invierno y por sus infinitas tardes de verano que enlazan día tras día con los amaneceres. Ah! Su tozudez y su perseverancia se cuecen a fuego lento bajo auroras boreales y días enclaustrados en sus hogares. Están a años luz de los calentones y la bravura del toro ibérico que deambula por la plaza orgulloso y decidido pero sin destino.

Tiina gozó de mi favor desde el minuto cero por el mero hecho de haber nacido en Suomilandia. Llámenme imparcial, digan que estoy cargado de prejuicios o que toda discriminación, aunque sea positiva, es discriminatoria. Lo acepto, he pecado, pero Tiina vino a confirmar una vez más mi fascinación por este pequeño país poblado por seis escasos millones de almas.

Se despertó un buen día y esta dama de pelo negro azabache, ojos azul eléctrico y piel blanca como la escarcha decidió que su vida tomaría un rumbo nuevo. Ni se tiñó de rubia, ni dejó el trabajo, ni quemo los sujetadores. Por el contrario siguió con su vida pero decidió añadirle un matiz más. Se apuntó a clases de canto, convenció a sus amigas para formar una banda de punk rock, The Shrieks,  y empezó a escribir canciones. La catarsis no habría estado completa sin un sacrifico de sangre y por eso estampó sobre su cuerpo uno de los tatuajes más hipnóticos que recuerdo haber visto en mi vida: un Esqueleto que danza envuelto en un mar de flores y nubes verdes y alguna rueda tántrica descarriada. Arrancándole en la nalga izquierda para llegarle hasta el hombro y acabar descolgándose por el brazo. El Esqueleto no es otro que el espíritu rebelde que vivía dentro de esta editora de libros freelance, que cursó Estudios Orientales en la Universidad y que de pequeña era la gafotas de la clase, se sentaba al fondo y no hablada con nadie mientras devoraba libros y más libros.

El resultado también se llama Tiina y no creo que sea muy distinto de la primera. Tiina no se reencarnó, no vio la luz, ni se hizo conversa. Tiina, lo único que hizo fue evolucionar a fuego lento en la dirección que sus sueños y sus anhelos le indicaban. Sin aspavientos, sin resoplos y sin complejos. Con la cabeza fría y el corazón maduro sin importarle lo que dijeran los demás. Y con esta actitud que porta, escucharla es un deleite, porque la humildad del que hace lo que hace porque siente que es lo que debe hacer puede hacer temblar los cimientos de las convicciones más sólidas.

La oigo hablar y la oigo reír. La escucho y me la miro y me recuerda a otra finlandesa, pero aquella era bajita, rubita y también batallaba contra dragones y no le importaba salir a la calle con barretina, ni que se le vieran los michelines por encima del pantalón. Pero Tiina es otra, es ella y el Esqueleto que le baila por el lomo. Cierro los ojos y le veo danzando entre nubes verdes al son del punk rock mientras desde la muerte le sonríe a la vida y a todas las cosas que damos por sentado.

Anthony, no dejes de bailar. Koh Tao, Tailandia

La primera vez que le vi no me gustó. Le creí otro de esos occidentales barrigudos con cuarenta años muy mal llevados que deambulan por Tailandia “seduciendo” a jóvenes bellezas y embelesándolas con sus palabras de “amor” y sus “dineros”. Darling (cariño), Honey (miel) o Sweetheart (dulce corazón), ahora no recuerdo con cuál de ellas se despidió de la chica que le acompañaba antes de darle un repasón de los pies a la cabeza. ¿¡Y encima y para colmo llevaba gafas con cristales amarillos!? ¡Por dios, pensé, ni Bono -el cantante de los U2- las lleva ya!

Esperé cinco minutos más antes de subir a la clase para mi primera lección teórica de submarinismo y cuál fue mi sorpresa cuando le vi entrar y presentarse como el profesor. ¡Dios! ¿Este es el personaje al que le tengo que confiar mi vida cuando esté allá abajo? Intenté mantener el pie sobre el freno de mi cadena de prejuicios para no prejuzgarle demasiado, pero me estaba resultando tremendamente complicado. Estaba hecho todo un payasete. Se movía de una punta a otra, gesticulaba con las manos, con la cara, con el cuerpo. Subía el tono, lo bajaba. Todo parecía una función y lo era. Lo era porque llevaba 20 años haciendo lo mismo y la única forma de no morir en el intento era disfrutándolo. Y la única manera de disfrutarlo era interpretándolo, no de forma sesuda. Interpretándolo de forma delirante, cómica y teatral, sin dejar de transmitir el Mensaje.

Debo confesar que al cabo de un rato me empezó a caer bien, y tiene gracia que el punto de inflexión fuera su verde y delirante sentido del humor. Sencillamente no podía parar de trastear y flirtear con las alumnas del curso al tiempo que alzaba la vista a los cielos clamando amor eterno a la que durante los últimos 10 años había sido su queridísima esposa y madre de su único hijo. Me encontré siendo en el único de la clase que le reía las gracias. Y es que Anthony era muy gracioso y sepan que para estas cosas me considero todo un sommelier. Estaba ante un auténtico enfermo mental incapaz de no encontrarle el doble significado a todo llevándolo siempre hacia el lado oscuro de la fuerza. ¡Grande! En menos de una hora yo me había rendido, él me había reclutado y ya formaba parte de su equipo.

