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Carreteras Secundarias. Danau Maninjau, Indonesia

… viene del post anterior,  Puedo llegar cuando quiera

Al final uno siempre acaba llegando, no lo duden, es cuestión de tiempo y paciencia. Yo también llegué a la estación de autobús de Bukittinggi y antes de lo que esperaba, todavía era noche cerrada. Adormilado y con los ojos llenos de lagañas arramble con mis bártulos, me bajé del bus y me refugié en la única persiana levantada. Deberían correr las 5 de la madrugada y tenía un par de horas más por delante hasta zarpar dirección Danau Maninjau. Me lo tomé con la calma del que lo tiene todo hecho y con un par de cafés pagué mi derecho a cobijarme en el único local abierto a esas horas y en esos lares, el de un padre y una hija diligentes que ponían a punto su parada mientras el resto de la ciudad apuraba las últimas caladas de sus sueños más dulces.

Son ya las siete y con la extraña euforia que te da el trasnochar tomé finalmente el bus con destino a Tanjung Raya, mi campo base a la orilla del lago. Los paisajes que desfilan por la ventana en este amanecer son simplemente bellos, adoro Sumatra. Campos verdes, arrozales, pueblitos de colorines y algún volcán perdido en el horizonte. El buen humor que me acompaña no hace más que crecer en esta ascensión suave pero continua hasta que llegamos al borde. Sabía que subíamos pero no pensé que en realidad escalábamos un volcán. Al final de la ascensión: la carena y una carretera de curvas que desciende hasta en el fondo de la caldera. Porque eso es lo que es este lago, otro volcán enorme que de tan grande y tras tanto tiempo acabó por llenarse de agua.

Me siento afortunado por haber llegado al final de este largo viaje. Y doblemente afortunado me siento al llegar por sinuosos callejones de villorrio de provincias a una playita rodeada de sencillos bungalows donde pasaré las próximas 3 noches. Acuerdo el precio de la habitación con la dueña, dejo mis cosas y me pongo el bañador para darme un chapuzón. Son las 8 de la mañana, el sol ya se asoma iluminando la cara oeste de este lago de aguas sorprendentemente calientes y me pregunto dónde quedan mis andanzas por Sibolga. Flotando panza arriba sobre la superficie se me escapa una sonrisa de oreja a oreja que no puedo contener. Danau Maninjau, me gustas.

Estoy feliz pero tremendamente agotado tras las últimas 40 horas de viaje y las dos últimas noches de mal dormir, la mañana será para descansar y la tarde para escribir. Ahí está el palacete frente al lago en el que pasaré las horas con mi ebook mientras cae el chaparrón al atardecer. Cae también la noche, se va el sol y el canto del almuecín me recuerda lo lejos que quedan ya las tierras cristinas de Batak y Nias. Se apaga el día por completo y la orilla de este lago luce sencilla y elegante como collar perlado, reflejo de luces en la orilla cuya brisa trae consigo un estridente rumor de tambores alocados que nos desconcierta a todos.

Tras el día de descanso que saboreé con plena conciencia hemos decidido con Carla –una chica portuguesa, también viajera de larga duración- que mejor alquilamos una moto entre dos para abaratar costes. Está curtida, curada de espantos y es interesante, así que creo que valdrá la pena compartir la jornada. Nos levantamos pronto, desayunamos indonesio y enfilamos la carretera que rodea el lago. Buscamos “la cascada” y ésta, dependiendo de a quién le preguntemos, parece encontrarse a 5, 13 o a 20 kilómetros. Su distancia es relativa, se expande y contrae a media que avanzamos hacia ella, pura mecánica cuántica. Voy con la mirada puesta en la carretera pero por el rabillo del ojo me da que allá arriba, al pie de las montañas nos estamos perdiendo cositas buenas. Tras casi una hora de marcha, de haber preguntado un montón de veces por la dichosa cascada y de no estar disfrutando mucho del recorrido le digo a Carla que por mí, a la primera que podamos torcemos a la derecha y que venga lo que sea. Y cómo Carla está viajada y curtida y también tira de su instinto me da el visto bueno. Dicho y hecho, primera a la derecha y cómo no, al cabo de 5 minutos y tras una cuesta de espanto en la que aguanto el tipo empieza la Fiesta.

¡Ai lo que no los estábamos perdiendo! ¡Ai que las carreteras principales están para lo que están! Pero la fiesta, la Fiesta siempre se cuece entre bambalinas. Hay que salirse del supuesto camino marcado, hay que probar, hay que errar, porque sólo probando te puedes perder, y sólo el que se ha perdido acaba por abrir esas puertas de más que te llevan a lugares inesperados. Regalos caídos del cielo que aguardaban en los márgenes a la espera del que torciera la primera a la derecha.

