Buscando paraísos perdidos. Kentung, Myanmar

Como cada mañana, la llanura sobre la que se asienta Kengtung amanece envuelta en una fría y espesa niebla que lo difumina todo. Arrastrando unas sábanas todavía pegadas a la cara y con los ojos a medio abrir por las lagañas salgo de mi cuarto. Voy en busca de los demás que me esperan desayunando en el porche. Tras ellos está la Calle, y en la Calle se representa la vida, la vida birmana en su sencillez y su autenticidad. Sus ropas comunes, sus casas comunes, la bruma, y las mujeres en sus puestos callejeros. Gentes que vienen y van, toda la escena en riguroso plano frontal. Es como un cuadro que representa a la perfección el porqué sentía que tenía que volver a este país.

De nuevo me siento en lugar que escapa al tiempo real en el que he vivido toda mi vida, un lugar anclado no sólo en el pasado, pero también en una serie de actitudes y valores que parece que siempre acaban por perderse con esto de “la modernidad” y que aquí todavía perviven. Al sentarme a la mesa del desayuno mi alegría de estar de vuelta se transforma en un “This is why I wanted to come back (esto es por lo que quería volver)” mientras señalo la calle. Ellos asienten con una sonrisa cómplice. Somos 4 y durante los próximos 4 días tampoco serán más de 4 los extranjeros que nos cruzaremos en el Estado Shan.

Myanmar se asemeja a una isla a la deriva que flota en el sureste asiático, a medio camino entre el subcontinente indio e indochina. Aislada del exterior por la dictadura militar, el país conserva una frescura o inocencia que hasta en España tuvimos pero que hace ya años dejamos atrás. Dentro del país también hay islas, y Kengtung es una de ellas. Se encuentra al este, encajado entre China, Laos y Tailandia, y desde ahí se me presentaba la oportunidad de volver a visitar una vez más a mi primer amor de este viaje. Y de hacerlo por la puerta trasera del escenario, la salida de emergencia, entre bambalinas y fuera del alcance de los focos. Después de un mes en Tailandia me moría de ganas por volver.

Por aire se puede llegar desde el centro del país, pero por tierra los extranjeros y los locales tienen el paso vedado. Sólo a través del norte de Tailandia se puede entrar y hacia allí dirigí mis pasos. Mi primer compañero de viaje se me cruzó en un pick-up mientras dejaba atrás Mae Salong: Robert un Sueco Finlandés. El dúo restante, en el siguiente bus que nos llevaría de un cruce de carretera hasta la frontera: Steve & Wendy. Una pareja de americanos que debían andar entre los 50 y los 60. Los 4 cruzamos la frontera juntos y juntos recibimos las nuevas. Debido a la situación interna en esa zona conflictiva del país, podíamos entrar, pero deberíamos estar en todo momento acompañados por un guía turístico, correr con sus gastos y tener extremadamente limitados nuestros movimientos.

Dudamos, dudé y como viene siendo norma en este viaje empecé ese proceso donde la realidad se superpone a mis planes, al tiempo que estos se van fundiendo para encajar en las nuevas circunstancias. El resultado es que tenía que amoldarme si quería seguir adelante, con lo que mis 10 días de exploración por el este de Myanmar quedaban reducidos a 4, en compañía, eso sí, de excelente comparsa.

Llegar a Kengtung fue una sinfonía de situaciones de esas en las que uno alza la vista hacia los cielos, respira hondo y se repite eso de: que sea lo que tenga que ser. Finalmente arrancamos de verdad, nos montamos en el bus y salimos de Tachileik, ciudad de fronteras. Y vinieron a reconfortar mi alma nuevos paisajes. Nuevas carreteras que serpenteaban a la par con ríos salvajes que se abrían paso a través de junglas espesas que cual murallas romanas franqueaban el camino. Paisaje virgen, fueran selvas o campos de arroz, con alguna que otra aldea de chozas de paja y bambú. Todo bien doradito, bien envuelto en luz atardecer y mi rostro sonriendo contra el cristal de la ventana. Tras cinco horas, llegada confusa pero puntual a la no-estación de autobuses de Kengtung, cena rápida de lo que sea y primera y única ronda de cervezas a cargo de Steve que celebra y agradece que haya dado la cara y que les haya llevado a destino. Se agradece que se agradezca.