Era un payaso, pero que como buen payaso sabía lo que se hacía y decía. Era un seductor que a falta de tipo usaba el verbo para embelesar, y no sólo a las jóvenes bellezas locales. Poco a poco todos acabamos cayendo en sus redes. Sabía lo que decía y lo que se hacía y todos empezamos a dudar y cuestionarnos esa primera fachada de impresentable que parecía pasear con orgullo.

Había una historia por desvelar y se olía en ambiente y en la cadena de preguntas sin respuesta. El bueno de Anthony ya había confesado que durante los últimos 20 años había sido instructor de buceo. Se había sumergido en las aguas de medio mundo y había tenido encuentros con algunas de las criaturas más maravillosas que pueblan los océanos del planeta. Amaba su vida actual y hacía 10 años que estaba casado con una tailandesa con la que tuvieron un hijo. La amaba a ella, le amaba a él y se amaba a sí mismo y a su vida. ¿Y antes qué?

Anthony, el payaso, el polémico seductor convertido en buceador, ¡Había sido bailarín de danza clásica! Durante su vida pasada, la que empezó en su adolescencia y le duró hasta la vuelta de los 30, Anthony había viajado por todo el mundo bailando en teatros y conviviendo en compañías de jóvenes efebos y damas de porcelana. Cuerpos entregados a la danza, a sí mismos y al placer de su existencia en un extraño paraíso temporal, atrapados en un exclusivo universo endogámico donde todos eran jóvenes, fuertes y bellos. Pasaron los años, las locuras, la magia y la vida en el paraíso empezó a pasarle factura. El paso del tiempo había empezado a hacer mella en su cuerpo cuando el otoño llamó a su puerta.

Huyó como tantos huyeron y huirán. Huyó buscando aire fresco y espacios nuevos en los que aclarar sus sueños y poner en orden sus ideas. Y su osamenta “atormentada” recaló bajo las aguas del Koh Tao virgen de principios de los 90. Y sintió que algo nuevo empezaba, que una nueva vida le reclamaba. Durante dos años compaginó sus dos vidas hasta que acabó por aceptar su realidad, cerrando una puerta que le permitió abrir otra, consciente que, no pudiendo estar en dos sitios a la vez, hay momentos en la vida en los que hay que escoger.

Y pasaron 20 años y Anthony calza ya 47. Clama a los 4 vientos su amor y su devoción por la vida que vive que es la que escogió. La ama a ella, le ama él y se ama sí mismo. Le escucho y dios me libre de dudar de su sinceridad. Pero algo hay que me hace sentir que llegó un momento en su vida que tuvo que elegir y que no fue por gusto. El paso del tiempo se mostró implacable con él y tuvo que aceptar su realidad para dejar atrás una vida que nunca dejó de amar. Aceptó que debía evolucionar sí quería seguir aspirando a ser feliz y escogió.

Le escucho y dios me libre de dudar de su sinceridad, pero hay algo en la insistencia del amor por su dama que me hace dudar. Hay algo en la persistencia de sus flirteos que me hace pensar que cambió porque supo que no tenía más opción. Hay algo en las tristes miradas perdidas entre broma y broma y en sus sesudos silencios que me hace pensar que éste fue para él el mal menor. Y aún así le veo feliz y le veo como un valiente, que consciente que podía equivocarse, comprendió aquello de “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. Que la vida cambia para todos y que quedarse estancado por miedo a tener que escoger es morir en vida. Porque estar vivo es más que respirar, estar vivo también es saber entender tus tiempos y saber adaptarse a los cambios.

Anthony dejó los escenarios pero no dejó nunca de bailar. Siguió bailando bajo las aguas de medio mundo. Siguió bailando cuando haciendo el payasete nos transmitió su amor por el mar y por la vida. Y me gusta pensar que cuando los tiempos vuelvan a cambiar para él, volverá a ser valiente una vez más y seguirá bailándole a la vida aún a riesgo de equivocarse.

Serge, el hombre y su cámara. Laos

Una de las preguntas clásicas a las que me enfrento cada vez que conozco a alguien en este viaje es: ¿Viajas “solo”? La duda parece implicar que viajar “solo” es un “problema” o que entraña una dificultad. Y es bien cierto que viajar “solo” (siempre con uno mismo) puede ser un problema y entrañar muchas dificultades. Pero si quieren que les diga la verdad, a mi parece mucho más difícil viajar en compañía que por cuenta propia.