El paisaje a lado y lado del camino es un juego escalonado de campos de arroz, un complejo sistema de charcas que son en realidad piscifactorías y de pueblos de colorines formados por casas de madera siguiendo una extraña fusión colonial local que me tiene enamorado. Todo tiene ese aire alborotado de jardín bien cuidado que creció a su aire pero que se cuida con mimo. El alminar de la mezquita de cubiertas que a los lejos me recordaron a cáscaras de huevo puestas del revés nos indican que ya estamos en otra aldea. Son construcciones sencillas y de escasos medios, pero con la gracia y la dignidad que sólo la gente humilde y sin pretensiones sabe transmitir.

Vamos saludando a todo el personal que no para de sonreírnos mientras comentan entre ellos la jugada de ese par de bulés -extranjeros- que deben haberse perdido. Nos marcamos unas carreras con unos chavalines que van en bici y en una de nuestras paradas desciframos “el enigma de los tambores”. Una comparsa, con uniformes de gala que parecen irles grandes a todo el mundo, está ensayando al borde camino y nos regalan un recital, en primicia y en exclusiva, sólo para nosotros dos. Un hombre nos toca una serenata con una trompeta hecha de hojas de palmera enrolladas que me recuerda a un remolino. Yo me rió, me emociono y maldigo el no tener una cámara a mano para inmortalizar el momento.

Carla y yo nos cruzamos una mirada que lo dice todo: Estos son los momentos que hacen que viajar sea algo especial. Estos son los momentos porque los que uno se la juega y se sale del camino marcado aún a riesgo de llegar a ninguna parte. Son los momentos como éste los que te confirman que la gente es buena, alegre y generosa.

Retomamos la ruta, se nos acaba nuestra carretera secundaria y antes de retomar la búsqueda de “la cascada” nos tomamos una mariscada de almejas en miniatura al ajillo y con perejil. Volvemos al camino marcado, makassar padang -bar de menú local- junto a la carretera principal y por enésima vez la dichosa pregunta: “Disculpe ¿Para ir a la cascada?”.

Llegamos, la encontramos y al final resulta que no era para tanto, salvo un rayo de sol que en el momento preciso cruzó el denso follaje para ir a caer justo en el salto de agua. Un pedazo de dicha divina que tal cual llegó se fue. Yo me tumbo sobre una piedra grande para echarme la siesta y Carla se pierde por el bosque durante un rato ¿El reloj? Lo dejamos en casa.

Hemos cumplido el objetivo, hemos encontrado “la cascada” y ahora toca volver. Pero resulta que le tomamos mal la medida al lago y ha acabado siendo más grande de lo que pensábamos. Avanzamos hacia la orilla sur para descubrir que ésta era la cara buena. Alzando la vista a las paredes que suben casi verticales desde la orilla del lago uno puede mirar de frente al rostro del volcán. Hay poco margen para la jungla y los campos y las casas tienen un aspecto más asilvestrado. Estamos disfrutando pero se va acercando el atardecer y con él vienen las nubes negras y la amenaza del chaparrón diario. Le doy gas, Carla no dice nada, pero con su silencio me pide que no me duerma en los laureles mientras a cada rato tenemos que cruzar un sinfín de puentes de troncos llenos de barro bajo los cuales corren arroyos envalentonados. Sangre fría y mucha convicción, y de paso me abstengo de comentarle a Carla que en realidad no tengo carnet y que aprendí a conducir hace sólo unos meses.

Al final llegamos a Tanjung Raya porque al final uno siempre acaba llegando, no lo duden, es cuestión de tiempo y paciencia. Lo mejor del Danau Maninjau lo tuvimos que ver a toda prisa y nada más dejar la moto descarga el chaparrón. Durante una hora todo se detiene, pero poco importa ya porque nosotros estamos de vuelta sentados en el palacete frente al lago. Cae el sol, se rompen las nubes y sigue lloviendo cuando por unos instantes una mancha de luz providencial desafía la negrura iluminando el centro del lago. Magia, pura magia…

Ha sido un buen día que pone punto y final a 6 buenas semanas viajando por Sumatra. Una isla cuyo nombre siempre me hizo vibrar y soñar despierto aún ignorándolo todo de ella. Un nombre, Sumatra, que tras estos 41 días recorriéndola a fuego lento me la siento muy mía. Aquí llegué con los ánimos por los suelos, dudando de mí, de este viaje y del proyecto “Outteresting.com”. Tras la tormenta, la calma, y tras la calma necesaria, la ruta y la carretera, y siempre siempre siempre, a cada rato y cada momento su buena gente.

Gracias Sumatra. Hasta la próxima Sumatra.

 

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Pues espero que de todo esto, a la vuelta, salga un buen libraco, para el goce de todos los que te leemos!
    Y felicidades por esa nominación a los Bloscars#2013! Buen viaje!

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