Y David, nuestro guía, nos deleita con el menú de escasas aunque suculentas posibilidades que sobrepasan mis expectativas de la zona, ya de por si altas. Los otros lo notan y llega un momento en que me parece infantil ocultarlo: me voy a quedar con las ganas de hacer la mitad de las cosas que David nos está proponiendo, y sé que son muy buenas oportunidades de vivir experiencias únicas.

Aún así los dos días trekking que disfrutamos valieron su peso en oro. El balance económico final arroja un incremento del gasto, pero hay que saber cuándo es el momento de estirar el presupuesto y cuando ser tacaño equivale a ser tonto. Visitamos aldeas Akha donde las mujeres (nunca los hombres) seguían viviendo como siempre. Con sus rutinas y oficios, con sus trajes, y con sus sonrisas cómplices y sus tímidas miradas. Y David orquestó como perfecto maestro de ceremonias, repartiendo presentes cuando tocaba y a quien tocaba. Suavizando el encuentro entre los locales y los cazadores de instantáneas, al tiempo que nos contaba las mil y unas historias y costumbres de estas gentes. Que lujo de guía, que lujo de compañeros de armas y que lujo de aldeanos. Rematamos la jornada como debe de ser. Junto al lago y al atardecer, con unas cervezas y unos snacks de gusanos fritos a los que ahora resulta que soy adicto.

Al segundo día perdimos por el camino a Steve y Wendy que pagaban peaje por las andaduras del día anterior, así que Robert y yo montamos en el pick-up rojo de David y nos dirigimos hacia Moi Lwe, estación de montaña en los tiempos de la Colonia Británica. Más allá del monumental traqueteo del carricoche por los más infames caminos de montaña, para mí el día tuvo algo de especial, dejando a un lado las incomparables aldeas que una vez más visitamos guiados por Peter el Grande. Durante las semanas previas, mi banda sonora literaria, o el libro que me había acompañado eran “Los tiempo Birmanos” de George Orwell, ídolo literario de un servidor. Sentí que Moi Lwe era algo de aquello que fue, y que podía ponerle rostro a las palabras del texto mientras me paseaba por escenarios decadentes coloniales medio abandonados medio restaurados en la cima de la colina.

La vuelta a casa fue una carrera contrarreloj contra la noche birmana en la que la electricidad escasea y hace de las carreteras birmanas el peor enemigo del chasis de todo vehículo rodado. Carreteras, que a juzgar por el modo en que las construyen deberían llamarlas calzadas, las Calzadas Birmanas. En mi primera visita me quedé con las ganas hablar de ellas pero esta vez los dioses, que son sabios y me tienen bajo su cuidado, me brindaron un nuevo encuentro con su realidad. Llegamos tarde, exhaustos, pero satisfechos del pequeño montoncito de momentos y sonrisas que el día había traído consigo.

Se acababa el tiempo y Myanmar empezaba a quedar atrás, de nuevo. Pero por delante quedaba la certeza que lo vivido y sentido la primera vez no fue fruto de la novedad. Sino que Myanmar, y sobre todo su gente y sus paisajes habían conseguido transportarme como nunca antes a un tiempo que corre paralelo a este mundo cada vez más pequeño y más enmarañado. Donde parece que todos jugamos a ser el de al lado, mirando lo que come, viste o piensa, al tiempo que insistimos en ser más que nunca nosotros mismos. Paradoja de los tiempos modernos que me permite ver lo que veo, para alimentarme de ello, y sin ser yo mismo, serlo más.

Y aún así, me tiene preso la certeza que nadie regala nada y que tomar algo nuevo implica dejar por el camino algo viejo. Y me pregunto si ese algo que dejamos atrás por el camino es lo que precisamente vine a buscar de nuevo a Myanmar.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. CRU

    molt bones moralejas… :)

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