¿Cómo debería ser el compañero de viaje perfecto? ¿Un mejor amigo, una novia, el primo lejano con el que siempre te llevaste bien? ¿O un desconocido con el que coincidiste a bordo de un bote en la víspera de año nuevo? En mi caso, el compañero de viaje perfecto tiene nombre propio, se llama Serge y se presenta como quebecuá. Y sí, nos conocimos en una mañana a las orillas del Nam Ou mientras esperábamos que un bote nos llevara hasta Muang Ngoi Neua. Nos caímos bien desde el primer momento, pero fue ver como agarraba la cámara durante el descenso cuando entendí que teníamos algo más en común que un destino al final de la jornada. Serge era un enfermo de la fotografía, no como profesión (de momento) pero sí como pasión.

Desembarcamos en el mismo puerto y por aquello de preguntar acabamos compartiendo habitación para abaratar costes. Y durante las siguientes tres semanas fuimos compañeros de armas a través de Laos. Cada uno a su aire, cada uno a su ritmo. Sin ningún pacto de antemano, sin ninguna amistad inquebrantable que mantener ni ninguna memoria común que construir. El no ser nada el uno para el otro fue la clave. Pero la clave de las claves fue que Serge, ante la duda o la adversidad, siempre ponía las cosas fáciles.

Una boina, unas gafas y una barba son el marco de una sonrisa bonachona y unos ojos sinceros. Serge es amable ante todo, educado por definición y un tipo duro que no se achica ante casi nada. Va de frente y también tiene hambre de momentos especiales y rincones con encanto más allá del camino marcado. También para él la búsqueda de la foto perfecta es más un modo de aproximarse y conocer otras realidades que la necesidad de un trofeo que enmarcar a la vuelta a casa.

Y así fue como día tras día se fue renovando el pacto de viaje, con la puerta siempre abierta para ambos, libres de bajarnos del tren a cada momento sin rencores ni explicaciones. Y fue así como a más a más de compartir gastos, compartimos la visión del otro al final de la jornada. No la de la vida de allá, la que dejamos atrás. Sino la visión y el entusiasmo de las cosas que el camino nos fue brindando y que con nuestras cámaras y escritos intentamos desmenuzar laboriosamente para sacarle el máximo jugo al bendito Ejercicio del Viajar.

Hay mil maneras de ver mundo, no lo dudo. Y habrá mil compañeros de viaje y mil maneras de interactuar por el camino. Yo me quedo con la sonrisa, la falta de prejuicios y la curiosidad por lo desconocido como aquellas 3 cosas imprescindibles que uno debería llevarse siempre de viaje en la mochila. Serge carga a cuestas con estas tres y con 10 quilos de material fotográfico a las espaldas. El bueno de Serge, el que siempre puso las cosas fáciles, el que siempre estuvo dispuesto a llegar un poco más allá para encontrar esa foto y vivir ese momento. Serge, El hombre y su cámara.

El Primero de la clase. Myanmar

Deberá tener unos 10 años y hoy no irá a clase. Se perderá por el camino y lo más probable es que acabe en el lago. Subirá a alguno de los grandes árboles rodean la orilla, y saltará con todas sus ganas para que el estruendo resulte épico. O puede que todavía sea invierno y ha llegado a la conclusión que lo mejor será invertir el día pescando mientras los demás chicos están en la escuela. Él se lo puede permitir, a fin de cuentas, es el Primero de la Clase.

David es un chico listo y un cachondo. De hecho estos dos atributos suelen ir casi siempre unidos. La primera vez que nuestros caminos se cruzaron fue en Tachileik, cruzada la frontera entre Tailandia y Myanmar. Intentábamos entrar en el país y empezaron las pegas. Nos tocó como guía adjudicado sí o sí. Yo en ese momento cargaba con mi saco de prejuicios, y lo último que quería era llevar a cuestas un guía del gobierno, y encima pagarle el transporte y la comida para que acabara haciéndome lo que llevo haciendo durante los 2 últimos meses.

Resultó que yo andaba equivocado. David, lejos de ser alguien del gobierno, era un chico listo que intentaba ganarse la vida. A más a más, yo no tuve que cargar con David, David cargó conmigo durante los cuatro días que nos movimos por esta zona cerrada de Myanmar. Y para colmo, David era una buena persona que tenía mucho que enseñarme sobre actitudes a tomar en la vida, que aunque puede ser jodida, en Myanmar siempre acaba siéndolo un poquito más que allá en Barcelona.

El Primero de la Clase se tuvo que poner las pilas cuando su padre murió. A los 16 entró a trabajar como mozo de limpieza en un hotel. En éstas entabló amistad con un extranjero que al cabo de 3 meses le mandó un curso de inglés a distancia. En su tiempo libre leía, escuchaba y repetía las cintas. Hablaba sólo. Y solito lo aprendió en 6 meses. De ahí a la recepción, y desde su nueva atalaya profesional/vital/social vislumbró su futuro: sería Guía Turístico. Se movió, aprendió y se acreditó. Y el chico listo siguió creciendo y prosperando. Al cabo de unos años aplicó, ni más ni menos, que a las Naciones Unidas y de los 30 locales él fue el elegido. 2 años trabajando con occidente, aprendiendo de occidente, y viendo lo bueno y lo malo. El proyecto no acabó, pero a él lo despacharon, y siguió y siguió y siguió.

