10 seres maravillosos (2 de 2). Sen Monorom, Camboya

… viene del post anterior 

Tras seis años de intenso trabajo el resultado se llama Heaven (Paraíso). Un pedacito de tierra virgen que permite la supervivencia de 10 elefantes, algunos en alquiler y otros recatados mediante compra directa en caso de maltrato extremo. Y es que esta es una de las variables que nos implica. Y digo nos, porque es ahí donde el turista tiene la posibilidad de asumir responsabilidad de sus actos o desentenderse.

Teniendo en cuenta la ínfima cantidad de elefantes trabajando para el turismo en Camboya, el resultado en los picos de la temporada alta es que los animales se ven forzados a trabajar jornadas enteras, sin descanso, sobre un mismo recorrido continuo en el que agotan la comida (los elefantes se alimentan ellos mismos durante los trayectos, ninguna familia podría hacerse cargo de la inmensa cantidad de comida que necesitan). Y siendo un elefante un animal salvaje resulta difícil mantenerlo dentro de los standares de comportamiento humano aceptable. Así pues, a golpe de vara, a base cadenas y a base de castigos físicos, los elefantes entran en una espiral de maltrato que sumado a la falta de comida y al agotamiento los llevan a su infierno particular.

Cuán torturada y sometida debe estar un alma, para que un animal que puede llegar a pesar 4 toneladas, se achique como un bebé cuando un pequeño humano de 70 kilos levanta una vara de bambú. Imagínense que debería haber sufrido un humano grandote, pongamos 2m de altura y ciento cincuenta quilos de puro músculo, para que un niño cualquiera de siete años y cuarenta quilos fuera capaz de ponerlo a raya con tan solo levantar un palo. No recuerdo donde leí que lo que define el nivel de civilización de una sociedad es el trato que se da a los más débiles y vulnerables.

En la gran mayoría de los casos, los elefantes no son propiedad de una familia, sino de diez, quince o más. Que el elefante trabaje en el turismo, con una pata rota y la otra hinchada como un melón por la picadura de una serpiente da de comer a toda esa gente. Y les da de comer porque alguien ha sentido la necesidad imperiosa de montar sobre un elefante y hacerse la foto. Jack nos pregunta si montaríamos sobre un panda en extinción, enfermo y exhausto. La imagen resulta absurda, ridícula e innecesaria. Y aún así algunos de nosotros -los españoles encabezan el ranking de los que “necesitan” montar sobre el elefante para sentirse completos- hacemos lo mismo con el elefante en cuestión. Ya habrá otros lugares del sudeste asiático, como por ejemplo Tailandia -donde la población de elefantes en cautividad es 20 veces superior a la de Camboya- donde montar un elefante no tenga las implicaciones que tiene hacerlo aquí.

En última instancia debo decir que no monté el elefante. No por razones morales sino porque debo confesar que ni se me pasó por la cabeza. Yo quería ver un elefante. Yo quería tocar un elefante y aluciné cuando acaricié su piel. Quería mirarle a los ojos de cerca y ver cómo me miraba y cada vez que lo hice aluciné. Quería embobarme mientras sentado en un tronco les contemplaba, cámara en mano, listo para captar alguno de los 1000 momentos mágicos por minuto que nos brindaban mientras se bañaban en el río, mientras comían de los árboles o mientras se embarraban hasta la cejas. Aluciné mientras le hacía cosquillas y el inmenso elefante ronroneaba como si fuera un gatito. Y volví a alucinar como un niño chico cuando poniendo mi mano sobre su frente les oí murmurar los unos con los otros.

En una palabra: Aluciné!. Me encantó poder verlos tan de cerca al tiempo que Jemma y Jack nos contaban la historia de cada uno de ellos. Una historia que estaba escrita en las cicatrices de las cadenas y los golpes. En sus colas mutiladas a tijeretazo limpio para vender sus pelos y ganarle unos días más la partida al hambre. En los huesos de sus lomos doblados por el peso y el dolor de la carga que arrastraron durante años. Todas ellas historias de un viaje a los infiernos con final feliz gracias a la perseverancia de alguien que se dijo que “sí podía” hacer algo al respecto. Me gusta pensar que el mundo es de los pesados y de los valientes, y de los que sienten el dolor ajeno como si fuera propio, y que al sentirlo suyo se les revuelven las entrañas y se ponen en pié. Con el puño en alto para actuar. Con los pies en el suelo para no perder el norte. Y con la cabeza en las nubes para no dejar de soñar.

Hay gente que decide pasarse la vida diciendo “sí puedo”. Siento que Jack es una de esas personas. Por los azares de su agenda de hombre orquesta no pude interactuar todo el tiempo que hubiera querido con este diablillo británico de ojos eléctricos, tripita cervecera y adicto en sus ratos libres a los juegos de marcianitos. Nos contó Jemma que la enorme cicatriz en de la elefanta Onion era el resultado de una trampa en la jungla. Un tronco se le clavó en las carnes del lomo. El animal se ahogaba en el dolor más extremo e iba a morir, pero ese día tuvo suerte porque Jack estaba allí. Sin tener experiencia alguna y sin ninguna alternativa más, Jack se hizo con un libro de medicina, extrajo el asta, limpió la herida y la cosió salvándole la vida con sus nuevas artes adquiridas, pero sobretodo con su coraje.

No tengo ni idea de lo que debió sentir en esos momentos, pero estoy seguro que nadaba en un mar denso, frió y negro, un mar de puro miedo. Y en eso momento hizo lo impensable, aspiró hondo y se zambulló en su miedo mientras se decía a si mismo que sí, que esta vez también podría.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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