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Bosques de piedra y profundas Gargantas. Kunming, Shilin & Lijiang. Yunnan, China

Ahora mismo escribo estas líneas desde Lijiang, al norte de la provincia de Yunnan, que hace frontera con Myanmar al sur y con el Tíbet al oeste, y Tíbet quiere decir altura. Desde los 2400 metros sobre el nivel del mar, desde el corazón del territorio Naxi, faltan unos días para que me encarame más hacia el norte, hacia Zhongdian, la ciudad considerada como la puerta de las tierras tibetanas de Kham. Desde allí me acercaré hasta Dequin, a los pies del Khawa Karpo, una montaña de 6740 metros, sagrada para los tibetanos y lugar de peregrinación salteado de templos, stupas y banderas de oración. El objetivo, si es que lo hay, es perderme todavía un poco más.

Y aquí, en Lijiang, a pesar que suene a remoto, la verdad es que el turismo de masas china hace ya tiempo que llegó y créanme cuando les digo que fue implacable. Lijiang fue durante 1400 años el centro del mundo Naxi, un pueblo que a pesar de estar en la periferia del mundo chino siempre fue algo distinto a los chinos Han. Los Naxi, aparte de tener una sociedad marcadamente matriarcal que no feminista, desenvoluparon su propia religión animista y su propia escritura jeroglífica, la única que ha sobrevivido hasta nuestros días. Pero no se hagan ilusiones, porque Lijiang y su centro histórico ya ha sido desbordado por las riadas de turista chinos y occidentales. Realmente es una ciudad encantadora, llena de rincones increíbles, patios, canales, puentes y cubiertas espigadas que vuelan y se superponen las unas sobre las otras. Pura magia en la tibieza de los amaneceres veraniegos, justo antes que desembarquen las nuevas hordas de turistas y justo después que cerraran los bares y las discotecas. Es una ciudad muerta que ha sido momificada y maquillada para nuestro disfrute. Los Naxi hace ya tiempo que alquilaron a buen precio sus propiedades en el centro y lo abandonaron para vivir en la “comodidad” de la periferia.

¿Y antes de Lijiang qué? Después de las 24 horas de vuelos seguidos lo más increíble de mi regreso a China fue la facilidad con la que me reconecté con todo y la familiaridad, no necesariamente buena, que me sugería Kunming, la capital de la provincia y mi punto de partida en este viaje. Kunming es una ciudad fea desde la distancia y no puedo negar que mientras aterrizaba el avión me pregunté aquello de “¿qué narices hago yo aquí?”. Pero vista de cerca tenía su encanto en algunos puntos: Un buen hostal en el que hasta 3 veces me preguntaron si era israelí, un bar en el que tocaba un curioso bluesman chino que había vivida un montón de años en Nevada y una calle comercial bastante impresionante que da buena medida de la China que viene: el alumno comunista ha aprendido bien la lección de lo que significa consumismo a la occidental.

Kunming sólo era un punto de escala para la primera parte del viaje. Por un lado estaba la visita al mágico y laberíntico Bosque de Piedra de Shilin donde fue una delicia perderme durante varias horas corriendo por todos lados, huyendo de las manadas de turistas chinos e imaginando lo increíble que sería construirme una cabaña aquí o allá.

En este punto el viaje dio un giro importante y los planes que tenía previstos se modificaron considerablemente. La visita a las terrazas de arroz en Yuanyang quedó cancelada por recomendación de viajeros que venían de allí. Y más tarde un servidor se pasó de estación en un tren de esos de 8 horas en el que era el único demonio blanco. Fue bastante cómico cuando mi compañero de cabina me comenta que acabamos de pasar Dali y yo alucino. Le pregunto como cuatro veces más porque pienso que debe estar equivocado, y evidentemente tiene razón. Momentos de nervios hasta que aplico la máxima de carretera y manta. El caso es que Dali quedó atrás también y gracias a dios el no dar la vuelta fue la decisión correcta porque gracias a este cambio de planes y descuidos pude coincidir aquí, en Lijiang, con Andreu, Mónica i Ferran. Se han marchado hace unas horas y hemos pasado tres días geniales en el Mama Naxi, un hostal de aquellos donde apetecería quedarse una semana. Y es que de hecho esto es lo ha acabado pasando: el Mama Naxi está siendo mi campo base durante todos estos días para poder visitar las maravillas que la zona ofrece.