No se corta un pelo al hablar de la situación política del país, pero lo hace con elegancia y bueno humor. Cuando nos encontró en la frontera, hacía ya 3 días que estaba apostado en Tachileik con su traje de gala, esperando a que algún turista le contratara. Pagó de su bolsillo la incapacidad del Gobierno para garantizar una vida digna a gentes que acaban tomando las armas, y acaban haciendo que la zona esté vedada, y haciendo que los turistas no vengan. Acabó pagando también de su bolsillo los sobornos a las patrullas que “vigilan” la carretera y que hicieron inviable su plan de llevar a los turistas hasta Kengtung. Y sigue pagando de su bolsillo el tuk-tuk con el que quería acompañar a turistas por el país. Un tuk-tuk que hoy hemos usado, que llevaba treinta días parado a causa del conflicto, pero que mes a mes, parado o no, él sigue pagando religiosamente.

El Primero de la Clase es el pequeño de 5, de los que sólo quedan 2. 2 se quedaron por el camino siendo niños. La otra, le fue entregada a unos parientes y él no la ve. La que hace 4 se casó y ya no viene por casa. David se siente afortunado: él nació en la ciudad, y eso, en este universo de preciosas aldeas dejadas de la mano de diós, significa que tuvo posibilidad de sobrevivir a las enfermedades. Creció yendo a las escuelas. Temprano por la mañana, dos horas en la escuela China. Luego seis horas más a la birmana y luego de vuelta un par más a la china. David es hijo de la mezcla de este universo poli-étnico conocido como el Estado Shan, cruce de pueblos que se superponen a su propia historia centenaria.

Y ahí sigue él, cantado a grito pelado mientras cruzamos las montañas para llegar a la próxima aldea. Y ahí sigue él, saludando a todo el mundo, repartiendo dulces y jabón a los locales, para que ellos tengan un sonrisa y nosotros nuestra foto. Y ahí estaba él cuando nos conocimos por primera vez, siendo amable conmigo y yo un estirado desconfiado. Y ahí seguirá mañana, cuando volvamos a Tailandia, buscándose la vida, sin renunciar a ser buena persona, aunque en ello se le vaya el sueldo y los ahorros.

Le miras a la cara y tiene cuatro pelos en el bigote y en la perilla. Lleva un gorro de explorador al más puro estilo Dr. Livingston. Y ya me lo estoy viendo pasar de largo de la escuela para ir al lago, con una sonrisa en la cara, consciente de lo que es importante en la vida. Y precisamente por eso hoy no irá a clase, porque hoy el mundo empieza y acaba en un buen chapuzón.

El Río Line. Mae Sot, Tailandia

Si Line hubiera nacido Río estaría permanentemente a rebosar de agua. Y aún así, su naturaleza escandinava la empujaría a ser un río a la inversa. Calmado y paciente en los tramos estrechos donde hay que estar alerta para sobreponerse a las dificultades. Bravo y alborotado en los tramos holgados por donde fluir a sus anchas salpicándolo todo de vida y alegría. De esos rios grandes y lentos, de márgenes anchos que se saborean navegándolos tranquilamente sobre una barquita. Line rebosa vida y mucha mucha energía. Desde el amanecer hasta que se pone el sol, esta noruega desafía los estereotipos y deja a su paso un reguero de vitalidad allá donde va.

A través del Sr. Albert la conocí y ella se presentó como mejor sabe: brindándome una de esas amplias sonrisas pícaras de niña traviesa pero cumplidora que ha hecho los deberes. Luego vinieron un par de preciosos ojos azules, de esos a los que los ibéricos andamos tan poco acostumbrados. Y por montera llevaba los restos de una dorada cabellera vikinga, que fue larga en otros tiempos, pero que las exigencias del guión y la vida en la jungla mandaron cortar.

Line estaba viviendo con parte del Clan Ga Yaw Ga Yaw en Mae Sot, pero su campo base era y es Noh Bo, la aldea de refugiados karen en la frontera, desde la que todavía hoy se oyen estallar la minas antipersonas. Allá es donde Line aterrizó hará 3 años con un par de arquitectos noruegos para construir un orfanato de diseño que el tiempo se encargaría de poner en su sitio, y que la quisquillosa Line cuestionó desde el principio. A ella le preocupaba que el edificio acabara sirviendo y durara, a ellos que quedara bien en la foto. A ella le importaba el trato con las personas que les estaban ayudando a construirlo, a ellos que quedara bien en la foto. Ellos se fueron con sus bonitas fotos pero Line se quedó. Había encontrado una nueva familia que sumar a la noruega, y encontró unos nuevos amigos junto a los que alumbrar El Clan Ga Yaw Ga Yaw.

Primero me los definieron como una ONG, aunque tras algunas explicaciones me pareció entender que en realidad eran una empresa constructora. Al conocerlos un poco más me di cuenta de que eran un grupo de amigos, una familia. El Clan Ga Yaw Ga Yaw son todas esas cosas y a más a más, por si fuera poco, andan constituidos como club de fútbol. Son un equipo, una piña, que ha crecido y que ha evolucionado con el tiempo, pero que permanece fiel a su espíritu: ganarse la vida echando una mano a los refugiados Karen, construyendo equipamientos para las aldeas, para la gente que los necesita. Con los materiales que tiene a mano, sea barro, madera o bambú. Y con los recursos de los que disponen y que suelen ser siempre escasos. Y aun así hacen arquitectura que facilita la vida a las personas. Y aun así sus edificios quedarán bien en las fotos.

Line es lo que en Cataluña llamamos el “Pal de paller”, el palo que aglutina la paja en el almiar y mantiene el conjunto unido contra lluvias y vientos. Los Ga Yaw Ga Yaw serán muchos y todos suman para que el barco tire adelante, pero me marcho de Mae Sot teniendo claro que es la educada y martilleante insistencia de Line lo que hace que no se desmigaje. Sólo el entusiasmo, la humildad y la perseverancia pueden hacer que el invento funcione. Y vienen las tormentas, y arrecian los vendavales, y cuando se trata de tratar personas toda delicadeza, honestidad y cariño son pocos. Hace falta mantenerse firme pero flexible. Adaptarse a la situación y al momento, dejarse llevar sin perder el rumbo. Y en eso andaba Line cuando la dejé, en un complicado ejercicio de malabarismos entre el ayer y el mañana, buscando ese punto medio donde uno se diluye en su entorno sin dejar de ser si mismo. Mostrando sus debilidades sin pudor para poder seguir creciendo.

Ahí va Line, con una sonrisa en la cara, el entusiasmo en sus ojos y la calidez en sus palabras. Con la determinación de los Ríos que siguen su camino dejándose llevar al tiempo que llevan. Adaptándose a cada momento y a cada geografía: a veces bravo, a veces manso, pero sin detenerse nunca.

“El Doctor” Pi Jo. Tailandia

Pi Jo pulveriza la conversación con la implacable sencillez de su lógica. Y es que su lógica no bebe en fuentes abstractas sólo aptas sabios o eruditos. Su lógica nace de la experiencia, y no de la del vecino o de la lectura de aquel u otro libro. El sólo se limita a contar lo que ha vivido y a partir de ahí, quien pueda y quiera, que abra el debate. Estamos en la Pun Pun Farm, a las afueras de Chiang Mai, epicentro de arquitecturas transversales y sentido común.

La parábola es tan sencilla como lo que sigue: “Dos chicos se conocieron en la Universidad donde estudiaron y se formaron juntos. Acabados los estudios sus destinos se separaron, y por esos azares, Pi Jo pasó por Nuevo Méjico, concretamente por el poblado de Taos. Y vio lo que había y se maravilló, tanto como a mi me puedan maravillar las casas de bambú en la selva o a otros los rascacielos de Nueva York. En Taos, las casas eran de barro. Y Pi Jo se hizo la siempre osada pregunta: “¿Y porqué no?”.

“Volvió a su hogar, un pequeño pueblo en el noreste de Tailandia, y decidió que de ese modo construiría su primera casa. Durante tres meses, al acabar su jornada laboral, levantó, ladrillo a ladrillo su primer hogar. Día tras día las gentes del pueblo venían a visitarle, a reírse de él y darle “ánimos”. Le llamaban “El Doctor”. Y es que para las gentes del pueblo “El Doctor” era un perdedor, un fracasado. Alguien que fue a la gran ciudad para estudiar y triunfar, que incluso visitó los EEUU, para al final acabar volviendo a la aldea derrotado para construirse una casa de barro”.

“El Doctor” terminó la casa. No era perfecta, ni la mejor que se podía hacer, pero era un hogar y no se detuvo ahí. Algunos de los aldeanos, aquellos que tantos “ánimos” le habían dado, empezaron a construir sus casas con adobe también. Y Pi Jo decidió ayudarles, y de tanto construir y construir lleva ya 14 años levantando edificios (van 300) y enseñando a otros cómo hacerlo. La parábola llega ya a su fin, y nada sabemos de aquel compañero de universidad que siguió su propio camino, éste sí, como Doctor “de verdad”. Pi Jo le da la puntilla a ésta parábola con una pícara sonrisa: Su amigo el Doctor necesitará 30 años para pagar su casa, a él tan sólo le hicieron falta 3 meses de sus ratos libres”.

A un servidor, degenerado Arquitecto de oficio y profesión, hijo de la Escuela de Barcelona, estas arquitecturas transversales siempre le causaron cierta cándida simpatía. Cuando Albert me propuso acompañarles en este fin de semana de Arquitecturas de Adobes y Bambúes dije que sí sin pensarlo. Me pareció que podría resultar interesante aprender algunas “palabras nuevas” de vocabulario formal y constructivo. Como si esto del barro y del bambú sólo fueran nuevas poses que poder adoptar. La llegada a Mae Sot y la primera tarde con Albert me dejaron bien claro que había algo más detrás.