El primer día lo pasamos de excursión en bici a Baisha, un pueblecito como los de León cuando era pequeño pero versión China. Lástima, eso sí, que la mitad del pueblo ya estuviera lleno de tiendas de souvenirs, siempre los mismos. Siempre quedará, al menos, la otra mitad del pueblo donde los ancianos y las ancianas siguen vistiendo sus trajes tradicionales y los niños que jugando al fútbol en las calles sin asfaltar.

Al día siguiente nos tocaba un plato fuerte y la que ha sido hasta el momento la visión geológica más espectacular de mi vida. La Garganta del Salto del Tigre es un trekking de dos días por el monte, a través de una garganta que separa dos montañas de más de 5000 metros. El Yangtze, el río más grande de China, lleva cortando y excavando la roca durante miles de años y el resultado ha sido un muro de roca que cae 3900 metros casi en vertical desde la cima de la Montaña del Dragón de Jade hasta los salvajes rápidos del río. Un muro de piedra solemne y majestuoso.

La excursión no fue difícil pero decir que fue fácil tampoco haría justicia. Sudamos la gota gorda y a pesar de las nubes y la lluvia de la primera jornada que nos impedían disfrutar de la maravilla, mantuvimos la fe y se nos recompensó con un solecito bastante generoso al día siguiente. Qué placer llegar por fin al albergue y ver el panorama que nos aguardaba. Los que vino después fue delicioso a pesar de algunos nervios al tener que cruzar alguna que otra cascada que nos cortaba el paso y que no hubo más remedio que atravesar, eso sí, con muchísimo cuidado de no despeñarse. Con las rodillas trituradas y después de dejar a Mónica y Andreu descansando, Ferran y yo decidimos acabar la ruta bajando hasta el río para la ver la piedra desde donde el mitológico Tigre saltó.

Y menuda la Piedra y la bajadita hasta la Piedra. Bajada que a la vuelta ser tornó en Subida. Cada uno de nosotros tuvo el placer de ser protagonistas de nuestro momento de pánico, y cuando digo pánico no digo miedo, digo pánico del que te echa para atrás si es que no te deja clavado. Lo de Ferran tuvo lugar en una encrucijada a través del “camino seguro” que resultó ser un paso con un precipicio que caía al vacío y del que no se veía el fondo. Un Ferran abrazado a la barandilla propuso dar marcha atrás, pero a pesar de todo, seguimos para adelante. Lo mío vino a la subida y el mismo paso que al bajar parecía una locura se torno a la subida en una escalada imposible para nuestras piernas exhaustas y temblorosas, una auténtica escalera a Mordor. Así que imposibilitada esta vía sólo nos quedaba la alternativa de la otra escalera de la que ya habíamos oído rumores. Era un tramo de unos 15 o 20 metros de escalera de bombero clavada en la montaña, y a medio subir, con el vacío tras la espalda y la conciencia clara que en un descuido me jugaba algo más que un rasguño, me empezó a entrar el pánico. Mente en blanco, fijé de nuevo la vista hacia el final de la escalera y cuando llegué arriba todavía me temblaban las piernas.

Culminado el trekking de La Garganta del Salto del Tigre vino la carretera suicida en construcción y sin protecciones que tuvimos que recorrer para volver al inicio del trekking y de allí vuelta a casa, al Mama Naxi’s Guesthouse. Atrás quedaban tres días geniales en la mejor compañía. Nuestros caminos se separaron de nuevo y volvía a quedarme solo en el camino: el mundo chino a mis espaldas y el universo tibetano por delante.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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