Detrás y más allá de lo bonito que pueda quedar en la foto y del qué dirán las visitas cuando vengan a cenar, queda el sentido común. La necesidad de tener un hogar para poder vivir, sin que el hecho de tenerlo implique una vida de esclavitud para poder pagar un préstamo, o la comúnmente dicha, hipoteca. Detrás y más allá de lo bonito que quede en la foto, está el hecho que pocas cosas hay que eleven más la autoestima de cualquier ser humano que el hecho de poder construir su propia casa, y la casa que será de sus hijos y de sus nietos. Detrás de todo esto está descubrir que las casas, al igual que las vidas de las personas, se pueden construir de muchas formas distintas y que mientras sirvan a su propósito dignamente, realmente qué importa cuales sean los medios.

Siento como si el fin de semana hubiera transcurrido alrededor de aquella mesa donde desayunamos el primer día, al tiempo que Pi Jo respondía a nuestra lluvia de preguntas. Con aquellos angelicales críos endemoniados revoloteando alrededor. Aprendí un montón de todas aquellas cosas que ya sabía de la universidad sobre el arte de levantar un muro. Que las sabía como el que sabe de un cuadro que vio en un libro, pero nunca contempló en la realidad, con calma, y con el maestro autor a su lado.

El perdido de “El Doctor” ahora ha sido elevado a erudito del arte de hacer las cosas fáciles, sencillas y baratas. Le invitan a dar conferencias por el mundo y tiene la oportunidad de interactuar con colegas suyos, doctos maestros en el milenario arte del barro. Y nos cuenta como le fascina y le maravilla la sutil y sofisticada capacidad que tienen algunos bienintencionados maestros occidentales, a los que no les basta con comprobar como se hacen las cosas de forma sencilla, que necesitan complicar el proceso, para poder escribir libros que casi nadie entienda.

No es un reproche, ni un grito al cielo, ni perderá un minuto rasgándose las vestiduras cuando se pregunta y nos pregunta “¿Porqué insisten en hacer difícil lo que es tan sencillo?”. Y ahí da en el meollo de la cuestión: “El rey anda desnudo”, y es que en occidente nos cuesta horrores no complicarnos la vida con tal de sentirnos “vivos, necesarios o especiales”. Nos complicamos queriendo tener más y mejor de lo que seguramente necesitaríamos. Nos complicamos buscando y esperando que nuestra pareja, amigos o familiares sean más y mejores de lo que seguramente merezcamos. ¿Saben a lo que me refiero?…

Sr. Albert Seny i Rauxa. Mae Sot, Tailandia

Hará como un par de navidades nos engatusaron, perdón, me engatusaron con un anuncio que cantaba algo así como “la feina ben feta no té rivals ni fronteres” (el trabajo bien hecho no tiene rivales ni fronteras). Era una extraña mezcla de orgullo nacional, con algo de fúrborl y cerveza Damm, “Estrella” que no “Voll” (lástima). Y me engatusaron porque era cierto, a pesar del cóctel transversal de referencias locales mencionadas.

Albert podría ser el más claro exponente de lo antes dicho, y es que el trabajo bien hecho no tiene rivales ni fronteras. Y también le sentaría como anillo al dedo aquello de “poc a poc i bona lletra” (poco a poco y buena letra) o sencillamente lo podría presentar como el más claro exponente del “seny català” (el juicio/sentido común). Albert es todo esto, pero a más a más también pasea con brío por las calles de Mae Sot la “rauxa catalana” (juerga catalana) cuando llega el momento.

Nos conocimos una noche de luna llena de noviembre en Hsipaw (Myanmar), y a partir de ahí y por obra divina de su generosidad se me abrieron puertas nuevas. Puertas que me invitaron a conocer de cerca su vida en Mae Sot, desde donde ejercía de Arquitecto, practicando una arquitectura de las personas y de las circunstancias (no debería ser siempre así, me pregunto). Desde el minuto cero todo fueron facilidades. Me presentó a su vida, a sus amigos y a su pareja. Ya durante la primera tarde, después de oírle hablar sobre su trabajo, sobre lo que implica comprender la situación, el contexto, y sobretodo, a las personas con las que se trabaja. Después de todo esto no pude dejar de comentarle/reprocharle que me parecía un lástima que sólo yo fuera el beneficiario de todo ese torrente de sentido común, de arquitectura realista, de humanidad*. No había lástima, ni pena, ni altiva compasión en su trabajo como cooperante. Había un sereno intento de comprensión de los hechos, un distanciamiento próximo, o una proximidad distante que le permitían mantener el temple y moverse entre los matices grises de la complicada situación que viven los Karen.

Supongo que ése fue el punto donde acabamos por encontrarnos. En este relativismo relativo que acaba tomando partido y mojándose cuando llega el momento. En esa honestidad, generosidad y buen humor que siempre he admirado y buscado por doquier a donde voy. Todo esto rematado y tamizado por la más contundente sencillez.

Señoras y señores, con ustedes, el Sr. Albert Seny i Rauxa.

*Estamos a la espera que anuncie la presentación de su Blog.

Tótó Big Heart. Kalaw, Myanmar

¿Puede el corazón de una persona ser más grande que ella misma? Yo creo que sí, les presento a Toetoe.

Me he encontrado con Scott por el pueblo y los dos andamos buscando guía para un trekking de 3 días desde Kalaw hasta el Lago Inle. Después de preguntar aquí y allá, nos queda una última opción: Hemos quedado a las 5 en punto en el Eastern Paradise para hablar con “Tótó” y ver que nos propone. Ahí llega, nos la presentan y resulta que Toetoe* (aunque se pronuncie Tótó) es una mujer. Quedamos enamorados de su voz y su sonrisa. Pausadamente nos propone su ruta y nos cuenta lo que nos mostrará. Su voz es suave, transmite paz, tranquilidad y cariño. Habrá que esperar un día más para el trekking pero a mi ya hace rato que me ha convencido.

Y nos echamos al monte el grupo entero. Ella viste unos pantalones largos de color rosado, algo gastados por el tiempo. En la mano un paraguas para protegerse del sol. En la cabeza un simpático sombrero de paja. En la cara, unos ojos bellísimos, su sonrisa hipnótica y contagiosa, y bastante thanaka. Es realmente bella. Camina pausadamente con sus zapatos algo demasiado grandes. Son buenos, pero decididamente no son su talla. Alguien se los regaló y ella los usa. Hablamos todos con todos, cambiando de compañero de charla a cada rato. Cuando me toca con ella me da por preguntarle si ha vivido toda la vida en Kalaw. Pregunta genérica y trivial, pero es que nos acabamos de conocer y todavía no hay confianza.

Trivial fue la pregunta, pero nada de trivial tuvo la respuesta. Toetoe me cuenta como llegó a los 10 años a Kalaw, huyendo en cierto modo de su aldea, cuando una noche, alguien no cuidó bien el fuego y la casa de palma y madera prendió, y con ella la aldea entera y con ella muchos de sus habitantes. La familia de Toetoe huyó, otros quisieron salvar “lo valioso” y acabaron por perder la vida. Toetoe conservó la suya pero perdió todo lo demás. Así que a los 10 años empezó una nueva vida en Kalaw donde un familiar los acogió. Y todo esto me lo cuenta pausadamente, sin hacer estruendo, sin dramatizar, sin pizca alguna del orgullo o la lástima del superviviente. Serena y tranquila.

Con la mirada todavía atónita y la mandíbula ligeramente desencajada, decido que la próxima pregunta será sobre el tiempo o sobre el nombre de éste o aquel árbol. El día avanza y acabamos pasando por una aldea donde hay una escuela y se oyen unas voces que claman al cielo a grito pelado el abecedario en inglés. Esto hay que verlo. Y después del juego, de las fotos, los hellos y los bye-byes no puedo dejar de preguntarle a Toetoe si tienes hijos. Y me responde irónicamente entre risas y carcajadas que 10. Algo ya me olía yo. Y es que es muy extraño que una mujer de 33 años se dedique en estas tierras a hacer la veces de guía con extranjeros. La amplia sonrisa de Toetoe se reserva algún misterio más. Empiezo a elucubrar teorías, pero al rato una de las chicas es más descarada que yo, y sirviéndose de la complicidad femenina le sonsaca su historia.

Los hombres por estos lares hacen más bien poco. Las mujeres llevan la pesada carga, una vez más, de tirar para adelante la casa y los niños. Los hombres se juntan, hacen algo, o simplemente beben whisky barato que en realidad es etanol con aromas y colorantes. La rotunda Toetoe concluye que visto lo visto ella lo tiene claro: nada de hombres. Las madres, nos cuenta, cuidan a los niños y estos en realidad sólo las quieren a ellas. El padre poco pinta, y habiendo poco roce hay poco cariño y así es difícil que los hijos les quieran. En el camino nos cruzamos con una madre que, al tiempo que trabaja en la cosecha del trigo, carga a sus espaldas con su bebé de apenas 2 meses.

La historia de Toetoe en concreto pasa por un matrimonio arreglado a los 20 años por su madre, con un hombre que para colmo es musulmán siendo ella budista, y que al poco de estar casados ya tiene una amante. El contrato apenas dura 3 años pero Toetoe ya tiene dos hijos. Curiosamente a la mayor la conocí en el cyber-café el día antes, y me sorprendió su inglés, su soltura y su educado descaro para buscar clientes. Caigo en la cuenta de todo esto cuando Toetoe empieza a hablar de ella. Sí, la niña del cyber sólo puede ser su hija. Y el chico, su otro hijo, a pesar de ser bueno es vago, y parece destinado a convertirse en otro hombre más de la aldea.

A Toetoe no le gusta su trabajo, y a todos nos sorprende porque a cada rato no para de sonreír. Sonríe, te mira, sonríe. Lleva 5 años haciéndolo y cuenta con hacerlo 3 más. Y luego, a lo mejor ser maestra o poner una casa de té. Pero por el momento toca seguir yendo arriba y abajo, paseando a los turistas. Hay que pagar las facturas, y las clases de inglés especiales para su hija, y las clases particulares de informática, también para la pequeña que ya tiene 13 años y que si hubiera nacido en occidente ya les digo yo que se comía el mundo con su desparpajo y su salero.

Y mientras Toetoe sigue andando, habla con todo el mundo en las aldeas por donde pasamos, y nos baña a cada minuto con su sonrisa. Con sus preciosos ojos negros que nos miran alegres bajo la sombra de su gorro de paja. Y esto mientras nos cuenta, después de cruzarnos con una aldeana muy muy mayor que nos pide medicamentos para aliviar el dolor de su pierna, que ella quiere morirse a los 40. Morir joven para no tener que sufrir la vejez en estas tierras. Son paisajes bellos los que vamos cruzando pero también los pueblan mujeres como la de antes: pasados los 70, delgada como un palo, piel curtida como el cuero, con una pierna dolorida, y todavía en el campo, trabajando de sol a sol.

Al final del viaje Toetoe nos ha contado 3 cosas. De las 3 bastaría una sola para ensombrecer el corazón más alegre, pero no han sido suficientes para nublar el suyo. Me quedan muchas preguntas para Toetoe, muchas dudas, me gustaría saber más de ella y de su vida. Aún así, al menos hay una cosa que me ha quedado clara, pero que muy clara, y es que Toetoe tiene un corazón tan tan grande que todas las penas son pocas. Tan tan Grande que si se la miran detenidamente en la foto verán como se le sale por los ojos y le brilla a través de su alegre sonrisa.

* A todo el grupo nos encanta su nombre y no perdemos oportunidad de pronunciarlo. A mi, por el momento se me hace imposible hablar de ella sin mencionarlo a cada tres palabras.

Entusiasmo Van der Schrieck. Myanmar

Se llama Frederik Van der Schrieck, pero bien podría llamarse Entusiasmo Van der Schrieck y seguramente le haría más justicia. Cuando lo conocí me estaba preparando para un viaje para el que, sinceramente, no estaba preparado. Habría sobrevivido, pero los ánimos habrían quedado por los suelos. Fred apareció en medio de aquella estación de trenes de Mandalay. Vistiendo su sombrero lo vi cruzar a lo lejos y pensé: Genial, otro guiri en el tren, hay partido.

El caso es que los buenos de los birmanos pensaron que estaría bien poner a los dos turistas juntos en el tren y les doy las gracias. Fred, a parte de llamarse Entusiasmo, Risa, Buen Feeling o espíritu abierto a la vida, a más a más se dedica a trabajar para Médicos sin Fronteras. No es médico, pero se encarga de que los dineritos se gasten bien gastados. Minuto cero y pensé en la suerte que acababa de tener. Habiendo visto medio mundo, algunos de los lugares más punks del momento (Afganistán, Somalia, Sudán, Pakistán, Egipto,…) resulta que la conversación no giró entorno a nada de eso. Y no porque no fuera interesante ni me muriera de ganas de oír de ello, sino porque él tenía otras cosas en la cabeza y a mi me parecieron más interesantes que los grandes titulares.

Fred estaba en las mías, o yo en las suyas. Un año para él, por Asia, y justo había empezado hacía 2 semanas. La diferencia, muchas más, es que Fred viste unos espléndidos 34 años en un traje de casi 2 metros de altura y casi 10 años de experiencias por Asia como viajero, su tercera vez en Myanmar.

Y al final lo interesante es el día a día de las personas, más allá de sus trabajos o su cuenta corriente. Fue un placer partirse la caja a las 3 de la mañana, después de 31 horas en un tren que traqueteaba con espasmos que tumbaban los asientos y hacían que la decrépita escena general pareciera una película de dibujos animados de los años 30. Fue un placer no tener donde dormir y que diera con la solución, y que con su entusiasmo convenciera a unos encantadores birmanos que nos dejaran tomar unos red bulls y ver la champions hasta que amaneciera. Fue un placer ver el mundo y las relaciones humanas a través de sus ojos, y oír sus inquietudes y sus dudas sobre qué hacer y cómo hacerlo. Y también fue un placer ver como el alcohol (maldito/bendito alcohol – niños no beban!) le jugaba malas pasadas, suaves, y dejaba entrever sus debilidades, suaves también, pero mostrando una vez más que no hay baluarte inconquistable ni barco sin fugas.

Fred, un monumento andante con sonrisa galopante, asegura ver en la cara de las personas su alma, aunque todavía no se ha decidido a contarme que vió en la mía, en aquel tren, ante aquel panorama. No se preocupen, con Fred nos volveremos a ver, próxima parada Bangkok 22-N, y ya entonces, si me lo cuenta se lo cuento.